8
—Y ¿qué hay de mí? —preguntó Max.
Yo estaba preguntándome la misma jodida cosa.
—Me dejaste cinco años antes de conocer a Michael Saunders —aclaró Max.
Meryl aspiró despacio y se limpió la nariz.
—Tienes razón. Lo hice. Jackson era un buen hombre. Quería cuidar de mí, tener una familia. En aquel momento, yo todavía pensaba que iba a ser una bailarina famosa. Has de tener en cuenta que, por aquel entonces, mi enfermedad estaba fuera de control, era caótica. Me sentía extremadamente confusa. Tenía la sensación de que Jackson quería meterme en una jaula dorada. Maniatarme con hijos.
Max resopló.
—¿Maniatarte?
—No lo entiendes. —Ella se puso a llorar todavía con más fuerza—. Me quedé embarazada de ti al poco de conocer a Jackson. Mi enfermedad estaba fuera de control. No confiaba en nadie. Adoraba a Jackson, pero no lo amaba. No con locura. Cada día, me sentía más confusa que el anterior. No sabía qué estaba sucediendo. Mi psicólogo me ha dicho que casi con seguridad tenía depresión posparto, lo cual se veía complicado por mi frágil estado mental. Cuando las hormonas de una mujer sufren un vaivén como ése y encima ella es bipolar, el resultado puede ser catastrófico.
—Sí, diría que catastrófico lo resume bien —dijo Max de modo inexpresivo.
—Eso no significa que no me importaras y que no te quisiera, Maxwell. Lo hacía. ¡Y lo hago! Mucho. Pero no sabía cómo cuidar de ti. No dejaba de tener pensamientos horribles sobre Jackson, quería matarme a mí misma y también a ti. Hice lo único que podía hacer… —Más lágrimas cayeron por su rostro y su nariz comenzó a gotear.
—Marcharte —dijo él simplemente. Esas palabras me abatieron y provocaron que la bestia furiosa que tenía en el pecho levantara la cabeza y prestara atención.
Ella asintió.
—Sabía que Jackson tenía dinero, poder y respaldo. Cuidaría de ti hasta que yo pudiera poner mi cabeza en orden. Eso, sin embargo, nunca llegó a suceder. Y entonces conocí a Michael. Era muy amable y cariñoso. Y cuidaba de mí. Me adoraba de verdad —dijo entre sollozos e hipidos—. Al principio, ambos éramos un poco extravagantes y diferentes, y eso me gustaba. Se trataba de nosotros contra el mundo. Y, luego, en uno de mis arrebatos maníacos, nos casamos en una capilla de Las Vegas. Poco después de la boda me quedé embarazada de Mia y, bueno…, el resto ya lo sabéis. —Se sorbió la nariz y se limpió las lágrimas.
—¿Cómo es que nunca te pusiste en contacto con nosotros? —preguntó Maddy en un tono de voz bajo y triste.
—Oh, cariño, quería hacerlo. Todos los días. Pero también tenía miedo. Miedo de lo que diríais. Miedo de lo que Michael diría. Miedo de ir a la cárcel. Y luego miedo de perder a Kent. La única persona que se había dado cuenta de que no estaba bien y me había ayudado.
—Entonces ¿usted desconocía nuestra existencia? —le pregunté a Kent.
Él asintió.
—Así es. Meryl se vino abajo cuando la vio por primera vez en el programa del doctor Hoffman. Fue ese día cuando me contó toda la verdad. Al final, me puse en contacto con el programa. Les expliqué que era su padrastro, que hacía años que usted no veía a su madre, y que yo sabía dónde estaba y quería volver a ponerlas en contacto.
Suspiré y expulsé todo el aire de mis pulmones. Jodida Shandi. Podríamos haber estado avisados de esa bomba con mucha antelación. Cuando agarrara su larguirucho pescuezo, se iba a enterar.
—¿Qué esperas sacar de todo esto? —pregunté mirando con intensidad a la destrozada mujer que tenía delante.
Lamentablemente, a la bestia que había dentro de mí no le importaba una mierda que estuviera sufriendo. Nosotros tres lo habíamos estado haciendo durante años mientras ella vivía en la montaña y pasaba los días pintando feliz el paisaje y ejerciendo de ama de casa sin responsabilidades. Pero las tenía. Unas responsabilidades que había eludido desde el principio.
Meryl se pasó la mano arriba y abajo del muslo.
—Pues… la verdad es que no he llegado a pensarlo. Mi principal preocupación era quitarme de encima el peso que me ha oprimido el pecho durante quince años. Y juro que no tenía ni idea de lo de tu paternidad, Madison. Por aquel entonces bebía mucho. Para apaciguar el dolor. Jackson solía ir a Las Vegas por trabajo y a menudo intentaba que regresara con él a Texas, pero yo me negaba. Le explicaba que me había casado con otra persona, y que tenía a Mia. A él le gustaba Mia. —Me sonrió levemente—. Las ocasiones en las que me visitó fueron una confusión de altibajos causados por el alcohol. Apenas recuerdo nada.
Maddy asintió y comenzó a juguetear con su anillo de compromiso.
—No obstante, supongo que debería haberme dado cuenta al veros a los dos juntos… Es increíble lo mucho que te pareces a Jackson. Habría estado muy orgulloso de haberte conocido, Madison.
Mi hermana asintió y un estremecimiento sacudió sus hombros. Max la acogió en sus brazos y ella enterró la cabeza en su pecho y se puso a llorar.
Yo los señalé con el pulgar.
—¿Ves esto?
Los asustados ojos de Meryl se abrieron todavía más.
—Eso es lo que dejaste tras de ti. No estoy segura de que podamos llegar a superar lo que nos sucedió… a todos nosotros.
Ella se pasó la lengua por los labios y luego se mordió el inferior.
—Ya lo veo. Supongo que mi mayor esperanza es que podamos comenzar de nuevo. Sé que nunca seré la madre que queríais o la que os merecíais, pero soy vuestra madre y me gustaría intentar conoceros. Si me dejáis…
Yo me encogí de hombros sin estar segura de cómo responder. La había odiado durante tanto tiempo y le había guardado tal rencor por habernos abandonado que me resultaba duro aceptar lo que acabábamos de averiguar y hacer borrón y cuenta nueva. Podía entender que sufría una enfermedad mental. Y, como era lógico, que mucho de lo que había hecho no era culpa suya. Pero eso no cambiaba el hecho de que debía sobreponerme a años y años de dolor antes de poder encontrar dentro de mí la compasión necesaria para volver a tener una relación con ella.
Max habló con un tono de voz áspero como la lija.
—Por lo que a mí respecta, me gustaría intentarlo.
Meryl parpadeó y sonrió.
Claro que le gustaría. Max era el epítome del hombre de familia. Para él, la familia significaba algo y no le costaba perdonar y todavía menos querer. Era su mayor don y también lo que lo hacía más vulnerable. Me habría gustado ser más como él.
—Mi esposa Cyndi y yo tenemos dos hijos. Isabel tiene cinco años, y Jackson, poco más de dos meses. Estaría bien que conocieran a su abuela.
Meryl se llevó las manos a los labios. Como si de un grifo se tratara, las lágrimas comenzaron a caer otra vez por sus mejillas.
—¡Nietos! ¡Oh, Dios mío, Kent, tenemos nietos! —dijo eufórica. La felicidad era claramente perceptible en sus palabras. El pecho de Max se hinchió con evidente orgullo.
Cerré los ojos y esperé. Entonces oí la temblorosa voz de Maddy.
—Yo también. Me gustaría intentarlo. Pero será difícil. En realidad, no te conozco. Y, bueno, mi prometido y yo vivimos en Las Vegas. Mia, en Malibú, y Max en Texas.
La trémula voz de Meryl estaba preñada de esperanza.
—Lo comprendo. Podemos comenzar con llamadas y correos electrónicos. Luego quizá Kent y yo podríamos ir a visitaros. Mi galería funciona bien. Tengo dinero ahorrado y podría utilizarlo para ir a veros.
Kent le frotó los hombros.
—Si quieres ir a ver a tus hijos y a tus nietos, Meryl, yo no tengo ningún problema en pagar los billetes. Disponemos de todo el tiempo del mundo para desagraviar a tus hijos, cariño.
Uf. Quería sentir aversión por ambos, pero Kent estaba demostrando ser un hombre amable, comprensivo y paciente. Sería un abuelo excelente para los hijos de Max.
Llegados a ese punto, todos los ojos se posaron sobre mí. Yo cerré los míos, pues no quería que me juzgaran por mis sentimientos. Me había pasado años queriéndola, y todavía más años echándola de menos… y finalmente odiándola.
—¿Mia? —preguntó nuestra madre—. ¿Y tú? ¿Hay todavía alguna parte de ti que me echa de menos y que desearía que las cosas fueran distintas? —Su voz se quebró y volvió a sollozar.
Tenía los puños apretados y me clavaba las uñas en la suave piel de las palmas.
—Te eché de menos cada día durante años. Cada vez que un chico me hacía daño, echaba de menos a mi madre. Cada día que a papá se le olvidaba darnos de comer, echaba de menos a mi madre. Cada vez que papá bebía alcohol hasta el estupor, echaba de menos a mi madre. Durante todos esos años de penurias, tuve que cuidar de mi padre y ser la hermana y la madre de Maddy. Por tu culpa, robé, dejé de comer más veces de las que puedo contar y mentí a todos los consejeros estudiantiles y profesionales médicos sobre nuestra situación.
Meryl dejó escapar un grito ahogado.
—Lo siento tanto…
—Estoy segura de que sí. Y yo lamento haber tenido que robar cuando apenas era una adolescente. Lamento haber tenido que lavar la ropa en el fregadero con detergente para los platos cuando tenía doce años. Lamento que mi hermana y yo nunca tuviéramos una verdadera Navidad o un cumpleaños en los que nuestra madre mimara a sus hijas como les sucedía a todas nuestras amigas. Pero, sobre todo, madre —escupí la palabra con los dientes apretados—, lamento que nosotros no fuéramos suficiente para que pidieras ayuda. Que papá no fuera lo bastante hombre para hacerse cargo de la situación y ayudarte. No sólo por vosotros dos, sino también por nosotras, Maddy y yo. No tengo palabras para describir lo jodidamente demencial que resultó descubrir que tenía un hermano cinco años mayor. ¡Veinticinco años, madre! —exclamé con los dientes apretados—. ¡Veinticinco años sin conocer a Max! ¿Tienes alguna idea de lo enriquecidas que se habrían visto nuestras vidas de haber sabido que existía? ¡Él ahora lo es todo para nosotras! Y tú…, tú lo mantuviste oculto. Con enfermedad mental o sin ella. Sabías que tenías un hijo y no dijiste nada. Sólo por eso, no sé si jamás podré perdonarte, o si ahora mismo mi corazón es capaz de ello. Puede que en el futuro sí pero, definitivamente, hoy no.
Tras decir eso, me puse de pie. Me temblaba todo el cuerpo.
—Estaré en el coche —le dije a Max, que también se puso de pie junto a Maddy.
Imagino que quería evitar que volviera a pegarle a nuestra madre. Tenía ganas de hacerlo. Muchas ganas, pero eso no aliviaría el dolor que sentía en el corazón ni repararía el agujero que había dejado ella todos esos años antes. Sólo el tiempo podría curar esas heridas.
—¡Lo siento! —exclamó Meryl a mi espalda.
No me volví. En vez de eso, procedí a reparar las grietas que mi madre había provocado en mi corazón. Las rellené con masilla y hormigón, apliqué yeso y me crucé de brazos para colocar una barrera protectora delante. No podría derribar este muro. Todavía no.
El hecho era que, independientemente de su trastorno, necesitaba que ella se preocupara más por mí que yo por ella. Algo que, con un problema severo como el suyo, imaginaba que debía de ser difícil, pero precisaba en mi mundo de gente segura de sí misma, gente que estuviera dispuesta a jugarse el cuello por los demás. En ese momento no tenía sitio para ayudar a recoger los fragmentos de mi pasado con una mujer que no había hecho nada salvo dejarme en la estacada.
Los temblores sacudían mi cuerpo cuando entré en la cabaña y fui directa a mi habitación sin decir nada. En cuanto llegué allí, me quité toda la ropa salvo la camiseta de tirantes y los pantalones cortos de chico que llevaba debajo, aparté el grueso edredón y me metí en la cama. Una vez dentro, cogí la almohada de Wes y hundí el rostro en su aroma. Antes de que me diera cuenta de qué estaba sucediendo, un cálido cuerpo se pegó al mío y un fuerte brazo rodeó mi pecho.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Wes.
Cogí su mano, me llevé sus dedos a los labios y los besé uno a uno.
—La verdad es que no.
—¿Quieres follar? —dijo medio en broma. Wes se parecía cada vez más al de antes, y yo estaba más que agradecida por este milagro médico y mental.
Exhalé un relajado suspiro.
—La verdad es que no.
Se acurrucó a mi lado y pegó su cálida nariz en mi cuello.
—«La verdad es que no.» ¿Va a ser ésa tu respuesta para todo hoy?
Me encogí de hombros.
—Quizá.
—Nena, al final vas a tener que hablar sobre ello. Dime qué es lo que está pasando por esta hermosa cabecita tuya —pidió y, después de colocar una de sus manos en mi cabeza, comenzó a masajearme el cuero cabelludo.
El masaje era divino, y exactamente lo que necesitaba para aliviar parte del estrés que había acumulado tras ver a Meryl.
—Soy una mala persona —admití al final.
Sus dedos se detuvieron por un momento, pero luego prosiguieron el masaje.
—No lo eres. Dime quién ha metido esa idea en tu cabeza para que pueda ir a buscarlo y darle un puñetazo.
Solté una risita. Era tan protector…
—Bueno, no tendrás que ir muy lejos porque esa persona soy yo.
Los dedos de Wes recorrieron toda la extensión de mi pelo y lo desplegaron por mis hombros.
—Está bien, entonces explícame por qué la mujer que amo, la mujer que adoro, la mujer que venero tiene un concepto tan pobre de sí misma.
Dios mío, cómo lo amaba. Incluso en momentos como ése, en los que normalmente me habría escondido y habría evitado cualquier contacto personal, él era capaz de establecer una conexión conmigo. En el camino de vuelta a la cabaña, Maddy y Max habían intentado hablar y averiguar qué sentía, pero los había mandado a paseo. De hecho, había sido algo borde con ellos y les había dicho que se metieran en sus asuntos y me dejaran en paz de una maldita vez. No se trataba de un momento del que me sintiera orgullosa.
Volví a besarle los nudillos y dejé que mis labios descansaran sobre un peso y una piel ya familiares.
—Tanto Max como Maddy se han mostrado dispuestos a restablecer su relación con Meryl.
—Y ¿eso te convierte a ti en una mala persona porque…? —Dejó la pregunta sin terminar para que yo la completara.
—Porque yo no quiero hacerlo. Estoy más enfadada ahora de lo que estaba antes. Es decir, entiendo que no siempre tenía control sobre su mente, pero ¿qué hay de las veces en las que sí lo tuvo? ¿Qué hay de las veces que estaba lúcida? Podría haberse puesto en contacto con nosotras, habernos llamado, ver cómo estaban sus hijas. Podría haberse divorciado de papá para que éste siguiera adelante. Su marcha dejó un agujero en el hogar de los Saunders que nunca pudo ser rellenado. Y, lo que es peor, no estoy segura de que eso le importe. Me refiero al hecho de que tuviéramos que apañárnoslas a causa de su enfermedad, aunque es más que eso.
—Es normal que estés enfadada. Joder, cariño, yo lo estoy por ti. Pero este enfado irá remitiendo poco a poco, y luego, ¿quién sabe cómo te sentirás?
—Y ¿qué hay del hecho de que nunca nos hablara de Maxwell? En mi opinión, eso es inexcusable. Si Jackson Cunningham no hubiera puesto mi nombre y mis datos en su testamento, nunca nos habríamos enterado de su existencia. No habría habido ninguna reunión familiar, ni sobrinos. Ni tampoco un rancho en Texas al que considerar nuestro hogar fuera del hogar.
Wes soltó un leve gruñido y me besó en el cuello.
—Lo entiendo, y tienes razón. Creo que tu madre podría haber encontrado un modo de arrojar algo de luz sobre eso. Y si ha estado medicándose la mayor parte del tiempo que ha pasado con Kent, eso significa que ha estado lúcida la mayor parte del tiempo que no has sabido nada de ella. ¿Por qué no intentó ponerse en contacto?
Entonces le conté a Wes lo de los cargos por conducir borracha y habernos puesto en peligro cuando éramos niñas pero, qué demonios, si la haces, la pagas. La probabilidad de que el estado de Nevada encarcelara a una mujer que había sido diagnosticada con un trastorno bipolar poco después del incidente habría sido escasa o nula. Además, conocía a mucha gente que había sido acusada de conducir bajo los efectos del alcohol y no había pisado la cárcel. Sí, lo de las dos niñas en el asiento trasero y los cargos por ponernos en peligro seguramente le impedirían vernos durante un tiempo, pero al menos habríamos sabido dónde estaba. Nos habríamos enterado de la existencia de Max. Y mi padre no habría sido el alcohólico desastrado que era. O, al menos, eso habría sido una posibilidad.
—Mira, Mia, no puedes culparte a ti misma por sentirte así. Has visto más cosas de las que deberías y has pasado por muchas dificultades a causa de las repercusiones directamente relacionadas con el hecho de que tu madre abandonara a tu familia. —Wes volvió a acariciarme la cabeza y yo solté un pequeño gemido—. No seas tan dura contigo misma, ¿de acuerdo? Has tenido que lidiar con muchas cosas. Todos hemos tenido que hacerlo estos últimos meses.
Asentí, me di la vuelta y pegué la cara a su pecho, que llevaba cubierto por una camiseta. Olía a pegamento y a galletitas saladas. Inhalé con fuerza.
—¿Por qué hueles a la clase de jardín de infancia de un niño de cinco años?
Él sonrió.
—Cyndi, Matt y yo hemos estado haciendo adornos caseros con Isabel. ¿Te apetece hacer tu primer adorno para nuestro árbol?
Volvió a sonreír y yo me incliné todavía más hacia adelante para besar sus labios sonrientes. El beso se intensificó por un momento, pero antes de que la cosa fuera a mayores me aparté.
—¿Creando recuerdos? —pregunté con una ceja enarcada.
Él asintió.
—Así es. Y de los buenos.
—¿Me dejarás preparar chocolate caliente? —Mi labio inferior esbozó un mohín. Ante mis pucheros, Wes se vio incapaz de decirme que no.
Recientemente, mi chico había descubierto la afición que yo tenía por el chocolate caliente con nubes de azúcar. Y esa mañana había encontrado una caja en el armario de la cocina cuando iba a preparar café.
—Haré cualquier cosa que vuelva a poner una sonrisa en tu rostro y el espíritu de la Navidad en tu corazón.
—Te amo. Lo sabes, ¿verdad?
Me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—No estoy segura de que pudiera soportar todo esto sin tu apoyo. Tú haces que todo resulte más fácil. Contigo a mi lado, me siento capaz de hacer frente a cualquier desafío.
Él me besó en la punta de la nariz.
—Así es como debe ser. ¿Acaso crees que tú no me salvaste cuando regresé a casa de Indonesia? —Sus ojos se volvieron de un oscuro color verde y se entornaron hasta convertirse en unos puntos de enfoque—. Dios mío, me habría vuelto completamente loco de no haberte tenido a mi lado, Mia. Lo que llegué a hacerte…, lo que me dejaste hacerte… me sigue pareciendo increíble. Tú sola me devolviste a la vida. Te lo debo todo.
—No me debes nada. Recuerda: yo doy, tú das. Mientras estemos juntos, siempre tendremos lo que necesitemos. —Sonreí y froté mi nariz con la suya—. Y ahora lo que necesito es una gigantesca y humeante taza de chocolate caliente, unos calcetines de Navidad, villancicos, risas de niños y a mi familia. ¿Estás preparado para darme todo eso? —le dije desafiante.
Moviéndose con gran rapidez, Wes me levantó y me sentó en el borde de la cama. Fue hasta la cómoda, sacó unas mallas y me las arrojó. Luego abrió el cajón de los calcetines y cogió un par de color verde con lunares blancos y las puntas marrones. Llegaban hasta la rodilla y, en lo alto, se podían ver un par de ojos negros y, en el tobillo, una bola roja grande y reluciente. No eran unos calcetines para llevar con zapatos, pero eran muy divertidos. Ginelle me los había comprado y me había dicho: «Desmádrate con Rudolph».
Wes me ayudó a ponerme los calcetines y añadió una de sus camisetas térmicas de manga larga a la mía de tirantes.
—Ya estás presentable para ir a comer —murmuró.
Solté una risotada al mirarme y ver la pinta que tenía. No entendía cómo podía querer a semejante payaso, pero desde luego me sentía agradecida. Wes me cogió de la mano y salimos del dormitorio en dirección al salón.
Maddy estaba acurrucada con Matt en el sofá, contemplando el fuego de la chimenea, Cyndi permanecía a un lado haciéndole carantoñas al bebé, e Isabel estaba ocupada elaborando otro adorno con la ayuda de Max. Cuando entré en la sala, todos los ojos se posaron en mí.
Había llegado el momento. Tenía que volver a mirar a la cara a toda la gente que me quería y esperar que sus recriminaciones no fueran más duras de lo que pudiera soportar.
—Bueno, ya estoy harta de sentirme abatida. Todavía sigo enfadada con nuestra madre. No estoy preparada para tratar con ella en mi vida diaria, pero a todos vosotros sí os necesito mucho, así que, si disculpáis mis mohínes y mi malhumor, diré que lo siento y espero que podáis perdonarme.
Max sonrió.
—Eh, pequeña, ¿quieres hacer un adorno? Bell ha hecho uno para su tía Mia.
Miré a Maddy y ésta sonrió.
—La niña más bonita de todo el mundo —dije con un nudo en la garganta por el orgullo que sentía y lo mucho que los quería a ella y a Max por haber pasado página como si nada hubiera sucedido.
—Pero ¡sólo cuando sonríe! —exclamó Isabel desde la mesa—. Ésa me la sé. ¡Mi papá siempre me lo dice!
Me acerqué a Isabel y, agachándome, besé la coronilla de su rubia cabeza.
—¿Ah, sí? —confirmé, y mi mirada se encontró con la de Max.
—Sí. Se lo oí una vez a una sabia mujer que conozco —admitió él.
Saber que mi hermano estaba tomando cosas de mí y compartiéndolas con su hija me conmovió exactamente del modo que necesitaba en ese momento.
Al poco, comenzaron a sonar villancicos y todos nos pusimos a cantar a coro. Momentos después, Wes dejó delante de mí un humeante chocolate caliente servido en una taza tan grande como un plato sopero.
—Para mi reina. —Me guiñó un ojo.
—¡Oh, reinas…! —exclamó Isabel—. Tengo una corona para que la decores, tía. Ten, ésta es para ti, esta otra, para Maddy, y ésta para mi mamá. ¡Esta Navidad podemos ser todas reinas y princesas! —añadió con una risita.
Yo sonreí y cogí la pequeña corona de gomaespuma. Isabel estaba rodeada de rotuladores de purpurina, pegamento, joyas de plástico y cosas así. Todo lo que una verdadera artesana podía necesitar para embellecer unos cuantos adornos navideños caseros. La pequeña se encontraba en un auténtico paraíso de la artesanía. Yo, por otro lado, no tenía ni idea de qué era lo que debía hacer. Así pues, me senté junto a mi sobrina para que una niña de cinco años me enseñara cómo hacer adornos caseros.
Dejando de lado los problemas maternales, esa Navidad estaba siendo la mejor de mi vida, y el hecho de que la familia de Wes fuera a llegar al día siguiente, en Nochebuena, no haría sino mejorarla. Habíamos planeado celebrar un banquete. Cyndi se encargaría de cocinar el pavo y hacer el relleno casero, mientras que yo pensaba seguir viviendo sin el desagradable recuerdo de tener que meter las manos dentro de un animal muerto. Aunque me encantaba el sabor, esa idea me ponía algo nerviosa. Lo que haría, en cambio, sería preparar unos buenos productos de repostería con Maddy. Entre las dos, podíamos hacer casi cualquier cosa.
Un don que debíamos de haber heredado de una bailarina a la que le gustaba danzar sobre la harina.
Con toda probabilidad, ése debía de ser el único rasgo que nos había legado la mujer que nos había dado la vida. Puede que físicamente me pareciera a mi madre, pero no tenía nada que ver con ella. Yo nunca sería una mujer con la que no se pudiera contar fueran cuales fuesen las circunstancias.