Capítulo 7
Haciendo contacto
—¿Qué te tgae a este puegto, maguinego?
Siempre había pensado que era la frase perfecta para un bar como el Leven Anclas. Y parecía haber funcionado, porque el desconocido la observaba ahora con mayor atención. A ella, a su sonrisa, a sus pechos.
—¿Francesa?
A oídos de cualquiera, la voz del albino habría sonado como un susurro escalofriante, cruel, aterrador. Pero la camarera la encontró terriblemente sexy.
—Oui, de Paguís. Pego hace mucho que vivo en Madgid —respondió, retorciéndose un mechón de pelo con coquetería. Señaló la gorra del albino con un leve gesto de cabeza—. Tú tampoco egues de pog aquí, ¿vegdad, fogastego de espalda ancha?
* * *
El albino se adentró en la noche de Madrid con las manos en los bolsillos, la gorra calada hasta los ojos y la cabeza inclinada nada para no dejar ver su rostro ni sus ojos. Las calles del centro seguían abarrotadas de cazadores de regalos de última hora, pero todos, en su apresuramiento, caminaban ignorando a aquella figura corpulenta.
* * *
—¿Viste eso? —dijo Gabriel con una voz que delataba su nerviosismo.
Los dos amigos habían presenciado la escena desde una mesa al fondo del bar. Se habían situado allí después de ver al albino entrando al bar. Era tal su desconcierto que no intentaron dilucidar cómo o por qué estaban dentro de la novela.
—¿En qué capítulo pasó eso? —preguntó Alonso mirando hacia la puerta, nervioso también por la escena que acababan de presenciar.
—En el tercero, creo. Al inicio.
—Pues tenemos que hacer algo.
—Hay que localizar a Colifatto.
—Sí. Vamos. Debe estar en el teatro, interrogando a la niña.
Caminaron las pocas cuadras hacia el teatro, lo más rápido que pudieron. No tanto para poder hablar con el detective, sino por no correr el riesgo de encontrarse al albino. Ninguno lo dijo, pero ambos lo pensaron.
Al llegar al sitio del homicidio, avanzaron entre la gente y se acercaron a la valla policial.
—Buenas noches, queremos hablar con el detective Fermín Colifatto.
—Está ocupado —les contestó secamente un agente que resguardaba el perímetro.
—Tenemos información muy importante sobre este homicidio. Es importante que lo veamos.
—Entonces vayan mañana a su oficina y díganselo, el detective está ocupado.
—Pero...
Prefirieron no insistir. La expresión del agente les indicó que era mejor así.
—Vámonos, mañana temprano iremos a ver a Colifatto. Sabemos que estará allí y hablará con el capitán —dijo Alonso.
A la mañana siguiente, llegaron como habían convenido a la UDEAV y se presentaron en la oficina del detective Colifatto. De hecho, no era una oficina. Era un espacio enorme donde cabían diez escritorios en disposición rectangular. Se acercaron a la primera persona que vieron.
—¿El detective Colifatto?
—No se encuentra aquí. Está en la oficina del capitán Quijano. Aquél de allá es su escritorio.
Tomaron dos sillas y se sentaron a esperar.
—¿Cómo pasaste la noche? Yo no pude pegar ojo —dijo Alonso.
—Yo tampoco, me puse a leer nuevamente los papeles que traigo. Para tratar de encontrar alguna pista de por qué estamos aquí.
Trataban de pasar el rato mientras esperaban encontrar alguna solución, cuando se abrió una puerta en el fondo.
—¿No es ese Colifatto?
—Debe ser él. Va hacia la cafetería.
—Sigámoslo.
El detective estaba sentado cerca de la entrada tomando su café. Miraba hacia la calle, viendo a la gente que pasaba, pero sus ojos revelaban que estaba pensando en otra cuestión muy alejada de ahí. Tal vez en Buenos Aires.
—¿Detective Colifatto?
El detective les miró de arriba abajo.
—Tenemos información sobre el homicidio de ayer en el teatro.
No era la primera vez que alguien se acercaba a él con «información» sobre algún caso. Algunas veces resultaba que el culpable era algún monstruo de ultratumba o un ser de otro planeta que por alguna razón hacían de Madrid su campo de acción. Otras era un vecino que parecía sospechoso, pero que resultaba que lo que hacía era engañar a su mujer. Las menos, por no decir ninguna, la gente traía datos que servían para dar algún avance al caso en cuestión. Todo por tener un poco de atención o ser famosos por un día. Sin embargo algo en la actitud y disposición de los jóvenes le pareció sincera. Tenían miradas limpias, algo importante.
—¿Vieron algo o a alguien?
—No, pero sabemos quién es el asesino y dónde estuvo anoche después de cometer el crimen.
—¿Estuvieron en el teatro?
—No.
—¿Entonces?
—Sabemos que fue él.
Colifatto empezó a tener la sensación de que los muchachos querían llamar su atención para tratar de hacerse los importantes.
—¿Cómo sabéis que él es la persona que buscamos?
—Porque lo vimos entrar en el bar Leven Anclas, cerca de la escena del crimen. Y traía algo en la mano, parecía sangre. Él dijo que era tinta.
—¿Se lo dijo a ustedes?
—A una camarera del bar.
Colifatto decidió que era suficiente, no obtendría nada.
—Lo siento, debo irme.
La frase y la acción de levantarse fueron tan rápidas, que los amigos no pudieron decir nada más. Salió de la cafetería sin voltearse a verlos y caminó rápidamente por la calle, desapareciendo entre la gente.
Gabriel y Alonso se miraron.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ni siquiera terminó su café —atinó a decir Alonso.
Permanecieron sentados un rato indefinido sin cruzar palabra. La situación se había complicado. No sólo estaban encerrados en la novela, sino que tampoco podían ayudar a resolver el crimen porque no habían logrado convencer a Colifatto. Aunque tal vez hubiera otra forma de convencerlo y encontrar una salida a este asunto.
—¿Por qué no le hablaste del libro? —preguntó Gabriel, rompiendo el silencio.
—Sí, claro. Así nos hubiera dejado de ver con cara de que estamos locos. Y mientras le decías que escribiste el capítulo sexto, él rellenaba la solicitud de ingreso en un frenopático.
—Estaría mejor que haber quedado como tontos.
—No pudimos convencerlo en persona. A lo mejor podemos hacerlo de otra forma. Tal vez con una nota o una llamada anónima.
—Seguro —dijo Gabriel con ironía—. ¿Por qué no contactamos al Colifatto desterritorializado? Para que él nos haga el favor de persuadir a éste de que lo que decimos es cierto.
—Pues no sería tan mala idea.
—¿Lo dices en serio?
—La novela ha dado tantos giros que todo es posible.
—Analicemos lo que sabemos de los desterritorializados y decidamos qué hacer.
Regresaron al Café Central para planear su nueva estrategia. Estaban incómodos. Todo parecía igual, pero tenía un aire diferente. Las personas alrededor actuaban con una falsa naturalidad, como si dependieran de que alguien más les dijera qué hacer. Se sentaron en una mesa apartada y trataron de concentrarse en cómo llegar al otro territorio.
—Entonces sabemos que a través de la basura saben quiénes son o eran. Porque es la misma aquí que allá.
—También sabemos que necesitas sufrir un gran dolor para ir allá, aunque no puedes regresar.
—Tal vez sí se puede regresar. Recuerda que Babic dijo que algunos que no morían en la operación recordaban como si le hubiera pasado a alguien más. Pero algunos se quedaban desterritorializados. Es posible que fueran al otro lado y regresaran sin saber dónde estuvieron, ¿no crees?
—Tienes razón, pero si alguien fuera sabiendo dónde va a llegar, podría aprovechar su estancia para hacer algo.
—Bien, empecemos por la basura. Vamos a la parte de atrás.
Salieron del café y dieron la vuelta al local hasta un callejón donde había varias bolsas de basura. Comenzaron a romperlas y a meter las manos mientras intentaban concentrarse en la imagen de Colifatto vestido con un mono gris.
Iban por la tercera bolsa cada uno cuando se abrió una puerta.
—¡Eh, vosotros! ¿Qué coño creéis que hacéis?
Los dos amigos echaron a correr sin mirar atrás. La voz siguió insultándolos aunque no hizo ningún intento por alcanzarlos.
—Vamos a mi casa a lavarnos y darnos una ducha, debemos oler espantosamente —propuso Gabriel.
* * *

* * *
Más tarde, sentados en la sala de Gabriel, deliberaron sobre la acción a seguir.
—Lo de la basura no funcionó —sentenció Alonso.
—No, pero creo que no lo hicimos de la manera correcta.
—¿A qué te refieres?
—Pues... que uno de nosotros tendría que ir al otro lado e intentar contactar al otro desde allá.
Alonso no respondió inmediatamente porque se resistió a creer lo que planteaba su amigo.
—¿Alguno de nosotros tendría que morir?
—No. Recuerda que puedes ir y volver después.
—Eso si lo que dice Babic es cierto, pero también propuso que a veces algunos se quedan del otro lado, aunque no mueran. No sabemos cómo podría afectar a quien vaya.
—Lo sé. Sin embargo no veo otra forma de contactar al Colifatto desterritorializado.
A través de la ventana se adivinaba la posición del sol que estaba ocultándose. Una pequeña estrella comenzaba a verse en el cielo.
—Tendremos que arriesgarnos —dijo Alonso con decisión—. ¿Quién irá?
—Echémoslo a suertes.
Gabriel sacó una moneda y la aventó al aire.
—¿Cara o cruz?
—Cruz.
La moneda permaneció en el aire un instante, pero para ambos tardó mucho tiempo en caer. Finalmente aterrizó sobre el tapete junto a la mesa de centro sin hacer ruido. Era cara. Gabriel torció levemente la boca. No podía ocultar su desazón. Respiró profundamente y finalmente con la mayor calma posible dijo:
—¿Cómo lo haremos?
Alonso no quería responder porque no quería hacer daño a su amigo. No se imaginaba golpeándolo, cortándolo o haciendo las barbaridades que relataba Babic.
—¿Alonso?
—...
—¿Alonso?
—No sé, no quiero lastimarte.
—Yo tampoco, pero es necesario si queremos salir de aquí.
—No hay ninguna garantía de que salgamos de aquí.
—No la hay, pero es lo único que tenemos. Además, estamos en una novela, no creo que me pase nada en la vida real. Tal vez sea la salida de aquí. Como en la película que vimos, donde se tiraban de un edificio para salir de un sueño.
—¿No pretenderás tirarte por la ventana? Es un cuarto piso.
—Claro que no.
—Podrías romperte un brazo o una pierna. O si te golpearas la cabeza hasta podrías perder el conocimiento.
—Me parece mejor lo de la cabeza. Pero un solo golpe. Contundente. Tendré que perder el conocimiento inmediatamente. Deberás tener cuidado de que no me golpee al caer.
—Abre la puerta del armario. Hay una raqueta.
Alonso fue y encontró la raqueta que usaba su amigo cuando iban a jugar al club deportivo al que estaban inscritos. Nunca pensó que la usarían para otra cosa que golpear una pelota. Mientras tanto Gabriel se había sentado en el sofá y esperaba. Se notaba su nerviosismo. Su piel tenía un color entre amarillo y blanco.
—Vamos a hacerlo de una vez. ¿Listo? A la de tres.
* * *
Gabriel abrió los ojos y se encontró acostado en su sofá. Era de noche.
—¿Alonso? ¿Estás ahí?
Se incorporó y buscó por todo el apartamento. No había nadie. Salió rápidamente a la calle. No encontró a otros vecinos en las escaleras. Había un silencio demasiado profundo, como si fuera la única persona en el edificio. Salió a la calle, miró en ambas direcciones y no pudo ver a nadie. Pensó que era muy tarde, pero no se acordaba haber visto la calle tan sola. «¿Habrá funcionado? Existía una forma de saberlo». Caminó hacia la esquina donde estaba la tienda. Afuera había siempre un contenedor donde tiraba su basura. Estaba vacío. Ya había pasado el servicio de recolección. Desesperadamente trató de recordar dónde había otro contenedor. Recordó que había uno a tres manzanas en la dirección opuesta. Y que ahí había mucha basura, porque la gente solía dejarla aunque el contenedor estuviera lleno. Corrió como nunca lo había hecho en su vida. Llegó agotado por el esfuerzo. Tardó un poco en recuperar el aliento. Pero ahí estaba. El contenedor lleno de basura. Se paró frente a él, se arremangó el suéter, metió los brazos hasta los codos y cerró los ojos. Tuvo la visión de él y Alonso charlando en el Café Central. De ambos saliendo del Leven Anclas. El teatro. Esperar a Colifatto en su oficina y su breve charla en la cafetería. El primer intento con la basura. La discusión sobre ir al otro territorio. Entonces lo oyó. Era un ruido muy lejano, pero estaba acercándose. Vio las luces. Era el camión de la basura que se dirigía lentamente hacia él. Se paró y esperó mientras el vehículo se detenía cerca del contenedor y bajaban dos figuras vestidas de gris. Caminaron lentamente y comenzaron a levantar las bolsas que estaban alrededor del contenedor para llevarlas a la parte trasera del camión.
Gabriel se acercó a la cabina, subió los escalones y se asomó por la ventana. El corazón le dio un vuelco cuando vio a alguien sentado en el asiento del copiloto. Pero no era quien buscaba. Parecía dormido, pero él sabía que se había desmayado. Era Christopher E. McAndrews.
Descendió y se dirigió a la parte trasera. En el camino se encontró con una de las mujeres que estaban recogiendo la basura.
—Hola. ¿Eres nuevo?
—Sí, pero creo que sé un poco más que la mayoría.
—Eso dicen muchos.
—Estoy buscando a Colifatto.
—Está en la parte trasera acomodando la basura.
Caminó con prisa y ahí estaba Fermín Colifatto, concentrado en romper y repartir las bolsas de basura en el espacio del camión. Gabriel decidió que no perdería tiempo con explicaciones.
—¿Fermín Colifatto?
—Sí soy yo. O lo era. La verdad, creo que no importa.
—Mi nombre es Gabriel. Sé quién es el asesino del ojo de buey y también quiero decirte que tu vida peligra en el otro territorio.