23 DE MARZO DE 2007
Formas, formas. Formas que iban, venían y volvían a irse, se superponían y alejaban, rodaban lentamente o se elevaban y caían deprisa, parecían definirse y en lugar de definirse se disolvían, la ilusión de que voces y no voces, presencias y no presencias, la de la madre por ejemplo que incluso durante el sueño escuchaba la cola del gato
—¿Oyes cómo se mueve la cola del gato?
y él entre copas de porcelana, qué copas, tazas vibrando, la cola del gato se movió ruidosamente y se paró, la madre
—Ahora no oigo nada
intentaba ponerle nombre a las formas y no encontraba los nombres, estaba y no estaba despierto como cuando parece que entendemos el sentido del mundo que en el instante en que lo entendemos se esfuma, el gato al que le brotaban ojos después de bostezar, formas, no sentía nada, no pensaba en nada, estaba presente, también formas de palabras, formas de ruidos, una ampolla encendiéndose y apagándose y más formas de ampollas, de sabores, de olores, no tenía cuerpo, era una forma entre las otras formas, un cubo, una pirámide, una esfera entre cubos, pirámides y esferas, era una palidez de ventana que se concretaba poco a poco y su madre levantando un trozo suyo de la charca en la que se encontraba
—¿Ni la cola del gato te despierta?
una especie de pinzas pellizcándole el brazo, una cara frente a la suya, no la de su madre
—Está empezando a fijarse en nosotros
y si no la de su madre qué cara desvaneciéndose como el sentido del mundo que siempre le fue ajeno, misterios demasiado sencillos como para conseguir encontrarlos, encontró la pierna sin tocarlo, estaba allí, al menos tenía una pierna entre las formas que iban y venían y volvían a irse y él perdiéndolas con compasión de sí mismo, no la pierna, sólida, fija, demasiado lejos para ser capaz de moverla, si no fuese una forma se animaría, gotas no en su piel, flotando alrededor, uniéndose a las formas haciéndolas crecer, lo que suponía una ventana al final la pared o mejor una superficie en la que nadaban sombras como en la carreta el reflejo de los árboles a medida que avanzaba, lleno de hojas descifrando a su vez el sentido del mundo, intentó cerrarlo en sí mismo y se desvió hacia la pierna o la boca que empezaba a existir, es decir una zona a la que llamó boca puesto que le parecía que dientes, la punta de la lengua y un tubo atravesando los dientes y la punta de la lengua, un bulto que creyó un hombro y las formas que seguían girando, verdes o azules o blancas o sin color y sin color un color, preguntó
—¿Qué nombre se le da al sin color?
consciente de que la pregunta, como las lágrimas, no significaba nada, tenía que enseñar a lo que llamó boca a ser boca con lengua y dientes de verdad, saliva, encías, construir una nariz en condiciones o una forma de nariz, formas, formas que iban, venían y volvían a irse, se superponían y se apartaban, rodaban lentamente, parecían definirse y en lugar de definirse se disolvían, la ilusión de que voces y no voces, presencias y no presencias, la de su madre por ejemplo que incluso durmiéndose
—¿Oyes cómo se mueve la cola del gato?
y él separado de las formas por una cortina traslúcida preparado para alejarse, construir una nariz que sirviese de nexo a la boca y a lo mejor a las orejas, a la frente, a su cuerpo entero pero le faltaban los dedos, además de la pierna y del hombro le crecía la barriga, entre los reflejos de los árboles una apariencia de nube, el fragmento de un pájaro sin que supiese exactamente lo que le faltaba abandonando una rama, es decir formas y en el centro de las formas su madre
—¿No te despierta la cola del gato?
no la de hoy intentando divisarlo
—Si me hablas sé quién eres
la madre de antes capaz de relacionarse con sartenes, pendientes y tijeras que no le obedecían a él, se caían antes de tocarlos convencidos de que los había tocado o más aún de que les había tocado
—Nos has ahuyentado
la cara que se doblaba
—Está empezando a fijarse en nosotros
y no se fijaba en la cara pero se fijaba en un aparato en el que avanzaban líneas por un trazado monótono, él ni siquiera una forma, líneas que llegaban al límite de la pantalla y empezaban de nuevo sin fin, le apeteció decir como su madre
—Si me hablas sé quién eres
y de esta forma un aliento, un cuchicheo, un puñado de cartílagos, órganos que se despertaban cada uno con su alma y su propio timbre, un músculo contrayéndose y era el brazo entero sin que le quedase claro que un brazo, Virgílio dándose la vuelta en la carreta
—Chico hemos llegado
no con palabras, formas de palabras y los árboles y el cielo, las patatas le hacían daño, la cocinera recogía nueces en la falda pero le faltaban el abuelo con el periódico y el perfume de los eucaliptos puesto que le parecía perfume, no olor, las patatas olor y los eucaliptos perfume y por tanto no se encontraba en la casa de los veranos, en agosto, estaba en Lisboa donde no nace el Mondego ni rocas ni líquenes, nacen erizos y no sentía los pinchos aunque sabía que seguían con él escondidos en las vísceras en la tensión de los zorros y él convencido de que un salto, presas, uñas
—Dios mío soy un conejo
el médico de la gota en el zapato o mejor el médico que no sabía si gota en el zapato porque empezaba desde la cintura
—No hable
como si hablar pusiera en peligro una armonía complicada y se multiplicasen las formas a su alrededor estrangulándolo, cubos, pirámides, esferas, la segunda pierna junto a la primera y el pájaro de la rama entero, enfermeros, camas, la blancura de una mañana sin límites en la que el tiempo ni siquiera suspendido, no había, él incapaz de escuchar la cola del gato
—¿Oyes la cola del gato?
tan ciego como su madre buscándose en las manchas de los árboles o en lo que presumía manchas
—¿Qué me diferencia de usted señora?
o bancos de peces formando ondas lentas
—¿Qué hago aquí?
sin concretar lo que le había pasado ni de dónde había vuelto, entraba y salía del cuerpo en un vapor de recuerdos truncados, se acordaba de la gobernanta del señor vicario y de los olmos en la plazoleta, por qué razón el médico
—No hable
si solo cuando hablaba, aunque no se fijase en las frases, estaba seguro de existir, si me callo no existo, tal vez la lluvia le lanzase un sudario final en el vientre destrozado, gente en la enfermería sin perder el tiempo con usted, ganas de decirles piensen en mí, ayúdenme y no se preocupaban ni me ayudaban excepto el abuelo fallecido hace cuarenta años y cómo fallecido hace cuarenta años si allí, el abuelo para el que tal vez eucaliptos, recuerdos, familia no pasasen también de formas, formas que iban, venían y volvían a irse, se sobreponían y se alejaban, giraban lentamente o se elevaban y caían deprisa, parecían definirse y en lugar de definirse se disolvían, intentaba darles un nombre y no encontraba el nombre, la sorpresa y el terror regresaron mientras la madre
—Hijo no oigo al gato
porque el arpa de doña Irene o los tilos lo interrumpían, se acordaba de la mujer del veterinario sentada en un banco sonriéndole a un libro de modo que al cogerla de la mano tuvo cuidado de que fuese ella en cuyo pelo se concentraba el sol, si la mujer del veterinario lo tocase se desmoronaría y su padre probando las cuerdas de la raqueta de tenis
—¿Por qué te desmoronarías?
sin darle importancia, tenía que morir como los cerdos sin que le ayudasen, un cuchillo en la garganta y adiós, le echaban petróleo y arrimaban una cerilla para quemarle la piel preguntando
—¿Se encuentra bien?
y aunque pudiese responder puesto que la voz funcionaba se quedó callado, buscando con lo que tenía de la cabeza a quien le hizo la pregunta, la pérgola, el gallinero, la cola del gato que se oía en la oscuridad, ni siquiera los animales morían solos, se acordó de su madre acariciando al gato hasta que cesó la respiración, la cola se levantó y la madre no
—¿Oyes cómo se mueve la cola del gato?
levantando la nariz que resoplaba muda y una vena en el cuello más rápida que el corazón de los tordos, formas que renunciaban a ir y venir, a sobreponerse, a alejarse, la palabra cáncer y con la palabra cáncer imágenes inconexas, él en la silla del dentista pensando en el mar y el modo como brillaba la arena antes de que llegaran las gaviotas
—¿Se encuentra bien?
y me siento bien en serio, no me duele nada, veo el mar que nunca vio Virgílio como nunca vio el Mondego porque la sierra lo asustaba con su enorme perfil, se limitaba a soltar las riendas del animal y a entretenerse con una botella de vino entre sacos vacíos, no era solo la sierra la que lo asustaba, eran los hombres que vivían en ella y que a su vez no bajaban al pueblo, de vez en cuando un niño, una cabra barbuda, un macho renunciando a marcharse en una cerca, respondió
—Me siento bien
para que lo dejasen midiéndose y se sentía bien, decidió a lo mejor me he curado sin creer que se hubiese curado y la falta de dignidad de la enfermedad lo ofendió, los hombres de la sierra en cuanto una fiebre o eso se enterraban vivos, es decir hacían un hoyo, se tumbaban en el fondo y se quedaban mirando a quienes les lanzaban los terrones de tierra, tal vez Virgílio tuviese razón, solo difuntos por las rocas y las luces en la oscuridad lo que queda de las aldeas desiertas, debido a la ausencia de ventanas no sabía si fuera seguía la lluvia, el mes todavía marzo y cuál el año en que estaba dado que un tiempo continuo en el que recuerdos no de él, de las criaturas de las otras camas como a lo mejor sus recuerdos en los demás, parientes que no conocía, un fulano dándole un cesto con manzanas
—Artur
notando que se había equivocado y quitándole el cesto
—Perdone
reiterando, arrepentido, que cogiese una fruta
—Insisto
frotándosela en la manga para mejorar el color
—No se preocupe por mi cuñado quédese la manzana
la madre insistiendo con el tío
—¿De verdad que no lo oyes?
explicándole el gato y el tío dudando
—¿Hace ruido con el rabo?
el correo de las cuatro pasaba sin que le entregasen las cartas, devuélvanme los pinares, la sierra, la infancia que me he traído al hospital y me pertenece, la mujer del veterinario sonriéndole al libro, el piano del desván no tocaba y sin embargo una polca secreta, llamaba a la madre
—Señora la polca
la madre con la mano en la oreja
—¿Qué polca?
abrió la tapa del piano y las cuerdas quietas
—¿De dónde vendrá el sonido?
y venía del chico que había sido, equivocándose con las notas, el profesor le obligaba a volver al principio
—No hay forma de que aprendas
a cada rato se dormía y las formas de nuevo sobreponiéndose y alejándose, girando lentamente o levantándose y cayendo deprisa, parecían definirse y él
—Abuelo
sorprendido de que su boca
—Abuelo
cuando el abuelo no podía nada, mira la terraza sin periódico, mira la viña desierta, quedaban las gafas en la cómoda y al ponérselas los muebles torcidos
—¿Era así como veía la casa señor?
formas y formas, la ilusión de voces y no voces, presencias y no presencias, intentaba poner nombre a las formas y no encontraba el nombre, la criatura de la cama vecina dejó de gemir porque los hombres de la sierra la estrangularon y solamente brezos, la mujer del veterinario cerró el libro y sonrió y recordó a su madre al mencionársele
—Aquella
meneando la cabeza, qué ha pasado con la mujer del veterinario dígamelo, los domingos su marido se quedaba en la terraza con el abuelo mientras el humo de la sierra difuminaba las aldeas, la mujer no en los tilos sonriendo a los girasoles del jardín, ignoraba el motivo por el que la sonrisa le devolvía la enfermedad sin que el arpa de doña Irene lo protegiese, cada cuerda un nervio suyo que ella dañaba hiriéndolo, una empleada del hotel le corrigió las gotas del suero y las ventanas de la nariz observadas desde la almohada gigantescas, otra empleada desplumaba pollos en las traseras y las plumas formaban una espiral a su alrededor de modo que también plumas en el hospital sin llegar a caer, en octubre volvía de la iglesia perseguido por las hojas y cada hoja cáncer, cada pluma cáncer, cada gota de suero cáncer, la muerte rodeándole bajo un cielo de catástrofe, suelas y suelas en la calle, si tocaba un timbre traían un biombo y detrás del biombo agitación, murmullos, las bombillas pestañeaban señales preocupándose de usted, les preguntaba
—¿Qué?
porque si lo supiese no moriría y más cubos, más pirámides, más esferas impidiéndole la vida, creyó que había ahuyentado a las formas con el brazo del suero y en vez de alejarse aumentaron, la extranjera rubia le daba vueltas en la cabeza como un pábilo secreto y las copas de los arces la volvieron más real al asegurarle
—Estás vivo
y claro que estaba vivo, las suelas no eran para él ni el doblar de las campanas ni el ataúd abierto, la madre en su oreja
—¿Oyes la cola del gato?
con el dedo en los labios pidiendo silencio porque el gato un asunto solo suyo, formas, formas que iban y venían y volvían a irse, se sobreponían y se alejaban, giraban lentamente o se alzaban y caían deprisa, qué absurdo todo esto, llamar a Virgílio para que la carreta lo llevase a casa tambaleándose entre moras, de vez en cuando un puntito de sol en las paredes y el recuerdo del tarro de caramelos lo enterneció, se encontraba en el pueblo, no en Lisboa, la prueba el perfume de los eucaliptos, moscardones, peñascos, el médico a la empleada de los pollos
—Mañana o pasado lo trasladan a la enfermería
y los lobos escondidos en la hierba delante de él en el pasillo del hospital su madre con nostalgia del pasado
—Has crecido
y la cola del gato resonando ruidosamente en la casa, voces que no eran voces, presencias que no eran presencias, una especie de sueño a la vez desarticulado y preciso, el médico levantó la compresa para examinar la cicatriz
—Vamos a esperar el resultado de la pieza
y qué curioso llamar pieza a la enfermedad, desmenuzarla al microscopio, escribir sobre ello, él un número y un nombre, ni siquiera una forma, al principio de la página el nombre que no retuvieron y por tanto no existe, existe la descripción de lo que llamaban pieza y lo que les preocupaba era la pieza, no él, él en la terraza en el sitio del abuelo esperando el tren del mediodía con el periódico o paseando por la viña bajo las nubes de marzo y al acordarse de las nubes aseguraba desde ayer no ha dejado de llover, lo último que recordaba eran las gotas en el cristal, no gente, no el pueblo, gotas en los marcos y después de él más gotas sobre las gotas y nuevas gotas sobre las más gotas en un invierno perpetuo, otra pieza mirando la lluvia en su lugar con la misma sorpresa y el mismo terror, la madre con el gato en las rodillas
—¿Oyen cómo se le mueve la cola?
cuando lo que se oía era el rápido de las seis llegando de la ciudad y en el rápido la viuda del comandante con la que su padre se veía a escondidas, doña Lucrécia en el porche
—Chico
y la mano gorda llamándolo, no respondas, huye, la viuda del comandante al padre en las traseras del jardín
—Ricura
y las persianas bajando por los carriles, el padre entre los limoneros que le amenazaban
—Vamos a contárselo a todo el mundo palabra
la abuela ahuyentando a la madre con el pañuelo
—Ten paciencia es un hombre
si por lo menos él fuese un hombre para la extranjera rubia del hotel de los ingleses en vez de un niño con una pelota de tenis en la mano, su padre entrando en casa, pidiéndole a la cocinera una tina con agua y desapareciendo entre el vapor, se adivinaba una esponja y la espalda curvada, el padre dentro de la toalla
—¿Qué haces aquí?
y no hacía un pito, se sorprendía, intentó afeitarse con la navaja y no le crecía la barba, hacerse la raya y el pelo enmarañado, entró en el jardín de la viuda y los limoneros
—Qué tonto
cortinas de croché y el péndulo de un reloj con profundas reverencias, uno de los zapatos del padre de lado, el otro perdido y el padre meticuloso con la hebilla del cinturón
—Se ha atascado la estúpida
no descalzo, en calcetines con un tomate en la punta, la viuda emocionada con los calcetines
—¿Quieres que te los cosa ricura?
arrodillándose con la bata de flores y por debajo de la bata lazos y cintas, la abuela elogiándola a pesar del adulterio
—Ha estudiado en un colegio de Oporto
la viuda le quitaba despacito los calcetines al padre, la mano izquierda el tenedor y la mano derecha el cuchillo con una delicadeza propia de extracción de espinas
—María Magdalena le hizo lo mismo al Señor
más perfecta que la abuela partiendo el salmonete al medio y juntando la piel y la cabeza que impresionaban en un plato más pequeño
—Ahora puedes comértelo
mientras la abuela perseguía las espinas con la lengua, todo él buscándolas entre la encía y la mejilla, encontraba una punta, la perdía, volvía a encontrarla, la empujaba con precaución a lo largo de un embudo de labios, la cogía con dos dedos, frotaba uno contra el otro para soltarla, se los secaba en la servilleta y empezaba de nuevo la búsqueda
—Nunca había visto tantas qué rollo
su única frase durante los doce años que vivió con él, en cuanto el abuelo soltaba los cubiertos y empezaba sus maniobras la familia también soltaba los cubiertos, alborotada, pendiente, la abuela me agarraba el codo en una premonición de velatorios hasta ensancharse en un suspiro de júbilo
—Lo ha conseguido
y la sierra creciendo aliviada, los pies de mi padre complejos, raros
—Ricura
y el comandante benevolente en el marco al contrario que los difuntos de la abuela tremendos de rencor, dedicatorias con una caligrafía tan aguda que picarían si alguien los tocase, a lo mejor lo que el abuelo se iba sacando de la garganta eran dedicatorias, no espinas, en la habitación de la viuda el padre más un péndulo con profundas reverencias
—Caramba
que una decena de
—Ricura
acompañaba agitando alitas lánguidas, él recordado por la abuela ahuyentando a la madre con el pañuelo
—Ten paciencia es un hombre
o delante de la extranjera rubia del hotel de los ingleses y su reflejo desilusionado en la superficie de la piscina
—No seré nunca un hombre
nunca pies raros o una tina de vapor, oía la cola del gato, le gustaban los caramelos, le daban miedo los ciempiés, doña Lucrécia
—Hombre
mentira
—Chico
él con su madre en los bancos de la iglesia y el padre derecho sin ceremonias con Dios, en la consagración no bajaba la cabeza, miraba la hostia de igual a igual, cómo podía la extranjera rubia tratarlo por
—Ricura
si él tan bajito, tan débil, incapaz de conducir la carreta por la vereda de las moras y por tanto no al lado de Virgílio, en la caja de las patatas viendo pasar los pinos y lo que quedaba entre las hierbas de la antigua capilla, si la cocinera del hotel lo desplumara lo aceptaría con resignación, la extranjera rubia guardó las cremas y se marchó lentamente con la esperanza de que la siguiese, desgraciadamente no podía seguirla
—Solo tengo ocho años señora
y la extranjera rubia
—¿Ocho años?
desapareciendo entre los setos con un desprecio contrariado.