Capítulo 2
Madre no hay más que dos
Lo de «madre» lo soltó el detective con un deje irónico que, no obstante, se le perdió en algún lugar de la garganta. El saludo sonó más patético que despectivo, y quien desconociera la verdadera relación entre ambos, como le ocurría al capitán Quijano, podría pensar que había afecto en sus palabras.
Ahí estaba ella: María Fernanda Gambazza Aguirre, inspectora de la Sección n° 17 de la Policía Metropolitana de Buenos Aires, departamento de Investigaciones de Delitos Complejos y, casualmente, segunda esposa del padre biológico de Fermín, Girolamo Colifatto, emigrante genovés por accidente (él quería ir a Nueva York, pero se equivocó de barco —uno de esos errores que te cambian la vida, de los cuales Girolamo cometería muchos).
Todo cambió el año en que Fermín Colifatto cumplió diez años. Su padre trabajaba en una oficina del barrio y su madre, la auténtica, era una hacendosa ama de casa que cuidaba con mimo a su único churumbel. La muerte accidental de Susana, que así se llamaba, desbarató el ordenado mundo del pequeño Fermín, pero aún más el de su padre. Porque, dramas aparte, la familia entera (reunida en Buenos Aires al cabo de años de sacrificios) supo entonces que el honesto señor Colifatto, con sus aires de mosquita muerta, había mantenido una larga relación adúltera con una mujer policía más joven que él, a la que instaló en casa una semana después de las exequias de Susana.
Fermín nunca la aceptó y para él la palabra «madre» tomó a partir de entonces un tinte de insulto que al capitán podría pasarle desapercibido, pero no a María Fernanda.
—Hola, hijito —le devolvió la pelota—. Cuánto tiempo...
La agente de investigación bonaerense era aún una mujer de buen ver. De hecho, parecía más joven que Fermín y su aspecto era mucho más saludable. Con su elegante atuendo, en medio del patio de butacas, entre su hijastro y el desaliñado capitán Quijano, tenía los aires de una dama clásica rodeada de vagabundos. Con sus zapatos de tacón, su falda estrecha y una espesa cabellera negra, resultaba más que atractiva.
—¿Qué hacés aquí? —preguntó Colifatto, cada vez más alterado, dejando escapar el acento porteño que procuraba disimular desde que estaba en España—. Capitán...
No obtuvo respuesta. Quijano podía ser torpe, pero no tonto, y había experimentado la natural desazón que surge en uno cuando las relaciones humanas no encajan en el tópico previsto. María Fernanda, profesional ante todo, tranquilizó al heroico funcionario mientras dejaba vagar la mirada por el escenario —nunca mejor dicho— del crimen.
—Ya le contaré, capitán. Centrémonos en los hechos.
Colifatto trató de ordenar sus pensamientos, concentrando la mirada en la brillante calva del capitán, volviendo al pasado. Su madrastra, a diferencia de su madre, era una mujer activa, moderna, trabajadora y no muy dada a perder el tiempo en las tareas del hogar. El ordenado mundo del pequeño Fermín, estudiante aplicado de primaria, se convirtió pronto en un caos de comida rápida y fría, pilas de platos sucios y grandes bolas de pelusa bajo la cama que parecían tener vida propia. El desorden de la propia Buenos Aires quizás hizo germinar en él, todavía niño, la impresión de que algo había fallado en los planes de Dios para la creación. Así pues, al tiempo que desarrollaba una personalidad un tanto patológica con respecto al orden, se convirtió en un descreído que se juró no seguir nunca los pasos de unos progenitores indignos. «Usted aprendió de la vida por negación», le dijo una vez un psicólogo uruguayo que no le liberó de ninguno de sus traumas.
Ni tampoco de las paradojas. Pese a su juramento, diez años más tarde, siguiendo los pasos de su aborrecida madrastra, ingresó en la Policía Metropolitana. No por vocación sino porque fue el mejor empleo que pudo encontrar y el único en el que admitirían sin tapujos a un maniático refractario a todo tratamiento de la muy celebrada psicología rioplatense.
—Capitán, ¿por qué está ella aquí? —Colifatto rompió el silencio del teatro tratando de acallar su propio ruido interno—. No deseo este caso, pero menos aún tener que trabajar con ella.
—Fermín, hijo, tu siempre tan terco.
—¡No me llames hijo!
—En realidad, detective —interrumpió el capitán, al que las disputas familiares producían ardor de estómago—, es una suerte que su... que la señora Gambazza...
—Inspectora... —apuntó María Fernanda con rapidez.
—Joder, eso quería decir. —El capitán se frotó la calva con la mano derecha y contempló con una mezcla de admiración y asco el brillo de su propio sudor—. Es una suerte para nosotros poder contar con la inspectora, coño. Es obvio que este caso guarda paralelismos con otros sucesos que les son familiares. Nos será de gran ayuda si...
—Es un cadáver incrustado en una O gigante —sentenció Colifatto lanzando palabras como una picadora de carne—. Ocurre todos los días. Es... consustancial a esta civilización. No sé qué paralelismos pueden ver en... en todo esto... con aquello.
De nuevo el pasado. Los crímenes del ojo de buey. Años atrás. Fue el primer caso importante de Colifatto. El único, en realidad —hasta el momento—, realmente importante. Y el primero en el que le tocó trabajar codo a codo con su madrastra. De hecho, fue ella la que le hizo llamar de la División de Tráfico. A pesar de sus rarezas, María Fernanda sentía cierto cariño por el anormal que le había tocado en suerte como hijo sobrevenido. La insistencia del padre, que veía a Fermín rellenando formularios de por vida, también tuvo algo que ver. Pese a sus manías, era un joven inteligente, y en la división investigadora tal vez podría hacer algo útil.
El agente Colifatto demostró entonces, contra toda previsión, poseer una extraordinaria capacidad para la investigación, a pesar de su flojera de estómago ante la sangre. Tal vez fuera su carácter metódico unido a una mente discursiva que valoraba todas las posibilidades. El «asesino del ojo de buey», como le apodaron en el departamento, seguía siempre el mismo procedimiento: secuestraba a su víctima sin, al parecer, preferencias específicas, como en una especie de lotería de la mala suerte. Tras dejar inconsciente al desafortunado, lo trasladaba a algún lugar, donde tallaba todo su cuerpo y su cara con una cuchilla, desangrándolo casi hasta la muerte. Entonces, con el aliento postrero pendiente de un hilo, trasladaba a la víctima a la zona portuaria y lo incrustaba en el ojo de buey de algún barco, medio cuerpo fuera, medio cuerpo dentro. Y allí quedaba expuesto en la penumbra de las dársenas —el asesino siempre actuaba de noche— hasta que soltaba su último suspiro en un lento goteo de vida.
Una característica llamativa de su modus operandi era que, lejos de lo que podría imaginarse, el criminal no buscaba la seguridad de los muelles desiertos. Por el contrario, prefería el bullicio del puerto deportivo o los muelles donde atracaban los ferrys que cruzaban, y cruzan, el Río de la Plata, siempre concurridos. El asesino parecía experimentar un gusto morboso por exponer su trabajo a la opinión del público. Colifatto estaba seguro de que, en el momento del hallazgo del cuerpo inerte, el asesino siempre estaba cerca, al acecho, comprobando la reacción de los espectadores, moviéndose en la frontera resbaladiza que separa el horror de la fascinación ante la muerte y la violencia.
—En mi opinión, Fermín —dijo la inspectora—, está repleto de paralelismos. Es evidente que el homicida ha venido siguiéndote. ¿No es paradójico?
¡No! ¿Qué tenía de paradójico? Jugaron al ratón y al gato durante meses, y el asesino supo enseguida que tenía en Fermín a su mejor crítico. Colifatto llegó a las primeras conclusiones apenas fue informado de los detalles: el asesino del ojo de buey no podía ser un marinero, deducción a la que se había llegado de manera precipitada en las diligencias previas.
«Los marinos sienten un respeto religioso por los barcos en los que navegan y no les gusta mancillarlos con sangre —había dicho—. Esto es distinto. El tipo, sin duda, conoce muy bien el puerto, y para trasladar los cuerpos desangrados y aún con vida debe de ser un hombre fuerte y corpulento. Pero carente del escrúpulo supersticioso de los buenos marinos.»

La hipótesis de un estibador pronto tomó forma, sobre todo teniendo en cuenta los numerosos conflictos del gremio con la autoridad portuaria. Un trabajador psicópata que deseara desacreditar a sus patronos no era una mala opción. Mataba dos pájaros de un tiro. Sin embargo, había algo demasiado obvio en esta posibilidad, y las pesquisas por este camino no llevaron, valga la obviedad, a buen puerto. De lo que sí estaba seguro Fermín Colifatto era de una cosa: el criminal tenía que ser albino. Su insistencia en actuar de noche no respondía al deseo de ocultarse, puesto que luego depositaba los cuerpos en lugares nada solitarios. La posibilidad de que el asesino simplemente padeciera una gran intolerancia a la exposición al sol se reforzó cuando en varios de los cuerpos se encontraron pelos blancos (pero no canas), cuyo ADN no pertenecía a las víctimas ni, tampoco, a ningún delincuente, al menos a ninguno fichado.
El sonido de las sirenas en la Gran Vía devolvió a Colifatto al presente.
—Está bien, estoy dispuesto a admitir ciertos paralelismos —concluyó al fin—. La O no es un ojo de buey, pero en Madrid no hay barcos, claro. Capitán, ¿qué sabemos del difunto?
Todos los asesinados en Buenos Aires eran extranjeros. Fue un punto de partida que dio a Colifatto una clave sobre la posible naturaleza del homicida. Los extranjeros abundan en una gran ciudad portuaria, como también abundan en Madrid.
—De momento no gran cosa —respondió algo azorado el capitán—. El cadáver no llevaba documentación. Uno de nuestros hombres ha dicho que en lo alto de la marquesina había una cartera, pero no han podido recuperarla. La han visto desde una de las ventanas del edificio.
—Si han bajado el cadáver, ¿qué les impide recuperar la cartera? —interrumpió María Fernanda—. Estamos perdiendo un tiempo precioso.
—Inspectora, lo del cadáver fue sencillo: sólo había que tirar de los brazos y dejarlo caer; pero la escalera no es lo bastante alta, y ninguno de mis hombres es lo bastante ágil como para auparse a la marquesina y luego volver a bajar sin caerse. Estamos esperando a que lleguen los bomberos, pero con el atasco que hay...
—Capitán, es posible que haya una trampilla de mantenimiento dentro del edificio. La marquesina tiene instalación eléctrica, habrá que limpiar de vez en cuando el polvo que se acumula, poner carteles nuevos cuando cambien de espectáculo, etc. —apuntó Colifatto.
—Vaya, no se me había ocurrido.
Madrastra e hijastro, pese a sus diferencias, intercambiaron una mirada de inteligencia, pero la comunión apenas duró un segundo. Y no porque se impusieran los viejos recelos, sino porque en ese momento entró en el patio de butacas un agente uniformado visiblemente nervioso:
—¡Jefe! ¡Tenemos un posible testigo!
—Navarro, lo que tenemos es trabajo. —El Capitán conocía muy bien a sus subordinados y su deseo a veces excesivo de agradar sin ton ni son.
—Jefe, que es en serio, que hay un testigo.
—Más te vale que sea algo serio, si no quieres volver a encargarte del tráfico, Navarro.
—Si ya hago eso en mi horario de mañana.
—Es verdad. Tengo que cambiar el repertorio de amenazas. ¿Quién es?
—Es una niña pequeña, de las que estaban esperando en la cola. Fue la primera en ver el cadáver. Hemos estado interrogándola aprovechando el estado de shock de la madre. Al principio no nos dijo mucho. Estaba histérica, pero...
—Pero, ¡¿qué?!
—Dice que había alguien más arriba. Que pudo verle bien.
—¡Tráigala ahora mismo! —ordenó el capitán Quijano, cada vez más satisfecho. Por un momento sintió que la acidez se le deslizaba esófago abajo, como por un tobogán orgánico.
—Sí, jefe, a sus órdenes. ¡Ah!, hay algo más.
—¿Qué?
—Un líquido que goteaba de la marquesina le manchó el vestido. En realidad fue eso lo que le hizo mirar hacia arriba. Al principio pensó que era sangre, y nosotros lo creímos también, pero al mirarlo con más detenimiento está claro que es otra cosa.
—¿Y qué es, Navarro, si puede saberse? —el flujo gástrico del capitán experimentó una ligera variación al alza.
—No tenemos ni idea. La policía científica está atrapada en el atasco. Pero no se preocupe. Tenemos la prueba a buen recaudo para su análisis.
—De acuerdo, ha hecho muy bien, Navarro. Ahora haga venir a la niña, por favor.
El agente Navarro hizo un amago de saludo militar y, tras usar la misma mano para recolocarse los huevos en el prieto pantalón de su uniforme imitación del SWAT, salió disparado hacia el mundo exterior. La puerta de vaivén, al abrirse, dejó entrar el barullo callejero, aumentado de volumen y cargado de frío.
Un segundo después regresaba al interior del teatro, llevando de la mano a la pequeña, una cría en bragas y camiseta, llorosa y mal cubierta con una guerrera policial. Al capitán Quijano le reventó la acidez como si fuera el Vesubio y la calva se le perló de un sudor corrosivo.
—Joder, Navarro, ¿cómo se le ocurre? Devuélvale el vestido a la cría, por Dios.
—Jefe, que es una prueba.
—¡Tome una muestra de líquido del suelo, imbécil! ¡Muévase!
Navarro, confuso, se ajustó la gorra y volvió a salir por donde había venido, dejando a la niña sola frente a los tres desconocidos. La inspectora Gambazza fue la que rompió el silencio.
—Tranquila, pibita, enseguida te traen tu bonito vestido. Sentate aquí, andá.
La niña pareció extrañarse ante el acento de la mujer, pero su tono de voz y la promesa de recuperar su ropa la tranquilizaron. El capitán Quijano se sobrepuso a sus males gástricos y se acercó a la pequeña. Colifatto miraba la escena con una tensión mal disimulada. Una niña medio despojada de su ropa y haciendo pucheros era algo a años luz de su idea de un universo ordenado.
—Bueno, no te preocupes, cielo. Estás a salvo. ¿ Cómo te llamas?
—Rosa...
—Muy bien, Rosa. Esto es muy importante, así que tranquila, y tómate tu tiempo. ¿Puedes contarnos lo que has visto?
En la Gran Vía continuaba la vorágine. Ajenos a la tragedia, miles de madrileños y turistas se apresuraban a hacer sus últimas compras. La arteria central madrileña y las calles adyacentes eran un hormiguero petrificado de automóviles. Hacia la plaza de España y hacia la calle de Alcalá, la corriente de coches parecía un monumento ruidoso al fracaso de una civilización. Algunos viandantes se paraban a mirar el manchurrón de sangre o de lo que fuera que goteaba de la gran O, pero los morbosos eran pocos: demasiada prisa y demasiada policía intentando dispersar el gentío.
Muy cerca de allí, en la calle Silva, en un bar decorado con motivos marineros y un gran ojo de buey en su fachada, un hombre apuraba una copa de aguardiente. Su espalda, ancha, cubierta con una cazadora de color azul, recibía a cualquier improbable visitante del tugurio. Bajo una gorra inadecuada con el logotipo de un equipo de béisbol de Florida, asomaba una mata de pelo blanco y fino. Su rostro se ocultaba en la casi tiniebla de la barra, pero su sonrisa, pulida por el aguardiente, reflejaba su brillo en las botellas polvorientas de un bar que se había equivocado de ciudad.