EPÍLOGO

 

UNOS MESES MÁS TARDE…

 

El lujoso automóvil me condujo a lo largo de los grandes bulevares y se detuvo frente a la escalinata del Palacio Garnier, la Ópera de París, que lucía en toda su magnificencia esa noche. Un  joven vestido en traje de gala se acercó de inmediato al vehículo y abrió la puerta, sujetándola para mí mientras me ofrecía su mano enguantada para ayudarme a salir del vehículo.

Merci, monsieur –dije con mi mejor acento francés.

Avec plaisir, mademoiselle –respondió en esa cadencia melodiosa y sensual de la lengua francesa.

Mi coche se alejó y me dirigí hacia la escalinata, sintiendo las miradas curiosas de los parisinos sobre mí.

La seguridad del evento había acotado el perímetro de la Ópera esa noche, de modo que sólo los invitados pudieran acceder en vehículo al lugar. La jet set desfilaba ya por la escalinata alfombrada en terciopelo rojo en dirección a la entrada principal para asistir al Gran Baile de Máscaras que se celebraría esa noche en el palacio. Tenía los nervios a flor de piel, pero aun así no podía evitar sentirme abrumada por el glamour y la opulencia de la noche parisina.

Mi vestido era magnífico, una obra de arte diría yo. El modelo de alta costura, adornado con cuencas de cristal y perlas auténticas, era lo más increíble que me había puesto nunca y desentonaba tanto con mi personalidad que de haberlo podido elegir, no lo habría considerado ni siquiera como una opción. Era de un tono hielo, igual que la estola imitación piel de lobo que cubría mis hombros. Lo acompañaba con unos Louboutin auténticos, unos salones de pedrería en cristal con un tacón de aguja de doce centímetros. En el pasado no hubiera sido capaz de andar con unos zapatos así, pero ahora tenía una increíble habilidad para hacerlo, pues últimamente había tenido que usarlos mucho en mi faceta profesional y había acabado cogiéndolos gusto, los tacones embellecían las piernas de cualquier mujer.

Mi rostro estaba cubierto casi en su totalidad por un antifaz, a excepción de mi boca, pintada de un tono rojo tan vívido y palpitante como la sangre, al igual que mis uñas, exquisitamente trabajadas por uno de los mejores estilistas de la ciudad. Me habían peinado y maquillado en la suite de mi hotel, el Ritz de la plaza Vendôme, el epicentro del lujo de París. El estilista había trabajado por lo menos dos horas en mi pelo, lo que había sido un suplicio necesario. El resultado había sido un intrincado recogido que había coronado con una tiara de pedrería y cristales. Cuando el proceso de embellecimiento acabó y me vi vestida frente al espejo, mi imagen me evocó a la de una dama de las nieves, fría y misteriosa, y por supuesto inalcanzable. No me reconocía a mí misma bajo ese aspecto, pero tenía que ser así, puesto que esa noche no era Giulia Myers, sino la bella y rica Contesse de Blois. Mi misión era suplantar a Marinette de Blois, una libertina aristócrata francesa y para ello, uno de nuestros comandos se había encargado de todo, secuestrándola la víspera, cuando aterrizó en Charles de Gaulle para que yo pudiera ocupar su lugar en el baile de máscaras. Nadie se había percatado de que la hermosa joven que se presentó en el hotel requiriendo su suite con urgencia, no era la verdadera condesa. Había tenido que teñir mi pelo de rubio unos días antes y sufrir unas sesiones de entrenamiento intensivas para mejorar mi pronunciación en francés y conocer el estilo y los gustos de la condesa, pero parecía haber resultado, mi parecido con ella era extraordinario, aunque tendría que pasar la prueba de fuego y engañar a su círculo de amistades. Eso me tenía preocupada, si no lo conseguía, pondría en riesgo la misión.

Ascendí las escaleras, sintiéndome segura tras mi máscara, y llegué a la entrada principal, donde otro joven se dispuso a ayudarme con mi estola. Con una sonrisa coqueta y un “non, non, merci” le indiqué que no la dejaría en el guardarropas y directamente accedí al hall.

El palacio de la Ópera estaba muy concurrido esa noche. Había estado allí con Tristan una semana antes, en una visita previa de inspección del terreno y había descubierto ese lugar maravilloso y su secreto mejor guardado, los sótanos. Observé con detenimiento el hall y comprendí que había un control de acceso, un empleado comprobaba las invitaciones de los asistentes a la entrada del salón. Me situé tras una pareja, esperando pacientemente mi turno mientras observaba la zona. Finalmente llegué al púlpito con mi invitación ya preparada en la mano.

Bonsoir, Mademoiselle –me saludó el empleado cuando me acerqué.

Bonsoir –respondí, tendiéndole la invitación.

El joven revisó rápidamente mi nombre y leyó el código de mi invitación antes de apilarla con el resto.

¡Bienvenue, Contesse! –me dijo, indicándome que podía acceder al salón principal.

Merci –respondí y avancé hacia allí.

El Gran Salón estaba exquisitamente iluminado, de modo que se apreciaba con todo detalle los maravillosos frescos de las paredes y del techo de la maravillosa estancia. Aún no había comenzado el baile y los distintos grupos de enmascarados conversaban repartidos por la estancia y las salas colindantes.

Un camarero se aproximó y me ofreció una copa de champagne. Sonreí y la tomé, mojando con ella mis labios.

–No deberías beber mientras estás de servicio –oí a través de mi auricular, discretamente oculto en el extremo de mi tiara–. Ya sabes que no toleras demasiado bien el alcohol –.

Sonreí, alejando la copa de mis labios y avancé a través del salón, barriendo con la mirada el lugar, buscándole.

–¿Te he dicho ya lo hermosa que estás esta noche? –dijo de nuevo a través de la línea.

Negué disimuladamente con la cabeza.

–Pues lo estás. Eres la más bella del lugar, incluso con ese antifaz –añadió.

Aún no le había localizado, pero él sin duda podía verme a mí, desde donde quiera que estuviera. Tristan guardaba mis espaldas esa noche, mientras que yo tendría el papel principal, pues la Contesse de Blois era el plato fuerte de nuestro plan.

Ni siquiera había podido verle desde que suplanté a la condesa porque por un tema de seguridad no podían relacionarnos. Entre los dos tendríamos que llevar a cabo la misión de esta noche, pues sólo habíamos conseguido entradas al baile de máscaras para nosotros, aunque uno de nuestros comandos rodeaba el perímetro de la Ópera para actuar de refuerzo si fuera necesario.

Me sentía segura trabajando junto a Tristan. Desde que empezamos a colaborar con mi padre, siempre actuábamos en conjunto. Ésa había sido nuestra única condición y sólo esperaba que como había sucedido hasta ahora, también saliéramos victoriosos de esta misión.

–He visto entrar a nuestro objetivo, está en el Salón del Sol –me indicó.

Asentí con disimulo y me dirigí hacia allí, dejando mi copa en la bandeja de otro camarero. Levanté la vista y entonces localicé a Tristan. Estaba en lo alto de la escalera de mármol, con sus codos apoyados sobre la ancha barandilla mientras simulaba contemplar el Gran Salón. Llevaba un esmoquin negro con pajarita y lucía un antifaz y un sombrero, ambos en color negro. ¿Se había disfrazado del Zorro? Nuestras miradas se cruzaron por un instante mientras subía las escaleras, que fue suficiente para empaparme de toda su magnificencia.

Pasé de largo, simulando obviar su presencia, y continué hacia los pequeños salones anejos hasta localizar el Salón del Sol. Como imaginaba, me encontré con que la puerta estaba cerrada y que un gorila vigilaba el acceso a la misma.

Excusez-moi, madame. Le salon est fermé –me advirtió, dejándome claro que no era bienvenida allí.

Pas pour la Contesse de Blois. Annoncez-moi, s´il vous plaît –le exigí.

El tipo pareció confuso por un instante y se excusó, retirándose para hablar por un intercomunicador. Ya habíamos previsto esto, por eso no había suplantado a una noble cualquiera, sino a una de las vampiras más célebres de Francia.

Nuestro departamento de información había estado intentando localizar el paradero de Excelsior desde su huida. Tras meses de rastrear cualquier información que les llegaba sobre él, habían descubierto que se escondía en Francia, protegido por un círculo de nobles muy especial, vampiros. Según me informó Tristan, Excelsior había vivido en París hasta el inicio de la revolución francesa, que al parecer fue el motivo principal por el que abandonó el país. La guillotina y el pueblo dispuesto a pasar por ella a todo el que pareciera un noble, asustaba a cualquier vampiro, puesto que la defenestración era uno de los métodos más eficaces para acabar con nuestra especie.

La presencia vampírica en Francia era elevada y además se concentraba en las clases altas, donde Excelsior había conseguido ser readmitido ahora que era un fugitivo. La condesa de Blois pertenecía a ese círculo y era la oportunidad que necesitábamos para acercarnos a Excelsior, pero no sabía hasta qué punto mi tapadera sería válida ante los ojos de los nobles vampiros, si me desenmascaraban, no sólo echaría por tierra la misión, sino que pondría mi vida en un tremendo peligro.

Nadie me había obligado a intervenir en esto, tanto mi padre como Tristan se opusieron en rotundo en un principio, pero yo era la más indicada para llevar a cabo esta misión y tuvieron que admitirlo. Hablaba francés perfectamente y mi físico era el más parecido al de la condesa de entre todas las agentes disponibles, de modo que me dieron la misión y por supuesto Tristan se unió a mí. Desde que mi padre se hizo cargo del futuro de la Comunidad, dedicaba gran parte de su tiempo a establecer las bases del nuevo gobierno y a asentar las nuevas leyes. Tristan se había prestado finalmente a ayudarle y en consecuencia había tenido que aparcar momentáneamente sus proyectos científicos. Había empezado a colaborar con el Departamento de Seguridad y consecuentemente yo me había acabado alistando también a sus tropas. Se podría decir que formábamos parte del servicio secreto y nuestra misión hoy era acabar con Excelsior. Se rumoreaba que trabajaba desde Europa para volver a hacerse con la Comunidad y qué mejor lugar para hacerlo que París, la cuna de la revolución.

Miré al vigilante con impaciencia mientras hacía su llamada y cuando finalmente se acercó, le dediqué una mirada altiva y desdeñosa, como la que ofrecería una snob irritada por el trato mundano que estaba recibiendo.

Pardonez-moi, contesse. Bien sûr vous pouvez accèder au salon –dijo, abriéndome la puerta con una reverencia.

Levanté la cabeza, como si sus disculpas fueran una molestia y entré en el salón como él me indicaba. Advertí rápidamente que no sólo estaba ocupado por vampiros, también había allí humanos, pero no sabía si los habían traído como distracción o para alimentarse de ellos en algún momento de la velada.

Contaba con que el vigilante hubiera anunciado mi llegada y que Excelsior viniera a mí. La condesa y él habían sido amantes en el siglo XVIII y por lo que habíamos averiguado, la suya había sido una de las relaciones más escandalosas y sonadas de sus tiempos: sexo desenfrenado, festines de sangre humana, orgías sádicas,… describían su inusual convivencia. Excelsior no había contactado por el momento con la condesa, pues la habíamos tenido vigilada desde que él huyó de Nueva York pensando que acudiría a refugiarse en su palacio, pero no había sido el caso y ahora íbamos a forzar el encuentro, esperando que su antigua relación hiciera que Excelsior bajara la guardia.

Temí no reconocerle, pero pronto le identifiqué presidiendo uno de los grupos. Curiosamente iba ataviado como el Fantasma de la Ópera, una elección muy acorde con el lugar.

Me aproximé a paso lento, abriéndome paso en su dirección y pronto su mirada se clavó en mí. Sentí un escalofrío, si no me tomaba por la condesa, mi plan se echaría a perder. Excelsior la conoció íntimamente, aunque de eso hiciera siglos y si me desenmascaraba no habría nada que hacer, todos los vampiros del salón se volverían contra mí y no podría huir. Tiré un poco más de mi vestido para ampliar la balconada de mi escote, ya de por sí generoso, y me detuve, expectante, a unos metros de él.

Él salió a mi encuentro, dejando su animada conversación aparcada por el momento. Una sonrisa recorrió su rostro y se detuvo frente a mí.

–Marinette, ¡qué grato verte! –susurró al encontrarse conmigo.

–Bastian Excelsior, veo que recuerdas mi nombre –dije, imitando la pronunciación que un francés tendría en mi idioma.

–¡Cómo olvidar a un ser tan sublime como tú! –dijo él, encantador.

–¡Para ti, fácil! No he sabido nada de ti durante siglos y por lo que veo, estás en mi país y ni siquiera te has dignado a visitarme –dije, fingiendo estar molesta y poniendo uno de esos mohines que hacían tan encantadoras a las mujeres francesas.

–No hay nada que hubiera deseado más, cherie, pero estoy aquí por negocios –se excusó Excelsior.

–Negocios, negocios,… ¡tonterías! Siempre has antepuesto el placer a los negocios, ¿es que esos americanos han conseguido cambiar a mi viejo amigo? Amaba al seductor que había en ti, dime, ¿es que los años han acabado con tu lado pasional? –protesté, coqueteando descaradamente con él.

–Si el tiempo lo ha hecho, tu presencia acaba de despertarlo de nuevo, mi sensual Marinette –dijo él, aparentemente desarmado por mi coqueteo.

–No me adules, Bastian, sabes que no soy fácil de conseguir. Imagino que tus gustos habrán evolucionado en estos años, pero he de asegurarte que mis artes también. La madurez no ha hecho más que convertirme en una mejor amante y tú, desconsiderado, decides no disfrutar de la experiencia –dije, enojada.

Excelsior se quedó en silencio unos segundos y de pronto tomó mi mano y extrajo lentamente mi guante para luego besarme los nudillos con delicadeza. Sus ojos se veían llenos de deseo, parecía que mi plan funcionaba… y yo me sentía asqueada.

–Jamás he hecho con nadie las cosas que he hecho contigo, mi condesa. No he conocido nunca mujer más libertina ni más apetecible que tú, te lo prometo –dijo él.

Retiré mi mano, recuperando mi guante y haciéndome la ofendida.

–No vas a ganarme sólo con un par de cumplidos, Excelsior. Estoy enojada contigo porque no me dijiste que estabas en París. ¿Cuándo pensabas ponerte en contacto conmigo? –le pregunté.

–Sabía que vendrías esta noche, cherie, me he asegurado de que figuraras en la lista de invitados. Esperaba con impaciencia que tuviéramos un rencuentro excepcional –me explicó.

–¿Por qué debería creerte? –le acusé.

–Mira, cherie, no gozo de la libertad que quisiera en estos momentos, por eso no puedo mostrarme demasiado en público –me confesó entonces.

–¿Por qué? –pregunté, fingiendo confusión.

–¿Acaso no sabes nada acerca del levantamiento en Nueva York? –me preguntó.

–No, por supuesto que no. Sabes que los asuntos políticos no me interesan, no son más que distracciones absurdas para mí. Yo prefiero distraerme de otro modo… –dije, haciendo ascender mis dedos por la pechera de su uniforme. 

–Marinette, aquí no. Escúchame, has de venir conmigo, ahora los antiguos hábitos pueden ocasionarnos problemas y toda nuestra gente en Francia conoce tus habituales prácticas con los humanos. Estás en peligro –dijo él.

Hice caso omiso y me acerqué más a él, mostrándole una vista bastante directa de mi escote, mientras le susurraba al oído una indiscreción.

–Veo que sigues teniendo ese poder sobre mí, no puedo estar cerca de ti sin desear hacerte mía –dijo, excitado.

–Hazlo –respondí, mordiendo mi labio inferior.

–Aquí no –susurró Bastian.

–Aquí mismo –exigí.

–No has cambiado, cherie –dijo él.

–Acompáñame entonces, conozco un lugar más discreto y luego podremos hablar de eso que te preocupa tanto –le sugerí con un aleteo de pestañas.

–Me encantaría hacerlo, pero no puedo –dijo, cauto.

–¡Uff!, no puedo creerlo, no eres ni la sombra de lo que eras, Excelsior –protesté, fingiendo estar muy enojada.

Le miré con desdén y le di la espalda, avanzando en dirección a la salida. Quizás había sobreactuado un poco con el papel de femme fatale, si Excelsior me ignoraba se acababa la misión.

El portero se apresuró a abrir la puerta para mí y maldije por lo bajo, había esperado demasiado de esa antigua relación que al parecer no había dejado tanta huella en él como se pensaba.

Me agarraron por el brazo en cuanto atravesé la puerta.

–¿Dónde crees que vas, cherie? –me susurró Bastian al oído.

–No es de tu incumbencia –dije, molesta.

–Vas a calmar tu sed por ahí, n’est–ce pas? ¿Cuántos jóvenes parisinos perecerán esta noche en tus brazos para aplacar tu enfado? –me preguntó él, sonriendo.

–Es tu culpa –dije, asqueada por el sadismo de la relación.

–Has de venir conmigo, Contesse, no es seguro ir de caza en un lugar público. Tienes que refugiarte en nuestro gueto hasta que la situación se calme y podamos resurgir –dijo.

–¿Qué estás diciendo?, ¿refugiarme? Yo amo mi libertad, ¿por qué tendría que ocultarme? –pregunté.

–Porque me están buscando e irán a por ti también más tarde o más temprano –me explicó.

–¿De qué estás hablando?, ¿quién va a por ti? –le pregunté.

–Aquí no, ven conmigo –dijo él e hizo ademán de volver al salón.

–No, el salón no es seguro, mon ami. Muchos de los hipócritas que están ahí me traicionarían a la mínima oportunidad. Acompáñame, conozco un sitio donde estaremos a solas –le propuse.

Bastian pareció dudar, pero me agarré a su brazo y él convino acompañarme. No me pasó por alto que el gorila de la puerta nos siguió por indicación de Bastian, pero eso era algo con lo que contaba. Comencé a andar por el pasillo, sorteando a algún que otro grupo de personas que se cruzaron con nosotros de camino al Gran Salón, donde ya sonaban los acordes del baile. Le llevé hasta un pasillo desierto y alcanzamos una pequeña puerta que estaba cerrada, pero que forcé con una ganzúa.

–¿La entrada a los sótanos? –se asombró él.

Monsieur, ¡me sorprendéis!, ¿es que habéis estado aquí antes? –exclamé, haciéndome la escandalizada.

–No, pero estoy seguro de que tú sí, ¿me equivoco? –dijo.

Reí y le cedí el paso, pero él me indicó que pasara yo en primer lugar. Mientras entraba, escuché cómo le daba instrucciones al guardaespaldas para que vigilara la entrada, pero después me siguió, asegurando la puerta tras él. Bajamos una escalera empinada de caracol y él me siguió en silencio. Cuando llegamos a los sótanos, me cogió por la cintura y me atrajo hacia él, atrapando mis labios en los suyos. Le permití hacerlo, a la vez que giraba para interponerme entre él y la escalera. Sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo y entonces hice ademán de quitarme la estola, intentando hacerme con la pequeña pistola que escondía en el bolsillo interior de la prenda.

Conseguí empuñar el arma, pero como si presintiera el peligro, Excelsior tiró con fuerza de un extremo de la estola, desequilibrándome y apartándome de él. Disparé, pero él se movió rápido y esquivó la cápsula. Me recompuse y disparé de nuevo, pero Excelsior ya huía por los túneles subterráneos del alcantarillado. Me apresuré a seguirle, perdiendo mis zapatos por el camino. Mi vestido me impedía avanzar con rapidez de modo que lo rasgué hasta conseguir desprenderme de su bajo. Intenté recuperar los segundos perdidos, pero no era fácil correr descalza por las alcantarillas. Había errado dos tiros que debían haber sido certeros y maldecía por lo bajo mi mala puntería. No había podido ocultar una automática en condiciones en el bolsillo interior de la estola debido a sus reducidas dimensiones y éstas eran las consecuencias. Tenía más cápsulas escondidas en el escote, pero si perdía a mi blanco, ¿de qué me servirían? Entonces le localicé y apunté hacia allí, pero torció una esquina y tuve que apretar el ritmo. Al girar la esquina, choqué de lleno contra él, que al parecer me esperaba y el arma salió despedida de mi mano con el impacto, cayendo y hundiéndose en el palmo de agua que cubría el canal.

–¿Quién eres? –gritó, al tiempo que me agarraba con fuerza por el cuello.

Intentó izarme, pero agité mis piernas y le golpeé de lleno en el estómago, haciendo que se doblara sobre sí mismo, aunque no conseguí que me soltara. Al menos pude poner los pies en el suelo, pero él pasó su brazo por mi cuello y me atrajo hacia sí.

–Estás acabada, zorra –dijo, apretando más mi cuello–. ¿Quién eres?, ¿te ha enviado Steel?–.

Por supuesto no respondí, aunque supuse que terminaría reconociéndome.

El eco de unos pasos inundó de pronto las galerías subterráneas y supe que se me acababa el tiempo, acudían sus secuaces. Deslicé mi mano al interior de mi escote y extraje una cápsula. ¡Era mi última oportunidad! La empuñé con fuerza y la clavé en el brazo de Excelsior, apretando el extremo con todas mis fuerzas para accionar el émbolo que impulsaba el suero hasta la afilada aguja de la inyección.

Bastian me soltó de inmediato y caí al suelo, mientras que él me miraba atónito.

–Esto es por lo que le hiciste a Tristan y a tantos otros como él –dije, quitándome el antifaz.

Necesitaba que me reconociera y que supiera que yo era quién había acabado con él. Vi devastación en sus ojos en el segundo previo a que su cuerpo explosionara, convirtiéndose en una nube de polvo, que se expandió por la galería.

Los pasos se acercaron y decidí ponerme en pie, intentando buscar mi pistola, pero era misión imposible, el agua que circulaba por la alcantarilla parecía habérsela llevado lejos.

Dos vampiros aparecieron a la vista y, desarmada, sólo tuve una opción, huir. Accioné el interruptor de mi auricular para intentar comunicarme con mi equipo.

–Estoy en apuros –dije.

Un disparo sonó en la galería y pronto noté que me había rozado en el costado. Sentí quemazón, pero no aminoré la marcha, aún les llevaba cierta ventaja a mis perseguidores. Entonces escuché que alguien se acercaba hacia mí en la dirección contraria. Iban a bloquearme por ambos lados, el tema se complicaba. Y entonces una silueta conocida apareció frente a mí, empuñando un arma.

–Agáchate –me ordenó.

Me tiré al suelo en plancha al tiempo que mis perseguidores aparecían en el túnel. Fueron dos disparos limpios y certeros y todo acabó. Levanté la vista y contemplé a Tristan frente a mí. Se quitó el gorro y la máscara y se lanzó en mi auxilio, ayudándome a levantarme mientras me miraba con ansiedad.

–¿Estás bien? –me preguntó, inspeccionando mi rostro al tiempo que lo acariciaba.

–Sí, lo estoy –dije, sin aliento.

–Estás herida, Giulia–dijo él de pronto, revisando mi costado.

–Sólo me han rozado, Tristan, me repondré. Lo importante es que esta vez lo hemos conseguido, he acabado con Excelsior –le informé, exaltada.

–¡Al diablo Excelsior! –dijo él, atrayéndome hacia sí y estrechándome en sus brazos–. Pensé que te había perdido, no estoy dispuesto a volver a pasar por esto –.

–Tranquilo, sólo se torció un poco el plan en el último momento, pero todo ha salido como esperábamos –le aseguré.

Él tomó mi rostro entre sus manos y me miró con ansiedad.

–Esto se ha acabado, ¿me entiendes? No permitiré que te pongas nunca más en semejante peligro. Hemos cumplido con la misión, ahora Steel se tendrá que buscar otros agentes –dijo, implacable.

–No es mala idea –admití, exhausta–. Recuerdo que me hiciste una propuesta tentadora hace unos meses, ¿sigue en pie? –.

Tristan me sonrió y me tomó en sus brazos. Su expresión se dulcificó y su increíble mirada se volvió tierna y soñadora.

–Sigue en pie, Giulia –me aseguró.

Me abracé a su cuello y busqué sus labios, deseando perderme con él en ese lugar recóndito que había construido en mi imaginación durante estos meses. Por fin estaríamos solos, él y yo, compartiendo nuestra vida lejos de todo y de todos.

 

UNOS AÑOS DESPUÉS

 

 

Yacía en la cama, aún despierta en mitad de la noche, sintiendo cómo el barco se mecía suavemente sobre las aguas del Sena. Esa noche no podía conciliar el sueño, me sentía demasiado inquieta para dormir. Tristan, por el contrario, dormía plácidamente a mi lado. Estaba completamente desnudo y tras recorrer su cuerpo con la mirada, decidí que ya había descansado bastante por esa noche.

Me incorporé y me senté sobre su estómago, inclinándome sobre él para alcanzar su cuello y besarlo. Mis labios se deslizaron lentamente por su piel, besándola y acariciándola, mientras inhalaba su exquisito olor, evocador e intensamente masculino. Gruñó sensualmente y aumenté la intensidad de mis besos, ascendiendo lentamente por su mentón, rumbo a sus labios, mientras mis manos recorrían su fuerte pecho.

Abrió sus increíbles ojos grises y los clavó en los míos. Su mirada de deseo me secó la boca y me incorporé un instante para quitarme el ligero camisón de seda, la única prenda que me cubría, sabiendo que en ese momento contaba con toda su atención. Sus pupilas se dilataron y de pronto se incorporó, agarrándose a mis caderas y penetrándome con ímpetu. Dejé escapar un gemido, que murió ahogado en su boca, pues comenzó a besarme con voracidad. Me agarré a sus hombros, dejándome llevar por el ritmo que imponían sus caderas.

Nunca tenía suficiente tratándose de Tristan. A medida que pasaba el tiempo me volvía más ávida de él, puesto que cada vez me llevaba más allá. Nuestra relación progresaba cada día, evolucionaba a mejor, tanto en el terreno sentimental como en el sexual, pero eso debía de ser lo normal cuando se encontraba a tu alma gemela… Él lo era todo para mí, me hacía sumamente feliz y me daba todo el amor que necesitaba. Además había cumplido su promesa y desde hacía un tiempo, vivíamos exclusivamente el uno para el otro y era una experiencia increíble y única. Estábamos juntos en París, yo a punto de finalizar mi grado de Periodismo en la Sorbona y él avanzando en sus investigaciones sobre Genética en su propio laboratorio. Oliver había ocupado su puesto temporalmente en Nueva York y había conocido a alguien con quien era feliz y nos satisfacía mucho que su vida también fuera viento en popa, pues siempre sería un buen amigo de ambos.

–Giulia –gimió Tristan de pronto junto a mi oído.

Supe que se acercaba al clímax y me preparé para acompañarle. Nos fundimos juntos en esa experiencia maravillosa, prolongándola todo lo posible. En ese momento éramos sólo uno, nos fusionábamos y nos sentíamos más unidos que nunca. Compartir algo tan íntimo y mágico no hacía más que afianzar el amor que existía entre ambos. A veces, cuando estábamos en algún lugar público y compartíamos una mirada, recordaba esos momentos privados y me estremecía. Era nuestro secreto, una experiencia privada y placentera, lo más increíble que podíamos hacer juntos.

Tristan dejó de moverse, apretándome aún con fuerza, y comenzó a recorrer mi hombro con sus labios. Ahora me sentía mejor, mucho más relajada y satisfecha tras hacer el amor.

–¿No tuviste suficiente con la primera ronda? –bromeó él entre beso y beso.

–Al parecer no –admití, tomando su rostro entre mis manos y mirándole con intensidad.

–Bien, ¡me encanta cuando te sientes así de insaciable!, aunque últimamente me tienes asustado, estás más ávida de mí que de costumbre –murmuró con una sonrisa.

–¿Ah, sí? –pregunté, un poco preocupada.

–No me malinterpretes, no es una queja, sino todo lo contrario. Me encanta verte tan activa, pero me tienes un poco preocupado, no irá algo mal, ¿verdad? –me preguntó, interrogándome con la mirada.

–En realidad nada puede ir mejor –admití.

Él pareció más relajado y sonrió, agarrándome por la nuca y atrayéndome hacia sus labios para recompensarme con un beso cálido y fundente.

–Vayamos a cubierta a contemplar el amanecer –sugerí entonces, levantándome y ofreciéndole mi mano.

Él me miró un tanto perplejo, pero no se opuso, sino que se dejó arrastrar por mí fuera de la cama. Nos vestimos con lo justo y le insté a que me siguiera por la estrecha escalera que comunicaba el camarote con cubierta.

Tras descubrir que Tristan podía tolerar la luz, habíamos compartido los más bellos amaneceres. Éste continuaba siendo nuestro secreto, nadie aparte de nosotros sabía que Tristan era un vampiro diurno, aunque intuía que mi padre lo sospechaba, pero sabía que de ser así, él no lo desvelaría jamás. La razón por la que lo habíamos ocultado de todo el mundo era porque estábamos convencidos de que nuestra especie aún no estaba preparada para salir a la luz. Las reglas establecidas aún se hacían difíciles de respetar para muchos. Estaba siendo bastante difícil que los vampiros abandonaran sus viejos hábitos, aunque la caída definitiva de Excelsior había contribuido a que en los últimos años se progresara mucho en la humanización de nuestra gente.

Tristan había conseguido formular el suero de la luz, pero de momento no desvelaría su descubrimiento a la Comunidad. Quizás lo hiciera en un futuro, todo dependería de lo que los hechos nos mostraran. 

Quería que ese amanecer fuera sumamente especial, de hecho deseaba que fuera el mejor momento que habíamos compartido juntos, superando incluso las increíbles experiencias que habíamos vivido en París. Tristan me miraba de reojo, al parecer sospechando algo, seguramente a causa de mi comportamiento de los últimos días, que había sido un poco extraño, por más que había intentado disimularlo.

La madrugada era un poco fresca. Tristan me abrazó y me atrajo a su regazo cuando tomó asiento en el banco que él mismo había instalado en la cubierta de nuestra casa flotante. Nunca habría imaginado que amaría vivir en un barco. Cuando Tristan sugirió que alquiláramos aquella embarcación como vivienda, le había dado poco crédito a su propuesta, pero pronto experimenté lo increíble que era despertar cada mañana en el Sena, asomarme a la ventana y descubrir una estampa diferente de París. El día anterior habíamos anclado cerca de Nôtre Dame, cuya silueta se erigía ahora solemne frente a nosotros.

Los rayos del sol aparecieron en la mañana primaveral, acariciándonos. Tristan ya no se estremecía cuando el sol le rozaba, como había ocurrido en sus primeros amaneceres, pero aún veía ese brillo especial en su mirada, esos increíbles ojos grises que ganaban en belleza a la luz del día.

–Bien, ¿vas a decirme ahora qué es lo que te preocupa? –me pidió él, rodeándome con sus brazos.

–¡Me conoces tan bien! –murmuré, acariciando su rostro.

Él sonrió con timidez y me instó a hablar con la mirada. Parecía preocupado, definitivamente no había ocultado tan bien como yo pensaba mi ansiedad de los últimos días.

–Tristan, yo… –comencé y paré en seco, pues me sentía demasiado emocionada para hablar.

–Giulia, sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? –intervino él, nervioso.

Asentí, temblando.

–Bien, pues adelante –me animó, un poco asustado.

–Tristan, estoy embarazada –le dije sin rodeos.

Sus ojos se dilataron y pareció entrar en shock durante unos segundos.

–Pero,… eso es imposible –musitó, confuso.

–No, no lo es y tú lo sabes –le aseguré, emocionada.

De pronto me cogió por los hombros y me miró con intensidad.

–¿Estás segura? –me preguntó y sus manos temblaban.

Asentí y llevada por la emoción, se me escapó una lágrima que se deslizó por mi mejilla hasta que Tristan la atrapó y la secó con sus dedos. Me miraba con devoción, expectante, y tuve la necesidad de contarle por todo lo que había pasado en los últimos días.

–Al principio no sabía lo que me ocurría, me sentía rara, pero ni siquiera imaginé que esto pudiera estarme ocurriendo. Los síntomas parecían claros, pero llegué a pensar que todo estaba en mi cabeza –comencé, hablando atropelladamente–. Ayer finalmente me hice el test. Bueno, me hice muchos test. Dio positivo desde el primer momento, pero lo repetí cinco veces, quería asegurarme de que esto era real –le expliqué, jugueteando nerviosa con mis manos.

–Si me hubieras contado tus sospechas, yo mismo podría haberlo confirmado –dijo él con cautela.

No pude responder, no sabía cómo abordar esto con el tacto suficiente.

–Temías que fuera una falsa alarma y que me ilusionara en vano, ¿no es así? –adivinó.

Asentí. Sabía que era casi imposible que un vampiro engendrara vida, de hecho sólo conocía de mi existencia como prueba de que había una posibilidad entre un millón y no había querido dar falsas esperanzas a Tristan, por eso lo había ocultado hasta estar segura.

Entonces Tristan se levantó impetuosamente, izándome en sus brazos y besándome con pasión, haciendo que me sintiera mareada, pero inmensamente feliz.

–Te amo, Giulia –dijo, radiante de felicidad––. Hasta hace un instante estaba convencido de que no podías hacerme más feliz, pero me equivocaba de nuevo, siempre consigues darme más de lo que pueda desear  –.

Me dejó de nuevo en el suelo y me sujeté a sus hombros, intentando estabilizarme.

–Entonces, ¿te alegras con la noticia? –le pregunté para asegurarme.

–¿Bromeas? No puede hacerme más feliz. Me había hecho a la idea de que jamás podría formar una familia y me dolía pensar que era algo que tú deseabas y a lo que habías renunciado por mí, pero ahora todo es perfecto. Pensar que el fruto de nuestro amor crece en ti, me hace el hombre más feliz del mundo. Te amo, Giulia, tú has devuelto la luz a mi vida –dijo, inmensamente emocionado.

–Yo también te amo, por siempre –le aseguré.

Le abracé con fuerza y busqué sus labios, recreándome en la sublime sensación.

Había carecido de muchas cosas en mi vida y había aprendido a vivir sin ellas, pero la vida no te quita cosas sin ofrecerte algo a cambio y yo había tenido la increíble suerte de recibir a Tristan. Su amor había convertido mi vida en algo maravilloso y perfecto. Me abracé a él, irradiando felicidad, y deseando que pronto nuestro bebé estuviera en nuestros brazos, compartiendo nuestro amor. ¡Ojalá él heredara sus ojos!, esos increíbles espejos de plata, que ahora lucían radiantes de felicidad.

 

 

 

 

FIN