EPÍLOGO

Weston

En cuanto miras a los ojos de la persona con la que vas a pasar el resto de tu vida, te das cuenta. Ésa es la última mujer que vas a besar. La última mujer a la que vas a tumbar sobre las frías sábanas de una cama. La mujer que te seguirá durante los días que te quedan en este mundo. Hay algo rematadamente finito en ello, sólo que no tienes la sensación de que sea algo definitivo. La impresión es más bien de alivio. Como si hubieras trabajado un millón de días seguidos y entonces te dieras cuenta de que por fin has alcanzado tu objetivo. Ése es el objetivo. Ese momento es el final feliz. Para ambos.

Mia. Cuando salió al porche con el brazo enlazado al de su hermano, todo se desvaneció…

El sonido de las olas del océano…

Los invitados que contemplaban cómo una visión vestida de blanco descendía la escalera con los pies descalzos y luego comenzaba a recorrer el sendero de piedra…

Mi hermana, de pie a mi lado…

El sacerdote…

No había nada salvo Mia. Nunca habrá nada salvo Mia. Ella es la razón de mi existencia. Hoy no estaría aquí si no fuera por ella.

Sus pasos fueron medidos, siguiendo una música que yo ya no podía oír. Una larga pierna delante de la otra. Su vestido era sencillo pero elegante, como la mujer que lo llevaba. Unas diminutas tiras descendían hasta formar un cuello de pico sobre sus pechos y tenía incrustaciones de cristales en los dobladillos. Me encantaba su figura. Esa silueta de reloj de arena con suculentas curvas. El vestido se ajustaba a su pequeña cintura y la brisa de enero hacía ondear la falda del vestido. El tiempo en Malibú el día más importante de nuestras vidas era agradable: unos soleados y absolutamente maravillosos veinticuatro grados.

Llevaba desnudos los hombros, los brazos, las piernas y los pies. Los únicos toques de color eran los rizos de ébano de su pelo, el rosa de las uñas de sus pies y el rojo de sus lujuriosos labios. Y, por supuesto, sus ojos.

Mis amigos solían bromear diciendo que era el cuerpo de Mia lo que me había seducido, pero no era así. Habían sido sus ojos del verde más pálido, como el de una amatista verde si tuviera que utilizar una gema a modo de referencia.

Esos ojos me cautivaron desde el primer día, desde la primerísima vez que se quitó el casco de motorista y el sol iluminó esas esferas llenas de sentimiento. En ese instante supe que ella sería mi final. Lo que no sabía, sin embargo, era que también sería el principio y la mitad. No quería conocer un mundo en el que no estuviera Mia. Ella hacía que los días oscuros fueran luminosos; los duros, suaves, y los buenos, directamente magníficos. No había nada que yo no estuviera dispuesto a hacer por la mujer que en ese momento caminaba hacia mí lista para acogerme en su vida como marido. Sólo esperaba ser todo lo que ella necesitaba. Ahora, y en todos los días por venir.

—Weston Channing tercero, ¿aceptas…? —Los labios de Mia se movieron como si pronunciaran la palabra «tercero» pero sin emitir sonido alguno, y tuve que esconder una risa ahogada haciendo ver que tosía.

—Compórtate —susurré lo bastante alto para que sólo ella pudiera oírme.

Ella me guiñó un ojo mientras el sacerdote terminaba mi parte.

Yo miré a mi chica directamente a los ojos y, con el convencimiento más absoluto, respondí:

—Sí, quiero.

Tras eso, ella me obsequió con una de sus enormes sonrisas. Una de esas que no se planean ni se piensan. Yo vivía para esas sonrisas espontáneas y beatíficas.

—Mia Saunders, ¿aceptas…? —dijo el sacerdote, pero era todo ruido blanco. Hasta que sus labios se movieron.

—Sí, quiero —respondió, y se pasó la lengua por los labios y se mordisqueó el inferior.

Quería darle prisa al buen hombre para que llegara a la parte interesante. Aquella en la que ella pasaba a ser mía. De forma legal.

Tal y como habíamos prometido, nos intercambiamos unos sencillos anillos de platino. Mia no era una mujer que quisiera que la colmaran de diamantes. No, mi chica quería vivir con el viento en la cara y el velocímetro alcanzando niveles aterradores. Y, como yo era uno de esos hombres a los que les gusta dar a sus mujeres lo que quieren y no deseaba otra cosa que no fuera hacerla feliz, su auténtico regalo de bodas estaba en el camino de entrada de la casa.

Me había gastado un dineral en la MV Agusta FCC por la que ella babeaba. Sí, había mirado su historial de internet. Era curioso lo de esta chica. Puede que con las demás lo más normal fuera encontrar vínculos a lugares como Victoria’s Secret o Bloomingdale’s, pero en el caso de Mia no era así. La mayoría de sus búsquedas eran destinos para pasar la luna de miel y páginas web de motocicletas.

Sonreí mientras el sacerdote seguía con su perorata. La anticipación que sentía hizo que, al tiempo que sostenía las manos de mi chica, mis dedos no dejaran de moverse con nerviosismo a la espera de la parte que sellaba el acuerdo para siempre.

—Ahora, puedes besar a la novia.

En cuanto pronunció esas palabras, mis manos se aferraron a las mejillas de Mia y mi boca devoró la de ella. Sabía a menta y a champán. Absolutamente delicioso. Le ladeé la cabeza y mi lengua comenzó a jugar con la suya. Ella dejó escapar un suave gemido mientras se disolvía de forma voluntaria en el beso y se aferraba a mis hombros para aproximarme más. Yo vivía para esos momentos en los que se abrazaba con fuerza a mi cuerpo. Demostraban que cada beso significaba tanto para ella como para mí.

No quería dejarla marchar. Lo mejor de casarse con la mujer que uno ama es el hecho de saber que no tiene por qué hacerlo.

Durante ese último año que había pasado junto a Mia, y gracias a su influencia, también yo había aprendido a confiar en el viaje. Aunque, si uno lo piensa bien, nuestros viajes nunca terminan. Cada día puede ser el principio de uno nuevo. Una nueva vida. Con Mia, nuestra familia, y los amigos que ella y yo habíamos hecho a lo largo del camino…, nuestro viaje no había hecho más que empezar.

FIN

Más o menos… ¡Sigue leyendo para

el capítulo especial «¿Qué fue de ellos?»!