3

El vapor ya había llenado la cabina cuando me metí bajo el chorro de agua. Wes tenía una de esas duchas estilo lluvia cuyo cabezal se encuentra muy por encima del habitáculo y en las que el agua cae como un relajante manto cálido. A cada lado del espacio rectangular, había otras dos boquillas cuya función era proporcionar la máxima presión en las espaldas y los pechos doloridos. En tanto que la principal afición de Wes era el surf, estaba segura de que esos chorros masajeadores eran necesarios para aliviar la tensión después de una larga sesión en el glacial océano Pacífico.

Mi chico entró en el cuarto de baño, se quitó los pantalones del pijama y abrió la mampara de cristal. Yo dejé que mi vista deambulara sin disimulo alguno por todo su cuerpo desnudo. Él se sacó el apósito del cuello. Una línea cubierta de un montón de puntos iba desde la yugular hasta la nuca.

Me acerqué tanto como me atreví y noté su gruesa erección en el estómago cuando me aproximé lo suficiente para ver las secuelas de la herida de bala. Tentativamente, llevé una mano a su cuello. Todo su cuerpo se tensó, pero me dejó inspeccionar la herida descubierta.

—¿Cómo conseguiste sobrevivir a esto? —pregunté a sabiendas de que la mayoría de las personas que sufren un disparo en el cuello se desangran al instante.

—Gina —dijo como si eso contestara a la pregunta.

Fruncí el ceño al darme cuenta de que ni siquiera le había preguntado si estaba viva.

—¿Ella sobrevivió?

Wes asintió con sequedad. Tras mi pregunta, su cuerpo pasó de estar tenso a rígido como una piedra.

—Técnicamente, sí. —Eso fue todo cuanto dijo, y no le pedí que añadiera más. Wes estaba en casa, ya me contaría lo que había sucedido cuando estuviera preparado.

Yo no sabía mucho sobre esas cosas, pero era consciente de que empujar a alguien a revivirlo de inmediato podía resultar dañino. No quería alejar a Wes de mí. En vez de eso, utilicé la técnica de abrazar-y-envolver-con-amor. La misma que él había utilizado conmigo cuando reconocí lo que había sucedido con Aaron Shipley. Ya le preguntaría más cosas más adelante.

—Está bien, cariño.

Él tragó saliva y puso las manos en mi cintura, aplastándome contra su resbaladizo pecho.

—Cuando me dispararon, Gina actuó rápido. Me tapó la herida y ejerció la suficiente presión para evitar que perdiera demasiada sangre antes de que llegara el equipo. Yo fui el primero en ser evacuado.

Pasé un dedo por la herida.

—¿Duele?

—Sí. Cada vez que me muevo o trago —reconoció.

Con la esperanza de hacerle olvidar el dolor y regresar a nuestro festivo estado de ánimo anterior, me incliné hacia adelante y comencé a besarlo alrededor de los puntos.

—¿Y si te hago sentir mejor?

Wes sonrió y sus ojos brillaron de lujuria. Se pasó la lengua por los labios pero, por tentador que resultara ese trozo de carne, había otra parte de él que exigía atención.

Mientras la besaba el pecho, fui deslizándome por el centro de su torso en dirección al ombligo, hasta que al final me puse de rodillas en el frío suelo de baldosas. Wes cogió la toalla que yo había dejado sobre la mampara y la tiró al suelo. El agua empezó a caer sobre la tela beige, oscureciéndola. Fruncí el ceño y él bajó la mirada hacia mis piernas.

—Para las rodillas. No quiero que te hagas daño.

Sonreí, coloqué la toalla doblada bajo mis rodillas y me agarré a sus caderas. Luego me incliné hacia adelante y deslicé mi boca abierta por toda la parte baja de su abdomen. Wes se apoyó con una mano en las baldosas y, con la otra, en la mampara de cristal. Con avidez, envolví la base de su polla con la mano y la sostuve con firmeza. Él empujó ligeramente su miembro hacia mi cara y su ancha punta me acarició el borde del labio inferior. Sin apartar mi mirada de la suya, lamí la pequeña hendidura.

—¡Joder! —Cerró los ojos y dejó escapar un gemido.

—Abre los ojos, Wes. —Mis palabras sonaron apremiantes y afligidas.

Él colocó entonces una mano en la parte posterior de mi cabeza y me agarró un mechón de pelo.

—Mia, nena, estoy aquí mismo, esperando que mi chica envuelva mi polla con sus bonitos labios rosados y me haga olvidar todo salvo el dulce paraíso de su boca.

Cuando Wes decía guarradas durante el sexo y usaba ese tono autoritario, yo perdía la cabeza. Sentí el cosquilleo de una corriente eléctrica en las puntas de los dedos y luego por todo el cuerpo, hasta mi ansioso y palpitante clítoris.

Antes de que pudiera decir nada más, me metí su gruesa polla hasta la garganta.

—¡Oh, Dios mío! ¡Qué bien lo haces, joder! —exclamó mientras yo ahuecaba las mejillas y le lamía la parte inferior del pene.

Me encantaba lo expresivo que era durante el sexo. Me hacía sentir como una reina ser capaz de llevar a mi hombre a un estado de éxtasis absoluto una y otra vez. Jugué con él pasando la lengua por cada lado de su miembro. Una letanía de tacos y largos suspiros salió de su boca mientras yo le daba placer. Llevé entonces una mano a su escroto y acaricié y jugueteé con sus testículos al tiempo que me tragaba su polla hasta el fondo. Él seguía agarrado a mi pelo, lo cual era una novedad. Eso no lo había hecho antes. Era casi como si temiera que lo dejara a medias. Eso, o quería tener el control. Cuando movía un poco las caderas entrando y saliendo de mi boca, noté una molestia en la parte posterior del cuello.

Al levantar la mirada, no me gustó lo que vi. Wes tenía los ojos abiertos, pero no estaba mirándome. Su rostro permanecía inexpresivo y tenía la vista puesta en la pared de enfrente. Intenté apartarme, pero él me agarró con más fuerza del pelo para empujarme de nuevo hacia su polla. No estaba segura de que estuviera realmente en esa ducha conmigo, ni siquiera, en las inmediaciones de nuestra casa de Malibú. Negando con la cabeza, me eché hacia atrás con fuerza, dejando que su polla le golpeara el abdomen.

—¡Vuelve conmigo, cariño! —le pedí por encima del ruido del agua que caía a nuestro alrededor, pero no me respondió—. ¡Wes! —dije más alto.

Él se sobresaltó y negó con la cabeza.

—¿Qué sucede? —Parpadeó unas pocas veces y me acarició el rostro con delicadeza, utilizando sólo las yemas de los dedos. Eso estaba mejor. Se parecía más al hombre a quien había decidido entregar mi vida.

—Mírame. Quiero que me veas amarte.

Él sonrió, y fue la cosa más hermosa que había visto desde hacía casi una eternidad. Esa sonrisa equivalía a largos paseos por la playa, hacer surf en el océano, cenas de alta cocina, hacer el amor y besarse hasta que nuestros labios estuvieran agrietados. Era mi amor, vivo y entero, completamente presente en ese momento.

Envolví su miembro con los labios y, redoblando mis esfuerzos, recorrí toda su extensión con la boca sin apartar mis ojos de los suyos. Wes me acariciaba el rostro con las yemas de los dedos mientras aspiraba grandes bocanadas de aire, soltaba gritos ahogados, jadeaba, gemía y me animaba.

—Dios mío, Mia, tu belleza me parte en dos. Sin ti no estoy completo —dijo, y yo asentí con un murmullo sin dejar de chuparle la polla. Su cuerpo comenzó a estremecerse a la altura de las caderas—. Vas a hacer que me corra. Sácatela de la boca y te follaré contra la pared de la ducha —me ordenó, pero no le hice caso.

En vez de eso, negué con la cabeza. Pensaba dejarlo sin aliento. Sin apartarme, me puse a chupársela con fuerza y dejé que mis dientes rozaran su hipersensible extensión. Sus caderas se impulsaron hacia adelante en pequeñas acometidas. Con una mano se apoyaba en la pared y, con la otra, me acariciaba el rostro. En un momento dado, recorrió con la yema del pulgar los labios que envolvían su verga.

—¿Vas a tragártelo, nena? —Continuaba moviéndose hacia adelante y hacia atrás, y yo lo animé incrementando el ritmo.

Asentí sin sacármela de la boca, me la metí hasta el fondo y gemí. Sabía que estaba a punto, y las vibraciones y el estrecho anillo de mi garganta lo llevarían al límite.

—Joder, joder, joder… —Apartó la mirada al tiempo que eyaculaba su caliente semilla en mi boca. Yo me tragué cada chorro y saboreé su salada esencia.

A pesar de que el movimiento de sus caderas se ralentizó y pasó a ser un suave balanceo hacia adelante y hacia atrás, mantuve su polla en la boca y dejé que mi lengua recorriera toda su extensión, chupándola y besándola, hasta que finalmente su cuerpo se detuvo. Wes colocó entonces sus fuertes manos bajo mis brazos y, tras levantarme, me abrazó estrechando mi cuerpo desnudo contra el suyo al tiempo que sus labios se acercaban a los míos. Tomó el control de ese beso y se entretuvo en él.

Nos besamos en la ducha hasta que el agua se enfrió y su polla volvió a ponerse dura. Mi excitación recubrió sus dedos cuando metió dos de ellos en mi interior y dejó escapar un gemido al comprobar la facilidad con la que mi cuerpo lo dejaba entrar. Tenía la entrepierna empapada, y no sólo a causa de la ducha. No: el acto de llevarlo ahí, de arrodillarme ante él y entregarme a su placer me había excitado a más no poder. Me encantaba chupársela, pero todavía más el hecho de tener ese poder sobre un hombre tan fuerte.

—Vamos —dijo entonces—. Hay partes de tu cuerpo con las que necesito restablecer la relación.

Me sacó de la ducha y me envolvió en una mullida toalla.

—¿Ah, sí?

—Sí, ahora ve a la cama y ábrete bien de piernas. Quiero enterrar mi cara entre esos muslos y ver cómo te retuerces bajo mis labios mientras hago que te corras. Prepárate, Mia, porque una vez no será suficiente.

Su mirada recorrió mis curvas al tiempo que yo dejaba caer la toalla, me tumbaba en la cama y separaba las piernas. Los ojos de Wes se oscurecieron tanto que ya no podía apreciarse en ellos ninguna tonalidad verde.

Cuando la toalla que envolvía las caderas de mi chico cayó al suelo, intenté no salivar. Acababa de chupársela y ya quería tenerlo otra vez en la boca. Tal vez Wes se decidiera por un pequeño sesenta y nueve para que ambos pudiéramos fundirnos en el otro.

Tras apoyar sobre el colchón primero una rodilla y luego la otra, Wes se colocó entre mis piernas, abrió los pétalos de mi sexo con los dedos y se inclinó para lamerme de abajo arriba.

—Mmm…, ya sabes lo que voy a hacerte esta noche, ¿verdad, cariño? —Su voz estaba preñada de deseo.

Permanecí a la espera respirando hondamente. Su pulgar describía círculos alrededor del nudo de terminaciones nerviosas y yo impulsaba mis caderas un poco hacia adelante en busca de más.

—Voy a jugar con tu coño mojado hasta dejarte sin sentido. Luego voy a metértela y me quedaré dormido con la polla dentro de ti y la cabeza a una distancia de tus tetas lo bastante escasa para poder chupártelas. ¿Te parece bien, nena?

—Joder —susurré ante la imagen increíblemente caliente que sus palabras acababan de dibujar en mi mente.

—Ése es el plan —repuso, y me dio una fuerte cachetada en el culo antes de hundir la cabeza entre mis piernas.

Unos aterradores gritos desbarataron la serenidad del mejor sueño de mi vida. Wes y yo nos encontrábamos en una isla tropical, sin otra cosa que hacer salvo disfrutar día y noche de nuestros cuerpos. Era sexi, sucio, y una posible idea para nuestra luna de miel. Hasta que los alaridos del hombre que descansaba a mi lado me expulsaron de la tierra de la felicidad y me arrojaron al centro del infierno.

El cuerpo de Wes estaba retorcido alrededor de las sábanas y no dejaba de gritar mientras agitaba la cabeza de un lado a otro y arqueaba el cuerpo elevándolo un palmo del colchón. El sudor recubría su piel. Intenté tocarlo, pero en cuanto le puse una mano encima, él me la apartó de golpe.

—¡No me toques! ¡Aléjate de ella! —exclamó con todas sus fuerzas.

¿Qué cojones era eso? Salí de la cama de un salto y encendí las luces, pero él seguía agitándose. Las malévolas garras de la pesadilla lo tenían cogido con fuerza. Había leído en algún lugar que no debías tocar a alguien cuando estaba agitándose en sueños porque podía hacerte daño. Sin saber qué otra cosa hacer, cogí el vaso de agua que había en mi mesilla de noche, murmuré una oración y arrojé el contenido sobre mi chico.

Wes abrió los ojos de repente y se incorporó echando un brazo hacia atrás y cerrando el puño como si fuera a golpear a alguien. Sí, me alegré de haber leído ese artículo sobre los terrores nocturnos. De no haberlo hecho, podría haber terminado en el suelo con un ojo morado.

—¡Mia! ¡Mia! —exclamó con desesperación al tiempo que miraba a su alrededor, buscándome. Yo me acerqué lo suficiente para que pudiera verme—. ¡Oh, gracias a Dios que estás bien!

Me cogió por las caderas, me arrojó a la cama y se colocó encima de mí en apenas dos segundos. Con los pies, tiró las sábanas y el edredón al suelo mientras no dejaba de besar, morder y mordisquearme el cuello, los hombros y los pechos. No se entretuvo en quitarme la camiseta, sino que se limitó a apartar los tirantes para liberar mis tetas. Su boca se aferró a una al mismo tiempo que su mano se deslizaba por mis bragas y dos dedos se hundían en mi cálido interior. Le costó un poco porque el tejido interno estaba hinchado a causa de nuestras anteriores correrías, pero eso no lo detuvo. Estaba como poseso y yo era el antídoto.

Me quitó bruscamente las bragas y, menos de un minuto después de haberlo despertado, yo ya estaba inmovilizada contra el colchón y su polla me embestía de forma implacable. Era una máquina que arremetía una y otra vez sin la menor delicadeza. Su único objetivo parecía ser la necesidad de dejar atrás aquello que estuviera acechándolo desde los frágiles bordes de su subconsciente.

—Te quiero, te quiero, te quiero —no dejaba de decirme—. No te vayas.

Me abracé a él con más fuerza y su pelvis comenzó a impactar con fuerza en mi clítoris, provocándome unas oleadas de excitación que se extendieron de un modo doloroso por todo mi cuerpo a pesar incluso del despiadado ritmo. Era una esclava del cuerpo de ese hombre, y él era mi amo.

Wes me follaba sin compasión con los ojos cerrados al tiempo que se mordía con fuerza el labio inferior. Sus firmes manos me sujetaban por las caderas y nuestros cuerpos colisionaban una y otra vez. Mientras me taladraba, comenzó a mascullar una rápida sucesión de absurdas y desconsoladas súplicas, como si yo no estuviera ahí para oírlas.

—Te quiero. —Embestida.

»Te necesito. —Embestida.

»Quédate. —Embestida.

»No te marches. —Embestida.

»Te amo. —Embestida.

»Mi Mia… —Embestida.

Rodeando su cuerpo con mis brazos y mis piernas, me aferré a él tan fuertemente como pude para proteger al hombre que amaba.

En un momento dado, sus caderas dejaron de moverse tan rápido y abrió los ojos.

—Estás aquí, Mia. Mi Mia… —Sus palabras eran reverentes, como si temiera que yo fuera a desaparecer si parpadeaba.

—Wes, cariño, estoy aquí, aquí mismo.

Me apreté con fuerza contra su cuerpo. Quería que sintiera el calor de mi piel y la fuerza de mis extremidades a su alrededor.

En torno a sus vidriosos ojos aparecieron unas pequeñas líneas.

—Haz que se vaya. Necesito que se vaya. —Su tono de voz era desesperado, y yo habría hecho cualquier cosa para conseguir que aquello que lo atemorizaba desapareciera y llenar ese espacio con amor y luz y todo aquello que conformaba nuestro cariño.

—Toma de mí lo que necesites —susurré, y le besé el nacimiento del pelo, la frente y allá donde alcanzaban mis labios, hasta que las embestidas de su cuerpo me impidieron hacer ninguna otra cosa salvo permanecer abrazada a él.

Wes deslizó ambos brazos por debajo de mi espalda y me sujetó por los hombros. El soporte que eso le proporcionó fue increíble. Volvió a elevar el ritmo y me taladró con su polla de acero recubierta de terciopelo con tanta fuerza que los dientes me castañearon. No había nada que yo pudiera hacer salvo aguantar hasta que terminara y, desde luego, se trató de algo verdaderamente intenso. Hacia el final, cuando la frágil capa de su cordura estaba a punto de fracturarse, deslizó la mano entre nuestros cuerpos y me acarició el clítoris para que me corriera. Esa pequeña muestra de decencia —la necesidad de Wes de dar placer— me recordó que el hombre que amaba era, de momento, un alma perdida, pero que, con mi ayuda, encontraría la salida de la oscuridad y regresaría de nuevo a la luz.

Durante los siguientes días, el patrón siguió siendo idéntico. De día, cuando era él mismo, Wes me hacía el amor, mientras que, por la noche, me follaba sin miramientos, tomando de mi cuerpo lo que fuera que necesitara para alejar las pesadillas y encontrar el camino de vuelta a casa.

Agotada después de otro polvo así de duro, la cuarta noche me di la vuelta y apoyé la cabeza en su pecho. Después de correrse en lo más hondo de mí, habían remitido finalmente la ansiedad y el miedo que lo habían subyugado desde el momento en el que lo había despertado de su pesadilla y mientras me follaba sin piedad. A continuación, estuvo un largo rato agasajándome con suaves besos y susurros de remordimiento y amor. Remordimiento por haberme usado por razones egoístas, y amor porque sabía que yo volvería a entregarme una y otra vez hasta que él estuviera libre de ese demonio que vivía en sus recuerdos. Las incoherencias que susurraba durante el acto revelaban que había pasado por una experiencia terrible. Necesitaba más ayuda que el temporal alivio que le proporcionaba el cuerpo de la mujer que amaba. El monstruo que acechaba en su cabeza tenía que ser eliminado del mismo modo que yo había tenido que eliminar el mío cuando Aaron me había hecho daño.

Al final, decidí que había llegado el momento de abordar el tema. Al menos lo suficiente para que él diera los primeros pasos en pos de su curación.

—Cariño, deberías ver a alguien en relación con estas pesadillas y a tu reacción a ellas. —Bajé la barbilla y le besé el pecho a la altura del corazón.

Él se tensó en mis brazos.

—¿Estás enfadada porque utilizo tu cuerpo? Lo hago sin querer. Joder, Mia, no sé… —Se pasó la mano de forma descuidada por el pelo—. Tú eres lo único que lo neutraliza.

—No pasa nada, Wes. Estoy encantada de darte lo que necesites para que te sientas mejor. Pero ¿qué es con exactitud lo que neutralizo? —Era la primera vez que se lo preguntaba desde que había regresado a casa.

Me miró fijamente a los ojos.

—Los recuerdos. Vienen cuando me quedo dormido, y no puedo librarme de ellos.

—¿Hasta que les proporcionas a tu cuerpo y a tu mente otra cosa en la que concentrarse? —Sonreí y meneé juguetona las cejas para intentar rebajar la intensidad de la conversación.

Wes me miró con timidez.

—Sí, más o menos.

Suspiró y me pasó la mano por la espalda arriba y abajo. Después de utilizar mi cuerpo, necesitaba volver a conectar conmigo a un nivel emocional, y se pasaba mucho rato mimándome. Creo que era su forma de asegurarse de que yo estaba bien.

—¿Me contarás alguno de esos sueños? —Contuve el aliento y procuré dar la impresión de que era fuerte. Al menos lo suficiente para oír lo que tuviera que decir.

Wes apretó la mandíbula y negó con la cabeza.

—Es mejor que no estés al tanto de toda esa mierda, nena.

—Yo te conté lo de Aaron. —Él abrió la boca para negar la similitud de la situación, pero yo seguí hablando—: Ya sé que no es lo mismo, pero para mí fue algo traumático. Me dejó hecha polvo, y esto está consumiéndote, cariño. Si vamos a ser un equipo y socios en todos los aspectos de nuestra vida, tenemos que ser capaces de confortar al otro y ayudarlo con el peso que cargan sus hombros para que no se venga abajo. Si son dos personas las que lo llevan, resulta más ligero. Comienza poco a poco. Dime qué sucedió cuando te dispararon.

Wes cerró los ojos y tragó saliva. Permaneció tanto tiempo así que pensé que se había quedado dormido o que estaba intentándolo, pero por fin habló:

—Nos tuvieron encadenados a la pared, con los brazos sujetos con cuerdas por encima de la cabeza. Nunca había sentido una tensión tan insoportable como la de carecer de movilidad en los brazos. No dejaban de darnos patadas, tirarnos cosas o escupirnos a la cara. Básicamente, lo peor que pueda ocurrírsete es probable que sucediera. Aquel día, yo sabía que iba a pasar algo. Los hombres ya no bromeaban entre sí ni jugaban con sus juguetes, es decir, nosotros. Estaban alterados y el tono de sus voces se había endurecido. Era como si tuvieran miedo. Puede que supieran lo que estaba a punto de ocurrir. Y entonces, de repente, se oyeron tiros y unos helicópteros. No sabía qué pensar.

Respiró hondo y le aparté un rebelde mechón de pelo de la frente. Estuvo un momento sin hablar, y temí que no fuera a seguir haciéndolo.

—Entonces ¿qué pasó? —No quería presionarlo, pero sabía que necesitaba sacar algo del pecho.

Con expresión sombría, abrió los ojos.

—Dos de los hombres se pusieron de rodillas y comenzaron a rezar, tal y como haría cualquier otro hombre que estuviera muerto de miedo. Rezaron. Acto seguido, cuando el tiroteo ya estaba más cerca y se oyó el sonido de unas botas en el suelo y unas voces dando órdenes en inglés, uno de los hombres levantó el arma y se voló la cabeza. El otro se me quedó mirando con una expresión de absoluta repugnancia y comenzó a disparar de forma salvaje de un lado a otro. Gina gritó al tiempo que sus brazos se desplomaban a cada lado. Una de las balas la había alcanzado en la pierna, y la otra, justo encima de la cabeza, rompiendo la cuerda y liberando sus manos.

La respiración de Wes estaba volviéndose cada vez más pesada, de modo que me incliné hacia adelante, lo besé en el pecho, en el cuello, en la frente y la nariz.

—No pasa nada, cariño. Estoy aquí. Sigue. Cuéntame el resto.

Colocó una mano en la parte posterior de mi cabeza. No me atrajo hacia sí para darme un beso, sino que se limitó a mirarme con atención a los ojos.

—Luego el hombre se acercó a mí y gritó algo. Me apuntó con el arma a la cabeza y, justo cuando apretó el gatillo, la puerta del barracón saltó por los aires. Literalmente, la puerta desapareció con una humareda. Entonces se oyó otro disparo y vi cómo el cuerpo del hombre caía de espaldas con un agujero de bala entre los ojos.

Yo lo abracé todavía más fuerte. Podía sentir con mi cuerpo sus temblores mientras escuchaba hasta la última palabra.

—Gina se acercó a mí, cogió un trozo de tela sucio que estaba en el suelo y lo utilizó para tapar la herida que tenía en el cuello al tiempo que un equipo de soldados estadounidenses se hacían con el control del lugar. Los oí dar un montón de órdenes por el walkie-talkie o algo así, no estoy seguro. Lo siguiente que recuerdo es que uno de ellos me trasladó a un helicóptero. Nunca olvidaré el ruido. Era ensordecedor. Explosiones, tiroteos, gritos, lloros… —Negó con la cabeza y se pasó una mano por el rostro—. Mia, me dedico a escribir películas en las que hay ese tipo de efectos especiales, y te aseguro que no tienen nada que ver con la realidad.

»Nada puede compararse con el miedo que consume cada molécula de tu ser cuando estás en cautiverio de ese modo. Incluso en cuanto los soldados me rescataron, seguía creyendo que iba a morir, que nadie podía vivir después de lo que había pasado. Y Gina… ¡Dios mío! —Las lágrimas acudieron a sus ojos y comenzaron a caerle por las mejillas como una cascada por la ladera de una montaña—. ¡Oh, Dios mío, las cosas que le hicieron! —Sollozó—. Jamás conseguirá recuperarse.

Las lágrimas de Wes empezaron a mojar mi piel. Para entonces se había incorporado y se había colocado de forma que yo estaba sentada a horcajadas sobre su regazo, envolviéndole las caderas con las piernas. Tenía encima su propia «manta Mia». No lo solté, ni siquiera cuando sus lágrimas recorrieron mi hombro y mi columna vertebral. Le dije una y otra vez lo valiente que era, que ya había pasado todo y que superaríamos eso, pero él seguía llorando. Estaba a un paso del colapso emocional, sin embargo yo estaba ahí con él y, pieza a pieza, lo ayudaría a recomponerse.

Abrazado a mí, Wes cayó en un agitado sueño. No me soltó en ningún momento. Yo era su salvación, y lo cierto era que a mí ya me parecía bien.