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—¡Basta ya! —exclamé, y solté una risita a la altura de su cuello mientras Wes me magreaba el culo.
El profundo retumbar de su risa ahogada me llegó al alma. Agarrado a una buena porción de culo de Mia, desestimó mi orden con un murmullo y luego añadió:
—No puedo —y me acarició el cuello con la nariz al tiempo que mordía la columna juguetonamente—. Con esta falda tienes un aspecto delicioso. Joder, debería haberte llevado a más reuniones de negocios durante el mes que pasamos juntos. Tienes aspecto de bibliotecaria cachonda —dijo y pegó su entrepierna a mi trasero. Pude notar que comenzaba a endurecerse.
Yo había escogido una sencilla falda negra de tubo y una blusa de seda azul. Judi me había asegurado que mi aspecto era profesional y que resultaba adecuado para tratar con los ejecutivos que dirigían el programa de televisión del doctor Hoffman en Century Productions. Sólo me habían advertido de que no llevara nada verde. Al parecer, muchos de los fondos consistían en pantallas de ese color, lo que significaba que, si vestía alguna prenda verde, me fundiría con las imágenes que insertaran a mi alrededor.
Al final, el programa no había pagado exactamente mi tarifa de chica de alquiler tal y como yo había imaginado. Una famosa productora no iba a firmar un cheque a una empresa llamada Exquisite Escorts. Así pues, la tía Millie había redactado un contrato oficial aparte y había cargado la misma tarifa de cien mil dólares para asegurarse de que yo recibía el dinero que necesitaba para pagarle a Blaine. Un dinero que ahora le pagaría a mi hermano. Max me había mirado como si yo tuviera cuatro ojos cuando le sugerí hacer pagos mensuales. Independientemente de lo que dijera o hiciera, pensaba devolverle ese dinero. Punto final.
Para este trabajo de un año con Exquisite Escorts había tenido que dejar a mi otra agente hacía poco más de nueve meses. Estaba entusiasmada con que la tía Millie tuviera el sentido empresarial para gestionar ese nuevo aspecto de nuestro acuerdo. Mi última agente no me había conseguido nada rentable o destacable a nivel profesional, de modo que el hecho de que la abandonara no había supuesto ningún trauma.
Cubriendo las manos de Wes con las mías, me permití unos momentos de pura dicha antes de volverme, darle un pequeño cachete en los labios y retroceder. Con una mirada de auténtico júbilo, él extendió las manos hacia mí, me agarró por la cintura y me estrechó entre sus fuertes brazos.
—¡Eh, no es justo! —Le di otro cachete en el pecho—. ¡Eres mucho más fuerte que yo! —dije, e hice pucheros.
—Puedes estar segura de ello. Nada evitará que seas mía. ¿Es que todavía no te has dado cuenta? —Sonrió y comenzó a darme besos en la clavícula, el cuello y la oreja—. Mmm —murmuró, y ese sonido provocó una sacudida de lujuria que hizo hormiguear mis terminaciones nerviosas.
—Wes… —gemí al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás para que tuviera mejor acceso. Su boca me hacía cosas que me volvían completamente idiota. Cada vez que me tocaba me convertía en una bobalicona—. Cariño, he de acudir a mi primer día de trabajo.
Él me lamió con delicadeza el lóbulo de la oreja mientras sus dedos me masajeaban el culo.
—Está bien, está bien. Sé que tienes que marcharte.
Me incliné hacia atrás y le di un beso en los labios.
—¿Qué vas a hacer hoy? —le pregunté intentando disimular la inquietud que sentía con una tímida sonrisa.
Él se encogió de hombros, extendió las manos a ambos lados y luego las dejó caer golpeándose los muslos.
—Creo que iré a hacer surf y puede que también vaya un rato al gimnasio de casa. —Se pasó las manos arriba y abajo del pecho—. He de volver a ponerme en forma física.
Acerqué una mano a su mejilla y le aparté un rebelde mechón de cabello.
—Necesitas un corte de pelo —dije en broma mientras enrollaba el mechón alrededor del dedo índice.
—Entonces me cortaré el pelo.
—¡Eh! —Rodeé con los brazos su cintura y pegué la mejilla a su pecho—. Tan sólo era una sugerencia. —Con la barbilla todavía en su pecho, levanté la mirada hacia sus ojos. Su brillante verde era el habitual, sólo en sus comisuras se podía apreciar ligeramente el agotamiento.
Él me acarició la espalda de arriba abajo y luego colocó la mano en la nuca y me atrajo hacia sí hasta que nuestros labios podían sentir el aliento del otro.
—No te preocupes por mí. Hazlo por ti y por el doctor Amor.
Yo puse los ojos en blanco.
—Está casado con una supermodelo.
—Sí, una supermodelo joven y delgada como un palillo. Hazme caso.
Pegó entonces las caderas a mí, deslizó las manos por mis costados y me cogió de los pechos.
—Cuando vea estas curvas, deseará no haberse conformado con un polo cuando podría haber tenido un helado doble.
Me reí en su cuello con un resoplido.
—¿Me acabas de comparar con un postre?
Él se rio.
—Tampoco es algo tan descabellado, nena. Sabes como la exquisitez más deliciosa.
Yo negué con la cabeza, me separé de él y cogí mi bolso.
—Pórtate bien hoy. Te echaré de menos. —Y, dándome la vuelta, le lancé un beso con la mano.
—Te echaré de menos, mucho más de lo que te imaginas, nena. —Se despidió de mí con un movimiento de la mano y entonces yo salí a la calle bajo el intenso sol de la mañana californiana.
La limusina me estaba esperando. Por lo general, habría preferido conducir a Suzi, ya que últimamente no la había cogido mucho, pero Wes había insistido. Además, vestía una falda sexi de tubo que me impedía llevar la moto.
Una vez sentada en el lujoso interior de cuero negro de la limusina, exhalé un suspiro que parecía haber estado aguantando durante meses. La despedida de Wes se había aferrado a mí como el mal aroma con el que uno se topa en el pasillo de los perfumes de unos grandes almacenes.
«Te echaré de menos más de lo que te imaginas, nena.»
Una parte de mí quería quedarse en casa con él y regodearse en su esencia día y noche. Eso, sin embargo, no nos conduciría a ninguno de los dos a la curación. Y es que, por mucho que Wes estuviera sufriendo, yo también tenía mis propios problemas. Cuando se consolaba con mi cuerpo tras experimentar sus terrores nocturnos y luego se daba la vuelta para dormir, comenzaban mis preocupaciones. Yo me quedaba despierta, contemplándolo dormir de forma profunda tanto rato como fuera posible, deleitándome en el hecho de que estuviera en casa entero y fuera mío. Pero eso no era del todo cierto. Wes estaba vivo y entero físicamente, sí, pero su mente era como un queso gruyer.
Tras una semana juntos supe que necesitaba ayuda, y me correspondía a mí, como compañera vital, proporcionársela. Esa tarde, buscaría algún psicoanalista. Puede que llamara a su hermana, Jeananna, y le pidiera su opinión. Wes no querría que le contara a su madre lo de sus terrores nocturnos o su falta de deseo de volver a trabajar (se apagaba cuando la conversación se acercaba siquiera de modo remoto a lo que siempre habían sido las pasiones de su vida: las películas y la escritura de guiones). Claire se preocuparía demasiado y se convertiría en una de esas madres sobreprotectoras que no dejan en paz a su hijo de cinco años. Sólo que Wes tenía treinta y en ese momento no necesitaba ese tipo de atención. Lo que necesitaba era encontrarse a sí mismo en todo eso, ser consciente de lo que todavía tenía, lamentar lo que había perdido y hallar un modo de volver a vivir su vida.
Imaginé que, con el tiempo, dejaría atrás la ambivalencia que sentía respecto a su trabajo y asumiría el hecho de haber perdido a una gran parte de su equipo (algunos asesinados delante de él). Era incapaz de imaginar lo que eso debía de haberle hecho a su psique. Wes necesitaba tomarse unos cuantos meses de descanso. Tenía más dinero del que podía gastar, de modo que era algo perfectamente factible. Puede que un año sabático después del trauma que había experimentado fuera lo más inteligente y beneficioso para su alma.
Una elegante rubia veinteañera, que, por supuesto, no tenía un solo gramo de grasa en el cuerpo, me condujo por los pasillos de Century Productions.
—Tendrás que llegar cada día a las nueve. —Bajó la mirada a su reloj e hizo una mueca.
De acuerdo, había llegado unos minutos tarde. El tipo de la entrada me había indicado el estudio equivocado. Así pues, a pesar de haber salido media hora antes de lo que necesitaba, al final había llegado algo tarde.
—Sí, claro. Ahora que ya sé adónde he de ir, llegaré más temprano.
La mujer, que se había presentado de modo orgulloso como la asistente del doctor Hoffman, Shandi (con «i» latina), asintió con sequedad y siguió avanzando a paso rápido. Las ruidosas pisadas de sus altísimos tacones en el suelo de hormigón iban al mismo ritmo que los latidos de mi corazón. No me había sentido así de apremiada en meses. Se me había olvidado que en Hollywood todo se movía a la velocidad de la luz. Una tenía que ser rápida si no quería quedarse atrás.
—Maquillaje y vestuario están aquí. —Señaló una habitación con varias sillas alineadas delante de grandes espejos con grandes bombillas que resaltaban cada arruga y cada mancha en el rostro de una.
No tenía muchas ganas de sentarme en ese punto de mira. Cuando volví la cabeza, la mirada de Shandi parecía estar repasando mi falda y mi blusa.
—En cuanto al estilo, la ropa que llevas ya está bien, pero el pelo necesita algo de trabajo. Esto no va de las mujeres salvajes del Amazonas. Lo recogeremos hacia atrás y te lo ondularemos un poco para que tenga un aspecto más elegante y profesional. —Se dio unos golpecitos en la barbilla con la punta de un dedo perfectamente cuidado—. La cámara te va a adorar. Casi tanto como Drew —dijo sin ocultar demasiado el correspondiente fruncido de ceño y se dio la vuelta.
Me condujo entonces a una puerta en la que se leía «DREW HOFFMAN» con grandes letras blancas dentro de una estrella. Llamó con los nudillos.
—Entra, Shandi —dijo una voz suave como la miel.
—La señorita Saunders está aquí. ¿No habías dicho que querías hablar con ella antes de que viera a los guionistas?
La personalidad de Shandi cambió ante mis ojos. El fruncido de ceño desapareció, reemplazado por una gran sonrisa, y sus ojos ya no miraban entornados con desdén. No, ahora estaban abiertos por completo y resplandecían. Una encantadora tonalidad rosada coloreó sus mejillas mientras hablaba con el hombre al que yo todavía no podía ver.
—Sí, sí, querida. Que pase.
«¿Querida?»
Shandi extendió el brazo y me hizo entrar en la habitación. El hombre que me saludó era exactamente como esperaba. Mayor que yo, al menos quince años, pero eso no hacía que su aspecto desmereciera. Su pelo era negro con mechones plateados en las sienes y unos inquisitivos ojos grises que daban la impresión de apreciar lo que tenía ante sí. Era mucho más corpulento de lo que parecía en pantalla, si bien quizá eso se debía a que en el programa solía llevar batas que ocultaban su cuerpo. Ahora que tenía delante su metro ochenta y lo veía ataviado con una camisa entallada de forma deliciosa en la cintura y unos pantalones que se ajustaban a cada curva, podía ver por qué a la gente se le caía la baba por el buen doctor. Estaba bueno. Simple y llanamente.
—Extraordinario —dijo extendiendo una mano.
Yo coloqué la palma de la mía en ella y él puso a su vez su otra mano encima, cogiéndomela con las dos. ¿Quién hacía eso hoy en día? ¿Estrechar la mano de alguien al estilo guante?
—Es usted mucho más hermosa en persona que en las fotos —dijo con entusiasmo.
Ladeé la cabeza y contemplé su cuerpo.
—Usted tampoco está mal, doctor. —Mi lengua pronunció el elogio en un tono picante.
El doctor Drew Hoffman estaba buenísimo. ¿Quería saltar sobre él y cabalgarlo hasta el día siguiente? No, ni por asomo, pero sólo porque mi corazón y mi apetito sexual pertenecían a Wes, no estaba muerta ni era indiferente a un espécimen condenadamente bueno del género masculino.
Él negó con la cabeza y me besó la mano.
—Me alegro de conocerla, señorita Saunders. Tengo ganas de ver con qué nos sorprende en su sección. Los medios de comunicación la adoran de verdad, sobre todo después de que el videoclip del Latin Lov-ah se hiciera viral. Se ha convertido usted en una codiciada celebridad.
Solté una risotada impropia de una dama.
—Deben de haberlo informado mal. Yo no soy popular. He salido con algunos hombres que sí lo son y he protagonizado un videoclip, pero eso es todo.
Él chasqueó la lengua y me soltó la mano, lo cual me alegró porque comenzaba a ser un poco inquietante que me la sostuviera durante tanto rato. Luego se dirigió a una mesa y esparció varias revistas de cotilleos y unos cuantos recortes de periódico.
—Entonces ¿qué me dice sobre esto?
Me acerqué a la mesa y contemplé el despliegue que había ante mí. Nada podría haberme preparado para lo que vi. Una docena de revistas con mi imagen en la portada. Había una con Tony, otra con Mason, el anuncio en blanco y negro que había rodado con la modelo MiChelle en Hawái, e incluso una doble página de Alec y de mí en la exposición «Amor en lienzo» celebrada en Seattle. Parecía como si, en esa serie, el fotógrafo hubiera prestado atención a cada una de las caricias y las insinuaciones de Alec. También había una imagen que sugería que yo era el nuevo interés romántico de Anton Santiago y que actualmente estaba engañándolo con mi nuevo novio, Weston Channing.
Presa de la frustración, aparté las revistas de un manotazo.
—No sé qué decir.
Drew se sentó en su sofá y extendió los brazos a cada lado, una pose de lo más informal. Estaba claro que ese hombre era el dueño de sus dominios o el rey de su castillo y que nada conseguía alterarlo.
—No hay nada que decir. Es usted la nueva chica de moda, y mi intención es capitalizar eso.
Me encogí de hombros y me senté frente a él mientras Shandi nos preparaba unas bebidas en la mesa auxiliar que había al lado de la puerta. Un momento después, dejó delante de mí una taza de café que no había pedido pero que agradecí. Nada me ponía más nerviosa que la gente diera por hecho algo sobre mí que no era cierto. Aunque, claro, una gran parte de esos cotilleos eran ciertos, así que ahora se trataba más de una cuestión de control de daños.
—Gracias, Shandi. Ya puedes irte. —Drew se despidió de la embelesada asistente con un movimiento de mano, le dio un trago a su taza y se me quedó mirando—. Bueno, entonces ¿de qué va a hablar en su primera sección de este viernes?
Yo arrugué el entrecejo y coloqué las manos sobre las rodillas.
—¿Qué quiere decir? Todavía no me han dado el guion.
Él echó la cabeza hacia atrás y abrió unos ojos como platos.
—¿Me está diciendo que su agente no se lo ha contado?
Enarqué las cejas por instinto.
—Contarme ¿qué?
Él chasqueó la lengua y se dio una palmada en la rodilla.
—Querida, se supone que debe escribir usted toda la sección «Belleza y vida». Es cosa enteramente suya. Tratará sobre lo que usted considera bello. A raíz de su aparición como modelo en la campaña «La belleza no entiende de tallas» y en «Amor en lienzo», además del videoclip que protagonizó, nuestros sondeos nos han indicado que una sección conducida por usted sobre lo que usted misma crea que es relevante en cuanto a belleza conectaría con nuestra audiencia.
—¿Está de broma?
Él negó con la cabeza.
—Me temo que no, querida. Parece que necesita tener una charla con su agente y ponerse a trabajar. El miércoles quiero una sinopsis de su sección de quince minutos. Así podremos vernos, discutirla y, cuando lo emitamos en directo el viernes, podré comentar el tema que esté tratando con el público del estudio.
Tenía que crear de la nada una sección de quince minutos relacionada con las cosas hermosas de la vida. ¿En qué cojones me había metido la tía Millie? Pensaba que iba a actuar, a interpretar un papel. Pero no, al parecer, yo era el papel. Eso era la vida real. Un estremecimiento de excitación y pavor me recorrió el cuerpo. ¿Podría hacerlo? ¿Era posible que pudiera ocurrírseme algo que millones de personas encontraran lo bastante interesante para querer verlo cada semana en el programa del doctor Hoffman? Supongo que lo averiguaría. Quizá Wes podría echarme una mano. Eso tal vez sería lo que lo ayudara a reencontrar su pasión.
De repente, me moría de ganas de empezar, contarle mis ideas a mi novio y desarrollar algo que sorprendiera a los productores y al propio doctor Hoffman.
—Entonces ¿ahora qué hago? —le pregunté a ese médico altanero y sexi.
—Ponerse a trabajar. Nos veremos el miércoles para nuestra reunión de preproducción. No me decepcione. Yo en persona fui quien solicitó su presencia en el programa. Confío en que consiga sorprender a mis espectadores.
Me puse de pie y me dirigí hacia la puerta con paso firme. Echándome el pelo hacia atrás al volverme hacia él, le dije:
—Voy a dejarlos alucinados. No querrá que me marche nunca.
Él sonrió con suficiencia.
—Demuéstrelo, querida.
Salí de su oficina sin mirar atrás. El doctor Hoffman tenía un gran ego y era indudable que me miraba como si fuera un trozo de carne, pero no me había dado la impresión de que quisiera intentar algo conmigo. Puede que sólo fuera un buen tipo con un envoltorio pomposo y jodidamente sexi. Mis detectores de gilipollas no se habían activado y, después de la experiencia con Aaron, siempre estaban en alerta máxima.
Durante el trayecto de vuelta a casa, cogí el teléfono móvil y llamé a la tía Millie.
—Exquisite Escorts, le habla Stephanie.
—Hola, Stephanie, soy Mia. ¿Puedes pasarme con mi tía, por favor?
—¡Eh, chica! Me alegro de oír tu voz. La señora Milan dice que has dejado el negocio. ¿Va todo bien?
Me resultó imposible no reír. En efecto, había dejado el negocio. De hecho, nunca había querido entrar en ese negocio, y ahora que ya había saldado mi deuda podía ir en busca de pastos más verdes. En cuanto Max le pagó a Blaine, Millie canceló mis contratos de noviembre y diciembre. Por ahora, haría cuatro apariciones en el programa del doctor Hoffman y, si renovaban mi contrato, quizá más. Supongo que todo dependía de si me gustaba o no el trabajo y de si a ellos les gustaba lo que yo presentaba.
—Estoy perfectamente. Sólo hacía ese trabajo para pagar una deuda que había contraído mi familia. Ahora que ya la he saldado, he pasado página y he regresado a mi casa de Malibú. ¿Está disponible mi tía? —Llevé la conversación de vuelta a la razón de mi llamada.
—Oh, sí. ¡Cuídate, Mia! ¡Mantente en contacto! —dijo ella, y me puso en espera.
La línea sonó varias veces.
—Hola, preciosa —oí por último decir a mi tía—. ¿Cómo está tratándote la tierra de la silicona, la cirugía plástica y las aspirantes a estrellas de cine?
—Tan bien como cabría esperar. Una pregunta: ¿hay algo, querida tía, que se te olvidara mencionarme acerca de la sección «Belleza y vida»? —pregunté en un tono que implicaba que, en realidad, así había sido.
A través de la línea se oyó el repiqueteo de sus uñas contra el teclado de su ordenador.
—No lo sé. Su gente me envió el contrato y tanto yo como mi equipo legal lo examinamos y todo estaba perfectamente en orden. No te andes con rodeos, ¿cuál es el problema? —Su tono era de lo más profesional, y lo agradecí. Eso significaba que se tomaba su papel de agente muy en serio.
—Millie, nunca mencionaste que yo tendría que escribir la sección.
Ella asintió con un murmullo y siguió trabajando mientras conversaba por teléfono conmigo. Me la imaginaba leyendo sus correos electrónicos, jugueteando con las teclas, organizando citas de hombres solitarios con mujeres de armas tomar.
—No veo cuál es el problema. Sé más clara, querida. Ve al grano.
Suspiré.
—Millie, he de escribir la sección. Desde cero, cada semana.
—Y ¿qué problema hay? Eres lista, hermosa y creativa. Debería ser pan comido para ti.
Solté un quejido y me puse a juguetear con un mechón de pelo mientras miraba los demás coches que circulaban por la abarrotada autovía del centro. A pesar de que había seis carriles en cada sentido, avanzábamos a dos por hora.
Me pasé la lengua por los labios.
—Habría estado bien saber qué me iba a encontrar.
—Te envié una copia del contrato, querida. En él se detallaba cuál sería tu papel. Lo firmaste. Lamento que no lo leyeras. Y, para futuras ocasiones, te aconsejo que nunca, e insisto en lo de nunca, firmes un contrato que no hayas leído concienzudamente.
Ese comentario terminó de crispar mis frágiles nervios.
—Tú eres mi agente, deberías haberme avisado.
—¿Estás culpándome a mí porque no estabas preparada? Lo siento, preciosa. Estoy dispuesta a admitir mi responsabilidad por no haberte preparado del todo cuando sabía que te encontrabas en un estado emocional. Pero, en cualquier caso, no habría estado de acuerdo con el contrato si no creyera que ésa es la opción adecuada para ti. Por buena actriz que seas, no eres la mejor. Asumámoslo. No te desenvuelves muy bien con los demás. En este otro tipo de entorno, en cambio, eres tú quien toma las decisiones. Bueno, tendrás que conseguir la aprobación de los ejecutivos, básicamente, del doctor Hoffman, de acuerdo con las directrices que te hayan dado, pero eso es todo.
Se quedó un momento callada para que asimilara todo lo que había dicho y luego prosiguió:
—Vas a ganar veinticinco mil dólares por aparición, querida. Es bastante más dinero del que harías con diez anuncios vendiendo tampones o pruebas de embarazo. Es una buena opción para tu carrera. Coge el toro por los cuernos y aprovéchalo. Ahora es tu oportunidad.
Millie tenía razón. Era mi oportunidad. Era mi momento de demostrar que podía hacer algo más que ejercer de modelo, fingir que era alguien distinto de mí o ser la extensión de otro. No era que eso me importara. Ser la extensión de Wes lo era todo para mí, pero eso era personal, privado, entre nosotros. Este trabajo, esta oportunidad era únicamente mía. Había llegado el momento de que Mia Saunders demostrara quién era. Con cosas así sólo se tiene una oportunidad, y en modo alguno pensaba desaprovecharla.
—¿Sabes qué, tía? Tienes razón.
Ella se rio.
—Claro que tengo razón. Siempre la tengo, cariño. Ponte a trabajar. Es viernes, así que sólo tienes cinco días para desarrollar la idea de tu sección. Ya tengo ganas de verte en la tele. La grabaré cada semana.
Me sentaba bien que a mi tía, la única figura maternal que me quedaba en la familia, yo y mi futuro le importaran lo suficiente como para animarme a que tuviera éxito. Puede que mi tía Millie Colgrove fuera una astuta mujer de negocios cuyas operaciones se desarrollaban al otro lado de la legalidad, pero seguía teniendo corazón, y éste latía por mí.
—Gracias por creer en mí —dije, aunque apenas se entendió lo que había susurrado. Me costó pronunciar las palabras.
—Oh, preciosa. Estoy más que orgullosa de ti. Ve con la cabeza bien alta. Todo saldrá tal y como se supone que debe hacerlo.
No tenía más remedio que creer que llevaba razón.
Todo saldría tal y como se suponía que debía hacerlo. La frase seguía dándome vueltas en la cabeza cuando el conductor llegó a casa y bajé del coche. Entré con ganas de contarle a Wes todo lo que había pasado y ansiosa por conocer sus opiniones sobre la sección de «Belleza y vida», pero la escena con la que me encontré me rompió en mil pedazos.
Wes. Mi Wes. Abrazado a una mujer morena. Una mujer a la que conocía muy bien. Estaba aferrada a él, clavándole los dedos en los hombros. De cara a mí y con los ojos cerrados. Wes, por su parte, se hallaba de espaldas. Mientras yo permanecía ahí, silenciada por los fuertes latidos de mi corazón y las rítmicas palpitaciones en mis sienes, ella alzó la cabeza. Un torrente de lágrimas caía por sus mejillas.
Ahí estaba. La mujer a la que habría preferido no volver a ver nunca. Gina DeLuca, sentada en mi sofá, en mi nueva casa, en los brazos de mi novio.