Capítulo 5

Desterritorializados

High School Musical. Se observó. Lamparones empapaban el abrigo, negro, ¿recién comprado? No lo sabía, se dio cuenta de que no lo sabía, así como tampoco sabía cómo había llegado hasta allí. Agitó los hombros y la espalda, estiró los brazos y flexionó las piernas, nada le dolía. Agarró el maletín, tirado a su derecha, sobre una gruesa capa de excrementos de paloma y desechos, y echó un vistazo alrededor: las calles vacías; las ventanas de los edificios sin luces que delataran presencia humana. Permaneció así unos segundos, con la vista fija en la avenida que nacía en la confluencia de las tres calles, a la espera de que un coche patrulla o cualquier ciudadano pasase. Volvió a detener su atención en el sonido. No era un sonido de ciudad, ni rural, ni de mar, ni de ningún otro lugar por él antes visto. Conocía perfectamente a qué sonaban las ciudades de los cinco continentes por haber pasado media vida viajando, siempre por asuntos de negocios. Conocía el sonido del campo por las vacaciones que repartía entre la casa de Cerro Negro, en la Pampa Argentina, y la otra de la sierra de Guadarrama, Madrid. Reconocería también en cualquier parte del mundo el sonido del mar porque los cruceros eran su negocio; incluso había vivido un año en un trasatlántico que cubría la ruta Buenos Aires-Lisboa (lo había hecho por probar, por saber qué sensaciones experimentaban los viajeros, por ver si era verdad la publicidad de los trípticos que él mismo mandaba redactar). Pero eso que ahora oía nada tenía que ver con todo lo que su memoria sonora había retenido. En realidad, no se oía nada salvo un zumbido que sólo podía proceder de sus oídos, producto de un golpe. Dio unos pasos sobre la capa de excrementos de paloma, con cuidado de no patinar. «Excrementos, la cosa que más aborrezco.» Calculó el salto en el extremo de la marquesina: unos cinco metros. «Rotura de fémur, seguro», se dijo, así que dejó caer el maletín a la acera, que generó un ruido, perfectamente reconocible como maletín medianamente lleno que cae desde una altura de cinco metros a una acera, y a continuación se aproximó al otro extremo de la marquesina. Unos manojos de cables eléctricos, trenzados con otros que parecían ser de televisión, bajaban por la fachada del teatro, medio sueltos. Agarró todos cuantos le cupieron en las manos, puso ambos pies en la fachada, descendió, y nada más tocar suelo se acercó el maletín. Dio unos pasos de un lado a otro de la acera. El lugar le resultaba familiar, de verlo en fotografías o postales, pero no tenía claro en qué punto de la ciudad se encontraba. Se sentó en el bordillo frente a la puerta del teatro a esperar que alguien pasara. Miró el reloj: 3:37 am. Entre dos coches, justo frente al lugar donde estaba sentado, un contenedor de basura le ocultaba parcialmente la visión de la avenida; desbordado de bolsas, era la indicación de que los basureros aún no habían pasado, así que más tarde o más temprano aparecerían. Extrajo un paquete de Marlboro del bolsillo interior de la chaqueta que, cubierta por el abrigo, no tenía una sola mancha. La primera calada le supo a gloria, como si fumara por primera vez, o como si hiciera años que no fumara. Miró hacia arriba, el humo ascendió hasta perderse en un luminoso High School Musical. «Pero ¿qué demonios será eso de High School Musical?» Detuvo la mirada en el contenedor de basura con un escudo en el centro que decía Ayuntamiento de Madrid. No pudo apartar la mirada de ese contenedor de basura mientras el cigarrillo se consumía entre sus dedos.

* * *

* * *

—Lo que trato de decirles, estimados colegas, es que comparto la tesis de Pierre Flourens.

—¿De quién?

—De Pierre Flourens, fisiólogo francés, siglo diecinueve. Ya murió.

—Sí, ya nos imaginamos que murió. ¿Podría especificar a qué tesis se refiere?

—Básicamente viene a decir que puede demostrarse que cualquier anestesia de quirófano, así como la pérdida de conciencia fruto de la exposición al dolor extremo, funcionan sólo en el nivel neuronal de la memoria, no en el sensitivo.

—¿Puede explicarse mejor?

—Cuando en un quirófano abrimos a un paciente, éste experimenta un dolor terrible, sólo que, cuando se despierta, no lo recuerda. De la misma forma, cuando un cuerpo es expuesto a un dolor indescriptible, pierde la conciencia. Al despertar, no recuerda lo acontecido mientras ha perdido el conocimiento. Según esto, el cometido de las anestesias y de la pérdida de conciencia no es eliminar el dolor, sino la memoria del dolor.

—Ya. ¿Y hay alguna manera de demostrarlo?

—De momento no, sólo a un nivel de neurología teórica, pero estoy desarrollando el plan para un programa de investigación, en cobayas.

—¿En qué consiste ese programa?

—De momento, materia reservada.

—Sabe perfectamente, doctor Babic, que cualquier programa de investigación debe ser autorizado por la Comisión.

—En efecto. Lo presentaré a su debido momento.

—Conste en acta que ha sido advertido. Puede irse.

El doctor Greg Babic, tras mantener esta conversación con la Comisión y Observatorio de Prácticas Sanitarias Croata, la tarde el 28 de febrero de 1987, tomó su utilitario y se dirigió directamente a su domicilio, un piso modesto, planta baja, en las afueras de la ciudad de Zagreb. Una vez hubo colgado el abrigo en la entrada, puso agua a calentar en un cazo, estampado con girasoles, dejó la bolsa de té en la taza vacía, y bajó al sótano, al que se accedía por una trampilla de hormigón. Harían falta tres hombres para abrirla pero él solo se bastaba. Una mesa desnuda, un archivador y un banco de pruebas con un equipo de cirugía, anticuado pero bien conservado, fruto del desmantelamiento de un hospital, eran los únicos habitantes del espacio. Abrió el archivador para pasar varias carpetas al vuelo. Se detuvo en la que ponía, con letra manuscrita, «DESTERRITORIALIZACION». Tomó esa carpeta y subió a la planta baja. Vertió el agua hirviente en la taza y, mientras aquélla tomaba color, de pie, frente a la ventana (la calle hundida bajo la nieve, automóviles del color de los dinosaurios, pájaros monocromos en las ramas), marcó un número de teléfono. Le respondió una voz entrecortada:

—Diga.

—Hola, Winston, soy Babic, Greg Babic.

—Hola, albino. ¿Lo has decidido ya?

—Hoy mismo voy a comprar los billetes para allí. Tomo el vuelo nocturno.

—Muy bien, llámame nada más llegar. Toma nota: calle Florida, número mil veintitrés. Te espero.

Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, el albino se había surtido de material de quirófano decente, y había alquilado un local, también situado en un sótano —calle Florida, 1023—, bajo la casa de Winston, para comenzar cuanto antes su investigación. Con esos cimientos bien puestos, en los años que siguieron iría eligiendo meticulosamente a sus pacientes. Nada más goloso que ofrecer operaciones gratis, para cualquier clase de patología, en aquellos años de crisis económica. Una vez abierto el paciente, su estrategia clínica consistía en forzar al máximo el interior del cuerpo, infligirle dolor extremo aún teniendo la dosis de anestesia preceptiva, expandir la operación quirúrgica temporal y anatómicamente tanto como pudiera, maltratar órganos colindantes, sanos incluso, con especial atención al rostro, la zona más sensitiva del cuerpo: llevar, en definitiva, al límite la dialéctica carne-bisturí, anestesia-dolor. Si algo fallaba, con resultado de muerte (cosa que sólo ocurría ocasionalmente), le sobraban trucos y recursos para hacer desaparecer el cuerpo: Winston se encargaba de ello. En el momento en el que demasiados cuerpos sin vida comenzaron a aparecer, la investigación de esos hechos le fue asignada a un recién entrado al Cuerpo, Fermín Colifatto.

Por lo que se refiere a la carpeta «DESTERRITORIALIZACIÓN», que daba cuenta de todos los nombres y casos clínicos de los pacientes que, aun estando dormidos, habían habitado durante unas horas el «terrible territorio del dolor» (como él le llamaba), se quedó pequeña muy pronto, por lo que le siguieron «DESTERRITORIALIZACIÓN-2», «DESTERRITORIALIZACIÓN-3», y así sucesivamente hasta la número 7. Fue cuando inauguró esa, la número 7, cuando comenzó a sospechar que, no sólo algo no iba mal, sino que quizá todas las pruebas que venía acumulando, a fin de demostrar que en la mesa de operaciones el cuerpo siente un dolor horrible que luego es olvidado, le llevaban a una hipótesis muy superior a la prevista, casi escandalosa.

Una mañana, tras poner el agua a calentar en un cazo decorado con margaritas, e introducir en una taza, estampada con el rostro de Maradona, la bolsita de té verde, subió a casa de Winston, que se encontraba en ese momento estudiando un caso atípico de melanoma en una rata blanca, y aporreó la puerta pidiéndole que bajara.

—En diez minutos bajo —dijo Winston—, estoy exprimiendo la vejiga a este roedor.

Al los doce minutos, un Winston ojeroso, vestido con el mismo un traje de hacía siete días y una corbata amarilla moteada de pequeñas salpicaduras de sangre, se sentaba en el sofá del albino.

—Winston, tengo el convencimiento de que hay algo más. ¿Quieres un té verde con güisqui?

—No, dispara, que tengo prisa. Dejé la vejiga a medias.

—Algunos pacientes, cuando se despiertan, dicen haber sentido algo, recuerdan un dolor, pero en otro lugar, como si el dolor se aplicara sobre otra persona, aunque les doliera a ellos. O lo que es lo mismo, en esos momentos ellos ya no están en la mesa de operaciones en cuerpo, sino en dolor. El cuerpo está en otro lugar, y el dolor se queda en la mesa, flotando como un gas o como un espectro sobre el cuerpo inmóvil. Dolor químicamente puro.

—Explícate mejor. Dame ese güisqui, pero sin té.

El albino vertió un buen chorro en una taza de porcelana, que tenía estampada la cara de Caniggia, y la dejó sobre la mesa, al alcance de una flexión de brazo de Winston.

—Los pacientes dicen recordar cierto dolor como si fuera ajeno a ellos porque, en efecto, se desdoblan durante la anestesia, se van a otro lugar, aparece un doble, pero el dolor se queda en la mesa de operaciones, con el cuerpo inerte. Lo mismo ocurriría, técnicamente, cuando el sujeto es sometido a tal dolor que pierde el conocimiento. Al despertar recuerda cierto dolor, pero no lo ha experimentado. ¿Entiendes?

—Como cuando hace siglos se decía que, al morir, el cuerpo se separa del alma —dijo Winston.

—Algo parecido, salvo dos cosas: una, aquí él es el dolor y no el alma; y dos, no es necesario estar muerto para experimentar la separación, basta con estar anestesiado o con haber sido sometido a un dolor tan extremo que el sujeto haya perdido el conocimiento. De cualquier manera, eso da igual, lo importante es que se desdoblan. Por supuesto, el doble desaparece, es decir, el paciente vuelve a ser uno y sólo uno cuando se despierta y regresa a la consciencia. No es como un sueño, es diferente, algo mucho más real y coherente, por lo que cuentan.

—Todo cuadra —dijo Winston en tanto sorbía güisqui de la taza.

—Sí, esto amplía mi teoría, la expande, es una desterritorialización mayor de lo que había imaginado, aparece otro territorio real, el de los dobles. Ocurre que la anestesia o la pérdida de conciencia impiden que se despierten: es una imposibilidad física. Por otra parte, como ya sabes, yo imprimo un dolor brutal, lo fuerzo hasta que el sistema nervioso no puede más, y es entonces cuando el cuerpo, atrapado en esa brutal contradicción, que podríamos enunciar como «anestesia máxima versus dolor máximo» o como «conciencia versus dolor máximo», sólo tiene una salida: desdoblarse, fugarse a otro lugar. ¿Me sigues?

—Claro que sí.

—Bien, pues si el paciente fallece, el doble no puede regresar, se queda en ese territorio nuevo, para siempre, un territorio que no es la muerte, Winston, no es la muerte, sino un lugar paralelo en el que vagabundean esta clase de pacientes, los desterritorializados. ¿No es maravilloso, Winston? Es la desterritorialización total, radical. Lo que yo estaba esperando.

—Entonces —dijo Winston carraspeando y sirviéndose otro trago mientras Caniggia le sonreía desde la taza—, según tú, para resolver la dicotomía «anestesia máxima versus dolor máximo» o «conciencia versus dolor máximo», el cuerpo genera un doble como escape.

—Eso es, eso es.

—Y cuando el paciente muere, el doble no puede regresar, se queda por ahí.

—Eso es, eso es.

—Interesante.

—Bueno, no sólo cuando muere. Verás, hay un problema: en contados casos, si el dolor es muy grande, el doble no regresa aunque el sujeto vuelva en sí y continúe con su vida normal y todo.

—Pero en ese caso, existirían al mismo tiempo dos sujetos: el original, aquí, en este territorio, y el doble en el otro territorio.

—Eso es. Ocurre, pero en contados casos. Lo común, ya te digo, es que, en caso de no morir, el doble regrese cuando el sujeto despierta, y siga su vida normal como si nada.

—Muy convincente. ¿Hay alguna manera de demostrar todo esto?

—De momento, no.

—Muy convincente —repitió Winston con los ojos perdidos en los de Caniggia—. Lamentablemente no creo que puedas seguir mucho tiempo con los experimentos. El poli ése, Colifatto, se está poniendo pesado: el otro día vino preguntando, por si había visto algo raro en el barrio.

—Mierda de tío. No nos dejará en paz.

—Me enseñó una libreta, tiene anotados todos los muertos, numerados, con cifras y todo: 1, 2, 3, 4... hasta el número 43.

—Tengo que deshacerme cuanto antes de ese tipo —dijo el albino.

—Pues has de darte prisa. Yo también estuve preguntando. Parece ser que quiere irse a España, y que la investigación pasaría a otro, bueno, a otra, una mujer, la inspectora Gambazza. Quizá aparezca por aquí haciendo preguntas... Oye, subo, que la rata ya estará en coma y se me echa a perder.

—¿Vamos a comer al italiano?

—A las dos subo a buscarte.

* * *

Tras una hora caminando sin tener claro si describía círculos o zigzags, Christopher llegó a la Gran Vía. Los rótulos de las tiendas, iluminados. Maniquíes correctamente vestidos en los escaparates, pero ni un chino vendiendo cervezas, ni una pandilla de niñatos montando bronca, ni una puta ofreciendo servicios, ni una sola patrulla de policía. La aparente ausencia de vida comenzó a preocuparle. Dejó atrás un McDonald's, cuyas mesas partidas no dejaban duda del abandono (parpadeaban, no obstante, detrás del mostrador, las luces de una maquinaria obsoleta); también pasó por delante de un edificio, identificado en su fachada como La Casa del Libro, que tenía un águila imperial ibérica, disecada, con las alas extendidas de punta a punta del escaparate (Christopher se vio reflejado en los ojos del animal y, de algún modo eso le tranquilizó), hasta que un poco más adelante, al divisar la Plaza Callao vio un resplandor intermitente, que venía de esa misma plaza. «Ahí está la policía». Apuró el paso. Nada más girar vio que se trataba del camión de la basura. Un hombre y dos mujeres, vestidos con monos grises, volteaban los contenedores frente a una churrería. Se acercó.

—Hola, ¿podrían ayudarme?

Le miraron sin detener su trabajo. Una de las mujeres, de pelo cano, que según un cálculo rápido le pareció a Christopher que tendría unos 50 años, contestó:

—¿Eres nuevo?

—¿Cómo que nuevo?

—Sí, si eres nuevo, si has llegado hoy.

—No te entiendo, perdona.

El hombre dejó el arrastre del contenedor y se acercó a Christopher.

—Entonces, es que aún no lo sabes —apuntó.

—¿Saber qué?

—Pues que estás en el otro lado. —Dejó un silencio—. Deberías averiguar cuanto antes si vienes de un muerto o si te recuperaste de la operación o de lo que fuera que te pasara.

—Disculpe, no sé de qué me habla.

—Ahora lo sabrás, ven, acércate, toca.

—¿Cómo?

—Venga, sin miedo, toca la basura. Fíate de mí. Somos funcionarios del ayuntamiento, estamos de servicio.

Christopher se aproximó, metió la mano en el contenedor, y, de pronto, al tacto de las bolsas, vio su vida, toda su vida concentrada en un segundo: una flota de barcos de recreo, una mujer y un hijo, él jugando con el crío, vacas y sus vacaciones en la Pampa, su chalet en sierra de Guadarrama, un congreso, una conferencia, también una fiesta en el tercer piso de un céntrico local de Madrid. Entonces, como si hubiera recibido un calambrazo, sacó de golpe la mano del contenedor.

—¿Has visto? —le dijo el hombre a un Christopher enmudecido—, la basura es lo único que nos mantiene unidos al otro lado, por eso todos queremos ser basureros. Por cierto —estiró el brazo con intención de estrechar la mano de McAndrews—, me llamo Colifatto, Fermín Colifatto.

Indeciso, Christopher se identificó mientras también tendía la mano. La mujer de pelo cano dijo llamase Mónica, y la otra, poco más que adolescente, Julia.

—Estás aquí por alguna intervención quirúrgica o por una exposición al dolor salvaje —dijo Mónica—. Con el tiempo, a medida que vayas tocando más bolsas de basura, irás recordando cosas, como si vieras una pantalla de cine, pero olvídate de regresar.

—Lo que te convendría —interrumpió Colifatto— es saber si eres de un muerto o si sobreviviste. Yo, por ejemplo, sobreviví, pero el dolor fue tal que en el proceso me desterritorialicé: mi sistema nervioso no quiso regresar. El caso de Mónica y Julia es distinto, vienen de dos muertas, directamente. A ver si averiguamos de qué estado corporal vienes. Vuelve a tocar, pero mete bien la mano.

Christopher se acercó, sumergió la mano en una bolsa, hasta el fondo. Cerró los ojos. Tras pocos segundos compartió:

—No veo nada más allá de alguien abalanzándose hacia mí. Un hombre enorme de ojos bicolores.

—Entonces, como ellas, vienes de un muerto. Yo, cuando toco la basura, me veo en el otro lado, persiguiendo aún al desgraciado que me hizo esto. No creas que es agradable.

—Me estoy mareando —dijo Christopher—. Esto no puede estar pasando.

—No sabemos por qué ocurre esto con la basura —dijo Mónica—, pero esas bolsas son la única cosa en común que hay entre este lado y el otro. La basura es lo único que en ambos lados tiene el mismo aspecto, olor, sonido, sabor y tacto, por eso es lo que conecta. Que te lo explique Colifatto, que para eso en el otro lado es detective.

Las dos mujeres rompieron a reír.

—Es lógico —continuó Colifatto—, cualquier investigador sabe que en cualquier transformación de un lado a otro, sea de Universo o de personalidad, es necesaria una constante, algo que no cambie. Piénsalo: una transformación que produjera un cambio en todas las cosas, absolutamente todas, sería lógicamente imposible, inimaginable. Sería como crear un nuevo mundo desde la nada. El Universo posee constantes, y la constante entre éste y el otro es la basura. Yo tampoco sé por qué.

Christopher se desplomó en la acera. Entre los tres, lo subieron al asiento del copiloto.

—Ponle el cinturón de seguridad, que no se vaya hacia delante —dijo Julia.

—Joder —exclamó Colifatto—. Está tan oxidado que no se abre. ¿Cuántos años hace que no se usa?

Mónica y Colifatto se engancharon a las barras traseras; Julia metió primera y pisó suavemente el acelerador. El camión giró en Gran Vía, se detuvo frente al escaparate de La Casa del Libro. Apagaron las luces y observaron los ojos del águila hasta que amaneció.