4 DE ABRIL DE 2007

 

 

Ahora sí por fin, ahora sí, docenas de golondrinas en la ventana del hospital, nada de lluvia, el castaño intacto y el señor Casimiro junto a la cama enseñando el tarro de los caramelos

—¿Quieres chico?

por lo tanto todo de acuerdo, buscó el dolor y dónde estaría el dolor, si le apetecía podía mover los brazos, enderezarse en la almohada, marcharse, el enfermero apagó las pantallas, quitó la aguja del suero, cerró el oxígeno y las golondrinas sin parar en la ventana asegurando

—No tienes que pagar ni un céntimo hemos venido gratis

la abuela añadía patatas al pescado, col, zanahoria, decía como siempre a propósito de la zanahoria

—Pone los ojos bonitos

y él como siempre pestañeando creyendo los ojos iguales, estaba seguro de que Maria Otília por allí, no en el extremo de la colcha, más cerca

—Ya no me agobian las toallas

otras personas alrededor, doña Lucrécia, doña Irene, el farmacéutico colocándole la lengua en la bolsita de la barbilla

—Una salud de caballo va a durar cien años por lo menos

un caballo que no se llevarían por el cuello en dirección a la sierra, se entretenía en el lodazal pero por qué entreteniéndose si las patas capaces de correr por el pinar, la gota en el zapato le soltó la muñeca

—Ha aguantado más de lo que pensaba

y el padre de la gota en el zapato enseguida

—No aciertas ni en la muerte

esto no en la enfermería es evidente, en el pueblo, intentó acordarse de la edad que tenía y qué importaba la edad si el farmacéutico le había prometido cien años, la extranjera rubia del hotel de los ingleses en el borde de la piscina y dentro de poco los mineros del volframio de vuelta, tal vez la madre le comprase las botas la próxima semana y la criada las untaría con grasa, se quedarían en el escalón hasta que se fuese el olor, la madre le metería algodón en las punteras quitándolo según fuese creciendo, Clotilde sin cogerlo en brazos mareada con la peste de las botas

—Debe de pesar un montón

y debo de pesar un montón doña Clotilde, mi madre asegura que yo de plomo, le intrigaba que la enfermedad creciese en el interior del plomo y sin embargo ni sorpresa ni terror, la trepadora crecía en la cuadrícula de alambre, todo se balanceaba, tomaba aliento, hervía incluyendo las viejas deseosas de sepultarlo en sus chales, cómo defenderse si alguna le muerde o si un perro vagabundo agachado con él entre las patas, de dónde viene esta brisa y esta especie de frío, el hombre que sacaba monedas de las narices

—No vuelvo a ganar dinero con ustedes

marchándose enfadado, la abuela le señaló el pescado con el tenedor

—¿A qué estás esperando para empezar a comer?

y realmente a qué estaba esperando para empezar a comer, si una de las pantallas siguiese ni una palabra y sin embargo tantas palabras en él mientras el manantial del Mondego iba y venía, quiso conservarlo esperando que una ranita lo eligiese, se tumbó en la piedra hasta sentir la respiración de las cosas e imaginarlas cómplices, el tenedor de la abuela

—Hablar mientras se come viene mal para la digestión

el estómago empieza a oír y deja de funcionar, se para, despertamos en medio de la noche, aunque las noches terminasen, tras sueños difíciles, en qué lugar terminaría la mirada del abuelo que no se detenía en el periódico ni en los árboles, la gota en el zapato a su madre

—Con las condiciones que tenemos hoy en día los finales son serenos

y él sin oírlo distraído con el señor Liberto dándole órdenes a los trenes, además de la bandera una corneta al cuello, comprendió que las golondrinas no de hoy, de un abril antiguo, sospechó de las heces ahora que lo vestían y no la ropa del armarito de la habitación, un traje que cogieron de casa y la corbata que tardaron en colocar a lo largo del pecho, la madre le hacía la raya y la abuela

—Así arregladito hasta pareces un hombre

el padre esperaba la pelota que por primera vez no encontraba, buscó en estos matorrales, en aquellos, en un agujero donde le pareció que una culebra y él a gatas a pesar de la culebra arrugando el traje que cogieron de casa mien­tras la abuela le decía a la criada que calentase el agua de la tina

—Es tu velatorio Antoninho ¿qué van a pensar?

distinguía los picos de los mineros y de vez en cuando las linternas de los cascos entre las mimosas, Júlia con el anillo de cobre

—¿Te vas a casar con el payaso?

la corbata enganchada en una rama y al soltarla se rasgó, a pesar del frenesí de las avispas oyó cómo la tela cedía, después del ataque su padre con la manta en las rodillas y una de las manos inútil, le daban leche por un tubito y la mano inútil delgadísima, la otra estiraba los dedos para recibir la pelota que él no era capaz de encontrar, al despertar allí estaba su padre en la oscuridad sobre el halo de la sierra, una vez dije

—Padre

la mano imaginando que la pelota y ninguna pelota señor, se la traigo espere, a lo mejor la pelota la enfermedad de los intestinos que la gota en el zapato mostró en la radiografía

—¿Lo ve aquí?

y por qué no se la sacaron como las monedas de la nariz, sin picores, sin dolores, él en el hotel de los ingleses

—Su pelota padre

no

—Papaíto

de hombre a hombre porque ya nada de algodón en las punteras

—Su pelota padre

indiferente a las quejas de su madre

—Dentro de nada no hay botas que te sirvan

no se lo ponía en el regazo, no sentía ningún encaje en el que disolver quién era olvidándose de sí mismo, intentaba volver a una alegría perdida y el hecho de no pertenecer sino a sí mismo lo aterró, quién lo protegía del mundo, no soy este, soy el alumno al que el gordo le ganaba siempre a los ríos, el que comía fruta verde y amontonaba insectos en una caja de cerillas, la abuela poniéndole la comida en el plato

—No esparzas el pescado para que parezca que te lo has comido

como él ponía semillitas en la caja para el hambre de los bichos, si la gota en el zapato le metiese la pulsera en la muñeca puede ser que tal vez, no se sabe, quién dice lo contrario, mejorase, doña Irene acariciándole la cabeza

—Se ha dormido como un santo

y enseguida día y solo en la habitación, con escalofríos a pesar del pijama, el castaño blanco, los ruidos de la casa escabrosos, no era allí a donde pertenecía, era a una nuca cálida y a un brazo impidiéndole derrumbarse en el suelo, la primavera aguantó como mucho unos minutos y terminó, el señor Liberto

—¿Trenes?

en la plataforma desierta, se llevaron la estación a otro pueblo y el abuelo sin periódico, la extranjera rubia recogía las cremas en un cesto con cada vértebra nítida a lo largo de la espalda o sea las cuentas del collar de su madre, en lugar de un círculo, a lo largo, el dueño del hotel, sin clientes, cerró la puerta con llave y bajó las escaleras, quedaba el afinador en el autobús de línea pero ni gorriones ni olmos, un grajo en un eucalipto pensando, Maria Otília al hablarle de él

—Ay ¿sí?

con mechones teñidos que le endurecían los rasgos y dificultad para doblarse, qué ha sido del pie fuera de la cama y de los susurros al teléfono interrumpidos para tapar el orificio fuera de órbita por la rabia

—¿Te importaría no espiarme por favor?

y mientras él entre la habitación y el salón el susurro más fuerte

—No hay manera de que el imbécil entienda que no aguanto más

todo lo que no tendría importancia si la madre

—Antoninho

y el pecho de ella el lugar donde anclar su miedo al mundo, cerraba los ojos y eucaliptos, fresnos, no solo la puerta del hotel cerrada, todas las ventanas con tablas, quedaban los setos del jardín y la piscina, buscó entre la hierba las huellas de la extranjera rubia y ni rastro de pasos, el señor Liberto se libró de la corneta y de la bandera y se quedó inmóvil bajo los gritos de los cuervos, cómo se respira sin trenes señor Liberto cuéntemelo, cómo se aguantan los días, la mujer le traía nabos y ni miraba la olla intentando descubrir dónde los va­gones ahora, vivía en una casita al lado de la estación donde se sentaba a escuchar el aliento de la sierra con la esperanza de que mezclado con el aliento una locomotora equivocada, la mujer

—Liberto

y el señor Liberto cargando la escopeta

—Me cago en los cuervos

apoyando la culata en el suelo, quitándose los zapatos, colocando la barbilla sobre la culata, apretó el gatillo y cuánto tiempo tardaron en juntarlo

—Le falta una oreja ¿verdad?

se acordaba de la corneta abollada entre las vigas y de la abuela

—Aquí tenía un pulmón para soplar

a propósito de la corneta los reclamos de los patos salvajes probando el lago, una tarde su padre y él encontraron en el manantial del Mondego una hembra que no podía volar y se escapó de un saltito y a la semana siguiente ningún pato salvaje, media docena de plumas y un manchita de sangre de color rosa mezclada con el agua hasta que ni plumas ni sangre, solo las rocas y el lodo, el padre se acercó a él, creyó que iba a tocarlo y se apartó de nuevo, probablemente le desagradaba como desagradaba a Maria Otília, sin saber por qué, la abuela señalando el pescado con el cuchillo

—Si no lo aprovechas es pecado con tantos pobres que pasan hambre

la mitad del señor Liberto en el cementerio, la otra mitad engordando la curiosidad de los perros, tordos en una higuera silvestre mirándolo alternadamente con un único ojo, un abejorro en su cabeza chocando contra la nuca incapaz de escaparse y esos insectos patilargos que caminan por los charcos, la gota en el zapato

—Por fin está en paz

con pánico a algún comentario del padre y cómo estar en paz si ahora sí, docenas de golondrinas en la ventana, la madre

—Cuando yo era joven esa de ahí se rompió una pata

que Júlia cuidó con un trozo de caña y cordeles metiéndole semillitas por el pico, Alda sin atreverse a cogerla

—No me imaginaba que de cerca las golondrinas horribles

tantas esperanzas en abril y al fin y al cabo una excitación de bichos, le hacía falta el dolor perdido, no se sabía los ríos del colegio, Maria Otília lo dejó y su padre no lo tocaba, el camión de la basura se lo llevará antes que los primeros coches o furgonetas del mercado, con más miserias como él, a los alrededores de Lisboa donde lo transformarán en polvo hasta que la lluvia lo disperse, si huyese en dirección a la viña y los cuervos no lo delatasen

—Va por ahí

tal vez consiguiese escaparse, la abuela llenándole los bolsillos de las calzonas

—Toma pan hijo mío

buscó la bicicleta en el trastero pero la cadena rota, no pue­do hacer ochos alrededor del castaño, no se lo tome a mal tío perdone, la abuela cuando él abría el portón

—Felicidades

un pinar, otro pinar, solía oír los rebaños con el pastor detrás en silencio, por qué se callan los campesinos, hasta el domingo en el bar callados y no era capaz de distinguir al pastor de Virgílio o del que trabajaba en el pomar arrancando hierbas lentas, de vez en cuando se sentía una especie de lucha y al día siguiente una cosa boca abajo en un cercado con un sacho o un rastrillo en los riñones, pasaba por allí el cortejo y después del cortejo y de las campanas la tranquilidad de siempre, nunca reparó en una conversación, una discusión o un lloro, risas de grajos y sollozos de pavos, enfermó como los animales, sin quejas, la gota en el zapato

—Si hubiese venido a la consulta hace seis meses y para qué venir hace seis meses si una salud de caballo y cien años por lo menos, él pequeño viendo la nieve y el universo afuera sin peso, casas que flotaban, la iglesia a la deriva, la madre con una escoba y un pañuelo en la cabeza

—¿Quieres llegar tarde al colegio?

ella que hoy no se acordaría ni de su marido, se acordaría del payaso abrazado a un tronco y de una mujer

—Qué horror

a propósito de no entendía el qué que significaba el horror y se asustó al no entenderlo, que me está pasando, tuve este hijo, tuve otros o no tuve ningún hijo, a veces tenía un hijo y a veces no lo tenía

—Qué disparate un hijo

la mujer que asistió al parto con un barreño y toallas, dos toallas dobladas con las iniciales del abuelo de su abuelo, una de lino para envolver al niño y la que no era de lino destinada a la sangre, la mujer que asistió al parto Jacinta, de la edad del tío pero nacida en agosto

—Haga fuerzas cuando se lo diga

y no entendía qué significaba horror ni si tuvo más hijos, la madre de doña Jacinta Maria do Socorro, su hermano que trabaja de guardia en la frontera Fernando, la madre

—Fernando Albino Pereira

callándose con los dolores y haciendo fuerza, obediente, uno u otro camino libre en la memoria entre centenares de caminos vedados trayendo trozos que no era capaz de encajar, Clotilde Araújo Silva, Júlia Sarmento Pires, Alda Roma Gonçalves, la primera gobernanta del señor vicario con un ataque, dando saltos en la celosía, y el señor vicario, entonces joven, rociándola de agua bendita

—Satanás Satanás

la mujer que asistía al parto le puso la mano en la barriga

—Solo cuando yo te lo diga ¿me oyes?

y la gobernanta del señor vicario más contorsiones, más espuma, el farmacéutico se las vio negras para verterle un frasquito en la lengua, la madre

—Al decir qué disparate un hijo ¿qué me apetecería decir?

y la falta de memoria empequeñeciéndola de angustia, su voz de repente con una energía que la sorprendió

—Tres kilos doscientos

pero tres kilos doscientos de qué puesto que el qué pertenecía a un canal cerrado, le apetecía dormir y que el cuerpo se vaciase de lo que le quedaba, duodeno, hipófisis, tubos de Bellini, la madre con la escoba y un pañuelo en la cabeza

—¿Quieres llegar tarde al colegio?

la tos del abuelo caminando hacia el salón, por debajo de la tos las zapatillas y entre la tos y las zapatillas vacío, muebles llenos de ropa mohosa y sombreros y revistas, un día de estos al abrir un baúl el aliento de la madre en el aliento de los difuntos

—¿Quién eres tú?

de manera que lo cerraría de inmediato para evitar preguntas, tres kilos doscientos en una toalla de lino y ahora paseando por callejones sin salida mientras los cuervos se hundían en el maíz, la primera gobernanta del señor vicario caminaba sobre las aguas en el hospicio de la ciudad predicando a los filisteos, cuando murió su padre le dieron ganas de ponerle una ranita en el bolsillo para que se acordase del sufrimiento de las rocas

—Haga fuerzas cuando se lo diga

tres kilos doscientos que envolvían en lino y él yendo sobre los ríos camino a la desembocadura, se equivocó con las golondrinas porque la lluvia seguía, se equivocó con los trenes, no se equivocó con los ríos, casi todos los días la abuela en el recreo del colegio con un envoltorio con nueces y manzanas y él temiendo que sus compañeros lo llamasen bebé

—¿A qué estás esperando para empezar a comer?

no estaba esperando nada para empezar a comer, solo que se marchase la abuela para tirar la bolsita sobre el muro anunciando

—Mariconadas de vieja

él capaz de conducir la carreta no solo por la vereda de las moras, por la plazoleta si Virgílio le dejase, le vino a la cabeza la sorpresa y el terror del hospital y se rió de sí mismo

—Tan fácil

lo que nos imaginamos antes de que pasen las cosas y al final tan fácil, la mujer que asistió al parto lo puso cabeza abajo dándole cachetes en las nalgas

—Va a respirar tranquila

tres kilos doscientos de secreciones y arrugas y un cordón morado en el ombligo, si la madre lo lamiese como hacen las ovejas y lo tapase con el vientre protegiéndolo de la enfermedad en lugar de los dedos inseguros

—¿Quién eres tú?

el padre con la manta sobre las rodillas buscando un

—¿Sabes?

entre la media docena de palabras que tenía, no media do­cena, dos o tres, no dos o tres, ninguna, ampollas de saliva que reventaban mudas, no eran solo los campesinos los que no hablaban, cientos de veces Maria Otília

—¿Te han comido la lengua?

le apetecía responderle pero demasiadas emociones intentando expresarse, al llegar a la terraza no veía los edificios al lado, veía el perfil de la sierra, no podía prestar atención a María Otília porque los ochos difíciles y el tío corriendo hacia él con la esperanza de desviar el sillín

—Vas a chocarte con el parterre

con trozos de ladrillo defendiendo a los narcisos, la casa perteneció al padre de su abuela que vagaba por las habitaciones después de la cena con un amigo en polainas, enseñándole mesas y bronces

—Todo esto me pertenece Adelino

la abuela sin acordarse del pescado

—Es todo suyo cómaselo

y el padre de la abuela arrepentido

—Es la forma de hablar de mi hija perdona

desapareciendo en el aparador, ninguna golondrina en la ventana, tampoco nada de lluvia, solo los marcos y más allá de los marcos ni nubes ni cielo, al marcharse del pueblo pasó por el autobús de línea donde el afinador seguía en su asiento

—Estamos solos ¿verdad?

no esperando, nadie esperaba ya ni al niño descalzo

—Pan pan

en la esquina de un fresno y la propia sierra ausente, un pájaro hacia el pantano es decir no un pájaro, la idea de un pájaro, habría estado en el hospital o el hospital una invención como las demás, la gota en el zapato

—Adiós

y él deseando sentir pena pero pena de quién, quién quiere ver la barca bonita y los demás versos perdidos, estamos solos señor tiene razón, al mirarlo de nuevo el afinador desapareció, Maria Otília distraída

—Ay ¿sí?

de modo que igual que el dueño del hotel cerró la puerta y bajó las escaleras, al cerrar la puerta y bajar las escaleras no existían ni la puerta ni las escaleras, explíquenmelo mientras puedo oír, yo que casi no oigo, qué ha pasado en realidad, no pregunten

—¿Sabes?

ni se sienten a mi lado viendo lo que no existe, ayúdenme hasta que entendió que no necesitaba ayuda, una persona riñéndole

—¿Quieres llegar tarde al colegio?

sin la tos del abuelo y bajo la tos vacío, una persona únicamente

—¿Quieres llegar tarde al colegio?

y en esto la sorpresa y el terror de vuelta para despedirse de él, faltaban tablas en la plataforma del andén, repetir quién quiere ver la barca bonita sin estar seguro de que las palabras correctas, le pareció que sí, le pareció que no, qué improbable barca bonita, un verso diferente pero qué verso, para juntar con las tablas que faltaban la mitad del mostrador deshecho y restos de periódicos en un rincón, encontró la maleta del tío en medio de los periódicos, abierta, el traje que le pusieron apretado en los hombros, cualquier defecto en los pantalones perjudicando a las piernas, qué ha sido de los dolores, qué ha sido de la enfermedad

—Hemos hecho todo lo posible vamos a esperar

en medio de formas vagas, luces vagas, ecos donde no había lugar a ecos, un rizo de la madre fuera del pañuelo, cómo se ha quedado ciega señora, incapaz de verme

—¿Quién eres tú?

y de repente en su cabeza el mar subiendo, engullía las alcantarillas, cubría las rocas, reducía la playa, esto al principio del noviazgo o del matrimonio, cómo quieren que me acuerde, me acuerdo de una blusa lila, de haber venido en autobús y de los vigilantes colocando los toldos, Maria Otília todavía se enfadaba con él en aquella época, lo cogía del brazo

—¿Quieres llegar tarde al colegio?

Maria Otília o la madre, le parecía que la madre, no me obliguen a esforzarme, no la madre, sin duda Maria Otília

—¿Quieres llegar tarde al colegio?

pasitos de centímetros, los hombros en forma de concha, las encías que no dejan de probar una comida remota tapando el auricular del teléfono con la mano

—¿Te importaría dejarme hablar tranquilamente?

o ni siquiera una comida, recuerdos desvaídos

—Tu padre

quién quiere ver la barca bonita que se va a acostar al mar y ahí está el mar y ellos dejando las batas, las sandalias y la cesta de red fina en un sitio al que suponían que no iban a llegar las olas pero llegaban, la forma como ella cogía los objetos, los amontonaba, corría, la cabeza tiene manías así, cuando no se espera nada de nada cosas tan claras, Nuestra Señora va en ella y casi seguro estaba correcto, los ángeles van remando, el gordo catorce ríos, él cero y a la gota en el zapato, disimulando el dolor

—Estoy bien

con la esperanza de que si disimulaba el dolor se curaría y se curó, él a Maria Otília

—¿Mi padre qué?

y las encías de la madre una pausa meditando, masticando con más fuerza la barca bonita y meditando de nuevo, la gota en el zapato

—Ha aguantado más tiempo del que pensaba

masticando con más fuerza y un tendón en el cuello, aguantando más tiempo, cambiando de sitio las batas, las sandalias y la cesta de red fina, no cambiaban de sitio las golondrinas por­que todavía invierno

—No es importante déjalo

no es importante que nos lleve el mar, déjalo, qué hemos hecho por aquí, un payaso abrazado a un tronco, no, un chico en bicicleta chocando contra un pilar de granito y el chico un payaso, pañales, sonda, el tubo en la nariz, los niños buenos no tiran el jarabe ni esparcen la comida por el plato, se portan bien y por lo tanto vamos a tomarnos la pastilla señor Antunes, no admito una única gota en la servilleta, por ahora no va mal, siga así, si es necesario le traemos un barreño y dos toallas dobladas como debe ser, no tiradas por el suelo, con las iniciales del abuelo del abuelo, una de lino para envolverlo y otra para la sangre que no tiene, si le encontrase una vena y no encuentro una vena, nada de sangre se da cuenta, hay que desinfectar esta habitación, quitar los aparatos, cambiar el colchón, hoy otro enfermo y más joven el pobre, no el intestino, los pulmones, llega a dudarse de que Dios exista y si existe no se preocupa, en cuanto acabe el turno me meto en un cine y ya está o pago a una mujer, qué más da, la camilla con los ejes así parece una carreta, de dónde me ha venido este recuerdo, en una vereda de moras y con qué propósito moras, parece que el señor Antunes, ya con el traje que cogió la familia en una bolsa de papel, esperando no sé qué o listos para regalar no sé qué a una persona que no veo, una pelota de tenis por ejemplo, qué imagen tan tonta, regalar una pelota de tenis a un fulano que no lo mira, Maria Otília y el Maria Otília tan extraño, si hubiese venido seis meses antes a la consulta, dudo que este año haya golondrinas, el presupuesto del hospital no da para pájaros, tal vez cuervos o grajos en un pueblo de la sierra, vendedores de botas en ferias de provincia, una mujer inclinándose sobre los puestos de los joyeros y el señor Antunes sobre los ríos camino a la desembocadura, Maria Otília con el pelo teñido

—Ay ¿sí?

mientras en vez de dormirse en su regazo, apoyado en los encajes del pecho, él sentado en el suelo a medida que la madre preparaba la máquina de coser y metiéndose entre sus piernas para oírla cantar.

 

EXEUNT OMNES

 

(2009, 2010)