CAPÍTULO VII
Tristan no se dignó a llamarme y consecuentemente, el fin de semana se me hizo eterno. El lunes agradecí volver a la rutina de las clases y del trabajo en la redacción, aunque inevitablemente no dejaba de pensar en él.
Esa misma tarde monté guardia frente a la entrada del parking de los laboratorios Excelsior. No estaba rompiendo mi promesa, no investigaba a Black, le investigaba a él y eso no ponía en entredicho nuestro acuerdo. Quería asegurarme de que cumpliría su palabra y la única forma que tenía de hacerlo era espiándole. Esperaba seguirle después del trabajo, pero tras pasar tres días vigilando el lugar, comprobé que Tristan solía llegar al laboratorio en su deportivo al anochecer y que se quedaba trabajando hasta bien entrada la madrugada. No tenía mucho sentido, teniendo en cuenta que él sustentaba el cargo de Director Técnico de los laboratorios, con toda seguridad se requeriría su presencia en muchas reuniones durante la jornada, de modo que no entendía por qué trabajaba también por la noche. Pronto llegué a la conclusión de que Tristan era uno de esos tipos que sólo vivía para el trabajo. Los científicos solían encajar en ese perfil, eran tipos concienzudos que no podían dejar de pensar ni por un momento en su investigación. No sabía si sentirme atraída por alguien cuya prioridad era ante todo su trabajo, sería o no llevadero, aunque en el fondo lo comprendía, suponía que Tristan era un apasionado de su profesión, lo que justificaba que se dedicara a ella en cuerpo y alma. Desgraciadamente eso no era muy compatible con otro tipo de cosas, como por ejemplo, mantener una relación sentimental…
Pero, ¿en qué estaba pensando? En este momento lo que debía preocuparme era que él cumpliera su parte del trato, lo que no parecía muy probable si estaba demasiado ocupado con su trabajo.
La espera me estaba matando, de modo que el jueves tomé la decisión de comprobar personalmente si había avanzado con el tema. Sabía que Tristan no compartiría ninguna información relevante conmigo si simplemente le llamaba por teléfono y le preguntaba, de modo que me propuse registrar su apartamento esa noche, aprovechando su ausencia. Sospechaba que tendría algún tipo de pruebas contra Black y que por eso estaba tan seguro de poder incriminarle y era probable que ocultara esa información en su apartamento. Yo tenía su dirección, de modo que investigaría un poco por mi cuenta sin que él lo supiera. Colarse en su apartamento era mucho más sencillo que atravesar la seguridad de los laboratorios, de modo que empezaría por ahí.
El día se había tornado lluvioso y gris, anunciando la llegada de un otoño que se presagiaba húmedo y frío, en línea con mi estado de ánimo. El tráfico en la ciudad estaba imposible, por lo que descarté tomar prestada la furgoneta del periódico y en su lugar, me desplacé en metro hasta Manhattan.
Su apartamento estaba en uno de los bloques más céntricos de la ciudad, con vistas a Central Park. Antes de acercarme a su portal, volví a revisar el mensaje que había renviado a mi móvil con sus datos personales, sólo para asegurarme de que no me confundía de número. No estaba equivocada, ése era el bloque: piso décimo quinto, sin letra. ¡Y yo que pensaba que mi apartamento en el cuarto piso estaba demasiado alto!...
Cuando iba a empujar la puerta de cristal para acceder a su portal, me di cuenta de que el portero vigilaba atentamente todas las entradas y salidas del inmueble desde el hall. No me iba a dejar pasar así como así y aunque podía inventar alguna excusa para que me dejara acceder hasta el apartamento, estaba segura de que después la corroboraría con Tristan y eso me metería en líos. Si él descubría que había estado allí, se pondría furioso y no me entusiasmaba la idea de enfrentarme de nuevo a un Tristan fuera de sí, cuando menos era frustrante.
Volví sobre mis pasos, pensando en qué diablos podía hacer para colarme en su apartamento sin ser vista y entonces observé que unos metros calle abajo se encontraba la entrada del parking privado de su bloque. Ésa era la entrada alternativa que buscaba.
Me situé junto a la puerta automática y esperé pacientemente a que accediera algún vehículo. Tuve suerte, a los pocos minutos un Porsche negro se detuvo un instante frente a la entrada mientras su propietario accionaba el mando a distancia. Miré a ambos lados de la calle para asegurarme de que nadie me prestaba atención y en cuanto el Porsche accedió al garaje, me colé tras él. Empecé a bajar la rampa a la carrera para no perderlo. Normalmente estos apartamentos de lujo tenían un ascensor codificado, si no me acompañaba algún vecino, me sería imposible acceder a los pisos superiores y quedaría atrapada en el garaje. Necesitaba alcanzar a ese tipo.
Corría tan deprisa que estuve a punto de deslizarme por la húmeda rampa y perder el equilibrio. ¿Cómo pretendían hacer creíble en las películas que las protagonistas corrieran todo el día con tacones de aguja sin romperse los dientes contra el asfalto? Echaba de menos mis zapatillas, pero me había visto obligada a arreglarme un poco para no desentonar en un lugar tan elegante. Había conservado la ropa que me dieron en el club y eso fue justo lo que me puse esa noche, salvo por las sandalias, que sustituí por mis botines de tacón a causa de la lluvia. De haber sabido que en definitiva me iba a terminar colando por el garaje, habría sido más práctico venir en ropa de deporte.
Localicé al conductor del flamante Porsche saliendo del vehículo a unos metros de mí y me acerqué sigilosamente, esperando a que accediera al ascensor. Mientras tanto inspeccioné los vehículos aparcados y no vi ni rastro del i8, lo que fue un alivio, pues me confirmaba que Tristan no estaba en casa.
Cuando el hombre tecleó el código del ascensor, salí de detrás de los coches y me aproximé a él, contoneándome tanto que casi me disloqué la cadera. El tipo, un cincuentón vestido de ejecutivo, se sobresaltó al advertir que no estaba solo, pero mi aspecto le tranquilizó e inmediatamente bajó la guardia.
–¿Puede creerse que he olvidado las llaves del BMW en mi apartamento? –dije, utilizando inconscientemente la marca de su vehículo–. ¡No sé dónde tengo la cabeza últimamente! –.
–A mí me sucede a menudo –dijo el tipo con una sonrisa, mientras me cedía el paso al ascensor.
Mi acompañante abandonó el ascensor en el quinto piso y yo continué hasta el último. Aparecí en un hall del que partían dos puertas. Si en cada planta sólo había dos apartamentos, debían de ser enormes… Revisé de nuevo la dirección, no había letra y tampoco la había sobre las puertas que tenía frente a mí. Me aproximé a que quedaba a mi izquierda y por su aspecto sospeché que se trataba de una puerta de servicio. Quise comprobarlo y la empujé. Se abrió sin ofrecer resistencia. Efectivamente daba al exterior, a la azotea. Caminé unos metros hacia la barandilla, con el viento y la lluvia azotándome y pronto mi instinto de supervivencia me propuso largarme de allí. La ciudad se extendía a mis pies y mi pánico a las alturas me recordaba que si no buscaba rápidamente un sitio firme al que agarrarme, me arrojaría inconscientemente al suelo y no me quedaría más remedio que volver a gatas hasta el hall. Me aferré a la barandilla y volví sobre mis pasos sin mirar abajo. Odiaba mi cobardía en lo referente a las alturas. Siempre había pensado que era un miedo irracional y que antes o después tendría que exponerme a él y superarlo, pero no sería hoy. Tenía una tarea importante entre manos y andaba escasa de tiempo para pensar en terapias de choque.
Cuando me encontré de nuevo en la seguridad del hall, respiré profundamente, tratando de serenar mis pulsaciones y sin dilación me dirigí a la puerta de su apartamento. Tuve que usar una ganzúa para forzar la cerradura, sólo esperaba no haberme cargado el bombín o de lo contrario él se daría cuenta nada más introducir la llave de que había tenido visita. Me colé en el apartamento y tanteé la pared en busca del accionamiento de la luz, que consistía en una moderna ruleta que permitía graduar la intensidad de la iluminación.
Mi boca se abrió de asombro al contemplar el magnífico ático que tenía ante mí. Era sumamente lujoso y actual. Estaba diseñado en un concepto abierto y dos de sus cuatro paredes tenían enormes ventanales que ofrecían una impresionante panorámica nocturna de la ciudad, convirtiéndolo en un lugar de ensueño. Si yo pagaba ochocientos dólares por mi sencillo apartamento en Harlem, ¿cuánto pagaría Tristan por esta maravilla?
Recorrí con la mirada las diferentes zonas del apartamento. El área de descanso estaba amueblado con un magnífico sofá de último diseño en piel negra. Estaba situado frente a una enorme televisión panorámica que colgaba de la pared como si se tratara de un lienzo. Bajo la pantalla había un mueble de madera maciza, posiblemente ébano, que contaba con un equipo de música de alta definición y un mueble bar bastante bien surtido. A continuación localicé una moderna chimenea integrada en la pared, también en un tono negro metálico, en perfecta armonía con el resto de la decoración. Parecía un lugar acogedor para pasar una noche lluviosa como ésa. Imaginé la chimenea encendida, Tristan y yo sentados en el suelo frente a ella con una copa de champán en la mano y una noche apasionada por delante,... pero volvía a soñar despierta.
Continué hasta unas estanterías próximas que estaban repletas de libros, muchos de ellos de ciencias aplicadas, aunque también poseía algunas novelas. ¡Interesante!, me gustaban los hombres que leían en su tiempo libre, aunque empezaba a preguntarme si Tristan Reed disponía de tiempo libre tras esas jornadas laborales tan extenuantes que realizaba…
Observé que sobre la chimenea colgaban como ornamentación espadas de varias épocas y estilos. ¡Impresionante! No había imaginado que a Tristan le gustaran ese tipo de armas, le iban más los revólveres de precisión. Me tenía un poco descolocada: era un genio, un tipo duro, un sibarita y un amante de la lectura… ¡Bien!, lo que iba descubriendo sobre él no me desagradaba en absoluto.
Continué hacia la cocina, pequeña, ultramoderna y pulcramente ordenada, ¿sería también un fanático del orden? Seguro que sí, daba esa impresión, pero tenía que admitir que prefería a un tío ordenado que a uno de esos desastres que viven rodeados de cajas de pizza vacías y calcetines sucios…
Eché un vistazo al interior de su nevera y me sorprendió comprobar que estaba casi vacía. ¡Y luego se atrevía a darme consejos sobre nutrición! Sólo contaba con unas cuantas bolsas de plástico opaco que contenían líquido, quizás leche. Creí que ya nadie compraba ese tipo de envases porque resultaban poco prácticos para el consumo… En una de las bandejas descubrí un soporte con probetas de cristal que contenían líquidos de distintos colores. Se me revolvió un poco el estómago, seguro que eso formaba parte de sus experimentos de genética. ¡Punto negativo para él!, se traía el trabajo a casa. Ahí tenía la confirmación de que era de ese tipo de personas que no sabía separar lo profesional y lo privado.
Cerré la nevera y me dirigí hacia el dormitorio. Una impresionante cama desde la que se podía contemplar una vista panorámica de la ciudad, era lo más destacable del lugar. Tristan no escatimaba en lujos, de modo que deduje que podría permitírselos. No aprecié ningún toque femenino en el lugar y respiré tranquila, si hubiera encontrado indicios de que podía existir una novia, mi intromisión se habría convertido en una experiencia muy decepcionante.
Decidí no perder más tiempo admirando su apartamento y me puse manos a la obra. Necesitaba pruebas para incriminar a Black, y pronto.
En su escritorio había un ordenador portátil. Me dirigí hacia allí en primer lugar e intenté acceder a él con los trucos que me había enseñado Lewis, mi compañero en el periódico, para burlar la seguridad del equipo, pero como era de esperar lo tenía protegido con una contraseña especial. Me habría venido bien tener a Lewis conmigo esa noche, era un buen hacker. Gracias a él había conseguido las informaciones sobre Black y Tristan. Me preguntaba si sería capaz de franquear la seguridad de los laboratorios y permitirme que accediera a su información de personal. Eso sería un plus, pero también un delito y en realidad no quería meterle en líos.
Su mesa estaba perfectamente ordenada, no había ninguna carpeta con documentación a la vista, pero me di cuenta de que no tenía que esperar lo obvio tratándose de Tristan. Era un tipo inteligente, si guardaba información confidencial en su apartamento, no la dejaría al alcance de cualquiera. Seguro que tenía la información encriptada en el ordenador o bajo llave en una caja fuerte. Abrí su cajonera y comprobé que contenía material de oficina, nada fuera de lo normal. Me levanté y empecé a inspeccionar las paredes, levantando los lienzos en busca de una caja de seguridad.
Entonces escuché cómo una llave se introducía en la cerradura de la puerta principal y me invadió el pánico. Tenía que esconderme, pero ¿dónde? El apartamento era un espacio abierto, a lo más, podría meterme debajo de la cama. Y entonces en el extremo del dormitorio divisé una puerta. Apagué la luz, sumiendo el apartamento de nuevo en la oscuridad, y la franqueé a toda velocidad. Tenía que encontrar un lugar donde ocultarme, no había tiempo para andar eligiendo. Me encontraba en un cuarto de baño. Contaba con un plato de ducha amplio que afortunadamente disponía de una mampara translúcida que tendría que valer como escondite. Me introduje a ciegas en la ducha, cerrando la mampara tras de mí.
¿Cómo podía estar él de vuelta en casa? Había contado con que al menos estuviera hasta bien entrada la madrugada en el laboratorio. Me había confiado mucho suponiendo que él trabajaría esa noche en el laboratorio sólo porque era lo que había hecho en las últimas tres noches, éste era un fallo de principiante. Como decía uno de mis profesores, en nuestra provisión había que asumir ciertos riesgos, pero siempre riesgos calculados y ahí era donde yo había errado. Si me descubría estaba perdida, no tendría una excusa creíble que justificara mi intromisión en su apartamento.
Me quedé inmóvil en mi escondite, intentando captar algún ruido procedente del apartamento que me revelara su presencia, pero no oía nada. Sin embargo intuía que él estaba ahí, casi le presentía. Tristan me ponía nerviosa y no sólo en este momento por la situación crítica en la que me encontraba, sino porque mi cuerpo reaccionaba cuando le sentía cerca, siempre me hacía sentir como un adolescente con un atasco hormonal severo.
De pronto una música sensual invadió el apartamento y acto seguido la puerta del cuarto de baño se abrió y distinguí su silueta a través de la mampara. Andaba descalzo, sin hacer el menor ruido, pero yo ya sabía que era sigiloso cuando se lo proponía. Me deslicé lentamente hasta la esquina de la ducha, deseando volverme invisible. Entonces él comenzó a quitarse la ropa. Podía apreciar sus movimientos a través del cristal. Desabotonó su camisa lentamente, primero sus puños y después el resto, dejándola escurrir a continuación por sus hombros. Cayó al suelo, pero no se molestó en recogerla, sino que continuó desabrochando sus pantalones, deslizándolos por sus caderas y apartándolos de un puntapié. Mi temperatura corporal comenzó a subir vertiginosamente, más por lo que se intuía de su cuerpo que por lo que llegaba a apreciar a través del maldito cristal translúcido. Entonces se quitó también su bóxer y se dirigió a la ducha, directo a mí. Mi corazón comenzó a latir desbocado, inevitablemente me descubriría…
Abrió la mampara y entonces me vio y se detuvo en seco. No podía apartar mis ojos de él, Tristan sin ropa era espectacular. En lugar de sentir miedo por haber sido descubierta, un deseo intenso se apoderó de mí. Tenía un cuerpo de infarto, musculado, pero no en exceso y desde luego estaba muy bien proporcionado. Su pecho era fuerte y musculoso, sin vello, sus caderas estrechas y bien formadas y en su estómago plano se marcaban ligeramente cada uno de sus abdominales, incluso en el bajo vientre. Le recorrí con la mirada hasta encontrarme con sus maravillosos ojos grises, que me observaban implacables.
–¿Qué estás haciendo aquí? –me preguntó en un tono glacial.
–Quería verte –dije con aplomo.
Y lo estaba haciendo, de hecho no podía dejar de hacerlo.
Me evaluó con detenimiento durante unos instantes. Era evidente que no sentía ningún pudor por estar completamente desnudo ante mí, pues ni siquiera se molestó en cubrirse con una toalla, cosa que yo agradecí.
–¿Cómo diablos has entrado en mi apartamento? –me preguntó sin dejar de mirarme.
–Le dije al portero que era tu novia y me abrió la puerta –mentí.
Tenía que improvisar, si le confesaba que había forzado su puerta, estaría admitiendo que había cometido un delito. Le creía bien capaz de darme un escarmiento y no quería acabar esa noche en comisaría, no tenía dinero para pagar una fianza ni a nadie que la pagara por mí.
–De modo que te has colado en mi apartamento porque querías verme, ¿no es así? –preguntó él, alzando una ceja con desconfianza y entrando en la ducha conmigo.
Cerró la mampara y avanzó en mi dirección, acorralándome contra la esquina. ¿Pretendía intimidarme?
–Pensé que me llamarías… –le confesé–. Te he echado de menos –.
Y ahora no mentía, hacía días que deseaba verle y no a distancia, como había hecho mientras le vigilaba, sino como estábamos ahora, uno frente al otro, solos y tan cerca que hasta podía sentir el calor que desprendía su piel.
Entonces abandoné la seguridad de mi esquina y me acerqué a él. Él se mantuvo inmóvil, sin dejar de mirarme ni un instante. No pude contenerme por más tiempo, me aferré a su cuello y le besé. En cuanto mis labios tocaron los suyos sentí que mi cuerpo se volvía gelatina. Rodeé su cuello con mis brazos e incrusté mi cuerpo contra el suyo. Sus labios eran cálidos y carnosos y se dejaban hacer mientras que yo los acariciaba intensamente con mi boca. No tenía mucha práctica en estas cosas, pero con alguien como él todo salía natural, era estimulante al cien por cien. Me sorprendió comprobar que mi boca era más experta de lo que hubiera imaginado y que pronto mi lengua exploraba la suya.
Él no parecía tan entusiasmado como yo con la experiencia y me temí que yo no le atrajera tanto como él me atraía a mí y que terminara apartándome y echándome de su casa, lo cual sería un completo fiasco. Pero entonces reaccionó. Me atrapó por la cintura, izándome, y me recostó contra la pared, para después dejar descansar todo el peso de su cuerpo sobre el mío. Nuestro beso ganó en intensidad y descubrí que nunca nadie me besaría como lo hacía Tristan Reed. Él, con sólo un beso, había conseguido que todo mi cuerpo anhelara estar en contacto con el suyo, sin restricciones, sin complejos. Comencé a hacer descender mis manos por su espalda y mis dedos comenzaron a temblar, víctimas de escalofríos placenteros que también eran una completa novedad para mí. Llegué hasta su trasero, puro músculo y lo apreté con fuerza contra mí, apreciando su entusiasmo contra mi estómago, lo cual me encendió aún más. Entonces él comenzó a desnudarme. Me quitó la cazadora de cuero y la arrojó por encima de la mampara y después agarró el bajo de mi top con ambas manos y lo deslizó hacia arriba, acariciando a su paso con fuerza primero mi abdomen y después mis pechos. La prenda voló por encima de mi cabeza y sus manos abandonaron mis pechos, lo que fue decepcionante, salvo porque a continuación se deslizaron hasta mi cintura y comenzaron a bajar la cremallera de mis pantalones, lo cual también resultó una experiencia deliciosa. Atrapé de nuevo su boca con la mía mientras él se recreaba en bajar con una lentitud exagerada mi cremallera, haciéndome casi delirar. De pronto llevó sus manos a mis caderas y tiró de los pantalones hacia abajo para después agacharse frente a mí, deslizándolos por mis piernas hasta extraerlos con botines incluidos.
No me había quitado la ropa interior, ¿lo habría hecho a propósito? Le miré con detenimiento, era sumamente excitante tenerle agachado a mis pies, completamente desnudo. Él levantó la vista y me contempló con esa mirada gris y penetrante y entonces me envalentoné y deslicé mis manos hasta el broche de mi sujetador y me lo quité lentamente ante su atenta mirada. Sus ojos se volvieron oscuros y peligrosos y de pronto le tenía de nuevo sobre mí y besaba con avidez mis pechos, lamiendo mis pezones, mordiéndolos con suavidad y consiguiendo que mi respiración se volviera pesada, apasionada. Deseé tenerle pronto en mi interior, no podía esperar más. Rodeé su cadera con mi pierna derecha, atrayéndole hacia mí y él puso sus manos en mis nalgas y me aupó, de modo que me aferré de nuevo a su cuello y enrosqué mis piernas en torno a su cintura. El vapor de nuestras respiraciones había conseguido empañar la mampara y a pesar de que la postura no era muy confortable, deseé que me tomara allí mismo. Me agarré a su pelo húmedo mientras él continuaba explorando mis pechos y creí que iba a entrar en combustión. Entonces detuvo su deliciosa tortura y volvió a besar mis labios y mientras lo hacía, salió de la ducha y se desplazó conmigo en brazos, sin romper nuestro beso.
No había apenas luz en el apartamento, pero las luces de la ciudad que se extendía a nuestros pies eran más que suficientes. La música seguía sonando muy queda y sensual, ni siquiera lo había advertido mientras estábamos en la ducha. De pronto él se inclinó hacia delante y caímos juntos sobre su cama, donde su cuerpo se entrelazó de nuevo con el mío. Enseguida exploraba mi cuello y volvía a besar mis pechos. Si inclinaba la cabeza un poco, lograba ver a través de los ventanales el cielo nocturno, repleto de nubes de lluvia y pensé que era un escenario perfecto para hacer el amor, ¡pasaríamos una noche apasionada entre un mar de nubes!
Él continuó explorando mi cuerpo, lamiendo mi ombligo con su lengua, besando mi línea alba en dirección al pubis. Y de pronto sus manos estaban en mis braguitas, deslizándolas lentamente por mis caderas. Me puse tensa aún sin quererlo y no porque no deseara que lo hiciera, sino porque ese terreno era completamente desconocido para mí. Él debió percibir mi inquietud porque se detuvo y me miró un instante.
–¿Algún problema? –me preguntó, arqueando una ceja.
¿Por qué hasta sus simples gestos eran increíblemente sexys? Me incorporé un poco y fue fascinante contemplarle sobre mí, totalmente dispuesto y preocupándose por mis inseguridades.
–No, sólo quería asegurarme de que utilizabas protección –dije, nerviosa.
Y desde luego eso era importante para mí. No pensaba jugármela, era demasiado joven para meterme en más complicaciones. Él sonrió y sacó las braguitas por mis tobillos.
–Tranquila, lo haré –dijo.
Entonces retiró la colcha de su cama y con un gesto me indicó que me introdujese entre las sábanas. Él mientras tanto tanteó en uno de los cajones de su mesilla y supuse que buscaba un condón. En cuanto me introduje en la cama descubrí que las sábanas tenían un tacto exquisito. Esto era un plus, no cabía duda. Parecían de raso y me deslicé con suavidad sobre ellas, esperándole. Él se inclinó sobre mí, totalmente dispuesto, y me agarró por las caderas, atrayéndome hacia él. Mi corazón latía a mil por hora, le quería ya en mi interior. Él fue inclinándose poco a poco sobre mí, demasiado pausadamente para mi gusto, pero le dejé imponer su ritmo y pronto comencé a sentirle en mi interior. ¡Esto era increíble! Nunca imaginé que alguien podría hacerme sentir así de bien, pero él lo estaba consiguiendo. Iba muy despacio y quizás lo hacía pensando en mí, pero yo le necesitaba ya en toda su magnitud. Estaba perfectamente lubricada, él se había encargado con suma destreza de que lo estuviera y no podía esperar más. Rodeé su cintura con mis brazos y me apreté con fuerza contra él y súbitamente invadió mi interior. Un pinchazo de dolor placentero se extendió por mi bajo vientre, pero inmediatamente sólo prevaleció el placer. Él dejó escapar un gemido áspero que consiguió estremecerme y no tardó en cubrirme con su cuerpo. A continuación comenzó a moverse deliciosamente en mi interior e intenté seguir su ritmo con mis caderas. Sentía sus abdominales, duros y flexibles contra mi estómago, mientras sus fuertes brazos me rodeaban y su boca descansaba en la mía, acariciándome con su aliento. De pronto aceleró el ritmo y sin poder evitarlo comencé a gemir. Me avergonzaba hacerlo, pero era inevitable, no podía contener tanto placer en mí, tenía que expresarlo de algún modo. Me encontraba muy cerca del clímax, lo intuía, pero de pronto él se detuvo y se envaró sobre mí. Su boca se acercó a mi cuello y sus dientes tocaron mi piel. Me sentía perpleja, ¿por qué se había detenido cuando estábamos tan cerca? De pronto salió de mi interior y rodó sobre la cama, alejándose de mí. Me incorporé para localizarle, estaba tan lejos de mí como permitía el apartamento. Me daba la espalda mientras miraba el cielo nocturno a través de los ventanales.
–Tristan, ¿qué ocurre? –le pregunté, sintiéndome aturdida.
–¡Es mejor que te vayas!, ahora –dijo en un tono autoritario y brusco.
–¿Por qué? –pregunté dolida.
–¿Es que estás loca, Giulia? ¿Por qué no me dijiste que eras virgen? –rugió sin mirarme.
–¿Cómo? –pregunté, totalmente descolocada.
–¿Es que pretendes perder tu virginidad y tu vida en una misma noche? –dijo con furia, volviéndose hacia mí.
Estaba confundida, ¿me estaba amenazando? Entonces sentí que algo escurría por mis piernas y desvié hacia allí mi mirada. Sangre. Me sentí avergonzada, no había previsto esto. Me levanté de la cama y descubrí que la sábana estaba manchada también, lo que me hizo sentir aún más violenta. Atrapé mis braguitas del suelo y me dirigí a toda velocidad al cuarto de baño para recuperar el resto de mi ropa.
Me limpié y me vestí lo más rápido que pude. Nunca imaginé que mi virginidad fuera un problema, pero al parecer para Tristan lo era… Cuando estuve lista, salí a hurtadillas del baño y descubrí que él se había puesto unos vaqueros y que había encendido la chimenea. Arrojó una tela al fuego, que prendió rápidamente. Estaba desconcertada, ¿qué diablos estaba haciendo? Eché un vistazo a la estancia y comprobé que había deshecho la cama y que lo que acababa de arrojar al fuego no era otra cosa que la sábana manchada con mi sangre… ¿Es que estaba paranoico?
De pronto se volvió hacia mí y toda la pasión que había en su rostro hacía sólo unos minutos se había volatilizado. Se había transformado en un tipo implacable y distante, para nada el Tristan que admiraba.
–Debiste decírmelo –siseó.
Me sentía confundida por su cambio de actitud.
–¿Por qué?, ¿tanto te molesta acostarte con una virgen? –pregunté disgustada.
–No es eso. No sé qué haces conmigo, Giulia, pero me vuelves un ser irracional. Esto no tendría que haber ocurrido, te dije que debías alejarte de mí y por el contrario te cuelas en mi apartamento y me provocas de ese modo... Esta noche has conseguido despertar mis peores instintos –siseó, acercándose a mí.
–¡Bien!, me alegra saber lo que piensas sobre lo que ha ocurrido entre nosotros. Por si te interesa saberlo, para mí estaba siendo una experiencia increíble, pero tú has conseguido que acabe siendo una pesadilla –le reproché, alterada.
Él apartó su mirada de mí y se dirigió a la puerta, abriéndola para que saliera. Ni siquiera me brindaba la oportunidad de largarme con dignidad.
–Esto no volverá a repetirse, de modo que no me busques –dijo.
–Tenemos un trato, ¿o es que no lo recuerdas? –le pregunté, furiosa.
–Cumpliré mi parte si tú cumples la tuya, pero añado una nueva condición, que te alejes de mí, ¿lo has entendido? –me preguntó.
No iba a aguantar más esa humillación, salí del apartamento y llamé al ascensor.
–No te necesito, Tristan. No es necesario que sigas ayudándome, me puedo valer muy bien sola –rugí, llena de ira.
Él se acercó a mí e intentó sujetarme por un brazo, pero le esquivé y me aparté de él.
–No se te ocurra volver a tocarme –dije, sintiendo las lágrimas escurrir por mis ojos.
Él ahora parecía asustado, me miraba como si temiera que me hubiera vuelto loca y posiblemente lo estaba, de nuevo había conseguido descolocarme.
–Espera, cálmate –dijo él, relajando su tono.
Negué con la cabeza y en cuanto el ascensor abrió las puertas me introduje en él y pulsé el botón de la planta baja.
–Giulia, por favor, no hagas ninguna locura –me pidió él desde el hall.
–¡Vete al infierno! –dije mientras se cerraban las puertas y le perdía de vista.
Era medianoche y aún diluviaba, pero no me importaba mojarme. Me sentía humillada, avergonzada, furiosa y sobre todo frustrada, pero lo peor de todo era admitir que él tenía razón. ¿Es que me había vuelto loca?, ¿cómo había podido acostarme con un tipo al que apenas conocía?
No sabía qué me había ocurrido, pero no había podido resistirme a él, le había deseado desde que le vi por primera vez, ahora me daba cuenta y lo peor era que incluso después de lo ocurrido esa noche, seguía deseándole. Me enfadé conmigo misma y me apresuré a buscar una parada de taxi, a esas horas de la noche me daba miedo volver en metro a mi apartamento.
Llegué empapada y con un humor de perros. Arrojé el bolso sobre el sofá y corrí las cortinas de la ventana del salón. Debí de haberme dado cuenta de que había un coche demasiado lujoso para la zona de Harlem estacionado frente a mi bloque, pero esa noche sólo quería cerrar los ojos y olvidar lo que había ocurrido. Sin embargo tardé en dormirme. No paré de dar vueltas en mi cama mientras maldecía una y otra vez a Tristan Reed y sin embargo cuando el sueño me venció, soñé con él y en mi sueño me recreé en el roce de su cuerpo contra el mío, en sus besos ardientes, en sus manos hábiles y expertas. ¡Maldito subconsciente!