Capítulo 14
Cuando regresaron a la gran edificación blanca, Mario se quedó en su dormitorio y Lara decidió salir a dar un paseo. Al bajar la escalinata de piedra, vio al patrón, como todos llamaban a Samuel, que se acercaba a caballo por el camino que conducía al patio principal, de modo que rodeó la casa y trató de alejarse de su vista. Necesitaba estar sola, pensar en Gonzalo y en el futuro incierto que se ofrecía ante ella. Después de todo, el juez tenía razón al decir que era una mujer romántica y vulnerable que necesitaba un héroe que la mantuviera a salvo de todo. Ella quería que la rescatara, que le demostrara de mil maneras diferentes su amor.
Miró alrededor y comprobó que ya estaba bastante lejos de la casa como para sentirse a salvo. Era una sensación absurda, pues no estaba prisionera, pero no podía quitársela de la cabeza. Ahora comprendía a Laura cuando le contaba que allí le faltaba el aire, que sentía que se asfixiaba entre aquellos lujosos muros blancos. Ella también necesitaba respirar.
Una valla blanca a la derecha la separaba del ganado, que ya se estaba retirando, animado por varios vaqueros a caballo que lo empujaba hacia el interior. El cielo comenzaba a tornarse de color rosa, malva y azul en contraste con las sombras que proyectaban las grandes montañas rojas. En otras circunstancias, habría admirado la belleza de aquel lugar inhóspito, pero no exento de una gran belleza salvaje.
Ascendió una pequeña colina y se sentó bajo los mismos manzanos de antes. Decidió descalzarse y estiró las piernas sobre la hierba fresca. No podía dejar de pensar en la pretensión de Mario de que fuera «amable» con Samuel Cruz, aquello era la gota que colmaba el vaso. Por otro lado, sentía que había traicionado a Gonzalo de alguna manera. Se apoyó en el tronco del árbol y cerró los ojos por un instante. Tenía que hablar con él. Aunque solo fuera para explicarle el motivo de su marcha, pero era imposible localizarlo. Ya le había hecho más de cuatro llamadas y él no contestaba.
Un buen rato después, el motor de un coche en el camino pedregoso que llevaba a la casa llamó su atención. Era un todoterreno de color oscuro, seguido de una gran nube de polvo, y se dirigía hacia el patio principal. Al comprobar que ya había anochecido, decidió que debía regresar. Una brisa fresca y húmeda anunciaba el fin de una jornada y el principio de una larga noche. Se estaba bien allí, no le apetecía encerrarse en su habitación de nuevo, pero no había más opción.
Se calzó las sandalias y encaminó sus pasos la construcción. Ya llevaba medio camino andado, cuando las luces de un coche en el camino la cegaron por completo. El todoterreno se paró justo a su lado, derrapando y levantando una enorme nube de tierra y polvo que la obligaron toser.
Intentó reconocer en la oscuridad al estúpido conductor que casi la atropella, observó la silueta fornida de Cruz deslumbrada por los faros y no pudo por menos que hacer una mueca de desagrado.
«Engreído prepotente», pensó ignorando la puerta que él abría para que subiera.
—No, gracias. —Fingió una candorosa sonrisa que hubiera encantado a Mario—. Prefiero seguir paseando.
—¡Maldita sea, Lara! ¡Sube de una vez! —vociferó con su enojado y suave acento—. ¿O prefieres que lo haga yo de un puntapié en el trasero?
—¿Gonzalo? —Se asomó al interior del coche, el corazón a mil por hora y la voz temblorosa.
—Siento desilusionarte, pero sí, soy yo —le aclaró con aspereza—. Imagino que no me esperabas. Bueno, ¿subes o te subo?
Ella aceptó la mano que le tendía y de un salto demasiado brusco la introdujo en el asiento del copiloto. El primer impulso fue colgarse de su cuello, abrazarlo y asegurarse de que estaba allí, a su lado. Se giró para mirarlo, con los ojos húmedos y sin saber si aguantaría sin echarse a llorar de felicidad, pero al toparse con su gesto hosco, se replegó en su asiento y cruzó los brazos como si así pudiera protegerse del hielo de su mirada.
Él reanudó la marcha lentamente.
—¿Qué tal te va con Samuel? ¿Tanto te molesta su compañía que te alejas de la casa en busca de rincones solitarios?
Ella no supo qué decir. Realmente lo había adivinado. Aunque trató de suavizar la situación.
—Eso no es del todo cierto.
—¿De verdad quieres que te crea? —El tono que él usaba para hablarle difuminó todas sus esperanzas de que la abrazara.
—Sé que estás molesto conmigo, tienes motivos para estarlo.
—¿Molesto? Si marcharte de mi casa como si te persiguiera el diablo puede considerarse un motivo, pues sí… estoy un poco molesto —repuso con sarcasmo.
—Tuvimos que irnos, Mario cree que estamos en peligro.
«Y ahora, tú también», pensó de repente.
—Nuestro amigo Mario… —Chasqueó la lengua.
—Tú no sabes lo q…
—Cállate, hablas demasiado —la interrumpió con brusquedad.
El coche frenó en el patio principal, frente a la escalinata de piedra. Por unos segundos Lara pensó que daría media vuelta y saldría a toda pastilla de allí, con ella dentro y sin parar hasta llegar al aeropuerto. Y lo deseó, sí, lo deseó con todas sus fuerzas. Buscó su rostro en la oscuridad, necesitaba tanto que la abrazara… que la perdonara.
—No debiste venir a Sonora, Lara —le dijo como si hablara para sí mismo—. Y mucho menos arrastrarme a este lugar. Nunca.
—Yo no te pedí que vinieras.
—¿Estás segura?
Lara pensó en las llamadas de teléfono que no habían sido contestadas, y no, no estuvo muy segura. Al ver sus facciones crispadas, y los ojos fijos al frente, comprendió la magnitud de su error. El odio entre los hermanos era mucho mayor de lo que había imaginado, y Gonzalo estaba en lo cierto, ella le había obligado a regresar a su pasado.
—Siento que me hayas seguido hasta aquí.
—¿Y qué esperabas, maldita sea? —Dio un golpe en el salpicadero y, asustada, se replegó en su asiento.
—No lo sé… seguridad… no perjudicarte… que no te ocurriera lo mismo que a Augusto. —Buscó sus ojos en la oscuridad—. Nunca he querido hacerte daño.
—Pues me lo has hecho. Y mucho.
Su expresión era inescrutable.
Sin saber qué más decir ni cómo pedirle perdón, Lara abrió la puerta para salir del coche, pero él la sujetó por el brazo con la fuerza de una zarpa.
—¿Adónde vas?
Ella dio un respingo.
—Pues… afuera.
—Tienes diez minutos para recoger tus cosas. Nos vamos.
Ella lo miró y siguiendo el primer impulso que tuvo nada más verlo, se abrazó a él. Se apretó contra su pecho tan fuerte que pudo sentir su respiración dificultosa, y por fin lloró por ella.
Gonzalo se quedó muy quieto, erguido, escuchando su llanto silencioso atascado en la garganta. Todo aquello no era nada fácil. Incluso tenía miedo de responder a su abrazo porque si lo hacía… maldición, flaquearía de nuevo y todo volvería a empezar. No obstante, le rodeó los hombros y la apretó tan fuerte que temió romperla al estrecharla contra él.
Aquel lugar le traía demasiados recuerdos. Dolorosos, sangrientos y malévolos. Jamás imaginó que volvería a estar tan cerca de su pasado. Había necesitado media vida para enterrarlo, y solo abrazar a Lara para revivirlo.
—Vamos, recoge tus cosas. Nos marchamos —repitió, aunque en un tono mucho más calmo.
—Pero, Mario y yo estamos en peligro —le recordó ella.
—No debes preocuparte por eso, ya me ocupo yo —le dijo, enmarcándole la cara entre las manos.
Ella negó con la cabeza.
—Y ahora tú también estás en peligro.
—Déjalo en mis manos.
—Pero… —No terminó la frase.
Al sentir en su tono un signo de debilidad, buscó sus ojos y se perdió en el calor de su mirada.
—Confía en mí —le pidió en un susurro.
—Confío en ti. Gonzalo, confío en ti.
Él no tuvo otra opción, la besó. No fue un beso corriente, fue puro deseo, necesidad; furia y pasión mezcladas con dolor y rabia. Fue un beso que determinó dónde quedaba el ayer y dónde comenzaba el ahora. Con ella. Con Lara.
—No puedo creer lo que ven mis ojos. —Se escuchó el vozarrón de Samuel Cruz desde lo alto de la escalinata—. De modo que has regresado, Gonzalo. Aunque has tardado tres días. —Chasqueó la lengua con desaprobación—. La señorita Martí se merece algo más de interés por tu parte.
Lara se separó de él, aunque no salió de sus brazos.
—Tuve algunos problemas para entrar en el país, pero supongo que tú no sabrás nada de eso. —Fue su irónica respuesta.
—Hombre, ahora que lo dices… Si no hubieras dado un rodeo por España, todo hubiera sido mucho más fácil.
—¿Has ido a España? —Lara lo miró sin comprender.
Él ignoró su pregunta. Siguió con la mirada fija en Samuel.
—He venido para llevarla conmigo. Supongo que entonces no habrá problema para poder salir.
Samuel sonrió al tiempo que abría la puerta del copiloto para que descendiera Lara y él le pidió que los dejara a solas antes de que bajara.
—No quiero irme, Gonzalo —replicó ella.
Samuel rompió en carcajadas.
—Es contestona la abogada. ¿Eh? —Le tendió una mano para ayudarla.
Ella vaciló, pero finalmente la aceptó. Al ver que Gonzalo seguía indicándole que entrara en la casa, bajó del todoterreno y corrió escalera arriba.
—No me has contestado —dijo cuando al fin estaban a solas.
—No he oído ninguna pregunta, pero si te refieres a salir del rancho, puedes irte con viento fresco cuando quieras.
—Eso pensaba.
—Lo que pasa es que tu chica y ese imbécil que se hace pasar por su novio están en problemas, pero si has pasado por España estarás al tanto.
Él descendió del vehículo, lo rodeó y quedó cara a cara con el hombre que hacía más diecisiete años que no veía. Igual de altos, apenas unas pulgadas de diferencia, igual de atractivos, fieros e implacables. O eso debieron de pensar los trabajadores que pasaban por allí y que se quedaron observándolos, conscientes de que muchos de ellos había escuchado la leyenda de los hermanos Cruz, pero que muy pocos habían constatado, salvo lo más viejos del lugar.
—Estoy al tanto.
—Entonces estarás de acuerdo de que corren un gran riesgo si salen del rancho. Esos tipos que los persiguen no se andan con chiquitas.
—¿Has recabado información, Samuel? —Lo miró fijamente—. ¿Desde cuándo te dedicas a rescatar a damiselas en peligro?
—Desde que supe que serías capaz de venir al mismísimo infierno para buscar a la tuya. —Le sonrió con sorna—. Pero estarás de acuerdo en que con ella aquí, con nosotros, las cosas serán más fáciles.
—¿Fáciles para quién?
—Para ti, por supuesto. Tú eres el que se dedica a encerrar a los malos, yo solo a divertirme como uno de ellos.
—En una cosa llevas razón —ignoró el comentario—, estará segura aquí mientras la policía internacional se encarga de los tipos que quieren hacerle daño. Aunque creo que es peligroso meter a la zorra en el gallinero, Samuel. Y Lara…
—¡Ay… Lara, Lara, Lara! —canturreó con exageración. Él se irguió en toda su estatura—. ¡Qué cosas! Otra vez es una mujer lo que nos enfrenta.
—No tiene por qué ser así. No te acerques a ella. —Escupió las palabras antes de echar a andar hacia la casa.
—Joder, hermano, qué carácter. —Movió la cabeza con censura y lo siguió—. Me recuerda a la pequeña Laurita, la llorosa y ultrajada madre de mi hijo. Hasta sus nombres son casi iguales. Como David, tú y yo. ¿Verdad que es curioso?
La tierra rechinaba bajo sus pisadas, ambos alcanzaron la escalinata en silencio, ante la atenta mirada de una docena de vaqueros. De repente, Samuel explotó en otra sonora carcajada. Sus hombres los rodeaban expectantes, sobre todo los que habían conocido al juez como el verdadero patrón por ser el primogénito de los Cruz.
Antes de entrar en el vestíbulo, se giró para advertirle, bajo la luminosa luz del porche.
—Esta vez no permitiré ni una sola tontería, Samuel.
—¿Me amenazas?
—Tómalo como quieras, pero nadie dará un paso sin que yo esté al tanto.
Sin esperar la réplica, se perdió por la puerta principal ante la burlona mirada de su hermano.
Mario no podía dar crédito a sus oídos cuando Lara entró en la biblioteca, hecha un manojo de nervios, y le contó lo ocurrido.
—¿Cómo es posible? Él no puede estar aquí. —Se quedó paralizado por la noticia.
—Al parecer no eres muy bueno borrando pistas —bromeó ella haciendo uso del sarcasmo que era tan habitual en los Cruz.
De repente, aquella situación le parecía más fácil, más llevadera.
—Muy graciosa —replicó con resentimiento—. Y llega ahora, precisamente, cuando ya casi he conseguido que nos dejen en paz.
—No me habías dicho nada.
—Porque no quiero asustarte. Al contrario que el juez, que se empeña en sacarte de quicio para ponerte en mi contra.
—Ha venido a buscarme, Mario, no se olvidó de mí, me quiere tanto como decía.
—Eres una egoísta.
—¿Cómo puedes decir eso? —Se sentó frente a él. Aquella acusación había dolido.
—Porque solo piensas en ti. ¿Qué pasa conmigo? ¿Ya no recuerdas que quieren borrarnos del mapa?
Ella le acarició el rostro con ternura, apartó un mechón de pelo rubio de sus ojos y le sonrió.
—No lo he olvidado, pero Gonzalo nos ayudará a salir de este problema. Y en cuanto a ti, no he dudado que vendrías con nosotros.
Mario sonrió desganado.
—¿Es que no lo ves? Si el juez Cruz ha regresado al rancho después de tanto tiempo, eso significa que habrá problemas.
—Eso significa que ha venido a buscarnos y nada más —insistió a punto de perder la paciencia.
—¡Qué ilusa eres! Tú no sabes lo que ocurrió hace años, ¿verdad? Samuel me ha contado muchas cosas de tu juez. Puede que parezca un hombre refinado y civilizado, pero hay cosas que no lo hacen mejor que su propio hermano. Deberías alejarte de él.
—No voy a escuchar más acusaciones que solo benefician a Samuel Cruz.
—Entonces, ¿sabes de lo que hablo?
—No estoy muy segura —susurró al recordar a los dos hombres enfrentados en el patio.
—Ha bastado que venga ese tipo para que dejes de confiar en mí —Mario se mostró pesaroso—. Te advierto que si está aquí es para demostrarse algo a sí mismo, no por ti. Antes de creer en ese hombre ciegamente, deberías saber que oculta demasiados secretos. Y otra cosa, lo que más le ha dolido ha sido que huyeras de su lado para venir junto a Samuel.
—Eso no es cierto.
—Lo hizo con su esposa, lo hizo con Laura… y ahora contigo.
—¿Qué esposa?
Mario sonrió con gesto triunfal.
—De modo que te ha ocultado que estuvo casado. No me extraña. Como tampoco me extraña que no te haya hablado de futuro, ni de proyectos, porque juró ante la tumba de su mujer que jamás volvería a enamorarse. —Al ver que se había quedado callada, continuó—: ¡Recapacita, Lara! Siempre te he aconsejado bien, cariño. ¿O no?
—Sí, siempre.
Él suspiró, aunque no parecía muy aliviado.
—Llévame a mi cuarto, por favor. No me encuentro muy bien. Ha debido de sentarme mal el paseo, porque la pierna me duele muchísimo.