XVI
Paseo nocturno
E |
l paso firme de un hombre encapuchado que atravesaba los callejones de Jerusalén, no iba a ser detenido por nadie ni por nada. Cuando se cruzaba con algunos guardias sencillamente levantaba su mano y mostraba su anillo con arrogancia y determinación. Uno de los sellos imperiales. No se paraba, no hablaba, sólo se dirigía al palacete para solucionar un problema, que como una espina clavada en su garganta, le impedía tragar saliva con tan sólo pensar en él.
“Pummm… pummm”
Dos porrazos en la puerta hicieron que los vigilantes se alarmaran, perdiendo el estado de fugaz somnolencia que les rodeaba habitualmente.
- Abrid. –Dijo con voz firme-.
La ventanilla de la puerta se abrió y un legionario le examinó con la mirada.
- ¿Quién eres y qué quieres a estas horas de la noche?
El encapuchado levantó la mano y mostró el anillo.
- ¡Abrid! –Ordenó nuevamente-.
Un fuerte sonido de madera chasqueando y el ruido de un tocón cayéndose al suelo le indicó que no tardaría en entrar. Los guardias se pusieron firmes y saludaron con temor y respeto; asomaron la cabeza por la puerta para asegurarse de que no venía nadie más y, tras levantar los hombros y rascarse la barbilla, cerraron la puerta.
- ¿Cómo es posible que haya venido solo? –Preguntó uno en voz baja-.
- Ni lo sé, ni me importa. Y si se nos ocurre preguntar, seguro que nos azotan. –Contestó el otro-.
La habitación donde dormía Marcos Augusto estaba situada muy cerca de la del comandante. El pasillo de ambas, bien vigilado, se parecía a una galería de estatuas que se confundían con los guardias de carne y hueso. Hasta aquí bien. –Pensó el encapuchado-. Continuó caminando, mostrando el anillo que decoraba su dedo, y sin detenerse entró en la habitación del sobrino recién llegado de Roma.
- ¡Vamos, levántate! –Dijo con tono autoritario-.
- ¿Quién eres?, acaso no sabes que yo…
El joven Marcos, que se había recostado en su cama, se detuvo al distinguir el sello imperial. El encapuchado, sentado en una silla bajo la luz de una antorcha para que fuese visible, se limitó a repetirle la orden.
- ¡Levántate! No hay tiempo que perder.
- No quiero parecer impertinente, pero yo soy…
- Sé muy bien quién eres y por eso estoy aquí. Mañana acompañarás al comandante al Gólgota para ver a Jesús de Nazaret crucificado y quiero antes de nada que le veas conmigo esta noche.
- Ahora mismo me preparo. –Dijo el joven bastante emocionado-.
- No te vistas como de costumbre. Debes ir ligero y tenemos que pasar desapercibidos.
Salieron del palacete, encapuchados y sin escolta, y tomaron el camino que les llevaría a donde Jesús se encontraba. El joven Marcos tenía muchas preguntas por hacer, pero mantenía la boca cerrada. Puede que el sello imperial otorgara a ese extraño un poder y un reclamo de confianza muy importante, aun así no dejaba de ser alguien que en ningún momento se había identificado, ni se había presentado muy amigablemente. Marcos era joven, pero no estúpido.
Las prisas les obligaron a centrarse en el camino hacia la colina, omitiendo todo detalle que se les cruzaba por delante. Un gato que perseguía un ratón, un camello que dormía en una esquina, dos legionarios que jugaban a los dados, aunque de lo que no se percataron era de las recelosas miradas que les perseguían a lo largo de los callejones oscuros.
- Las monedas o la vida. –Se escuchó en un callejón oscuro-.
Marcos se alarmó.
- ¿Cómo os atrevéis? –Contestó desafiante-.
Un hombre le agarró por detrás y le colocó un cuchillo poco afilado en la garganta.
- Cállate maldito romano.
Tres hombres más aparecieron de la nada. Vestían ropas sucias y harapientas, y apestaban a vino y a mierda de cuadra. Uno de ellos, al que le faltaba el ojo derecho, se acercó al encapuchado y le amenazó con un hacha.
- ¿Dónde están las monedas? –Le preguntó con voz agrietada-.
- No tenemos monedas. Hemos venido desde muy lejos para ver a Jesús de Nazaret.
- Aaahhh. El hijo de Dios. Ese que nos salvará a todos.
Nada más decir eso los cuatro se echaron a reír.
- Si fuera quien dice ser, hubiera escupido fuego sobre los romanos y seríamos libres. Pero a mí todo eso me da igual. Dame las joías monedas o te destripo como a un cerdo.
- Ya te he dicho que no tenemos monedas.
- Pues dame ese anillo.
El encapuchado se quitó el anillo y se lo entregó al ladrón.
- No tenemos nada más. –Afirmó-.
- Rajadles –Ordenó el ladrón-.
- ¡Espera! Ese anillo que te he dado es un sello imperial. Si os marcháis os prometo que no mandaré soldados en vuestra búsqueda, pero si nos matáis seguro que moverán cielo y tierra para encontraros.
El ladrón vaciló.
- Vámonos de aquí. –Dijo ahora el ladrón mientras les observaba de arriba abajo-.
En cuestión de segundos los maleantes habían desaparecido en la oscuridad de los callejones de donde habían salido.
- Iré a por ellos. –Dijo Marcos cabreado-.
El encapuchado le cogió del brazo y le impidió la marcha.
- Déjales que se vayan.
- Pero el anillo…
- Anillos tengo de sobra. Lo que nos falta es tiempo. Vamos, ya casi hemos llegado.
*
En lo alto de la colina, bajo los pies de Jesús, el joven Marcos Augusto no supo muy bien cómo actuar. La madera de las cruces crujían con cada leve movimiento; el aire era más espeso de lo habitual, con un olor a incienso y un sabor diferente, más dulce, más salado. Las fogatas, encendidas por los fieles que vigilaban, iluminaban fugazmente el rostro de Jesús aunque a pesar de los esfuerzos del joven Marcos, no consiguió cruzar la mirada con él.
Tenía los parpados caídos, más que cerrados. La luz que guardaban ya se había sellado para siempre detrás de una fina capa de oscuridad. El vientre del crucificado apenas se movía. Respirar le dolía tanto que ya no deseaba hacerlo. Su pulso, apenas perceptible, marcaba el decreciente ritmo de su muerte.
- Recuerda cómo el sufrimiento puede cambiar el bienestar de muchos. No existe arma más poderosa que el autosacrificio. –Dijo el encapuchado-.
- No lo olvidaré.
- Ahora ten, bebe un poco de agua.
El joven asintió agradecido y bebió con ganas. Se limpió la boca con la manga y volvió a mirar a Jesús.
- Él también debe de tener sed.
- Y mucha. –Aseguró el encapuchado-. Pero ahora tenemos que regresar al palacete. No querrás que amanezca y preocupar a tu tío.
- No… claro que no.
La bajada fue más fácil y rápida para sus piernas, pero no para sus corazones. Durante el camino de vuelta no intercambiaron ningún tipo de opinión; se limitaron a meditar sobre lo que estaba ocurriendo ahora mismo en ese lugar tan apartado del mundo civilizado, que era Roma, y cómo marcaría el sentir de los humanos. Sin lugar a dudas, la fuerza que desprendía aquel lánguido y débil hombre, era tan poderosa como las enseñanzas que había impartido durante toda su vida.
- Ya hemos llegado. Y sin desagradables incidentes.
- Lo primero que haré será servirte una copa de vino. –Dijo Marcos-.
- ¡No! –Exclamó el encapuchado-. Ahora he de partir y tú no debes mencionar nuestra pequeña excursión a nadie.
- ¿Ni siquiera a mi tío?
- A nadie. –Susurró cogiéndole del hombro a modo de confraternización-.
El joven se sintió invadido por una serie de emociones contradictorias, pero aquel hombre, portador de un sello imperial y que se enfrentó con valentía a las espadas de unos ladrones, despertó en él un gran sentimiento de confianza.
- Te lo juro.
El encapuchado, satisfecho por la respuesta del joven, se alejó de la puerta y se adentró en los laberínticos callejones de Jerusalén”.