ESTE BARCO NUNCA DORMIRÁ
José Alberto Arias

Este barco nunca dormirá, lo sé bien. Aunque yo desaparezca, aunque quede desierto, nunca dormirá. Me he topado con todas las leyendas vivas: el Holandés Errante, el Jian Seng, el USS Hornet, el Queen Mary y, sobre todo, el peor de todos, el Mary Celeste. Naturalmente, no todos los barcos fantasma aparecieron juntos, sino a lo largo de estos meses a la deriva. Ahora estoy solo, y he perdido la esperanza. El Esperanza Brava no aguantará como lo han hecho estos barcos siniestros. No tiene la fortaleza ni el cuidado que tuvieron ellos, pero sí su maldición. Hace dos días, cuando desapareció Alisha, decidí arrojarlo todo por la borda. Sus pertenencias, el alcohol y el cuaderno de bitácora. Nunca aspiré a ser capitán de este barco, y por tanto no soy quién para mantenerlo a flote a pesar del miedo. Hay noches en las que tengo tanto que me quedo en cabina, temblando de pies a cabeza, prácticamente entre espasmos, con los dedos ateridos y agarrotados en torno al timón. Cuando pasa la noche tranquila, no hay problema; cuando aparecen los otros barcos o se oyen las voces, entonces rezo para ser el siguiente. Pero nunca lo soy.

El viaje comenzó por accidente. Cuando Alisha y Dennis vinieron de visita en el barco que acababan de comprar y tuvieron que ser rescatados en alta mar, no sabíamos nada de lo que se avecinaba. En una noche de luna llena quedamos para hacer una moraga junto al mar. Se nos unieron Sergio y Koldo y entre vinos y caladas surgió la idea de aventurarnos los seis en un viaje épico, una de esas travesías que los hombres han aspirado a cumplir desde el principio de los tiempos, el hombre contra el mar, fuera de su medio, en medio del miedo. A veces, de niño, me aterraba pensar lo que ocultarían las toneladas y toneladas de agua, las criaturas inimaginables en las zonas sin explorar, los recodos más recónditos de los océanos, la negrura húmeda, seres ciegos que respiran el agua envenenada del fondo, que son de hueso para aguantar la presión del agua en sus cuerpos pegajosos. Con el tiempo se me pasó ese miedo, aunque siempre que nado temo que algo me roce la pierna y tire de mí abajo hasta transformarme en parte del mar. Eso fue cuando creía que existían los monstruos marinos. Ahora que lo sé, aquel miedo me parece estúpido. Ojalá fuera ese el miedo que me mantiene congelado en la cabina de mandos.

Éramos ocho. Sergio y Koldo con los dos críos, Alisha y Dennis, dueños del barco y capitanes (siempre hablaban en plural, siempre juntos, como si nada pudiera dividirlos), y por último Margot y yo. Estábamos listos para la aventura de nuestras vidas, y comenzamos sin problemas. Atravesamos el Atlántico hasta alcanzar el Caribe, siempre con el apoyo de los amigos internacionales de Dennis, que le aportaban el combustible y los víveres que solicitaba por radio. No supuso una odisea, sino un paseo prolongado. Solo Alisha parecía tener problemas con el mareo provocado por el vaivén. A veces interceptábamos mensajes de otros barcos, la mayoría en lenguajes desconocidos. Bordeamos América del Sur hasta adentrarnos en el Pacífico, donde las leyendas sobre barcos malditos y fenómenos inexplicables cobraban vida como en ningún rincón del mundo. Los niños se mostraban irascibles, discutían a menudo con los padres y agriaban el ambiente tranquilo de las tres parejas.

Quizás por ello tardamos en percatarnos de su ausencia varias horas. Koldo llegó alterado, con el pelo sobre la cara y hecho un puñado de nervios. Los seis retomamos las labores de búsqueda por el velero, aunque pronto desistimos. Solo había una salida: el mar. Los botes salvavidas seguían amarrados al barco, pero no había rastro de los niños. Sergio, histérico por la desaparición de sus hijos, creyó atisbar en el casco del barco unos restos de sangre, aunque todos estuvimos de acuerdo en que solo era un arañazo en la cubierta. Creímos eso, o hicimos como si lo creyéramos. Y sin embargo…

Las dos noches siguientes apenas descansamos. Cada ruido, cada chocar de las olas contra el barco, cada soplo agudo del viento nos parecían las voces de los niños pidiendo auxilio. Además, Koldo y Sergio no dejaban de discutir. Durante los días se reprochaban el uno al otro no haber estado más atentos y se retaban a abandonar el barco en un bote para no alejarse más del lugar donde habían desaparecido los niños. Sin embargo, decidieron esperar. Dennis terminaba de forma tajante todas las discusiones de la pareja, y exigía tranquilidad y respeto mutuo como capitán del barco.

A pesar de que procurábamos permanecer unidos para que la moral colectiva no quedara más minada, una mañana Sergio no estaba. Se había esfumado como sus hijos. Una vez más, Koldo entró en pánico y comenzó a amenazarnos a todos. Decía que habíamos sido todos, que nos habíamos deshecho de su familia porque no concebíamos su felicidad, que éramos homófobos reprimidos, que nos denunciaría para luego ocuparse de nosotros personalmente. Al fin, Dennis decidió encerrarlo en uno de los camarotes. Lo encerró y arrojó la llave al mar a pesar de los gritos de Margot y su amada Alisha, quien había demostrado ser mucho más que el nuevo ligue del capitán, tal vez incluso la definitiva. Lo cierto es que, a pesar de la aparente solución y calma impuestas por Dennis, cuando estudié el casco para encontrar rastros de Koldo, hallé una superficie impoluta, limpia de ralladuras o restos de sangre. Como si lo que se había llevado a los niños hubiera tratado de limpiar su huella. Eso me hizo pensar, aunque preferí no compartirlo con nadie para no alterarlos.

Al parecer, la idea de ocultar información para no desatar el pánico no era mía en exclusiva, ya que esa noche, tras encerrar a Sergio, mientras Margot y Alisha se ocupaban de la cena, Dennis y yo mantuvimos una conversación bastante reveladora.

—Prométeme que no dirás nada —comenzó, y se me aceleró el pulso.

—No te puedo prometer nada. Dennis, como hayas tenido algo que ver con lo de los críos o…

—No es eso. Cállate, joder, es importante.

—Dime.

—Estamos perdidos.

—¿Cómo? No está el horno para bollos, déjate de gilipolleces.

—Que va en serio, hostia. No tengo ni idea de dónde estamos.

—¿Y el mapa?

—Sin señal.

—¿La radio?

—Ídem. No funciona ningún aparato electrónico desde hace varios días, así que estamos jodidos.

—Pero tío, ¿cómo no has dicho nada antes?

—Y yo qué sé. Esas cosas pasan. Shit happens, como dicen los ingleses. Creía que se resolvería solo…

—¿Y si nos guiamos por el firmamento?

—No es posible.

—¿Por qué?

—Tú espera a que llegue la noche, ya verás.

—Empieza a tocarme los huevos ya tanto misterio… ¿Has visto que no quedan manchas de sangre en el casco? Quien se haya desecho de Koldo, ha limpiado las huellas.

—No tienes ni idea. ¿No ves que es el mar? No hay más, el puto mar que está siempre cambiándolo todo. ¿Por qué te crees que me compré un barco? Porque aquí todo es inesperado, no se puede planear lo que va a ocurrir. El hombre no está hecho para vivir en el mar y, cuando lo intenta, hace que nos acordemos pero que bien.

—¿Qué cojones…?

—Los barcos que desaparecen. Barcos enteros, ¿sabes?, zarpan y no se vuelve a saber de ellos o de su tripulación. Y la gente que está nadando y de pronto se hunde en el agua como si algo se los hubiera tragado. ¿Te crees que son tiburones o calamares gigantes? ¿Monstruos marinos? Eso no existe, te lo digo yo. Es el mar, que a veces nos recuerda que para nosotros ya hizo Dios la tierra.

Llegada la noche, cuando los demás permanecían abajo, salí un momento con la intención de observar las estrellas, la luna y así poder orientarme. Cuando miré al firmamento, encontré un manto negro donde no brillaba nada. Solo se oía el roce de la proa a medida que rasgaba el agua a merced del viento, pues habíamos apagado el motor para reservar el poco combustible en caso de emergencia.

En la noche cerrada no vi el otro barco hasta que pasó a unos metros del nuestro. Cuando leí las letras gastadas apenas podía creerlo: Queen Mary. La leyenda del barco fantasma, la madera vieja, las velas ajadas, la cubierta desierta, arrastrado en dirección contraria a nosotros a pesar de que el viento soplaba a nuestro favor, como si algo lo desplazara, una corriente oculta en el agua, una ballena jorobada que empujara por debajo, cualquier otra extraña gesta.

Decidí bajar en busca de auxilio para que alguien me dijera que lo que acababa de ocurrir no era producto de algún delirio. En cuanto entré en el comedor, las dos mujeres y Dennis reían sin parar. No dejaban de repetir frases a las que no lograba encontrarles sentido, de modo que empecé a mosquearme. Aunque trataba de llamar su atención, seguían con su estúpido juego de chistes sin sentido.

—¡Hay un barco, joder! Hostia ya con las gilipolleces —estallé, y se callaron, se pusieron muy serios y volvieron a reír juntos, con carcajadas más fuertes aún.

Un grito nos heló la sangre y todos recobraron la compostura. El grito, como reconocimos de inmediato, era de Sergio, un grito de pavor, exaltado, el grito en el que cabía todo el miedo del mundo. Dennis abrió un cajón tras unos jarrones y sacó un revólver. Se dirigió hacia el pasillo, y yo le seguí.

—Vamos todos, no os separéis.

Fuimos los cuatro en cadena cogidos de las manos hasta el camarote cerrado a cal y canto de Sergio. De su interior ya no llegaba un grito de miedo, sino un llanto soterrado, casi silencioso. Parecía murmurar algo que no llegábamos a entender.

Dennis disparó al cerrojo y abrió deprisa, empujó la puerta con el hombro y entró. Le seguí yo. El camarote se encontraba vacío. Miramos hacia el techo, detrás de la puerta, por la ventana rejada, pero no había ni rastro de Sergio.

—Aquí pasa algo muy raro. Arriba acaba de pasar un barco vacío.

Dennis salió corriendo y volvió enseguida con una cajita de cartón.

—¡Vamos fuera, las bengalas! A ver si nos ven, tienen que andar cerca.

—Dennis…

—¡¿Qué?!

—Era un barco fantasma. Era el Queen Mary.

De todos modos, subió a cubierta y lanzó una, dos y hasta tres bengalas que ardieron y se consumieron en la noche. Apenas nos iluminaron a nosotros, supimos que no había escapatoria posible al mar una vez que este ha probado la carne.

Establecimos desde esa noche unas pautas de actuación. Siempre deberíamos ir juntos, o a lo sumo en pareja. De ir en pareja, lo que fuera que había acabado con los cuatro no se atrevería a atacarnos a los dos. Esto nos sirvió para profundizar en nuestras relaciones, ya que desde que habíamos comenzado el viaje, al estar constantemente rodeados de personas, habíamos descuidado a la pareja. Alisha se había soltado el cabello y no dejaba de manosear a Dennis a todas horas y en todas partes. A Margot le hacía gracia esa libido desatada de manera tan repentina, y a veces también le daba por jugar, aunque en esos momentos lo que menos me apetecía era pensar en el sexo. Mi instinto de supervivencia decía algo bien distinto como para preocuparme por compartir orgasmos.

No fui yo el único en avistar los barcos fantasma. A plena luz del día, mientras limpiaban la cubierta Margot y Alisha, pasó ante ellas el USS Hornet, aunque no conocían el significado de ese encuentro. Dennis demostró ser todo un lobo de mar, al corriente de las principales leyendas marinas a lo largo de toda la historia. Siempre que trabajábamos juntos, mientras pescábamos o conservábamos los alimentos, se dedicaba a contarme historias imposibles ocurridas en el mar.

—¿Por qué te empeñaste entonces en lanzarte al océano? Es como si lo estuvieras buscando…

—No le tengo miedo. Tenía que demostrármelo… Tenía que demostrarle a Alisha que soy el hombre que necesita, ya sabes… Joder, no es tan difícil entender que tenía que cometer una locura por ella.

Si hubiéramos sabido que el amor puede condenar al hombre a un infierno de agua salada…

Esa noche apurábamos una de las últimas botellas de vino. Celebrábamos nuestro aniversario, los cinco años de relación con Margot, y cocinamos un pescado blanco con cebolla dulce y el mismo vino con el que brindábamos. Estábamos cerca del postre, cuando me iba a arrodillar con el anillo que llevaba escondido en los calcetines, cuando el techo crujió. Todos miramos arriba sin mediar palabra; era como si alguien o algo recorriera la cubierta.

—Quietos —dijo Dennis, y sacó el revólver del cajón.

—No hagas tonterías.

Me ignoró. Mientras tanto, las mujeres se escondieron tras de mí con mil imágenes horribles en sus cabezas.

—Es grande —comentó Dennis, como si los demás no supiéramos que el crujido solo podía ser provocado por algo grande o muy cabreado.

De repente, el barco comenzó a temblar y escuchamos el gemido de algo contra la nave central, como si otro barco o un iceberg nos hubiera golpeado de lleno. Dennis no aguantó más y salió corriendo escaleras arriba, de modo que lo seguí para evitar la catástrofe. Llegamos a cubierta y rodeamos todo el barco para observar los daños o la fuente de la colisión. No obstante, el casco se encontraba en perfecto estado.

—¿Qué es? —gritó Margot desde la puerta de la cabina.

—Vuelve dentro, no ha sido nada.

—¡La caldera! ¡Ha tenido que ser una roca! —indicó Dennis.

—Aquí había algo, Dennis. Cálmate, guarda la pistola. Lo hemos oído los cuatro, lo sabes. Bajo a comprobar la caldera.

Margot me acompañó, pasamos por los camarotes y llegamos a la caldera. Tampoco había nada ahí, de modo que subimos deprisa a cubierta para comunicárselo a Dennis.

—¡Nada! Abajo no hay nada, ¿qué cojones es todo esto?

—El mar. Ya te lo dije.

—¿Te parece muy divertido? ¿En serio? No se te ocurra apuntarme con el cañón.

—¿Y Alisha? ¿Ya la habéis dejado sola abajo?

—Estaba en el cama… —intervino Margot.

—Tú te callas.

—Si tienes huevos, me lo dices a mí.

Me abalancé sobre él y le empujé; cayó de espaldas contra el timón ornamental de cubierta, y al caer disparó al aire. Margot gritó y me abrazó por detrás. Yo estaba temblando, no podía dejar de sudar con ese sudor frío que me atería de dentro afuera. Me sacudí para quedar solo y acudí hasta Dennis, que observaba aterrado el revólver aún humeante. Se lo quité y lo ayudé a levantarse. Temblaba, temblábamos. En la puerta nos esperaba Alisha con los ojos llenos de lágrimas. Margot no estaba en cubierta.

—¿Y Margot?

—¿Margot…? No sé… yo acabo de salir. ¿Quién ha disparado?

—¡Estaba ahí! ¡Me estaba abrazando, no me toques los huevos! ¿Y Margot?

Alisha reemprendió el llanto.

—No sé nada… te lo juro, a… aca… acabo de salir… No estaba.

—¿Quién me ha abrazado?

Dennis abrazó a Alisha y ambos cayeron de rodillas sobre la madera de cubierta. Me asomé al puente de mando, como si Margot fuera a estar oculta entre paneles y muebles, pero no había nadie. Saqué el anillo del bolsillo.

Arrojé el anillo por la borda.

La convivencia se hizo un infierno. A veces, en mitad de la noche o incluso a pleno día, abandonaba la sala común y paseaba por la cubierta con la esperanza de que Margot apareciera como se había ido. Deseaba hallar restos de su pelo o su sangre o su vestido flotando en alta mar… pero no. El mar la había devorado por completo y cada día tenía más claro que haría lo mismo con nosotros, si es que no lo había hecho ya en ese limbo donde no cabía la civilización. No me importaba ponerme en peligro, y lo cierto es que a Alisha y Dennis tampoco les preocupaba que yo me alejara a solas, como clamando al monstruo o al mar que lanzara un tentáculo y me arrastrara hacia el fondo, en ese templo submarino poblado por los cuerpos de cientos, de miles, quién sabía si millones de desaparecidos en las inmensidades marinas.

No me asustaba nada, las cosas que flotaban en el agua, los ruidos que creía oír, a veces gritos lejanos de alguien perdido, un reflejo mío, algún pájaro que se aventuraba y llegaba a morir a nuestro barco… Todo aquello no me daba miedo; nada me dio miedo, ninguna desaparición, ni siquiera la de Margot. Lo que de veras me aterró fue lo ocurrido durante la noche de la tormenta.

Empezó a llover a media tarde, primero un viento loco preludio del fin del mundo, un aire eléctrico que envolvía nuestros cuerpos y convertía al barco en medio del agua en un objetivo idóneo para ser atravesado por un rayo. Aguanté la guardia en cubierta hasta que, llegada la noche, me relevó Dennis. Salió a cubierta con su gorro de capitán y un ridículo chubasquero con el que poco podría hacer en vista de las gotas que caían como cubos de agua. Como llevaba horas atrapado entre la lluvia y el frío, bajé a la sala común con el rostro lívido y los músculos ateridos. Alisha me esperaba con una manta entre las manos, abierta para recibirme. Desde la desaparición de Margot, se había vuelto mucho más comprensiva conmigo que su novio, y desde luego yo había respondido feliz a sus atenciones.

—Estoy asustada —dijo mientras me quitaba la sudadera y la camisa. Me dejé caer en la manta entre sus brazos. Me abrazó sobre la franela caliente—. Tenía la manta junto a la caldera para que te desentumeciera los músculos.

—Gracias… ¿Por qué tienes miedo?

—La tormenta. Podría hundir el barco con una ola más grande de la cuenta.

—¿Eso te asusta?

—El mar… Dennis me cuenta muchas cosas.

—No le hagas caso, ¿vale? Le gusta mucho el espectáculo, siempre con su gorrito de capitán y sus historias de viejo lobo marino. Solo tiene un puto barco de mierda, ¿se cree Barbarroja?

Alisha se rio conmigo. Ninguno pensaba en Dennis, luchando contra la tempestad para que el barco no tuviera ningún problema, para que no se nos pasara ningún barco o señal de civilización, por difícil que resultara en esa noche fría y violeta y gris y negra.

—He calentado agua para que entres en calor. Túmbate.

Me tumbé boca abajo. Me desnudé. Fuera, el viento aullaba y la lluvia golpeaba el techo como látigos metálicos. Alisha comenzó a masajearme con una esponja empapada en agua caliente y dejó caer su cuerpo contra el mío, sobre el mío, sus pechos en mi espalda como calambres de carne al rojo vivo. A nuestro alrededor, solo era el silencio y mis latidos y sus latidos, y mis gemidos y sus gemidos, las uñas sobre la piel, la lengua sobre la piel, la esponja en el suelo como testigo cómplice. Fuera, el frío y la lluvia, la oscuridad, el mar y sus criaturas, golpes de olas gigantes, objetos que caían de las estanterías a nuestro lado, disparos…

Los pasos nos descubrieron desnudos, Alisha abrazada a mi cuerpo con sus brazos y piernas. Cuando se abrió la puerta, Dennis irrumpió en la habitación, fuera de sí. Portaba el arma que había pasado a convertirse en parte de su atuendo habitual y venía empapado de pies a cabeza. Un hilo de sangre manaba de su frente. Ni siquiera reparó en nosotros, en nuestra desnudez, en nuestra pequeña traición; su mirada estaba perdida en algún punto ahí fuera, temblaba con auténticos espasmos de epiléptico, respiraba con dificultad, se mordía la lengua.

—¡Dennis! ¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho eso? —le gritó Alisha, y se le aproximó envuelta en la manta que me acababa de arrebatar.

—¡Le he dado! ¡Le he metido dos balas, pero no puede morir! ¡No podemos matarlo, pero estoy vivo! El mar no puede morir…

Estaba fuera de sí, parecía loco. Abrazó a Alisha y se dejó caer al suelo.

—¿Qué ha pasado ahí arriba? —pregunté al fin—. Dennis, mírame a los ojos.

Me miró al pecho, al abdomen, a la entrepierna. Apartó la vista molesto por mi desnudez. Entonces, fue como si recuperara el raciocinio y se diera cuenta, y comprendiera. Yo estaba desnudo, Alisha estaba desnuda bajo la manta, ambos estábamos solos, se respiraba el calor, se respiraba la tensión. Ella se levantó y se puso a preparar una infusión para Dennis. Mientras, él se quitó la ropa empapada.

—Vamos a morir los tres —anunció al fin.

Alisha temblaba, la cuchara no dejaba de retumbar contra la porcelana de la taza. Dennis, ya desnudo, se rascó la entrepierna y observó de cerca el revólver.

—Lo que se ha llevado a los demás viene a por nosotros. El mar tiene brazos, hijos de puta. Y ojos, tiene muchos más ojos que vosotros. ¿Vosotros me ibais a engañar? ¿Cómo, hijos de puta? Traidor, eres escoria…

—Dennis…

—Y tú eres una puta. Eres un putón de mierda, no te mereces ni una de mis balas. A ti te tiro al agua sin matarte, que se te coma el mar.

Alisha no podía sostener la taza. El agua no dejaba de derramársele a medida que se acercaba a Dennis. Cuando la tuvo a alcance, le dio un puñetazo que la tumbó; la taza se hizo añicos contra una estantería y el té fluyó por la madera del suelo. Salté sobre Dennis para que no le diera tiempo a apuntarme. Caí encima de él. Mi cuerpo contra el suyo sonó como una pechuga cruda sobre la encimera de la cocina. Nos dimos de bruces con las escaleras que llevaban a cubierta, cada escalón clavado a una altura distinta de la espalda de Dennis. Gritó y me metió varios dedos en la boca mientras trataba de clavarme otro en el ojo. Le mordí, pero no retiró la mano. Noté la sangre en la boca y al fin lo dejé ir. Me golpeó en el cuello con el puño cerrado y me alejé de espaldas. Choqué contra Alisha, pero no podía respirar: el cuello se había cerrado y no permitía el paso de aire. Por un momento pensé que todo acababa ahí, que la vida se escapaba en esa niebla blanquecina, en los gritos de Alisha y las patadas de Dennis, pero la arcada debida al golpe me obligó a toser con violencia. La sangre salpicó el suelo, el aire llenó mis pulmones.

Cuando pude ponerme en pie, entre el sillón y la mesita, vi que Alisha blandía un cuchillo de cocina ante su pareja y lo agitaba con violencia.

—¡No me tocas otra vez! Antes te mato o me mato, cabrón.

—Alisha, tranquila, aléjate —dije yo—. Puedes hacerte daño, ya ha pasado.

Dennis seguía chorreando el agua de la lluvia; parecía recién salido del mar. Cogí el objeto que tenía más a mano, el cazo donde Alisha había calentado el agua, y rodeé el sillón en guardia. Dennis echó a reír, los relámpagos se colaban por el hueco de la escalera. Fuera, el viento aullaba, la lluvia aullaba, la noche aullaba, el mar rugía. Alisha se abalanzó sobre Dennis con el cuchillo en mano y él le dobló el brazo y se apoderó del arma. Aproveché que me daba la espalda para golpearle con fuerza en la cabeza, encima de la nuca, en el bajo cráneo. Crujió la primera vez y la segunda, y la tercera, y así hasta la séptima, cuando la cabeza era una masa blanda y yo un asesino y Alisha una criatura bañada de sangre.

Todo aquello tuvo lugar en poco más, poco menos que media hora. Nunca supe qué fuerza nos volvió locos, si ya lo estábamos y solo faltaba una tormenta para ponernos entre las cuerdas, si formaba parte del plan del mar. Sea como sea, colocamos una pieza más en el destino del Esperanza Brava, aquella nave maldita y huérfana de capitán.

Cargamos juntos el cuerpo de Dennis y lo arrojamos por la borda en la noche más lluviosa de nuestra travesía.

—Estoy muy, pero muy asustada.

—¿Por qué?

—Has matado a Dennis, por Dios. Lo has matado y yo no he hecho nada y estamos en medio del mar y nos va a devorar también a nosotros, y…

—Olvídalo. Olvida a Dennis y todo lo que te ha contado. Ya sé que él tenía sus teorías y todo, pero era un paranoico. Es por su culpa que estamos aquí. Él compró el barco y provocó que nos perdiéramos.

—¿Pero y el mar? Hay criaturas ahí, tiene que haber algo que nos devore cualquiera de estos días.

—¿El mar te da miedo? ¿En serio? Conozco historias que no tienen nada que ver con lo que pasa aquí y dan mucho más miedo. Me han ocurrido a mí y son mucho peores.

—Cuéntamelas. Pero solo si son verdad.

—¡Claro que son verdad! Todo el mundo conoce una historia terrorífica sobre el mar, ¿verdad? ¿A que tú también conoces una?

—Una de cuando era niña…

—Cuéntamela, y te cuento yo la mía.

—Yo… Bueno, esta era yo con quince años o así. Se me da fatal contar historias, perdona… bueno, pues pasaba el verano con mis padres en un pueblecillo de cerca de Cangas, ¿sabes? Y tenía una pandilla de siete amigos que siempre salíamos, casi todos del pueblo, y nos íbamos juntos y los del pueblo nos contaban las historias de miedo de la gente de ahí. Pues había una historia de un marinero que una vez salió solo a alta mar porque necesitaba la pesca para venderla, y fue en tormenta un día cuando no salió nadie más, y bueno, pues eso, que salió y no lo volvieron a ver. El barco volvió a los dos o tres días y estaba vacío, lo arrastró la corriente. Buscaron en el barco y no había nada, ni restos de haber vivido el hombre ahí, ni el cuaderno de bitácora, nada. Nada. Como si en el barco no hubiera partido nadie. Bueno, pues los chavales del pueblo contaban que algunas noches, si te acercabas a la orilla y te quedabas toda la noche sentado con los pies justo a donde llegaba el agua, aparecía de debajo del agua y se arrastraba por la arena con algas y conchas y tierra pegada y te agarraba y tiraba de ti al fondo para no estar solo.

—Dime que fuiste.

—Bueno, nos quedamos una noche. Estábamos como diez, todos en la orilla y al principio bien, bebiendo y eso, pero hacía mucho frío. Teníamos los pies empapados. Algunos se fueron pasado un rato porque hacía frío y eso, porque no pasaba nada, pero nosotros nos quedamos. Sabíamos que si nos quedábamos aparecería el marinero. Fue una locura todo eso. Yo sabía que Antón se había quedado por mí, para demostrarme lo valiente que era y aprovecharse y eso, era como mi novio. Cuando me di cuenta, estaba algo borracha y me quedé tumbada mirando las estrellas, y casi no sentía las piernas del frío. Antón me dio su sudadera para que me tapara, y yo me quedé medio dormida. Al final, nos quedamos solos. Pues yo estaba dormida y no me acuerdo bien de todo, pero Antón empezó a gritar y a despertarme y decía que lo habían agarrado del pie, que ya había llegado. Me desperté corriendo y cuando fui a ponerme de pie me caí de boca porque tenía las piernas congeladas. Entonces miré atrás y Antón estaba dándole patadas a alguien y yo tiré de él con todas mis fuerzas hasta que salimos corriendo los dos como locos por la playa. Por pocas me muero aquella noche, nos cruzamos todo el paseo marítimo corriendo y cuando llegamos al final, yo estaba temblando muchísimo y él también, y tenía el tobillo lleno de algas que se le habían pegado. «¡Me ha dicho que soy un hijo de puta!», exclamó, y pasamos el resto de la noche juntos en el portal de un edificio, muertos de miedo… y bueno, es una tontería pero qué miedo, de verdad.

—¿Ves? Eso sí es miedo… ahora te cuento yo la mía, ¿te cuento la mía? ¿Segura? Vale, pues la mía también fue en un verano que pasé con una novia en su casa de la playa. Sería el ochenta y tantos, y fue un verano buenísimo, pero en el pueblo donde vivíamos empezaron a desaparecer niños. ¿Sigo? Pues era así, todas las semanas desaparecía por lo menos un niño, salió en la tele y todo y nadie sabía lo que pasaba, solo que siempre desaparecían en el agua cuando alguien se descuidaba. Un día fuimos a la playa mi novia y yo con su prima pequeña, Mónica se llamaba, y estaba jugando con sus amiguitas en el agua y nosotros a lo nuestro, cuando oímos a una mujer gritando porque no encontraba a la amiga de Mónica. Era la madre, pero es que Mónica tampoco estaba por ninguna parte. El tema es que pasamos toda la tarde esperando por si aparecían o se habían extraviado o algo, pero aquella tarde desaparecieron tres niñas: Mónica y sus dos amigas. Ya, ya… Imagínate luego en casa, la familia, los gritos, una locura… Y estuvimos todo el verano rastreando la isla, los pozos tierra adentro, los vertederos, equipos de la Guardia Civil y submarinistas voluntarios en el agua… Había unas cuevas a las que se podía llegar en unas lanchas de esas para turistas y siempre había recorridos con guiris. Joder, parece que estoy ahí. Con esa oscuridad, las grutas y cuevas con el eco bajo el agua, el poco aire… Llegado un punto se estrechaba tanto que no cabían las lanchas y se tenía que acceder nadando, buceando o escalando. Ahí se concentraron las búsquedas todo el verano, porque era el rincón más escondido, pero nada. Los niños seguían desapareciendo, la gente ya no bajaba a la playa, hablaban de tiburones y calamares, de monstruos… una barbaridad, ¿sabes? Pues nada, así todo el verano hasta que llegó septiembre y cuando se iba ya todo el mundo, con veintitantos niños desaparecidos, llegó la noticia, y atenta, esto es lo que da miedo. En las grutas submarinas habían aparecido de la noche a la mañana los cuerpos de todos los niños, todos muertos, como si hubieran estado ahí todo el tiempo. Nadie los había tocado, no los habían violado, no los habían apuñalado o golpeado, solo estaban ahogados. Entonces, pareció que todo volvió a la normalidad, aunque jamás supimos dónde habían estado metidos los cadáveres todo el verano. Se hizo un entierro institucional, vinieron representantes del gobierno y la Casa Real, y solo se oían los llantos de las madres. Cada vez que se echaban a llorar, me entraba algo malo. Pero nunca supimos más de nada. Nos despedimos de Mónica para siempre y cuando acabó el verano, mi novia me dejó.

—¿Cómo es que no se supo nada más? ¿No investigaron?

—Supongo que un tiempo, unos meses hasta que vieron que no había nada que hacer, pero hay muchos detalles que no me cuadran. ¿Por qué solo niños? ¿Por qué si no querían hacer nada con ellos? Eso no pudo ser humano, Alisha. ¿Qué se llevó a los niños? ¿Dónde estuvieron sus cuerpos todo ese tiempo? ¿Qué se llevó a los niños, Alisha? ¿Qué se ha llevado a nuestros amigos?

Pronto sobrevivir se hizo difícil, aun estando solo nosotros. Se agotaban los víveres, se acabó el gas de la hornilla y pronto se agotaría la de repuesto, de modo que empezamos a pescar y a consumir el agua de lluvia que habíamos recogido durante la incesante tormenta. Comencé a ahumar pescado para conservarlo. Por suerte, Alisha no comía demasiado y proveernos de alimentos no nos resultó complicado al principio.

Un día, mientras estaba en cubierta, empecé a pensar sobre la situación con detenimiento. Si en ese momento hubiera aparecido un barco para rescatarnos, no habríamos sabido qué alegar en nuestra defensa: dos tipos en un barco donde no constaba el capitán por ninguna parte, donde no había registros, un hombre y una mujer que podrían haber secuestrado el barco y haber liquidado a su tripulación. Una pareja de piratas. Echaba de menos a Margot, pero a pesar de ello me volqué en Alisha, para algo la única persona para mantener la cordura.

Cuando se me ocurría que ella desapareciera un día, me daban ataques de ansiedad. Estar solo en ese barco con lo que fuera que estaba deshaciéndose de nosotros me aterraba; el silencio me aterraba. Sabía que, tarde o temprano, el barco acabaría llegando a alguna parte, aunque la incomunicación, la ausencia de puntos de referencia y la amenaza constante de desaparecer de la faz de la Tierra me impedían descansar. Apenas dormía. Soñaba que despertaba y que Alisha había desaparecido, que no había manera de volver a la civilización, que cuando caía la noche aparecían los cadáveres vivientes de los niños y Koldo, Sergio, Dennis y, sobre todo, Margot muerta de odio, de sed de venganza y reproches conmigo. Despertaba en mitad de la noche empapado, con el corazón en la garganta y las sábanas en el suelo, con Alisha en un rincón del colchón tiritando de frío.

Diez días después de la muerte de Dennis, al salir a cubierta me detuve en los botes salvavidas, pero no estaban. Pregunté a Alisha si sabía algo, pero no tenía ni idea. No solo suponía un problema de logística en caso de accidente, sino a nivel de especulación. Quien descubriera el barco con nosotros daría por hecho que habíamos abandonado a los demás a su suerte en medio del mar, incluso que los habíamos matado y abandonado sus cuerpos en el agua sobre los botes. Si nosotros desapareciéramos por cualquier motivo, las teorías se volverían más descabelladas: abducción de toda la tripulación por extraterrestres, suicidio colectivo, un asesino en serie suelto a bordo que, llevado por la soledad, se había suicidado, borrachera, huida de algo peligroso, un maremoto que hubiera barrido todos los cuerpos, el saqueo de unos piratas, una criatura que nos hubiera devorado, algo surgido del mar para alimentarse de nosotros uno a uno…

Hace dos días desperté solo. Busqué a Alisha por todo el velero, pero no había rastro de ella. Para más inri, algo había cegado todos los ojos de buey, es decir, las ventanitas redondas que permitían ver el mar desde los camarotes. Era como si algo negro cubriera todos los cristales, a saber, algas o pintura o un tentáculo de una criatura que arrastrara al barco consigo. Cuando fui a comprobar en cubierta la ausencia de Alisha, descubrí con sorpresa que por fuera no había nada pegado a las ventanas. Solo permanecían cegadas desde dentro. Eso me asustó más que nada, ya que tendría que permanecer a oscuras mientras estuviera abajo. Decidí pintar con un bote de pintura blanca una señal de socorro en la cubierta, SOS, sobre la madera en caso de que alguien sobrevolara la zona. Mientras lo hacía, el barco se detuvo. Era como si la corriente hubiera cesado, como si toda el agua del planeta hubiera dejado de fluir de repente y permaneciera muerta. No había echado el ancla, pero di por hecho que se podía haber soltado hasta tocar fondo y detener el barco. Fui a comprobarlo, pero no había ancla. También había desaparecido, de modo que lo que fuera que mantenía el barco quieto no podía ser natural. Me asustó incluso más. Yo era el único superviviente y ahora era el capitán del Esperanza Brava. El nombre se me antojó insultante.

Retomar el día a día no me ha supuesto tanto conflicto como cabría pensar. Dado que Alisha ya ha desaparecido, no tengo la preocupación de quedarme solo. Ya estoy solo, de modo que el descanso no se hace más difícil a partir de esa situación. De hecho, para no obsesionarme con el pensamiento de su ausencia decidí coger la ropa y los enseres personales de los demás y arrojarlas al mar; así, olvidar que no siempre he estado solo debería ser más fácil. También arrojé por cubierta todo el alcohol que quedaba en el barco para no emborracharme y caer al mar o cometer cualquier locura.

No obstante, ayer sucedió algo. Me encontraba en la cubierta, tumbado sobre un colchón en el suelo, pues prefiero dormir con la poca luz nocturna a la oscuridad del interior, cuando oí el incesante roce del mar contra la superficie. De la noche, a popa, se aproximaba la silueta de un barco impresionante, con las velas desplegadas y la madera del cascarón y el nombre de la embarcación: Mary Celeste. El conocido barco fantasma, aquel supuestamente irreal, inventado por algún escritor, sin embargo el mayor misterio de las leyendas de mar.

Se aproximó con lentitud, solo los crujidos de la madera al surcar el agua.

—¡Ahoy there! —dijo una voz procedente del bergantín.

—¡Ah, del barco! —respondí.

Un hombre apareció del otro lado y se aproximó. Mientras su embarcación se deslizaba junto a la mía, nos separarían a los sumo cuatro o cinco metros. Casi podía oler su aliento a alcohol. Tenía un aspecto inmundo: solo tenía pelo en algunas partes de la cabeza, como si se hubiera arrancado el resto; su rostro parecía el de una calavera envuelta en piel agrietada, quemada. La barba le cubría medio pecho.

—¿Ya los has visto? —preguntó, y negué con la cabeza. ¿Ver qué? ¿Ver los qué? Sacó de debajo de la chaqueta un revólver y me lo tendió—. Mátame.

Me aparté horrorizado y corrí hasta el colchón, donde me dejé caer para no verlo. Entonces comenzó a reír sin parar, su risa cada vez más débil, cada vez más eco. Supongo que a veces me engañan los sentidos, creo oír pasos, creo oír voces, llantos, pájaros como si estuviera cerca de tierra, pero no creo que las últimas palabras del capitán del Mary Celeste fueran producto de mi imaginación: «Hijo de puta, este barco nunca dormirá».