7
Habíamos terminado de desayunar, y Wes y Cyndi estaban en la cocina fregando los platos. Matt, mientras tanto, estaba entreteniendo a Isabel, que había comenzado a llamarlo tío. Eso era algo que, según me había contado Maddy, Matt adoraba. Él era hijo único, de modo que tener sobrinos era algo que realmente le encantaba. A mi parecer, eso lo volvía todavía más adorable. Conocía el valor de la familia. Aun así, esperaba que no tuviera intención de dejar embarazada a mi hermana en un futuro inmediato.
Max, Maddy y yo nos acomodamos en el sofá modular de cara a la chimenea. Mads dobló las rodillas y se sentó sobre las piernas mientras que yo lo hice con las piernas cruzadas. Max, por su parte, era todo formalidad. Las rodillas juntas, los codos encima y las manos unidas.
—Está bien, chicas, tenemos que decidir qué vamos a hacer con nuestra madre. Cojamos el toro por los cuernos. Cuéntanos qué pasó en la galería, Mia.
Empecé entonces a relatarles tanto como recordaba, incluido el hecho de haberle pegado, algo de lo cual no estaba nada orgullosa, así como su patético intento de asegurar que no sabía que Maddy era hija biológica de Jackson o el hecho de afirmar que no recordaba nada, tampoco las veces que me había llevado a mí al casino para poder continuar con su larga aventura con el padre de Max. Les conté que incluso había llegado a decir que se había marchado para mantenernos a salvo y que yo desconocía toda la historia, como si ella supiera algo que pudiera convertir en aceptable lo que nos había hecho a los tres. Jamás en la vida.
Max se llevó un puño a los labios.
—En lo que a mí respecta, quiero volver a verla. Y decirle lo que pienso. Creo que estaría bien que fuéramos todos juntos. Escucharla, y asegurarnos de que ella nos escuche a nosotros. ¿Qué opináis?
Una mueca de disgusto que no pude reprimir se dibujó en mi rostro.
—¿De verdad crees que le va a importar?
Max se encogió de hombros.
—No lo sé, pero me da igual. Esto no es sólo sobre ella. Es sobre nosotros y lo que hemos vivido. Tenemos derecho a decirle a la cara lo mal que se ha portado con nosotros. ¿Maddy?
Mi hermana extendió la mano para coger la mía y yo entrelacé nuestros dedos para darle mi apoyo. Solidaridad fraternal. Así solíamos actuar nosotras. Ahora, teníamos un hermano y debíamos abrir la puerta todavía más y dejar que entrara. Técnicamente, ya no estábamos ella y yo solas. Ahora también estaban Max, su familia, Wes, Matt… Todos se hallaban implicados en esa reunión porque afectaba a aquellos a quienes más querían. Es decir, nosotros.
Maddy exhaló un profundo suspiro.
—Estoy asustada. Ni siquiera sé qué decirle a alguien a quien no recuerdo. —Su voz era apenas un suspiro.
—Está bien —asintió Max—. Y tú, Mia, ¿crees haberle dicho todo lo que tenías que decirle?
—No lo tengo claro —repuse en tono de mofa.
—Bueno, a ver qué os parece esto. Las dos venís conmigo y me prestáis vuestro apoyo para que pueda decirle a nuestra madre todo lo que necesito sacar de mi pecho. —Era una afirmación, pero definitivamente se podía percibir cierto estrés en su tono.
A Max no le gustaba pedir ayuda. En circunstancias normales, es probable que nunca lo hubiera hecho. Su petición, por tanto, me impactó como un vehículo de dos toneladas que luego retrocediera y volviera a pasar por encima de mí.
—Max… —La emoción me impidió continuar.
Él negó con la cabeza.
—Sé que a vosotras dos os abandonó y os hizo mucho daño. A mí me hizo lo mismo. No se quedó el tiempo suficiente para ver mi primer diente. Qué demonios, esa mujer desapareció antes incluso de que necesitara mi primer corte de pelo. Me gustaría verla. Ponerle un rostro a una madre que de ello sólo tiene el nombre. La verdad es que me iría bien que mis hermanas estuvieran conmigo. Apoyándome.
Yo me puse de pie, me acerqué a él, me senté a su lado y lo rodeé con los brazos.
—Lo siento. Estaba siendo egoísta. Esto no me afecta sólo a mí. Nos afecta a todos nosotros. Tú también lo pasaste mal. Y tienes razón: hemos de formar una unidad sólida e ir todos juntos. Porque eso es lo que somos ahora. Una familia. ¿Verdad?
—¡Por supuesto que sí! —dijo él en un tono de voz tan agudo que podría haber cortado el cristal.
Maddy se acercó al sofá y se acurrucó a un lado de Max.
—Quiero estar ahí por ti. Siempre que tú estés ahí por mí, yo lo estaré por ti, ¿de acuerdo? —Tenía los ojos vidriosos y tristes. El fuego crepitaba y centelleaba dentro de esas profundidades de color verde pálido.
—Entonces está decidido. Llamaré a Kent Banks y concertaré una cita —dije.
Max asintió y todos nos quedamos mirando el fuego en silencio, absortos en nuestros pensamientos.
Kent Banks estaba impaciente por encontrarse con nosotros. Dijo que había cosas que debíamos saber antes de que aprobara una reunión cara a cara con nuestra madre. Ante su petición, terminamos quedando en un reservado de Zane’s Tavern. Wes y Matt permanecieron en la barra dándole a la lengua con el amigo de mi chico, Alex. Suficientemente cerca por si las cosas se ponían feas, pero lo bastante lejos para proporcionarnos la ilusión de privacidad. Yo ya había visto antes a Kent. Parecía un tipo extraño pero inofensivo, aunque también en extremo protector con su esposa. En realidad, ni siquiera estaba casado con ella. Me pregunté si él estaba al tanto. Yo lo sabía porque ella nunca se había molestado en divorciarse de mi padre.
Mi padre. Exhalé un lento suspiro. Otra decepción. Había estado ignorando mis llamadas desde que me había marchado de Las Vegas y lo había dejado en su casa con un par de enfermeras. Éstas me habían informado de que estaba respondiendo bien al tratamiento, pero que mentalmente estaba recayendo en su vieja actitud victimista. Había tenido fe en que se mantuviera fuerte y consiguiera romper su espiral interminable de victimismo, pero quizá eso había sido demasiado optimista por mi parte. Llegados a este punto, sólo me quedaba rezar para que se mantuviera alejado de la bebida y siguiera con la terapia. Ese último año yo ya había hecho más de lo que debería y, en definitiva, más de lo que él se merecía. Ahora ya era cosa suya.
Había aprendido una lección muy valiosa con todo eso. El amor no siempre era bonito. También podía ser cruel, despiadado y pusilánime, pero eso no significaba que desapareciera. Yo estaba lidiando con ello, y Wes estaba ayudándome con la herida emocional que me había dejado el hecho de que la mujer que me había dado la vida me hubiera abandonado.
Una pequeña ráfaga de aire frío me alcanzó en la cara cuando Kent entró en el local. Nos divisó de inmediato y se sentó en el asiento vacío que habíamos dejado en el borde del reservado. Ninguno de nosotros quería estar tan cerca de él, de modo que Maddy y yo compartíamos un asiento, y Max se aseguró de que su enorme cuerpo ocupaba el otro. Si Kent lo advirtió, no dijo nada.
El hombre se frotó las manos para calentárselas.
—Gracias por venir.
Ejerciendo el papel de macho alfa de la mesa y siendo como era la persona con más ganas de ver a nuestra madre, Max extendió la mano para presentarse y fue quien habló en primer lugar.
—Soy Maxwell Cunningham. Ya conoce a mi hermana Mia Saunders. Ésta es nuestra hermana pequeña, Madison Saunders.
Tanto Maddy como yo forzamos una pequeña sonrisa en nuestros rostros, pero no le ofrecimos las manos.
—Estoy seguro de que está impaciente por que vaya directo al grano. Pero, para hacer eso, he de empezar por el principio —dijo Kent en un tono de voz bajo y calmo.
Max asintió y, con un gesto, le indicó que continuara. Maddy permanecía en silencio.
Kent aspiró lentamente una bocanada de aire.
—Cuando conocí a Meryl, estaba perdida. Andaba viajando por todo el país con un vehículo hecho polvo. Estaba sucia, no se había duchado en días o quizá incluso semanas. Más adelante descubrí que sólo tenía un par de mudas y muy pocas cosas a su nombre. Imaginé que estaba escapando de un hombre muy violento y, en aquel entonces, ella no me dio ninguna explicación, dejando que supusiera lo peor.
Solté un resoplido y puse los ojos en blanco. Kent me miró pero prosiguió.
—La conocí en la biblioteca local. Yo había ido allí en busca de un libro que debía estudiar para la universidad. Ella, para protegerse del frío.
La mano de Maddy se aferró a la mía debajo de la mesa. Oír que otra persona había sufrido como nosotros fue un golpe más duro para la sensible alma de mi hermana que para la mía. El problema era que se trataba de algo infundado. Nuestra madre tenía una casa a la que ir. Había elegido dejarla. No habría compasión por mi parte.
—Comencé a verla con regularidad en la biblioteca y, al cabo de una semana, me di cuenta de que no se había cambiado de ropa, seguía teniendo el pelo sucio y, francamente, apestaba. Sin embargo, había algo en sus ojos…, una chispa que me cautivó. Un día le propuse que viniera conmigo y le ofrecí mi ayuda para evadirse de aquello de lo que estuviera ocultándose. De nuevo, ella no me dio ninguna explicación al respecto, así que le proporcioné una ducha, alimento y un techo sobre la cabeza. Los días se convirtieron en semanas, y a mí me gustaba tenerla cerca. Me ayudaba con mis estudios, limpiaba la casa, cocinaba y se le daba bien el arte.
—¿Adónde quiere llegar, señor Banks? Esto sólo nos deja claro que ella le mintió del mismo modo que lo hizo con nosotros. No era indigente por circunstancias de la vida. Lo era por elección. Su marido, mi padre, nunca le puso una mano encima. Jamás. Ella lo destrozó, y también lo destrozará a usted —dije, dejando que la malicia que desprendían mis palabras ocupara hasta el menor resquicio de espacio.
Kent negó con la cabeza de forma dramática.
—No, por favor. Déjeme hablar. Hay cosas que desconoce.
Max se inclinó hacia adelante. Su respuesta fue tan afilada como un cuchillo:
—Vaya al grano.
Kent alzó las manos a modo de súplica.
—Al cabo de un par de meses, me di cuenta de que comenzaba a hacer cosas extrañas, irracionales. Llegaba a casa y me encontraba el suelo de la cocina cubierto de harina y a ella danzando encima como una bailarina. La gente normal no hace esas cosas. Meryl, en cambio, las hacía continuamente. En otra ocasión, vertió gel de ducha en el suelo de madera y se puso a deslizarse por él como si de un juego se tratara.
—Sí, ésa es nuestra madre. Hacía cosas como ésas todo el tiempo. Nos daba helado para cenar. O nos sacaba a la fría calle para que bailáramos bajo la lluvia durante una tormenta. Por aquella época, papá trabajaba mucho para asegurarse de que ella tuviera todo lo que quería, así que a menudo no se enteraba de esas cosas. Y, cuando llegaba a casa, ella solía estar en el casino bailando en un espectáculo. Durante muchos años, fueron como barcos que se cruzan en mitad de la noche.
Kent asintió.
—Entonces lo presenciaron ustedes. Me refiero al extraño comportamiento. O, más que extraño, directamente maníaco. Como si algunos de sus tornillos se aflojaran de golpe. A veces, llegaba a entusiasmarse tanto que más de una vez temí que estuviera drogada; otras, se encontraba tan baja de moral que hacía falta Dios y ayuda para sacarla de la cama.
—Y eso por decirlo con suavidad, señor Banks.
Yo recordaba millones de ocasiones en las que se había comportado como una loca en vez de ser la madre que debería haber sido. Pero en aquellos tiempos nada de eso nos importaba porque la queríamos.
—¿Qué tiene eso que ver con ella ahora? —interrumpió Max.
—Todo. Me costó convencerla, pero por fin accedió a que la examinaran. ¿Sabían que su madre tiene una bipolaridad severa? —preguntó Kent.
Nos quedamos todos tan callados que se podía oír nuestra respiración.
—¿Por bipolaridad quiere decir que sufre de depresión? —terció Max.
Kent negó con la cabeza solemnemente.
—Sufre de depresión, sí, pero es más que eso. Tiene graves cambios de humor. Suceden de un modo tan rápido y tan profundo que necesita medicarse para poder sobrellevarlo. Con la medicación le va muy bien. Es capaz de realizar actividades. Descubrimos entonces que tenía un don para la pintura y que podía llevar una vida feliz y tranquila. Aquí, en Aspen, conmigo. En la actualidad sigue sufriendo cambios de humor, depresión y manía, pero bajo medicación los ciclos son menos severos y habituales. Hasta cierto punto, los mantiene bajo control. —Kent respiró hondo y pareció ordenar sus pensamientos, como si supiera que lo que iba a decir a continuación no iba a ser bien recibido.
»No estoy seguro de que su madre hubiera podido hacer eso antes de que nos conociéramos. La mujer que era por aquel entonces jamás habría sido capaz de criar hijos sin medicación. Su condición era grave, y estaba claro que nunca había recibido tratamiento alguno (y no hablo de algo que uno pueda tratarse a sí mismo). No me sorprenden algunas de las cosas que hizo.
Yo fruncí el ceño.
De nuevo, Banks alzó las manos con intención apaciguadora.
—No estoy diciendo que lo que les hizo a todos ustedes estuviera bien. A lo que me refiero es a que, sin tratamiento, en un estado maníaco, a ella podía parecerle perfectamente lógico sacar a sus hijas a la calle en pleno invierno para bailar bajo una tormenta. La manía tiene su propia lógica, su propia forma de justificar por qué algo es necesario. Y, para la persona que la sufre, puede tener perfecto sentido.
»Durante esos años, pues, es posible que creyera que sus actos estaban justificados. Pero cuando la fase maníaca terminaba y comenzaba la depresiva, se daba cuenta de que sus hijas estaban o habían estado mojadas, y congeladas, y hambrientas. Y también de que, en el mejor de los casos, era un fracaso como madre y, en el peor, un peligro para sus hijas. Ni un solo día de su vida ha dejado de cargar con la cruz de sus errores. —Negó con la cabeza y los demás permanecimos en silencio.
Personalmente, yo no sabía qué decir. Demasiados pensamientos, sentimientos y emociones nublaban mi juicio y constreñían mis entrañas. Necesitaba tiempo para pensar. Tiempo para procesarlo.
—A pesar de que el otro día se quedó muy consternada, todavía quiere verla, señorita Saunders. No sabe que los demás están aquí, aunque imagino que también querrá verlos. Explicarse. Pedir perdón. Ahora son ustedes adultos y su capacidad de entendimiento es mayor. No pueden olvidar lo que sucedió en el pasado, pero quizá puedan comprenderlo. En primer lugar, y eso es lo más importante, se trata de mi esposa. Lo ha sido durante casi catorce años…
Yo lo interrumpí de golpe.
—Es usted consciente de que no están oficialmente casados, ¿verdad? Ella nunca llegó a divorciarse de mi padre —dije en un tono de voz bajo pero cargado de intención.
Kent asintió.
—Ya sé que nuestro matrimonio no es legal, pero las legalidades nunca me han importado mucho. Me he pasado todo este tiempo protegiendo a esa mujer, y seguiré haciéndolo hasta mi último aliento. Así pues, si lo único que quieren hacer ustedes es increparla, será mejor que lo dejemos aquí y que nos limitemos a ir cada uno por su lado. —Dejó la mano en la mesa para subrayar la irrevocabilidad de lo que acababa de decir.
Max se puso entonces de pie y extendió la mano.
—Deje que hable con mis hermanas. Lo discutiremos y esta noche le diremos algo.
Kent también se puso de pie, estrechó la mano de Max y se subió la cremallera de la chaqueta.
—Espero sus noticias. Sé que están ustedes dolidos y que lo que les acabo de contar supone un shock. Para mí también lo fue, pero a veces la vida le hace eso a uno. Es cómo uno reacciona ante el sufrimiento lo que define su carácter.
Ésas fueron las palabras con las que Kent se despidió. Luego dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta sin volverse.
Max se sentó de nuevo y dejó escapar un largo suspiro.
—¿Qué opináis?
Yo enarqué las cejas.
—Wes, cariño, ¿puedes traernos una ronda de tequilas, por favor? —exclamé.
—Ahora mismo —dijo él, y se encargó de que nos sirvieran las bebidas. Aún no me creía que fuera toda suya. De cabo a rabo, empezando por el dedo en el que lucía su anillo de compromiso.
Maddy soltó una risa de complicidad.
—La última vez que bebiste demasiado tequila terminaste en un festival de sexo con aquel samoano tatuado que estaba tan bueno, sin darte cuenta de que yo también estaba allí.
Maddy me recordó la noche etílica que pasé con Tai en Hawái. «Festival de sexo.» Sólo a mi hermana podía ocurrírsele describir de una forma tan inocente una noche de sucio y depravado sexo digno de una película porno.
Le di un empujón en el brazo.
—Ni se te ocurra repetir eso cerca de Wes —susurré a través de su pelo con olor a cereza y vainilla.
Max sonrió y cerró los ojos.
—No es la imagen que quería tener en mi cabeza ahora mismo. Agradezco la distracción, pero ¿qué pensáis de lo que ha dicho ese tontaina sobre nuestra madre?
Yo suspiré y, rodeando los hombros de Maddy, la acerqué a mi lado en busca de su apoyo (y convencida que ella también necesitaba el mío).
—Honestamente, no estoy segura. Tiene mucho sentido. Todo lo que ha dicho sobre su extraño comportamiento es cierto. Cuando estaba eufórica, mamá parecía capaz de alcanzar las estrellas; sus bajones, en cambio, eran duros y muy frecuentes. Nunca sabíamos cómo iba a estar. En general, cuando no se encontraba en lo que Banks ha llamado un estado depresivo o extremadamente deprimido, nuestra madre cambiaba de trabajos, nos endeudaba, olvidaba cosas como recogernos de la escuela o chamuscaba la comida porque no se acordaba de que tenía algo en el horno. El comportamiento que recuerdo encaja con lo que ha descrito.
—¿Cambia eso tu opinión sobre ella? —Ésta era la pregunta del millón.
Me encogí de hombros.
—Quizá. Puede que un poco. En definitiva, me ayuda a comprender por qué se comportaba de ese modo. Pero no explica por qué decidió marcharse. O por qué no habló con un médico de sus problemas. Por qué no pidió ayuda. Cuando nos abandonó, tenía treinta y pico años. ¿Cómo puede una enfermedad como ésa pasar desapercibida tanto tiempo? Me odio a mí misma por decirlo, pero parece algo muy conveniente.
Maddy escogió ese momento para intervenir.
—Puede que se marchara precisamente porque no estaba en sus cabales, Mia. Quizá se dio cuenta de que había algo en ella que no funcionaba bien y creyera que así nos salvaba de ello.
Max apretó la mandíbula.
—Eso no explica por qué me abandonó a mí cuando era un niño pequeño pero se quedó con vuestro padre durante diez años.
—No, no lo hace. A no ser que tu padre viera algo que el mío no vio, le insistiera para que pidiera ayuda y ella quisiera evitarlo.
—Supongo que no lo sabremos hasta que hablemos con ella. ¿Llamo a Kent y quedamos con ella? Me gustaría zanjar este asunto antes de que lleguen los padres de Wes para pasar la Navidad. Por cierto, Madison, ¿qué hay de la familia de Matt? ¿Va a venir?
Ella negó con la cabeza.
—No. Como Matt nos tiene a todos nosotros, sus padres han aprovechado para embarcarse en el crucero que siempre habían deseado hacer. Nunca habían querido dejar a Matt solo, pero ahora que no lo está, nos preguntaron si nos molestaría que se fueran de vacaciones. Yo les dije que disfrutaran del viaje y que, como ésta era nuestra primera Navidad con vosotros, la pasaríamos aquí. El año que viene, sin embargo, nos gustaría que ellos también vinieran. Si os parece bien, claro. —Bajó la cabeza y primero me miró a mí y luego a Max.
Yo sonreí y, levantándole la cara por la barbilla, la obligué a mirarme a los ojos.
—¡Eh! Tu relación con Matt es tan importante como la mía con Wes y la de Max con Cyndi, ¿de acuerdo? Haremos lo posible para pasar todos juntos las vacaciones. Desde luego, aquí hay espacio de sobra. Y con los planes de Wes y Max para los dos ranchos, en Texas también habrá lugar para todos.
Maddy abrió unos ojos como platos.
—¿Qué planes?
Max sonrió y, tras juntar las puntas de los dedos, apoyó la barbilla en ellos.
—Wes quiere comprar uno de los terrenos contiguos a nuestra casa.
—¿Vas a trasladarte a Texas? —Maddy comenzó a revolverse en su asiento como si tuviera hormigas en los pantalones.
—Ehhh… No…, sí, más o menos. ¡Eres lo peor, Max! —Lo señalé con un dedo acusador. Él se limitó a sonreír con complicidad—. Wes quiere tener un hogar lejos del hogar. ¿Qué mejor lugar que aquel en el que se encuentran Max y su familia? Y, como tú y Matt os mudaréis a Texas dentro de un par de años, tú también estarás ahí.
—¡Oh, Dios mío! ¡Esto es genial! Voy a tener a mi hermano y a mi hermana en el mismo lugar. —Su sonrisa fue tan amplia que pareció iluminar la oscura estancia.
Wes se abrió camino hasta el reservado con una bandeja con chupitos de tequila. No tres. Una bandeja. Llena. La dejó en la mesa, cogió una silla y se sentó. Por su parte, Matt se deslizó en el reservado junto a Max.
—He oído que iba a comenzar el bebercio. ¿Le damos ya? —Wes sonrió. Me encantaba esa sonrisa. En ella se podía atisbar la despreocupación, los momentos desnudos en la cama y los domingos haciendo el holgazán que teníamos por delante. Interminables días sintiéndome querida y yo, a mi vez, queriéndolo a él. Así sería mi vida con Wes de marido. Me moría de ganas.
Todos cogimos un chupito.
—¡Por el futuro! —dije.
—¡Por las posibilidades infinitas! —El rostro de Maddy resplandeció.
—¡Por la familia! —concluyó Max.
Los cinco bebimos y engullimos toneladas de comida de pub hasta que Matt se ofreció como voluntario para dejar de beber y conducir de vuelta a la cabaña. Los demás seguimos de juerga, pues habíamos recibido un duro golpe colectivo con lo de nuestra madre. ¿Qué otra cosa nos quedaba hacer salvo vivir el presente? Y eso hicimos. Durante toda la noche.
Quedamos con Kent en que iríamos a hablar con nuestra madre dos días antes de Navidad. El día en cuestión, el agobio era perceptible en todos nosotros mientras Max conducía por el camino de grava en dirección a una enorme mansión parecida a la cabaña de la familia de Wes. Ni siquiera estaba muy lejos de ésta. Apenas tardamos cinco minutos en llegar a casa de Kent y Meryl Banks (pues ése era el nombre que ella utilizaba ahora).
Kent abrió la puerta y nos condujo a un enorme salón abierto. Había ventanas con vistas, pero no iban del suelo al techo como las de la cabaña de Wes, sino que eran circulares, como las de los barcos (aunque mucho más grandes que un ojo de buey: la circunferencia medía por lo menos un metro y medio, o quizá más). A lo lejos, unas puertas acristaladas parecían conducir a un patio. Del techo de la cocina, colgaban unas lámparas esmeriladas de color azul eléctrico. El único toque de color eran esas luces y las piezas de cerámica que había sobre la barra de desayuno. Todo era ultramoderno, pero aun así resultaba hogareño. Algunas telas aquí y allá contrastaban con los bloques blancos del salón.
Sin embargo, el elemento más impresionante del salón —y el centro focal de la estancia— era el cuadro que colgaba sobre la gigantesca chimenea. Era una imagen realista del paisaje que podía verse desde la casa, sólo que en primavera, cuando la vista era verde y repleta de color. El artista que la había pintado tenía mucho talento y un increíble ojo para el detalle.
En un extremo del sofá modular estaba sentada nuestra madre. Llevaba unas mallas negras y un holgado jersey de color blanco que contrastaba con su pelo negro. Desde la distancia, éste casi parecía tener una tonalidad azul oscuro.
—Pasen y siéntense. —Kent señaló el sofá.
Los tres lo rodeamos y nos acomodamos como un frente unido justo delante de Meryl. Kent se sentó al lado de su pareja. En cuanto lo hizo, ella lo cogió de la mano con fuerza. Le apretó tanto los dedos que pude ver cómo el color desaparecía de ellos. Mi madre se aferraba a Kent como si fuera el sostén mismo de su cordura. Y quizá lo era. Ahora sabía que su estado mental era muy frágil.
—Gracias por venir, Mia. Maxwell… Madison… —Se le quebró la voz y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas—. Me alegro mucho de veros. Creía que no volvería a hacerlo nunca… —Un sollozo la interrumpió.
Kent le dio un pañuelo, que ella utilizó para secarse los ojos y la nariz.
—Tenéis un aspecto… ¡Dios mío, sois todos tan increíblemente guapos! —dijo con un tono preñado de asombro.
Miré a Maddy para ver cómo lo llevaba. Tenía las mejillas enrojecidas y la nariz comenzaba a gotearle. Se la limpió con la manga. En cuanto a mí, yo ya me había quedado sin lágrimas. Me había pasado años llorando por esa mujer y, más recientemente, días. Me sentía seca por completo…, vacía.
—Me alegro de conocer por fin cara a cara a la mujer que nos dio a luz —dijo Max al tiempo que colocaba un brazo alrededor de Maddy—. Para Maddy y para mí es como si fuera la primera vez que te vemos.
Nuestra madre asintió y más lágrimas cayeron de forma torrencial por su rostro. Se aclaró la voz.
—Sé que nada de lo que pueda decir logrará mitigar el dolor que he causado…
Me mordí la lengua para no comentar nada, pues esto no iba sólo sobre mí. Nos había dejado a todos.
—Sin embargo ahora estoy mejor y puedo comprender el daño que he causado. Soy consciente de que estás muy enfadada conmigo, Mia, y te aseguro que, de haber sabido que al marcharme sólo conseguiría que las cosas fueran a peor, nunca lo habría hecho.
—¿Por qué lo hiciste? —Finalmente formulé la pregunta que llevaba quince años muriéndome por hacerle.
Ella se pasó la lengua por los labios y se sentó más erguida.
—En aquel momento no pensaba con claridad. Cada vez había más veces en las que me encontraba a mí misma de pie en la cocina sin saber qué estaba haciendo, más llamadas de la escuela avisándome de que no os había recogido, o más ausencias del trabajo sin ser consciente de ello. Un día, abrí los ojos y me vi a mí misma en el centro de la autopista, caminando descalza en dirección al desierto. Iba ataviada con mi camisón. Por aquel entonces, vuestro padre trabajaba de noche y yo tenía dos empleos en el casino. Vosotras estabais en casa solas. No tenía ni idea de dónde me encontraba.
—Eso suena horrible —dijo Maddy, siempre la primera en intentar aliviar el sufrimiento del mundo y de toda la gente que se encuentra en él.
Meryl asintió.
—Lo fue. Todos esos agujeros temporales y las pérdidas de memoria solían desembocar en situaciones peligrosas y no sabía cómo impedirlo. La gota que colmó el vaso fue la ocasión en la que estaba tan deprimida que me bebí toda una botella de whisky de vuestro padre. Estaba convencida de que me estaba engañando.
Yo solté un resoplido. Ella levantó la mirada y sus mejillas se sonrojaron.
—Sí, ya sé que era yo quien estaba engañándolo a él. Bueno, no lo sabía realmente. La mayor parte del tiempo no tenía claro dónde estaba ni qué hora era. En cualquier caso…, esa última noche me bebí el whisky, os metí en el coche y me senté detrás del volante.
Max apretó la mandíbula y casi pude oír el ruido de sus dientes rechinando mientras escuchaba a nuestra madre.
—De algún modo, salí de la autopista y me adentré en el desierto. Un buen samaritano lo vio, llamó a la policía y me siguió. Al final, el coche que conducía se detuvo. Me había desmayado al volante. Los policías llegaron, os recogieron y a mí me metieron en la celda de los borrachos. Vuestro padre pagó la fianza y a mí me acusaron de haberos puesto en peligro. Seguramente tendría que pasar una temporada en la cárcel, pero…
—Te marchaste —terminé yo la frase, clavando el cuchillo en su corazón con malicia.
—No sabía que estaba enferma. Nadie lo sabía.