Víctor González Torres
Lo mismo pero más barato
RICARDO RAPHAEL
De un solo empellón lo tiraron al suelo. Ese día Ramón Durán Juárez experimentó los primeros síntomas de lo que luego él mismo bautizaría como el efecto Mickey Mouse. De niño le contaron que las personas que trabajan para el parque de Disneylandia disfrazadas como Mickey Mouse, el Pato Donald, Pluto o Daisy solían llorar escondidas tras sus inmensas y siempre sonrientes botargas, mientras al ritmo de una alegre canción bailaban y saludaban como si fuera personas felices. El efecto Mickey Mouse está confeccionado por una paradoja: mientras el personaje ríe, quien se encuentra dentro de él llora sin poder contenerse. Frente a sus propias circunstancias, Ramón confirmó la consistente incoherencia: a mayor felicidad del Doctor Simi, más grande era su propia depresión.
Apenas lo ayudaron los empleados de la farmacia a ponerse de pie, Ramón se dispuso a demostrar que nada había pasado. Con su botarga a cuestas movió todo el cuerpo del alto y robusto personaje y puso a girar su voluminosa cadera. Lo hizo mejor que nunca. Y fue justo en ese instante que ya no pudo detenerse. Ante la carcajada de quienes lo habían visto caer y también frente a la involuntaria pero divertida mueca de sus compañeros de trabajo, Ramón lloraba y bailaba. También pensaba en los dos mil pesos que Farmacias Similares le pagaba mensualmente por esas cuatro horas al día y que complementaban los gastos que su madre hacía para que él terminara su bachillerato.
Todavía pueden encontrarse en Internet las imágenes de esa caída y de tantas otras que el Doctor Simi ha sufrido por todo México a causa de los bromistas. La razón es que se puso de moda derrumbar esas botargas de dos metros de altura. A Ramón le tocó la mala suerte de ser una de las víctimas elegidas al azar. Fue grabado en su derrumbe por unos adolescentes que luego subieron la bochornosa escena a la célebre página de YouTube. Estas simí caídas reciben varias visitas al día. Después de aquel día, para Ramón se volvió una y la misma cosa llorar de incógnito y mover la cadera. Practicando ese ritual —tan público como íntimo— se quedó durante dos meses más ocupando el puesto de móvil anuncio publicitario de una farmacia ubicada en la esquina de las calles Privada del Parque Nuevo y 20 de Noviembre, en el primer cuadro de la ciudad de Durango. Interpretó a uno de los más de dos mil Doctores Simi que han adquirido carta de residencia en el paisaje urbano de México y otros países de América Latina. Desde que renunció a aquel trabajo, Ramón asegura que no ha vuelto a llorar. Una vez entregado el disfraz pudo deshacerse de aquel ánimo que tan súbitamente se había apoderado de su persona.
Como todo médico que se respete, el Doctor Simi va siempre vestido de blanco. Es gordo, como un Buda chino que proveyera salud y felicidad. Tiene el pelo escaso, porque es un hombre mayor y sabio. Tiene el bigote cano, poblado y bien recortado, idéntico al que usaba aquel músico y comediante de la época dorada del cine mexicano, Joaquín Pardavé. Su inventor asegura que fue precisamente en este hombre tan querido para el imaginario popular de México donde encontró inspiración. Lo necesitaba para vencer la desconfianza de sus clientes. ¿Quién podría poner en duda la palabra de don Susanito Peñafiel y Somellera, el personaje principal de la película México de mis recuerdos? ¿O negarse a escuchar un consejo del doctor Porfirio Rojas, personaje estelar del filme Esos de Pénjamo?
El viejo y bonachón Doctor Simi fue creado para provocar una sensación de estrecha familiaridad. Es el retrato del médico que, en otros tiempos, acudía a casa cuando los parientes lo necesitaban. Uno distinto a los galenos contemporáneos muchos de los cuales se atreven a lucrar con la enfermedad de sus pacientes. El amigo del cura y del maestro, en su respectiva imagen mítica. Hombres que en el mejor de los Méxicos habrían estado hechos de una materia humana similar (nunca mejor dicho) a la del apóstol social. El Doctor Simi quiere ser paladín de los desprotegidos; el generoso defensor que lucha contra la más trágica de las pobrezas humanas: la enfermedad.
Tiene diversas representaciones. Es botarga —como aquella de Ramón— que se bambolea en el umbral de las farmacias. Es caricatura plasmada en inmensos anuncios espectaculares donde, entre otros productos, se promueven vitaminas, complementos alimenticios y estimulantes sexuales. También es héroe de cómics en donde se narran sus aventuras, así como las de sus aliados y adversarios. Sin duda se trata de una de las creaciones publicitarias más exitosas que hayan surgido en México en toda su historia. A poco más de diez años transcurridos, desde que aterrizara con toda su corpulencia en las populares calles del Distrito Federal, se ha convertido en uno de los personajes mejor identificados. Según Omar López, de la revista Expansión, su reconocimiento en México y otros países de América Latina ha rebasado el que tiene Mickey Mouse (curiosa coincidencia). Así lo afirma una medición que hiciera en el año de 2005 la renombrada encuestadora María de las Heras[105].
Los atributos de este hombre poseedor de una barriga respetable ayudaron, y mucho, a que las Farmacias Similares se extendieran a velocidad impresionante. Por obra suya, Víctor González Torres —dueño de esta cadena de establecimientos— es admirado como publicista. Dice el empresario que su entrañable Doctor Simi no provino de firma alguna dedicada a la mercadotecnia. Es creación suya y sólo suya. De su peculiar sentido común y de la comprensión precisa sobre las razones que llevarían a los pobres urbanos de México y de otras latitudes, a confiar en los productos que se venden en sus farmacias. El Doctor Simi es un garante de que ahí se obtienen productos mejores y más baratos. Ni la popularidad del Doctor Simi, ni el gran éxito empresarial experimentado por Víctor González Torres podrían replicarse en un contexto social que fuera muy diferente al de México. Ambos son la expresión de una lastimosa pobreza y del muy bajo poder adquisitivo que padece una buena parte de la población. En pleno siglo XXI, aún son demasiadas las personas cuyo estado de salud depende de la ocurrencia de algún milagro y no de las políticas emprendidas por el Estado en la materia. Cuando este empresario abrió su primera farmacia al público —en el año 1997— más de la mitad de la población mexicana no contaba con un seguro médico.
Innecesario decir que sin esta protección los altos costos relacionados con la enfermedad son una vía precipitada hacia la ruina financiera, sobre todo para las familias con menos recursos. No hay gasto que iguale en depredación cuando se trata de curar a un pariente. Ni catástrofe patrimonial más predecible que la provocada por la ausencia de un sistema público y eficaz de seguridad social. Según la Secretaría de Salud del gobierno federal mexicano, dos de cada diez personas en este país ven anualmente empequeñecido su patrimonio por los gastos destinados a pagar honorarios médicos y medicinas[106] y por lo menos la mitad de las familias mexicanas ha estado librada a su sola suerte y a los milagros que puedan acontecer para escapar de esta tragedia. Sólo desde esta perspectiva puede entenderse la baladronada que Víctor González Torres suele repetir cuando se refiere a la clientela que acude a sus farmacias: «Antes de que apareciéramos, la gente pobre de México le rezaba a la Virgen para mejorarse porque no podía permitirse las medicinas. Ahora acuden a nosotros[107]».
Bien decía el Niño Fidencio en su muy miserable desierto de Espinazo: «no son pobres los pobres, no son ricos los ricos, sólo son pobres los que sufren un dolor». Las farmacias promovidas por el Doctor Simi no han sido únicamente una opción más de entre los remedios que están al alcance de los mexicanos. Terminaron convirtiéndose en la alternativa más racional para hacerse de medicamentos accesibles y también para acudir a una vista médica de bajo costo. Las medicinas que González Torres distribuye en sus farmacias tienen precios, en promedio, 75 por ciento más económicos. Y los consultorios médicos de este emporio sólo cobran veinticinco pesos (2.5 dólares) por consulta. En el mejor de los casos, un 90 por ciento por debajo de la tarifa que requiere el resto de los doctores.
Secretos públicos del Simi Señor
El centro de la ciudad de Mérida ha sido tapizado de posters y pendones que invitan al acto que hoy por la noche se celebrará en el teatro principal. La convocatoria es para asistir a una conferencia sobre las perspectivas de la depresión psicológica entre los mexicanos. El conferencista único será el empresario y también político, Víctor González Torres. En la propaganda se pidió a los interesados llegar puntuales. Como estaba previsto, a las veinte horas subió al escenario del Teatro Mérida un hombre de baja estatura, de entre cincuenta y cincuenta y cinco años, flaco, desaliñado y poseedor de una lucidora nariz aguileña.
El reflejo de los proyectores de luz rebotó entre los dos rizos grasos y negros que cubrían la parte frontal de su cráneo. Con una voz muy fácil de olvidar presentó así al orador principal: «sólo un hombre que ha vencido tantos retos puede darnos la fórmula de la felicidad. Recibamos con un aplauso muy fuerte al empresario, al político, al conductor social [sic] don Víctor González Torres».
A pesar de que las butacas han sido ocupadas casi totalmente, se hace en ese momento el silencio. Los asistentes esperan. Muchos de ellos son empleados de quien ahora tomará el micrófono. Otros trabajan para una franquicia de Farmacias Similares. Sus patrones los han obligado a asistir. Muchas mujeres han venido acompañadas por sus hijos. No tenían con quien encargarlos. Uno que otro ha acudido al acto por interés. Hay también periodistas en el teatro. Muchos han visto antes a ese hombre en las pantallas de televisión y en los espectaculares publicitarios, pero no es lo mismo mirarlo ahora, de cuerpo entero, de carne y hueso y dispuesto a dar un discurso acerca de cuál es el camino más prometedor hacia la felicidad. Con un poco de dificultad pero ningún retraimiento, Víctor González Torres comienza su intervención:
«A lo largo de mi vida he sabido enfrentar y resolver retos muy difíciles. Nací con problemas motores, fui tartamudo, fui alcohólico, padecí de impotencia sexual, tuve una muy fuerte dependencia hacia mi madre que luego trasladé hacia otras mujeres. Padecí también severas depresiones. Dos de ellas fueron prolongadas. La primera duró dos años. La segunda, un año siete meses. En aquellos momentos llegué a considerar suicidarme. Sin embargo, mírenme ahora. Soy un hombre muy exitoso. Soy un hombre muy feliz. Desde el año 2002 no he vuelto a sentirme deprimido. En un par de ocasiones me interné en un sanatorio y logré dejar de beber. He podido convertirme en una persona independiente de las mujeres. Ahora sostengo, al mismo tiempo, relaciones amorosas con siete mujeres y a todas las hago muy, muy felices. Soy un empresario en la mañana, un político por la tarde y un amante por la noche. Vengo aquí para enseñarles cómo dejar atrás la depresión. Mucha gente la padece por falta de espíritu. Está más preocupada en tener y no en ser. Está inundada de valores materiales y no de valores espirituales. Pero todo tiene solución. Comparto aquí con ustedes mis frases favoritas: “Sí se puede”, “Dios dispone”, “Hechos no palabras” y, “metas más aceptación, igual a no depresión”. He aquí mi filosofía para acceder al éxito y la felicidad».
Víctor González Torres necesita ser visto. Ahora su adicción más poderosa es la exhibición. Suele pagar grandes sumas de dinero con tal de exponerse en público. Compra tiempos largos de televisión donde aparece él como conductor. Probablemente en sus empresas queda registrada esta inversión dentro del rubro de costos de publicidad. Financia la satisfacción de su inagotable narcisismo gracias a una facturación que reduce del pago de sus contribuciones al fisco. Cierto es que, además de dictar discursos sobre superación personal, la felicidad, el éxito en la vida sexual y la fe en Dios, González Torres promueve la venta de medicinas, complementos alimenticios y otros productos disponibles en las Farmacias Similares. Esto último, sin embargo, no es lo principal como resulta evidente. El propósito de tales programas televisados es abrir espacios de visibilidad para este «conductor social», como él mismo se denomina, quien seguramente padecería bastante si dejara de ser mirado. Como puede constatarse en los anuncios espectaculares que inundan muchas de las calles, puentes y avenidas de las principales ciudades mexicanas, la televisión no es su único medio de autopromoción. La sonrisa impostada y la frente surcada pero amplia de Víctor González Torres forman parte del paisaje urbano con el que los mexicanos conviven todos los días. Fue más intensiva su presencia en el año 2006, cuando este empresario quiso jugar a ser candidato a la presidencia de México. Pasada aquella aventura cómica, su figura elegante y encorbatada continuó siendo visible y familiar.
Como ya se dijera antes, el Doctor Simi —el otro, la réplica de Joaquín Pardavé— se convirtió en un personaje muy popular. Su creador, en cambio, se ha convertido en un homónimo de su creación. Hoy, cuando se hace referencia al empresario, es también común llamarlo Doctor Simio De la misma manera que Ramón se esconde detrás de aquella botarga del viejito bigotón, Víctor González Torres pretende ser una y la misma persona con aquel doctor.
Es posible rastrear los resortes de la aparatosa necesidad que el Señor Simi (término utilizado a partir de ahora para distinguirle del Doctor Simi) tiene por ser visto. Basta, por una parte, escuchar con atención los datos que este empresario farmacéutico ha divulgado de su propia intimidad y, por la otra, añadir un par de reflexiones a propósito del contexto cultural mexicano, para seguirle la pista a los motivos de su narcisismo. Pertenecer a una familia de apellido célebre, entre la élite mexicana conlleva oportunidades, pero también puede convocar a la comedia y en ocasiones conducir a la tragedia. Víctor González Torres es bisnieto de quien hace más de 130 años fundara en México las farmacias El Fénix. Su abuelo y su padre, Roberto González Terán, fueron también exitosos empresarios. A este último se debe la gran plataforma de despegue del Señor Simi ya que creó, en el año 1953, los Laboratorios Best, industria dedicada a la producción de medicamentos genéricos.
Se trata de una familia, como las hay varias en la poderosa élite mexicana, cuyos integrantes fueron educados para asegurar la supervivencia del apellido, y con él, la memoria de los éxitos y las glorias de la progenie. Hay una inconmovible idea de misión en la familia González Torres. Una convicción acerca de un destino familiar al que es muy difícil renunciar sin perderlo todo. La identidad incluida. Una dependencia que hace muy difícil para cada cual emprender por separado la vida y el oficio. De cinco hermanos que llevan el mismo apellido, actualmente hay en la escena pública mexicana cinco personajes muy conocidos. Enrique, un sacerdote jesuita que administra gran parte de los fondos filantrópicos derramados sobre la economía mexicana gracias a las bondades de la alta feligresía católica. Sus destrezas profesionales le llevaron a ser el rector de la Universidad Iberoamericana —una de las más importantes de México— entre los años 1996 y 2004. Bien saben quienes conocen a esa orden que entre jesuitas se aprende más de política que dentro de los Parlamentos o los Partidos.
También pertenece a esta estirpe Jorge González Torres, el fundador del Partido Verde Ecologista de México y un millonario inversionista en desarrollos turísticos y proyectos de vivienda en la península de Baja California. Es es un hábil negociador político que, según la fuerza del viento que la vela de su partido necesitara, hizo en su día alianzas con los Partidos de izquierda, de centro y de derecha. Su mandato al frente de esta fuerza política concluyó con la inestabilidad ideológica del PVEM. Una vez que heredara a su hijo —también de nombre Jorge, y también de apellido González— la dirección del organismo, ocurrió que el PVEM se volvió extensión y muleta del Partido Revolucionario Institucional. Un partido con el que, por cierto, la familia González Torres ha tenido una larga y muy magnética relación.
Otra integrante de esta prole es Virginia. Ella ha hecho su vida profesional como activista de la sociedad civil y como funcionaria pública. En el presente es quizá la voz más influyente en las políticas que el Estado mexicano despliega en materia de salud mental. Su habilidad para desbarrancar a sus enemigos abulta el anecdotario de quienes conviven con ella en este sector. Los dos hermanos que restan fueron los únicos que, a la postre, continuaron como notorios empresarios del ramo farmacéutico: Javier, el hermano mayor, y Víctor, el quinto de ellos que investigó las propiedades del ácido con el propósito de encontrar una cura contra la artritis. No halló lo que buscaba, pero en su exploración se topó con el que se convertiría en el medicamento más célebre de la era contemporánea. Bayer había financiado la investigación de Hoffmann y por tanto tuvo derecho a explotar el descubrimiento. Aspirina fue el nombre del medicamento con el que esa farmacéutica de talla internacional comercializó al ácido acetilsalicílico. Para recuperar la inversión realizada sobre su investigación, las grandes farmacéuticas tienen el derecho a conservar en exclusiva la elaboración y distribución de sus productos. Se trata de una ruta que ha sido exitosa para asegurar que estas empresas continúen soportando los altos costos requeridos en la investigación médica. Sin embargo, la protección que las patentes ofrecen a estas industrias no es eterna. Tiene límites temporales que, por lo general, van de los diez a los veinte años. Una vez transcurrido el periodo de protección, cualquier competidor queda liberado para colocar en el mercado la misma sustancia activa. Hoy el ácido acetilsalicílico puede adquirirse como Aspirina, pero también es posible obtenerlo como Mejoral, Bufferin o Asawin, entre otras denominaciones. La Aspirina es conocida como la marca originalmente de patente y las demás como genéricos intercambiables. Una vez que el plazo de gracia para la exclusividad concluye, el precio del fármaco se reduce en un porcentaje muy importante. De ahí que los genéricos intercambiables suelan ser más económicos que los de patente. La diferencia en su costo llega a ser de hasta 300 por ciento. En las Farmacias Similares, los remedios son tan accesibles, porque allí se venden mayoritariamente medicamentos genéricos.
Durante cuarenta años, los laboratorios fundados por González Terán tuvieron como cliente principal al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). También fueron proveedores del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) y de otras dependencias públicas del sector dedicado a la salud. La política de sustitución de importaciones, impulsada en aquel entonces por el Estado mexicano, protegió a las farmacéuticas nacionales frente a la competencia que representaban las industrias extranjeras. Los Laboratorios Best fueron beneficiados. Al convertirse en uno de los escasos distribuidores del sector salud se aseguraron una renta constante. Sin embargo, no fue el negocio principal de la familia porque las farmacias El Fénix se mantuvieron como su fuente más importante de ingresos. Dada la distribución predestinada de las responsabilidades entre los integrantes del clan, a Víctor González Torres le tocó desarrollarse profesionalmente desaparecerlo de la escena. Como en la trama de una pésima telenovela mexicana, estos dos parientes combaten en el terreno de los negocios tal como lo hubieran hecho los primeros vástagos de Eva y Adán; van exhibiendo sus mutuos rencores, lanzan espumarajos sobre su respectiva descendencia y no contentos con lavar la ropa fuera de casa, han llevado lejos del país la exhibición de su muy rocambolesco vínculo filial.
Con todo, a sus sesenta y pocos años, el Señor Simi puede sentirse tranquilo por haberse vuelto el más popular de la familia González Torres. Nadie entre todos ellos es mejor conocido en México que el último retoño de la familia. Es así porque ninguno de sus hermanos acumuló fortuna tan grande por méritos propios, pero sobre todo, porque ninguno de ellos ha dispuesto de su riqueza personal para hacerse tan fantástica autopromoción como lo ha hecho el Señor Simio Los espejos que en la televisión, la radio, o en los anuncios de calle, dispuso este hombre para mirarse y ser mirado no tienen comparación en la historia del narcisismo mexicano.
El origen del emporio
La primera Farmacia Similar abrió sus puertas en el año 1997, en la colonia Portales de la ciudad de México. Nadie antes se había atrevido a vender medicamentos genéricos al público. Estos fármacos eran adquiridos en exclusiva por las instituciones gubernamentales del sector salud y no tenían salida directa hacia los consumidores. Aunque el margen de ganancia no era muy amplio, se trató a la larga de un negocio redituable. En el año 1953, Roberto González Terán, padre de los hermanos González Torres, fundó los Laboratorios Best con el propósito de que la empresa familiar también participara en el mercado de los genéricos. La diferencia entre una medicina con patente y un medicamento genérico intercambiable necesita una explicación que, aunque tediosa, es clave para dimensionar al emporio del Señor Simio Un ejemplo que sirve para entender esta distinción nos lo ofrece la historia de la aspirina. Desde hace 1500 años se tiene noticia de que la corteza del sauce posee propiedades para reducir el dolor físico. No fue, sin embargo, hasta el año 1897, cuando el alemán Fénix Hoffmann aisló el ácido acetilsalicílico, que esta sustancia química se convirtió en un medicamento procesado y distribuido popularmente. Este científico trabajaba para la farmacéutica germana Bayer y estaba investigándolas propiedades del ácido con el propósito de encontrar una cura contra la artritis. No halló lo que buscaba, pero en su exploración se topó con el que se convertiría en el medicamento más célebre de la era contemporánea. Bayer había financiado la investigación de Hoffmann y por tanto tuvo derecho a explotar el descubrimiento. Aspirina fue el nombre del medicamento con el que esa farmacéutica de talla internacional comercializó al ácido acetilsalicílico. Para recuperar la inversión realizada sobre su investigación, las grandes farmacéuticas tienen el derecho a conservar en exclusiva la elaboración y distribución de sus productos. Se trata de una ruta que ha sido exitosa para asegurar que estas empresas continúen soportando los altos costos requeridos en la investigación médica. Sin embargo, la protección que las patentes ofrecen a estas industrias no es eterna. Tiene límites temporales que, por lo general, van de los diez a los veinte años. Una vez transcurrido el periodo de protección, cualquier competidor queda liberado para colocar en el mercado la misma sustancia activa. Hoy el ácido acetilsalicílico puede adquirirse como Aspirina, pero también es posible obtenerlo como Mejoral, Bufferin o Asawin, entre otras denominaciones. La Aspirina es conocida como la marca originalmente de patente y las demás como genéricos intercambiables. Una vez que el plazo de gracia para la exclusividad concluye, el precio del fármaco se reduce en un porcentaje muy importante. De ahí que los genéricos intercambiables suelan ser más económicos que los de patente. La diferencia en su costo llega a ser de hasta 300 por ciento. En las Farmacias Similares, los remedios son tan accesibles, porque allí se venden mayoritariamente medicamentos genéricos.
Durante cuarenta años, los laboratorios fundados por González Terán tuvieron como cliente principal al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). También fueron proveedores del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) y de otras dependencias públicas del sector dedicado a la salud. La política de sustitución de importaciones, impulsada en aquel entonces por el Estado mexicano, protegió a las farmacéuticas nacionales frente a la competencia que representaban las industrias extranjeras. Los Laboratorios Best fueron beneficiados. Al convertirse en uno de los escasos distribuidores del sector salud se aseguraron una renta constante. Sin embargo, no fue el negocio principal de la familia porque las farmacias El Fénix se mantuvieron como su fuente más importante de ingresos. Dada la distribución predestinada de las responsabilidades entre los integrantes del clan, a Víctor González Torres le tocó desarrollarse profesionalmente en esa filial de segunda división. A la edad de dieciocho años, cuando apenas comenzaba sus estudios de Contador Público en la Universidad Iberoamericana, con el apoyo de su padre, y sobre todo con el de su madre, entró a trabajar en los Laboratorios Best. A los veintinueve años se convirtió en la cabeza de la Compañía, desde la cual adquirió el conocimiento y la experiencia para comprender la dimensión del mercado de los genéricos. De 1976 a 1996, Víctor González Torres se encargó de vigilar la producción de los medicamentos, gestionó los contratos con el gobierno y administró convenientemente los intereses de la familia dentro de la filial. Todo ello, claro está, bajo la férula y supervisión de sus mayores.
Así fue hasta que llegó el día en que decidió independizarse. Con el dinero proveniente de la herencia paterna y sus propios ahorros, le compró al resto de la familia su respectiva parte accionaria en los Laboratorios Best. Corría el año 1996 y poco antes habían comenzado las fricciones fuertes con su hermano Javier. Todavía como integrante del consorcio, Víctor comenzó a vender genéricos directamente al público, a través de la entrega a domicilio. Javier se opuso a lo que consideró una absurda operación comercial. La venta al menudeo no era la vocación de esa filial. El menor de los hermanos defendió su proyecto y en lugar de dimitir optó por la libertad. Fue así como surgieron las Farmacias Similares. El primer establecimiento demostró muy rápido la viabilidad del nuevo negocio. La demanda por medicamentos baratos en el establecimiento de la colonia Portales resultó ser tan alta que pronto fue necesario recurrir a otras industrias. Actualmente, la producción de los Laboratorios Best apenas alcanza a cubrir una quinta parte de los fármacos que se expenden en las Farmacias Similares. Durante los diez años posteriores a su emancipación, González Torres construyó en México la cadena más extensa, en puntos de venta, de medicamentos genéricos. En este país existen actualmente alrededor de dos mil quinientos establecimientos y habría unos mil más repartidos en otras naciones como Guatemala, El Salvador, Chile o Argentina. Las Farmacias Similares poseen un régimen diferenciado de propiedad. El Señor Simi es dueño de cerca de la mitad. El resto ha sido entregado, bajo la modalidad de franquicia, a otros propietarios.
González Torres tomó la decisión de salir a vender genéricos al público porque el régimen de protección frente a la importación de medicamentos llegó a su fin. Durante el segundo lustro de la década de los noventa, una vez que hubo entrado en vigor el Tratado de Libre Comercio con América del Norte, el IMSS tomó la decisión de abrir al mejor postor la compra de medicamentos, sin importar ya si se trataba de compañías nacionales o internacionales. Este nuevo contexto eliminó los privilegios de las empresas mexicanas que, como los Laboratorios Best, tenían asegurada la compra de toda su producción gracias a la demanda constante y creciente de las instituciones públicas. Bajo este nuevo escenario, las ganancias de la empresa comenzaron a experimentar una reducción considerable. De no haber apostado por la creación de las Farmacias Similares, muy probablemente los Laboratorios Best habrían terminado siendo absorbidos por alguna empresa transnacional. La venta directa al público fue la única estrategia posible de supervivencia frente a la apertura comercial.
El mercado farmacéutico mexicano, por su tamaño, ocupa el número nueve en el mundo y mueve alrededor de nueve mil millones de dólares. Hasta antes de la creación de las Farmacias Similares, los medicamentos de marca o patente concentraban casi el 94 por ciento de las ventas en México. En sólo una década éstos han visto reducida su demanda en un lo por ciento. Los genéricos intercambiables han arrancado parte de la plaza. En el presente, cerca de siete millones de mexicanos acuden anualmente a las Farmacias Similares y dado que el mercado farmacéutico crece en México alrededor de un 3 por ciento por año, es muy probable que la fase de expansión de estos establecimientos no haya encontrado todavía su techo.
Los Laboratorios Best y las Farmacias Similares son sólo dos de las siete compañías que posee Víctor González Torres. En 1987 creó Plásticos Farmacéuticos, compañía dedicada al empaquetado y etiquetado de los productos similares. En 1999 fundó Transportes Farmacéuticos con el objeto de surtir a sus establecimientos. Luego vendría Simimex, una compañía encargada de explotar los derechos por publicidad del célebre Doctor Simio Se añadirían más tarde a la lista la Droguería México-Argentina S. A. y los Sistemas de Salud del Doctor Simi S. A. de C. V. Así como la Fundación Besty una organización política supuestamente dedicada a luchar contra la corrupción en el sector público de la salud. Hoy todas estas instancias son gestionadas por un corporativo que lleva el curioso nombre «Por un País Mejor».
El pleito con los titanes
Extraviar en sólo una década el diez por ciento del mercado y saber que esa propensión tenderá a incrementarse es razón más que suficiente para lanzarse a una guerra comercial en la industria farmacéutica. En todo el mundo los genéricos desplazan a los medicamentos de marca, una vez que éstos han perdido la protección que en sus primeros años les otorga la patente. Por las razones antes expresadas, es un fenómeno que presiona a la baja los precios en beneficio de los consumidores. No obstante, para que tal cosa ocurra es necesario que tanto los médicos como las farmacias, y sobre todo los pacientes, tengan confianza en este tipo de medicamentos. La salud es un asunto demasiado importante como para ponerla en riesgo por consumir fármacos, que si bien son económicos, pueden provocar consecuencias indeseables. Es por esta razón que la guerra comercial entre las farmacéuticas se libra en el territorio de la confianza y la credibilidad que despierten los distintos competidores. Los laboratorios de talla internacional, tales como Elli Lilly, Smithkline, Glaxo, Novartis o Pfizer, entre otros, que dedican una parte importante de sus ganancias a la investigación y a la innovación médica, han emprendido una dura campaña publicitaria y también de cabildeo con el propósito de que las autoridades gubernamentales mexicanas aseguren la calidad de los genéricos intercambiables. Buscan que estos productos cumplan con los exámenes requeridos por la práctica científica. De acuerdo con tales empresas, los productos que se venden en las Farmacias Similares no responden a los estándares indispensables. Por principio insisten en que la nomenclatura utilizada por los especialistas no reconoce el término de medicamentos «similares». O son de patente o son genéricos, de ahí que el vocablo «similares» haya despertado suspicacia. Se afirma, en el mismo sentido, que el término no fue escogido al azar. González Torres habría querido hacer pasar gato por liebre, como se dice coloquialmente; genéricos por similares. La Asociación Mexicana de Industrias de Investigación Farmacéutica (AMIIF) afirmó a principios de la presente década que algunos de los productos ofertados por el Señor Simi no contenían la sustancia activa anunciada en sus etiquetas. Es decir que no pasaron lo que los especialistas llaman las pruebas de bioequivalencia. Además de contener la misma sustancia activa, el genérico intercambiable está obligado a provocar efectos parecidos sobre la salud humana, en comparación con el medicamento original. La AMIIF asegura que —por la manera como han sido fabricados los comprimidos y los compuestos intravenosos— éstos no eran absorbidos por el organismo humano con la prontitud necesaria para la salud de los pacientes o de plano eran desechados íntegros, sin que el cuerpo humano los aprovechara. En términos científicos, no cumplían positivamente con las pruebas de biodisponibilidad. A partir de estas conclusiones, siete grandes laboratorios (Elli Lelly, Smithkline, Glaxo, Pfizer, SheringPlough, Promeco y Wellcom) presentaron una queja en contra de veinticuatro medicamentos similares. También comenzaron a exigir al gobierno mexicano una nueva legislación con el propósito de que las pruebas de bioequivalencia y biodisponibilidad fueran obligatorias para el otorgamiento de los registros sanitarios. La reacción de Víctor González Torres para enfrentar tales acusaciones no se dejó esperar. Respondió a sus adversarios con lo que mejor sabe hacer: con publicidad y mucha mercadotecnia. Inventó un personaje llamado Raterin Raterón para representar a sus enemigos. Un fulano gordo, parecido a los burgueses plasmados por Diego Rivera en el mural del Palacio Nacional. La botarga de Raterín Raterón utiliza un sombrero de copa, carga con un bulto repleto de dinero sobre sus espaldas y va montado sobre un mexicano angustiado. Obviamente el defensor de este personaje oprimido vuelve a ser el bonachón y bien intencionado Doctor Simio Fue de esta manera como las Farmacias Similares reinterpretaron, ante los ojos de su clientela, el pleito con las grandes farmacéuticas. Las aventuras del Doctor Simi con Raterin Raterón fueron también plasmadas en historietas, pretendidamente divertidas, que todavía hoy se distribuyen en sus establecimientos. González Torres sabe que en México, a excepción de la televisión, las vías más ágiles para comunicarse con quienes tienen menos educación continúan siendo la caricatura y los corridos. Esta narración gráfica y simplificada encontró igualmente caída en los programas de radio y televisión patrocinados por sus compañías. Podría suponerse que la decisión de no proceder a la certificación de los medicamentos fue tomada porque González Torres previó que su clientela no estaría en condiciones de comprender los tecnicismos del asunto. Más convincente era la palabra del clan de Joaquín Pardavé que la celebración de las meticulosas pruebas de laboratorio inhiben cabe la posibilidad de que este empresario eludiera hacer las cosas correctamente porque el costo de los exámenes es exorbitante o porque sabe que sus medicamentos son, en efecto, defectuosos. El hecho que consta es que hasta antes de que se volviera una obligación legal no estuvo dispuesto a distraer recursos destinados al crecimiento de su emporio para satisfacer tales requisitos. Esta campaña publicitaria necesitó de una estrategia simultánea de relaciones públicas para protegerse de las eventuales sanciones que pudieran provenir de las autoridades del gobierno mexicano. El argumento que este empresario esgrimió fue que durante más de cincuenta años los Laboratorios Best y sus asociados habían vendido a las instituciones mexicanas de salud, particularmente al IMSS y al ISSSTE, los mismos productos que ahora se distribuyen en las Farmacias Similares sin que antes se hubieran presentado reclamos por su respectiva calidad. No se trata de un razonamiento baladí. Si la Secretaría de Salud se hubiera atrevido a coincidir con las críticas de los competidores de González Torres, hubiera tácitamente aceptado que durante todo ese tiempo el gobierno mexicano adquirió medicamentos defectuosos. O en su caso, que distribuyó entre sus pacientes productos que no cumplían con los estándares científicos requeridos. Fue fundamentalmente por esta razón que el Estado mexicano optó, en el año 2003, por encontrar una solución que atendiera los conflictos por venir, dejando enterradas en el pasado las denuncias realizadas por la gran industria farmacéutica.
El razonamiento esgrimido por el Señor Simi deja más dudas que certezas. ¿Cabe la posibilidad de que las instituciones mexicanas del sector salud hayan adquirido durante cinco décadas toneladas de medicamentos genéricos sin haber reclamado a sus fabricantes las pruebas de bioequivalencia y de biodiversidad? ¿Es factible que Farmacias Similares haya vendido, desde 1997, fármacos que no pasaron por los exámenes necesarios antes de llegar a manos de su consumidor final? ¿Qué niveles de complicidad y corrupción se han solapado en México detrás de los escritorios ocupados por los funcionarios del sector dedicado a la salud? Con esta batalla comercial se ha vuelto público que la razón por la que tales pruebas de laboratorio no solían practicarse se relaciona con que son muy costosas y porque pocos laboratorios cuentan con la tecnología y capacidad para practicarlas. También ahora se sabe de la laxitud que sostuvieron las leyes mexicanas con respecto a los requisitos exigidos para el otorgamiento de los registros sanitarios. En efecto, la competencia feroz entre las farmacéuticas obligó a dejar atrás la negligencia imperante.
A partir del año 2003, durante el gobierno panista de Vicente Fox Quesada, se aprobó un nuevo Reglamento de Insumas para la Salud con el propósito de sujetar a cualquier medicamento genérico a las pruebas antes referidas. Esta norma otorgó, sin embargo, un plazo de gracia para que los laboratorios celebraran los exámenes; lo cual indica que habrá que esperar hasta que se termine la presente década para que absolutamente todos los fármacos distribuidos por las Farmacias Similares y otros establecimientos del mismo tipo, hayan cumplido con los nuevos requisitos. Si se considera que cada prueba de laboratorio destinada a este fin cuesta varios miles de dólares y que las industrias de González Torres mueven en México más de 250 genéricos intercambiables, cabe asumir que la nueva ley le está costando a su emporio una verdadera fortuna. Quizá antes no violó la ley por la injusta razón de que ésta era extremadamente laxa. Sin embargo, la falta de cumplimiento con un requisito que era sin duda deseable, le está costando a Víctor González Torres muy cara en el presente. También puede suponerse que la impunidad de la que gozaron las Farmacias Similares durante sus primeros años de vida habrá enriquecido de sobra a su propietario para enfrentar estos gastos.
La gran industria farmacéutica no permaneció en calma después de esta decisión normativa tomada por el gobierno federal. Optó también por proceder jurídicamente en contra del eslogan con el que las Farmacias Similares promocionaban sus fármacos: «Lo mismo, pero más barato»: Según su parecer, este lema publicitario conduce al equívoco ya que no es posible afirmar tal similitud sin contar con los documentos de certificación que así lo acrediten. Los adversarios del Señor Simi acudieron ante los tribunales, ante la Procuraduría Federal del Consumidor y también ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), que les dio la razón. De acuerdo con dicho Instituto, los medicamentos similares no son genéricos intercambiables y por tanto es una falsedad afirmar que se trata de productos iguales a los de patente. El IMPI ordenó entonces a las Farmacias Similares que cancelaran el uso del eslogan. Se basó en el artículo 213 de la Ley de Propiedad Industrial que prohíbe los actos de competencia desleal. González Torres se defendió por la vía legal logrando que los tribunales jurisdiccionales desconocieran las facultades del IMPI para imponer la sanción. Sin embargo, el Tribunal Federal de Justicia Fiscal y Administrativa terminó otorgando justicia a los argumentos de las grandes farmacéuticas. El Señor Simi debía deshacerse de su publicidad tendenciosa. Si se observa con cuidado, hoy puede constatarse que la frase «lo mismo, pero más barato» ha ido desvaneciéndose de la intensiva publicidad de las Farmacias Similares. No obstante, está lejos de haber desaparecido. Cientos de establecimientos del emporio continúan utilizando el eslogan prohibido y las autoridades han hecho muy poco para evitarlo.
Los consultorios similares
La campaña de desprestigio lanzada por los competidores no fue el único problema con el que se enfrentó la expansión del emporio. Los medicamentos que dejan ganancias más jugosas son los que requieren receta médica para ser vendidos. Y la gran mayoría de los médicos no está dispuesta todavía en México a avalar la adquisición de productos en las Farmacias Similares. Fue por esta razón y no por una actitud de impoluto altruismo, que Víctor González Torres tomó la decisión de construir una cadena propia de consultorios médicos. Sólo un médico que trabajara para sus negocios podría sentirse libre de recetar los productos similares. Según datos ofrecidos por el corporativo Por Un País Mejor, los profesionales del Señor Simi atienden alrededor de un millón y medio de consultas mensuales (la cifra podría estar inflada).
Algunas anomalías, sin embargo, surgieron detrás de esta estrategia complementaria. La primera se relaciona con el hecho de que sea la Fundación Best —una institución que está registrada ante la Secretaría de Hacienda y Crédito Público como donataria autorizada— la que paga la nómina de tales consultorios. Si bien los sueldos que los doctores reciben son bastante bajos, resulta difícil concebir que tales gastos puedan cubrirse con los veinticinco pesos que los pacientes pagan por consulta. ¿Quién cubre entonces la diferencia? Lo hace la Fundación Best, la cual a su vez recibe donativos autorizados que son deducibles ante el fisco y que por lo general provienen de los demás negocios, ésos sí muy lucrativos, propiedad del Señor Simio Fue de esta manera como Víctor González Torres logró mañosamente darle vuelta a dos problemas en simultáneo. Por una parte contrató varios cientos de médicos obligados a recetar sus propios medicamentos y, por la otra, obtuvo una reducción importante de impuestos, ya que presentó esta actividad ante las autoridades hacendarias como una práctica filantrópica deducible de impuestos. No es el emporio del Señor Simi quien financia su red alternativa de consultorios para la atención de los más pobres, sino la misma población que con sus impuestos ha ayudado a que las Farmacias Similares salten el cerco que los médicos profesionales le hubieran tendido por su desconfianza.
La otra anomalía se relaciona con el hecho de que está prohibido por la legislación en materia de salud y eventualmente por la normatividad en materia de competencia empresarial, que los médicos despachen en el mismo local donde se venden las medicinas que ellos recetan. Sin embargo, junto a toda Farmacia Similar de tamaño medio puede observarse un consultorio médico de la Fundación Best. Así, el cliente de la farmacia pasa primero a ver al doctor y luego, a menos de dos pasos de distancia, acude para surtirse de los medicamentos prescritos por la receta médica. Se trata de una práctica comercial evidentemente desleal hacia el resto de las farmacias. Frente a este hecho, las autoridades han guardado también absoluto silencio. Las Farmacias Similares y la Fundación Best han defendido esta práctica argumentando que el médico en cuestión no atiende, en estricto sentido, dentro de la farmacia. Y en efecto, por artimañas arquitectónicas el razonamiento resulta correcto. No obstante, es de lo más evidente que con la estratagema de colocar un delgado muro de tablaroca entre un local y otro —tal y como ocurre en la gran mayoría de los casos— se está vulnerando el espíritu original de la norma que quiso desvincular a los médicos del negocio farmacéutico, pero la ley en países como México no sólo suele ser laxa en su confección sino también en su aplicación. Quienes terminan pagando los costos de esta sistemática transgresión son los consumidores. Por su pobreza, ellos no encuentran mejor opción para recibir un tratamiento médico que acudir a la consulta con el médico de la Fundación Best, quien a su vez, se limita a recetar medicamentos de la farmacia vecina. ¿Quién puede asegurar, en esta irregular situación, que los medicamentos prescritos sean los adecuados o las cantidades recetadas sean realmente las necesarias? Nadie, porque el Estado cierra los ojos ante la posibilidad de que en ese contubernio entre Farmacias Similares y Laboratorios Best pueda estarse generando un grave abuso en contra de los consumidores. Siguiendo esta línea de negocio, González Torres comenzó recientemente a desarrollar un seguro médico cuyo costo no rebasa los cincuenta pesos (5 dólares). Éste tiene por objeto beneficiar en una primera fase a alrededor de un millón de personas. El Simi-seguro, gestionado por la empresa Sistema de Salud del Doctor Simi, otorga derecho a un descuento de un 50 por ciento en la consulta médica y también ofrece una reducción importante en los costos de los medicamentos y análisis clínicos. Dada la desprotección en la que un importante segmento de la población mexicana permanece con respecto a los riesgos de su salud, es previsible que esta nueva apuesta de González Torres vaya a tener mucho éxito. Y de la mano de este nuevo negocio, también tendrán éxito las Farmacias Similares y demás empresas que tendrán a su disposición un público cautivo.
A periodicazos
A media tarde, Luz Elena González se topó con un desplegado de página entera, en contra de su persona, en la publicación semanal TV Notas. No salía todavía de su asombro cuando su teléfono comenzó a sonar. Una amiga se había encontrado con otro documento idéntico en una revista donde se hace escarnio de las aventuras y desventuras íntimas de los famosos. Una revista del corazón. No podía creerlo. Su único pecado —además de ser joven y angulosamente atractiva— fue negarse a seguir saliendo con Víctor González Torres. Ni por la azarosa coincidencia en los apellidos la pudo respetar. Hasta ese momento tuvo conciencia de la enorme necesidad que este señor tenía de hacer públicos sus asuntos privados. Miró su fotografía una y otra vez en las páginas de aquella revista. Junto a ella estaba otra imagen de su (¿cómo llamarle?)… atacante público. Los dos retratos eran prueba más que suficiente de la imposibilidad de ese amor. La bella muchacha previamente había caído en la cuenta de que ni todo el dinero del mundo la convencería de volverse una de las novias oficiales del Señor Simi, pero no se había percatado que ese mismo dinero podría propinarle aquel desagradable disgusto.
Cuando se tiene una fortuna tan exorbitante como la de Víctor González Torres pueden pagarse lujos de igual talla en su excentricidad. Tales como contratar vistosas modelos para promocionar la imagen pública de un aspirante a Don Juan o publicitar de paso los productos que se venden en sus farmacias. Uno de los objetos, que más se consumen en los establecimientos de este empresario mexicano son los calendarios de las muy jacarandosas Simi-chicas. Estos personajes han mejorado el cuadro de caricatura dentro de este onírico universo. Son ellas las encargadas de atraer a los hombres disueltos en su aburrimiento para que adquieran, en las Farmacias Similares, productos para aumentar la actividad sexual. Las Simi-chicas son pícaras, pero no malas personas porque comparten la escena con el bueno del Doctor Simio Éste, a su vez, se encarga de atraer a las señoras esposas de los compradores de calendarios. Así es como toda la familia puede sentirse complacida en dichos establecimientos.
Los gastos en publicidad parecieran no tener límites para el emporio de González Torres. Cuenta con un periódico semanal, Simi Informa, y una revista mensual, Las aventuras del Doctor Simi. Ambas se distribuyen en sus farmacias. También paga avisos comerciales en los dos canales de televisión abierta más importantes del país: el 2 y el 13.
Y tiene una emisión televisada que pasa todas las semanas por el canal 4 de televisa a las cinco de la madrugada. Toda esta propaganda hace sinergia con el doble propósito de su mercadotecnia: crecer el negocio de su empresas y obligar a que nadie olvide a Víctor González Torres. De esta manera, el Señor Simi se ha convertido en un personaje más de su mágica Similandia. Del universo propio que, como ocurre con cualquier gran parque de diversiones, sería inexistente sin los muchos ingresos que los pobres mortales le aportan todos los días. Como Luz Elena pudo constatar en ese idílico lugar también se cocinan intenciones perversas. El Señor Simi igual usa su dinero para promoverse que lo invierte en actividades, cuyo propósito ha sido destrozar la reputación de sus adversarios. A golpe de periodicazos y en particular de desplegados, maltrata a quienes difieren de su parecer. Por igual han sido víctimas de su ensañamiento periodistas como Joaquín López Dóriga o Víctor Trujillo; lo mismo que Patricia Mercado Castro, quien no quiso cederle una candidatura presidencial que por derecho propio le correspondía. En parecida circunstancia han estado Jorge Amigo, ex director del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), Santiago Levy, ex director del IMSS, Luis Carlos Ugalde, ex presidente consejero del Instituto Federal Electoral (IFE), o Julio Frenk, ex secretario de salud. Al lado de Luz Elena González, todas estas personalidades —y muchas más que en la obviedad del ejemplo no es necesario mencionar— han pasado por el tablero del tiro al blanco del dueño de las Farmacias Similares. Es probable que ningún otro mexicano haya gastado tantos recursos en esta eficaz forma de relacionarse con los medios de comunicación. Quizá sólo Elba Esther Gordillo, presidenta vitalicia del sindicato magisterial mexicano haya hecho algo parecido. Sin embargo, el número de páginas pagadas por el Señor Simi no tiene comparación. Según cálculos de la revista Etcétera, este empresario mexicano ha llegado a invertir hasta veinte millones de pesos mensuales en los comunicados que se reproducen en los principales medios escritos. Entre las publicaciones más beneficiadas por esta derrama económica están Milenio Semanal, la revista Proceso y los periódicos Reforma y La Jornada[108]. El daño real que estos desplegados ocasionan a sus agraviados podría ser menor si no fuera porque las monedas de oro que González Torres lanza sobre el escritorio de los medios en cuestión hace que las críticas a sus negocios y a su persona queden inoculadas. ¿Qué medio en México estaría dispuesto a pelearse con uno de sus anunciantes más asiduos mediante la publicación una nota que pudiere ofenderle? Al final los anunciantes siempre serán más preciados para el medio que sus lectores o televidentes. A la usanza de otros magnates mexicanos y también extranjeros, el Señor Simi ha comprado en México un amplio archipiélago de impunidad mediática. Gracias a la inversión que hace en publicidad consigue que los periodistas eviten meterse con él o con sus intereses. Y por esta misma vía con sus periodicazos también ha logrado, más de una vez, mantener a raya a aquel que se le cruce malamente en su camino. No importa que se trate de un alto burócrata del Estado mexicano, de un periodista reputado o de una novia que se atrevió a decirle que no.
Dentro de su repertorio estratégico de impertinencias para combatir a los enemigos, el Señor Simi posee una última arma que ha utilizado algunas veces. Como pocos empresarios, puede sacar a la calle a sus empleados para que protesten contra las cosas que a él lo incomodan. Después de las elecciones presidenciales del 2 de julio del año 2006 decidió, en varias ocasiones, despertar en su domicilio a Luis Carlos Ugalde, presidente del IFE, apostando fuera de su casa a un pequeño pero muy gritón contingente de sus empleados, para reclamarle por el supuesto fraude electoral y, sobre todo, porque no se hubieran podido contar los votos que según él, se emitieron por su candidatura presidencial independiente. Esta estrategia ya la había utilizado antes. Un antiguo destinatario de la movilización social al estilo Simi fue Santiago Levy, cuando fuera director del Seguro Social. Por aquellos días de finales de los noventa, González Torres estaba convencido de que los Laboratorios Best habían sido desplazados como surtidores de esta institución porque su hermano había corrompido a los funcionarios del IMSS. Entonces organizó una simpática manifestación donde varias decenas de Doctores Simis salieron a marchar por la calle Reforma para reclamar el supuesto atropello. Esta ala de militantes sociales, que trabajan para su corporativo empresarial, está organizada a través del Movimiento Nacional Anticorrupción que fundara en el año 1996. Justo cuando la competencia entre farmacéuticas hizo que Laboratorios Best perdiera importantes concursos de adquisiciones.
La apuesta transnacional
Es verano en Guatemala. Corre el año 2003. Una gran fiesta se celebra en la Plaza de la Constitución para festejar la primera incursión de las Farmacias Similares fuera de su país de origen y tres actrices mexicanas han acudido para decorar el acto. También hay un nutrido contingente de Simi-chicas. El personaje central es la nueva socia de Víctor González Torres. Se trata de Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, quien durante su estancia previa en México, había entrado en contacto con el empresario. Él la convenció de probarse en los negocios. Le ofreció el 50 por ciento de las acciones de la filial guatemalteca y le entregó cinco franquicias para que su familia las administrara. La Premio Nobel quedó deslumbrada. Se involucró en esta aventura y aterrizó poco después en el suntuoso acto de inauguración donde Menchú se codearía con las beldades que, por tradición, animan la vida y los momentos públicos del Señor Simio En entrevista con los medios de comunicación, esta líder de relevancia mundial declaró que Víctor González Torres debería ser considerado como candidato a la obtención del Premio Nobel y añadió: «el trabajo que realiza el Doctor Simi es digno de tomarse en cuenta por su empeño en rescatar valores como la ética para atender a millones de pobres que en este momento no tienen acceso a los medicamentos… Hoyes el mejor ejemplo del empresario socialmente responsable[109]». El esquema de construcción de la cadena farmacéutica en Guatemala fue una réplica del celebrado en México durante el lustro anterior. Impulsó la modalidad consultorio-farmacia. En ambos se ofrecieron productos y servicios a muy bajo costo. Ofertó también franquicias en tres modalidades: las farmacias grandes a un costo de 25 mil dólares, las medianas a 10 mil y las pequeñas (González Torres las llama «chirris») a cinco mil dólares. Simultáneamente, con esta operación comenzó a desarrollarse el proyecto de expansión de las Farmacias Similares en el resto de América Latina. Entre 2003 y 2005 abrió establecimientos en Costa Rica, Honduras, Panamá, Nicaragua, Ecuador, Perú, El Salvador, Chile y Argentina. Para los intereses del Señor Simi todos estos países tienen, con México, dos cosas en común: una inmensa población de muy escasos recursos para la que el acceso a los servicios de salud permanece restringido y legislaciones nacionales excesivamente flexibles con respecto a los genéricos intercambiables. Tal y como lo hizo el mercado mexicano en 1997, estas nuevas regiones del subcontinente a colonizar con sus farmacias reunían condiciones de lo más prometedoras. La proyección internacional fue por tanto de amplias proporciones el país donde menos establecimientos se pensó en instalar contaría con al menos cien farmacias.
Rigoberta Menchú significó para esta estrategia un muy importante activo. El aval que podía ofrecerle, sobre todo en América Central, era invaluable. Todavía más importante habrá sido que ella siguiera repitiendo aquella propuesta de que Víctor González Torres también merecía recibir la presea sueca. Con Menchú viajó González Torres a buena parte del subcontinente. Ella fue su carta de presentación en Managua, en Tegucigalpa y también en Buenos Aires. En cada lugar por donde iba pasando este bolívar del sector farmacéutico se organizaron fiestas de pretensiones inolvidables. En Buenos Aires, por ejemplo, la gran comitiva mexicana y su invitada guatemalteca se instalaron en el lujosísimo Hotel Alvear (favorito del ex presidente Menem) para participar en la gran inauguración de las diez primeras Farmacias Similares. En esa ocasión se anunció que para mediados del año 2005 habría cerca de 200 establecimientos en la región platense. Un diario local por aquellos días reportó lo siguiente: «el nuevo paladín de las masas repartió yerba, fideos, azúcar y harina a quienes visitaron sus locales en los días inaugurales[110]».
Fue en esa misma ciudad donde Víctor volvió a enseñarse los colmillos con su hermano Javier. Antes de su llegada, las farmacias El Fénix ya se habían asentado en esas tierras con el objeto de vender genéricos. La nueva filial del hermano mayor para la distribución al público de estos medicamentos lleva por nombre Doctor Ahorro. Para cuando Farmacias Similares llegó a instalarse en Argentina, Doctor Ahorro ya contaba ahí con sesenta establecimientos. A los sobrinos no les cayó nada en gracia esta invasión comercial de su tío Víctor. Xavier González Zirión declaró entonces a los medios: «nos fuimos a Argentina y nos siguió, ahora se fue a Guatemala y a Chile y lo vamos a seguir[111]». El pleito público entre los dos hermanos concitó bastante morbo entre los bonaerenses. Al punto en que hace pocos años era común subirse a un taxi y escuchar al conductor reírse a carcajadas del ridículo que uno y otro hermano estaban haciendo por aquellas tierras.
Las cosas en Argentina terminaron muy mal para el señor Simi. A mediados del 2005 ya había desmantelado la mitad de las farmacias inauguradas en octubre del año anterior. El expediente se cerró tan mal que las autoridades de ese país se vieron obligadas a revisar las deudas laborales y fiscales que las Farmacias Similares acumularon durante su corta estancia en ese país del Cono Sur. Lo mismo ocurrió en Guatemala. Las reglas de operación impuestas a los propietarios de franquicias guatemaltecos ahogaron el negocio. Varios fueron los recién estrenados empresarios que antes de dos años acudieron con González Torres para que les regresara su dinero. Por obvio que suene decirlo, México no es Guatemala. También la familia de Rigoberta Menchú fracasó en el negocio de las farmacias. No aportaron los ingresos prometidos y, peor aún, arrojaron pérdidas considerables. A principios del año 2005 comenzó a resquebrajarse la relación entre esta líder latinoamericana y el futuro Premio Nobel. El pleito debió de haber sido gordo ya que el rostro de la señora Menchú, que en todos los establecimientos compartía estelares con el Doctor Simi, fue borrado de la noche a la mañana. A la postre, la parte accionaria de la aprendiz de empresaria quedó reducida de un 50 a un 33 por ciento. Poco después Víctor González Torres declararía al suplemento Enfoque del periódico Reforma que ya se había divorciado de la Menchú[112]. ¿Cuánto habrá perdido el señor Simi en su aventura latinoamericana? Es difícil saberlo, pero con seguridad no fue poco.
Hipótesis de una candidatura presidencial
Los negocios del Señor Simi andaban de capa caída al concluir el sexenio de Vicente Fox Quesada. La guerra con las grandes farmacéuticas, las costosísimas pruebas de laboratorio que debió practicar a sus medicamentos genéricos para refrendar el registro sanitario y el fracaso de las incursiones por América Latina, representaron un duro revés para la proyección futura de su emporio. Sin embargo, al mismo tiempo se abrió una ventana que era potencialmente prometedora. El gobierno estaba a punto de echar a andar el Seguro Popular. Un sistema de protección para los mexicanos más pobres que ofrecería atención médica y medicamentos para todos aquellos que no se encontraban afiliados a ninguna otra forma de protección sanitaria.
No hay otra empresa en este país que cuente con una red tan extendida de establecimientos farmacéuticos donde puedan adquirirse directamente las medicinas del Seguro Popular. Víctor González Torres hizo cuentas y se topó con la idea de convertir a las Farmacias Similares en el distribuidor más importante para el gobierno federal. Si convencía a las autoridades sanitarias de entregar vales a los usuarios de este seguro para que pudieran convertirlos en medicamentos en el establecimiento de su elección, el siguiente paso en la edificación de su emporio estaba garantizado. Pero tenía un problema político doble. Durante el periodo de negociación previo con la Secretaría de Salud y también con el IMSS, las relaciones con el gobierno panista quedaron desgarradas. Era obvio que si el Partido Acción Nacional reincidía para el mandato 2006-2012, su proyecto de expansión quedaría eliminado. Otra contrariedad fue la distancia política que también sostenía con el candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador. Este político tabasqueño desconfiaba fuertemente del origen de la fortuna de Víctor González Torres. Así las cosas, al Señor Simi no le quedó otra opción que acercarse a su amigo Roberto Madrazo Pintado. No era la mejor opción sino la única. El candidato presidencial estaba colocado en el tercer lugar de las preferencias, pero el Seguro Popular merecía más que una misa.
No queda claro si la propuesta de convertirse él mismo, Víctor González Torres, en candidato presidencial, provino del priista o se le ocurrió primero al empresario. Lo cierto es que el Señor Simi terminó aceptando jugarse algo más que un donativo para la campaña del otro tabasqueño. Sería abanderado independiente y buscaría arrancarle a las clases populares todos los votos que pudieran para que éstos no acudieran al llamado de Andrés Manuel López Obrador. La intención era desfondar la candidatura de la izquierda con la esperanza de que Felipe Calderón Hinojosa no creciera demasiado. De lograrlo, Roberto Madrazo recuperaría posibilidades de triunfo. El proyecto podía funcionar si los siete millones de clientes de las Farmacias Similares veían con simpatía la candidatura del Señor Simio Por esta razón y quizá también por el deseo irrefrenable de verse en la contienda, Víctor González Torres desplegó una activa promoción de su alternativa. Para su sorpresa, en las primeras encuestas levantadas a finales del 2005 obtuvo preferencias electorales por arriba del 5 por ciento.
Habrá entonces supuesto que si lograba doblar ese porcentaje, la estrategia planteada alcanzaría visos de realidad. O eventualmente su peso político crecería a tal punto que podría negociar en condiciones de ventaja con el futuro presidente de México para lograr el acuerdo que buscaba. Una declinación oportuna de sus aspiraciones presidenciales a cambio de asegurarse la distribución de los medicamentos en el futuro sistema del Seguro Popular no sonaba descabellada.
El primer obstáculo se presentó cuando no pudo atraer a su causa a un número suficiente de dirigentes dentro del Partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina. El ala rural de esa organización política le aseguró que controlaba al órgano de dirección que podría sustituir a Patricia Mercado Castro y colocarle a él en su lugar. El tamaño de la ingenuidad de González Torres en este episodio fue sólo comparable con la que lo llevó a construir su pacto político con Roberto Madraza. Sobre todo cuando el Instituto Federal Electoral confirmó a Mercado como la única candidata presidencial reconocida ante la autoridad. Para entonces habrá estado demasiado embelesado con las razones de su candidatura como para retirarse. Optó entonces por convertirse en candidato sin partido y continuar en la brega sin la autorización que la ley mexicana exige para hacerlo: contender con las siglas de una fuerza electoral con registro. Fue evidente durante aquel episodio que la alianza con Madrazo Pintado representaba el objetivo principal. También lo fue que el esfuerzo invertido debía restarle votos al candidato de las clases populares, Andrés Manuel López Obrador. A la postre, por la manera cómo se cuentan los votos en el sistema electoral mexicano, fue imposible saber cuánto apoyo obtuvo realmente este candidato independiente. Su verdadero peso político permaneció desconocido. Una vez que el triunfador reconocido por el órgano que calificó la elección resultó ser Felipe Calderón Hinojosa, el Señor Simi vio cómo se desvanecía su ambición. El nuevo presidente panista no apoyaría sus intenciones para convertirse en el gran proveedor de medicamentos para el nuevo Seguro Popular. Ésa fue una de las últimas aventuras enfebrecidas de aquella época. Desde entonces, Víctor González Torres ha tenido que dedicarse con más tiento y serenidad a reconstruir los daños sufridos por su emporio. Por más que Víctor González Torres haga esfuerzos para que otros se mofen de su persona, es un error caer en su trampa. No hay que reírse del Doctor Simio Este es un buen consejo para sus adversarios. Por no tomarlo en serio, Javier su hermano perdió una valiosa oportunidad para hacer fortuna en el negocio de los genéricos intercambiables. Lo mismo ocurrió con las grandes farmacéuticas que tardaron seis años —de 1997 a 2003— para reaccionar frente a la expansión que lograran las Farmacias Similares. No lo han tomado tampoco en serio las autoridades que vieron nacer un sistema alternativo de salud popular sin vigilar adecuadamente el cumplimiento de las normas sanitarias. Ni los medios de comunicación que, con tal de quedarse con una tajada de las inversiones en desplegados y programas publicitarios, se han vuelto cómplices de su agresiva estrategia empresarial. El Señor Simi es mucho más hábil de lo que él mismo ha querido proyectar. Lo demuestra su inteligencia para construir, en una sola década, su gran emporio farmacéutico. Pero sobre todo para convertirse en uno de los empresarios intocables del actual régimen político mexicano. Fue primero su tejido de relaciones políticas el que le permitió eludir la ley. Cuando la política dejó de ser suficiente optó entonces por abusar de la mercadotecnia y la publicidad para vencer la desconfianza hacia sus productos y, al mismo tiempo, para amedrentar a sus detractores. Esa mezcla de cabildero y publicista le ha permitido maniobrar impunemente a través del espacio público mexicano y de otros países latinoamericanos. En mucho le ha servido para influir en decisiones delicadas que sólo debían ser responsabilidad de los funcionarios del Estado.
El Señor Simi ha innovado en su forma de relacionarse con el poder para lograr que la ley no se aplique en su contra. La última ocurrencia suya fue postularse como candidato independiente a la Presidencia de la República. Creyó que con esta aventura podría asegurar la siguiente etapa de crecimiento de su emporio. La experiencia referida terminó en un rotundo y muy costoso fracaso. No tenía conciencia de que en democracia es mejor que los empresarios eviten inclinarse descaradamente por alguno de los contendientes. Suele ser un mal negocio para todas las partes. Si Andrés Manuel López Obrador hubiera llegado a la presidencia, la estrella del Doctor Simi habría terminado en un entallamiento de proporciones galácticas. La animadversión entre ambos personajes es muy grande. Con el triunfo de Felipe Calderón Hinojosa la tragedia para este empresario no ha sido tan grande, pero la expansión de su emporio encontró francos y fuertes límites. Los medicamentos genéricos que brinda el Seguro Popular, por lo pronto no pueden ser adquiridos en las Farmacias Similares. Se trata de uno de los golpes más rudos que el Señor Simi ha recibido en su trayectoria como exitoso empresario. Bien dicen los japoneses que el martillo suele golpear al clavo sobresaliente del madero. La excesiva exposición pública de Víctor González Torres terminó siendo uno de sus yerros más notables. Quizá sea tiempo para que este hombre imite a aquel muchacho durangueño, Ramón Durán Juárez. Buena cosa para él sería dejar a un lado la botarga para recuperar su propia identidad.
A partir de esta experiencia anómala del sector dedicado a la salud emblematizada por la trayectoria empresarial de Víctor González Torres, también las autoridades del Estado deberían asumir algunas lecciones. Su complicidad y negligencia permitieron el surgimiento de un negocio que sólo pudo crecer a partir de la pobreza y desprotección sanitaria de muchísimos mexicanos. La ausencia de autonomía y vigor del gobierno mexicano son la principal explicación para comprender por qué Víctor González Torre se volvió un personaje intocable. Hace falta que los responsables de la salud atraviesen la botarga del Doctor Simi para que Víctor González Torres se convierta en un empresario sujeto a las reglas de la realidad. Para que los límites del Estado y las leyes puedan imponerse sobre todos los ciudadanos, incluido este personaje tan peculiar.
RICARDO RAPHAEL es profesor del CIDE, analista político en Núcleo Radio Mil, articulista del diario El Universal, conductor de televisión en Canal 11 y Proyecto 40, consultor ante la FAO y el Programa de la ONU para el Desarrollo. Licenciado en Derecho por la UNAM, tiene estudios de posgrado en Sciences Po y en la Escuela Nacional de Administración, ambas en Francia, y en la Universidad para Graduados de Claremont, en Estados Unidos. Es autor de diversos libros, los más recientes: Para entender la institución ciudadana (2007) y Los socios de E/ha Esther (Planeta, 2007).