LA CANCIÓN DE LAS GAVIOTAS
Juan José Hidalgo

El canto de una gaviota. No el graznido, ese sonido desagradable con el que desgarran el aire. Una canción. Y en esa canción está el azul del cielo reflejado sobre las olas turquesa, el aire preñado de sal y especias de lejanos puertos. Flotaba en cada nota la espuma blanca, y dentro de su melodía se escondían turbulencias heladas.

Ella está allí, mirándole. Y sonríe. En su sonrisa están la canción de la gaviota y el rumor de la mar. En sus ojos, las piedras arrastradas por la marea.

Ella no tiene piel.

Llegó a la consciencia tan suavemente que por un momento pensó que estaba en una barca que encallaba en alguna playa tranquila. El sol acariciaba sus párpados con delicadeza, el salitre llenaba su nariz con fuerza, casi se atrevía a sonreír.

Entonces llegó el dolor. Tan veloz como un ave de presa sobre su víctima. Sin misericordia alguna. Nacía de cada una de sus heridas, pero saturaban su cerebro de agonía. El cuerpo se le preñó de sudor, el gesto se le retorció involuntariamente y, para ahogar el gemido que amenazaba con desgarrar las paredes de su garganta, apretó los dientes hasta hacerlos rechinar. Intentó volver a quedarse dormido, volver a la playa con la canción de la gaviota y la sonrisa de ella, pero su mente ya estaba despierta, y a lo único a lo que volvía era al fuego y el ruido.

La puerta se abrió de par en par, y por ella se fue el recuerdo del calor, de la luz, quedó solo el frío y el dolor. El criado entró con paso firme y sin decir palabra alguna, como de costumbre. Era de piel morena y portaba ropas amplias y blancas, con un fez oscuro. Todas las veces que había intentado hablarle, el criado había respondido con ignorancia.

—Hola, amigo.

Aquella no iba a ser una excepción.

—No eres muy comunicativo, ¿verdad? —intentó continuar—. Parlez-vous l'anglais? —intentó—. Sprechen Sie Englisch? —Probó—. ¿Habla inglés? —Tampoco el español servía.

Era una rutina habitual, en la que se entretenía probando a sacar no ya una palabra, sino una reacción al criado. Así evitaba pensar en el dolor del antiséptico contra sus heridas, evitaba mirar la más grave de todas, la que casi le había costado la vida y la que más dolor le producía. Dolor físico, dolor anímico. Cuando el criado terminó de vendar el muñón de su pierna izquierda, él ya se había dado por vencido y se dedicaba a mirar la lámpara de estilo árabe suspendida en el techo y a escuchar a las gaviotas graznar.

Era una habitación hermosa, de techos altos adornados con molduras de estilo árabe, y un gran ventanal cubierto por cortinas dejaba ver a lo lejos el mar. Apenas había muebles, pero los que había, de madera oscura, tenían un aspecto regio y duradero.

El criado se marchó sin decir una palabra y, en cuanto se cerró la puerta, el fuego y el ruido volvieron a su mente. No había mar suficiente para apagar aquel fuego, ni habría tiempo en el mundo que le hiciera olvidar el ruido. Cerró los ojos y se dejó inundar por los recuerdos más recientes, como cada mañana desde hacía casi una semana.

Fuego en el cielo, fuego en la tierra. Fuego por todas partes. El mundo era una llama amarilla y ardiente que hacía crepitar su piel y su carne. Sus pulmones, llenos de ardor, intentaban arrancar una brizna de oxígeno de entre el humo que respiraba; al fracasar, su costado se convertía en el nido de mil agujas incandescentes. No podía parar, no obstante. Debía seguir adelante, un paso más, y luego otro, un ruego más a los músculos de sus piernas que pedían auxilio.

Ruido. Nada más que ruido llenaba sus oídos. El metal de la metralla emitía los agudos, la detonación de las explosiones ponía acentos graves y los gritos de sus compañeros y sus enemigos se mezclaban en una melodía anárquica.

Era su primera incursión en una escaramuza de verdad desde su alistamiento. Apenas habían encontrado resistencia en Argel, pero las fuerzas alemanas se habían apostado fuertes en Túnez y no iban a dejarla caer tan fácilmente.

Empezó a escalar una duna, mientras fuego amigo y enemigo a la par lo rodeaban. El sudor se mezclaba con la suciedad y emborronaba su vista. Sentía como si el sol ocupase todo el cielo y la tierra ardiese desde dentro, atrapándolo a él en medio. Notaba cuerpos a su alrededor, moviéndose a toda velocidad, y él mismo se movía sin saber muy bien en qué dirección debía hacerlo.

Fue entonces cuando llegó el resplandor, lo siguió el dolor y al fin la bendita inconsciencia.

Ella estaba allí, y en su sonrisa estaban la canción de la gaviota y el rumor de la mar. Pero no era un sueño.

—Buenos días, caballero —dijo con un marcado acento francés.

Bonjour Madame —respondió con un marcado acento inglés.

—Creo que podemos hablar en inglés —sonrió ella.

Él se rio, la risa le produjo tos y la tos un dolor indescriptible en ambos costados. Cuando las arrugas de su rostro desaparecieron, dejaron una sonrisa amarga e irónica.

—La he visto en mis sueños —dijo de repente.

Ella movió la cabeza hacia un lado, sin dejar de sonreír. Él sintió que sus orejas enrojecían de repente, pero permaneció sin torcer el gesto. Ella le pasó el dorso de la mano enguantada de blanco por la mejilla.

—Le haría falta un afeitado.

Él asintió.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

—Los romanos la llamaron Hippo Regius y los franceses la llamaban Bône cuando era nuestra. Ahora la llaman Annaba, pero si quiere saber algo más concreto, está en nuestra casa, en la habitación de invitados, y lleva ya aquí tres semanas.

Intentó incorporarse, pero el dolor en el costado lo lanzó de nuevo a la cama.

—¿Tres semanas? Es imposible…

—Imposible no, pero créame, ha sido muy difícil mantenerlo vivo. Hasta hace una semana ha estado en coma, y no apostábamos mucho por su recuperación.

Sacudió varias veces la cabeza.

—Lo último que recuerdo fue el inicio de la campaña…

—Aún está en marcha. No se preocupe, no creo que termine pronto. Si quiere volver a jugar a la guerra, siempre habrá tiempo.

Él la miró duramente. Ella no había cambiado su sonrisa.

—No se burle de mí. Estamos luchando por ustedes también. Toda Europa está bajo el peligro de ese demente.

—Está luchando por banderas que a mí no me atañen. En cuanto a lo que mi marido opina sobre esta guerra, ya discutirá de política con él en la cena. Ahora necesita dormir, señor Cushing.

Ella se puso en pie.

—No tengo sueño, señorita… —dijo él. Pero en ese mismo instante se dio cuenta de que la quietud y la paz inundaban su cuerpo y hacían que sus párpados cayesen.

—Señora Andersson —aclaró ella—. Bienvenido a nuestra casa.

No vio cómo salía de la habitación, solo la oscuridad del sueño apoderándose de él. Mientras un mundo de olvido oscuro lo abrazaba como un mar de brea, una pregunta rondó por su cabeza, pero la olvidó dos segundos antes de formularla.

Lo primero que sintió fue la caricia de la cuchilla sobre su rostro. Sonaba áspera. El aroma a café y cardamomo mezclado con el inconfundible olor del aliento humano llegaban de forma regular a su nariz y una mano firme, áspera de callos, le sujetaba la frente. Entreabrió los ojos y reconoció al criado, que lo afeitaba cuidadosamente con una navaja grande y bien afilada. No se atrevió a decir nada hasta que este terminó su tarea.

—Gracias, amigo —dijo.

El criado, como de costumbre, no respondió. Usó una toalla mullida y suave para secarle la cara con delicadeza. Luego se apartó unos pasos, colgó la toalla en su brazo izquierdo y depositó los utensilios en una palangana de zinc. Hizo una leve inclinación de cabeza y, en inglés, con un tenue acento oriental:

—La cena será a las siete en punto. La ropa está en el diván. Le recomiendo no llegar tarde.

Y antes de que la sorpresa se borrase del rostro del herido, se marchó de la habitación.

Se miró al espejo. Había empezado en el mismo momento en que se había quedado solo y había tardado casi hora y media en terminar. El resultado no era nada malo, en realidad. Durante todo aquel tiempo había estado completamente desnudo y, en cierto modo, aquella desnudez le había hecho sentir cómodo. Libre de convenciones y de ataduras. Ahora las ropas le traían recuerdos de los deberes de la sociedad y de las limitaciones que tendría a partir de ese momento.

La camisa le quedaba bastante bien, era de color caqui oscuro, de cuello rígido, muy suave y fresca. El chaleco, blanco, era elegante y tenía botones llamativos. Había prescindido de la chaqueta. Los pantalones no es que le quedasen mal, ni mucho menos. Eran de un corte clásico en blanco y hacían una combinación perfecta con el chaleco. Pero estaba el problema. Con los calzones había ocurrido algo similar; por suerte habían tenido la delicadeza de conseguirle calzones cortos. Se tuvo que resignar. Terminó de ajustar el alfiler enjoyado y tuvo que reconocer que era un detalle de gran gusto, aunque su función fuera sujetar la pernera izquierda, vacía.

El criado había dejado una muleta funcional y cómoda, bien acolchada para la axila y con el mango de cuero. Probó a dar varios pasos por la habitación y, poco antes de las siete menos cuarto, se decidió finalmente a salir al exterior.

El sol del invierno se había marchado hacía casi dos horas, dejando su lugar a una tímida luna creciente que se colgaba del cielo con recato, pero el viento era cálido en comparación con su Norfolk natal. Se quedó unos segundos eternos a unos pasos de su puerta, apoyado a la barandilla pintada de blanco que se abría hacia un patio central. Estaba en el primer piso, desde donde podía ver la hermosa fuente que hacía de centro del patio y aspirar el aroma de la dama de noche que se encaramaba por las columnas blancas. La urgencia por no llegar tarde lo espoleó a moverse hacia el cuerpo central de la mansión, franqueado por dos puertas dobles de las que emergía un resplandor dorado. Descendió con cierta dificultad las escaleras con balaustrada de madera, tomó un respiro en la consola de estilo barroco que sostenía un jarrón preñado de geranios en la entreplanta y se lanzó, finalmente, hacia la puerta abierta del comedor.

Estaba atravesando el umbral cuando comenzó a sonar el gong grave y solemne de un reloj de pie. El artilugio, que enseñoreaba la habitación con su figura estilizada y su sonido inapelable, se encontraba en el lado contrario de la sala. Desde aquel punto, casi pareciera el invitado de honor a aquella enorme mesa que le esperaba.

—Llega justo a tiempo —dijo una voz masculina, lánguida y ronca. Hablaba inglés con un acento nórdico muy leve.

De detrás de la silla que presidía la mesa, tan barroca y oscura como el resto de los muebles, apareció una mano que sostenía un reloj de bolsillo. Pudo comprobar que se movía de forma simultánea con el reloj de pie.

—Buenas noches, señor Andersson —dijo tímidamente mientras entraba en la habitación.

Al acercarse, pudo distinguir dedos recios y vellos blancos en la mano que podía ver de su anfitrión.

—Espero que su estancia en mi hogar esté siendo agradable.

Se dejó caer en la primera silla, a la derecha de su interlocutor, agotado de su primera caminata.

—Ha sido muy amable. No tengo palabras.

Su anfitrión apareció al fin ante sí. Era un hombre recio y curtido, con la piel de cuero de mil soles y las barbas blancas tan recias como el cáñamo y tan pulcras como le era posible. Tenía los ojos de metal, llenos de filos.

—Bueno, dígame al menos dos: su nombre y apellido.

El señor Andersson tenía el ceño fruncido en un gesto que hacía colisionar las dos monumentales cejas blancas.

—Sí, sí, es cierto. Discúlpeme. Albert Cushing. Es un placer.

Tendió la mano al señor Andersson, que la estrechó con fuerza y firmeza. Vestía un jersey de cuello alto blanco y un traje azul oscuro con botones dorados.

—Sebastian Andersson, el placer es mío.

El anfitrión se guardó el reloj de bolsillo. El invitado dejó la muleta apoyada en el asiento de al lado y se volvió hacia su interlocutor.

—Bueno, señor Cushing, ¿o debo darle algún tratamiento especial?

El inglés alzó las manos con una sonrisa.

—No, no. Soy un simple soldado. —Se cuadró en su asiento—. Miembro del Séptimo Batallón de Norfolk, pioneros de la Cincuenta y una división de Highland, del Octavo Ejército británico.

Ambos hombres permanecieron unos segundos sumidos en una tristeza amarga y silenciosa.

—Ahora no suenan tan grandilocuentes esas palabras —añadió Albert.

—Nunca suenan tan bien después, joven —asintió el señor Andersson—. Disculpe si me dirijo a usted como joven, pero ¿cuántos años tiene? Si no le ofendo con mi indiscreción.

—No, no me ofende. Veintiuno cumplí la primavera pasada.

—Veintiún años. Casi un niño antes de estar en el frente.

—Todos somos niños cuando llegamos al frente.

El señor Andersson sonrió brevemente bajo sus barbas y resopló sonoramente.

—La guerra lo ha hecho más sabio, al menos.

—Me ha costado caro —añadió Albert con una sonrisa torcida, señalando su pierna izquierda.

El anfitrión asintió gravemente. Iba a decir algo, pero entonces la puerta se abrió y entró el criado portando una bandeja de plata. El señor Andersson tomó una pipa, grande, con la boquilla de marfil. Ofreció a Albert otra pipa, algo más pequeña, pero este la rechazó con una sonrisa. En cuanto el resplandor de la brasa emitió su primer brillo y su primer humo, el señor Andersson despidió al criado con un ademán.

—El precio, joven, nunca es equivalente a lo que ganamos.

Albert asintió. Apretó con fuerza los labios y dio un puñetazo en la mesa. El rubor llenó su rostro. Sintió deseos de huir, pero la dificultad de manejarse con la muleta lo dejaba clavado en el sitio, tanto en la práctica como en el ánimo.

—Lo siento —dijo.

Tenía la vista clavada en la vajilla, incapaz de mirar a su anfitrión, intentando inútilmente controlar el torrente de lágrimas. Una mano robusta y marinera palmoteó su brazo de forma cálida. Albert miró al señor Andersson. Este no sonreía, pero la severidad de su gesto traslucía más calor que muchas sonrisas.

—Joven, los británicos me obligaban a dar mi apoyo de alguna forma para esta guerra suya. ¿No se ha preguntado por qué le acogí en mi casa, entre todos los heridos de la guerra?

Albert asintió y clavó sus ojos azules en los grises del señor Andersson. No hubo respuestas, solo una pernera que se levantó y descubrió un trozo de madera. Albert miró alternativamente el rostro de su anfitrión y el miembro protésico. Las preguntas estaban atadas a su garganta, con tanta fuerza que no se atrevían a salir. Estaba a punto de reunir suficiente valor como para lanzarlas cuando la cena entró en un carrito llevado por el criado: cuatro enormes tajines en los que humeaban el cuscús, el cordero y el pollo. El olor a especias era casi agresivo a su británica nariz, derritiéndose en forma de saliva en su boca y transmutándose en rugidos en su estómago. El señor Andersson dio instrucciones a sus criados para servir la cena y, sin decir una palabra más, comenzó a comer.

Los primeros minutos fueron incómodos. El señor Andersson comía el cuscús con las manos, saboreándose los dedos y deshaciendo la carne tierna, blanca del pollo u oscura del cordero, con delicados bocados. Lo hacía de forma sistemática y cuidada, formando parte de aquel ritual en su forma más elegante. En cambio, Albert empezó usando los cubiertos que tenía dispuestos ante sí pero, al ver lo que hacía su anfitrión, intentó imitarle sufriendo un vergonzoso fracaso. Fue a disculparse por manchar las ropas que le habían regalado, pero el señor Andersson se encontraba en otro lugar, con la mirada fija en los recuerdos como si estos flotasen en el agua y tuviera miedo de que se deshicieran.

—Cuando la luna llena se refleja en la mar y es lo único que puedes ver, cuando las estrellas desaparecen del cielo y todo es negro excepto la luna y su reflejo…

El señor Andersson mantuvo la boca abierta, como si fuera a decir algo más, pero enseguida sacudió la cabeza y miró a su invitado.

—Deberá disculparme, los viejos como yo a veces divagamos.

Albert miró los ojos de metal, la incomodidad lo removió por dentro. Empezó a comer otra vez, pero cada sonido que hacía era un insulto al silencio tenso que se había formado en la mesa. Un silencio capaz de ahogar a un hombre.

—¿Su esposa no cena con nosotros? —preguntó como si boqueara en busca de aire.

El ceño de Andersson se frunció aún más, si eso era posible.

—No. Tessa no cenará con nosotros. —La frialdad de la respuesta no daba lugar a réplica.

Así pues, el silencio se estableció como único señor de la mesa durante toda la cena, aún más denso, más incómodo. Así que, cuando llegó el criado con una tetera que olía a hierbabuena y té verde, hizo lo posible por huir de aquel ambiente opresivo.

Ella estaba allí, en una cueva, y los reflejos del agua sobre su rostro la hacían aún más bella. Sonreía, le hacía señas para acercarse. Pero él no quería seguir avanzando. Porque no estaba sola en la caverna, y lo que en ella había lo miraba con ojos antiguos que nunca habían sido humanos.

El calor cubría todo su cuerpo como una pátina. Sentía que debía respirar. Era noche cerrada, el gajo de luna brillaba fuerte y se acompañaba por miles de estrellas. Retiró las mantas de su cama y se levantó, notando el sudor pegajoso contra su piel desnuda. Se puso en pie y entonces recordó que había perdido una pierna y dio de bruces contra el suelo alfombrado. Notó un dolor intenso en su costado y pudo ver cómo una nueva mancha de sangre teñía velozmente las vendas. Se arrastró, no obstante, hasta la silla que descansaba junto a la ventana. Aún sentía ese calor descomunal, esa sensación de estar siendo cocido en un horno de barro.

Necesitaba aire. Abrió la ventana. Y entonces pudo entrar el bramido de la mar y el aroma de la sal. Respiró, con los ojos cerrados, aquel frío estremecedor que se llevaba de su cuerpo y su mente el recuerdo de la explosión. El escalofrío que recorrió su espinazo sabía a gloria celestial. Cuando se hubo recuperado, abrió los ojos y los dirigió hacia las inmejorables vistas que tenía su habitación. Se encontraba en una mansión prácticamente a pie de la playa. La arena brillaba azulada en la noche, las rocas se recortaban en color de tinta en el horizonte y la mar se dibujaba con los contornos de su espuma. Aquella visión era un bálsamo para su alma rota.

Allí estaba ella. En la playa.

Albert sacudió la cabeza, convencido de que aquello seguía siendo un sueño. Volvió a mirar.

Era ella, no había duda. Y estaba desnuda.

El cabello suelto parecía el juguete del viento, que lo zarandeaba o lo acariciaba según su capricho. Era más negro que la propia noche, y sus evoluciones competían en belleza con las olas. La piel, más pálida que aquella luna, brillaba con una luz fosforescente. Era un falso faro, capaz de llevar a encallar mil barcos, que estaba haciendo encallar su ánimo y su voluntad. Se apartó rápido de la ventana, de repente inflamado por otro tipo de calor, más interno, más devastador. Solo cuando estuvo lejos de la imagen de ella bailando desnuda bajo la luna pudo notar lo agitada que era la respiración, cuánto había respondido su cuerpo al erotismo. Se sintió abochornado.

Ella estaba en la habitación. El pelo húmedo, como si acabase de salir del agua. La piel desnuda, llena de manchas de sal. Estaba en la cama y empapaba las sábanas y su cuerpo conforme caminaba sobre él, mirándolo, sonriéndole. Su sonrisa guardaba los secretos de los pecios piratas y sus ojos lo clavaban en su sitio. Se sintió morir de calor y frío.

Y ella no tenía piel.

Se despertó. Descubrió que sus calzones estaban húmedos y pegajosos, y no tardó en comprender el porqué. Fragmentos de la noche anterior se agolpaban en su memoria, pero era incapaz de saber qué parte de sus recuerdos correspondía a sueño y qué a realidad.

Se levantó trabajosamente, dispuesto a quitarse los calzones, pero ya se abría la puerta para dejar pasar al criado.

—Buenos días —dijo Albert, terriblemente turbado.

El criado no pareció darse cuenta. Dejó con delicadeza un albornoz en la cama y, antes de salir, dijo:

—El baño se encuentra en la planta baja. Deje aquí la ropa sucia. Cuando vuelva tendrá nuevas ropas.

Albert no se atrevió a discutir, hizo lo que le había indicado el criado y se dirigió al baño vestido solo con el albornoz.

—Antes eran los baños de una casa romana —dijo ella.

Albert se estremeció. Abrió los ojos de improviso y se encontró frente a frente con ella.

—Señora Andersson, yo…

La vergüenza estaba alimentada por tantas fuentes que creyó explotar. Se encontraba completamente desnudo, sumergido hasta el cuello en la enorme piscina de agua caliente. Ella estaba de pie, mirándolo desde el borde, vestida con una blusa blanca que marcaba impúdicamente la curvatura de sus senos y una falda hasta las rodillas que dejaba ver unas pantorrillas bien formadas y unos tobillos delicados y encantadores. El recuerdo de la noche anterior, el tremendo poder de aquellas ropas para hacer imaginar los contornos de la mujer, la sonrisa misteriosa que ella llevaba. Todo aquello movía a su cuerpo a bombear la sangre más veloz. Tragó saliva con fuerza.

—Buenos días, señor Cushing. Lamenté no poder acompañarlos en la cena de anoche.

Ella avanzó unos cuantos pasos más alrededor de la piscina. Los reflejos del agua en su rostro la hacían aún más hermosa.

—Los mosaicos que le rodean datan de la época en la que el Norte de África pertenecía a la Roma Imperial. Esta casa se construyó en el siglo pasado sobre las ruinas de una antigua mansión romana. Se decidió adaptarla al gusto colonial francés, pero estas termas, mírelas.

Albert obedeció. Era la única habitación de techos bajos que había encontrado. Tenía los muros decorados con frescos de la época, en los que destacaban los motivos marinos. La piscina donde estaba sumergido estaba cubierta de mosaicos, en la que podían verse amorcillos usando herramientas de caza para intentar pescar a bordo de sus barcos de vela. Los tacones de la señora Andersson hicieron ecos detrás de su cabeza, se detuvieron un momento demasiado cerca de él, y luego continuaron por el otro lado, hacia el umbral de la habitación.

—Espero que nos pueda acompañar en el almuerzo, señor Cushing.

Él no dijo nada, solo miró los hombros desnudos de ella, y luego bajó la mirada por la espalda, la cintura bien definida y las caderas poderosas. Los ojos siguieron hasta los magníficos tobillos y hasta los tacones. Bajó más la mirada, presa de un embrujo, y bajo el agua, justo frente a él, pudo ver el rostro del dios Océano, con gruesos mechones de cabello gris y largas barbas convertidas en algas. Estaba coronado con pinzas y patas de marisco.

Las piedras que formaban parte de sus ojos se habían perdido tiempo atrás, pero aún así, podía sentir la mirada del dios, una mirada llena de ira vengativa.

A las doce y media, con el sol en su cenit y ninguna nube en el horizonte, Albert salió al pasillo preparado para el almuerzo. Vestía ropas muy similares a las de la víspera, limpias y planchadas con esmero. Se asomó a la terraza y, en el patio, vio una pequeña mesa preparada para acoger el almuerzo. Allí estaban los Andersson, él fumando en su pipa y ella pasando un dedo por el borde de una copa. En lugar de arrancar una música dulce al cristal, producía graznidos que se asemejaban al grito de la gaviota. Se dio prisa por bajar, siguiendo el mismo camino que el día anterior, para unirse al almuerzo que ya estaba sirviendo el criado.

—Buenas tardes, joven.

Ella no dijo nada, sin dignarse a dirigirle una mirada.

—Buenas tardes a ustedes —dijo Cushing, sentándose a la mesa.

El criado sirvió tabulé al estilo magrebí, con sémola en lugar de bulgur, y chorba, una sopa de garbanzos y verduras en la que destacaba el olor a raz-el-hanout. Todo aquello regado con un vino blanco francés bastante seco.

—Aún no sé cómo agradecerles su hospitalidad —empezó Albert.

—No se merecen, joven. Ya le dije que estábamos en cierta forma obligados por las fuerzas de ocupación.

—Ocupación, ocupar lo ocupado, desocupada preocupación —canturreó ella.

Albert miró a la señora Andersson con el ceño fruncido, pero su marido no pareció escucharla y continuó:

—Ya que teníamos que hacerlo, hemos preferido escoger.

—Es extraño que esto no fuera convertido en un hospital de campaña —agregó el joven.

—Lo habría sido si yo se lo hubiera permitido —agregó el anciano con un gesto severo.

Albert masticó con deleite el sabor cítrico y fresco de la ensalada unos instantes antes de seguir hablando.

—Habla de mi ejército como invasores, con desprecio y me temo que, a pesar de toda su hospitalidad, me siento ofendido por tales términos.

El señor Andersson sujetó su pipa entre los dientes. Segundos eternos en los que solo se escuchó el juguetear de la señora Andersson con las copas. Albert sintió una bola de plomo en el estómago, donde estaba grabada la vergüenza de haber insultado a su anfitrión.

—Las banderas de los hombres son solo trapos pintados —respondió ella.

El señor Andersson permanecía pensativo. Albert apuró su copa de vino, intentando ahogar su zozobra en alcohol.

—Joven, espero que no se ofenda por las palabras de este pobre viejo. Acepte que los juegos de la guerra no me interesen ya.

—La guerra implica a todos. Luchamos por el futuro no ya de Europa, sino del mundo entero.

—Debe creer eso, joven, por eso pelea.

—No es solo eso. ¿Es que no ha visto lo que ha hecho ese loco de Hitler?

La mirada del señor Andersson era antigua y triste, muy triste.

—He visto a tantos locos hacer tantas cosas, he visto a los que venían a salvarnos de los locos volverse locos ellos mismos.

—Luchamos por la libertad.

En ese instante, la señora Andersson escupió todo lo que estaba comiendo. Miró su plato con tal gesto de repugnancia que Albert pensó que iba a vomitar. Momentos después, abandonaba la mansión corriendo sobre sus tacones. El señor Andersson no prestó atención.

—La libertad es solo una palabra. ¿Luchar por una palabra?

Albert se había quedado mirando la puerta abierta de la mansión. En sus retinas aún se dibujaba la sombra de ella en aquel espacio. Se levantó apoyándose en el respaldo de la silla.

—Perseguir el rumor del viento es más útil —dijo con tristeza el señor Andersson.

El inglés lo miró. Seguía con la mirada perdida. No podía adivinar si seguía con su discurso derrotista o si estaba hablando de ella. Luego volvió la mirada al vacío que ella había dejado y, sin pensarlo dos veces, cogió la muleta y se lanzó en su busca.

Ella se encontraba de pie, mirando al mar. Tenía los zapatos en la mano derecha y enterraba los pies en la arena. Cuando Albert llegó, se detuvo a varios pasos de donde se encontraba. Desde esa distancia, podía ver las lágrimas que caían de su rostro.

—Yo confié en él y, a cambio, me la robó.

Se volvió hacia Albert, que la miraba confuso. La muleta se le enterraba en la arena y apenas podía mantener el equilibrio. Ella se dirigió hacia él con pasos vigorosos y, en cuanto estuvo a su altura, le arrancó la muleta de las manos y la lanzó lejos. Albert dio de bruces en la arena.

—Los hombres solo saben quitar y conquistar, pequeño soldado —añadió.

Luego se arrodilló ante Albert, que intentaba incorporarse. Pasó una mano por el pelo del joven inglés.

—Él la tiene y me tiene a mí, y lloro de pena por lo que oculta este mar que nos observa. ¿Acaso podría un ciego volver a ver?

Introdujo la mano en el bolsillo de la camisa de Albert y dejó algo allí antes de marcharse. Albert se dio la vuelta a duras penas, contemplando cómo ella se alejaba con dignidad de la costa. Miró lo que ella le había dado, que no eran más que un puñado de piedrecitas negras. Intentó levantarse, pero la sensación narcótica de hundirse en el sueño se apoderó de él.

Estaba en su habitación y la mujer le hacía señas de reunirse junto a ella en la playa. Estaba desnuda y así lo estaba él. Cuando quiso darse cuenta estaba desnudo, sobre la arena, viendo el cielo estrellado y sintiendo la proximidad del cuerpo de ella. Pero no despedía calor, sino un frío balsámico que lo limpiaba de recuerdos. Ella se levantó y lo ayudó a levantarse. Pero no necesitaba ayuda porque estaban en el agua, y allí podía flotar sin muleta alguna. Y ella se dirigió hacia el agua profunda, veloz, grácil, hermosa.

Él intentó seguirla, pero algo tiró de su boca hacia arriba. Cuando quiso darse cuenta, estaba fuera del agua y se estaba ahogando. Se retorcía, se giraba, intentaba volver al agua. Las branquias le ardían en el aire, la piel se le secaba. Sentía que la consciencia se le apagaba. El dolor en su labio aumentó y centró la mirada en el enorme anzuelo que tenía clavado. Y ante sí, el señor Andersson que sostenía la caña de pescar en la cubierta de su barco.

Para cuando se despertó y pudo llegar a recoger la muleta y andar de vuelta el camino a la mansión, la noche había caído. En el umbral estaba el criado, sosteniendo una lámpara, inmóvil. Cuando Albert llegó, este comenzó a hablar:

—Muchos años ha que se cometió el crimen, y el padre de la novia nunca fue invitado. Pero todo tendría que cambiar con el paso de las eras. Y entonces el ciego vio de nuevo, y lo que vio no le pareció justo. Bajo las olas gritaron los frutos del pecado. Sobre la mar, el viento alzó las olas. Y llegó el agua.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Albert.

—No lo sé, señor. Ella me pidió que os lo dijera. Pero, si aceptáis un consejo de mis labios, no dejéis que os atrape el corazón entre sus dientes.

—Es una mujer casada, por Dios —se escandalizó el inglés.

El criado se acercó un poco más y Albert pudo ver en sus ojos negros el cielo del desierto nocturno.

—Hay en mi tierra demonios que se hacen pasar por mujeres, y sé de mujeres que son demonios vestidos como ángeles, pero esta no es una mujer de mi tierra ni de ninguna que yo haya pisado. Sus velos y sus disfraces son tantos y de tantos colores que a veces creo que no existe nadie debajo de ellos.

El inglés que había dentro de Albert le llamaba a denunciar a aquel criado que hablaba en tales términos de su propia patrona, pero aquellos ojos, aquella voz y aquella serenidad le hicieron prestar atención a sus palabras y asentir levemente.

Sin mediar palabra, el criado se volvió y lo condujo al comedor, donde su anfitrión esperaba de pie, ante el reloj, y su esposa caminaba lentamente en círculos alrededor de la mesa. Al pasar cerca de alguno de los cuadros que adornaban las paredes, pasaba el dedo por el marco.

—Buenas noches, señor —dijo Albert.

El anciano se dirigió hacia él con grandes zancadas que apenas permitían distinguir cuál era la pierna protésica. Le ofreció la mano.

—Buenas noches, joven. Espero que el paseo por la playa le abriese el apetito.

Albert asintió con el ceño algo fruncido.

—Ya me ha contado Tessa que le ha enseñado parte de la rivera. Disculpará que no les acompañase, pero ¿sabe? Ver estas costas de mares calientes me hacen añorar mi tierra natal. Pero entre, entre. —Le puso una mano enorme entre los omoplatos y lo condujo hacia el interior. Ahora que estaba de pie, le sacaba al menos cabeza y media de altura—. Hoy es una noche especial, ¿sabe? Es la noche de nuestro aniversario. Así que tendremos una cena típica de mi tierra.

La mano del señor Andersson se abrió como un abanico mostrando una mesa plagada de comida. Cestas con distintos tipos de pan, grandes bloques de mantequilla y paté se alternaban con arenques y anguilas en salazón, salchichas, salmón y varios platos de queso entre los que destacaba una enorme rueda de svecia, con su color amarillo y con pequeños agujeros por toda su superficie.

—La llamamos smörgåsbord, y esto de aquí —se detuvo ante un plato de pequeñas albóndigas cubiertas de salsa—, esto es köttbullar.

Albert asintió, probando una de las albóndigas, que se deshizo en sabor en su boca. El señor Andersson le puso una jarra de cerveza fría en la mano y le dedicó una sonrisa breve. En ese instante, la señora Andersson deslizó su mano entre ambos hombres y cogió un arenque de la mesa, que introdujo entero en su boca.

—Me siento muy honrado por haberme invitado a algo tan personal como su aniversario —dijo Albert tras dar un trago largo a la cerveza.

Ella le sonrió, aún con la cola del arenque asomando entre los dientes. Aquel trozo de pescado siendo masticado por la sonrisa de la señora Andersson se convirtió en la vívida imagen de la advertencia del criado.

—Nuestro aniversario, señor Cushing, no tiene nada de especial —dijo ella, aún con la boca llena.

Albert frunció el ceño, dirigió su mirada al señor Andersson, pero este había vuelto su mirada hacia el infinito. Con su enorme talla y su envergadura, parecía una estatua de un titán más que una persona.

—Hace ya muchos años que estamos juntos.

—Muchos, muchos años —añadió ella.

Albert bebió dos tragos más de cerveza y se dirigió a su anfitriona:

—Entiendo la postura de su marido en cuanto a la guerra —dijo, añadiendo a sus palabras un gesto hacia su anfitrión con la jarra—. Porque su país es neutral en la contienda…

—Ah, la neutralidad, qué bonito suena. Será neutral, joven, pero el germen del nazismo se está colando en nuestra sociedad como una enfermedad.

Albert asintió, apretando los labios firmemente.

—Lo sé —dijo—. De hecho, hasta este momento, no estaba seguro de su proximidad al… ya sabe, al régimen alemán.

Los ojos grises se entrecerraron.

—No estoy próximo a ningún régimen, joven. A ninguno.

Albert asintió. Tras un momento, intentó retomar su discurso dirigiéndose a su anfitriona.

—Pero usted, señorita, su país ha sido invadido por los alemanes después de que estos firmasen un armisticio. No puede estar de su lado, ¿verdad? —En esa última palabra había más un ruego que una confirmación.

Ella lo miró unos instantes, entrecerró los ojos y luego soltó una risotada estridente. Lanzó su cabeza hacia atrás mostrando el ángulo de su cuello y permaneció en esa postura, sosteniéndose la barriga con ambos brazos. Cuando las contracciones de sus hombros cesaron, y su rostro volvió a tener un gesto normal, sonrió a Albert y le plantó un beso en la mejilla antes de abandonar la habitación con un plato de arenques en la mano.

—Tessa habla inglés con acento francés, habla sueco con acento español y habla árabe con acento polaco —dijo el señor Andersson.

—Es una mujer muy particular —dijo educadamente Albert.

El señor Andersson le quitó la jarra de cerveza y le dio a cambio un vaso pequeño con una bebida de color claro. Él mismo se servía otro vaso pequeño de una botella de cristal donde podía leerse Aquavit y, en una franja roja diagonal, O. P. Andersson.

—Un poco de agua de vida de mis tocayos, directamente desde Götesborg —dijo el anciano, alzando su vasito—: En honor de las mujeres particulares.

—En honor de las mujeres particulares —sonrió Albert.

El dolor de cabeza que le despertó la mañana siguiente estaba teñido de metal, y resonaba en su interior el eco grave de la voz del señor Andersson. Había estado cantando, con gesto grave y rostro congestionado, una retahíla de canciones de soniquete repetitivo. El sueco, que a Albert le sonaba más parecido al arrastrar de piedras debajo del agua, conformaba en aquellas cancioncillas un conjunto de martilleos repetitivos como tonos de un reloj, marcando el ritmo de las copas.

Habían acabado entre los dos con botella y media de Aquavita.

El resplandor del sol contra los ojos de Albert lanzaba puñaladas a sus retinas. Cualquier roce de las sábanas en su cráneo despertaba dolores desconocidos. Casi no notaba el fatigado dolor de sus costados y sus heridas, perdido en el mundo de la resaca.

Una explosión. Pero no de una bomba enemiga. Mucho peor. La puerta que se abría de par en par y golpeaba la pared. Una figura que era toda vuelo de faldas blancas y taconazos en el suelo se aproximó a la cama de Albert y tomó su rostro entre sus manos. Clavó aquellos ojos de piedra negra en los azules del inglés.

—Tiene que ayudarme —le gritó en la cara, esta vez con acento escandinavo.

Él apenas podía abrir bien los ojos, aún recuperándose de la cefalea que la entrada de la señora Andersson había espoleado.

—¿Qué quiere decir?

—Él la tiene, me la robó y tiene que recuperarla.

A duras penas, el inglés se incorporó en la cama.

—¿Ahora? —preguntó con voz pastosa.

Ella soltó el rostro y se puso en pie, de repente digna diosa de la venganza.

—Está tan borracho como él. Los hombres y su alcohol…

Albert se pasó una mano por la frente, intentando despertarse.

—Señora Andersson, ¿quién es él y qué le ha robado? Quiero ayudarla, de veras.

—Nadie puede ayudarme, señor Cushing. Ningún hombre puede. Mi padre me ayudaría, pero él me ha escondido de su vista.

—¿Quién? ¿Su marido? ¿Quién le ha escondido de la vista de quién?

Ella, hecha una furia, tomó las mejillas del soldado con una fuerza que Albert jamás se hubiera esperado ante la gracilidad de sus dedos.

—Él me la robó y desde entonces soy su esclava y mi padre está ciego por su culpa. El mar guarda los frutos del pecado, y no descansaré hasta que pague sus crímenes contra mí y la recupere.

—¿Recupere el qué?

Ella soltó un grito, furibunda. Lanzó al inglés contra la almohada y se largó de la habitación dando un sonoro portazo. Este se quedó unos momentos pensativo, cada vez más recuperado a la fuerza de la resaca, intentando encontrar sentido a las palabras de ella. Entonces, de sus mejillas heridas nació una frialdad agradable que se extendió bajo su piel y que le condujo suavemente al sueño.

—Poseidón, en cambio, es un dios de los pueblos del interior —decía el profesor de Mitología—. Así, para poder obtener el poder sobre las aguas, debe tener un matrimonio de conveniencia.

El profesor señalaba al propio dios, que se sentaba en un trono de corales y algas en el atrio de la sala. El hijo de Saturno se mantenía erguido y orgulloso, con su tridente en una mano, y cuatro caballos pastaban a sus pies. Una de las piernas era de madera, pero Poseidón no era el señor Andersson porque el señor Andersson estaba a su lado, cantando canciones suecas mientras bebía Aquavita. Además, aquella pierna estaba hecha con los restos de cien barcos hundidos y tallada con motivos ecuestres.

—La escogida sería Anfítrite, una de las Oceánides, perteneciente a la cultura de los griegos costeros. En su Teogonía, Hesíodo… —continuaba el profesor de Mitología.

En ese momento, la hermosa Anfítrite entraba coronada con estrellas de mar. Pero no era Tessa Andersson, porque Tessa estaba recorriendo la fiesta repartiendo arenques de un plato enorme.

Y ella no tenía piel.

Hacía un día estupendo de invierno mediterráneo. El sol estaba alto en el cielo y el mar lamía con sensualidad la playa. Allí, sobre el mantel de cuadros, se habían dispuesto varios platos, casi todos de pescado, aunque también una cesta de pan. La señora Andersson cogía arenques en salazón y los devoraba de un solo bocado, pero con tal gracia y sensualidad que hubiera sido la envidia de muchas damas de la alta sociedad. Albert se había preparado un sándwich con arenque y mantequilla y lo mordisqueaba distraído.

Horas antes, Albert había bajado como de costumbre a la planta baja, pero al pie de la escalera, con una enorme pamela sujeta con un pañuelo y gafas de sol se encontraba la señora Andersson. Llevaba bajo el brazo derecho una enorme cesta de picnic y, antes de que el inglés hubiera terminado de bajar el último escalón, ya estaba apremiándolo con gesto aburrido.

—Vamos, vamos, señor Cushing. Que se va a hacer tarde para el almuerzo.

El soldado la miró sin comprender del todo. Ella lanzó toda su irritación en forma de suspiro.

—Mi marido se encuentra indispuesto después de la juerga que se corrieron ustedes anoche. Hoy almorzará conmigo en la playa. ¡Pero vamos! Ya son casi las doce y tengo hambre.

Así pues, arrastrando la muleta, siguió a la señora Andersson, que abría la marcha con grandes zancadas hasta apostarse en un lugar donde las dunas eran más suaves.

Tras dar otro bocado pensativo a su sándwich, contempló a la señora Andersson. La piel de su rostro era tan tersa como la de una niña de dieciocho años, la seguridad de sus hombros reflejaban al menos cuarenta años de madurez, la tersura de sus manos no podía tener más de quince años y sus ojos, sus ojos perdidos en la costa, acumulaban tristeza de siete siglos y medio.

—¿Ve esa zona de ahí, donde el agua parece más oscura? —preguntó ella de repente con voz ajada.

Albert miró hacia donde ella señalaba y asintió.

—Allí están todos ellos. Los siete. Son fruto del pecado más ominoso y, aún así, los sigo amando.

—¿Qué pecado?

Ella negó con la cabeza.

—Usted, señor Cushing, tiene un libro negro metido en la cabeza y una barba blanca que le vigila desde arriba. No entendería la esencia de este pecado ni su implicación.

—Sé que hay cosas que están mal, aparezcan o no en la Biblia.

Ella lo miró con una sonrisa triste y condescendiente.

—No. Eso es lo que no entiende. Hay pecados que están bien y buenas obras que son un desastre. Ellos no tenían culpa, solo eran pecado vivo, y por ello ahora están allí los siete. Sé que no soy más que una mujer que no dice más que locuras, pero al menos por ellos, ¿me ayudará a recuperarla?

Albert se aproximó un poco más hacia ella.

—Señora Andersson, si alguien le ha robado algo estoy seguro de que la policía…

—No es la ley de los hombres la que debe juzgar este crimen, señor Cushing. Y no me la robó, me la quitó.

—¿Qué le quitó? Si no sé qué le quitó, no puedo ayudarla.

—Pero sí lo sabe, pobre soldado.

Él se quedó mirándola. Ella sonreía y de fondo escuchaba el canto de la gaviota.

—Escucha eso, ¿verdad? —dijo ella.

Él asintió.

—No son graznidos. No sé qué tienen las gaviotas de aquí que no graznan, parece que canten…

—Lo que tienen, señor Cushing, es misericordia por mí. Su canto es una pobre imitación del que mis hermanas componen desde que el tiempo es tiempo, pero al menos al escucharlas, puedo recordar qué tiempos más bellos pasé con ellas y con mi padre.

Albert la miró sin mucho convencimiento. Volvió a concentrarse en el horizonte y en su sándwich de arenque.

—¿Hace mucho que no ve a su familia? —preguntó.

—Desde que me casé. Desde que me la quitó.

El inglés la miró de reojo.

—¿Es que acaso no le deja volver a verles?

Ella se tragó un filete de salmón. Él se dio cuenta de que no estaba ahumado sino crudo.

—Mi marido no es un mal hombre, señor Cushing. No para la media de hombres. El problema radica en mi naturaleza y la suya. Él no puede evitar amarme tanto como para condenarme a esta esclavitud y yo no puedo evitar alejarme de aquello que me ata y me esclaviza.

—La unión entre un hombre y una mujer no debería basarse en la esclavitud.

—La unión entre un hombre y una mujer, señor Cushing, tal y como la entienden aquí arriba, siempre es una esclavitud. Porque él es siempre el único hombre de ella y ella la única mujer de él.

El rubor llenó el rostro de Albert de improviso.

—Lo que está usted sugiriendo es…

—¿Inmoral? ¿Pecaminoso? —Soltó una risita—. Sí. Ese es el problema con los hombres, que ponen nombres horribles a lo que es natural.

No volvieron a dirigirse la palabra. Siguieron disfrutando del picnic hasta que el sol empezó a teñir de naranja el horizonte.

En el camino de vuelta, ella lo miró.

—No diga una palabra a mi marido de sus planes, los lleve a cabo o no. Y mucho menos al criado.

—Aún no sé qué planes son esos, señora Andersson.

—Tanto mejor, así se abstendrá aún más de mencionarlos. —Se volvió, dispuesta a abandonarle en el patio cuando, de repente, se volvió para decir—: Ah, y excúseme con mi marido, esta noche no voy a cenar nada. Estaré tomándome un baño en las termas hasta bien entrada la noche.

—Joven, no ha dicho nada hoy —dijo el señor Andersson.

Albert sacudió la cabeza, confuso. Miró su plato de köttbullar vacío y luego a los ojos grises del señor Andersson.

—Disculpe, señor Andersson…

Su anfitrión alzó la mano.

—No tiene que disculparse. El único que debería disculparse soy yo por mi actitud de anoche. Nunca debí perder el control…

—De verdad, no tiene nada de lo que disculparse. Era una noche de celebración y bebimos.

—¿Dije algo extraño mientras estuve borracho? —preguntó de repente.

—Solo cantó canciones. Snapvisa, ¿no las llamó así?

—Pero, aparte de eso, ¿no dije nada sobre la mar en la noche y la luna reflejada?

El soldado entrecerró los ojos.

—Eso me lo contó el primer día que nos vimos.

El señor Andersson asintió lentamente.

—Esas noches, esas noches puedes encontrarte cualquier cosa en la mar —dijo—. Esas noches en las que las estrellas se han ido y lo único que puedes ver es la luna en el cielo y su reflejo en la mar.

No se dirigieron una palabra más hasta que Albert se retiró.

Allí, bajo el agua, en un banco de arena, crecían hermosos corales, y ella nadaba entre ellos. Estaba desnuda, y su piel blanca se marcaba con los reflejos turquesa de las olas. Le sonreía y le llamaba a seguirla.

Nadó hasta donde ella estaba. Cuando llegó, ella estaba cavando con las manos bajo uno de los siete corales. Él la ayudó. Entre los dos, desenterraron un pequeño paquete de hule atado con cuerdas recias. Allí mismo cortaron las cuerdas y abrieron el paquete. En su interior había un esqueleto. Pequeño, delicado. Estaban las vértebras y los pequeños fémures, las costillas en miniatura y una pelvis que parecía de juguete. Muchos de los huesos eran aún cartílagos.

El cráneo era el de un pez y estaba fracturado. Y ella, que no tenía piel, lo besaba con lágrimas en los ojos. Porque era uno más de sus hijos muertos.

Cuando se despertó se dio cuenta de que estaba fuera del agua. Intentó boquear un par de veces. Se retorció en la cama. No fue hasta que el dolor de sus costados le trajo del todo a la realidad que recordó que no tenía branquias sino pulmones. Respiró unos segundos más, lentamente, recuperándose del sueño. Y tuvo plena consciencia de lo que tenía que hacer.

Saltó de la cama. Rápidamente se enfundó los pantalones, prescindiendo de la camisa. Se puso en pie sobre la muleta y se lanzó a la noche. La luna estaba partida por la mitad en su camino creciente, semioculta por nubes purpúreas. Bajo su cobijo, atravesó el pasillo y descendió la escalinata buscando el baño. Entró casi a trompicones, cerró tras de sí y, justo en ese momento, se arrepintió de todo lo que había hecho.

Ella estaba allí. Sumergida hasta el cuello en el agua, cuya transparencia permitía ver la piel blanca desnuda. Tenía una pequeña lámpara con ella que iluminaba su rostro y formaba reflejos en su piel, mas no era necesaria porque emitía una extraña fosforescencia ella misma.

—Sus hijos. Los de ambos. Están enterrados bajo el mar. Bajo los corales —dijo Albert.

Ella asintió. Su mueca se tensó y sus ojos se perdieron en algún lugar lejos del tiempo.

—Al principio le dije que no —dijo, esta vez sin acento alguno—. Lo intenté satisfacer con mi boca, con mis manos. Pero él quería algo más, quería entrar en mí. Poseerme, conquistarme. Como todos los hombres —añadió con voz dura—. Le advertí de los peligros, pero no me quiso hacer caso.

—Él los mató.

—Yo quedé embarazada. ¡Yo! Que había tenido mil hijos, me sentía indefensa ante uno solo. De repente, me veía tan hinchada y horrible por culpa de la semilla de él. Y sentir crecer en tu interior una vida, ¡una vida! ¿Cómo va un hombre a entender lo que siente una mujer? Era un pecado espantoso, pero era mío —se golpeaba el pecho con ambas palmas—. Mío.

—Era de ambos.

—¡No! —El grito resonó con ecos extraños contra el agua—. Él no lo alimentó de su propia sangre. Él no lo llevó en su vientre. Él no supo nada de eso. ¿Sabe usted qué hizo él? En cuanto su lindo rostro apareció ante su digna barba, tomó de sus piececillos a la criatura y estampó su cabeza contra el suelo —Imitó el gesto a la vez que su voz se volvía ronca—. Y no una vez, no —Sonreía, y en su sonrisa no había nada similar al humor o la felicidad—. No. Varias veces. Manchó el suelo con mi sangre, ¡sangre de mi sangre! —Las manos se le convirtieron en garras, tendidas hacia delante intentando arrancar la empatía de Albert—. Hasta que su cráneo crujió y derramó los sesos contra el suelo.

Se quedó quieta, como una estatua. Las comisuras de los labios tensas con los músculos del cuello y los ojos empapados en lágrimas de ira. Después, sus hombros cayeron lentamente y sus manos se quedaron laxas. Su boca se relajó.

—El primero fue el peor. Fue el peor. Pero luego vino otro, y otro, y otro más.

—¿Por qué? —preguntó Albert, con la garganta transformada en un nudo corredizo.

Ella volvió la mirada y el agua a su alrededor comenzó a humear.

—¿Por qué? ¿¡Por qué!? —Dijo las últimas palabras con los dientes apretados y el cuello transformado en una palpitante red de venas—. Porque es un hombre. ¡Un hombre! Porque deseaba este cuerpo… —se apretó los senos con fuerza, hasta dejar las uñas marcadas—, estos pechos, estas caderas. —Había estado avanzando en la piscina y, al llegar al borde, se derrumbó sobre los brazos cruzados presa de las lágrimas.

Albert se aproximó a ella, sin atreverse a tocarla.

—Me deseaba… —Ella se dio cuenta y alzó la mirada—. Como me deseas tú.

La mano del inglés se retiró unos centímetros. Su corazón se detuvo.

—Me deseas, Albert Cushing, me deseas desde que me viste en tus sueños —dijo ella.

Cada palabra que salía de su boca tenía el color azul de la melancolía.

—Señora Andersson…

—Ven.

Él no pudo más que obedecerla. Mientras ella se alejaba del borde de la piscina, él entraba en esta sin molestarse en quitarse los pantalones. Cuando al fin llegó a donde ella estaba, le detuvo colocando la punta de los dedos en sus hombros.

—¿Cuándo se la quitó? —preguntó Albert.

—En mil ochocientos noventa y ocho, según vuestro calendario.

Albert asintió, contemplando los labios entreabiertos de ella. Quería abrazarla y besar el nacimiento de su cabello, pero los dedos de ella eran firmes y lo mantenían en su sitio.

—¿Dónde la guarda?

—Si lo supiera la habría recuperado.

—¿Qué puedo hacer yo?

—Relajarte, Albert Cushing.

La cabeza de ella se sumergió lentamente en el agua, sin dejar de mirarlo. Él permaneció unos instantes mirando el agua donde ella había estado, pero luego no pudo mirar nada más. Mientras ella lo arrastraba a las profundidades de su propio ser, Albert notó que algo le ardía en la nuca. Se volvió, apenas dueño de sus actos, y el Océano mismo lo censuraba con la mirada vacía.

El alba no había roto cuando Albert se despertó. Era ella, que lo sacudía con ímpetu y urgencia.

—Es la hora. Él no está. Vamos a buscarla.

Salieron todo lo rápido que le permitían a él las muletas y entraron en el cuarto al otro lado del que ocupaba Albert, el cuarto del señor Andersson. Era una habitación enorme, llena de muebles que parecían haber llegado directamente del camarote de un capitán. Un arcón gigantesco ejercía de mesa para un sinfín de astrolabios y brújulas. En la mesa, enorme, podían verse cartas de navegación y mapas. El cabecero de la cama estaba coronado por un enorme arpón ballenero. Ella se estremeció al verlo.

—Tiene que estar aquí, en alguna parte.

Albert asintió y comenzó a buscar.

—¿Cómo es? —preguntó de repente.

Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Es mía, es como es.

—Sí, pero ¿cómo la reconozco?

—Es mi piel, la reconocerás.

Albert no pareció muy convencido, pero reanudó la búsqueda. En ese instante, un portazo le hizo detenerse y darse la vuelta. El sol del amanecer recortaba la gigantesca silueta del señor Andersson.

—No sigas buscando, querida. No te la voy a dar.

Ella se volvió, de repente transformada en la misma diosa Némesis.

—¡Es mía! ¡Mía! Me lo has arrebatado todo, me los has arrebatado a todos ellos…

—Lo hice por ellos —dijo él con voz estrangulada.

Ella lanzó un grito espeluznante. Parecía haber sido concebido en las aguas abisales y provenir de todas las aguas del mundo, y a la vez era el grito de una madre herida. Se dirigió toda garras y dientes hacia su marido.

Una detonación. De nuevo detonaciones, fuego y ruido.

Pero esta vez era solo un momento. La pistola en manos del señor Andersson humeaba, y ella caía en la cama, cada vez más pálida, tiñendo de escarlata la colcha. Albert miró al señor Andersson y comprobó que este derramaba grandes lágrimas. El inglés se lanzó, saltando a la pata coja, contra su anfitrión, que sin apenas esfuerzo lo rechazó con un solo brazo, mandándolo fuera de la habitación. Cerró la puerta y pudo escuchar la llave girando en el cerrojo. Albert empezó a golpear la puerta.

—¡Señor Andersson! ¡Déjeme ayudarla! ¡Necesita ayuda médica! ¡Señor Andersson! ¡Sebastian!

El criado apareció de repente.

—Ha ocurrido —dijo.

Albert asintió, recuperando el aliento.

—Tarde o temprano debía ocurrir —sentenció el criado—. Han pasado demasiados años.

En ese instante, la mente de Albert se iluminó.

—¿Qué ha dicho?

—Que han pasado muchos años…

—«Muchos años ha que se cometió el crimen y el padre de la novia nunca fue invitado».

—¿Qué dice?

Albert miró al criado con ojos febriles.

—«Muchos años ha que se cometió el crimen y el padre de la novia nunca fue invitado. Pero todo tendría que cambiar con el paso de las eras», es lo que ella dijo. ¡Es lo que ella dijo! Quédese aquí.

Se levantó sobre su única pierna y comenzó a moverse todo lo rápido que podía, apoyando parte de su peso en la barandilla.

—¿Adónde va? —preguntó el criado.

—A por los refuerzos.

Había sido penoso llegar hasta su habitación, pero una vez tuvo en su mano las piedrecitas que ella le había dado, se sintió con fuerzas suficientes como para bajar al baño. La piscina se encontraba vacía de agua en ese momento. Albert se descolgó en su interior y contempló el mosaico. No le quedó duda alguna sobre lo que tenía que hacer. Colocó las piedras allí donde debían estar, en los ojos del dios Océano. En cuanto terminó de colocar la última se apartó, temeroso. No obstante, no notó ningún cambio. Se sintió de repente muy ridículo por lo que acababa de hacer, hasta que los ojos de Océano se clavaron en él.

«Y entonces el ciego vio de nuevo, y lo que vio no le pareció justo».

Las piedras no se movían, pero el dibujo estaba vivo, palpitaba. Como si hubiera dos imágenes en su cerebro. Una, la que veían sus ojos, era el mismo mosaico quieto e inmóvil. La otra, la que sentía su corazón, era el rostro enorme y sin compasión del mismísimo Océano en persona, con su corona de mariscos moviéndose con ira vengativa y su barba de algas temblando de indignación.

«Bajo las olas gritaron los frutos del pecado. Sobre la mar el viento alzó las olas. Y llegó el agua».

Océano abrió la boca, al principio lentamente, dejando escapar un reguero de agua a presión por él, y luego más rápidamente, haciendo que un torrente de agua bañase a Albert y llenase en segundos la piscina. Era agua marina, salada, y venía acompañada por peces y arena que habían sido arrastrados por las olas. Albert salió de la habitación, viendo cómo el torrente de agua se desbordaba por la puerta y comenzaba a inundar el patio. A su espalda escuchó la voz del Océano, pero hablaba en una lengua que los hombres no conocen. Y algo más, algo que nunca fue humano, que venía con el agua marina.

Albert se agarró fuerte a una columna, evitando que la marea que entraba le arrastrase, viéndose finalmente sumergido en el lago en el que se había convertido la primera planta. Se deslizó, impulsado por sus brazos y su pie derecho, hacia la escalinata, y se arrastró fuera del agua en el primer piso. Desde allí pudo verlos llegar.

Eran cinco sirénidos. Todos portaban armaduras hechas de piedra volcánica forjada en las dorsales oceánicas. Aún conservaban entre sus grietas el brillo del magma. Sus torsos se alzaban, orgullosos, con el vientre nacarado surcado de manchas oscuras. En los brazos recios portaban afilados tridentes. Salían del agua escalando por las columnas, donde clavaban sin esfuerzo las recias patas que nacían de sus abdómenes rojos y acorazados, como de langosta. El criado se apartó de su camino. Ellos sabían hacia donde tenían que ir.

Los tridentes hicieron trizas la puerta en pocos instantes, pero en el umbral les esperaba el señor Andersson, que casi podía compararse a ellos en altura y envergadura, armado con un arpón ballenero.

—No me la quitaréis sin luchar —dijo.

La batalla duró poco. Los tridentes cayeron sobre el anciano, que en un instante yacía muerto en el suelo. Pisando su cadáver con sus patas de crustáceo, entraron en el cuarto y enseguida salieron.

La muerte le había traído una belleza sobrenatural. Más pálida y serena que nunca, con los labios azulados entreabiertos en la promesa de un beso y los párpados caídos en un sueño dulce. Uno de ellos la sostenía entre sus brazos, con delicadeza. Otro traía consigo el fruto de tantos desvelos. Una piel de foca. La depositó en el suelo y esa piel fue su sudario.

Entonces llegó el Océano.

Su cabeza emergió de entre las aguas, coronada con pinzas y patas de crustáceos, cubierta de cabellos y barbas que en realidad eran algas, clavando sus ojos terribles y ancianos en el cuerpo de su hija. Abrió la boca y los sirénidos introdujeron el cadáver en su interior.

Y luego todo desapareció. Solo quedaron Albert, el criado y el cadáver del señor Andersson. Pero en la retina del inglés aún estaba guardada la silueta de ella, justo allí donde había estado, donde nunca más estaría.

Graznidos de gaviotas. No canciones. Desde que ella se había ido las gaviotas habían dejado de cantar. La noche estaba cerrada, ni una estrella se veía en el cielo, solo la luna llena que se reflejaba en el espejo negro de la mar. Mas en el agua sí había una estrella, un pequeño brillo que se acercaba lentamente hacia el horizonte.

—No hubiera permitido que lo hiciéramos en otra noche —dijo Albert.

El criado asintió mientras contemplaba la embarcación arder. Allí estaban los restos de Sebastian Andersson. Una lágrima se derramó por la mejilla tostada.

—¿Qué hará ahora? —le preguntó el inglés.

—Volveré a mi tierra, quizás. Buscaré tierras que no haya pisado, tal vez. Mis pies decidirán por mí.

Los dos permanecieron varios minutos más en silencio, hasta que el agua engulló el fuego y la luz se apagó para siempre.

—Es irónico, tanto dolor nacido de tanto amor.

La mano del criado se posó en el hombro del soldado.

—Es usted joven. El amor es irónico, si no, no sería amor.

Albert se volvió y lo miró fijamente.

—¿Qué era ella?

—¿A qué se refiere?

—¿Era una sirena? ¿Era una ninfa oceánide? ¿O alguna otra criatura marina?

El criado se levantó y, con una sonrisa, dijo:

—Ella era una mujer muy particular, señor Cushing.

El inglés sonrió, dejó que el criado le ayudase a levantarse y, mirando la luna, alzó una copa imaginaria:

—En honor de las mujeres particulares.