5

Sin saber qué otra cosa hacer, me aclaré la garganta… ruidosamente. Lo suficiente como para que la pareja abrazada en el sofá se volviera hacia mí. Al ver mi rostro, Wes se puso en pie con brusquedad, como si se hubiera quemado. Luego cogió a Gina por las manos y la ayudó a levantarse.

—Esto… Mia… Ehhh… No esperaba que llegaras a casa tan pronto —dijo pasándose una mano por el rebelde pelo, una explicación que no ayudaba para nada a la situación en la que lo había encontrado.

«Respuesta equivocada, amigo.»

—Ya veo. ¿Debería dejaros solos? —repuse con la mandíbula apretada.

Wes abrió unos ojos como platos, miró a Gina y luego otra vez a mí.

—¡Oh, Dios, no! —Levantó las manos—. Esto no es lo que parece, cariño.

Yo fruncí los labios y ladeé la cabeza.

—¿No? Porque lo que parece es que el hombre al que amo está consolando a su ex mientras yo estoy en el trabajo.

Wes negó con la cabeza y se apartó de Gina.

—Para nada, nena. Ni mucho menos. No te imagines cosas.

Se acercó a mi lado con los brazos extendidos. Yo me aparté antes de que me cogiera y él los dejó caer a ambos lados.

Negué con la cabeza.

—Explícame qué está sucediendo antes de que pierda los estribos —le advertí al tiempo que me cruzaba de brazos. Me entraron ganas de dar golpecitos en el suelo con el pie para apremiarlo y que me respondiera antes de que me saliera vapor de las orejas y me explotara la cabeza.

—Mia, Wes y yo no estábamos haciendo nada. Te lo prometo —dijo una voz quebrada detrás de él.

Gina se apoyó en el sofá, y entonces fue cuando me fijé de verdad en ella. Tenía una de las piernas enyesada por completo y un par de muletas descansaban cerca del sofá. Cuando se puso de pie, advertí que su cuerpo carecía de la vivacidad de antes. Ahora estaba demacrada y mortalmente delgada. La repasé de la cabeza —donde su ajado pelo, ahora marrón, ya no mostraba ese lustre y ese resplandor que rivalizaban con los de cualquier anuncio de Pantene— a los pies. Ésa no era la misma mujer que había conocido en enero. Como mucho era el cascarón hueco de lo que antaño había sido una increíble belleza.

Parpadeé varias veces sin saber qué decir mientras Wes se acercaba con sigilo a mí y me rodeaba los hombros con un brazo.

—Mia, Gina sólo ha venido a visitarme. Es parte de su…, esto… —Su voz se fue apagando.

—De mi terapia —terminó ella—. Me sorprende que no se lo hayas contado, Weston. —Su mirada era triste, sin vida, casi hueca.

Por alguna razón, me gustó que ella lo llamara por su nombre completo y no por el diminutivo que utilizaba yo. Eso ayudaba a marcar una distancia entre ambas que en ese momento necesitaba.

—No me correspondía a mí hacerlo —dijo Wes con solemnidad.

Gina se apartó el pelo de la cara, se secó los ojos y luego me miró.

—Mi psicoanalista dice que he de ver a los supervivientes. Conectar con la gente que pasó por lo mismo que yo para poder recordar que estoy viva e intentar seguir adelante con mi vida. Por eso estoy aquí, Mia. —Su voz se quebró—. Wes sólo estaba consolándome. Pasamos muchas cosas allí y…, bueno…, eso hace que estar a su lado me haga sentir a salvo —admitió, y más lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas—. Ya no me siento nunca a salvo. Independientemente de las medidas de seguridad o de los cerrojos que haya en las puertas. —Abrazándose, se frotó los bíceps con las manos—. Estoy asustada a todas horas. —Su voz tembló de tal modo que sentí deseos de extender las manos y abrazarla.

Oírla admitir sus miedos y expresar lo que estaba experimentando me llegó a lo más hondo.

—Lo siento. No debería haber supuesto nada. Habéis pasado por muchas cosas juntos. Terminad vuestra charla. No estoy enfadada. Por favor… —Le indiqué a Wes con un gesto que se sentara junto a la débil mujer—. Tomaos vuestro tiempo. El monstruo de ojos verdes ha asomado la cabeza un segundo, pero confío en Wes, y creo en nuestro amor. Él nunca me sería infiel.

—No, no lo sería —aseguró Wes. En sus ojos resplandecía algo que no podía definir. Lo único que sabía es que era real.

Me incliné hacia adelante y le di un breve beso en los labios para hacerle saber físicamente que no estaba enfadada con él.

—Iré a darme una ducha y luego me pondré al día con Maddy y con Ginelle.

—De acuerdo. Yo habré acabado antes de cenar —me prometió él.

Cuando ya me alejaba, me detuve de golpe y, tras darme unos golpecitos en el muslo con un dedo, me volví.

—Gina, me alegro de que sobrevivieras. A Wes le importas, y sé que ambos pasasteis por muchas cosas, de modo que no dudes en venir siempre que te apetezca. Quiero que ambos estéis bien. Nadie debería estar asustado todo el tiempo. —Arrastrando un pie hacia adelante y hacia atrás, me encogí de hombros—. Supongo que lo que estoy intentando decir es que espero volver a verte pronto.

Decir lo que dije exigió de mí todo lo que tenía y hacer acopio de toda la madurez de la que era capaz. Sobre todo porque, antes de que sucediera todo eso, esperaba no volver a ver nunca más a Gina con Wes o cerca de nuestras vidas. Ahora, sin embargo, tenía que comportarme como una mujer adulta. Habían pasado por algo traumático que les había alterado la vida, y si yo tenía alguna esperanza de ayudarlo a él, puede que ayudarla a ella fuera el camino que debía seguir. Merecía la pena sonreírle y soportarla si con eso conseguía que mi chico luchara, por poco que fuera, contra esos demonios que se escondían en lo más hondo de su ser. Yo podía enterrar al monstruo de ojos verdes e impedir que volviera a salir a cambio de la cordura de Wes.

—Gracias, Mia. Eres una buena persona. —La voz de Gina sonó débil y quebrada.

Sonreí y asentí. No sabía qué otra cosa hacer.

—¿Nena? —dijo Wes.

—¿Sí, cariño? —Apoyé la mano en el marco de la puerta del pasillo que conducía a nuestro dormitorio.

—Te quiero más y más cada día.

Pronunció esas palabras, pero yo no sólo las oí, sino que sentí cómo alcanzaban mi corazón y se resguardaban ahí, sanas y salvas, donde permanecerían por toda la eternidad.

Tumbada en nuestra cama tamaño California King, llamé a Ginelle.

—¿Qué pasa, zorrón? —contestó ella, pero su voz carecía de su habitual vivacidad y su naturaleza burlona.

Mi mejor amiga había pasado por un auténtico infierno el último mes. Haber sido secuestrada y maltratada por Blaine y sus matones la había endurecido de un modo que yo no podía ni siquiera comenzar a comprender, sobre todo porque ella lo escondía bajo una actitud bravucona y humorística.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté con la esperanza de mantener una conversación normal.

Necesitaba que volviera a ser la chica despreocupada, socarrona y malhablada de siempre. Aquélla a la que no le costaba llamarme cosas terribles que en el fondo se debían al cariño que sentía por mí. Era un modo extraño de mostrar afecto, pero a nosotras dos nos funcionaba, y yo quería que regresara.

Gin exhaló un suspiro, aspiró una bocanada de aire y luego la soltó. Oh, no. No, no, no. Conocía ese sonido, me había pasado años oyéndolo al teléfono.

—¿Estás fumando? —exclamé incorporándome en la cama—. ¡No me lo puedo creer! ¿Por qué, Gin? ¿Llevabas casi ocho meses sin dar siquiera una calada y ahora vuelves a fumar? ¿En serio? —Me dolió en el alma, pues estaba arruinando ocho meses de esfuerzos en un instante.

—¡Relájate, zorra! —me contestó—. Es un cigarrillo de mentira. Electrónico. No tiene nada más que un poco de mierda de menta con vapores. Sólo simula uno de esos cigarrillos mentolados que me encantaba fumar.

Exhalé un suspiro de frustración.

—Pero ¿por qué estás fumando eso? ¿No es lo mismo que el hábito de fumar que estás intentando superar? ¿No echa por tierra tus esfuerzos?

—Mira, Mia, estoy pasando por una época de mierda, ¿de acuerdo? Quería un jodido cigarrillo pero, en vez de eso, me he comprado esta porquería falsa para que me ayude a tranquilizarme. Tú no estás aquí. No sabes lo que es hacer frente a todo esto sola.

Fue entonces cuando el tono de la llamada adoptó otro cariz. A través del teléfono pude percibir la ira y el desasosiego en las palabras de Ginelle.

—Odio mi trabajo. Odio mi apartamento. Odio estar en la jodida ciudad de Las Vegas. Todo me recuerda a él. Cada vez que me doy la vuelta, me pregunto si me lo encontraré de cara. —Un sollozo escapó entonces de su pecho, un sonido que rara vez oía en mi estoica y dura amiga—. Cuando hago algo tan básico como ir a coger el coche, temo que me vuelvan a secuestrar. He llegado a pedirle a mi mánager, la mayor escoria de todas las escorias, que me acompañe porque estaba convencida de que ese cabrón iba a estar esperándome. ¿Tienes idea de lo que es eso? —Su estridente pregunta era retórica.

No, no la tenía. Y, si pudiera, cambiaría mi situación por la suya sin pensarlo. La única cosa positiva era que, al menos, estaba desahogándose. La culpabilidad, la rabia y la tristeza me reconcomían y hacían añicos mis emociones. Sentí ganas de abrazarla, de decirle que todo saldría bien, pero yo tenía los mismos miedos que ella. El hecho en sí de que estuviera en Las Vegas no ayudaba a que pudiéramos solucionar el problema. La buena noticia era que le había contado a Wes mis preocupaciones. Él no podía creerse todo lo que había pasado mientras habíamos estado separados. Fue entonces cuando hice lo que había jurado que no haría nunca. Le pedí a mi novio un favor. Un favor profesional. Algo que dije que nunca haría con ninguno de mis clientes. Lo había hecho con Warren, pero eso era distinto. Él me debía una… grande. Y saldó su deuda conmigo cuando obtuvo la información que nadie podía conseguir sobre el paradero de Wes.

Conduciendo mis pensamientos de vuelta al presente, le había preguntado a Wes si conocía algún espectáculo de Los Ángeles en el que necesitaran una bailarina exquisita o alguien con el talento especial de Ginelle en el mundo del baile. Él hizo algunas llamadas y movió algunos hilos. Si Gin quería, dentro de dos semanas podía dar un gran paso adelante en su carrera.

—¡Eh, cariño, tranquilízate! Tengo que decirte algo.

Oí cómo buscaba algo con las manos, se sonaba con lo que supuse que era un pañuelo de papel y por último exhalaba un profundo suspiro.

—De acuerdo, ahora estoy sentada en la cama. Cuéntame.

—Tengo que hacerte una proposición.

Ella se rio entre dientes, y ese sonido fue para mí una combinación de la ópera más hermosa con el italiano más delicioso susurrado directamente a mis oídos.

—¿Vas a ponerme en contacto con la tía Millie? —Medio rio, medio resopló. Era un chiste recurrente.

Por mucho que Gin dijera que quería ejercer de escort, no era el tipo de mujer que podía permanecer callada en brazos de un rico hombre de negocios y limitarse a estar guapa. Yo había tenido suerte con la clase de gente con la que había sido emparejada, pero las circunstancias habían sido únicas. Esas oportunidades no las tendría otra chica. Millie lo había dejado claro. Lo normal sería tener que salir con un vejestorio o un rico cabrón que esperaría un pequeño achuchón al final de la noche. A pesar de que Gin se las daba de dura, no estaba hecha para ese tipo de vida, por mucho que le pagaran.

—No, no voy a hacerlo. Esto no tiene nada que ver con el negocio de las escorts. —Respiré hondo y seguí explicándole mi propuesta—: ¿Qué te parecería trasladarte a Malibú y vivir un tiempo con Wes y conmigo hasta que puedas sustentarte? —comencé a decir, pero ella me interrumpió.

—Lo haría en un santiamén, Mia, pero eso no solucionaría el problema del trabajo. No voy a mudarme a vuestra casa con el plan de encontrar un trabajo algún día. Eso podría llevarme meses, y vosotros acabáis de juntaros otra vez. Él tiene sus propios traumas con los que lidiar y yo los míos. ¿Realmente queréis cargar con otra chiflada?

—Sí, sí que quiero. Y no me has dejado terminar. Wes tiene un amigo que dirige un pequeño teatro de la zona. En él realizan espectáculos con bailes subidos de tono y acaban de perder a su coreógrafa. ¿Quién mejor que una auténtica bailarina de burlesque puede enseñarles a esas zorras delgaduchas con las tetas de silicona y los labios rellenos de plástico cómo deben mover los implantes del culo en un espectáculo digno de Las Vegas? ¡Podría ser épico! —«Y desternillante», pensé.

Ginelle permaneció callada durante un largo rato. Unos escalofríos de pavor me recorrieron la columna de arriba abajo mientras esperaba su respuesta.

Por fin habló con un hilo de voz:

—¿Me has conseguido un trabajo de coreógrafa? ¿En un teatro de Los Ángeles? Oh, Dios mío —dijo. Un velo de asombro cubría sus palabras como una gruesa manta en un día frío.

—Ahora mismo no sé todos los detalles, pero ganarías más de lo que ganas ahora, mucho más, y no tendrías que pagar alquiler. Podrías instalarte en nuestra casa de invitados y quedarte todo el tiempo que necesites. ¡Qué demonios…, si quieres puedes vivir ahí de forma indefinida!

—¿Wes y tú me habéis encontrado un trabajo de ensueño, me ofrecéis alojamiento gratuito y la posibilidad de trasladarme al estado del Sol, en el que vive la zorra de mi mejor amiga?

Pensé en lo que acababa de decir. ¿Había algo que añadir? ¿Otra rama de olivo que pudiera ofrecerle? ¿Alguna ventaja que pudiera incluir para que aceptara esa oportunidad?

—Pues… sí, básicamente es eso.

—¿Es que te has fumado algo?

Aspiré una bocanada de aire y me pasé la mano por la frente.

—No, que yo sepa —dije, y solté una tímida risita.

—Entonces ¡prepara mi cama, zorrón! ¡Tu mejor amiga se va a trasladar a la tierra de la fruta y de las nueces! ¡Joder! ¡Voy a coreografiar un espectáculo de burlesque en Los Ángeles! ¡Dios mío, ¿qué voy a ponerme?! —Había pasado de la psicodepresión a la euforia desatada.

Ésa era la versión de Ginelle que comprendía, quería y adoraba más que ninguna. Su felicidad era contagiosa y, filtrándose a través de la línea telefónica, envolvió mis preocupaciones y mi melancolía en un intenso abrazo de gratitud.

—¿De verdad? —pregunté para asegurarme de que la había oído bien.

—¡Claro que sí, joder! ¡Esta misma noche hago las maletas! Tengo mucho que hacer. He de avisar en el trabajo, empaquetar mis cosas, preparar las rutinas de baile, conducir hasta California… ¿Sabes lo que significa esto para mí, Mia?

Una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro mientras permanecía con el teléfono pegado a la oreja.

—¡Estoy comenzando a pensar que sí! —Me reí. Su felicidad se extendía por todas partes, provocándome un cálido cosquilleo que me indicaba que, por una vez, había tomado la decisión acertada.

—¡Significa que toda mi vida ha cambiado para mejor! Y todo gracias a ti y a tu Ken Malibú. ¡Dile que se ponga al aparato! ¡Quiero mostrarle mi agradecimiento por teléfono! —exclamó presa de la euforia.

Negando con la cabeza, me recosté en la cama y me abracé a mí misma.

—No puede. Ahora mismo está hablando con Gina.

De repente, se hizo el silencio. Lo único que podía oír era su jadeante respiración mientras yo la imaginaba yendo de un lado a otro de su casa haciendo las cosas más diversas para preparar su cambio de vida.

—¿Cómo dices? ¿Por qué está esa sucia perra robahombres en tu casa, hablando con tu hombre, y por qué no estás tú ahí con ellos?

—Hay muchos «tus» en esa frase.

—Sí, bueno, ¿acaso estoy equivocada? Ese hombre es tuyo. ¿Qué está pasando?

—Tienes toda la razón. Pero confío en él. —Enrollé un mechón de pelo alrededor de un dedo—. Ambos pasaron por muchas cosas allí, Gin. Él apenas ha arañado la superficie de su proceso de curación. Y ella tiene un aspecto realmente lamentable.

—¡Me alegro! —dijo con excesiva rapidez.

Mi mejor amiga no engañaba a nadie. Tratándose de mí, era tan protectora como yo con ella y, según Gin, Gina me había agraviado. Técnicamente, no lo había hecho, ya que Wes y yo ya no estábamos juntos cuando mantuvo relaciones con ella. Y, por aquel entonces, yo estaba cepillándome a Tai. Fue necesario que Wes estuviera con Gina para que yo me diera cuenta de hasta qué punto quería ser la única mujer a la que le hiciera el amor, a la que besara, junto a la que durmiera, y todo lo demás.

Tendría que mantener el lado vengativo de Gin bajo control. Sobre todo si se iba a mudar aquí. En ese caso, era probable que sus caminos se cruzaran.

—No es algo bueno, Ginelle, de verdad. Si hubiera perdido todo ese peso vomitando o tomando drogas, o el miedo en su mirada se debiera a que no ha obtenido un papel o que algún imbécil le ha roto el corazón, me alegraría. El problema es que ambos sufrieron un gran trauma. Cosas que ni siquiera sé si podré soportar oír, pero creo que debo hacerlo si quiero ayudar a Wes. Las cosas que vio le provocan terrores nocturnos. Y si la curación de Gina puede ayudarlo, he de encontrar un modo de comportarme con madurez. ¿Entiendes?

Mi amiga dejó de bromear de golpe.

—Entonces ¿le hicieron mucho daño? —susurró como si alguien pudiera oírla y estuviera intentando ser respetuosa.

—Creo que es… irreparable —contesté con sinceridad, pues no sabía qué otras palabras utilizar.

—Bueno, tú siempre has sido mejor persona que yo.

Solté una risita.

—En eso tienes razón. —Cambié de tercio y devolví la conversación a un tono más característicamente nuestro.

—¡Serás zorra! Está bien, lo acepto, pero sólo porque me has conseguido un trabajo de ensueño y me dejas mudarme a tu mansión de Malibú. Ya sabes, puede que no me marche nunca.

Me encogí de hombros y sonreí.

—¡Puede que no quiera que lo hagas!

En realidad era posible que fuera cierto. Maddy estaba en Las Vegas, y también papá. Millie y Wes estaban aquí. Max y su clan, en Texas. El resto de la gente a la que más quería en el mundo estaba desperdigada. Tener a Gin a mi lado aliviaba un poquito la tristeza que eso me provocaba.

—¿Qué tal está mi padre?

Ginelle titubeó.

—Bueno, sus constantes vitales vuelven a estar bien y los médicos confían en que se despertará. Es sólo una cuestión de tiempo. De acuerdo con el escáner cerebral, sus funciones son normales. El virus y las reacciones alérgicas no lo dañaron tanto como habían anticipado, pues parece haberlo superado.

Cerré los ojos y le envié un sentido agradecimiento al Todopoderoso. Se había apiadado y le había perdonado la vida. Ahora tocaba esperar.

—¿Y Maddy?

—Oh, está perfectamente. De vuelta en la universidad, viviendo con Matt, comportándose como la típica veinteañera que puede con todo.

—Genial. Eso era lo que quería oír.

—La última vez que la vi me dijo que había estado hablando mucho con Max sobre Cunningham Oil & Gas y su departamento de investigación y ciencia. Al parecer, ha cambiado algunas de sus clases para enfocarse más en las ciencias geológicas y minerales. Dice que está considerando trasladarse cuando se gradúe y trabajar para ellos. Incluso a Matt le pareció una buena idea.

—Y ¿qué hay de la familia de Matt? Dan la impresión de estar muy unidos —señalé.

—Al parecer, sus padres dijeron que también se trasladarían a Texas. Es hijo único y a ellos les queda poco para jubilarse. Max le dijo a Matt que contrataría a su padre y, si hacía falta, también a su madre. Algo acerca de que la familia debe permanecer unida o una cosa de ésas.

Claro que lo hizo. El jodido santurrón de Max. Me había salvado, acogiéndonos a Maddy, a mí y a todo el mundo en su redil. Quería a mi hermano, pero esto se llevaba la palma. Puede que ésa fuera la razón por la que era tan feliz. Era el perfecto ejemplo de lo de tratar a los demás como uno quiere que lo traten a él. Max trataba a todo el mundo con respeto, amaba a su familia más que a ninguna otra cosa y quería que todo el mundo fuera feliz. Él, a cambio, sería feliz el resto de sus días. Lo entendía. Y hacía que me preguntara cuándo comenzaría a presionarme a mí para que también me mudara a Texas. Tenía la sensación de que sería antes de lo que esperaba. A ese hombre le gustaba estar rodeado de su familia, y estaba construyendo su base. Seguro que encontraba alguna razón para que Wes y yo nos trasladáramos al estado de la Estrella Solitaria. Sólo por la carne ya merecía la pena. En cuanto al calor y a la desagradable humedad y lo que esa mierda le hacía a mi pelo… ¡Uf! Tendría que haber una razón de peso para que me decidiera a hacer ese cambio. Ahora bien, que mi hermanita estuviera allí era un punto a favor, y él lo sabía. Consigue a la hermana pequeña y la mayor vendrá detrás.

—Sí, Max es de lo que no hay.

Ginelle suspiró ensoñadoramente.

—Chica, es todo eso y muchísimo más, y ya sabes cuánto me gustan los hombres así.

—¿Acaso estás tirándole los tejos a mi hermano? —Me hice la ofendida.

—¿Sale el sol por el este y se pone por el oeste? ¿Has visto a tu jodido hermano? ¡Es un dios con botas de cowboy y camiseta con botones!

—¡Ay, mi hermanito! —dije, pues si había alguien sobre el que no quería oír esas cosas era Max.

—Ya lo puedes decir. ¡Ay, tu hermanito! Sólo que, si fuera yo, estaría gritando: «¡Oh, sí, Max. Más duro, Max. Dámelo todo, Max!» —exclamó entre aullidos y gemidos para incrementar el efecto de sus palabras, lo que provocó que una pequeña arcada ascendiera por mi garganta.

—Estás enferma.

—Pero me quieres.

—Tendré que hacer que me examinen la cabeza —repuse.

—Mientras tú haces eso, yo estaré preparando las maletas. Nos vemos dentro de dos semanas. ¡Te quiero, so golfa! —exclamó Ginelle, y luego colgó.

¡Maldita fuera! Había ganado esa ronda. Yo le ganaría la siguiente.