V

Salvar al legionario

E

ntonces Flavio fue castigado por denunciar a Jesús. –Dijo Daniel-. Seguro que cualquier castigo no sería lo suficientemente duro.

- No te equivoques mi joven invitado. Cuando Tomás se enteró de que Flavio fue arrestado, enseguida se reunió con el resto de discípulos para avisarles de lo ocurrido. Ninguno se esperaba esa reacción por parte de los romanos y gracias a la confianza que se había cultivado entre Tomás y Flavio, era muy importante que este quedase exonerado de la culpa. 

- ¿Y entonces qué hicieron? –Preguntó Daniel y bebió un poco de vino-.

*

“Durante la noche se volvieron a reunir en el mismo sitio que se había celebrado La Última Cena, días atrás. Los ánimos estaban por los suelos e incluso Pedro, que siempre tenía algo que decir, carecía de palabras en esta ocasión. Sin Flavio de su parte, correrían demasiados riesgos y Jesús no conseguiría lo que pretendía.

- Tengo una idea. –Dijo Judas-.

Las miradas se alzaron tímidamente y los pechos de los presentes se encogieron.

- Me ahorcaré y dejaré una nota confesando que he sido yo quien denunció a Jesús. Al ser uno de sus seguidores y no un romano, seguro que Poncio Pilato se contentará y, de ese modo, Tomás podrá interceder a favor de Flavio y le dejarán en libertad. No sólo se pondrá a nuestro servicio de nuevo, sino que también se verá mucho más unido a Tomás.

Todos se horrorizaron.

- ¿¡Cómo que te vas a ahorcar!? –Gritó Mateo-.

- No os preocupéis por mí. Ya lo tengo todo pensado y mientras nadie tenga una idea mejor, prefiero no escuchar nada al respecto.

Cabizbajos y pensativos, asintieron en silencio hasta que la reunión se dio por terminada”.

- Entonces Judas se sacrificó por el plan. –Mencionó Daniel emocionado-.

- Eso es.

- Y no era un traidor.

- En absoluto.

- Entregó su vida por Jesús.

- Eso, no es del todo cierto…

*

“Al anochecer del día siguiente, Judas lo tenía casi todo preparado. El lugar, una confesión por escrito y la soga; aunque no se trataba de una soga cualquiera, sino de una con doble nudo. Lo único que faltaba era que Tomás le trajese una mezcla de hierbas muy peculiar y muy difícil de conseguir.

- Ya estoy aquí. –Dijo Tomás intentando recuperarse de la caminata-.

- Menos mal, el sol casi se ha puesto y no quiero equivocarme por no poder ver bien en la oscuridad.

Tomás sonrió y le entregó un trozo de cuero fino donde guardaba la mezcla que había pedido. Lily del Valle traída de Inglaterra, Mandrágora del lejano oriente y azúcar de dátil para suavizar el amargor.

Conforme se acercaban a la higuera escogida, parecía que se curvaba, como si este árbol centenario quisiera presentar sus respetos a quien había decidido sacrificarse. A lo lejos, la puesta de sol coloreaba el cielo con tonos de miel verdosos y un fino rosado que los envolvía a modo de aro celestial.

Precioso.

- Buena suerte. –Le dijo Tomás-.

- Gracias amigo mío. –Contestó Judas-.

- Por cierto. He traído una bolsa con treinta y dos monedas de plata, para que parezca que ha sido tu recompensa por la traición.

- Buena idea, ¿pero por qué treinta y dos monedas?

- Porque son las que llevaba encima en ese momento. –Contestó Tomás-.

- Réstale dos y que sean treinta.

- ¿Y eso?

- Me parece que suena mejor. Además, si soy yo quien va a morir, que sea yo quien decida la cantidad de monedas por las que me he vendido.

- De acuerdo. Tú mueres, tú decides; supongo que es lo más justo.

Tomás metió la mano a la bolsa y sacó dos de las monedas.

- Dime Tomás, ¿está todo dispuesto?

- Claro que sí, no tienes por qué preocuparte.

- No quiero permanecer toda la noche colgado aquí. –Dijo Judas arqueando las cejas-.

Con la ayuda de Juan, Tomás levantó a Judas y lo mantuvo suspendido en el aire, que es cuando Pedro aprovechó y rápidamente le hizo los arreglos. Primero apretó con fuerza el primer nudo de la soga, para que el segundo se detuviese y no apretase el cuello de su amigo y compañero; luego colocó un agarre en la cuerda del árbol y en otra cuerda, más pequeña, que Judas tenía escondida por debajo de su ropa; de ese modo no se ahogaría.

- Buen viaje. –Dijeron todos al unísono-”.

*

- Estoy confundido. –Interrumpió Daniel-. Si no va a morir, ¿por qué se despiden de él?

- No iba a engañar a todo el mundo y después quedarse en Jerusalén. Eso resultaría demasiado peligroso.

“Hombres y mujeres, legionarios y ciudadanos de Roma, niños y curiosos. Mucha gente desfiló para ver y escupir a quien había traicionado a Jesús. No fue hasta el momento en que unos jóvenes recogieron unas cuantas piedras y se prepararon a lanzárselas al ahorcado, cuando Tomás decidió que el momento de descolgar el “cadáver”, ya había llegado.

Pedro y Juan le agarraron con fuerza y, con un rápido movimiento, le colocaron en un carro y le cubrieron con una sábana hasta taparle por completo, tal y como dictaba la costumbre. Sin muchas ceremonias ni lamentaciones, trasladaron a quien a partir de ese momento sería considerado, para siempre, como el hombre que traicionó al Mesías. A su paso muchos giraban la cabeza hacia el otro lado, despreciándole, y otros le maldecían, le escupían e intentaban acercarse para golpearle; y aunque normalmente eso hubiera ocurrido con facilidad, en esta ocasión los discípulos de Jesús les detenían recordando las palabras de su Maestro sobre la paz y el perdón. Eso evito que Judas acabase con incontables magulladuras de las que quejarse en un futuro relativamente cercano.

En la salida de la ciudad, las puertas se alzaban como gigantes que la protegían de día y de noche. Los efectos de las hierbas, que actuaron como anestesia y redujeron el ritmo cardíaco de Judas, poco a poco iban desapareciendo y aunque aún no sentía su cuerpo, sí que podía escuchar algunas de las cosas que se decían.

“Malnacido, traidor, bastardo, que tu alma se pudra”.

Unas lágrimas se deslizaron por su mejilla y una sonrisa se dibujó en su rostro. Era consciente de lo que había logrado, pero también conocía muy bien las consecuencias de su decisión. Puede que el cuerpo de Judas Iscariote no hubiera muerto de verdad, puede que su acción fuese decisiva para cambiar el mundo que todos conocían, aunque sabía muy bien que su nombre ya estaba muerto, y que por el bien de su causa, nadie jamás debería conocer la verdad”.

*

- En aquellos tiempos, las cruces de madera adornaban las calzadas al igual que lo hacen las estatuas en esta bella ciudad. –Dijo el carpintero con voz triste-. Los cuerpos de los castigados, que no siempre eran crucificados justamente, sufrían las inclemencias del calor y de la deshidratación, se sentían abandonados por aquellos que antes amaban, mostrándose deseosos de morir antes que permanecer un solo minuto más enganchados a lo alto de aquel maléfico invento. Un símbolo que los conquistados temían y los invasores utilizaban con demasiada frecuencia. Un símbolo que se transformaría en la prueba de amor más grande jamás conocida por el hombre.

“Ahora que se habían alejado bastante y la calzada pasó a ser un camino de arena y piedras, las ruedas crujían y el cuerpo de Judas se resentía por los golpes del tembleque. Cuando se cercioraron de que nadie les seguía, destaparon la cara de Judas y poco a poco volvió a recuperarse del mejunje de plantas.

- Supongo que no volveremos a vernos. –Comentó Pedro-.

- Es lo mejor.

- ¿Y qué harás? –Preguntó Tomás-.

- Buscaré un lugar tranquilo e intentaré vivir en paz y tranquilidad durante el resto de mi vida. No se me ocurre mejor forma de terminar lo que empezamos.

- Jajaja. –Se rio Pedro-. Una vez más te librarás del trabajo duro.

- Dicho así… -Sonrió Judas-. Suena mucho mejor.

Pasadas un par de horas, Tomás invitó a Judas a caminar junto a ellos. No sólo porque ya estaba harto de tirar de él, sino porque ya estaban llegando al lugar indicado y era mucho mejor hacerlo sin que interfiriesen demasiados ruidos.

Un pequeño oasis destacaba en medio de la amarillenta y árida tierra. Cuatro palmeras rodeaban un pequeño charco de aguas dulces y cristalinas, que a su vez reflectaban el intenso verde de los arbustos y las hierbas que crecían allí. El gemir de dos caballos alarmó a Judas que rápidamente dio un paso hacia atrás.

- No te preocupes. –Dijo Tomás-. Esos caballos son para ti. Lo que no debes hacer en ningún momento es hablar.

Un anciano, con barba larga y blanca, y piel tostada por el sol, esperaba sentado bajo una de las palmeras susurrando una especie de canción. Al sentir la presencia de los tres viajeros, estiró el cuello hacia un lado y apuntó la oreja izquierda hacia donde se escuchaban sus pasos.

- ¿Quién anda ahí?

- Somos nosotros, Pedro y Tomás.

- ¿Y nadie más?

- Traemos el dinero que te prometimos. –Dijo Tomás cambiando de tema-. Veo que has traído unos caballos formidables.

Los dos amigos miraron a Judas y le indicaron con el dedo índice que se mantuviera en silencio. Cuando se acercaron, el anciano levantó las manos a modo de bienvenida y ambos le correspondieron estrechándolas con las suyas y abrazándole.

- Aquí tienes lo prometido.

Tomás le entregó una bolsa con monedas y el anciano se mostró agradecido.

- ¿Puedo hacer algo más por vosotros?

- No querido amigo. Ahora debemos marcharnos.

El anciano se guardó la bolsa y les buscó con las manos.

- Entonces me voy. Que tengáis un buen viaje.

Recogió un bastón que había dejado apoyado en una palmera y se dispuso a emprender el camino de regreso a su casa. Fue entonces cuando se giró hacia donde estaba Judas y le miró a través del blanco profundo que describe la vista vacía de los ciegos. Buen viaje señores, y que Dios os bendiga… a todos. –Murmuró y continuó alejándose-.

- ¿A dónde te dirigirás? –Preguntó Pedro-.

Le ayudó a subirse al caballo y le entregó una mochila con agua, comida y monedas.

- Creo que iré a Galilea. –Contestó él-”.