VI
El juego de Judas
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a última afirmación llamó la atención del joven.
- ¡¿Galilea?! –Exclamó Daniel-. ¿Has dicho Galilea?
- Eso es lo que he dicho.
- Entonces…
- Exactamente, Judas de Galilea es en realidad Judas Iscariote. –Afirmó el carpintero-. ¿Cómo si no podría saber dónde encontrar la corona?
El joven permaneció en silencio.
- Lo cierto es que me siento algo decepcionado, aunque por otra parte, comprendo perfectamente la reacción de Judas. Durante muchos años ha sido tildado de traidor y la gente ha blasfemado su nombre. Seguramente habrá sentido la necesidad de hacer algo diferente; no me imagino a Judas sentado en una mesa esperando que pasen los años.
- Ahora me siento más orgulloso de colaborar con él.
- Eso está muy bien porque en realidad se merece eso, y mucho más.
- ¿Entonces me darás La Corona para entregársela?
- ¿Ya no quieres saber cómo llegó a mis manos?
- Ohhhh, claro, claro. Perdona la interrupción.
El joven sorbió un poco de vino y mordió el trozo de pan que tenía en la mano.
*
“Flavio se había salvado, pero las cosas no cambiaron mucho para el resto de los romanos. Poncio Pilato aún no sabía muy bien qué debía hacer para evitar una posible revuelta causada por la detención de Jesús. Sus vaivenes por las distintas habitaciones de su residencia no mitigaban su enorme preocupación y lo peor de todo es que no se le ocurría nada para solucionar el problema.
En la entrada de la ciudad, en unas de las garitas donde los legionarios vigilan a quienes entraban y salían, Flavio maldecía su suerte, aunque estaba contento por no haber sido severamente castigado.
Recordaba como el día anterior, arrodillado sobre el suelo de una celda oscura y polvorienta, el látigo del verdugo chasqueaba con cada golpe que daba a la pared, calentándose para después comenzar con la espalda de Flavio. Fue entonces cuando una voz muy familiar para él, la de Tomás, interrumpió el castigo y mostró la nueva orden al verdugo. Hoy es tu día de suerte. –Dijo el verdugo y con la cabeza le indicó a Tomás que podía llevárselo de ahí-.
- ¿Cómo es que te han dejado entrar? –Preguntó Flavio agradecido-.
- Conozco a mucha gente en la ciudad, además, el dinero ayuda mucho.
- Estabas equivocado con lo de Jesús. –Se quejó-.
- Lo siento mucho, pero por eso estoy aquí ahora mismo. No quería que mi amigo fuese hostigado por mi culpa, así que le he cargado el muerto a otro y te he salvado.
A la salida, Flavio casi se tira a besarle los pies y si no fuese por la rápida reacción de Tomás, hubiera perdido toda la autoridad que lo otorgaba el uniforme de legionario. Eso era algo que no debía ocurrir.
- Somos amigos y por eso no tienes que agradecerme nada. Para eso están los amigos ¿no?
Flavio, a pesar de lo grande que era, le miró con ojos de corderito destetado.
- Somos amigos y de los mejores.
- Toma un regalo por las molestias y descansa. Te lo mereces.
Tomás le dio una bolsa con las treinta monedas de plata, que anteriormente utilizó como prueba de culpa cuando Judas apareció ahorcado, y de su bolsillo sacó otras dos que también se las entregó.
- ¿Y estas dos monedas? –Le preguntó-.
Él sonrió con cierta ironía y le contestó.
- Para que no sea un número redondo.
Ahora, en las puertas de la ciudad, Flavio recordaba lo ocurrido y sonreía mientras bendecía el nombre de su amigo”.
- No me puedo imaginar a Tomás, uno de los discípulos de Jesús, trabando amistad con un romano. –Comentó Daniel-.
El carpintero se mantuvo en silencio durante unos segundos. Un suave soplo de viento se coló por la rendija inferior de la puerta y removió la llama de la vela. La luz se desplazó y acarició el rostro del carpintero, revelando la prominente nariz de un hombre de semblante luchador. El joven se acercó un poco más, pero la luz regresó a su lugar y no pudo distinguir otro rasgo de su interlocutor.
- Recuerda que todos somos iguales a los ojos del Señor. Y los romanos, también son hermanos nuestros. –Aclaró el carpintero-. Tampoco hay que olvidar que todo lo hecho se hizo porque Jesús así lo había planeado.
“Los pensamientos de Poncio Pilato se centraban en buscar la manera de liberar a Jesús sin parecer débil ante los romanos y agradando al pueblo que tanto amaba al capturado. Hacía tiempo que no había salido a pasear y se sentía angustiado, tanto por retener a un hombre que nunca hizo ningún mal, como por notar en su pescuezo como se fraguaba una posible rebelión.
Era irreconocible. Su rostro, blanco como la leche, desentonaba con su pelo negro que ahora se le caía y perdía su habitual brillo. Sus manos temblaban y las bolsas que aparecieron bajo sus ojos, que se parecían a arrugadas manchas de tinta, le otorgaban un aspecto fantasmal.
Mientras se encontraba sentado en el suelo, negándose a comer o a beber, alzó la vista y se fijó en el calendario. Ya sé lo que debo hacer. –Pensó-. Se levantó con mejor aspecto e hizo llamar a su consejo.
- Se acerca la Pascua. –Anunció Poncio Pilato-. Y como dicta la costumbre indultaremos a un preso. Será a quien el pueblo elija.
- ¿Y entre quienes tendrán que escoger? –Preguntó el comandante-.
- Ofreceremos al pueblo dos únicas opciones. Podrán elegir entre Jesús de Nazaret y Barrabás.
- ¡¿Barrabás?! Pero si se trata de un despiadado asesino. Ese hombre sería capaz de matar a un niño por quitarle un trozo de pan enmohecido.
- Exacto. –Aclaró Poncio Pilato-.
- ¿Para cuándo debemos prepararlo todo? –Quiso saber Mario Dimio, uno de sus consejeros-.
- Mañana por la mañana. Quiero que todo esté preparado para mañana por la mañana.
Poncio Pilato se sintió satisfecho y se levantó de su asiento; se dirigió hacia uno de los ventanales que daban hacia la calle y sonrió.
- Sin fallos ni demoras. Quiero que se divulgue por las calles y que mañana no falte nadie. –Dijo sin girarse, esperando a que todos se marchasen-”.
*
“La multitud se aglutinaba en la plaza situada bajo el palacete desde donde Poncio Pilato observaba a todos los presentes con gran satisfacción. A pesar del gran número de hombres y mujeres que habían acudido para salvar a Jesús, no se oía ni una sola palabra. Sus andares, suaves y silenciosos, evocaban un sentimiento de paz y tranquilidad que anidaba en el pecho de los presentes, haciendo que el actual prefecto de Judea se sintiese aún más satisfecho. Por fin me voy a quitar la espina que me clavaron en la espalda. –Pensó-.
Tras el largo silencio, cuando ya no cabía ni una sola alma más en la plaza, Poncio Pilato se acercó al balcón y anunció a los dos hombres:
- Pueblo de Judea, es ya una larga e importante tradición la de liberar a un preso durante la Pascua. Por ello, sitúo ante vosotros a Jesús de Nazaret y a Barrabás el asesino, para que escojáis entre uno de los dos.
Los presentes aplaudieron.
La primera reacción de Poncio Pilato fue la de erguirse orgulloso y la de sonreír. De pronto había perdido la palidez de su rostro y hasta tuvo ganas de beber un poco de vino.
- Dejaré que gritéis el nombre de aquel que deseáis que libere y así cumpliré con vuestra voluntad, para que no se diga que yo, Poncio Pilato, prefecto de Judea, no respeto las tradiciones ni me preocupo por complacer al pueblo.
De inmediato se escucharon las primeras y enardecidas voces de los seguidores de Jesús.
“Jesús”
“Liberad a Jesús”
“Liberad al Salvador”
Poco a poco las voces se mezclaban y se convertían en una sola, que hacía temblar hasta los mismísimos cimientos de los edificios que rodeaban la plaza. Las mujeres colgaban sábanas blancas por las ventanas, los hombres alzaban las manos y alababan al Dios misericordioso, y también agradecían a Poncio Pilato su buena acción. Los niños, que en realidad no entendían muy bien lo que sucedía, se sumaban a los cánticos y las celebraciones que surgían de manera espontánea, entre los gritos:
“Jesús” “Jesús” “Jesús”
Fue en ese momento cuando Mateo gritó más fuerte que ningún otro.
- ¡Barrabás! –Gritó Mateo-.
Pedro, situado a unos metros más allá entre la multitud, también gritó el nombre del asesino. Juan hizo lo mismo, Tomás vociferó con todas sus fuerzas, y así lo hicieron el resto de discípulos de Jesús.
Al principio apenas se oían. Incluso quienes les rodeaban estuvieron a punto de agredirles, pero cuando se dieron cuenta de quienes eran, les miraron asombrados y no sabían qué es lo que debían hacer. Los discípulos seguían gritando el nombre de Barrabás y animaban a los demás a hacer lo mismo. Es lo que Jesús nos ha pedido. –Aclaró Mateo-. Es necesario cumplir con la voluntad de Jesús. –Afirmó Juan-. Y así, explicando que era su Maestro quien había tomado dicha decisión, el nombre del asesino comenzó a llegar hasta los oídos del prefecto.
“Barrabás” “Barrabás” “Barrabás”
Poncio Pilato no lo comprendía. La copa de vino, con la que apenas había rozado sus labios, se le cayó al suelo manchando de rojo su túnica blanca. Notó como el peso del mundo se apoyaba sobre su cansado cuerpo y se tambaleó mareado. Para no desplomarse se apoyó a una columna y cerró los ojos. No lo comprendo. –Musitó-.
“Barrabás” “Barrabás” “Barrabás”
Miró al asesino y vio que este estaba tan desconcertado como él, pero que a su vez sentía una inmensa alegría.
- ¿Qué has hecho para merecer la libertad?
El asesino no contestó.
- Bueno… que así sea. –Se resignó Poncio Pilato-.
Se asomó de nuevo al balcón y alzó las manos indicando que se disponía a hablar.
- Habéis decidido y yo cumpliré con vuestros deseos.
Se lavó las manos y luego la cara, porque aunque no era la costumbre, necesitaba refrescarse. Se secó con un paño negro y entonces dio la orden:
- ¡Liberad a Barrabás!
La multitud calló, aunque no cantaron de alegría, ni sonrieron, ni se sintieron satisfechos consigo mismos. Sencillamente miraron a los discípulos de Jesús y después de agachar la cabeza permanecieron expectantes.
Pedro y Tomás se abrieron paso hasta quedar delante de la multitud. Mirando hacia arriba deseaban ser vistos por su Maestro para ser perdonados. Jesús les miró y ellos lo notaron. Les sonrió y se despidió de ellos sin hacer ningún otro gesto, porque no había nada que perdonar”.
*
- ¡Madre mía! –Exclamó Daniel-. No me lo puedo creer.
- Una de las verdades que nadie conocerá jamás, fue que Jesús ya había entregado su vida a sus hermanos, mucho antes de que se conociera su condena. Pudo haberse librado de la tortura y del sufrimiento, pero no lo hizo, y por eso se ganó los corazones de los hombres. –Dijo el carpintero-.