Capítulo 3

Cincuenta y tres

¿Sería aquel hombretón de espalda ancha el desconocido con el que llevaba años soñando? ¿Se fijaría en ella? Lo cierto es que la realidad imponía su crudeza: ya no tenía veinte años. Eso sí, debía de conservar cierto encanto juvenil, porque los clientes todavía la miraban, y algunos, los más atrevidos, le tiraban los tejos. Que lo hiciesen a altas horas de la madrugada, después de haber bebido lo incontable, y que, por lo general, no atinasen a articular más de dos palabras coherentes, no restaba mérito a su atractivo. Por supuesto. Eran detalles secundarios que estaba perfectamente dispuesta a obviar en su conversación interior.

Comprendió que no podía desaprovechar aquella oportunidad. Así que, siguiendo una de las premisas de su libro de autoayuda de cabecera —«Deséalo con fuerza y lo conseguirás»—, se dispuso a convertir en realidad una escena que había ensayado mil veces en su cabeza.

Alcanzó un cuenco varío y lo llenó con los cacahuetes sobrantes de los recipientes desplegados frente a ella a lo largo y ancho de la barra. ¿Qué más daba si eran reciclados? La bolsa de frutos secos llevaba tanto tiempo abierta que probablemente estaban todos pasados. Sabía, por experiencia propia fruto del aburrimiento, que el alcohol mataría su sabor rancio.

Se volvió hacia la vieja campana de barco que colgaba de la pared junto a las botellas de licor. Su padre la había encontrado en un rastrillo y la había llevado una tarde de domingo, para dotar al bar de un ridículo y mal conseguido aroma marinero. El viejo zorro la hacía pasar por antigua, pero no era el tiempo lo que la había ennegrecido, sino el polvo. La campana le sirvió a la camarera de improvisado espejo opaco. Se atusó el pelo ante ella como pudo, intuyendo más que viendo el resultado. Recordó frases de su libro de cabecera e incluso repitió algunas, las más animosas, en un susurro imperceptible. Respiró hondo.

El bar estaba casi vacío. Sólo cinco o seis clientes ocupaban una de las mesas más alejadas de la barra. Estaban tan concentrados en sus bebidas y en sus debates acalorados que, conocedora de la dinámica interna de un garito a esas horas, estaba segura de que no iban a molestarla en un rato. Vía libre, pues. Recogió el cuenco y se acercó con pasos cortos al hombre. En la radio, Hot Chocolate cantaba You Sexy Thing. Le pareció la banda sonora perfecta para la ocasión. Incluso la radio estaba de su parte. Nada podía salir mal.

—Invita la casa —ofreció sonriente. Sonreír era una de las máximas de su libro, además de mostrar con seguridad la invitación sutil de unos pechos generosos.

Lo cierto es que el albino no había reparado en la camarera cuando le sirvió el aguardiente. Pero ahora sí que le llamó la atención. Concretamente lo hizo su acento: esa manera de arrastrar las letras al pronunciar aquellas tres palabras con una naturalidad demasiado forzada. Una mujer, posiblemente sola y algo desesperada, que intentaba disimular sus años tras un tinte de pelo que clamaba renovación y unos ojos más estucados que maquillados.

«Bingo —pensó la camarera—, me está mirando». Se apoyó en la barra con desenfado y volvió a ofrecer al hombretón una sonrisa amplísima, perfeccionada a base de horas de práctica ante el espejo. Y más pecho. Movida por la confianza, siguió adelante con su diálogo preguionizado:

—¿Qué te tgae a este puegto, maguinego?

Siempre había pensado que era la frase perfecta para un bar como el Leven Anclas. Y parecía haber funcionado, porque el desconocido la observaba ahora con mayor atención. A ella, a su sonrisa, a sus pechos.

—¿Francesa?

A oídos de cualquiera, la voz del albino habría sonado como un susurro escalofriante, cruel, aterrador. Pero la camarera la encontró terriblemente sexy.

—Oui, de Paguís. Pego hace mucho que vivo en Madgid —respondió, retorciéndose un mechón de pelo con coquetería. Señaló la gorra del albino con un leve gesto de cabeza—. Tú tampoco egues de pog aquí, ¿vegdad, fogastego de espalda ancha?

El albino no respondió.

—¿Has venido de vacaciones

Él negó con la cabeza.

De acuerdo, el tipo era parco en palabras, pero al menos le seguía el hilo. Y no le quitaba ojo a sus pechos. O eso creía. Porque el hombre no se había retirado en ningún momento la gorra y era imposible adivinar en dónde posaba su mirada. Así que la camarera decidió dar un paso adelante en su plan orquestado. Recordó el libro.

—Me llamo Mimi —anunció.

Esperaba que el desconocido le respondiera presentándose también, pero no lo hizo. Tan sólo estaba allí, frente a ella. Sin moverse. Su presencia silenciosa en la penumbra transmitía una sensación salvaje, pensó Mimi. Sí, probablemente ya empezaba a desearla. La cosa iba viento en popa, y nunca mejor dicho en un local como aquél.

—Egues de Miami, ¿eh? —insistió—. Lo he sabido pog tu goga —afirmó orgullosa—. Allí hay muchos hispanos, ¿vegdad? Segá pog eso que hablas, o entiendes, vamos... tan bien el castellano.

El hombretón seguía sin contestar, pero no apartaba los ojos de ella. «Vale, no eres de los que hablan, eres un tiarrón hermético, genial. Muy bien, juguemos según tus reglas.» No más palabras, sólo mirarse con descaro. Así que empezó a examinar al tipo. No podía ver bien su pelo bajo la gorra, pero le pareció de un rubio muy claro. Se agachó y los vio claramente por primera vez: sus ojos. Diminutos y penetrantes. Un escalofrío recorrió su cuello. Espalda amplísima, brazos fuertes... Y sangre. En su mano izquierda.

—¡Joder, estás herido!

El albino desvió inmediatamente la mirada hacia donde Mimi señalaba: había un rastro oscuro en el dorso de su mano. Algo goteaba desde la manga de su cazadora, que también estaba manchada.

Shit —masculló entre dientes. Se volvió para comprobar si alguien más en el bar había oído a la camarera, pero los clientes del fondo seguían inmersos en sus discusiones, ajenos a cualquier asunto más allá de su mesa. El hombre sacó un pañuelo del bolsillo e intentó limpiarse aquella sustancia pegajosa.

—No es sangre —aclaró. Mimi no notó la ligera inquietud que transmitía su voz—. Es tinta —improvisó el hombre—. Mi bolígrafo...

—Qué susto, tío. Creí que te desangrabas como un cerdo en una matanza.

La camarera estalló en una carcajada, con un chirriante sonido nasal. Hacía rato que Mimi había olvidado el guión. Nada de frases ensayadas ni de gestos glamourosos: las palabras salían de su boca con total espontaneidad. El albino la observó fijamente, como si acabase de recordar algo. Ya no había interés en su mirada, sólo suspicacia.

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—Tu acento.

Mimi se ruborizó. Volvió a sonreír. Mierda, la había cagado.

—Valeeeeeeeeeeee, no soy francesa... Es que mi padre dice que al bar le pega más una camarera extranjera. Tampoco me llamo Mimi... —Pestañeó con convicción, como en las películas, seductora—. Pero suena más exótico que Tere.

La camarera pudo leer la decepción en los ojos del tipo de la gorra. Él rebuscó en su abrigo, sacó un par de billetes y los lanzó sobre la barra mientras se levantaba del taburete. No parecía dispuesto a despedirse, así que Tere se lo jugó todo a la última carta:

—¿Volverás por aquí?

El hombre, por supuesto, no contestó. Aunque se volvió a mirarla una vez más antes de salir del bar y desaparecer. A Tere le bastó ese simple gesto para pensar que tal vez regresaría, y en ese mismo momento empezó a desear que ocurriese con todas sus fuerzas. Observó entretenida el pequeño reguero de tinta que había dejado el desconocido en su camino a la puerta. Luego lo limpiaría. Apoyada en la barra, con la única compañía de sus pechos huérfanos, su cabeza se lanzó a escribir el guión de su próximo encuentro con el hombre de espalda ancha al que no le gustaba hablar. Recordó el libro: «pensamiento positivo, tú tienes la fuerza. Lo que piensas se convierte en realidad».

«Eres una ganadora, Tere, eres una ganadora», se animó introduciendo en su boca maquillada un puñado de cacahuetes pasados.

El albino se adentró en la noche de Madrid con las manos en los bolsillos, la gorra calada hasta los ojos y la cabeza inclinada para no dejar ver su rostro ni sus ojos. Las calles del centro seguían abarrotadas de cazadores de regalos de última hora, pero todos, en su apresuramiento, caminaban ignorando a aquella figura corpulenta.

Sólo un niño aburrido se fijó en él. Sus padres se habían parado a mirar el escaparate de una tienda de electrodomésticos y debatían sobre cuál de los modelos de televisión era más plano. El niño, de espaldas a ellos, chupaba un caramelo y observaba atentamente a los transeúntes con la esperanza de descubrir a Papá Noel camuflado entre ellos. Cuando aquel tipo enorme pasó por delante de él, sus miradas se cruzaron por un instante. Para el albino no significó nada. Pero el niño sintió tanto terror que quedó paralizado, incapaz de seguir saboreando su caramelo, que cayó sobre el asfalto como una gota de color azul incapaz de seguir habitando aquella boca abierta. El niño esperó inmóvil a que el hombre gigantesco se alejara calle abajo y se hiciera cada vez más pequeño hasta ser devorado por los cuerpos y las sombras de los cientos de personas que poblaban la acera. Sólo entonces el niño se atrevió a respirar. Y pensó que lo que había visto no podía ser otra cosa que un ogro de cuento.

Sus padres ni siquiera se fijaron en quien iba a convertirse en la estrella invitada de las pesadillas de su hijo aquella noche. En ese momento estaban atentos a la pantalla del televisor más grande del escaparate. Entre un rótulo de «Directo» y el titular de «Homicidio en Madrid», una joven reportera hablaba y gesticulaba histéricamente sin volumen alguno, en silencio.

—Es el Lope de Vega, ¿verdad? —preguntó la madre.

—Mamá... —acertó a decir el niño que, instintivamente, aún de espaldas, se había acercado lentamente a sus padres, buscando probablemente la seguridad de su cercanía—. Mamá...

—Un segundo, tesoro —contestó la madre sin mirarle—. Mamá está atenta a las noticias, cariño. No des el coñazo, corazón.

El niño, sabedor de que su madre nunca se volvería a atender aquello que tan urgente le parecía compartir, se agachó, recogió el caramelo chupado del suelo y volvió a metérselo en la boca, saboreándolo de nuevo.

En la pantalla, la reportera hacía gestos enérgicos al cámara invitándole a acompañarle. La imagen avanzó, sorteando curiosos, hasta llegar ante un policía de rostro impasible que extendió el brazo para detenerlos. La chica preguntó algo y el agente negó con la cabeza. Entonces la reportera se giró para dar indicaciones a su compañero. La cámara hizo zoom y la imagen se acercó a la escalinata. Tendido en el suelo y rodeado de varios policías descansaba un cadáver cubierto por una manta térmica dorada. Un poco alejados del grupo, un hombre con calvicie avanzada y una mujer elegante miraban hacia arriba. Observaban el rótulo de High School Musical sobre la marquesina del teatro.

Siguiendo la sugerencia de Colifatto, el capitán Quijano había ordenado que investigasen dónde estaba la trampilla por la que el personal de mantenimiento accedía a la marquesina para cambiar los rótulos. Un empleado del teatro les había indicado dónde encontrarla, y el capitán había enviado a Navarro, previa instrucción detallada, a recoger la cartera del muerto.

—Suba, Navarro. Encuentre la cartera y baje, Y no se me haga el héroe, que nos conocemos.

—Descuide, jefe.

Quijano y la inspectora Gambazza habían salido al exterior mientras Colifatto atendía a Rosa en el patio de butacas. La niña había vuelto a ponerse histérica, y habían decidido que, puestos a marearla, mejor fuera uno solo. Nadie conocía al asesino del ojo de buey como Colifatto, así que creyeron que lo adecuado sería que él interrogara a la pequeña. Y ahí estaban ahora Quijano y la inspectora, arriesgando sus cervicales y esperando que el torpe de Navarro no acabara estampado de bruces contra el suelo.

—Capitán, ahora que Fermín no nos oye... —la gravedad con la que María Fernanda Gambazza le miraba hizo que Quijano tragara saliva inconscientemente—. Mi hijo no debe saber bajo ningún concepto por qué vine acá.

El capitán asintió.

—Usted no sabe nada. Le diré que vine por motivos personales: sabe que tengo familia en España...

—¿Me está pidiendo que me haga el tonto? No creo que sea problema.

—Se lo agradezco, capitán.

Quijano iba a improvisar alguna respuesta caballerosa, pero no tuvo ocasión. Le interrumpió el sonido de su móvil anunciando que había recibido un mensaje multimedia. El capitán frunció la monoceja al ver quién era el remitente del mensaje: Navarro. Le había enviado una fotografía semiaérea del despliegue policial ante el teatro. En ella se veían claramente el muerto, varios agentes, la inspectora Gambazza y, bajo una calva reluciente, el propio Quijano.

—Navarro, ¿se puede saber qué hace? —ladró al aire el capitán.

Oyeron unos ruidos sobre sus cabezas. Un tropezón. Un quejido sordo. Y entonces, tras un reniego, Navarro apareció entre la C y la H del rótulo, sacudiéndose el polvo del traje.

—¡Esto está hecho un cisco, jefe!

—¿A qué viene la coña esta de la fotito? —gritó el capitán.

—¡Ya que usted no va a subir he pensado que le gustaría ver lo que hay aquí arriba! ¡Ya sabe, aquello de la montaña y...! ¡Nunca me acuerdo del nombre, jefe! ¡Voy a hacer algunas fotos!

—¡No toque nada! ¡Ni se le ocurra alterar ninguna prueba, o le pongo a ordenar chinchetas por colores dos meses seguidos!

—¡Con tanta mierda, cualquiera distingue las pruebas! ¡Pero si hay hasta un...! ¿Pero cómo ha llegado esto aquí arriba?

Un sonoro clic hizo saber a los de abajo que Navarro acababa de tomar otra fotografía con su móvil. Cuando la inspectora vio que a Quijano, pese al frío de lo noche, empezaba a sudarle la calva, optó por tomar las riendas de la conversación.

—Céntrese en la escena del crimen, agente. ¿Qué ve?

—¡Inspectora, hay un gran charco de esa cosa que parecía sangre justo debajo de la O! ¡Pero ni rastro de ella en los alrededores!

Otro clic en lo alto. El capitán Quijano hizo un esfuerzo descomunal por sobreponerse de su acidez y responder al agente con toda la educación posible.

—¡Deje de hacer fotos, Navarro! ¡Los de la científica ya tomarán las fotos que haga falta cuando vengan! ¡Si es que vienen algún día!

—¡Si no es molestia, jefe! —aseguró el agente desde la marquesina. El móvil de Quijano anunció un nuevo mensaje multimedia—. ¡Mire, ya le ha llegado!

—¡Navarro, déjelo, coño! ¡Ese vicio suyo por las nuevas tecnologías empieza a sacarme de quicio! ¡Quiero esa cartera en mis manos ya mismo!

—¡Sí, señor! ¿Se la tiro desde aquí?

—¡No, imbécil! ¡Bájela por la trampilla!

* * *

Colifatto seguía interrogando a Rosa. La niña había recuperado su vestido manchado y, por lo menos, ya no parecía tan indefensa. Valdés, el único con un atisbo de sensibilidad entre los hombres de Quijano, había pensado que se sentiría mejor si comía algo, por lo que le había llevado un bocadillo de queso y un zumo de piña. La niña los saboreaba como si fueran auténticos manjares mientras respondía a las preguntas de Colifatto.

—Dice usted que el sospechoso era un, y cito textualmente: «señor grandote, que llevaba una cazadora muy fea». No le vio bien la cara porque se tapaba con un sombrero. O algo así.

A Colifatto no se le daba demasiado bien lidiar con niños. Y mucho menos interrogarlos. Su obsesión por el orden le había llevado a seguir con Rosa exactamente el mismo procedimiento formal que con un testigo adulto. Pero a la niña no parecían importarle las maneras de aquel policía. Asintió mientras daba otro sorbo a su zumo.

—¿Algún dato más que pueda ayudarnos?

—Yo creo que era un fantasma. Por eso me asusté y grité.

—¿Un fantasma?

—Estaba muy blanco... Y sus ojos daban miedo...

Colifatto tuvo entonces la certeza de que se encontraba ante un nuevo crimen del asesino del ojo de buey. Aunque le sorprendió —le decepcionó, para ser exactos— que el albino se hubiera vuelto descuidado: nunca antes había dejado testigos.

Rosa se había quedado pensativa. Tenía los ojos llorosos y restos de bocadillo en las comisuras de los labios.

—¿Volveré a verlo? —preguntó, con la voz quebrada.

Colifatto volcó en sus palabras toda la ternura que fue capaz de encontrar para responderle.

—No, Rosa. No tienes que preocuparte. Atraparemos a ese hombre y no te hará ningún daño.

—Quiero decir que si veré el musical. ¡Si no lo veo, me muero!

Rosa se echó a llorar con enorme desconsuelo, dejando a Colifatto sin saber cómo reaccionar. Viendo al inspector impotente ante los lloros de la pequeña, Valdés se acercó a la niña:

—Ven, cariño, que te llevo con tu mamá.

Y mientras el inspector Colifatto los seguía, dos pasos por detrás, a la cafetería, decidió que no quería tener hijos. De bebés no había quien los entendiera, pero era mucho peor cuando crecían: se volvían totalmente incomprensibles.

Colifatto salió al exterior. Llegó junto al capitán Quijano y la inspectora Gambazza justo cuando Navarro acababa de entregarles la cartera de mano del difunto. Estaba cerrada. Tras ponerse unos guantes, Quijano forcejeó con ella unos instantes, pero no logró abrirla. En vista de su poca maña, la inspectora le pidió que le dejara intentarlo. Se retiró, alejada del trasiego de efectivos que poblaban la entrada del teatro.

El agente Navarro aprovechó aquella pausa para contar orgulloso a Quijano y Colifatto lo que había visto en su aventura en las alturas. Lo hizo con todo lujo de detalles. Acompañó sus explicaciones con las fotografías que había tomado con su móvil, que iba enseñando una tras otra sin hacer caso de los resoplidos del capitán. Colifatto le hizo detenerse al ver una de las imágenes.

—Un momento, ¿eso es un...?

—¡Lo es! —le interrumpió Navarro, visiblemente exaltado—. Cuesta creerlo, ¿eh?

—¿Cómo ha llegado ahí arriba?

—¡Eso mismo he dicho yo!

—No puede ser casual —sentenció Colifatto.

Resolvieron que lo mejor sería que Colifatto subiera a la marquesina para investigarlo. Navarro se ofreció a acompañarle, y se convirtió en el agente de policía más feliz del universo cuando el capitán le dio permiso para hacerlo. Sin perder más tiempo, los dos entraron de nuevo en el teatro.

Segundos después, la inspectora llamó a Quijano. Había conseguido abrir el maletín. En su interior hallaron algunas tarjetas de visita a nombre de Christopher E. McAndrews, director general de Red Sailor Cruises. «De modo que así se llamaba la víctima.» La cartera contenía también varios dosieres publicitarios e informes técnicos sobre cruceros de lujo. Y una acreditación para el III Congreso Europeo de la FITM.

—Federación Internacional de Turismo Marítimo —apuntó la inspectora Gambazza.

—¿Cómo lo sabe?

La inspectora prefirió no contestar.

* * *

En algún punto indeterminado de la ciudad, no muy lejos del lugar de los hechos, el hombre albino acababa de entrar en la única habitación de un minúsculo piso alquilado. Sobre la cama deshecha había una maleta con ropa interior un par de corbatas de colores discretos y un neceser de viaje. En el armario abierto, dos trajes de ejecutivo guardados con mimo en sus bolsas de tintorería y varias camisas claras, perfectamente almidonadas.

El albino dejó las llaves sobre la mesa, al lado de una acreditación idéntica a la que la inspectora Gambazza sostenía en su mano en esos momentos. Se descalzó y contempló un recorte corte de prensa que presidía el mueble: una noticia que hablaba sobre uno de los casos que la brigada de Quijano había resuelto meses atrás. En la foto que acompañaba al artículo, el capitán Quijano hacía declaraciones a los periodistas mientras Fermín Colifatto le observaba desde un segundo plano. Un círculo rojo enmarcaba la cara de Colifatto.

El albino tomó un bolígrafo y apuntó una cifra junto al círculo: «53».