6
—¿Vas a contarme qué demonios estamos haciendo en medio del bosque que rodea la cabaña? —dije calándome el gorro de lana hasta los ojos. Llevaba el cabello recogido en la nuca y colgaba de un lado. Si no, el gorro de lana ya se me habría caído. Un pelo como el mío no apreciaba que intentaran domarlo.
Wes sonrió y, cogiéndome de la mano, me condujo a través de la esponjosa nieve. Con la otra mano tiraba de un trineo sobre el que había una bolsa de lona.
—¿A qué hora has dicho que llegarían Max y Madison? —preguntó, esquivando mi pregunta.
Pasamos por encima del tronco de un árbol caído hacía mucho tiempo.
—Esta tarde, sobre las seis. ¿Por qué?
—Bueno, si vienen a celebrar la Navidad, ¿no crees que deberían tener un auténtico árbol? —Soltó mi mano y el trineo y, con la respiración trabajosa, subió corriendo una pequeña colina.
Un árbol. Un verdadero árbol de Navidad. Ni me acordaba de la última vez que había tenido uno. De hecho, no estaba segura de que Maddy hubiera llegado a tener uno. No es algo que una familia que anda escasa de dinero se preocupe por tener. Debido a las circunstancias, ni nos molestábamos en comentar el tema. Nos preocupaba más cenar que tener un árbol. ¡Qué demonios, si cuando Maddy contaba con cinco años tuve que contarle que Santa Claus no existía! Bajo nuestro árbol inexistente no habría regalos procedentes de un tipo gordo, alegre y mágico. Maddy y yo nos regalábamos cosas hechas por nosotras mismas. Ya de mayores, hacíamos algo más e intercambiábamos un regalo o dos, pero nada extravagante.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Wes con la cabeza ladeada y una expresión de preocupación en el rostro.
Yo me encogí de hombros.
—Nunca antes había tenido un árbol.
—¿Nunca habías tenido un árbol de Navidad? —Su desconcierto fue evidente por la forma en la que abrió la boca del todo, dejando que sus heladas exhalaciones formaran nubes de vaho a su alrededor. Luego asintió secamente—. Recuérdame que le dé un puñetazo en la cara a tu padre cuando se tenga en pie —dijo con un gruñido de exasperación.
Entonces descendió la colina a paso ligero, me cogió de la mano, me ayudó a subir y señaló un punto a lo lejos.
—¿Ves esos árboles? Serían perfectos como árbol de Navidad.
Más allá del claro había una sección de abetos más pequeños. Era casi como si aquí tuvieran su propio vivero de árboles de Navidad.
—Y ¿cómo piensas sacarlo del suelo?
Wes se rio entre dientes.
—Lo talaremos, nena. Venga, vamos.
Cogió la cuerda del trineo y descendimos la colina para ver los árboles de cerca. Cada uno medía al menos un par de metros y era enorme.
—No estoy segura de esto. Matar un árbol para usarlo de decoración no me parece correcto. Quizá deberíamos comprar uno artificial.
Wes se burló.
—Tonterías. Ésta es nuestra primera Navidad juntos. Y la primera que pasas también con tu hermano y tu familia. Ambos vamos a hacer que sea especial. Y, para hacerlo, necesitamos un árbol adecuado. Así que escoge uno —y extendió los brazos hacia adelante.
Su argumento era sólido. Nunca antes había tenido un árbol o, al menos, ya no lo recordaba. Estábamos creando recuerdos y tradiciones increíbles como pareja junto con nuestros respectivos parientes. La excitación por la creación de esos recuerdos penetró hasta mi subconsciente, eliminando cualquier futura preocupación por el entorno y la pérdida de un árbol en un bosque en que había miles.
Durante varios minutos, di vueltas alrededor de cada uno de ellos. Tras descartar unos diez o así, encontré uno perfecto. Era imponente, verde, y olía a tierra. La separación de sus ramas era equidistante de un modo que permitiría exhibir los ornamentos a la perfección. El árbol había llamado mi atención y, mientras lo miraba fijamente, imaginé el aspecto que tendría con luces de colores, guirnaldas y demás adornos de Navidad.
Wes se acercó a mí y entonces me rodeó los hombros con un brazo.
—¿Éste es el elegido?
Yo sonreí a mi chico y asentí.
—Éste es el elegido.
Él se inclinó hacia adelante y me besó en la mejilla. Antes de que se alejara otra vez, lo cogí de la mano y lo besé en la boca. Fue un beso largo, profundo y muy húmedo. Su lengua se puso a bailar con la mía, tomando tanto como daba. En cuanto la introdujo en mi boca, despertó en mí una excitación que había pasado a un segundo plano después de ver a mi madre. Esa excitación estaba de vuelta ahora con toda su fuerza, y todo gracias al amor de ese hombre.
—Te quiero —dije mientras nuestros labios todavía estaban en contacto.
Él sonrió pegado a mi boca, y pude notar el movimiento de su mandíbula cuando afirmó:
—Yo te quiero aún más. Ahora cortemos el árbol, ¿de acuerdo?
—¿Cómo? —Miré el trineo.
Wes se acercó a la bolsa de lona, la abrió y sacó un hacha. Quitó el protector de plástico del filo de la hoja y lo metió de nuevo en la bolsa.
—¿De verdad vas a hacerlo?
Él frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿No crees que pueda?
—Oh, no, estoy segura de que puedes. Es sólo que parece mucho esfuerzo.
—Mia, nena, merece la pena esforzarse por aquello que vale la pena tener.
Y, tras eso, comenzó a talar la base del árbol con el hacha. Con cada arremetida, el abeto temblaba y caían al suelo pegotes de nieve y agujas.
Mientras Wes talaba nuestro árbol de Navidad, yo cogí el móvil y le hice una fotografía. Luego se la envié a Ginelle.
De: Mia Saunders
Para: Zorrón-come-conejos
¿Cuánta madera roería un roedor?
Al cabo de unos segundos, recibí un mensaje de contestación.
De: Zorrón-come-conejos
Para: Mia Saunders
¿Si los roedores royeran madera? Bueno, no lo sé exactamente. Madera samoana, diría que veinte.
De: Mia Saunders
Para: Zorrón-come-conejos
Veinte, ¿qué?
De: Zorrón-come-conejos
Para: Mia Saunders
Centímetros, tontaina. ¿Es que la nieve te ha congelado el cerebro?
De: Mia Saunders
Para: Zorrón-come-conejos
Eres un zorrón malpensado.
De: Zorrón-come-conejos
Para: Mia Saunders
Mira quién fue a hablar… Además, eres tú la que me ha enviado una fotografía de un hombre en plena faena.
No pude evitar reír con un resoplido. Condenada Ginelle. Negué con la cabeza sin dejar de reír. Menudo personaje era. Me acordé entonces de que todavía no le había contado lo de mi madre. Se cabrearía mucho —con toda la razón— y soltaría un montón de barbaridades. Seguramente, por eso aún no se lo había dicho. Lo haría. Pero más adelante. ¿Cuándo? No lo sabía. Supuse que lo averiguaría sobre la marcha. Ya se cabrearía conmigo más adelante. Tratándose de Gin, aunque se enfadara conmigo, enseguida me perdonaría, comprendería mis razones y me seguiría queriendo. Eso era lo que hacían las buenas amigas. Ginelle estaba enterada de todo lo malo, lo bonito y mil cosas más de mi vida, y me quería de todos modos. Y lo mismo me sucedía a mí con ella.
—¿De qué te estás riendo? —preguntó Wes.
Su respiración era trabajosa. El sudor cubría su frente y le goteaba de las sienes. Un hombre trabajando duro. Por mí. Para que mis vacaciones fueran memorables.
Negué con la cabeza.
—Nada. Es Gin.
—¿Está bien?
Yo sonreí, pues sabía exactamente qué, o más bien quién, estaba haciendo feliz a mi amiga. Eso hizo que me preguntara qué sucedería cuando Tao regresara a Hawái. ¿Iría ella detrás de él? Conociendo a Ginelle, no dejaría Malibú ahora que acabábamos de conseguirle un trabajo y le habíamos proporcionado un lugar para vivir, pero eso no significaba que no quisiera hacerlo. Tendría que hablar con ella sobre eso…, entre otras cosas.
—Sí, sí. Está con Tao, ¿recuerdas?
Wes frunció el ceño.
—¿Tao? Recuérdame quién era…
—El hermano de mi amigo Tai. Lo conoció en Hawái.
Wes volvió a coger el hacha y arremetió con fuerza en el centro del gran corte que ya había hecho en el árbol.
—¿Te refieres al cliente número cinco? —dijo en un tono carente de toda emoción.
Se me erizó el vello de la nuca.
—Sí. Tai Niko. Mi amigo. —Enfaticé lo de «amigo», a pesar de que él sabía perfectamente en qué consistió nuestra relación entonces y en qué consistía ahora.
—¿El que estuviste follándote durante todo un mes mientras yo te echaba de menos? —Volvió a arremeter contra el árbol. Pequeñas astillas saltaron por los aires a causa del impacto.
Solté un grito ahogado.
—Eso no es justo y lo sabes. Si no recuerdo mal, por aquel entonces tú estabas con Gina.
Él asintió.
—Sí, la peor decisión de mi vida —dijo, y me miró con furia.
No pensaba discutir con él. Gina era y había sido un tema doloroso para mí, pero lo había superado. Está bien…, mentira. Había aceptado lo que ahora significaban el uno para el otro, y sería mejor que Wes aceptara mi relación con Tai porque el gigante samoano era uno de mis mejores amigos.
—Eso dices ahora. En cualquier caso, yo he aceptado tu relación con Gina, y tú tienes que hacer lo mismo con la que mantenemos Tai y yo. Vendrá a nuestra boda.
Wes arremetió de nuevo contra el árbol y levantó la cabeza de golpe.
—¡¿Qué?! ¡No me habías dicho eso! —Agarró con fuerza el hacha y sus nudillos se volvieron tan blancos como la nieve que nos rodeaba.
—Él y su prometida, Amy, son dos de mis veinticinco invitados. Nosotros también acudiremos a su boda el próximo verano en Hawái.
—¿Es él quien se casa el próximo verano?
Suspiré.
—Sí, Wes. Es él. Mi amigo Tai. El mismo que subió a un avión en junio y estuvo cuidándome después del ataque que sufrí. Junto a Mason.
—¡Ése debería haber sido yo!
Se volvió y arremetió con el hacha con tal fuerza que el tronco finalmente cedió y el árbol cayó. El aire pareció vibrar a nuestro alrededor cuando el enorme abeto impactó contra el suelo.
—¿Has terminado? —pregunté con los brazos en jarras y la cabeza ladeada de frustración. A esas alturas, él ya conocía bien esa pose.
Sus hombros se derrumbaron.
—No me gusta que otros hombres cuidaran de ti, ¿de acuerdo?
—Lo sé. Y lo entiendo. A mí no me gusta que tú estuvieras con Gina. Pero eso forma parte del pasado. Y no cambia que estas personas ahora signifiquen algo para mí, aunque sea a otro nivel, y lo sabes.
—¿Dices que su prometida también vendrá? —preguntó entonces, más tranquilo.
Me acerqué a su lado y le coloqué una mano en el hombro mientras él miraba el árbol caído.
—Sí, cariño. Su prometida, Amy, es encantadora. Y sabe lo que hubo entre nosotros y no nos lo recrimina. Tai y yo estuvimos juntos durante un mes de nuestras vidas. No hemos significado nada el uno para el otro desde que subí a ese avión a finales de mayo. Dentro de un par de semanas voy a casarme contigo. Y ella se casará con Tai dentro de unos meses. Somos amigos. Nos tenemos cariño. Eso es todo.
Hice lo que pude para expresar con sinceridad lo que sentía por Tai. Lo último que necesitaba era que Wes estuviera celoso de otro hombre más de mi vida. Ya había tenido suficiente al respecto.
—Lo siento. Es sólo que… la idea de que hayas estado con alguien que no soy yo me pone furioso. No es justo, pero tienes razón. Ambos tenemos nuestro pasado, y tú te has portado muy bien mientras yo ayudaba a Gina a superar su trauma. Lo siento. ¿Me perdonas? —Se volvió hacia mí y sus brazos rodearon mi cintura.
—Siempre te perdonaré. Y te demostraré hasta qué punto cuando llevemos este árbol a la cabaña y descongelemos nuestros cuerpos con una ducha caliente. —Meneé las cejas de forma insinuante—. ¿Qué te parece?
Él se movió con rapidez y, antes de que me diera cuenta, ya estaba en sus brazos, con los pies colgando y mi boca pegada a la suya. Justo donde siempre había querido estar. Luego se separó de mis labios con un sonoro chasquido y volvió a dejarme en el suelo.
—¿Estás sugiriendo que echemos un polvo de reconciliación?
—¡Pues sí! —Solté una risita y él me besó otra vez.
—¡Acepto! Ahora agarra el trineo mientras yo coloco encima nuestro primer árbol de Navidad.
Wes y yo nos pasamos una hora larga arrastrando el árbol hasta la cabaña. Cuando llegamos, lo subimos por la escalera y lo dejamos en el patio, donde él procedió a sacudirlo con intensidad durante un buen rato. Al parecer, era necesario hacerlo para deshacerse de potenciales amigos forestales, agujas sueltas y restos de nieve. Entonces —no es broma— cogió el soplador y se dispuso a secar el árbol. Exactamente igual que si se secara el pelo. El proceso resultó fascinante de principio a fin.
Luego nos pasamos otra buena hora en la ducha, reconciliándonos. Esto resultó mucho más divertido que la experiencia de ir a buscar el árbol, pero eso a él no se lo dije.
Tras la ducha, me senté en el sofá y abrí, no una ni dos, sino cuatro cajas repletas de guirnaldas, luces y otras decoraciones navideñas. Para tratarse de una cabaña a la que no iban muy a menudo, sin duda se habían preocupado de que contara con todas las comodidades de un hogar. Decoré la repisa de la chimenea, en la que Wes había encendido un fuego con lazos de flores de Pascua artificiales colocados de forma estratégica junto a algunos candelabros de plata, que, según me contó, habían sido un regalo de sus abuelos a sus padres cuando éstos se casaron. Coloqué a la vista esos tesoros de valor incalculable y encendí algunas velas rojas para que la decoración resultara todavía más atractiva.
Juntos, Wes y yo adornamos el árbol con luces y muchos otros ornamentos. Entre los adornos que habíamos comprado, encontré una caja con unos especiales hechos a mano. En el dorso se podían leer los nombres de Wes y de Jeananna.
Mi chico sonrió cuando cogí un molde en yeso de una mano pequeña. Cada dedo estaba pintado de un color distinto y luego cubierto de purpurina dorada. Escrito con la cuidada letra de la madre de Wes, en el dorso se podía leer el nombre de éste y su edad: cinco años.
—Cuando éramos pequeños, mi madre nos animaba a Jeananna y a mí a pasar el tiempo haciendo adornos de Navidad. Luego los dejaba en Aspen para poder utilizarlos cuando disfrutábamos de otra festividad aquí. Era una gran tradición. —Sostuvo en alto la pequeña mano y sonrió.
—Podemos hacer eso con Isabel. Le diremos que forme un modelo en yeso de su mano y lo añadiremos a la caja.
Wes se dejó caer a mi lado en el sofá.
—Y un día nuestros hijos también los harán.
Niños. Habíamos hablado un poco del tema, pero no había sido más que una breve conversación en la que ambos habíamos estado de acuerdo en que algún día los tendríamos.
—¿Cuándo quieres comenzar una familia, Wes? —pregunté, nerviosa por su respuesta.
Él me cogió la mano y me besó dulcemente cada uno de los nudillos. Era algo que hacíamos el uno con el otro. Algo único entre nosotros.
—Depende de cuándo quieras hacer una pausa profesional. Si dependiera de mí, comenzaríamos ahora mismo. Este año cumpliré treinta y uno. Pero tú sólo tienes veinticinco y tienes toda una carrera por delante. Aunque tampoco es que necesites trabajar… —me recordó.
—¿Y si nos tomamos unos meses para nosotros y dentro de un año volvemos a tener esta conversación?
—Creo que tenemos una cita para entonces, nena. —Wes enseguida se mostró de acuerdo. Era un hombre realmente increíble.
—Bueno, ha sido fácil —bromeé.
—¿Por qué no iba a serlo? El matrimonio no consiste en que uno de sus miembros consiga todo lo que quiere. Mis padres siempre hacían concesiones. Creo que ésa es la clave. Además de la honestidad. Si siento una ardiente necesidad de tener hijos, lo hablaremos y me aseguraré de que es algo para lo que ambos estamos preparados. Me parece que es la mejor forma de afrontar cualquier cosa que surja. ¿Tú no? —preguntó.
Pensé acerca de lo que acababa de decir mientras le daba vueltas a otro ornamento que tenía sobre la palma de la mano.
—Sí, creo que tienes razón. Si somos honestos y estamos dispuestos a hacer concesiones, las cosas nos irán bien.
Él sonrió y me besó en la mejilla.
—Nos irá mejor que bien. Mientras esté casado contigo, la mujer de mis sueños, no hay nada que no podamos resolver juntos.
Sus palabras envolvieron de dicha mi corazón, provocando que palpitara de felicidad. Me volví hacia mi chico y lo besé. En vez de terminar de adornar el árbol, comenzamos a enrollarnos en el sofá. Justo cuando estaba sentada a horcajadas sobre su regazo y Wes había metido las manos bajo mi jersey y las tenía sobre mis pechos, un fuerte timbrazo resonó en la cavernosa estancia.
—¿Qué es eso? —Me detuve de golpe con las manos debajo de su jersey.
Él me besó en el cuello efusivamente.
—El timbre de la puerta. Tu familia ha llegado.
—Mi familia ha llegado —dije yo, todavía algo aturdida. Hasta que al final lo registré. Mi familia había llegado—. ¡Yuju! —Entonces di un salto—. Mi familia ha llegado. ¡Ya ha llegado! —exclamé, y apreté a correr hacia la puerta con los pies enfundados en mis calcetines de Santa Claus.
Abrí la puerta y me encontré con una ceñuda expresión en el rostro de Max.
—¡Dios mío, pequeña, hace muchísimo frío! Tenías que elegir un lugar nevado para pasar nuestra primera Navidad, ¿verdad? ¡Tenías que hacerlo! —me regañó. Yo di un salto, le rodeé el cuello con las manos y le di un beso en la mejilla—. Está bien, supongo que te perdono —dijo con las mejillas sonrojadas al tiempo que los hacía pasar.
—Mads —susurré, feliz por ver a mi hermana.
—¡Mia! —Ella me rodeó con sus largos brazos y me estrechó con tal fuerza que me dejó sin respiración—. ¡Te he echado tanto de menos! —Su voz estaba preñada de emoción—. ¡No puedo creerme que estemos en Colorado! Hace frío, pero esto es genial.
—Frío es la palabra clave aquí —aseguró Matt antes de estrecharme con un solo brazo—. Gracias por invitarnos, Mia.
—Gracias por venir, Matt.
Max volvió a salir y luego subió la escalera con el cochecito del bebé cubierto con una manta azul. Cuando llegó a mi lado, me pasó el cochecito (que pesaba una tonelada). ¿Qué demonios le daba de comer a mi sobrino? La manta se movió y eché un vistazo dentro. Jackson estaba sonriendo y mordisqueándose la mano. Llevé al bebé a la calidez del salón y dejé el cochecito en el suelo junto al árbol. Antes de volver al coche para ayudar a mi familia a descargar, aparté la manta para que el bebé pudiera ver las luces.
Cuando todo el mundo se hubo aposentado y hubimos servido bebidas calientes, la familia nos ayudó a Wes y a mí a terminar de decorar el abeto. Tal y como sospechaba, a Maddy le encantó tener un árbol de Navidad. Cuando hubimos terminado, se lo quedó mirando con los ojos muy abiertos. Yo rodeé su cintura con un brazo y apoyé la cabeza en su hombro.
—Es bonito, ¿verdad?
—Lo es, Mia. Lo es. Gracias. Por esto, por reunirnos aquí. Es… No sé. Mucho.
—Es mucho. Y lo disfrutaremos juntos —le prometí.
Max se acercó a nosotras y se colocó entre ambas, de modo que las dos apoyamos nuestras cabezas en sus enormes hombros. Ése era exactamente el lugar en el que a nuestro grandote hermano le gustaba estar. Rodeado de su familia. Nos abrazó con más fuerza.
—Mañana hablaremos sobre ella —les dije a ambos—. Hoy no. Hoy celebraremos el hecho de estar todos juntos, disfrutaremos de la cena y compartiremos la magia de la estación.
—Estoy de acuerdo —asintió Maddy con un tono de voz algo más áspero de lo normal.
—Lo que mis chicas necesiten. La familia cuida de la familia. —Max nos apretó todavía más contra su cuerpo.
Yo suspiré y disfruté de la visión de mi primer árbol de Navidad con mi hermana y mi hermano. A pesar de que el acechante asunto de nuestra madre sobrevolaba nuestras cabezas, podíamos contar con eso. La familia. Independientemente de lo que sucediera. Todo aquello por lo que habíamos pasado no había hecho sino fortalecernos. Y ahora podíamos apreciar todavía más lo que teníamos. Días como ése se convertirían en nuevos y hermosos recuerdos que llevaría conmigo hasta el día que muriera.