Martes 21 de
junio.
Cuatro días para la boda.
—¡Noooo! —Katie lloraba, desesperada, abrazada a la pierna derecha de Parker, que trataba, sin éxito, de servirse una segunda taza de café—. ¡Yo quiero ir contigo!
—Katie, cielo, ya te lo he explicado. Es un viaje para mayores, no puedes venir.
—¡¡Pero yo quiero ir!! —El desespero de la niña iba en aumento, de forma proporcional a las medias sonrisas del resto de la familia.
—¿Se puede saber de qué te ríes tú? —le preguntó Parker, indignado, a Amy.
—De que soy su madre, le he dicho que me marchaba tres días y ni se ha inmutado. Alguna ventaja tenía que tener que no me quiera tanto como a ti.
—¡Preston! ¡Llévame contigo! —Katie saltó de los brazos de Parker y se lanzó a continuar con su chantaje emocional con el siguiente hermano disponible. Preston, todavía en pijama, se vio con la niña colgada de su cuello antes de saber cómo desembarazarse.
—¡Claro! ¿A dónde quieres ir?
—A Las Vegas.
—Emmmm… Me temo que no, enana —le respondió Preston con una sonrisa—. ¿Y tú cómo sabes que nos vamos a Las Vegas?
—Por Dios, Preston, tengo seis años.
—Pues empieza a demostrarlo, Katie —la regañó Michelle—. Te vas a quedar aquí con los… con… esto…
—Con los abuelos —afirmó convencida Vivian. Parker sonrió a su madre, agradecido por la acogida que estaban dando a Katie—. ¿O no quieres montar en el poni estos días?
—No lo sé —dudó la niña—. Mark, ¿puedo montar aunque no estés tú?
—¡Claro! Puedes montar siempre que tu abuela te deje.
—Eso… Dejadme a mí el problema —protestó Michelle.
—Bueno, ¿nos vamos o qué? —preguntó Travis.
—Yo tardo media hora —afirmó Preston.
—Yo tengo que hacer una llamada y estoy.
—Voy preparando el coche —decidió Parker.
Cinco minutos después, Mark sonreía en la tranquilidad de su dormitorio, antes de marcar el número de teléfono de Alice.
—¿Sí?
—Deja de fingir que no sabes quién soy. Apuesto a que has guardado mi número en la agenda como «Mark, el cabrón» o «Mark, el gilipollas».
—Mark Sullivan —bufó Alice, al otro lado de la línea telefónica.
—El mismo. ¿Vas a colgar el teléfono?
—Debería, pero… de repente, tengo curiosidad.
—Es un buen comienzo.
—¿Llamas para algo en concreto o solo pretendías despertarme?
—¿Aún dormías?
—Son las siete y media de la mañana, aquí en Los Ángeles.
—Creí que estabas en Boston.
—¿De verdad tengo tanta cara de tonta? Sabes perfectamente que estoy en Los Ángeles. Emily tiene un montón de virtudes, pero la discreción no es una de ellas.
—De acuerdo. Cazado.
—¿Alguna mentira más?
—No. Solo un detalle. Mi abuelo parece dispuesto a financiar parte del proyecto. Mis hermanos han decidido montar un negocio y va a ayudarles, así que quiere hacer lo mismo con el rancho.
—¿Y eso debería interesarme por alguna razón?
—Porque vas a ser mi socia, y quiero que estés informada desde el comienzo sobre la financiación.
—Yo no he dicho que vaya a ser tu socia.
—Todavía.
—¿Todavía, qué?
—Todavía no lo has dicho. Pero ya lo sabes.
—¿Siempre eres tan seguro de ti mismo?
—No. Todo lo contrario. Creo que te quedó claro en Boston que llevo muchos años hecho una mierda, Alice. No pretendo que sirva como excusa a lo que hice, que quede claro. —Mark tomó aire y decidió informar a Alice de sus últimos avances profesionales. No pensaba rendirse en su campaña para convencerla de que se fuera a Arizona a trabajar con él—. Ayer cancelé unos cuantos contratos con proveedores. Alice… está todo preparado para poner en marcha el centro de terapia. Piénsatelo, por favor. El proyecto del rancho es la única cosa que me ha ilusionado desde que tenía veinte años.
—¿Y por qué no lo haces, me asocie yo contigo o no?
—Me has entendido mal. El proyecto del rancho contigo —enfatizó la palabra— es la única cosa que me ha ilusionado desde que tenía veinte años.
—No lo entiendo, Mark. En serio. Me has conocido durante… ¿cuánto? ¿Diez horas? ¿Quince?
—Diecisiete. Dime con sinceridad que tú diste carpetazo a nuestra historia después de esas diecisiete horas, y no volveré a molestarte.
—Creo recordar que fuiste tú el que dio carpetazo a la historia.
—Lo siento, Alice. Y te pediré perdón todas las veces que haga falta. Y, si aceptas volver a verme, te explicaré los motivos por los que actué así, pero… dime. ¿No has pensado en mí en estas semanas? ¿Ni una sola vez?
—No voy a responder a esa pregunta.
—Creo que ya lo has hecho. —Mark esbozó una media sonrisa y suspiró antes de continuar—. Yo pienso en ti todos los días.
—Mark, yo…
—No digas nada. El sábado se casa mi hermano, y yo ya debería estar en un coche camino a la despedida de soltero. Piénsalo estos días. A partir del lunes, empieza el proyecto del rancho. Decide si estás dentro o fuera.
—Solo puedo prometer que me lo pensaré.
—Gracias, Alice. De verdad. Gracias por, al menos, pensártelo. Te llamaré mañana.
—Pásalo bien, Mark Sullivan.
‖
Mark aguantó con paciencia las acarameladísimas despedidas de sus hermanos y sus novias. La quinta vez que escuchó un «te voy a echar de menos», hizo sonar el claxon de su camioneta. A regañadientes, Preston, Travis y Parker fueron subiendo al vehículo de forma consecutiva.
—Joder, chavales. Vaya caras. Os recuerdo que nos vamos a Las Vegas, no al matadero.
—¡Sí! Cambio de chip. Las chicas se lo van a pasar de vicio en Los Ángeles. No podemos defraudar —afirmó Preston, convencido—. ¿Os cuento el plan para hoy?
—Claro. Dispara.
—Estaremos en Las Vegas sobre mediodía. Comemos algo, hacemos un poco de turismo y nos dejamos los ahorros en algún casino. Para la noche, que es lo importante, he conseguido que nos pongan en la lista VIP de un par de pool parties y discotecas. ¿Os parece correcto?
—A mí me suena a música celestial —respondió Travis.
—Perfecto. ¿Alguien quiere? —Preston abrió su mochila y sacó una botella de whisky de malta de veintiún años.
—Algún día papá se va a dar cuenta de que le robamos botellas de whisky todo el tiempo —respondió Parker, dando un largo trago directo de la botella.
—No se ha dado cuenta en… ¿Cuánto tiempo llevamos haciéndolo? ¿Diez años?
—Creo que yo empecé un poco antes. —Mark sonrió—. ¿Habéis bebido todos? Así que me toca a mí conducir… Tenemos que sortear la vuelta. No pienso ser vuestro chófer toda la vida.
—No protestes tanto y ponnos al tanto de los avances con Alice.
—¿Con Alice?
—Veintisiete años y medio, y todavía no te has enterado de que no existen los secretos entre los Sullivan… ¿Crees que no te hemos oído hablar con ella esta mañana?
—Putos cotillas… Por suerte, soy más listo que vosotros y creo que todos tenéis cosas que confesar. Estoy deseando que estemos todos borrachos. Va a ser una noche muy productiva.
Tres horas después, con los gemelos desperezándose en el asiento trasero, Mark enfiló el Strip[2] camino del hotel MGM Grand. Tras dejar la camioneta a un aparcacoches –y aceptar las críticas de Preston por no haber viajado en un vehículo más adecuado al lujoso entorno–, un empleado del hotel los acompañó a la suite. Cuando se quedaron solos, todos estuvieron a punto de besar a Preston por su elección. En un espacio de unos ciento cincuenta metros cuadrados, convivían dos dormitorios dobles, con sus respectivos cuartos de baño, y un gigantesco espacio diáfano con varios salones, un bar equipado con todo lo necesario y unas enormes cristaleras desde las que se extendía la ciudad a sus pies.
—¡Joder! Creo que gastarte el dinero en esto, en vez de en invitar a mis amigos, es la puta mejor idea que has tenido jamás, Preston.
—A veces me ofende vuestra desconfianza.
—¿Bajamos a comer?
—Yo no tengo mucha hambre —respondió Parker—. Prefiero dormir un rato para estar despejado esta noche.
—Yo me quedo con el novio —aclaró Mark entre risas—. No vaya a ser que le dé por huir, y tengamos que quedarnos nosotros a Katie.
—Nosotros vamos a comer y a hacer un poco de turismo —informó Travis—. ¿Nos vemos en tres horas en el casino del hotel?
—Perfecto.
Travis y Preston recorrieron el Strip y observaron los diferentes hoteles con una estupefacción similar a la de los turistas que los rodeaban. No era su primera vez en Las Vegas; habían estado un par de veces cuando eran niños y adolescentes, con sus padres, pero era la primera vez que veían la ciudad, y las posibilidades que ofrecía, con ojo adulto. O, bueno, todo lo adulto que podían ser Travis y Preston Sullivan.
Se acercaron a la calle Fremont y disfrutaron de su alegre decadencia. Recorrieron parte de la ciudad en el monorraíl. Y acabaron la tarde subidos a la enorme noria High Roller. Estuvieron a punto de llegar tarde a su cita con Parker y Mark, pero acabaron encontrándose con ellos en la primera hilera de máquinas tragaperras de su hotel.
—Deberíamos poner un límite a lo que queremos gastarnos en el casino —propuso, prudente, Parker.
—Por Dios santo, ¿y dónde estaría entonces la gracia? ¿Y tú eres el hermano rebelde? Madre mía…
—Está bien, está bien. —Parker sonrió—. No he dicho nada.
Bebieron gratis durante algo más de dos horas y, cuando enfilaron el camino a una pool party en el Drais, estaban ya bastante perjudicados.
—¡He ganado ochenta dólares! —gritaba Travis, emocionado, al taxista.
—Alguien debería decirle que ha perdido doscientos —susurró Mark, divertido.
—No le quites la ilusión al pobre —se burló Preston—. Me han comentado unos colegas de Beta Theta Pi que Drais es la mejor discoteca de Las Vegas. Lo cual es algo así como decir que es la mejor discoteca del mundo.
—Pues habrá que aprovecharla al máximo.
Y lo hicieron, vaya si lo hicieron. A medianoche, Travis había vomitado tres veces, Preston tenía la mirada perdida en el horizonte, y Parker y Mark apuraban sus copas de whisky con una media sonrisa, sentados en la enorme barra del bar de su suite. La fiesta en la piscina había terminado de forma abrupta cuando Preston había conseguido que los expulsaran tras un incidente con unas animadoras universitarias. Se habían retirado al hotel hacía ya un buen rato.
—Podrán ganarnos al baloncesto todas las veces que quieran, pero en la noche seguimos siendo imbatibles. —Mark chocó con suavidad su vaso contra el de Parker, en un brindis burlón.
—Mucho reírse de que soy un padre de familia… Se les ha olvidado que, hasta hace un año, quemaba la noche de Manhattan.
—Vaya cambio, ¿no? ¿No se te hace raro?
—No sé, supongo que un poco. Pero ya estaba harto, ¿sabes? ¿Cuánto tiempo me pasé saliendo por la noche y bebiendo como un loco? ¿Desde los catorce? Cuando Amy se me cruzó en el camino, empecé a preferir estar con ella que seguir saliendo con los chicos de la fraternidad.
—Y te convertiste en padre.
—Y me convertí en padre. —Parker sonrió—. Pero, bueno, de vez en cuando dejamos a Katie con Michelle y salimos con estos imbéciles. A Amy también le va la marcha. Y tú, ¿qué? ¿La vida de ermitaño no te ha quitado aguante?
—No tan ermitaño. Salgo de vez en cuando por Phoenix.
—¿Con Lynette Lancaster? —preguntó, burlón, Parker.
—¡No! —Mark se carcajeó—. Tengo amigos. Conocidos, más bien. Gente con la que salgo a tomar unas copas, pero que no tienen ni puta idea de mi vida.
—Ninguno tenemos ni puta idea de tu vida, Mark. Bueno, salvo estos últimos días.
—Buenos días. —Travis apareció en el bar de la suite, con un color algo menos verdoso que la última vez que lo habían visto—. Sírveme uno de esos, enano.
—¿Superar la resaca con whisky? Buena idea.
—Aún no es resaca. De ese problema nos encargaremos mañana —afirmó, dando un largo trago a su bebida.
—Yo también me he reiniciado. ¿Seguimos la noche? —Preston surgió de su dormitorio, con el pelo mojado y más fresco de lo que había estado en todo el día—. Estamos en la lista VIP del Tao.
—¿Tú los ves? —le dijo Mark a Parker—. Hace una hora eran dos cadáveres y ahora quieren comerse la noche.
—¿Tomamos unas copas aquí antes de salir?
—Sí. —Mark se dirigió al mueble bar, resopló sonoramente y encaró a sus hermanos—. Quiero hablar con vosotros.
—Vamos al salón.
Se sentaron en los enormes sofás de cuero color caldero que presidían la suite. Preston abrió unos cuantos botes de frutos secos, para que el whisky encontrara un buen colchón en el que asentarse. Mark se demoró en servir las bebidas de sus hermanos, que no apartaban la mirada de él. Llevaba muchos años posponiendo esa conversación, así que no creía que unos minutos más fueran a cambiar demasiado las cosas.
—Chicos, yo… llevo mucho tiempo queriendo hablar con vosotros. —Mark se mesó el pelo, nervioso—. Estoy un poco harto de la imagen que tenéis de mí. No sé… no sé cómo explicarlo.
—¿Qué imagen, Mark? Eres nuestro hermano mayor, nada más —aclaró Travis.
—Esa es la clave. Soy vuestro hermano mayor. Mayor. A veces me siento como si os llevara veinte años. Os llevo más o menos la misma edad que vosotros a Parker. ¿Alguna vez os habéis sentido responsables de él? —Travis y Preston negaron con la cabeza, encogiéndose de hombros—. Yo he sido el consejero de todos, siempre. En el instituto, en la carrera, con las chicas, con papá y mamá… Estoy agotado, joder.
—Mark… —Parker se acercó a su hermano—. Nosotros nunca te hemos querido presionar. Simplemente, tú… tú estabas ahí. Me siento fatal.
—No… ¡No! No es eso. Vosotros no tenéis la culpa de nada. Joder… me estoy explicando fatal.
—¿Qué es lo que ocurre? ¿Tiene algo que ver con Alice? —preguntó Travis.
—No. O sí. Es que ni lo sé. Sé que esa chica ha despertado algo. Ya no puedo volver a la vida de aislamiento en la que llevo estos años.
—¿Qué pasó, tío?
—Ya os lo he contado. Cuando nos acostamos, me acojoné y me fui…
—No, Mark —insistió Preston—. ¿Qué pasó en Columbia?
—Sí… Eso… ¿Me prometéis que nada va a cambiar? Que seguiréis… que…
—Tío, nos estás asustando. —Travis apuró su vaso de whisky y rellenó los de sus hermanos.
—En Columbia, fui… fui responsable de la muerte de una chica.
—¿Qué?
—Yo… No sé ni por dónde empezar. —Mark se pasó la mano por el pelo, bebió un poco y decidió que, o empezaba a hablar en ese momento, o nunca sería capaz de hacerlo—. Yo era como vosotros, ¿sabéis? Jugaba al fútbol, salía por la noche, me acostaba con mil chicas…
—Fuiste el rey del baile de graduación. De eso me acuerdo hasta yo —añadió Parker, tratando de aliviar la tensión. La confesión inicial de Mark los había dejado a todos estupefactos.
—Estoy aquí para contaros una experiencia traumática, no dos —bromeó Mark, con una sonrisa amarga—. Me fui a la universidad queriendo comerme Nueva York. Diecisiete años, una fraternidad con una fiesta al día, Manhattan… Todo me parecía el paraíso.
—Sí, todos hemos vivido eso.
—Me acosté con… yo qué sé… cincuenta chicas en el primer curso. Rara vez repetía. Pero había una chica… Caroline. Era guapísima y encantadora, pero me lo ponía demasiado fácil. ¿Sabéis de qué os hablo?
—¡Claro! Somos tíos. Si no nos lo complican, no tiene emoción. Perseguí a Amy durante meses y cada día me apetecía más.
—Pues eso. Caroline se colgó demasiado por mí. Siempre estaba revoloteando por la fraternidad, venía a verme al campus, siempre aparecía en los sitios por donde yo salía… Yo estaba algo descontrolado. No sé ni cómo explicaros.
—¿Sexo, drogas y rock and roll? Mark, todos hemos estado en Beta Theta Pi, sabemos de qué va el tema. —Preston trató de facilitarle a su hermano la papeleta.
—Sí. Pero el sexo y el rock and roll no matan a nadie.
—¿Tuviste problemas con las drogas? ¿Eso es lo que tratas de decirnos? —preguntó Travis.
—Problemas… no sé. No. Supongo que no. Salía mucho y tomaba cocaína de vez en cuando. Nunca pasó de ser una cosa de noches de fiesta. Nunca estuve enganchado, pero me gustaba. Joder, me gustaba un montón. ¿Vosotros…?
—Yo sí —reconoció Preston. Parker también asintió.
—Yo no. Ya sabéis que soy el chico sano de los Sullivan. —Travis se encogió de hombros, sonriendo a su hermano mayor con cariño. A ninguno se le escapaba que estaba pasando un momento horrible.
—El segundo año de carrera, Caroline empezó a ponerse un poco pesada. Joder, me siento fatal diciendo esto. Pero es lo que sentía en aquel momento. Si yo faltaba a clase un día, ella se presentaba en la fraternidad con los apuntes del día mecanografiados e impresos. Si nos encontrábamos por la noche, se pegaba a mí hasta conseguir que acabáramos en la cama. A veces ocurría, a veces no. El caso es que un par de veces me pilló metiéndome una raya, y empezó a obsesionarse con que pasaba de estar con ella por irme con mis amigos de fiesta.
—¿Y era verdad?
—Claro que era verdad. Caroline era una buena chica, pero yo no quería una relación. Podríamos haber sido amigos, o follamigos, yo qué sé. Pero yo, en aquel momento, lo único que quería era ir a clase, salir por la noche y ponerme hasta el culo con mis amigos.
—¿Qué pasó?
—Que ella decidió unirse a esas noches de fiesta. Empezó a beber más de la cuenta y a meterse un poco de todo. Era una chica muy guapa y sociable, así que nunca faltaba algún imbécil que la invitara a unas rayas. Ella pensaba que si se metía en mi ambiente, podíamos tener una relación. Intenté hacerle entender que, si ya no me apetecía una relación en general, mucho menos me apetecía meterme en algo tan autodestructivo. Pero ella no se rendía. Cada vez se metía más, empezó a acostarse con otros tíos de la fraternidad… Por lo que supe más tarde, se acostaba con todo aquel que la invitara a coca. El año antes de que vosotros llegarais a Columbia, —señaló a Travis y Preston—, ella estaba ya fuera de control. Traté de ayudarla, pero era imposible. Cuando estaba drogada, solo quería acostarse conmigo. Y, cuando no lo estaba, se ponía agresiva y me decía que había acabado así por mí.
—Sabes que tú no tenías la culpa, ¿no?
—No me jodas, Preston. Murió, ¿entiendes? Se pasó tres días de fiesta y acabó con una sobredosis. Estuvo un par de días en coma y, al final, murió. Por aquel entonces, yo ya me había hartado un poco de tanta fiesta y estaba más centrado en estudiar. Yo supe controlar aquello, pero ella no. Era una pobre chica inocente, joder… —Los ojos de Mark se llenaron de lágrimas, y bajó la cabeza. Una gota salada mojó la alfombra de color tostado del salón.
—Mark… —Travis se levantó de su asiento y se sentó en el brazo del sillón de su hermano—. A mí me dan bastante miedo las drogas, Preston lo sabe. Nunca he querido saber nada más allá de un porro muy de vez en cuando, así que supongo que tengo una visión distinta que vosotros, que siempre habéis sido más intrépidos. Es una decisión de cada uno, Mark. Nadie es responsable. Mucho menos si tú no se la ofreciste.
—Yo nunca la invité siquiera. Pero no hay que ser muy listo para darse cuenta de que ella empezó a meterse para acercarse a mí.
—Todos sabemos cuánta droga se movía en el entorno de la fraternidad —añadió Preston—. Yo también tuve un momento de salir por la noche con la bolsita en el bolsillo. Y varias veces le ofrecí a Travis. Él siempre dijo que no, incluso estando borracho. Él te lo acaba de decir: es una opción de cada uno. Ella tomó el camino equivocado. Es una pena, y es horrible que muriera. Y entiendo lo mal que lo has podido pasar, pero tendrías que haberlo hablado con alguien. Cualquiera te habría dicho que no eras culpable de nada.
—No creo que papá y mamá estén demasiado de acuerdo con vosotros.
—¿Ellos lo saben?
—Sí. En aquel momento, ya se empezaba a hablar de que yo cogiera el relevo político de la familia. Participaba en actos del partido. En parte era por eso que estaba centrándome más en los estudios y menos en salir por la noche. Alguna amiga de Caroline me culpó de haberla metido en ese mundo, y Richard Bryant intentó taparlo todo. Al final no hizo falta. Yo no tenía ninguna gana de meterme en política, así que lo dejé correr.
—La mierda de la política…
—Sí. Bueno, yo no tenía ganas de meterme en política ni de ninguna otra cosa. Me hundí. Solo pude aguantar el último año en Columbia porque vosotros estabais allí. No habría podido soportarlo solo.
—¿Ha habido alguna chica desde entonces? Nunca hemos sabido demasiado de tu vida…
—¿Os parece que, si hubiera alguna chica, seguiría tirándome a la mejor amiga de mamá? —Mark sonrió por primera vez en lo que parecía una eternidad. Se acercó a la mesa y alcanzó un cigarrillo—. Me he acostado con muchas… Y siempre he salido huyendo antes de que ellas empezaran a sentir algo. Tengo pánico a volver a hacerle daño a alguien que no se lo merece.
—Pero con Alice fue diferente, ¿no?
—Sí. Con Alice, el que sentí algo fui yo. No creo demasiado en el amor a primera vista… ¡qué coño! No sé si creo demasiado en el amor, así, en general. Pero aquella tarde en Boston desafió a todo lo que creía tener tan claro.
—¿Y qué vas a hacer?
—De entrada, ya he hecho lo que más necesitaba. —Miró a sus hermanos y vio sus caras de incomprensión—. Contároslo. No os hacéis a la idea de lo importante que era para mí que lo supierais. En aquel momento erais unos críos, pero cuando fuisteis creciendo y veníais a mí a pedirme consejo… Dios, me sentía como un farsante. Por una parte, necesitaba que dejarais de pensar que era el hermano perfecto, pero, por otra, me daba pánico que me perdierais el respeto. No sé… Soy un gilipollas, ¿no?
—Sí. Un puto gilipollas. —Hasta que habló, ninguno de los hermanos fueron conscientes de que Parker llevaba callado desde que Mark había empezado a contar la peor parte de su historia—. ¿Cómo coño íbamos a perderte el respeto? Preston y Travis siempre han sido buenos chicos, pero, ¿te parece que yo podría juzgar a alguien? Tú te viste metido en una historia sórdida, y, por desgracia, una chica tomó malas decisiones y fue una víctima de sí misma. Yo cogí un coche y me llevé por delante a una de las mejores personas que he conocido en mi vida. Está viva de puro milagro. —Miró a Travis, y él le sonrió—. No sé para Travis y Preston, pero para mí sigues siendo el hermano mayor al que le pediría consejo en cualquier situación. ¿Sabes? Cuando era pequeño, me parecías un gigante. Estos dos gilipollas me pegaban y me hacían todo tipo de putadas, y tú siempre estabas ahí para defenderme. No me has dejado de parecer un gigante por muchos años que hayan pasado. Ni por mucho que ahora sepa tu historia.
—Parker, joder…
—Parker no ha dicho nada que no pensemos nosotros. ¿Verdad, Trav?
—Verdad. Mark, te has pasado siete años torturándote con esto. Te mereces volver a vivir, joder. Si crees que Alice puede ser la persona a la que quieres… vete a por ella. Lucha.
—Lo voy a hacer. No sé qué tiene esa chica, pero… quiero, al menos, conocerla mejor. Y conseguir que me perdone que me portara como un capullo.
—Son las dos de la madrugada —señaló Travis, en un cambio de tema que todos agradecieron. Los sentimientos estaban demasiado a flor de piel—. ¿Nos vamos a dormir?
—¿Vosotros tenéis sueño?
—Yo no.
—Yo tampoco.
—¿Salimos? Las discotecas no cierran hasta las cinco.
—¿En serio? ¡Por mí, sí!
—¡Vámonos! —exclamó Mark—. Necesito sacarme de dentro el mal cuerpo que se me ha quedado.
No tardaron ni cinco minutos en cambiarse de ropa y enviar unos mensajes cariñosos a las chicas. El tiempo se les había echado encima, aunque todos sabían que nada, absolutamente nada de lo que pudiera ofrecerles la noche de Las Vegas sería mejor que los momentos de confesiones compartidas.
—Mark… —susurró Parker, dejando que los gemelos se adelantaran por el pasillo del hotel—. Siento mucho no haber estado ahí para ti. Ya sé que era un crío, pero ojalá hubiera podido hacer por ti lo que tú hiciste por mí cuando tuve el accidente.
—Vete a la mierda, enano. —Mark estrechó a su hermano pequeño en un abrazo en el que ambos acabaron apartando lágrimas a manotazos—. Vamos a celebrar que a Amy le ha tocado la lotería contigo, anda.