Capítulo 6

Translocalizados

riffs y acordes que, seguramente, aquella misma noche tocaría ante una apasionada pero poco entendida audiencia atraída más por la fama del local que por su amor a la buena música. O no, nunca se sabe. Gabriel, Gab para los amigos del facebook, no era aficionado al jazz, pero le gustaba el sitio por su ambiente bohemio. Quién sabe cuántas historias se habrían imaginado encima de aquellas mesas antes que la suya. Con un puñado de folios garabateados y llenos de tachaduras, de vez en cuando levantaba la vista y clavaba la mirada en los destellos azules que un solitario foco arrancaba de la superficie pulida de la Gibson Les Paul mientras imaginaba escenas del capítulo sexto. En su cabeza se entrelazaban multitud de ideas, parejas de personajes unidos por un guión, esquemas y posibles variantes a la trama. Lo que le impulsaba a escribir no era otra cosa que sentirse admirado por todos. Sí, era eso. Le gustaba ver su obra, fuera buena o no, en ese escaparate inmenso que era Internet. Pensar que podía transmitir el producto de su esfuerzo y talento a miles, quizá millones de personas en cualquier parte del mundo. Y gozaba con eso: con la sensación de poder que experimentaba al crear a su antojo una historia que una vez publicada pasaría a ser real. Podía entrar en la Historia. La eternidad.

Había quedado allí con Alonso, un amigo que hacía cortos. Es decir, que también contaba historias pero de otra forma. Cuando le vio asomarse tras los cristales levantó el brazo para hacerse notar. Alonso se sentó frente a Gabriel de espaldas al escenario después de pedir un gintonic a la chica que mataba el tiempo resolviendo un sudoku tras la barra.

—¿Qué, cómo lo llevas? —preguntó sin más.

—Tengo algunas ideas y un par de páginas terminadas a falta de revisar, pero me gustaría que antes de dártelas a leer, comentáramos un poco cómo se ha puesto el tema. ¿Has leído el quinto?

—Sí, en cuanto llegué a casa. Un giro brutal, tío.

—Es bueno, sí. Te lo lees de un tirón. Lo que pasa es que nos lo ha puesto muy difícil, ¿no crees?

—Qué va, tío. Yo creo que ahora se abren inmensas posibilidades de continuación y además, se ha reforzado la historia. Es más potente. Verás...

Alonso comenzó a exponer a Gabriel las múltiples posibilidades de continuación que había imaginado. De vez en cuando alzaba la voz sin darse cuenta y sin que ello incomodara lo más mínimo a Joaquín, que continuaba su ensayo absorto en su particular versión de All of me.

—Mira, hay que explicar por qué la Gambazza de repente quiere que le saquen los ojos al pobre Fermín. —La chica del sudoku le dejó el gintonic sobre la mesa junto con un cenicero de cristal lleno de cacahuetes.

—Vale, pero creo que eso es evidente. Si no se lo cargan, al final ella cae con los compinches. Le consideran el único capaz de resolver el caso y eso les obliga a impedírselo. No creo que debamos insistir en ese punto. Además, en el quinto capítulo el albino le dice a Winston: Tengo que deshacerme cuanto antes de ese tipo. Yo creo que está bastante claro. Lo que sí creo que es importante es dar una explicación al hecho de que Colifatto se ha desdoblado en el otro lado sin haber muerto. Decir qué o quién fue lo que le causó el dolor tan intenso. Cuando están en el otro lado, y nada más llegar Christopher, te leo: Lo que te convendría —interrumpió Colifatto— es saber si eres de un muerto o si sobreviviste. Yo, por ejemplo, sobreviví pero el dolor fue tal que en el proceso me desterritorialicé: mi sistema nervioso no quiso regresar...

—No creo que haya sido el albino —siguió Gabriel— porque que no le habría dejado escapar vivo. En todo caso, aquí hay un tema para alimentar la trama. Quizá más adelante.

—Hay bastantes puertas abiertas que hay que ir resolviendo, pero en este caso, eso sólo es un problema añadido. Ahora lo que procede es dar a la trama la fuerza necesaria para que el lector quede atrapado, no sé... Aquí ya no nos vale el consabido Cherchez la femme. Ya sabemos, casi desde el principio, quiénes son los malos. Así es que hay que buscar el tema central. De qué estamos hablando. Lo importante ya no son los crímenes, los hechos, sino las conexiones entre ambos universos, dimensiones, o como queramos llamarles. No sé tío..., es apasionante, todo un reto.

—Te leo lo que tengo escrito para el sexto:

«El despacho del capitán Quijano, en la UDEAV (Unidad de Delitos Especialmente Asquerosos y Violentos, como parte integrante de la Brigada de Homicidios de Madrid), estaba en la planta cuarta de un antiguo edificio de la calle del Pez.

Cuando fue ascendido a inspector jefe, le ubicaron en este despacho, cuya única ventana daba a un patio interior de forma irregular y tan pequeño que parecía más una chimenea que otra cosa, y que por supuesto no proporcionaba ninguna luz natural.

—Siéntese, por favor —dijo Quijano a la inspectora Gambazza sin levantarse de su sillón de escay con reposacabezas elevado—. ¿Por dónde empezamos? —El tono del capitán no ocultaba una cierta dosis de impaciencia—. Lo de la niña no lo veo del todo claro... y mientras no tengamos los resultados del laboratorio, la identificación, ya sabe...

—Está claro que las pruebas que se están encontrando pueden abrir líneas de investigación en cuanto se pueda determinar su naturaleza. También estoy de acuerdo en que la declaración de la niñita no aporta demasiado. Pero lo del maletín..., bueno eso ya es otra cosa. Hay que comprobar que la identidad es correcta. Que el cuerpo encontrado es el de ese tal McAndrews de las tarjetas, y que efectivamente es quién parece ser. Todo esto es rutinario, y debe ir haciéndose ya. En eso estará de acuerdo supongo, ¿no es cierto capitán? —Gambazza subrayó la palabra capitán.

—Por supuesto —lo dijo como si ya lo hubiera ordenado, pero después recapacitó y añadió—: Pero creo que antes habría que hacer un reparto de papeles, o sea, de tareas. Un plan de acción. Quizá usted, con su experiencia, podría encargarse.

—Mi opinión es que deberíamos centrarnos en el Congreso de la FITM —dijo la inspectora Gambazza esquivando la propuesta lo más sutilmente que pudo—, está claro que esto es lo más sólido que tenemos por el momento. Si le parece, me encargo yo personalmente.

La inspectora se levantó de la silla de confidente y se dirigió a la puerta, instante que aprovechó el capitán para lanzar una mirada furtiva a la fachada trasera de su anatomía que quedó abortada por un rápido giro sobre sí misma mientras apoyaba su mano en el pomo para decir:

—¡Se me olvidaba..., muchas gracias! —en un tono pasado de meloso para su edad. A continuación salió cerrando la puerta.

El capitán Quijano abrió el cajón superior de su mesa y tomó un clip pequeño que fue deformando poco a poco de manera inconsciente, creando con él diversas figuras; primero un triángulo, luego una especie de letra «G», que fue estirando hasta que quedó como una pequeña escultura abstracta que depositó sobre la mesa. Siempre lo hacía mientras buscaba respuestas, como otros hacen dibujos automáticos mientras hablan por teléfono.

Después llamó para que avisaran a Colifatto.

—Pasa...

—¿Quería verme, capitán? —dijo Colifatto mientras abría a medias la puerta.

—¡Pues claro, coño! Si no, no te habría llamado.

Colifatto cerró la puerta cuidadosamente y se sentó en el mismo sillón en el que poco antes había estado la inspectora Gambazza. Aún podía notarse el calor y eso no le pasó desapercibido.

—Bueno, ¿Por dónde empezamos? —dijo Quijano repitiendo la fórmula como un canon que habría aprendido leyendo alguna novela negra de quiosco.

—Pues en mi opinión, lo más urgente ahora es prepararse para lo peor, o sea, para el próximo cadáver —expuso Colifatto con suficiencia, como queriendo dejar claro que su visión del caso, su preparación, olfato y dotes de observación iban a ser decisivas en la resolución del caso— porque —añadió— va a haber otro cadáver, como ya habrá podido suponer. Ahora lo que yo haría sería ponerme a pensar cuál va a ser el próximo paso del asesino, las pistas son útiles, pero a veces son falsas, puestas ahí para engañarnos; no todo es lo que parece. En cuanto a los testigos, a veces se confunden, otras creen saber, y en ocasiones mienten por un afán de notoriedad. Lo único que nos puede llevar al criminal es nuestra mente, nuestra capacidad de deducción, de adelantarnos a los acontecimientos...

—Es necesaria una recopilación de todos los datos, pistas, indicios, no sé... de todo lo que sabemos hasta el momento —el capitán intervino con la clara intención de recordar quién estaba al mando.

—Sí, claro... eso era lo primero —intervino Colifatto— precisamente anoche, al regresar a casa, fue lo que hice. Aquí tiene una relación de todo lo que yo he considerado importante, y de todo lo que requiere una explicación por nuestra parte.

El capitán tomó el informe redactado por el detective y lo leyó atentamente mientras Colifatto se dedicaba a pasear disimuladamente la mirada por las paredes, el techo, la ventana, la mesa... hasta que su atención quedó fijada en el clip deformado. Un ligero escalofrío subió hasta su cuello, justo hasta el nacimiento del pelo, que le obligó a inspirar una considerable cantidad de aire para compensarlo sin que el capitán notara su incomodidad.

—Insisto... ¿por dónde empezamos?

—Bien, yo empezaría por el Congreso de la FITM. Pondría un par de agentes camuflados a ver qué pasa.

—El problema va a ser encontrar a alguien que no meta la pata a la primera de cambio. ¡Con esta pandilla de inútiles que tengo, joder!

—Y algo importante, si me lo permite. Sólo usted debe ser el que maneje la información relevante que vaya apareciendo...

—¡¿Qué cojones quieres decir, Colifatto?!

—Quise decir que es usted quién está al mando, y por tanto el más autorizado para manejar la información sensible —mintió Colifatto, que no encontraba una respuesta convincente.

—Vale, dejemos eso. Entonces, un par de agentes será suficiente. ¿Cuándo empieza el Congreso?

—Ya ha empezado, capitán.

—Encárgate de todo. Y no te creas que soy gilipollas. Tú y la inspectora vais a tener que contarme algunas cosas muy pronto por la cuenta que os trae.

Colifatto interpretó aquello como el final de la entrevista, por lo que se levantó y se dirigió a la puerta sin decir nada, pasando por alto que el que calla otorga.

—Un momento —dijo el capitán como queriendo aliviar la tensión que acababa de crear—, hay un asunto que quería comentarte. Es algo personal... no sé cómo decirlo. En fin, ¿te importaría?, quiero decir, si la inspectora y yo..., bueno ya sabes... He notado un cierto interés en ella, alguna mirada tierna, su tono de voz...

—No sé exactamente qué es lo que espera que le diga, capitán, pero no me importa lo que haga la inspectora con su vida siempre que no afecte la mía. Lo que sí le diré es que su aparición aquí ya me ha traído complicaciones. En cuanto a usted, es muy libre de hacer lo que quiera. Lo único que deseo es quedarme al margen. No considero que entre esa mujer y yo exista ningún vínculo, por mucho que ella lo pretenda. Ya destrozó mi vida una vez y no quiero que vuelva a hacerlo.

—No, por supuesto. Eso es todo. Gracias Fermín.

Colifatto salió del despacho del capitán con la absoluta certeza de que algo iba mal. Mucho peor de lo que imaginaba. Lo que acababa de oír era la confirmación más evidente de sus temores. Desde que apareció en el teatro supo que no tardarían en aparecer los problemas. Ahora ya estaban aquí.

Decidió tomarse un descanso, así es que bajó hasta la calle y entró en la cafetería a la que solían ir los de la Brigada. Pidió un café para llevar, pero decidió tomárselo allí mismo.

Un par de calles más abajo, un chino de aspecto juvenil, pero de edad difícil de determinar, se encontraba sentado sobre una scooter de color negro delante del ventanal de una cafetería que hacía esquina. Estaba sentado con las piernas flexionadas en un difícil equilibrio incomprensiblemente cómodo para él. Tenía un cigarrillo en la mano que llevaba a su boca con parsimonia. La gente pasaba entre él y el cristal de la cafetería. Le llamaba la atención una mujer atractiva que acababa de entrar en el local llevando en su mano izquierda un maletín de ejecutivo. A decir verdad, le llamaba más la atención el maletín que la mujer, pues no le encajaba del todo con la forma en que ésta iba vestida.

La mujer se situó en el extremo izquierdo de la barra de espaldas a la calle. Justo entre la barra y la máquina tragaperras. Desde su posición, el joven pudo verla perfectamente. Vio cómo dejaba el maletín en el suelo a su derecha y pidió un té. Inmediatamente pidió la cuenta y pagó, aún cuando todavía no se lo habían servido. Esperó.

Fuera, en la acera, desde su casual atalaya, el chino siguió observándola. No pudo dejar de pensar qué podía contener el maletín. Pasaron varios minutos. La gente siguió entrando y saliendo. Entre los que entraban había un hombre elegantemente vestido. Es otro ejecutivo, pensó el chino. Se situó al lado de la mujer del maletín y pidió algo al tiempo en que ella apuraba su taza.

Entonces la mujer se giró y se dirigió hacia la salida. El joven se dio cuenta de que ahora no llevaba el maletín. Y lejos de pensar en avisarla de su olvido, se mantuvo a la espera sin perder de vista al hombre que ahora estaba junto al maletín. Tenía claro cuál era su objetivo.

El hombre no parecía haberse percatado de la existencia del maletín en el suelo. Ni siquiera lo había mirado.

El chino decidió entrar. Se acercó a la máquina tragaperras, introdujo una moneda para hacer tiempo. Miró de reojo al ejecutivo y siguió jugando. Esperó a que el hombre se marchase para ocupar su lugar y hacerse con el maletín. Está muy cerca de él. Justo detrás.

El ejecutivo dejó un billete y recogió el maletín con naturalidad ante el asombro del jugador. Se dirigió a la puerta. Ya en la calle, pasó por delante del ventanal de la cafetería.

El joven salió tras él manteniendo una distancia suficiente como para no ser visto. Era fácil seguir a este hombre pues por su altura, su pelo blanco emerge sobre las cabezas de la gente y le recuerda las montañas nevadas de Daocheng en su tierra natal.

Le siguió durante un buen trecho hasta que se vio obligado a detenerse. El hombre acababa de entrar en una agencia de viajes. El chino se refugió en un portal no lejos de la agencia, y esperó pacientemente la salida del hombre. Pasados unos quince minutos, el hombre salió de la agencia y continuó su marcha. No miró hacia atrás en ningún momento. Al llegar a una esquina, giró a la derecha, perdiéndose de la vista de su perseguidor. El joven chino apretó el paso. Cambió de acera y pasó de largo la calle casi hasta la otra esquina. Entonces se detuvo a observar que el hombre continuaba su camino. La calle era algo más estrecha y menos transitada. De hecho sólo ellos dos estaban en ella. Decidió continuar. Sacó del bolsillo izquierdo de su cazadora un paquete de cigarrillos rubios y un encendedor. Llevaba el cigarrillo en la boca y el encendedor en la mano. Su concentración era máxima. Su plan consistía en pararse a encender el cigarrillo en caso de que el hombre se diese la vuelta. Así podría ocultar su cara, cubriéndola con la mano como para proteger la llama del viento. Después continuaría pasase lo que pasase. Pero el hombre siguió su marcha confiado.

Al fin, el hombre de pelo blanco entró en uno de los portales. Era una casa antigua. Subió las escaleras hasta el rellano intermedio. Había una ventana que daba a la calle. El albino se asomó discretamente y pudo ver cómo el joven, ya en la esquina, sacaba un móvil del bolsillo derecho de su cazadora y hacía una llamada.

—Estás muerto, chico— piensa.

Tras cuatro tonos, alguien descolgó al otro lado de la línea:

—¿Si?

Cleo que tengo algo bueno pala ti.»

—¡Joder, lo del chino me ha gustado! Es un confidente del capitán, ¿no?

—Bueno, eso no lo sé aún. También podría serlo de Colifatto, depende de por dónde queramos llevar la historia.

—¿Y qué pasa con los desterritorializados?

Gabriel no pudo contestar. La puerta de madera y cristal del Café Central crujió levemente al abrirse, pero no fue eso sino la brisa fría que les envolvió lo que hizo que ambos volvieran la cabeza hacia la entrada. Luego, sin decir palabra se miraron y descubrieron en el otro la misma expresión de asombro. Acababa de entrar un hombretón con una cazadora gastada y larga; llevaba una gorra de béisbol de un equipo de Florida que ocultaba una mata de pelo blanco y fino. No podían ver sus ojos, pero un inmenso escalofrío recorrió sus cuerpos cuando el gigante se volvió a mirarlos. Su ojo azul grisáceo no dejaba lugar a dudas. Bajaron la vista hacia los papeles y disimularon en un acto reflejo de su instinto de conservación. ¿Qué está pasando?, pensaron. No puede ser. Alonso tomó uno de los papeles que estaban sobre la mesa y le dio la vuelta. Tomó el bolígrafo y escribió:

«Este tío se parece demasiado al de la novela. O es un friki y se ha disfrazado como el albino o es realmente él. Pero si es real, quiero decir, si es realmente Greg, el personaje, entonces...

¿QUIÉNES SOMOS NOSOTROS?»

Cuando terminó de escribir la nota, le dio la vuelta para que Gabriel pudiera leerla. Mientras lo hacía, ambos notaron cómo la luz fue haciéndose más tenue. La guitarra había dejado de sonar. Alonso miró hacia el exterior: de repente había oscurecido. Fue entonces cuando reparó en la ventana. Lo que antes era una especie de escaparate rectangular ahora se había transformado en una pequeña abertura circular enmarcada de latón. Sí, era un ojo de buey. Como los de los barcos. Sintió un pinchazo en la nuca como si le hubiera caído un rayo encima. Con todo el miedo del mundo metido en el cuerpo volvió de nuevo la mirada a la barra. La chica ya no era la misma, y detrás de ella, sobre los anaqueles de botellas polvorientas, en un trozo de madera con letras doradas pudo leer: «LEVEN ANCLAS».