CAPÍTULO XV
Una furgoneta negra llegó al almacén en cuestión de minutos y varios hombres descendieron del vehículo y empezaron a merodear por el almacén.
–Por el momento he contado a seis, pero aún no he visto al doctor Reed –me dijo Oliver a través del transmisor.
Sentí un escalofrío atravesando mi espalda, si Aleksander no traía a Tristan esta noche, no sabría si se presentaría otra oportunidad de rescatarle.
De pronto observé que otro vehículo se acercaba. Era un BMW alto de gama, también con los cristales tintados.
–Debe tratarse de Aleksander –le informé a Oliver a través del transmisor.
El vehículo se detuvo frente al almacén y, efectivamente, Black salió de su interior y se dedicó a dar órdenes a sus hombres. Seguía sin ver a Tristan y me estaba poniendo nerviosa.
Black sacó su móvil e imaginé que me llamaría. Oliver desvió hábilmente la llamada desde el ordenador.
–Black, no estás cumpliendo tu parte del trato –dije nada más descolgar.
Él se giró y miró alrededor, a la noche, intentando localizarme, pero después volvió a centrarse en la llamada.
–Julia, no debes dudar de mi palabra –dijo.
A continuación levantó una mano y uno de sus hombres se apresuró a abrir las puertas traseras de la furgoneta y pronto divisé a Tristan, que salía del vehículo esposado y flanqueado por dos hombres. Una oleada de alivio me invadió, ¡él estaba vivo!
–Acabo de ver al jefe –dijo Oliver a través del transmisor–. Al parecer hoy no es uno de sus mejores días –.
Efectivamente no tenía muy buen aspecto, Black debió recrearse torturándole, como había dicho que haría. Llevaba los ojos cubiertos con una venda y a través de su camisa abierta pude ver hematomas por todo su abdomen y en su rostro. Sentí crecer la ira en mi interior.
–¿Julia? Tengo aquí a tu Tristan, ¿cuándo vas a dar la cara? –preguntó Black a través de la línea.
–Lo haré cuando entréis en el almacén –dije–. Quiero a todos tus hombres dentro, sin excepciones, he de asegurarme de que dejarás vía libre para que Tristan pueda salir –.
–Por supuesto –dijo él.
–¡Ah!, una cosa más. Deja las llaves puestas en tu deportivo, Tristan necesitará un coche para largarse de aquí –añadí.
Aleksander dejó escapar un leve gruñido, pero hizo lo que le pedí y decidí que era el momento de cortar la llamada. Al parecer no me equivocaba, él no esperaba mucho de mí, por eso no le preocupaba fingir que seguía mis instrucciones al pie de la letra.
–Ocho en total, con Black, nueve –me comunicó Oliver.
–Bien, avísame cuando estén todos en el almacén –le dije y decidí que era el momento de abandonar mi puesto de observación.
Comencé a deslizarme desde el tejado de una de las naves adyacentes a través de la tubería de evacuación del agua. Toqué el suelo en cuestión de segundos y rodeé la nave, pegada en todo momento a su fachada para no ser descubierta. Sentía la tensión en todo mi cuerpo, pero especialmente en el estómago, que me dolía como si me lo estuvieran estrujando.
–Ya tienes listos a los invitados, princesa –oí a través del transmisor.
–Vale, voy para allá –le informé.
Extraje el detonador que Oliver había preparado para mí del bolsillo interior de mi flamante abrigo y lo así con fuerza. Era hora de llevar a cabo mi plan.
Me aproximé a paso lento hacia la entrada del almacén y me detuve un instante allí antes de entrar, reuniendo valor. No sólo me estaba jugando mi vida, estaban también Tristan y Oliver, ¡no podía fallarles!
–¡Ánimo!, yo te cubro las espaldas –susurró Oliver.
–Lo sé y cuento con ello –le aseguré.
Entré en el almacén y descubrí a una comitiva de vampiros cabreados esperándome. Recorrí el lugar con la mirada, intentando localizar a Tristan y finalmente lo encontré al fondo de la nave. Le habían colgado por la cadena de unión de sus esposas de un trozo de viga que sobresalía de la pared. Aún llevaba la venda en los ojos y se mantenía suspendido en silencio, aunque sus músculos estaban tensos, expectantes. Por supuesto los dos gorilas aún le escoltaban, mientras que Aleksander me esperaba en el centro de la nave.
–Como suponía llevan pistolas automáticas, nena. ¡Ándate con ojo! –susurró Oliver.
–Lo haré –susurré.
–¡Bienvenida, Julia! –dijo Aleksander avanzando a mi encuentro.
–¡Detente! –dije, alzando el detonador para que lo viera y supiera a qué atenerse.
Aleksander se detuvo en seco y sonrió. Se le veía muy seguro de sí mismo, ¡maldito bastardo!
–Libera a Tristan –le pedí.
–Por supuesto –dijo–. Lo haré en cuanto me entregues ese detonador –.
–Ése no era el trato –dije.
–¿Crees que soy estúpido? No voy a arriesgarme a que me la juegues, nena. Si le suelto y le dejo ir, te inmolarás para que no te capture y no estoy dispuesto a perderte, de modo que si quieres que él viva, entrégate ahora mismo –dijo.
–Si me entrego, le matarás –dije, furiosa.
–Es mi condición, si le quieres tendrás que aceptarla –dijo.
–¡Será cabrón! –dijo Oliver a través del comunicador.
–Quitadle la venda al doctor Reed –dijo Aleksander con una sonrisa malévola–. Quiero que contemple este momento tan emotivo. ¿No es realmente romántico, Tristan? Alguien dispuesto a dar su vida por ti. ¿Eso era lo que esperabas, a alguien que te entregara el alma que perdiste? –.
Uno de sus hombres retiró el pañuelo que cubría los ojos de Tristan y entonces su mirada se entrelazó con la mía. Sus maravillosos ojos color plata refulgían, llenos de ira y de preocupación, pero cuando se encontró con los míos se volvieron increíblemente tiernos. Inspiré con fuerza y decidí seguir adelante, ahora no podía volverme atrás, tenía que salvarle…
Aleksander avanzó hacia mí lentamente, extendiendo su mano hacia el frente.
–Entrégame ese detonador, Julia –me pidió.
–¡No lo hagas, Giulia!, ¡huye! –gritó Tristan.
–Razón frente a corazón, ¿qué eliges, Julia? –me preguntó.
Traté de pensar cómo dar un giro a la situación, pero no tenía muchas opciones, tendría que seguir con mi plan inicial, con el inconveniente de que Tristan seguía prisionero.
–Tic, tac, tic, tac… Se te acaba el tiempo, cielo. Si no me lo entregas ahora mismo, se acabará el trato y mataré a tu adorado Tristan ante tus propios ojos –susurró Black, amenazador.
–Ven tú a por él –le propuse finalmente, extendiendo mi mano al frente.
Black sonrió y avanzó a mi encuentro, muy seguro de sí mismo. Se detuvo a un metro escaso de mí y extendió su mano lentamente hasta hacerse con el detonador.
–¡Buena chica! –dijo, satisfecho.
–Ahora libera a Tristan –le exigí.
–Todo a su tiempo, Julia. No me interesa que Tristan hable de esto, ¿sabes? Quizás tenga que cambiar las condiciones de nuestro acuerdo al fin y al cabo. Tienes que entender que no puedo arriesgarme a que Bastian sepa lo que tengo entre manos –me explicó con condescendencia.
–¿Te propones desbancar a Bastian? –pregunté, sorprendida.
–Contigo en mi poder seré el vampiro más poderoso del mundo, Giulia. Ni siquiera tendré que enfrentarme a Bastian, su mandato caerá por su propio peso porque no podrá competir con lo que yo podré ofrecerle a la Comunidad –me explicó.
–Los tengo en posición, Giulia –susurró Oliver a través del comunicador.
–Cielo, te has quedado boquiabierta. No esperabas este final, ¿no es así? –fanfarroneó Black.
–¡Boom! –dije entonces, mirándole con sarcasmo.
Aleksander parecía confuso con mi respuesta, pero de pronto Oliver detonó los explosivos que habíamos repartido estratégicamente por la nave, sembrando el caos en el lugar. Me agaché, encogiéndome sobre mí misma. La onda expansiva que siguió a la explosión lanzó a varios vampiros por los aires, dañando seriamente a los que estaban más próximos a las cargas detonadas. El mismo Black estuvo a punto de perder el equilibrio y de caer, pero consiguió mantenerse en pie y retrocedió, alejándose de mi alcance.
Había llegado mi momento. Me abrí el abrigo de cuero, introduciendo a la vez ambas manos en las cartucheras y extrayendo las pistolas cargadas y listas para disparar. Las activé y comencé a buscar mis blancos, ayudada por el localizador que llevaban instalado.
Había tres tipos aún en el suelo, de modo que decidí ocuparme de los que seguían en pie en primer lugar. Tenía que aprovechar la conmoción del momento para acabar con el mayor número posible, de modo que apunté a dos de ellos a la vez y disparé. Tal y como me había dicho Tristan, en cuanto los proyectiles les alcanzaron se vieron reducidos a polvo. Avancé, agachándome por si intentaban dispararme y solté un tercer disparo, otro blanco.
Los tipos que escoltaban a Tristan venían ahora hacia mí, levantando sus automáticas y disparando al mismo tiempo que lo hacía yo. Me arrojé al suelo en plancha, esperando esquivar sus balas y desde allí comprobé que les había acertado, ya iban cinco. Rodé sobre mi propio cuerpo y choqué contra uno de los hombres, aún tumbado en el suelo. Cuando iba a dispararle para asegurarme de que no se levantaría, otro de sus compañeros llegó hasta mí y me apuntó con un arma. Le encañoné también con la mía.
–Detente o disparo –me amenazó.
–Hazlo –dije a la vez que apretaba el gatillo.
El proyectil le acertó, pero antes de morir apretó el gatillo instintivamente y la bala salió del cañón, directa a mi cabeza. La adrenalina hizo que mis sienes comenzaran a palpitar y entonces mi cuerpo se movió instintivamente, rodando sobre mí misma e impulsándome con las manos para ponerme en pie. Gané en altura y pude contemplar una panorámica del almacén como si todo transcurriera a cámara lenta bajo mis pies. El tipo contra el que había chocado parecía estar muerto, de modo que sólo me faltaba el octavo de sus colegas y por supuesto Black, al que no veía por ninguna parte.
–¿Dónde están los otros?, no los veo –pregunté por el comunicador a Oliver tras aterrizar en el suelo.
–Acabo de cargarme al octavo, iba hacia la furgoneta a pedir refuerzos –me respondió–, pero he perdido a Black–.
–¡Mierda! –dije, furiosa conmigo misma.
No podía haber salido del almacén, al menos no de una forma discreta y al parecer todas las paredes seguían en pie, de modo que no podía estar muy lejos. Intenté localizarle, mirando instintivamente alrededor y entonces le vi. Estaba a mi espalda y empuñaba una pistola automática, pero no me apuntaba a mí. Seguí la dirección de su cañón y comprendí que estaba alineado con el corazón de Tristan. ¿Podría alcanzarle desde esa distancia? Me quedé inmóvil, sintiendo cómo me invadía el pánico.
–No me gustan los finales felices –dijo Aleksander apretando el gatillo.
Y entonces me moví instintivamente. Tenía que salvarle, sólo tenía que interceptar el disparo. Sentí el impacto de la bala en mi pecho y ardía. Caí bruscamente contra el suelo, golpeándome en la cabeza al tiempo que oía el grito desgarrador de Tristan de fondo.
Abrí los ojos lentamente y comprendí que no estaba muerta… Recordé que llevaba puesto el chaleco de titanio y bendije a Oliver por sugerir que me lo pusiera. No sabía cuánto tiempo habría estado inconsciente, pero si entre tanto Aleksander se había salido con la suya, me odiaría a mí misma para toda la eternidad.
Entonces oí un murmullo, era Oliver que intentaba comunicarse conmigo a través del transmisor.
–¡Vamos, Giulia, levántate! –me decía.
Levanté la vista lentamente y enfoqué a Aleksander. Estaba frente a Tristan y empuñaba amenazador una de las pistolas con el suero exterminador.
–No voy a insistir más, Tristan. Si no me dices qué es esto, tendré que rematar a tu amiguita –dijo, amenazante.
–No puedes prescindir de ella. Si la matas, perderás su cadena de ADN y no tendrás nada –dijo Tristan entre dientes.
–Está bien, entonces la mutilaré grotescamente. Esos ojos azulones quedarán espectaculares en cualquier sitio –le insinuó.
Tristan se impulsó de pronto con sus brazos y alcanzó de lleno a Aleksander con sus pies, derribándole, pero no pudo liberarse de su anclaje y osciló impotente entorno a la viga, blasfemando y rugiendo de ira.
Aleksander se levantó y le sacudió un puñetazo en la mandíbula que le hizo oscilar aún con más fuerza.
–¡Oh, Tristan!, ¡cómo voy a disfrutar matándote y quedándome con tu chica! –exclamó Black.
–¡Maldito cabrón!, como la toques te mataré con mis propias manos –gritó.
–Tú lo has querido –dijo Aleksander girando sobre sí mismo.
Volví a apoyar la cabeza en el suelo, esperándole.
–¡No!, ¡detente! –gritó Tristan–. Te lo contaré todo –dijo, rindiéndose.
La boca de Aleksander se curvó en una sonrisa fría. Parecía el mal personificado, como si el mismo Satanás se hubiera materializado en su cuerpo, celebrando el triunfo del mal.
–Bien –dijo, volviéndose hacia él–. Te escucho –.
–Es un suero que contiene partículas de luz. Ataca nuestros tejidos, quemándolos como si estuvieran sometidos al efecto de la luz solar. Como has visto, puede acabar con un vampiro en cuestión de segundos –le confesó.
–De modo que esto es lo que te ha llevado tantas horas de trabajo, amigo mío. Siempre supe que no encajabas en esta vida, pero eso no es una novedad, tampoco encajabas como humano. Te creías el hombre más noble y desinteresado del universo, ¿verdad? Siempre con tu visión utópica de la vida en la que los científicos trabajaban para el bien de la sociedad sin esperar nada a cambio... ¡Idiota! ¿Qué pretendías exactamente, ser un nuevo mesías para la Humanidad? ¿Pretendes cargarte a los de tu propia raza, renegando de tu naturaleza, sólo porque matamos humanos de vez en cuando? Eres un hipócrita, Tristan y ahora probarás tu propia medicina –dijo, preparando la pistola para apuntar con ella a su corazón.
El acero atravesó su corazón en una embestida limpia y certera. Soltó la pistola, sorprendido, y giró su cuello hacia atrás intentando comprender qué había ocurrido. Entonces me vio. Me había acercado sigilosamente mientras él amenazaba a Tristan y no había dudado. Extraje la espada samurái de su corazón y se derrumbó, cayendo de espaldas y llevándose las manos al pecho. Intentó incorporarse, sosteniéndose sobre sus codos mientras un surco de sangre comenzaba a brotar por la comisura de sus labios. Sus increíbles ojos rasgados estaban atónitos, mirándome sin creer que algo así hubiera podido ocurrirle.
Me agaché a su lado con una pistola cargada y le apunté con ella al corazón.
–Julia, no –dijo y un borbotón de sangre salió de su boca.
–Mi nombre es Giulia, maldito bastardo. Por mucho que supliques no te perdonaré la vida, ansío demasiado verte morir –dije, llena de ira.
–Te daré lo que quieras, todo lo que desees –me ofreció.
–¿De veras? –pregunté.
–Sí, lo que desees –respondió, agonizante.
–Deseo que vuelva Tania, maldito cabrón –dije, encañonando el arma en su cabeza y apretando el gatillo.
Aleksander Black se convirtió en polvo ante mis ojos y sus restos se depositaron en mis manos y mi ropa. Me aparté, asimilando lo que había ocurrido y sintiéndome horrorizada conmigo misma por lo que acababa de hacer. Nunca pensé que la venganza doliera tanto y dejara ese regusto tan amargo en la conciencia.
Me puse en pie y entrelacé mis ojos con los de Tristan, que me miraban llenos de alivio. Recuperé la espada, que yacía en el suelo junto a las cenizas y de un golpe seccioné la cadena de las esposas que le mantenía suspendido de la viga de acero. Él cayó y le atrapé, sosteniéndole contra mi cuerpo y abrazándole con fuerza.
Me rodeó inmediatamente con sus brazos y me atrajo hacia sí, besando mi cabello y acariciando mis brazos y mi espalda. Comencé a temblar involuntariamente, agitándome como si estuviera hecha de gelatina. Las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas, sin que pudiera hacer nada por contenerlas.
–Tranquila, todo ha acabado ya –me susurró–. Lo has hecho francamente bien esta noche, cielo. Estoy muy orgulloso de ti –.
–Entonces ¿por qué me siento tan mal? –le pregunté, confundida.
Él tomó mi rostro entre sus manos y lo acercó al suyo para mirarme directamente a los ojos.
–Porque eres humana, mi amor y sientes compasión incluso por alguien tan mezquino como Aleksander –me dijo, escrutando mi rostro.
–Pero yo pensé que cuando vengara a Tania me sentiría aliviada y no es así, sigo pensando que le fallé, que pude hacer algo más por ella y que no lo hice –murmuré.
–Lo sé, Giulia. La venganza no es la solución a nuestros problemas. Traté de explicártelo, pero hay ciertas cosas que sólo entendemos cuando pasamos por ellas personalmente –murmuró, besando mi rostro para limpiar mis lágrimas.
–Te quiero, Tristan –le dije, aferrándome a su cuello.
Él se inclinó y me besó. Sus labios estaban ásperos a causa de los cortes y de la sequedad de su piel por el maltrato que había recibido, pero fue el mejor beso que me había dado hasta el momento porque era el primero después de pensar que no volvería a besarme nunca más. Me aferré a sus hombros, relajándome por fin tras la estresante velada que acababa de vivir.
De pronto mi intercomunicador se activó con un grito de advertencia. Me giré lo más rápido que pude, pero era demasiado tarde, ya tenía al vampiro encima con sus dientes afilados en mi trayectoria. Me había dejado uno sin rematar, ahora lo recordaba, y ese descuido me iba a costar la vida.
Y entonces se convirtió en polvo a escasos centímetros de mí, tan cerca, que las cenizas me cubrieron por completo y tuve que taparme la nariz y la boca para no inhalarlas. Conseguí abrir los ojos y de pronto vi a Oliver, pistola en mano, a escasos metros de nosotros, con una expresión de infinita sorpresa en su rostro.
Tristan nos miraba a ambos, confundido, y tras asegurarme de que se podía mantener en pie por sí solo, me acerqué a Oliver y le abracé, emocionada.
–Te debo la vida, Einstein –dije, agitándole y haciéndole volver a la realidad.
–¡Lo he hecho, Giulia! Pensé que no llegaría a tiempo, pero lo he conseguido –dijo, anonadado.
–Sí, lo has hecho –corroboré.
Tristan se acercó a nosotros y pasó su brazo por mis hombros, buscando apoyo, mientras miraba con asombro a Oliver.
–¿Cómo diablos has involucrado en esto a mi ayudante? –preguntó, confuso.
–Sabes que a veces puedo ser muy persuasiva –dije, guiñándole un ojo.
–Sí, es cierto –admitió él.
–Doctor Reed, en realidad Giulia intentó disuadirme, pero yo quería ayudarle. Usted se ha portado francamente bien conmigo y no iba a tolerar que ese Black se saliera con la suya –dijo, orgulloso.
–No habría podido hacer esto sola –admití –. La ayuda de Oliver ha sido decisiva para que la operación fuera un éxito –.
–Gracias, Oliver, por todo, pero especialmente por salvar la vida de Giulia –dijo Tristan, tendiéndole su mano derecha.
El joven la estrechó con energía y comprendí cuánto admiraba a Tristan. Lo entendía perfectamente, yo también lo hacía, era un tipo ejemplar.
–Debemos limpiar las evidencias de lo que ha ocurrido aquí –sugirió Tristan.
–Yo lo haré, doctor, usted necesita reponerse –se ofreció Oliver–. Me desharé de los restos y de los vehículos que hay fuera y mañana le reportaré un informe de la situación –.
Tristan iba a protestar, pero yo le interrumpí, Oliver tenía razón, él tenía que descansar.
–Gracias –dije.
Oliver sonrió y se puso manos a la obra. Tristan se recostó sobre mí y nos dirigimos hacia la salida. A medio camino recordé algo y me detuve un instante para quitarme el abrigo de cuero prestado. Le pedí a Tristan que me concediera un segundo y me acerqué de nuevo a Oliver, que estaba recogiendo las ropas de los vampiros carbonizados.
–Toma, tu abrigo no ha recibido ni un rasguño –dije, tendiéndole la prenda.
–¡Genial! Tenías que haberte visto, Giulia, cada vez que te movías el efecto era impresionante, como si estuvieras en Matrix luchando contra el señor Smith –dijo entusiasmado.
–Sí, ha sido mi arma secreta –admití.
–Me alegro de que te haya servido –dijo él, cogiendo la prenda y echándosela al hombro.
–Gracias de nuevo, Oliver –dije–. Estoy en deuda contigo –.
Él hizo un gesto con la mano, como para quitarle importancia al asunto y siguió recogiendo, diligente. Con una sonrisa volví a por Tristan, que me miraba intrigado desde la entrada del almacén.
–Creo que has conseguido deslumbrar a mi ayudante, Giulia –dijo.
–¿No estará usted celoso, señor Reed? –insinué, arqueando una ceja.
–No, Giulia, no estoy celoso, hoy estoy feliz sencillamente por estar vivo y a tu lado –admitió sonriente.
–Yo también, Tristan –dije, abrazándome a su cintura y llevándole conmigo lejos de ese lugar.