XIII

Un ángel de la Tierra

S

u cuerpo se levitó, alejándose de la frialdad y de la dureza del suelo. Abrió los ojos y vio como sus brazos flotaban, a la vez que su sangre goteaba por la punta de los dedos. He muerto. –Pensó-. Su alrededor, difuso y blanquecino, se asemejaba a una mañana vestida con niebla espesa que imposibilita la visión y hace que parezca que flotas dentro de una nube. Grisácea y moldeable.

“…conseguirlo…”

“…conseguirlo…”

La voz angelical de un ser difícil de describir, resonaba por las paredes de la niebla y se desvanecía por los alrededores. Era amigable y firme, seria y serena. Cada vez que la oía se notaba más ligero, más liberado.

“…debes…”

“…adelante…”

Blandió suavemente las manos para apartar la grisura y así poder ver el rostro de ese ser que le hablaba. Intentó pisar con fuerza pero el peso de su cuerpo le traicionó y no encontró el suelo, miró hacia abajo, y la niebla también estaba posada bajo sus pies.

“…conseguirlo…”

“…conseguirlo…”

De pronto el dolor atravesó sus recuerdos y cerró los ojos. No estoy muerto, me he desmayado. –Pensó-. Recordó su propósito. Repasó rápidamente los pasos de su plan y abrió los ojos.

- No te rindas Jesús de Nazaret, debes conseguirlo. –Continuó diciéndole Simón de Cirene-.

El hombre grande y fornido, se había interpuesto entre el castigado y los castigadores cuando este, falto de fuerzas, se desplomó como una flor marchita. Impidiendo que los legionarios continuasen con las brutales palizas, levantó la cruz y a su portador, y les apoyó a ambos sobre sus hombros.

- No te puedes rendir. –Insistió-.

Aquel hombre no estaba en los planes de Jesús, pero puede que estuviera en los planes de alguien mucho más sabio que él. Con la vista fijada al cielo, agradeció la inesperada ayuda y apretó los dientes para sacar valor y así continuar.

*

El Gólgota aparecía ante él imponente como el lomo de un fiera hambrienta. Las rocas con las que tropezaba durante la subida no le molestaban demasiado ya que era Simón quien soportaba casi todo el peso.

Dos cruces más se anclaron en el árido suelo y los angustiosos gritos de dos condenados atormentaron el ahora debilitado corazón de Jesús. Estos no habían recibido tantos golpes como él. Sus sistemas nerviosos, completamente activos y estimulados, distribuían el dolor de los golpes al clavarles en la cruz y les penetraba las cabezas a la vez que sus cuerpos se zarandeaban como ramas azotadas por el viento.

Cuando terminaron de clavarles, los legionarios les dieron la vuelta y mientras la cruz les aplastaba las caras contra la gravilla y el polvo, ellos doblaban con sus martillos las puntas de los clavos para que no se soltasen. Una vez terminaron, ataron los extremos con gruesas cuerdas y tiraron con fuerza.

Los cuerpos de los dos crucificados se curvaron hacia abajo, los clavos se rozaban con sus huesos y la carne, y rompían la piel y las venas provocándoles un terrible dolor.

- Ya falta muy poco. –Musitó Jesús-.

Tras el horrendo espectáculo, la poca fuerza de voluntad le abandonó. No era lo mismo sufrir lo imprevisible que ver lo que inmediatamente uno ha de padecer. Puede que su cuerpo se hubiera adormilado tanto que casi no sentía nada, pero su mente sabía que hasta que no estuviera en lo más alto de la cruz, el dolor continuaría acechándole. Ya no le importaba, pero no quería que su espíritu sucumbiera a causa de ello.

Flavio, acompañando al comandante de la guarnición de Judea, no apartó la vista cuando el grito del Mesías silenció los cielos. Las nubes se amasaron y se desplegaron a una velocidad nunca antes vista, el viento sopló con tanta fuerza que las palmeras más jóvenes se doblaron tanto que casi llegaron a tocar sus raíces; un trueno atravesó el azufrado horizonte, pero sin rugir, y un relámpago transformó la penumbra en luz pura.

- ¿Está todo preparado? –Le preguntó a Tomás con disimulo-.

- Ya falta poco.

- No hay tiempo que perder.

- Lo sé. –Contestó Tomás-. ¿Y tú estás preparado?

- Sí.

- ¿Y estás seguro de poder hacerlo?

- Te debo mucho, no pienso fallarte, cueste lo que cueste.

- No quiero que arriesgues tu vida. –Le indicó Tomás-.

- Ya es tarde para eso ¿no crees?, además, si él soporta todo este dolor por nosotros ¿por qué no iba yo a arriesgarme?

- Buena suerte… hermano.

- Buena suerte para ti también, hermano, que seguro que la necesitaremos”.