IV
El plan
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as complicaciones llegaron más tarde. –Continuó el carpintero-. Cuando Tomás tuvo que encontrar a obreros para que trabajasen a buen ritmo y que supieran mantener la boca cerrada. La distancia entre las tumbas era muy pequeña, pero incluso así debían de darse prisa para poder cumplir con los plazos que el plan exigía.
- El plan, el plan. –Comentó Daniel-. Siempre hablas del plan, pero no llego a comprenderlo.
- Pues ten paciencia y sigue escuchando. No me acuerdo muy bien del momento exacto, pero sí del olor que se respiraba en el ambiente…
“Durante el mercado de los jueves, un popurrí de olores se mezclaba e invadía las fosas nasales de los compradores. Los mercaderes estaban acostumbrados a camuflar el olor a podrido con los diferentes aromas que la naturaleza de sus negocios les facilitaba. El pescador utilizaba la sal y su pescado parecía más marino, el carnicero cocía la sangre y ocultaba el olorcillo que suelta la acidez de la carne, el frutero se colocaba al lado del florista y el resto se cubrían unos con otros; además, las cagadas de las gallinas, los cerdos y los patos también camuflaban la suma de todos los olorcillos desagradables.
Fue entonces cuando Tomás se empeñó a que Flavio denunciara a Jesús por alborotador.
- No me parece muy buena idea que yo me involucre en temas políticos, además, creo que a ese hombre no le falta razón.
- Tú hazme caso y enseguida te ascenderán. –Le dijo Tomás-. ¿No ves que nadie tiene el suficiente valor para hacerlo, y cuando aparezca ese alguien, será visto con buenos ojos?
El legionario dudó.
- Lo mire por donde lo mire, no me parece una buena idea.
- ¿Es que no quieres volver a tu casa?
- Claro que sí.
- ¿Y no quieres regresar a tu lecho junto a tu esposa?
- Ni que lo dudes.
- ¿Y pasar más tiempo con tus hijos, que dadas las circunstancias apenas conoces?
- Eso ya no me llama tanto la atención.
- Bueno. –Rectificó Tomás-. A eso no le des demasiada importancia. Lo que debes tener en mente, es el prestigio que conseguirás y el buen pellizco que te podrás llevar contigo.
- Visto así, no suena tan mal.
- ¡Claro que no! Te acercas al palacete e informas al comandante de la guarnición; le dices que el alborotador está fuera de control y que ahora mismo está incitando a las masas a sublevarse.
El grandullón permaneció pensativo mientras no dejaba de asentir con la cabeza.
- Así lo haré. Ya estoy harto de este maldito lugar, donde sólo las lagartijas y las ratas quieren vivir. ¡Eeehhh! Sin ofenderte, claro.
- No tiene importancia. Tú ve a denunciar a Jesús, que bastante nos ha molestado con su charlatanería”.
*
- ¿Tomás fue el traidor?
- No, Flavio lo fue. –Corrigió el carpintero-.
“Esa misma tarde, Flavio buscó al comandante de la guarnición y denunció la conducta de Jesús. En realidad no era nada nuevo para sus oídos, sabía muy bien de quién se trataba y que la gente le escuchaba con vehemencia. Lo que no comprendió, era cómo un hombre que, por lo general, predicaba sobre la paz, en realidad incitaba a sublevarse a aquellos que le escuchaban.
No ocultó su disgusto y preocupación, y ordenó la detención inmediata de Jesús. Se tratase o no de alguien muy popular entre la población, no podía arriesgarse y enfrentarse a una revuelta.
Las pisadas de los legionarios hacían que la tierra retumbase a su alrededor; el sonido de las armas, chocando con las armaduras de sus portadores, estremecía a quienes conocían la contundencia y la ferocidad de los soldados; la voz del comandante heló la sangre de todos los que se habían concentrado para escuchar a Jesús predicar, sentado encima de una sencilla roca.
- Jesús de Nazaret, quedas arrestado por alta traición y por incitar a la guerra a los ciudadanos de esta ciudad.
Doce legionarios se dirigieron hacia él, empujando e incluso esquivando algún que otro disimulado golpe. No respondieron porque, a pesar de ser casi una centena, los seguidores de Jesús eran más de un millar. Con mucha dificultad, dos de los soldados agarraron a Jesús por los brazos e intentaron caminar hacia donde se encontraba el resto de la tropa.
- Cualquier muestra de rebeldía será castigada con severidad. –Gritó el comandante al darse cuenta de que los ánimos se caldeaban-.
No podéis detenerle. No ha hecho nada. Sois unos cerdos.
Gritaba la multitud”.
*
- No sé muy bien en qué momento el tiempo comenzó a ralentizarse, pero lo que vi no se me olvidará jamás. –Comentó el carpintero-.
“La motas de polvo se mantenían suspendidas en el aire, como si una espesa niebla estuviera invadiendo el lugar. Los seguidores de Jesús se agachaban en busca de piedras u otros objetos para poder lanzárselos a los invasores, que no sólo les habían despojado de sus tierras y de su identidad, sino que ahora pretendían robarles sus creencias y sus esperanzas. Algunas mujeres asían palos mientras otras simplemente alzaban sus puños a lo alto. El vocerío de los enfurecidos se confundía con las ordenes que recibían los legionarios y a la vez ocultaban el miedo de los intrusos. La adrenalina cegaba el sentido común, la ira anulaba el deseo de paz, los gritos caldeaban el ambiente y las armas parecían estar a punto de ser utilizadas.
La locura pronto se desataría. El comandante de la guarnición no sabía muy bien qué hacer, sus soldados no eran suficientes y su posición no les favorecía para nada. Aunque los ciudadanos no estaban tan bien armados como ellos, sólo era cuestión de tiempo verse arrollados por su furia que no parecía poder controlarse. Estaban rodeados.
- Debo marcharme. –Dijo Jesús en voz baja y alzó las manos-.
A pesar de los gritos, a pesar del descontrol, la voz de Jesucristo fue escuchada por todos. Puede que no haya llegado a sus oídos, pero sí a sus corazones. La gente bajó las manos, y los palos, y las piedras; se miraron los unos a los otros y se apartaron dejando pasar a los doce legionarios que, hacía tan sólo unos segundos, se daban por muertos.
Cuando llegaron de vuelta al palacete, Poncio Pilato aún no podía comprender lo sucedido hasta el momento. Observó al detenido e intentando disimular su desconcierto y su disgusto, se echó la túnica roja con bordados de caballos blancos al hombro y se retiró a la sala de audiencias. El comandante ordenó a sus hombres que llevaran a Jesús al calabozo y siguió a Poncio con cara de satisfacción.
- ¡¿Cómo hemos llegado a esto!? –Gritó enfurecido Poncio Pilato-.
Los cuatro soldados de su guardia personal no parecían inmutarse, aunque en realidad miraban de reojo al comandante que, a la voz de pronto, recibiría una reprimenda que no se esperaba. Las estatuas de las águilas imperiales, del emperador y del propio Poncio, permanecían expectantes como si tuvieran vida propia, mientras una suave ráfaga de viento atravesaba los grandes ventanales y acariciaba las cortinas, que al reflectarse el sol en sus trazos de color azul marino brillante, el prefecto de Judea se imaginaba las olas del mar y conseguía olvidarse del desierto que rodeaba la ciudad.
- He detenido al alborotador porque estaba incitando a la violencia. –Explicó el comandante que ya no estaba tan satisfecho de sí mismo-.
- ¿Violencia? ¿Y cómo es que habéis regresado todos sin ninguna herida? ¿Dónde encontrasteis la resistencia? ¿En qué momento os golpearon y tuvisteis que responder?
El comandante calló.
- Ahora somos nosotros quienes hemos incitando a la violencia.
Poncio Pilato se sentó en el sillón que coronaba la sala y se echó las manos a la cabeza.
- Castigaré al culpable de inmediato. –Dijo el comandante-.
- ¿Y quién es el culpable?
- El legionario Flavio.
- Bueno. –Afirmó con desinterés-. Alguien tiene que pagar por ello”.