EL CAMPAMENTO DEL PERRO
AL norte de Estocolmo se arraciman a centenares islas de todas las formas y tamaños, y el pequeño vapor que recorre en verano sus intrincados laberintos, al llegar al final de su viaje en Waxholm, deja algo perplejo al viajero en cuanto a los puntos cardinales. Pero sólo a partir de Waxholm empiezan las verdaderas islas a volverse salvajes, por así decir, y a recortar su complicada costa en un centenar de millas de desierta belleza; y fue en el centro de esta encantadora confusión donde plantamos nuestras tiendas para pasar unas vacaciones de verano. A nuestro alrededor teníamos un auténtico enjambre de islas: desde un mero botón de roca con un abeto solitario encima, hasta la extensión montañosa de una milla cuadrada densamente poblada de bosque y ceñida por abruptos acantilados; y estaban tan juntas a veces que entre ellas había una tira de agua no más ancha que un sendero del campo, o bien tan alejadas que tenían en medio un espacio de millas como si fuese mar abierto.
Aunque algunas de las islas más grandes ostentaban granjas y puertos pesqueros, la mayoría estaban deshabitadas. Tapizadas de musgo y de brezo, sus costas mostraban una serie de barrancos y hendiduras y pequeñas ensenadas arenosas, con una espléndida vegetación de pinares que bajaba hasta el borde del agua y guiaban la mirada, por desconocidas cavidades de sombra y misterio, al mismo corazón de un bosque primitivo.
Las islas concretas en las que teníamos derecho a acampar, por haber pagado una módica cantidad a un comerciante de Estocolmo, formaban un grupo pintoresco mucho más allá de donde llegaba el vapor; una de ellas era un mero escollo con una franja etérea de abedules, y otras dos eran monstruos, con acantilados en los flancos, que emergían del mar con sus cabezas boscosas. De la cuarta —que fue la que escogimos porque tenía una pequeña ensenada, ideal para fondear, bañarnos, calar palangres y demás—, daré oportuna descripción a medida que prosiga esta historia; pero por lo que se refiere al alquiler, podíamos haber plantado nuestras tiendas en cualquiera del centenar que se apiñaban a nuestro alrededor como un enjambre de abejas.
Fue en el resplandor de un atardecer de julio, con el aire transparente como el cristal, el mar de un azul cobalto, cuando dejamos el vapor en los confines de la civilización y, provistos de mapas, brújulas y provisiones para el pequeño grupo de chalados, zarpamos en el skargard que iba a ser nuestro hogar los dos próximos meses. Detrás remolcábamos el bote neumático y mi canoa canadiense, con las tiendas y los pertrechos cuidadosamente estibados; y cuando se interpuso la punta del acantilado, ocultándonos el vapor y el hotel, nos dimos cuenta por primera vez de lo lejos que habían quedado el horror de los trenes y los edificios, la fiebre de los hombres y las ciudades, el hastío de las calles y los espacios cerrados. La naturaleza se abría por todas partes en interminables extensiones azules, y la aguja y los mapas eran solicitados con tanta frecuencia que cada dos por tres nos sentíamos perdidos, y la marcha se hacía encantadoramente lenta. Por ejemplo, tardamos dos días enteros en encontrar la media luna que formaba la isla de nuestro destino, y las acampadas que hicimos en el trayecto eran tan fascinantes que luego nos marchábamos con desgana y pesar; porque cada isla parecía más atractiva que la anterior, y sobre todas ellas se extendía la magia de la paz, la lejanía del tumulto mundano y la libertad de los parajes deshabitados.
Y son tantos los lugares de belleza mundial que he explorado y he habitado, que en la memoria sólo me queda un recuerdo compuesto de sus partes, un auténtico mapa celeste, por así decir, en el que éste en concreto resalta con especial nitidez por las cosas extrañas que ocurrieron en él; y también, creo, porque cualquier situación en la que interviene John Silence tiene tendencia a grabarse en el pensamiento con profunda y duradera viveza.
Al principio, no obstante, el doctor Silence no formó parte del grupo. Un caso particular reclamaba su presencia en el interior de Hungría, y sólo pude concertar reunirme con él en Berlín más tarde —el 15 de agosto, para ser exactos—, y regresar de allí juntos a Londres con nuestra cosecha de trabajo para el invierno. De todos modos, él conocía más o menos bien a los demás miembros del grupo; y este tercer día, al cruzar la estrecha abertura hacia la ensenada y contemplar ante nosotros la loma redondeada de árboles con el sol dorado y rojo del crepúsculo, por alguna inexplicable razón, me vinieron a la memoria, clarísimamente, sus últimas palabras al separarnos en Londres, y recordé la extraña impresión de profecía que me produjeron:
—Disfrute de sus vacaciones y haga acopio de todas las fuerzas que pueda —había dicho mientras se ponía en marcha el tren, en la estación Victoria—; nos veremos el día 15 en Berlín… si no me manda llamar antes.
Y ahora, de repente, sus palabras me volvieron con tal claridad que casi me pareció oír su voz: «Si no me manda llamar antes». Y me volvieron, además, con un significado que no sabía cómo interpretar, y que despertó en lo más hondo de mi ser un vago temor de que desde el principio habían sido una especie de profecía.
Ya en la ensenada nos dejó el viento, este atardecer de julio, como no podía ser menos, al encontrarnos al abrigo de un cinturón de árboles, y echamos mano a los remos, todos impresionados ante la belleza de esta primera visión de nuestra isla de destino, aunque hablando en voz baja sobre dónde era mejor desembarcar, qué profundidad tenía el agua, cuál era el sitio más seguro para fondear, para plantar las tiendas, el más protegido para encender fuego, y una docena de cuestiones importantes que surgen cuando hay que instalarse en una región deshabitada.
Y durante esta hora afanosa del crepúsculo en que nos dedicamos a descargar antes de que anocheciera, tuvieron a bien aflorar de nuevo con toda viveza las almas de mis compañeros, y hacer otra vez sus respectivas presentaciones.
En realidad, supongo, nuestro grupo no tenía nada de excepcional. En la vida normal, en casa, eran personas bastante corrientes; pero de pronto, al cruzar estas puertas de la naturaleza, les vi con más claridad que antes, con rasgos exentos del ambiente de los hombres y las ciudades. Un cambio radical de escenario proporciona a menudo una visión sorprendentemente nueva de personas que hasta ese momento creíamos conocer muy bien: nos ofrece una faceta inédita de sus personalidades. Me pareció ver a mi grupo casi como si fuesen otros: gente a la que no había visto hasta ahora, gente que se iba a quitar el disfraz que llevaba hasta ahora y a revelarse como realmente era. Y cada uno parecía decir: «Ahora me verás como soy. Me verás aquí, en esta vida primitiva de las soledades naturales, sin ropa. Todas mis máscaras y velos han quedado atrás, donde habitan los hombres. ¡Así que espera y verás qué sorpresa!».
El reverendo Timothy Maloney me ayudó a montar las tiendas, tarea que su larga práctica hacía que fuese sencilla; y viéndole clavar clavos y tensar vientos, sin chaqueta y con su cuello de franela abierto y sin lazo, era imposible evitar la conclusión de que estaba hecho para la vida de pionero, más que para la iglesia. Tenía cincuenta años, era un hombre sano, musculoso, de ojos azules, y realizaba su parte de trabajo, y más, sin rehuir. Daba gusto verle manejar el hacha cortando renuevos para palos de tienda, y su ojo para sacar la horizontal era infalible.
Obligado de joven a aportar unos haberes familiares lucrativos, había forzado su espíritu a aparentar ideas ortodoxas, haciendo los honores de una pequeña iglesia rural con una energía que le hacía pensar a uno en un carbonero manejando porcelana; y sólo en los últimos años había renunciado al beneficio eclesiástico, dedicándose a preparar jovénes para los exámenes. Esto se le daba mejor. Además, le permitía entregarse temporalmente a su pasión por la «vida salvaje», y pasar bajo tienda los meses de verano, casi todos los años, en alguna parte del mundo adonde podía llevar consigo a sus jóvenes, y combinar la «clase» con el aire libre.
Normalmente le acompañaba su mujer, y no había duda de que ella disfrutaba en esos viajes, ya que sentía la misma afición por la naturaleza, aunque en menor grado, dado que constituía el rasgo más destacado en él. La única diferencia era que mientras él consideraba esta vida la verdadera, a ella le parecía un paréntesis. Mientras él vivía la acampada con el alma y el corazón, ella lo hacía con la ropa y el cuerpo. De todos modos, era una espléndida compañera; y viéndola preparar la comida en el fuego que nosotros hicimos entre unas piedras, notabas que ponía todo su entusiasmo en la tarea del momento, y que disfrutaba incluso en los detalles.
En casa, la señora Maloney haciendo punto y creyendo que el mundo había sido creado en seis días era una; pero la señora Maloney con los brazos desnudos, asomando por encima del humo de una leña de bosque, bajo los pinos, era otra; y Peter Sangree, el alumno canadiense, con su tez pálida y su figura endeble, aunque no desgarbada, hacía junto a ella un muy desfavorable contraste mientras rascaba patatas y cortaba lonchas de tocino con blancos, delgados dedos que parecían más aptos para manejar la pluma que el cuchillo. Ella le mandaba como a un esclavo y él obedecía encantado; porque a pesar de su aspecto frágil, se sentía tan feliz en el campamento como cualquiera de nosotros.
Pero más que ningún otro miembro del grupo, era Joan Maloney, la hija, la que parecía parte auténtica y natural del paisaje, y pertenecer a él como pertenecían los árboles y el musgo y las rocas grises que se hundían en el agua. Porque estaba en su escenario original y apropiado: era un ser de las regiones desérticas, una gitana en su mundo.
Para cualquiera dotado de perspicacia, esto habría sido más o menos evidente; para mí, que llevaba tratándola los veintidós años de su vida y conocía los entresijos de su tipo primitivo y ajeno a la moda, resultaba hasta llamativo. Viéndola allí, era imposible imaginarla de nuevo en la civilización. No lograba recordar cómo era en la ciudad. Su recuerdo, en cierto modo, se me evaporaba. De repente, observándola revolotear de un lado para otro con la gracia de la vida del bosque, rauda y flexible, o soplar el fuego de rodillas o remover la sartén a través de un velo de humo, me parecía que no la había conocido de otra manera. Aquí estaba en su ambiente; en Londres se transformaba en una persona escondida por la ropa, en una muñeca artificial, entrapajada y movida por un mecanismo de cuerda, con vida sólo una parte de su ser. Aquí estaba viva toda ella.
He olvidado por completo cómo iba vestida, igual que he olvidado cómo estaba vestido un árbol particular, o cómo eran las marcas de los cantos rodados que señalaban el campamento. Parecía tan agreste, indómita y salvaje como todo lo que formaba parte del escenario; no puedo decir más.
Decididamente, no era guapa. Era flaca, morena, y poseía una gran fuerza física en forma de resistencia. Tenía también algo de la energía y la vigorosa resolución del hombre; tempestuosa a veces, impulsiva hasta el apasionamiento, asustaba a su madre, y desconcertaba a su tolerante padre con sus arrebatos de rebeldía, al tiempo que despertaba su admiración. Una pagana incurable era, además, con un atisbo mágico de antigua belleza pagana en su rostro moreno y en sus ojos oscuros. Su carácter era raro y difícil por demás, aunque de una generosidad y un ánimo que la hacían encantadora.
En la vida de ciudad, siempre me parecía que se sentía coartada, fastidiada, un diablo enjaulado; en sus ojos había una expresión acorralada, como si temiese que la atrapasen de un momento a otro. Pero en estas vastas soledades le desaparecía todo esto. Lejos de las restricciones que la atormentaban y hostigaban, se mostraba en plena forma; y viéndola andar por el campamento, me descubría a mí mismo, más de una vez, pensando en un animal salvaje, al que acabaran de devolver la libertad, ejercitando sus músculos.
Peter Sangree, naturalmente, sucumbió inmediatamente a sus encantos. Pero ella estaba tan fuera de su alcance, y tan capacitada para cuidar de sí misma que creo que sus padres dieron escasa importancia al asunto. Él mismo le rendía culto a respetuosa distancia, manteniendo un admirable control de su pasión en todos los respectos salvo en uno: porque a su edad es difícil dominar los ojos, y la expresión anhelante, casi devoradora, que a menudo asomaba a ellos era probablemente desconocida incluso para él. Él, más que nadie, comprendía que se había enamorado de alguien inalcanzable, de alguien que le arrastraba hasta el límite mismo de la vida, y casi más allá de él. Sin duda era un gozo secreto y terrible para él esta apasionada adoración a distancia. Sólo que creo que sufría más de lo que nadie sospechaba, y que su falta de vitalidad se debía en gran medida al constante torrente de anhelo insatisfecho que fluía sin cesar de su alma y su cuerpo. Además, me daba la impresión, ahora que los veía juntos por primera vez, de que había algo indefinible —una cierta calidad inasible— que los señalaba como pertenecientes al mismo mundo, y que la muchacha, aunque no le hacía caso, era atraída secreta y quizá inconscientemente por algún atributo —muy profundamente inscrito en su propia naturaleza— hacia una cualidad igualmente profunda en él.
Así que éste era el grupo cuando nos instalamos en nuestro campamento para dos meses en la isla del mar Báltico. Otras figuras desfilaron de tarde en tarde por el escenario; y unas veces un lector, otras otro, venían a unirse a nosotros, y a pasar sus cuatro horas seguidas en la tienda del clérigo. Pero acudían por cortos períodos solamente y se iban sin dejar demasiada huella en mi memoria; y, desde luego, no tuvieron papel alguno en lo que sucedió más tarde.
El tiempo nos fue favorable esa tarde, de manera que hacia el anochecer estaban montadas las tiendas, descargados los botes, recogida y troceada una provisión de leña, y los faroles colgados en los árboles de alrededor, dispuestos para ser encendidos. Sangree había llenado también los colchones con ramitas de bálsamo para las camas de las mujeres, y había limpiado de broza pequeños senderos que iban de sus tiendas a la fogata del centro. Todo estaba preparado para en caso de mal tiempo. Fue una cena agradable y bien guisada, ante la que nos sentamos bajo las estrellas, y según el clérigo, la única comida digna que veíamos desde que habíamos salido de Londres, hacía una semana.
El silencio, después del fragor de los barcos, los trenes y los turistas, tenía algo que emocionaba; porque, acomodados alrededor del fuego, no oíamos otro ruido que el débil susurro de los pinos y el suave chasquido de las olas a lo largo de la playa y contra los costados del barco, en la ensenada. Por entre los árboles se veía la silueta espectral de sus velas blancas balanceándose perezosa en su plácido fondeadero, con las jarcias restallando blandamente contra el mástil. Más allá se hallaban los bultos azules de otras islas, borrosos en la oscuridad; y de todos los grandes espacios que nos rodeaban nos llegaba un murmullo del mar y el susurro suave de los grandes bosques. La fragancia de esta región silvestre —fragancia del viento y de la tierra, de los árboles y del agua: limpia, fuerte, vigorosa— era el auténtico olor de un mundo virgen y no degradado por el hombre, más penetrante y más sutilmente embriagador que ningún perfume del mundo. ¡Ah, y peligrosamente fuerte también, sin duda alguna, para algunas naturalezas!
—¡Ahhh! —suspiró el clérigo al terminar de cenar, con un indescriptible gesto de satisfacción y alivio—. Aquí hay libertad, y espacio para relajar el cuerpo y la mente. Aquí uno puede trabajar y descansar y jugar. Aquí uno está vivo y puede absorber algo de esas fuerzas de la tierra que jamás están al alcance en las ciudades. ¡Por mi vida que voy a establecer aquí un campamento permanente, y a venirme a él cuando me llegue la última hora!
El buen hombre no hacía sino exteriorizar su dicha de estar bajo una tienda de campaña. Todos los años decía lo mismo; y lo decía a menudo. Pero eso expresaba más o menos los sentimientos superficiales de todos nosotros. Y cuando, poco después, se volvió para decirle un cumplido a su mujer a propósito de las patatas fritas y descubrió que roncaba, con la espalda apoyada en un árbol, soltó un gruñido de contento ante esta visión, y le echó una tela impermeable sobre los pies —como si fuese lo más natural en ella quedarse dormida después de cenar—, y acto seguido volvió a su propio rincón, a fumarse una pipa con gran delectación.
Y yo, que me estaba fumando una también, luchaba tumbado contra el más delicioso sueño imaginable, mientras mis ojos iban del fuego a las estrellas que asomaban a través de las ramas, y de ellas al grupo que tenía a mi alrededor. No tardó el reverendo Timothy en dejar que se le apagase la pipa y sucumbir como su mujer, porque había trabajado con empeño y había comido bien. Sangree, que también fumaba, estaba apoyado en un árbol, con la mirada fija en la muchacha y un profundo anhelo en el rostro que era incapaz de ocultar, cosa que me apenaba de veras por él. En cuanto a Joan, con los ojos abiertos, alerta, pletórica de las nuevas fuerzas del lugar, evidentemente excitada por la magia de hallarse entre los elementos que su alma reconocía como su «elemento», permanecía rígida junto al fuego, mientras su pensamiento vagaba por los espacios, y la sangre se le agitaba en el corazón. No tenía conciencia de que la miraba el canadiense, ni de que sus padres dormían. Me parecía más un árbol, o algo que había brotado en la isla, que una muchacha viva de este siglo; y cuando le propuse desde el otro extremo, en voz baja, hacer una ronda de inspección, se sobresaltó y me miró como si hubiera oído una voz en sueños.
Sangree se levantó de un salto y se unió a nosotros, y sin despertar a los otros, cruzamos la loma de la isla y bajamos a la orilla de atrás. El agua se extendía como un lago ante nosotros, teñida todavía por la puesta de sol. El aire era frío y perfumado, y arrastraba la fragancia de las islas boscosas que flotaba en el ambiente cada vez más oscuro. En la arena rompían con suavidad pequeñísimas olas. El mar estaba sembrado de estrellas, y todo titilaba y exhalaba esa belleza de la noche estival de las regiones del norte. Confieso que en seguida perdí conciencia de las presencias humanas que tenía a mi lado, y estoy seguro de que a Joan le pasó lo mismo también. Con Sangree, supongo, fue distinto; porque al poco rato le oímos suspirar, y me lo imagino absorbiendo toda la magia y la pasión del lugar con su corazón herido, acrecentando en él un dolor más penetrante que el que transmitía la visión de tan inmensa e inefable belleza.
El chapuzón de un pez, al saltar, rompió el encanto.
—Quisiera tener aquí la canoa, ahora —comentó Joan—; podríamos visitar las otras islas.
—Desde luego —dije—. Esperad aquí; yo iré por ella —y estaba dando media vuelta para regresar a tientas en medio de la oscuridad cuando Joan me detuvo con un tono de voz que indicaba que hablaba en serio.
—No; que la traiga Sangree. Nosotros esperaremos aquí y gritaremos para orientarle.
El canadiense desapareció en un abrir y cerrar de ojos, porque no tenía ella más que insinuar lo que deseaba para que él obedeciera corriendo.
—Manténgase alejado de la orilla para evitar las rocas —le grité cuando se iba—, y tuerza a la derecha, al salir de la ensenada. Es el recorrido más corto, según el mapa.
Mi voz cruzó las aguas quietas, despertando en las otras islas una serie de ecos que nos llegaron como si fueran personas llamando desde el espacio. Sólo era cuestión de treinta o cuarenta yardas, entre subir la loma y bajar a la ensenada donde estaban fondeadas las embarcaciones; pero había una milla larga de costa desde allí hasta donde esperábamos nosotros. Le oímos alejarse tropezando en las piedras; luego cesaron los ruidos de repente, al coronar la loma y bajar la cuesta, dejando atrás la fogata.
—No quería que me dejase sola con él —dijo la muchacha después, en voz baja—. Siempre temo que vaya a decir o hacer algo… —vaciló un momento, lanzando una rápida mirada, por encima del hombro, hacia la loma donde Sangree acababa de desaparecer—, algo que pueda provocar una situación desagradable.
Se interrumpió súbitamente.
—¿Darte miedo a ti? —exclamé con verdadera sorpresa—. Esa faceta de tu carácter es nueva. Yo creía que no existía un ser humano capaz de asustarte —luego, de repente, me di cuenta de que hablaba en serio, de que me miraba como pidiendo ayuda; y al punto abandoné el tono de broma—. Creo que ha llegado muy lejos, Joan —añadí con gravedad—. Debes ser amable con él, sean cuales sean tus sentimientos. Creo que está tremendamente enamorado de ti.
—Lo sé, pero no puedo evitarlo —dijo muy bajo, no fuera que su voz se propagara en el silencio—; hay algo en él que… que me espeluzna y me pone carne de gallina.
—Pobre chico; no tiene la culpa de ser endeble y de ponerse a veces pálido como un muerto —me eché a reír suavemente, como un modo de defender al que consideraba un miembro inocente de mi sexo.
—¡Ah, no me refiero a eso! —contestó ella con rapidez—: es algo que noto en él, en su alma; algo que él mismo ignora, pero que puede aflorar si estamos mucho juntos. Siento que me atrae terriblemente. Remueve cuanto hay sin domesticar en mí: dentro, muy dentro… Aunque, al mismo tiempo, me asusta.
—Supongo que anda constantemente pensando en ti —dije—; pero es un chico formal y…
—Sí, sí —interrumpió ella con impaciencia—. Yo me fío absolutamente de él. Es amable y de intenciones purísimas. Pero hay algo que… —otra vez calló de repente para escuchar. Luego se acercó a mí, en medio de la oscuridad, y susurró—: Mire, señor Hubbard, a veces la intuición me advierte un poco demasiado intensamente para no hacer caso. Sí; no hace falta que me repita que es difícil distinguir entre imaginación e intuición. Todo eso lo sé. Pero también sé que hay algo en el alma de ese hombre que llama a algo que hay en el fondo de la mía. Y de momento, me asusta. Porque no alcanzo a ver qué es, y sé, sé, que un día acabará haciendo algo que… que va a sacudir mi vida hasta los cimientos —rió brevemente por lo extraño de su propia descripción.
Me volví para mirarla más de cerca, pero la oscuridad era demasiado densa para verle la cara. En su voz había una intensidad casi de pasión contenida que me había cogido totalmente de sorpresa.
—Tonterías, Joan —dije con cierta gravedad—; le conoces bien. Hace meses que está con tu padre.
—Pero eso era en Londres; aquí es diferente… Quiero decir que siento que aquí puede ser diferente. La vida en lugares como éste elimina las trabas de la vida artificial de la civilización. Sé lo que me digo, lo sé. En un lugar como éste, me siento liberada de toda atadura; aquí la rigidez de nuestra naturaleza empieza a derretirse y a fluir. ¡Seguro que comprende lo que quiero decir!
—Por supuesto que lo comprendo —repliqué, aunque no deseaba animarla a seguir por ese derrotero—; y es una magnífica experiencia, y pasajera. Pero esta noche estás agotada, Joan; como el resto de nosotros. Unos días en este aire hará que te sobrepongas a todos los temores de esa clase que dices.
Luego, tras un momento de silencio, añadí, al comprender que iba a enajenarme por completo su confianza si volvía a meter la pata y la trataba como a una niña:
—Creo que la verdadera explicación, quizá, es que sientes lástima de él por haberse enamorado de ti, y al mismo tiempo, la aversión que todo animal sano y vigoroso experimenta hacia los seres débiles y asustadizos. Si viniera resueltamente y te cogiera por el cuello y te gritara que te iba a obligar a que le amases…, seguro que entonces no ibas a sentir miedo de ninguna clase. Sabrías exactamente cómo tratarle. ¿No es algo así?
La muchacha no contestó, y, al cogerle la mano, noté que temblaba un poco y que estaba fría.
—No es su amor lo que me da miedo —dijo precipitadamente, porque en ese momento oímos hundirse una pala en el agua—; es algo que hay en su alma lo que me asusta como no me ha asustado nada en la vida…, aunque me fascina. En la ciudad apenas me daba cuenta. Pero en cuanto nos hemos alejado de la civilización, ha empezado a aflorar eso. Parece muy… muy real, aquí. Temo quedarme a solas con él. Me da la sensación de que algo va a reventar, a brotar con todas sus fuerzas…, que él va a hacer algo… o que voy a hacerlo yo… No sé exactamente lo que quiero decir… pero me dan ganas de despojarme de todo y gritar…
—¡Joan!
—No se alarme —rió brevemente—; no voy a hacer ninguna tontería; sólo quería explicarle cuáles son mis sentimientos, por si necesito su ayuda. Cuando me viene una fuerte intuición como ahora, nunca es infundada; aunque aún no sé qué significa exactamente.
—De todos modos, debes resistir este mes —dije en el tono más práctico que me fue posible adoptar, porque su actitud había hecho que mi sorpresa se convirtiese en una sutil alarma—. Sangree sólo va a estar un mes. Y en todo caso, dado que eres un ser singular, debes mostrarte generosa para con el resto de los seres singulares —terminé, sin convicción, con una risa forzada.
Joan me dio un repentino apretón de mano.
—Me alegro de habérselo contado —dijo rápidamente en voz baja, porque la canoa se deslizó ahora en silencio, como un espectro, hasta nuestros pies—. Y me alegro de que esté usted aquí, también —añadió, al tiempo que bajaba al agua, al encuentro de Sangree.
Pedí a éste que se cambiara a proa y me senté en el puesto de gobierno, poniendo a la muchacha entre los dos, de manera que podía ver sus siluetas recortadas contra las estrellas. Siempre he tenido gran respeto por las intuiciones de algunas personas —en especial de las mujeres y los niños, debo confesar—, porque la experiencia ha venido a menudo a confirmarlas; y ahora la extraña emoción que las palabras de la muchacha me habían causado seguía vivida en mi conciencia. Yo la explicaba en cierto modo por el hecho de que la muchacha, rendida de cansancio por los muchos días de viaje, había sufrido algún tipo de reacción ante el escenario imponente y desierto, y además, quizá, lo había sentido, según veía yo a los miembros del grupo bajo una luz nueva —el canadiense, era en parte un desconocido—, más intensamente que el resto de nosotros. Pero, al mismo tiempo, me pareció que muy probablemente percibía alguna sutil relación entre la personalidad de él y la suya propia, alguna cualidad de la que hasta entonces no había tenido conciencia y que la rutina de la urbe había mantenido oculta a la vista. Lo único que me parecía difícil explicar era el miedo del que había hablado; pero yo esperaba que los efectos saludables de la vida de campamento y el ejercicio físico lo eliminasen, con el tiempo, de manera natural.
Dimos la vuelta a la isla en silencio. Todo era demasiado hermoso para decir nada. Los árboles se apiñaban en la orilla para oírnos pasar. Veíamos sus copas oscuras, inclinadas con espléndida dignidad para observarnos, olvidando un momento las estrellas atrapadas en la red de agujas de sus melenas. Contra el cielo de poniente, donde aún se demoraba el oro del sol, desfilaba el movimiento salvaje del horizonte, erizado de peñascos y bosque, oprimiendo el corazón como el motivo de una sinfonía, y transmitiendo al espíritu una estremecida sensación de belleza: todas estas islas de alrededor se alzaban sobre el agua como nubes bajas; y como ellas, parecían perderse calladamente en la oscuridad. Oíamos el goteo musical de la pala y el pequeño rumor de las olas en la playa; luego, de repente, descubrimos que estábamos otra vez en la bocana de la ensenada y que habíamos dado la vuelta a la isla.
El reverendo Timothy se había despertado y estaba cantando para sí; y el sonido de su voz, mientras cruzábamos las cincuenta yardas de agua cerrada, resultaba grato al oído, e innegablemente saludable. Veíamos el resplandor del fuego entre los árboles, en lo alto de la loma, y la sombra moviente de él echando más leña.
—¿Ya estáis aquí? —dijo en voz alta—. ¡Bien! ¿Habéis calado los palangres? ¡Magnífico! Pues tu madre, Joan, está todavía como un tronco.
Su risa animada se propagó por encima del agua; no le había preocupado lo más mínimo nuestra ausencia; los campistas veteranos no se alarman con facilidad.
—Bueno, recordad —prosiguió, después de escuchar junto al fuego nuestro pequeño relato del viaje, y de preguntar la señora Maloney por cuarta vez dónde estaba exactamente su tienda y si su puerta daba al este o al sur— que hay que turnarse para preparar el desayuno; uno de los hombres tiene que salir a pescar al amanecer. ¡Hubbard, tú y yo vamos a decidir a cara o cruz qué nos toca hacer mañana por la mañana!
Perdió.
—Elijo la pesca —dije, riéndome de su derrota; porque yo sabía que detestaba preparar las gachas—. Tú procura que no se te quemen como se te quemaban siempre, el año pasado, en el Volga —añadí a modo de recordatorio.
La quinta interrupción de la señora Maloney sobre la puerta de su tienda, y su subsiguiente comentario de que eran las nueve pasadas, nos inclinó a encender los faroles y apagar el fuego por seguridad.
Pero antes de irnos a dormir, el clérigo debía cumplir con un pequeño e inveterado rito personal que nadie tenía valor para negárselo. Lo hacía siempre. Era un vestigio de sus hábitos de predicador. Nos miró brevemente uno a uno, con el rostro grave y serio, y alzó las manos hacia las estrellas, con los ojos cerrados y apretados bajo un ceño momentáneo. Luego ofreció una breve, casi inaudible oración, dando gracias al Cielo por nuestra llegada sin novedad, y rogando que tuviéramos buen tiempo, ninguna enfermedad ni accidente, abundante pesca y vientos favorables para navegar.
Y a continuación, inesperadamente —nadie supo exactamente por qué—, terminó con un repentino deseo de que nada del reino de las tinieblas viniera a turbar nuestra paz, y que ningún ser maligno se acercara a inquietarnos durante la noche.
Y mientras pronunciaba estas sorprendentes palabras, tan extrañamente ajenas a su manera habitual de terminar, alcé casualmente los ojos y paseé la mirada por el grupo reunido alrededor del fuego semiapagado. Y lo cierto es que me pareció que el rostro de Sangree experimentaba una súbita y visible alteración. Estaba mirando a Joan; y mientras miraba, el cambio cruzó por su rostro como una sombra y se disipó. Me sobresalté, a pesar de mí mismo, porque algo singularmente concentrado, poderoso, firme, había asomado a su expresión tan débil y dispersa por lo general. Pero todo fue rápido como una estrella fugaz, y al observarle por segunda vez, su rostro era normal y miraba por entre los árboles.
Joan, afortunadamente, no se había dado cuenta, ya que permaneció con la cabeza inclinada y los ojos fuertemente cerrados mientras rezaba su padre.
«Verdaderamente, esta muchacha tiene una imaginación viva —pensé, medio riendo, mientras encendía los faroles—, si sus pensamientos son capaces de conferir esta magia a los míos». No obstante, de alguna manera, cuando nos dábamos las buenas noches, aproveché para decirle a Joan unas palabras de ánimo, y la acompañé a su tienda para comprobar que podía encontrarla rápidamente a oscuras, en caso de que ocurriera algo. La muchacha lo comprendió con la presteza que la caracterizaba y me dio las gracias. Y lo último que oí cuando me dirigía a donde dormíamos los hombres fueron los gritos de la señora Maloney, diciendo que había escarabajos en su tienda, y la risa de Joan mientras acudía a ayudarla a echarlos.
Media hora más tarde, la isla estaba callada como una tumba, salvo las voces lúgubres del viento que llegaban susurrando del mar. Las tres tiendas de los hombres se alzaban como blancos centinelas a un lado de la loma; al otro, medio ocultas por unos cuantos abedules cuyas hojas hacía estremecer la brisa, las de las mujeres —manchas de un gris espectral— se hallaban más juntas para mutuo abrigo y protección. Entre unas y otras había como unas cincuenta yardas de terreno desigual, rocas grises, musgo y líquenes; y por encima de todo se extendían el manto de oscuridad y los grandes vientos susurrantes de los bosques de Escandinavia.
Lo último que oí, justo antes de que me arrastrara esa ola poderosa que nos sumerge dulcemente en las profundidades del olvido, fue la voz de John Silence cuando el tren se ponía en marcha en la estación Victoria; y por alguna sutil conexión surgida en el mismo umbral de la conciencia, mi mente evocó a la vez el recuerdo de la medio confidencia que me había hecho la muchacha, y de su zozobra. Como por un sortilegio de sueños inminentes, en ese instante parecieron tener relación; pero antes de que pudiese analizar el cómo y el por qué, volvieron a desvanecerse, y traspuse la frontera del mundo vigil:
«Si no me manda llamar antes».
* * *
Creo que la señora Maloney no llegó a averiguar si su tienda estaba orientada al sur o al este; porque lo cierto es que dormía siempre con el faldón de la puerta bien atada; sólo sé que mi pequeña «uno sesenta por dos treinta, toda de seda» daba claramente al este porque a la mañana siguiente el sol, que penetraba como sólo es capaz de penetrar en las regiones salvajes, me despertó muy temprano, y que un instante después, tras una breve carrera por el musgo blando y un salto desde un saliente de granito, me hallaba nadando en el agua más centelleante que cabe imaginar.
Eran apenas las cuatro, y el sol llegaba hasta una larga perspectiva de islas azulencas que se extendían hacia el mar abierto y Finlandia. Más cerca, se alzaban las cúpulas frondosas de nuestro territorio, todavía coronadas o envueltas en jirones vaporosos de una bruma que se deshacía rápidamente, y que parecía tan reciente como si fuese la mañana del Sexto Día de la señora Maloney y acabara de salir, limpia y brillante, de las manos del gran Arquitecto.
El suelo estaba empapado de rocío en los claros, y del mar venía un aire fresco y salado que penetraba entre los árboles y hacía temblar las ramas en una atmósfera de plata reluciente. Las tiendas brillaban de blancura en los rodales donde les daba el sol. Abajo se extendía la ensenada, todavía soñando con la noche veraniega; afuera, en el mar abierto, los peces saltaban con brío, enviando hacia la orilla ondulaciones musicales, y en el aire se cernía suspendida la magia del amanecer: callado, incomunicable.
Encendí el fuego a fin de que, una hora después, el clérigo dispusiera de buenas brasas para preparar las gachas, y luego me fui a inspeccionar la isla; pero apenas había andado una docena de yardas, vi una figura de pie, un poco delante de mí, donde el sol entraba entre los árboles y formaba un charco de luz.
Era Joan. Hacía ya una hora que se había levantado, me dijo, y se había bañado antes de que desapareciese del cielo la última estrella. En seguida me di cuenta de que había penetrado en ella el nuevo espíritu de estas soledades, librándola de los temores de la noche; porque su rostro era como el rostro de una habitante feliz de las regiones salvajes, y sus ojos estaban inmaculados y brillantes. Tenía los pies descalzos, y llevaba prendidas en su pelo suelto y ondulante las gotas de rocío que había hecho caer de las ramas. Evidentemente, volvía a ser la misma.
—He recorrido toda la isla —anunció riendo—, y faltan dos cosas.
—Sueles atinar en tus juicios, Joan. Así que di, ¿cuáles son?
—No hay vida animal, y no hay… agua.
—Las dos van juntas —dije yo—. A los animales no les interesa una roca como ésta, a menos que haya en ella un manantial.
Y mientras me llevaba de un lugar a otro, excitada y feliz, saltando ágilmente de roca en roca, yo me alegraba de notar que habían sido acertadas mis primeras impresiones. No aludió para nada a nuestra conversación de la noche anterior. El nuevo espíritu había desalojado al anterior. No había sitio en su corazón para el temor y la ansiedad, y la naturaleza la había conquistado totalmente.
Averiguamos que la isla medía unos tres cuartos de milla de punta a punta y formaba un círculo, o una amplia herradura, con una abertura de unos veinte pies en la bocana de la ensenada. Estaba densamente cubierta de pinos, pero aquí y allá había grupos de plateados abedules, chaparros, colonias considerables de frambuesos y groselleros. Los extremos de la herradura estaban formados por peladas lajas de granito que se sumergían en el mar y constituían peligrosos escollos justo debajo de la superficie; pero el resto de la isla se elevaba en una loma de unos cuarenta pies de altura, y cada lado descendía pronunciadamente hasta el mar. En ninguna parte alcanzaba las cien yardas de anchura.
La orilla exterior estaba muy mellada de ensenadas, entrantes y playas arenosas, con cuevas y pequeños acantilados aquí y allá contra los que se estrellaba el mar y saltaba en rociones. Pero en la orilla interior de la ensenada era baja y regular, y estaba bien protegida por la muralla de árboles que recorría lo alto de la loma, de manera que ninguna tormenta podía causar otra cosa que una pasajera ondulación a lo largo de su orla arenosa. Aquello era un abrigo eterno.
En una de las otras islas, a unos cientos de yardas —porque el resto del grupo se despertó tarde esa mañana y cogimos la canoa—, descubrimos un manantial de agua dulce y sin el sabor salobre del Báltico. Y una vez resuelta la cuestión más importante del campamento, procedimos a abordar la segunda: la pesca. Y en media hora cogimos pescado suficiente y regresamos, porque no contábamos con medios para conservarlo; y limpiar más del que podemos almacenar o comer en un día no es tarea inteligente, que digamos, para unos campistas expertos.
Y mientras desembarcábamos, hacia las seis, oímos al clérigo cantando como de costumbre, y vimos a su mujer y a Sangree sacudiendo sus mantas al sol y vestidos de una manera que desterraba definitivamente todo vestigio de vida urbana y de civilización.
—Los duendes han encendido el fuego por mí —gritó Maloney, con aspecto de estar cómodo y a gusto con su antiguo traje de franela e interrumpiéndose a mitad de su canción—, así que me he puesto a hacer las gachas; esta vez no se me van a quemar.
Le informamos del descubrimiento de agua, y le enseñamos el pescado.
—¡Bien, bien y bien! —exclamó—. Vamos a tener el primer desayuno decente desde hace un año. Sangree los limpiará en un abrir y cerrar de ojos, y el Segundo Contramaestre…
—Los freirá en su punto —rió la voz de la señora Maloney, apareciendo en escena con sandalias y un jersey ajustado de color azul, y cogiendo la sartén. Su marido la llamaba siempre el Segundo Contramaestre del campamento, porque uno de sus cometidos era llamar a todos a comer.
—En cuanto a ti, Joan —prosiguió el hombre feliz—, pareces el espíritu de la isla, con musgo en el pelo y viento en los ojos, y sol y estrellas en la cara —la miró con complacida admiración—. Tome, Sangree, coja esos doce, uno es una buena pieza; son los más grandes. Nos los vamos a zampar con mantequilla en menos que canta un gallo.
Observé al canadiense mientras se dirigía despacio al cubo de aclarar. Tenía los ojos prendidos en la belleza de la muchacha, y por su rostro cruzó una oleada de gozo apasionado, casi febril, expresiva del éxtasis de auténtica adoración más que de otra cosa. Quizá pensaba que aún tenía por delante tres semanas, con esta visión siempre ante sus ojos; quizá pensaba en sus sueños de esa noche. No sé. Pero noté la curiosa mezcla de anhelo y felicidad en sus ojos, y la fuerza de esta impresión despertó mi curiosidad. Algo en su rostro retuvo mi mirada un segundo; algo que tenía que ver con su intensidad. Que una persona tan tímida, tan mansa, ocultase una pasión tan viril exigía casi una explicación.
Pero la impresión fue momentánea; porque ese primer desayuno en el campamento no permitía dividir la atención, y me atrevo a jurar que las gachas, el té, el «pan» sueco y el pescado frito con bacon estuvieron ese día mucho mejor que ninguna comida de ningún lugar del mundo.
El primer día libre en un nuevo campamento es siempre un día frenéticamente ocupado, y no tardamos en adoptar la rutina, de la que depende en gran medida la verdadera comodidad de todos. Alrededor del fuego de guisar, muy mejorado con piedras traídas de la playa, construimos una empalizada alta con palos verticales espesamente entretejidos con ramas, pusimos una techumbre de musgo y liquen, con piedras encima, y en el interior, alrededor, dispusimos asientos bajos de ramas, a fin de poder estar junto al fuego incluso lloviendo, y comer en paz. Delineamos senderos, también, de tienda a tienda, hasta los lugares donde nos bañábamos y el desembarcadero, y establecimos una razonable división de la isla en una zona para los hombres y otra para las mujeres. Apilamos leña, quitamos los árboles y las piedras que estorbaban, colgamos las hamacas y afianzamos las tiendas. En una palabra, el campamento quedó instalado, y asignados y aceptados los distintos cometidos como si pensáramos vivir años en esta isla del Báltico, y fuera importante hasta el más pequeño detalle de la vida comunitaria.
Además, al quedar establecido el campamento, aumentó la sensación de comunidad, confirmando que éramos un todo definido y no meramente un número de personas que habíamos venido a vivir en tiendas de campaña, durante un tiempo, a una isla desierta. Cada uno aceptó los distintos trabajos de buen grado. Sangree, como por selección natural, se encargaba de limpiar el pescado y trocear leña suficiente para las necesidades del día. Y lo hacía bien. La palangana nunca estaba sin pescado, limpio y escamado, preparado para freírselo quien tuviera hambre; de noche, el fuego nunca se apagaba por falta de leña, sin necesidad de ir a buscarla.
Y Timothy, antes reverendo, pescaba y talaba árboles. También asumió la responsabilidad de mantener en condiciones el velero, y lo hacía tan concienzudamente que jamás se echaba nada en falta en el pequeño cúter. Y cuando, por cualquier motivo, se requería su presencia, el primer sitio adonde había que buscarle era en el barco, donde se le encontraba normalmente ocupado en las velas, las jarcias o el timón, sin parar de cantar mientras trabajaba.
Ahora había quedado descuidada la «lectura»; porque casi todas las mañanas había un murmullo de voces procedente de la tienda blanca junto a las matas de frambuesa, lo que quería decir que Sangree, el profesor y cualquiera que estuviese en el grupo a esa hora, se hallaban enfrascados en la historia o en las lenguas clásicas.
Y la señora Maloney, al tiempo que por selección natural, también, se encargaba de la despensa y la cocina, los zurcidos y la supervisión de las comodidades elementales en general, se hizo extrañamente dueña del megáfono que servía para llamar a comer, y difundía su voz de un extremo al otro de la isla. Y en sus horas libres pintaba el paisaje de alrededor en un bloc de dibujo, con toda la honestidad y devoción de su alma.
Joan, entretanto, ser esquivo de las regiones salvajes, se convirtió en no sé exactamente qué. Hacía cantidades de cosas en el campamento, aunque parecía no tener obligaciones concretas. Estaba en todas partes y a todas las horas. Unas veces dormía en su tienda, otras bajo las estrellas en una manta. Se conocía cada pulgada de la isla y aparecía en los sitios donde menos se la esperaba… deambulando sin parar, o leyendo libros en rincones protegidos, encendiendo pequeñas hogueras los días nublados para «rendir culto a los dioses», como ella decía, descubriendo nuevas hoyas donde bañarse y bucear, y nadando día y noche en la ensenada cálida y tersa como un pez en un inmenso aljibe. Andaba con las piernas desnudas y descalza, el pelo suelto y la falda arremangada hasta la rodilla, y si alguna vez un ser humano se ha transformado en un alegre salvaje en espacio de una semana, ese ser ha sido, sin duda alguna, Joan Maloney. Se había asilvestrado.
Y tan poseída estaba, también, por el poderoso espíritu del lugar, que el pequeño temor humano al que tan extrañamente se había rendido a nuestra llegada parecía haber sido desterrado por completo. Como yo confiaba y esperaba, no hizo alusión alguna a nuestra conversación de la primera noche. Sangree no la molestaba con atenciones especiales y, en realidad, estaban muy poco tiempo juntos. El comportamiento de él era perfecto en ese sentido y yo, por mi parte, apenas volví a pensar en el asunto. Joan era constantemente presa de vivas fantasías de uno u otro género, así que ésta era una de tantas. Afortunadamente para la felicidad de todos, se había desvanecido ante el espíritu de la vida activa y ocupada, y ante el gran contento que reinaba en la isla. Todos estaban intensamente vivos y la paz reinaba sobre todas las cosas.
* * *
Entretanto, empezaban a notarse los efectos de la vida de campamento. Una prueba clave del carácter produce siempre, tarde o temprano, resultados infalibles, dado que actúa en el alma de forma tan rápida y segura como el baño de hiposulfito sobre el negativo de una fotografía. Inmediatamente, se opera un reajuste de las fuerzas personales; se aletargan unas partes de la personalidad, al tiempo que despiertan otras; pero el primer cambio radical que ocasiona la vida primitiva es que se van desprendiendo los elementos artificiales del carácter, uno tras otro, como pieles secas. Van quedando atrás actitudes y poses que parecían auténticas en la vida urbana. El espíritu, como el cuerpo, se endurece rápidamente. Se vuelve simple, incomplejo. Y en un campamento tan primitivo y cercano a la naturaleza como el nuestro, estos efectos se hicieron rápidamente visibles.
Desde luego, personas que se hacen lenguas de la vida simple cuando la tienen a confortable distancia, se descubren a sí mismas, en un campamento, buscando constantemente emociones artificiales de la civilización que echan de menos; y unas se aburren en seguida, otras se vuelven desaliñadas, otras revelan de la forma más inesperada el animal que llevan dentro, y otras, unas pocas escogidas se encuentran en seguida a sí mismas, y son felices.
Pues bien, en nuestro pequeño grupo podíamos presumir de pertenecer todos a la última categoría, por lo que se refería al efecto general. Sólo que hubo también otros cambios, de diverso tipo según la persona, todos interesantes de reseñar.
A la primera o segunda semana de estar instalados empezaron a notarse ya dichos cambios; y éste es el momento oportuno, creo, para hablar de ellos. Porque, dado que no tenía yo más obligación que la de disfrutar de unas bien ganadas vacaciones, echaba mantas y provisiones a bordo de mi canoa y salía a explorar entre las islas durante varios días. Y fue a mi regreso del primero de estos viajes cuando redescubrí, por así decir, al grupo: cuando estos cambios se me hicieron sorprendentemente vividos, y en un caso particular me produjeron una impresión bastante extraña.
Para decirlo en una palabra: mientras todos los demás se habían asilvestrado de manera natural, a Sangree le había ocurrido lo mismo, me pareció, pero en mucha mayor medida, y de una manera que sólo podría calificar de anormal. Me recordaba a un salvaje.
Para empezar, su aspecto físico había cambiado enormemente, y las mejillas morenas y llenas, el brillo saludable de los ojos, y el aire general de vigor y robustez que habían venido a sustituir su acostumbrada lasitud y timidez, le habían mejorado de tal manera que no parecía el mismo. La voz, también, se le había vuelto más profunda, y su ademán revelaba por primera vez una mayor confianza en sí mismo. Ahora tenía algún derecho a ser considerado guapo, o al menos, a cierto aire de virilidad que no mermaba su valor a los ojos del sexo opuesto.
Todo esto, por supuesto, era bastante natural, y de lo más grato. Pero, aparte ya de este cambio físico, que sin duda habíamos experimentado los demás, había una nota sutil en su personalidad que me produjo un grado de sorpresa casi rayano en el sobresalto.
Y dos cosas —cuando bajó a recibirme y ayudarme a subir la canoa— me vinieron espontáneamente a la cabeza, como relacionadas de alguna forma que en ese instante no pude adivinar: en primer lugar, la opinión singular que Joan se había formado de él; y en segundo lugar, aquella expresión fugaz que yo había captado en su rostro cuando Maloney elevó su extraña plegaria, pidiendo al Cielo especial protección.
La delicadeza de modales y facciones —por no emplear un término más suave— que había sido siempre una característica sobresaliente de este hombre, había dado paso a algo mucho más vigoroso y decidido que, no obstante, escapaba por completo al análisis. No me era fácil ponerle nombre al cambio que tan singularmente me impresionó. Los otros —el canturreante Maloney, la atareada «Segundo Contramaestre», y Joan, fascinadora mestiza de ondina y salamandra— mostraban todos los efectos de una vida cercana a la naturaleza, pero el cambio era en todos ellos totalmente natural, y el que cabía esperar; mientras que en el caso de Peter Sangree, el canadiense, era algo excepcional e inesperado.
Es imposible explicar cómo se las arregló para transmitirme gradualmente la impresión de que una parte de su ser se había vuelto salvaje, aunque ésta era más o menos la impresión que me dio. No es que pareciese menos civilizado en realidad, o que su carácter hubiese experimentado una alteración definida; sino más bien que algo en él, hasta ahora dormido, había despertado a la vida. Cierta cualidad, hasta ahora aletargada —aletargada al menos para nosotros, que al fin y al cabo le conocíamos muy superficialmente—, había entrado en actividad y había emergido a la superficie de su ser.
Y aunque de momento parecía que esto era cuanto podía poner en claro, era natural que mi cerebro continuase el proceso intuitivo y reconociera que John Silence, merced a sus facultades excepcionales, y la muchacha, merced a su temperamento extraordinariamente receptivo, pudieran adivinar, cada uno por distinto camino, esta cualidad latente de su alma, y recelasen su posterior manifestación.
Al rememorar ahora esa dolorosa aventura, parece igualmente natural que el mismo proceso, llevado a su conclusión lógica, despertara algún instinto profundo en mí, totalmente ajeno a mi voluntad, y lo pusiera aguda y persistentemente alerta desde aquel mismo momento. En adelante, no se me iba del pensamiento la personalidad de Sangree, y me pasaba el día analizando y buscando la explicación que tanto tardaba en llegar.
—Debo reconocer, Hubbard, que estás curtido como un aborigen, y que podrías pasar por uno de ellos —rió Maloney.
—Pues puedo devolverte el cumplido —repliqué, cuando estábamos todos sentados alrededor de una infusión de té, intercambiando noticias y comparando notas.
Más tarde, en la cena, me divirtió observar que el distinguido profesor, en otro tiempo clérigo, no tomaba la comida con la «pulcritud» con que lo hacía en casa: la devoraba; que la señora Maloney comía más y, por decirlo suavemente, con menos morosidad de lo que acostumbraba en el ambiente selecto de su comedor inglés; y que mientras Joan atacaba su plato de hojalata con auténtica avidez, Sangree, el canadiense, mordía y roía el suyo, riendo y hablando y alabando a la cocinera sin parar, de una manera que me hacía pensar, con secreto regocijo, en un animal hambriento en su primera comida. En cuanto a mí, a juzgar por sus comentarios, sin duda había cambiado y me había asilvestrado tanto como ellos.
El cambio se manifestó en esto y en un centenar de cosas más; cosas difíciles de detallar, pero que probaban, no el efecto embrutecedor de haber adoptado una vida primitiva, sino que se habían vuelto predominantes, por así decir, los métodos más directos y espontáneos. Porque todo el día nos estábamos bañando en los elementos —en el viento, en el agua, en el sol—, y del mismo modo que el cuerpo se hacía insensible al frío y se despojaba de la ropa innecesaria, la mente se hacía más sincera y se despojaba de los disfraces que exigen los convencionalismos de la civilización.
Y en cada uno, según su temperamento y carácter, se despertaron los instintos vitales innatos, no domados y, en cierto sentido…, salvajes.
* * *
Así que me encontraba con el grupo, sin abandonar la isla, aplazando de un día para otro mi segundo viaje de exploración y pensando que este instinto exagerado de vigilar a Sangree era la verdadera causa de mi aplazamiento.
Durante otros diez días, la vida de campamento prosiguió su curso placentero y regular, bendecida por un tiempo veraniego perfecto, una pesca abundante, vientos excelentes para navegar, y noches tranquilas y estrelladas. La plegaría egoísta de Maloney había sido acogida favorablemente. Nada venía a turbarla o a complicarla. Ni siquiera el merodear nocturno de animales que fastidiase el descanso a la señora Maloney; porque en anteriores campamentos había tenido a menudo su tormento particular cuando algún puercoespín arañaba la lona, o las ardillas dejaban caer de madrugada piñas de abeto, con un ruido que era como un trueno en miniatura, sobre el techo de su tienda. Pero en esta isla no había una sola ardilla ni ratón. Creo que los únicos seres vivos que yo había visto durante las dos primeras semanas fueron un par de sapos y una serpiente. Y me da la impresión de que los dos sapos no eran en realidad sino uno y el mismo sapo.
Y de repente, llegó el terror que cambió el aspecto entero del lugar: el terror devastador.
Llegó, al principio, solapadamente; pero desde el comienzo mismo hizo que me diese cuenta de la desagradable soledad de nuestra situación, de nuestro alejado aislamiento en este desierto de mar y roca, y cómo las islas de este Báltico sin mareas se desplegaban a nuestro alrededor como la vanguardia de un inmenso ejército atacante. Su llegada fue, como digo, solapada, imperceptible, en realidad, para la mayoría de nosotros: sin dramatismo ninguno. Pero así es como nos llega a menudo el espantoso clímax en la vida real, sin inquietar el corazón casi hasta el último minuto, para anonadarlo luego con una súbita oleada de horror. Porque la costumbre era escuchar pacientemente, durante el desayuno, los triviales incidentes de la noche que cada cual contábamos por turno: cómo dormía, si el viento había sacudido la tienda, si la araña del palo del techo había cambiado de domicilio, si habíamos oído un sapo, y cosas así; y esa mañana concretamente, Joan, en mitad de una pequeña pausa, hizo un anuncio verdaderamente nuevo.
—Esta noche he oído el aullido de un perro —dijo; luego se ruborizó hasta la raíz del pelo y se echó a reír. Porque la idea de que hubiese un perro en esta isla desierta que sólo tenía sitio para una culebra y dos sapos era claramente ridícula; y recuerdo que Maloney, que medio se había terminado sus gachas quemadas, superó la noticia declarando que él había oído una «tortuga báltica» en la ensenada, y la expresión de frenética alarma de su esposa, antes de que las risas la desengañaran.
Pero a la mañana siguiente, Joan repitió la historia, con un detalle nuevo y convincente.
—Me han despertado ruidos de gemidos y gruñidos —dijo—, y he oído claramente olfatear al pie de mi tienda y arañar de pezuñas.
—¡Oh, Timothy! ¿Será un puercoespín? —exclamó la señora Maloney con alarma, olvidando que Suecia no es Canadá.
Pero la voz de la muchacha había sonado en una clave completamente distinta, y al levantar los ojos, vi que su padre y Sangree la miraban con atención. Habían comprendido, también, que hablaba en serio, y les había sorprendido el tono formal de su voz.
—¡Tonterías, Joan! Siempre andas soñando cosas disparatadas —dijo su padre con cierta impaciencia.
—No hay un solo animal, del tamaño que sea, en toda la isla —añadió Sangree con expresión perpleja. No apartaba los ojos de ella.
—Pero nada impide que llegue alguno nadando —tercié yo vivamente; porque, de alguna manera, entre la conversación y las pausas se había introducido cierto desasosiego que no resultaba agradable—. Un ciervo, por ejemplo, podría llegar fácilmente por la noche y echar una ojeada…
—¡O un oso! —dijo con voz ahogada el Segundo Contramaestre con una expresión tan ominosa que todos la acogimos con una carcajada.
Pero Joan no rió. En vez de eso, se levantó de un salto y nos gritó que la siguiéramos.
—Miren ahí —dijo, señalando el suelo junto a su tienda, en el lado opuesto al que estaba la de su madre—; hay marcas junto a mi cabecera. Véanlas ustedes mismos.
Las vimos claramente. El musgo y el liquen —porque apenas había tierra— habían sido arañados por unas pezuñas. Debía de ser un animal del tamaño de un perro grande, a juzgar por las huellas. Nos quedamos todos en fila, mirándolas.
—Junto a mi cabecera —repitió la muchacha, mirándonos. Observé que tenía la cara muy pálida, y me pareció que le temblaba el labio un instante. Luego tragó súbitamente… y se echó a llorar.
Todo sucedió en el breve espacio de unos minutos, y con una rara sensación de inevitabilidad, además: como si esto hubiese sido cuidadosamente planeado desde tiempo atrás y nada pudiera detenerlo. Todo había sido ensayado de antemano, había sucedido antes efectivamente, como la extraña sensación que a veces tenemos: fue como el movimiento inicial de un drama presagioso y como si yo supiese qué iba a ocurrir exactamente a continuación. Se avecinaba algo de importancia trascendental.
Porque esta sensación siniestra de inminente desastre se hizo sentir desde el comienzo mismo; y a partir de ese instante se extendió por el campamento una atmósfera de tristeza y desaliento.
Llevé a un lado a Sangree para apartarle, mientras Maloney hacía entrar a la preocupada muchacha a la tienda, seguida de su madre, enérgica y nerviosa.
Y así, de esta manera nada dramática, fue como el terror al que me he referido antes intentó su primer asalto a nuestro campamento; y aunque parece trivial y sin importancia, cada pequeño detalle de este primer acto lo tengo grabado en la memoria con despiadada nitidez y precisión. Ocurrió tal como he dicho. Y fueron ésas exactamente las palabras utilizadas. Las veo escritas con toda claridad ante mí. Y veo, también, las caras de todos nosotros con la súbita y desagradable muestra de alarma, cuando antes había sido de tranquilidad. El terror había alargado un primer tentáculo hacia nosotros, por así decir, y había rozado el corazón de cada uno de nosotros con horrenda inmediatez. Y a partir de ese instante, se operó un cambio radical en el campamento.
Sangree, sobre todo, estaba visiblemente afectado. No soportaba ver preocupada a la muchacha y oírla llorar era en verdad casi más de lo que podía resistir. Le dolía profundamente el saber que no tenía derecho a protegerla, y yo veía que estaba deseoso de hacer algo por ayudarla, cosa que despertaba mi simpatía. Su expresión revelaba a las claras que era capaz de partir en mil pedazos cualquier bicho que se atreviese a causarle el más mínimo daño.
Encendimos nuestras pipas, nos dirigimos en silencio al sector de los hombres; y fue su singular exclamación, «¡Carambola!», lo que orientó mi atención hacia un nuevo descubrimiento.
—Ese animal ha estado arañando mi tienda, también —gritó, señalando unas marcas parecidas junto a la puerta, y me agaché a examinarlas. Nos quedamos mirándonos varios minutos, perplejos, sin decir nada.
—Sólo que yo he dormido como un leño, supongo —añadió, incorporándose otra vez—, y no he oído nada.
Seguimos las huellas de pezuñas desde la entrada de su tienda, en línea recta hasta la tienda de la muchacha; pero en ninguna otra parte del campamento había signo alguno del extraño visitante. El ciervo, perro o lo que fuera que nos había honrado dos veces con su visita nocturna había limitado sus atenciones a estas dos tiendas. Y, en realidad, no había nada excepcional en estas visitas de un animal desconocido; porque aunque nuestra isla carecía de vida, estábamos en el centro de una región salvaje, y en las islas más grandes y tierra firme abundaba sin duda toda clase de cuadrúpedos, y no hacía falta nadar demasiado para llegar hasta nosotros. En cualquier otra región, no habría merecido siquiera un momento de interés… es decir, de la clase de interés que experimentamos. En nuestros campamentos canadienses, los osos andaban por la noche gruñendo constantemente entre las bolsas de provisiones, los puercoespines escarbando sin cesar, y las ardillitas listadas escabullándose por entre nuestra impedimenta.
—Mi hija está demasiado agotada, eso es lo que pasa —explicó Maloney poco más tarde, cuando se reunió con nosotros, y después de examinar a su vez las otras marcas de pezuñas—. Se ha estado moviendo demasiado últimamente, y la vida de campamento siempre representa una gran excitación para ella. Es natural. Si no hacemos caso, se tranquilizará —hizo una pausa para pedirme la bolsa de tabaco; y la torpeza con que llenó la pipa y esparció la preciosa yerba por el suelo contradecía visiblemente la serenidad de sus palabras pausadas—. Podrías ser buen chico y llevártela un poco a pescar, Hubbard. Apenas sube al cúter en todo el día. Puedes enseñarle algunas de las otras islas en tu canoa; ¿qué opinas?
Y hacia la hora de comer, la nube se había disuelto tan súbita y sospechosamente como había aparecido.
Pero en la canoa, cuando volvíamos de un recorrido en el que hasta ese momento habíamos silenciado a propósito el tema que acaparaba nuestros pensamientos, se puso a hablarme de repente de una manera que rozó otra vez la nota de siniestra alarma; nota que siguió sonando y sonando hasta que por fin llegó John Silence y la neutralizó con su presencia vibrante; sí, y hasta después de llegar él siguió sonando también, durante un tiempo.
—Me avergüenza pedírselo —dijo de repente, mientras regresábamos, con las mangas subidas y el pelo flotando al viento—, como me avergüenza haber llorado como una tonta, porque en realidad no sé cuál ha sido el motivo, pero señor Hubbard, quiero que me prometa no volver a hacer ninguna de sus largas expediciones… de momento —se había puesto tan seria que se había descuidado de la canoa, y el viento la empujó de costado y nos hizo girar peligrosamente—. Me he estado conteniendo para no pedírselo —añadió, poniendo la canoa otra vez a rumbo—, pero la verdad es que no lo puedo evitar.
Era mucho pedir, y supongo que mi vacilación fue evidente, porque siguió hablando antes de que yo pudiese replicar, y su expresión suplicante y ademán vehemente me impresionaron en gran manera.
—Dos semanas nada más…
—Peter Sangree se marcha dentro de dos semanas —dije, comprendiendo enseguida qué pretendía, pero preguntándome si sería mejor animarla o no.
—Si sé que va a estar usted en la isla hasta entonces —dijo, palideciendo y ruborizándose alternativamente y temblándole un poco la voz—, me sentiré mucho más dichosa.
La miré fijamente, esperando a que terminara.
—Y más segura —añadió, casi con un susurro—; sobre todo de noche, quiero decir.
—¿Más segura, Joan? —repetí, pensando que nunca le había visto los ojos tan suaves y tiernos. Asintió con la cabeza, manteniendo sin apartar la mirada de mi rostro.
Realmente era difícil negarse, fueran cuales fuesen mi opinión y mis pensamientos; y de alguna manera, comprendí que tenía sus buenas razones, aunque yo no podía expresarlas con palabras.
—Más contenta… y más segura —dijo gravemente. La canoa dio un peligroso bandazo al volverse Joan para ver qué contestaba yo. Quizá, después de todo, lo más discreto era acceder a su petición y quitarle importancia, calmándole la ansiedad sin fomentar demasiado su causa.
—Está bien, Joan; eres una rara criatura: prometido —y la instantánea expresión de alivio de su rostro, y la sonrisa que volvió a sus ojos como un rayo de sol, me hicieron comprender que, sin yo saberlo, ni el mundo, era un hombre capaz de considerables sacrificios—. Pero no hay de qué tener miedo —añadí rápidamente; y ella me miró a la cara con la sonrisa que suelen esbozar las mujeres cuando saben que hablamos por hablar, aunque no nos lo quieren decir.
—Sé que usted no tiene miedo —comentó con sosiego.
—Pues claro que no. ¿Por qué iba a tenerlo?
—Así que, si me quiere dar ese gusto por esta vez, no… no volveré a pedirle ninguna otra estupidez en toda mi vida —dijo con gratitud.
—Te doy mi palabra —fue todo lo que pude decir.
Joan enfiló la proa de la canoa hacia la ensenada, que estaba a un cuarto de milla, y remó deprisa; pero un minuto o dos después volvió a parar y me miró fijamente, mientras la pala goteaba en el través.
—¿De veras no oyó nada anoche? —preguntó.
—Yo no oigo nada de noche —contesté secamente—. Desde que me acuesto hasta que me levanto.
—¿Ese aullido lúgubre, por ejemplo —prosiguió, decidida a soltarlo—, al principio a lo lejos, luego cada vez más cerca, que calló justo fuera del campamento?
—Por supuesto que no.
—Porque, a veces, casi creo que lo he soñado.
—Es lo más probable —fue mi poco comprensiva respuesta.
—¿Y mi padre, cree que tampoco lo ha oído?
—Tampoco. Me lo habría dicho.
Esto pareció tranquilizarla un poco.
—Sé que mi madre no lo ha oído —añadió, como hablando consigo misma—, porque no oye nada… nunca.
* * *
Dos noches después de esta conversación, me desperté de un sueño profundo y oí gritos. Eran unas voces realmente horribles, quebrando la paz y el silencio con su alboroto. En menos de diez segundos me hallaba medio vestido y fuera de la tienda. Los gritos habían cesado de repente, pero sabía en qué dirección habían sonado; eché a correr, todo lo deprisa que me permitía la oscuridad, hacia el sector de las mujeres, y cuando estuve cerca oí sollozos ahogados. Era la voz de Joan. Al llegar, vi a la señora Maloney, maravillosamente vestida, manipulando un farol. Otras voces se hicieron audibles en ese momento detrás de mí y llegó Timothy Maloney jadeando, apenas sin vestir, con otro farol que se le había apagado por el camino al golpear con un árbol. Empezaba a despuntar el día y soplaba un aire frío del mar. Por arriba pasaban densas nubes negras.
Resulta más fácil de imaginar que de describir, la escena de confusión. El aire se llenó de preguntas, con voz asustada, sobre un fondo de llanto reprimido. En resumen: la tienda de seda de Joan estaba desgarrada y la muchacha se encontraba al borde de la histeria. Algo tranquilizada por nuestra ruidosa presencia, no obstante —porque en el fondo era valerosa—, hizo acopio de fuerzas y trató de explicar lo que había sucedido: y sus palabras entrecortadas, dichas allí, en el límite entre la noche y la madrugada, sobre la loma de esta isla salvaje, sonaron emocionadas y angustiosamente convincentes.
—Algo me ha tocado y me he despertado —dijo simplemente, pero en un tono todavía contenido y entrecortado por el terror—; algo que empujaba la tienda; lo he notado a través de la tela. Era el mismo olfatear y arañar de antes; y he notado que la tienda cedía un poco, como cuando la sacude el viento. He oído respirar… una respiración fuerte, agitada… y luego, de pronto, un golpe violento ha desgarrado la tela junto a mi cara.
Había salido corriendo inmediatamente por la puerta abierta de la tienda, chillando a voz en cuello y convencida de que el animal estaba dentro. Pero declaró que no vio nada, ni oyó el más ligero ruido de ningún animal huyendo al amparo de la oscuridad. La breve relación de los hechos produjo un efecto paralizador en nosotros, mientras escuchábamos. Aún puedo ver hoy el grupo desaliñado, con el viento agitando el pelo de las mujeres, a Maloney estirando el cuello para no perderse una palabra, y a su mujer, jadeando con la boca abierta, recostada en un pino.
—Vamos a la empalizada, a avivar el fuego —dije—; eso es lo primero —porque estábamos temblando de frío con nuestras ropas escasas; y en ese momento llegó Sangree envuelto en una manta y con el rifle; todavía estaba embotado de sueño.
—Otra vez el perro —explicó Maloney brevemente, anticipándose a sus preguntas—; ha estado en la tienda de Joan. ¡Dios, cómo la ha destrozado esta vez! Es hora de que hagamos algo —siguió mascullando confusamente para sí.
Sangree empuñó el rifle y se puso a mirar alrededor, por la oscuridad. Vi brillarle los ojos al resplandor de los faroles parpadeantes. Hizo un movimiento como para salir a perseguir… a matar. Luego, su mirada bajó hacia la muchacha encogida en el suelo, con la cara oculta en sus manos, y una expresión de furia salvaje asomó a su semblante y le transformó las facciones. En este momento habría sido capaz de enfrentarse a una docena de leones con un bastón; y nuevamente me gustó la fuerza de su cólera, su dominio de sí y su devoción sin esperanza.
Pero le impedí que se lanzara a una persecución inútil y a ciegas.
—Venga a ayudarme a encender el fuego, Sangree —dije, deseoso también de librar a Joan de su presencia; y unos minutos después las brasas, todavía encendidas de la noche, habían prendido la nueva leña y hubo una fogata que nos proporcionó un calor confortante, al tiempo que iluminaba los árboles de alrededor en un radio de veinte yardas.
—No he oído nada —susurró—. ¿Qué diablos piensan ustedes que es? ¡Sin duda sólo puede ser un perro!
—Tarde o temprano lo averiguaremos —dije, mientras los demás se acercaban al calor agradable—; la primera medida es hacer la hoguera lo más grande que podamos.
Joan estaba más tranquila ahora, y su madre se había puesto una ropa algo más abrigada y menos prodigiosa. Y mientras hablaban en voz baja, Maloney y yo nos fuimos con sigilo a examinar la tienda. Había poco que ver, aunque ese poco era inequívoco. Un animal había arañado el suelo junto al ábside de la tienda, y de una potente manotada —con una zarpa provista claramente de fuertes uñas— había abierto un desgarrón en la seda. El boquete era lo bastante grande como para pasar el puño y el brazo.
—No puede andar lejos —dijo Maloney con nerviosismo—. Organicemos su búsqueda sin perder un minuto: ahora mismo.
Volvimos apresuradamente al fuego, Maloney hablando furiosamente de su idea de emprender la cacería. «No hay nada como actuar inmediatamente para disipar la alarma», me susurró al oído; y seguidamente se volvió hacia el resto del grupo:
—Vamos a dar una batida de un extremo al otro de la isla, ahora mismo —dijo con excitación—. Eso es lo que vamos a hacer. No puede estar lejos ese animal. El Segundo Contramaestre y Joan deben venir también, porque no pueden quedarse solas. Hubbard, tú ve por la orilla derecha; y usted, Sangree, por la izquierda. Yo iré por el centro con las mujeres. Así marcharemos bien desplegados por la loma y no se nos podrá escapar ningún bicho más grande que un conejo —está sumamente agitado, pensé. Cualquier cosa que afectara a Joan, por supuesto, le alteraba lo indecible—. Cojamos cada cual nuestro rifle y salgamos en seguida —exclamó. Encendió otro farol y dio uno a su mujer y otro a Joan; y mientras corría yo a buscar mi rifle, oí que canturreaba para sí de pura excitación.
Entretanto, había empezado a amanecer rápidamente. La claridad hacía palidecer los faroles parpadeantes. El viento empezaba a arreciar, también, y oíamos gemidos por encima de los árboles, y romper las olas con creciente clamor en la orilla. En la ensenada, el barco cabeceaba y daba pantocazos, y las chispas de la hoguera se elevaban en una especie de espiral, esparciéndose por todas partes.
Nos dirigimos a la punta de la isla, medimos cuidadosamente las distancias entre nosotros, y empezamos a avanzar. Nadie hablaba. Sangree y yo, con el rifle montado, íbamos atentos a la raya de la orilla, y todos a una distancia a la que era fácil contactar o hablarnos. Fue una batida lenta, torpe y con muchas falsas alarmas; pero al cabo de casi media hora habíamos completado el recorrido, y nos hallábamos en el otro extremo sin haber levantado siquiera una ardilla. Desde luego, no había en la isla otros seres vivientes que nosotros mismos.
—¡Ya sé qué es! —exclamó Maloney, mirando la extensión borrosa y gris del mar, y hablando con el aire del hombre que acaba de hacer un descubrimiento—; es un perro de alguna granja de las islas mayores —señaló hacia el mar, donde se espesaba el archipiélago—, que se ha escapado y se ha asilvestrado. Lo atraen nuestro fuego y nuestras voces, y probablemente estará medio salvaje y muerto de hambre; ¡pobre animal!
Nadie hizo ningún comentario, y empezó a cantar otra vez para sí.
El punto donde estábamos —en grupo apiñado, tiritando— miraba hacia los canales más amplios que conducían a mar abierto y a Finlandia. Al fin había irrumpido el alba gris, y podíamos ver precipitarse las olas con sus irritadas crestas blancas. Las islas de alrededor se dibujaban como masas negras a lo lejos; y al este, casi mientras hablaba Maloney, surgió el sol torrencial en un cielo tormentoso y espléndido de rojo y oro. Sobre este fondo salpicado y magnífico, unas nubes negras en forma de animales fantásticos y legendarios desfilaban veloces en una corriente que las desgarraba. Hoy mismo, no tengo más que cerrar los ojos para ver otra vez esa vivida y presurosa procesión en el aire. A nuestro alrededor, los pinos formaban manchurrones negros contra el cielo. Era un amanecer irritado. Y en efecto, la lluvia había empezado ya a caer en forma de gruesas gotas.
Dimos media vuelta, como movidos por un instinto común, y sin decir palabra emprendimos el regreso lentamente a la empalizada; Maloney canturreando retazos de canciones, Sangree abriendo la marcha con el rifle, dispuesto a disparar al menor indicio, y las mujeres caminando detrás conmigo, con los faroles apagados.
Sin embargo, ¡sólo era un perro!
Realmente, era de lo más singular, si uno se paraba a pensarlo fríamente. Los acontecimientos, dicen los ocultistas, tienen alma, o al menos esa vida aglomerada debida a las emociones y pensamientos de todos los relacionados con ellos; de tal manera que las ciudades, y hasta regiones enteras, tienen grandes figuras astrales que pueden hacerse visibles al ojo. Y desde luego, aquí, el alma de esta batida —de esta vana, torpe, infructuosa batida— se alzó entre nosotros y… se rió.
Todos oímos esa risa, y todos intentamos sofocar su sonido, o al menos ignorarlo. Nos pusimos a hablar a la vez, en voz alta, y con exagerada decisión, evidentemente, tratando de decir algo plausible contra evidencias muy superiores, esforzándonos en explicar de manera natural que un animal pudiera esconderse de nosotros con facilidad, o irse nadando antes de que nos diese tiempo a dar con su rastro. Porque todos hablábamos de ese «rastro» como si existiera realmente, y tuviéramos más referencia que las meras marcas de pezuña de las tiendas de Joan y del canadiense. Desde luego, si no llega a ser por esas marcas, y por el desgarrón de la tienda, creo que habríamos hecho caso omiso de la existencia de ese animal intruso.
Y fue aquí, bajo este amanecer irritado, mientras estábamos en la empalizada protegiéndonos de la lluvia torrencial, cansados pero extrañamente excitados, fue aquí, en medio de esta confusión de voces y explicaciones donde, sigilosamente, se introdujo el espectro de algo horrible y se alzó entre nosotros. Hizo que todas las explicaciones pareciesen pueriles y poco creíbles: inmediatamente quedó al descubierto la falsa relación. Nuestros ojos intercambiaron rápidas, inquietas miradas dubitativas que expresaban consternación. Había una sensación de portento, de intensa aflicción, y de turbación. La alarma acechaba a un paso de nosotros. Nos estremecimos.
Luego, de repente, mientras nos mirábamos los unos a los otros, se produjo la larga, desagradable pausa en que este recién llegado se instaló en nuestros corazones.
Y sin una palabra más, ni intento alguno de explicación, Maloney se levantó a preparar las gachas para un temprano desayuno; Sangree se fue a limpiar pescado; yo a cortar leña y a atender el fuego; y Joan y su madre a cambiarse la ropa mojada y, lo más importante de todo, a preparar la tienda de su madre para compartirla las dos en lo sucesivo.
Cada cual acudió a sus obligaciones, pero con precipitación, con embarazo, en silencio. Y este recién llegado, esta forma de angustia y terror, acompañó, invisible, a cada uno de nosotros.
«Ojalá localice a ese perro», creo que era el deseo que todos llevábamos en el pensamiento.
* * *
Pero en el campamento, donde cada cual se da cuenta de lo importante que es la contribución individual para la comodidad y el bienestar de todos, el espíritu recobra rápidamente el tono y se serena.
Durante el día, un día de lluvia incesante y espesa, permanecimos más o menos en nuestras tiendas, y aunque había indicios de misteriosas consultas entre los tres miembros de la familia Maloney, creo que casi todos dormimos bastante y estuvimos a solas con nuestros pensamientos. Desde luego, yo sí lo hice, porque cuando llegó Maloney para decirme que su esposa nos invitaba a todos a un «té» especial en su tienda, tuvo que sacudirme, antes de darme cuenta de su presencia.
Y a la hora de cenar estábamos más o menos serenos otra vez, y casi alegres. Yo sólo noté que había una corriente soterrada de lo que podríamos llamar «nerviosismo», y que el mero chasquido de una rama, o el ¡plop! de un pez en la ensenada, bastaba para sobresaltarnos y hacernos mirar por encima del hombro. Las pausas eran raras en nuestras conversaciones, y no dejábamos que el fuego decayese un solo instante. El viento y la lluvia habían cesado, aunque las ramas goteantes prolongaban aún una excelente imitación de aguacero. Sobre todo, Maloney estaba vigilante y alerta, y nos contaba una historia tras otra en las que lo más destacado era el sano elemento humorístico. Se quedó un rato conmigo cuando Sangree se retiró a descansar; y mientras yo me preparaba un vaso de ponche sueco bien caliente, hizo algo que nunca le había visto hacer: se preparó uno para sí, y luego me pidió que le alumbrase hasta su tienda. No dijo nada en el trayecto, pero noté que se alegraba de que le acompañara.
Regresé solo a la empalizada, y estuve mucho rato avivando el fuego, sentado, fumando y pensando. No sé por qué pero, por un lado, no me venía el sueño, y por otro, estaba adquiriendo forma en mi cerebro una idea que requería el confort del tabaco y un animado fuego para desarrollarse. Me recosté en un ángulo del asiento de la empalizada, escuchando el susurro del viento y el gotear incesante de los árboles. La noche, por otra parte, era muy tranquila, y el mar estaba inmóvil como un lago. Recuerdo que era consciente, singularmente consciente, de esa hueste de islas desiertas que se arracimaban a nuestro alrededor en la oscuridad y de que éramos una manchita de humanidad en un prodigioso escenario natural.
Pero éste, creo, fue el único síntoma que me advirtió de la tensión de nervios, y desde luego no fue lo bastante alarmante para arrebatarme mi paz de espíritu. Una cosa, sin embargo, vino a turbármela; porque justo cuando me disponía a irme, y había dado unos puntapiés a las ascuas en un último esfuerzo por reavivarlas, me pareció ver, mirándome desde el otro extremo de la empalizada, un bulto vago y oscuro que podía ser —de hecho se parecía bastante— el cuerpo de un animal grande. Por un instante brillaron en medio de él dos ojos candentes. Pero un segundo después me di cuenta de que se trataba tan sólo de un montón de musgo de la pared de la empalizada, y que los ojos eran un par de chispas errabundas que se elevaron de las ascuas medio apagadas que yo acababa de patear. Me fue fácil imaginar también, mientras regresaba en silencio a mi tienda, ver un animal deambulando entre los árboles. Naturalmente, me engañaban las sombras.
Y aunque era más de la una, la luz de Maloney seguía ardiendo, porque vi su tienda iluminada entre los pinos.
Fue, no obstante, en el corto espacio entre la conciencia y el sueño —ese período en que el cuerpo está embotado y las voces de la región sumergida dicen a veces la verdad— cuando la idea que había estado madurando todo el rato llegó al punto de una resolución efectiva, y me di cuenta súbitamente de que había decidido avisar al doctor Silence. Porque, asombrado de ver lo ciego que había estado hasta aquí, me vino de pronto la desagradable convicción de que un ser espantoso nos acechaba en esta isla, y que la vida de uno de nosotros, al menos, estaba amenazada por algo monstruoso e impuro, demasiado horrible de imaginar. Y recordando otra vez aquellas últimas palabras suyas cuando el tren abandonaba el andén, comprendí que el doctor Silence estaría dispuesto a acudir en seguida.
«A menos que me mande llamar antes», había dicho.
* * *
De súbito, me sentí completamente despabilado. Me es imposible decir qué me despertó, pero no fue un proceso gradual, puesto que pasé en un instante del sueño profundo a la absoluta vigilia. Evidentemente, había dormido una hora o más, porque la noche se había despejado, el cielo estaba poblado de estrellas y una media luna pálida a punto de sumergirse en el mar proyectaba su luz espectral entre los árboles.
Salí a aspirar el aire, y me quedé de pie. Tuve la rara sensación de que algo se movía en el campamento, y al mirar hacia la tienda de Sangree, a unos veinte pies de la mía, observé que temblaba. Así, pues, se había despertado también, y estaba desasosegado, porque vi que se abombaban los lados de la tienda y que él se revolvía dentro.
Entonces se apartó el faldón de la puerta. Iba a salir, igual que yo, a aspirar el aire. No me sorprendía, porque su fragancia, después de la lluvia, era embriagadora. Y, como había hecho yo, salió gateando. Le vi asomar la cabeza por el ángulo de la tienda.
Y entonces descubrí que no era Sangree. Era un animal. Y en ese mismo instante comprendí algo más, también: que era el animal. Y su aparición, por algún motivo inexplicable, era indeciblemente maléfica.
Se me escapó un grito que fui incapaz de reprimir. El animal se volvió y se me quedó mirando con ojos siniestros. Allí mismo podía haberme derrumbado, dado que, de pronto, el cuerpo se me quedó vacío de fuerzas. Algo de él despertó en mí el terror vivo que atenaza y paraliza. Si la mente necesita una décima de segundo para dar forma a una impresión, debí de permanecer petrificado varios segundos, agarrado a las cuerdas de la tienda para sostenerme, pero sin dejar de mirar. Por la cabeza me pasaron multitud de impresiones intensas, aunque ninguna desembocó en acción; porque entonces temí que la bestia saltase en cualquier momento en mi dirección y cayese sobre mí. Sin embargo, tras lo que me pareció un rato interminable, apartó lentamente los ojos de mi cara, profirió una especie de gemido, y acabó de salir al aire libre.
Entonces lo vi entero por primera vez, y noté dos cosas: que era del tamaño de un perro grande, aunque, al mismo tiempo, totalmente diferente de cuantos animales había visto. Y además, que la cualidad que al principio me había parecido maléfica en realidad se debía sólo a su singular y original rareza. Por estúpido que pueda parecer, me es imposible aducir ningún detalle; sólo puedo decir que me pareció… irreal.
Pero todo esto me cruzó por el cerebro como un relámpago, casi subconscientemente, y antes de que tuviera tiempo de comprobar mis impresiones, o siquiera analizarlas, hice un movimiento involuntario al coger con la mano la cuerda tensa, de forma que vibró como una cuerda de banjo; y en ese instante, el animal dio la vuelta a la esquina de la tienda de Sangree y se perdió en la oscuridad.
Entonces, como es natural, me volvieron en cierto modo los sentidos; y sólo entonces me di cuenta de una cosa: ¡que el animal había estado dentro!
Eché a correr, llegué a la entrada de la tienda en media docena de zancadas, y me asomé al interior. El canadiense, gracias a Dios, estaba acostado en su lecho de ramas. Tenía el brazo extendido encima de la manta, con el puño fuertemente apretado, y su cuerpo parecía haber adquirido una extraña rigidez que resultaba alarmante. En su rostro había una expresión de esfuerzo, de esfuerzo doloroso, casi; al menos, según me permitía ver la luz incierta; y su sueño parecía muy profundo. Pensé que parecía muy rígido, anormalmente rígido; y en cierto modo indefinible, también, más pequeño… como encogido.
Le llamé para despertarle, muchas veces, pero fue inútil. Entonces decidí sacudirlo. Y ya me había agachado para entrar a darle un buen tirón, cuando oí ruido de pasos sigilosos detrás de mí, y sentí una bocanada de aliento caliente en la nuca. Me volví bruscamente. La puerta de la tienda se había oscurecido, y entró algo silencioso y veloz. Un cuerpo áspero y peludo me empujó al pasar, y comprendí que había vuelto el animal. Pareció saltar entre Sangree y yo… saltar sobre Sangree, en realidad; porque su cuerpo oscuro le ocultó momentáneamente de mi vista, y en ese instante mi alma se sintió mareada y cobarde, inundada de un horror que me subió de las mismas entrañas y profundidades de la vida, y atenazó mi existencia por su fuente central.
El animal pareció fundirse de alguna manera en él, casi como si perteneciese a él, o fuese parte de él mismo; pero en el mismo instante —instante de extraordinaria confusión y terror de mi espíritu— pareció cruzar por encima de él, hacia atrás, y, de manera inexplicable, ¡desapareció! Y el canadiense se despertó y se incorporó con un sobresalto.
—¡Deprisa, atontado! —grité, presa de excitación—. La bestia ha estado aquí, en su tienda, junto a su misma garganta, mientras usted dormía como un lirón. ¡Levántese y coja el rifle! En este mismo instante acaba de desaparer por ahí, por detrás de su cabeza ¡Deprisa! ¡No sea que Joan…!
Y de alguna manera, el hecho de que estuviese él allí, totalmente despierto ahora, para corroborármelo, aportó a mi conciencia la convicción adicional de que no se trataba de ningún animal, sino de alguna confusa y espantosa forma de vida surgida de mi conciencia más profunda, que quizá la había adquirido de las muchas lecturas, pero que hasta ahora no había llegado al alcance efectivo de mi sensibilidad.
Se levantó al punto y salió. Estaba temblando y muy pálido. Inspeccionó el suelo apresuradamente, febrilmente; pero sólo encontró en el musgo huellas de pezuñas que iban de la puerta de su misma tienda a la de las mujeres. Y la visión de esas huellas alrededor de la tienda de la señora Maloney, donde Joan dormía ahora, le llenó de furia.
—¿Sabe qué clase de animal es, Hubbard? —me siseó en voz baja—. Un maldito lobo, eso es lo que es: un lobo extraviado en estas islas, famélico… y desesperado. ¡Que Dios nos asista, eso creo que es!
Dijo un montón de incoherencias, llevado de su excitación. Y decidió dormir durante el día y velar por las noches, hasta matarlo. Nuevamente me admiró su rabia; pero conseguí alejarle antes de que armara demasiado ruido y despertara a todo el campamento.
—Se me ocurre un plan mejor —dije, observando su cara con atención—. No creo que sea nada con lo que podamos enfrentarnos. Voy a llamar al único hombre que puede echarnos una mano. Iremos a Washolm esta misma mañana y le mandaremos un telegrama.
Sangree me miró con una curiosa expresión, al tiempo que se le desvanecía la furia del semblante, sustituida por una nueva expresión de alarma.
—John Silence —dije— sabrá…
—¿Cree que es algo… de esa naturaleza? —tartamudeó.
—Estoy convencido.
Hubo un momento de silencio.
—Peor, mucho peor que si fuese algo material —dijo, poniéndose visiblemente pálido. Desvió sus ojos de mi cara al cielo, y luego añadió con súbita resolución—: Vamos; se está levantando viento. Zarpemos ahora mismo. Desde allí puede telefonear a Estocolmo y poner un telegrama sin perder un minuto.
Le mandé a preparar el barco y aproveché ese momento para despertar a Maloney. Ahora tenía el sueño ligero, y se levantó de un salto en cuanto metí la cabeza en su tienda. Le dije brevemente lo que había visto, y mostró tan poca sorpresa que me sorprendí a mí mismo preguntándome por primera vez si no habría visto él algo más de lo que juzgaba prudente confiarnos al resto.
Estuvo de acuerdo con mi plan sin vacilar un segundo, y lo último que le dije fue que explicase a su mujer y a su hija que el gran médico del alma iba a venir a hacernos una visita casual, sin interés profesional alguno.
Así que, tras cargar a bordo una sartén, provisiones y mantas, salimos Sangree y yo de la ensenada quince minutos después y, con buena brisa, pusimos proa a Washolm y a los límites de la civilización.
* * *
Aunque nada de John Silence me ha cogido jamás de sorpresa, propiamente hablando, desde luego no me esperaba encontrar aguardándome una carta suya desde Estocolmo. «He terminado mi asunto en Hungría —decía—, y estaré aquí diez días. No dude en llamarme si me necesita. Si me telefonea por la mañana desde Washolm, puedo coger el vapor de la tarde».
Mis diez años de trato con él estaban llenos de «coincidencias» de este género, y aunque nunca trató de explicarlas recurriendo a ningún sistema de comunicación mágica con mi mente, nunca he dudado que existía efectivamente algún método secreto de telepatía por el cual conocía mi situación y calculaba el grado de mi necesidad. Y siempre me pareció igualmente evidente que este poder era independiente del tiempo, en el sentido de que leía el futuro.
Sangree se sintió tan aliviado como yo, y menos de una hora después de la puesta de sol, esa misma tarde, le recibimos a la llegada del pequeño vapor costero, y le llevamos en el bote neumático al campamento que habíamos preparado en una isla vecina, con idea de emprender el regreso a la mañana siguiente.
—Bueno —dijo después de cenar, cuando estábamos fumando en torno al fuego—, cuéntenme su historia —nos miró a uno y otro, sonriendo.
—Cuéntesela usted, señor Hubbard —interrumpió Sangree bruscamente, y se marchó a fregar los platos, aunque no tan lejos que no pudiera oírnos. Y mientras chapoteaba con el agua caliente y rascaba los platos de hojalata con arena y musgo, mi voz, que el doctor Silence no interrumpió siquiera con una pregunta, expuso durante la siguiente media hora, de la mejor manera que fui capaz, la explicación de lo ocurrido.
Mi oyente estaba echado al otro lado del fuego, con la cara medio oculta por un sombrero de ala ancha; de vez en cuando lanzaba una mirada interrogante, cuando había algún punto que requería explicación; pero no dijo una sola palabra hasta que hube llegado al final, y su actitud durante todo el relato fue grave y atenta. Arriba, el rumor del viento en las ramas de los pinos llenaba los silencios; la oscuridad se posó sobre el mar, y surgieron estrellas a millares, y cuando terminé, había salido la luna, inundando de plata el paisaje. Sin embargo, por su cara y sus ojos, comprendí claramente que el doctor escuchaba algo que había esperado oír, aun cuando no había previsto realmente todos los detalles.
—Ha hecho bien en llamarme —dijo muy bajo, con una mirada significativa, cuando terminé—; muy bien —y su mirada abarcó a Sangree durante un segundo fugaz—; porque lo que tenemos aquí es nada más y nada menos que un hombre-lobo… Caso bastante raro, me alegra decir, pero a menudo muy triste, y a veces terrible.
Salté como si me hubiesen pinchado, aunque a continuación me avergoncé sinceramente de mi falta de control; porque este breve comentario, que confirmaba mis peores sospechas, me convenció más de la gravedad de la aventura que un montón de preguntas y explicaciones. Pareció estrechar el círculo a nuestro alrededor, cerrar una puerta —dejándonos encerrados con el animal y el horror—, y echar la llave. Fuera lo que fuese, ahora había que encararlo y hacerle frente.
—¿Nadie ha sufrido daño hasta ahora? —preguntó en voz alta, aunque en un tono práctico que daba realidad a tan terribles posibilidades.
—¡Dios mío, no! —gritó el canadiense, arrojando el trapo de secar los cacharros y acudiendo al círculo de resplandor de la fogata—. Sin duda no hay peligro de que ese pobre animal famélico haga daño a nadie, ¿no cree?
Tenía el pelo alborotado sobre la frente, y había un destello en sus ojos que no se debía sólo al reflejo de las llamas. Al oír sus palabras me volví hacia él vivamente. Nos echamos a reír los tres. Fue una risa breve, seca, forzada.
—Confío en que no, desde luego —dijo el doctor Silence con tranquilidad—. Pero ¿qué le hace pensar que ese ser está famélico? —hizo la pregunta con los ojos fijos en la cara del otro. La rapidez con que la hizo me explicaba por qué me había sobresaltado, y esperé la respuesta con un estremecimiento de excitación.
Sangree vaciló un instante, como si la pregunta le hubiese cogido por sorpresa. Pero sostuvo la mirada del doctor sin alterarse, desde el otro lado del fuego, y con toda honestidad.
—Sinceramente —balbució, con un ligero encogimiento de hombros—, no sabría decirle. Creo que me ha salido la frase por sí sola. Desde el principio he tenido la impresión de que sufre y… tiene hambre; aunque no se me había ocurrido pensar por qué hasta que usted me lo ha preguntado.
—Entonces, sabe muy poco de él, ¿no? —dijo el otro, con una súbita dulzura en su voz.
—Sólo eso —replicó Sangree, mirándole con una expresión de perplejidad inequívocamente sincera—. De hecho, no sé nada en absoluto —añadió, a modo de explicación adicional.
—Me alegro —oí murmurar al doctor, pero tan bajo que a duras penas capté sus palabras, y desde luego no le llegaron a Sangree, lo que evidentemente era su intención.
—Y ahora —exclamó, poniéndose de pie y sacudiéndose con un gesto típico en él, como si se sacudiese el horror y el misterio—, dejemos el asunto para mañana, y disfrutemos de este viento, y del mar y las estrellas. Últimamente he estado viviendo en la atmósfera de mucha gente y siento que necesito lavarme y limpiarme. Voy a darme un baño y a acostarme después. ¿Quién me sigue? —y un par de minutos más tarde nos lanzábamos los tres desde el barco al agua fresca y profunda, que reflejó mil lunas al propagarse las olas en innumerables ondulaciones desde el punto de nuestro chapuzón.
Dormimos al raso, envueltos en mantas. Sangree y yo ocupamos los sitios de fuera, y nos levantamos antes de amanecer para aprovechar la brisa de la madrugada. Gracias a que salimos temprano, a mediodía habíamos hecho ya la mitad del recorrido; luego el viento roló unos puntos a popa, y cogimos velocidad. Cruzando entre mil islas, atravesando estrechos canales donde perdíamos viento para salir a espacios abiertos donde teníamos que tomar un rizo, corríamos bajo un cielo cálido y sin nubes, volábamos por el corazón de este paisaje asombroso y solitario.
—Un lugar realmente salvaje —exclamó el doctor Silence desde su asiento de proa, donde sujetaba la escota del foque. Se había quitado el sombrero, el viento le alborotaba el pelo, y su cara flaca y morena le daba un toque oriental. Poco después, él y Sangree intercambiaron sus puestos, y se vino a charlar conmigo junto a la caña.
—Es una región maravillosa, todo este mundo de islas —dijo, haciendo un gesto con la mano hacia el escenario que pasaba veloz junto a nosotros—. Pero ¿no nota que le falta algo?
—Es… severo —contesté, tras meditar un momento—. Tiene una belleza llamativa y superficial, pero sin… —vacilé, buscando la palabra que necesitaba.
John Silence movió la cabeza con aprobación.
—Exacto —dijo—. Tiene el pintoresquismo de un escenario de teatro, de un escenario que no es real, que no está vivo. Es como un paisaje pintado por un artista hábil, aunque sin verdadera imaginación. Sin alma… ésa es la palabra que usted buscaba.
—Algo así —contesté, observando las ráfagas de viento en las velas—. No tanto muerto como sin alma. Eso es.
—Naturalmente —prosiguió, con una voz calculada, me pareció, para que no llegase a nuestro compañero, a proa—, vivir mucho tiempo en un lugar como éste… mucho tiempo, y solo, podría tener extraños efectos en algunos hombres.
De repente comprendí que hablaba con un propósito, y agucé el oído.
—Aquí no hay vida. Estas islas son mera roca muerta emergida del fondo del mar, no tierra viva; y no hay seres vivientes en ellas. Incluso el mar, este mar salobre, pero que no es ni salado ni dulce, sin mareas, está muerto. Todo esto es imagen de la vida sin verdadero corazón y sin alma vital. Al hombre que venga aquí con anhelos demasiado vehementes y se sumerja en la naturaleza, le pueden ocurrir cosas extrañas.
—Largue un poco —grité a Sangree, que venía hacia popa—. El viento rachea y vamos casi sin lastre.
Volvió a proa, y el doctor Silence prosiguió:
—Me refiero a que aquí, una larga permanencia conduciría al deterioro, a la degeneración. Este lugar no está atemperado por influencias humanas, por ningún vestigio humanizador de la historia, bueno o malo. Este paisaje no ha despertado jamás a la vida; sigue dormido, inmerso en el sueño primitivo.
—¿Quiere decir que con el tiempo —pregunté— un hombre que viviera aquí podría volverse brutal?
—Las pasiones se desbocarían, el egoísmo llegaría a su grado máximo, los instintos se embrutecerían y se volverían salvajes probablemente.
—Pero…
—En otros lugares igualmente desiertos, en algunas regiones de Italia, por ejemplo, donde existen otras influencias moderadoras, eso no podría suceder. El carácter podría volverse violento, salvaje también, en cierto sentido; pero uno puede entenderse con la violencia humana, y enfrentarse a ella. Pero aquí, en una región severa como ésta, la cosa podría ser diferente —hablaba despacio, sopesando las palabras con cuidado.
Le lancé una mirada cargada de interrogantes, y di un grito de precaución a Sangree, para que siguiese a proa, fuera del alcance de nuestra conversación.
—Primero llegaría cierta insensibilidad al dolor e indiferencia respecto a los derechos de los otros. Luego, el alma se volvería salvaje; no debido a las pasiones humanas, ni a entusiasmos, sino a un embotamiento que sumiría al sujeto en una especie de salvajismo frío, primitivo, carente de emociones… volviéndolo, como el paisaje, desalmado.
—¿Y cree usted que un hombre dominado por deseos vehementes podría sufrir ese cambio?
—Sin que se diese cuenta, sí. Podría volverse salvaje, sus instintos y deseos se volverían animales. Y si… —bajó la voz, se volvió fugazmente hacia proa y luego continuó en su tono más grave— debido a una salud delicada u otra predisposición, su Doble (usted sabe a qué me refiero, naturalmente), su etéreo Cuerpo del Deseo, o cuerpo astral, como lo llaman algunos (esa parte donde residen las emociones, las pasiones y los deseos), si su Doble, digo, por alguna razón constitutiva, no estuviese suficientemente anclado a su organismo físico, podría producirse alguna proyección ocasional…
Sangree apareció en popa inesperadamente, con la cara encendida, aunque no sé si debido al viento, al sol, o a algo que habría oído. Sorprendido, solté la caña, y el cúter dio una gran cabezada, al coger viento de repente, y nos arrojó a los tres abajo. Sangree no dijo nada, pero mientras subía y hacía firme la escota del foque, mi compañero encontró un momento para añadir a su frase inacabada unas palabras, demasiado bajas para que las oyese nadie más:
—Aunque sin que él se enterase en absoluto.
Adrizamos la embarcación, y nos echamos a reír; luego Sangree sacó el mapa y explicó exactamente dónde estábamos. En el horizonte, más allá de una extensión de agua abierta, se veía un grupo azul de islas, con la nuestra en forma de media luna, y el resguardado fondeadero de la ensenada. Una hora más de viento como el que teníamos nos llevaría allí cómodamente; y mientras el doctor Silence y Sangree trababan conversación, me puse yo a pensar en las extrañas ideas que me acababan de meter en la cabeza sobre el «Doble», y la forma que éste podía asumir cuando se disociara temporalmente del cuerpo físico.
Siguieron charlando los dos durante el resto del trayecto; John Silence era amable y comprensivo como una mujer. Yo no oía bien lo que hablaban, porque el viento aumentaba de vez en cuando de forma huracanada, y las velas y la caña acaparaban toda mi atención; pero podía ver que Sangree estaba a gusto y contento, y que hacía confidencias a su compañero; como casi todo el mundo, cuando John Silence quería que se las hiciesen.
Pero de pronto, cuando más atento iba yo al viento y a las velas, se me reveló todo el significado del comentario de Sangree sobre el animal. Porque su confesión de que sabía que sufría y tenía hambre no era, en definitiva, sino una revelación de su yo más profundo. Era una especie de confesión. Hablaba de algo que sabía positivamente, de algo que no podía discutirse ni ponerse en duda, de algo que tenía que ver consigo mismo. «Pobre animal famélico», lo había llamado, con palabras que le habían «salido por sí solas»; y no había habido el menor indicio de que deseara ocultar o justificar nada. Había hablado de manera instintiva, con el corazón… como de su propio yo.
Y media hora antes de ponerse el sol entrábamos veloces por la estrecha bocana de la ensenada, y vimos el humo de la cena que salía de entre los árboles, y las figuras de Joan y el Segundo Contramaestre, que corrían a la playa a recibirnos en el desembarcadero.
* * *
Todo cambió en cuanto John Silence puso el pie en aquella isla: fue como el efecto que produce la aparición de un gran médico, de un gran árbitro de la vida y la muerte, que llega para efectuar su consulta. Se centuplicó la sensación de gravedad. Hasta los objetos inanimados experimentaron un cambio sutil; porque el escenario de la aventura (este trozo de mar desierto con sus centenares de islas deshabitadas) se volvió, de alguna manera, sombrío. Un elemento misterioso y en cierto sentido desazonador, se introdujo espontáneamente en la severidad de roca gris y pinares oscuros y apagó el centelleo del sol y del mar.
Yo, al menos, noté claramente ese cambio; porque mi ser entero se tensó un grado más, por así decir, poniéndose más en sintonía y alerta. Las figuras del fondo del escenario avanzaron un poco hacia el proscenio… hacia la acción inevitable. En una palabra: la llegada de este hombre intensificó la situación entera.
Y al evocar, después de los años, el tiempo en que sucedió todo, me doy cuenta claramente de que este hombre tuvo desde el principio mismo una idea muy clara de lo que sucedía. Es imposible decir cuánto sabía de antemano merced a sus extaños poderes adivinatorios, pero desde el momento en que llegó al lugar y tomó nota interiormente de lo que estaba ocurriendo entre nosotros, tuvo sin duda la verdadera solución del rompecabezas y no necesitó hacer preguntas. Y esta certeza era lo que le daba ese aire de poder y nos hacía mirarle instintivamente; porque no dio ni un paso indeciso, no hizo ni un solo movimiento en falso; y mientras el resto de nosotros vacilábamos, él fue derecho a la solución. Era, en verdad, un auténtico adivino de almas.
Ahora puedo leer en su conducta muchas cosas que entonces me tenían perplejo; porque aunque yo había intuido vagamente la solución, no tenía idea de cómo la iba a abordar. Y casi puedo reproducir literalmente las conversaciones; porque, según mi costumbre inveterada, anotaba puntualmente todo lo que decía.
Tributó el mejor trato posible y del mejor modo posible a la señora Maloney, mujer boba y atolondrada; a Joan, alarmada aunque valerosa; y al clérigo, afectado, bajo la superficie de sus emociones habituales, por el peligro de su hija. Aunque lo hizo con tanta soltura y sencillez que pareció algo natural, espontáneo. Porque dominó al Segundo Contramaestre, tomándole la medida de su ignorancia con infinita paciencia; sintonizó con Joan, estimulando al máximo su valor e interés por su propia seguridad; y tranquilizó y reconfortó al reverendo Timothy, a la vez que logró su implícita obediencia, se ganó su confianza, y lo llevó gradualmente a una comprensión de la salida que había que adoptar.
En cuanto a Sangree —aquí su sabiduría estuvo muy discretamente calculada—, no manifestaba prestarle ningún interés, aunque por dentro era objeto de su incesante y concentradísima atención. So pretexto de aparente indiferencia, su mente tenía al canadiense bajo constante observación.
Esa noche reinaba un sentimiento de inquietud en el campamento, y ninguno de nosotros se demoró junto al fuego después de cenar, como teníamos por costumbre. Sangree y yo nos dedicamos a remendar los desgarrones de la tienda para que la utilizase nuestro invitado, y a buscar piedras pesadas para sujetar las cuerdas, porque el doctor Silence insistió en que se la montásemos en el punto más alto de la loma, justo donde era más rocosa y no había tierra para los clavos. El sitio, además, estaba a mitad de camino entre las tiendas de los hombres y la de las mujeres y, naturalmente, dominaba la vista más amplia del campamento.
—Así, si aparece el perro —dijo simplemente—, podré cogerlo al pasar.
El viento se había ido con el sol, y un calor inusitado se aposentó sobre la isla, haciendo el sueño pesado, y por la mañana acudimos a desayunar más tarde de lo normal, frotándonos los ojos y bostezando. El viento fresco del norte había dado paso al aire cálido del sur, que a veces subía con neblina y humedad por el Báltico, trayendo consigo una sensación relajante que producía desmadejamiento y apatía.
Y quizá fue por esta razón por lo que al principio no noté nada anormal, y por lo que estuve menos alerta de lo habitual; porque, hasta después de desayunar, no me llamó la atención el silencio de nuestro pequeño grupo, ni me di cuenta de que Joan aún no había aparecido. Y entonces, de golpe, me desapareció la última pesadez del sueño y vi que Maloney estaba pálido y nervioso, y que su mujer no podía sostener el plato sin que le temblase.
Una rápida mirada del doctor Silence me cortó las ganas de preguntar, y comprendí vagamente que estaban esperando a que se alejara Sangree. No puedo determinar por qué se me ocurrió esta idea, pero no tardé en comprobar lo acertado de mi intuición; porque en cuanto se fue a su tienda, Maloney miró hacia mí y empezó a hablar en voz baja.
—No te has enterado de nada, ¿verdad? —medio susurró.
—¿De qué? —pregunté, estremeciéndome ante la idea de que hubiera ocurrido algo espantoso.
—No te hemos despertado por temor a levantar a todo el campamento —prosiguió; supongo que con la palabra «campamento» se refería a Sangree—. Ha sido antes de amanecer, cuando me han despertado los gritos.
—¿El perro otra vez? —pregunté, con un extraño encogimiento del corazón.
—Fue derecho a la tienda —prosiguió, excitado, pero muy bajo—, y despertó a mi mujer al patear encima de ella. Entonces se dio cuenta de que Joan se debatía a su lado. Y, ¡Dios mío!, el animal le había herido el brazo: lo tenía todo arañado y manchado de sangre.
—¿Joan herida? —dije estupefacto.
—Sólo arañada… de momento —terció John Silence, hablando por primera vez—; es más el sobresalto y el susto que las heridas.
—¿No es providencial que tengamos un médico aquí? —dijo la señora Maloney, que parecía que no se iba a serenar nunca—. Creo que deberíamos haberlo matado.
—Ha sido un alivio que huyera —dijo Maloney, con su voz de púlpito estrangulada por la emoción—. Pero, naturalmente, no podemos arriesgarnos a otro… Tenemos que levantar el campamento y marcharnos inmediatamente…
—Pero el señor Sangree no debe saber lo que ha pasado. El pobre está tan colado por Joan que le afectaría terriblemente —añadió el Segundo Contramaestre con nerviosismo, mirando en torno suyo aterrada.
—Quizá sea prudente que el señor Sangree no sepa lo que ha pasado —dijo el doctor Silence con sosegada autoridad—; pero creo que, para seguridad de todos los interesados, es mejor que no abandonemos la isla de momento —habló con gran decisión, y Maloney alzó los ojos y siguió sus palabras atentamente.
—Si ustedes acceden a continuar aquí unos días más, no tengo duda de que podemos poner fin a las atenciones de su extraño visitante, y de paso, tendremos la oportunidad de observar un fenómeno de lo más singular e interesante…
—¡Cómo! —dijo con voz ahogada la señora Maloney—, ¿un fenómeno…? ¿Quiere decir, entonces, que sabe usted lo que es?
—Estoy seguro de saber lo que es —replicó muy bajo, porque oímos los pasos de Sangree que se acercaban—; aunque no estoy seguro aún de cuál es el mejor modo de afrontarlo. Pero, en todo caso, no es prudente marcharse precipitadamente…
—¡Oh, Timothy, no creerá que es el diablo…! —exclamó el Segundo Contramaestre en un tono que incluso el canadiense tuvo que oír.
—En mi opinión —prosiguió John Silence, mirándonos al clérigo y a mí—, es un moderno caso de licantropía, con otras complicaciones que pueden… —dejó la frase sin terminar, porque la señora Maloney, temiendo oír algo peor, se levantó de un salto y huyó a su tienda; y en ese momento Sangree dobló la esquina de la empalizada y apareció a la vista.
—Hay huellas de pezuñas en la entrada de mi tienda —dijo con excitación—. El animal ha estado aquí otra vez, esta noche. Doctor Silence, venga a verlas. Son tan claras en el musgo como un rastro en la nieve.
Pero más avanzado el día, mientras Sangree salía con la canoa a pescar en los hondos cercanos a las islas más grandes y Joan permanecía en su tienda vendada y en reposo, el doctor Silence nos llamó al preceptor y a mí y nos propuso dar un paseo hasta las lajas de granito del otro extremo. La señora Maloney se quedó sentada en un tocón, cerca de su hija, y se dedicó con energía a pintar y a cuidarla alternativamente.
—La dejamos al cargo de todo —le dijo el doctor con una sonrisa que pretendía dar ánimos—; cuando nos necesite para el almuerzo, o lo que sea, nos puede hacer volver a tiempo con el megáfono.
Porque, aunque el mismo aire estaba cargado de emociones extrañas, todos hablaban con naturalidad y sosiego, como con un deseo claro de contrarrestar una excitación innecesaria.
—Vigilaré —dijo con valor el Segundo Contramaestre—; y entretanto, me consolaré con mi obra —estaba atareada con el boceto que había empezado el día después de nuestra llegada—. Porque hasta un árbol —añadió orgullosa, señalando hacia su pequeño caballete— es símbolo de lo divino, y este pensamiento me hace sentirme segura.
Miramos un momento los manchurrones, que eran más un síntoma de enfermedad que un símbolo de lo divino, y emprendimos la marcha por el sendero que bordeaba la ensenada.
En el otro extremo encendimos una pequeña hoguera y nos sentamos alrededor, al amparo de una roca grande. Maloney dejó de tararear de repente y se volvió hacia su compañero.
—¿Y cómo explica usted todo esto? —preguntó bruscamente.
—En primer lugar —contestó John Silence, acomodándose contra la roca—, es de origen humano, ese animal. Es licantropía, evidentemente.
Sus palabras tuvieron el efecto de una granada. Maloney las recibió como si le asestaran un golpe.
—Me deja usted desconcertado —dijo, incorporándose un poco y mirándole más de cerca.
—Puede ser —replicó el otro—; pero si me escucha un momento, quizá esté menos desconcertado al final… o más. Depende de lo que sepa. Déjeme que siga, y le diga que ha subestimado, o calculado mal, el efecto de esta vida primitiva y salvaje en ustedes.
—¿En qué sentido? —preguntó el clérigo, erizándose ligeramente.
—Se trata de una medicina fuerte para cualquier habitante de la ciudad; y para algunos de ustedes, lo ha sido demasiado. Uno de ustedes se ha asilvestrado —pronunció estas últimas palabras con énfasis.
—Se ha vuelto salvaje —añadió, desviando la mirada del uno al otro.
Ninguno de los dos supimos qué contestar.
—Decir que ha despertado la bestia en un hombre no es siempre una metáfora —prosiguió, un momento después.
—¡Por supuesto que no!
—Pero, en el sentido que digo, puede tener un significado muy literal y terrible —prosiguió el doctor Silence—. Pueden aflorar instintos antiguos que nadie podía sospechar que existieran, y menos aún el propio sujeto…
—El atavismo no puede explicar la aparición de un animal vagabundo con dientes y pezuñas e instintos sanguinarios —interrumpió Maloney con impaciencia.
—El término lo elige usted —prosiguió el doctor con ecuanimidad—, no yo, y es un buen ejemplo de palabra que designa un resultado, al tiempo que oculta el proceso; pero la explicación de esta bestia que ronda por la isla y ataca a su hija tiene una significación más profunda que la de la mera tendencia atávica, o el reflejo de un origen animal, que es lo que supongo que usted piensa.
—Acaba de hablar de licantropía —dijo Maloney con expresión perpleja y evidentemente deseoso de atenerse a la realidad—. Creo que he tropezado alguna vez con esa palabra; pero en realidad… en realidad… no tiene significado alguno hoy, ¿no es cierto? Esas supersticiones de tiempos medievales no pueden…
Se volvió hacia mí con su cara colorada y jovial; y la expresión de asombro y consternación que reflejaba me habría hecho soltar la carcajada en otras circunstancias. Sin embargo, nunca estuvo la risa más lejos de mi espíritu que en ese momento en que oí al doctor Silence revelarle al clérigo, cuidadosamente, la mismísima explicación que se había estado abriendo camino poco a poco en mi mente.
—El hecho de que el pensamiento medieval haya podido exagerar esa noción carece de importancia para nosotros ahora —dijo con sosiego—, cuando nos enfrentamos a un ejemplo moderno de lo que, supongo, ha sido siempre una profunda verdad. De momento, dejemos fuera del asunto el nombre de quién sea, y examinemos determinadas posibilidades.
Todos coincidimos en eso, en todo caso. No hacía falta hablar de Sangree, ni de nadie, hasta que supiéramos algo más.
—El hecho fundamental de este curioso caso —prosiguió— es que el «Doble» de un hombre…
—¿Se refiere al cuerpo astral? He oído hablar de eso, naturalmente —interrumpió Maloney con un resoplido de triunfo.
—Sin duda —dijo el otro, sonriendo—; sin duda ha oído hablar. Lo fundamental, iba diciendo, es que este Doble, o cuerpo fluido del hombre, tiene el poder de proyectarse y volverse visible a los demás en determinadas circunstancias. Cierto entrenamiento puede hacer esto factible; y ciertas drogas también. La enfermedad que estraga el cuerpo puede producir por un tiempo el efecto que la muerte produce de manera permanente, y liberar esa réplica del ser humano y hacerla visible a los ojos de los demás.
»Hoy día todo el mundo sabe eso más o menos, por supuesto; lo que no se sabe por lo general, y probablemente no cree nadie que no lo haya presenciado, es que, en determinadas circunstancias, ese cuerpo fluido puede adoptar formas distintas de la humana, y que esas formas puede determinarlas el pensamiento y el deseo dominante en el sujeto. Porque este Doble, o cuerpo astral como usted lo llama, es en realidad el lugar donde se asientan las pasiones, las emociones y los deseos de la economía psíquica. Es el Cuerpo de las Pasiones; y al proyectarse, puede adoptar a menudo una forma expresiva del deseo dominante que lo modela; porque está compuesto de esa materia tenue que se presta a ser modelada por el pensamiento y el deseo.
—Le sigo perfectamente —dijo Maloney, con una expresión como si prefiriese mucho más encontrarse cortando leña y canturreando.
—Y hay personas constituidas de tal manera —continuó el doctor, cada vez más serio— que su cuerpo fluido está débilmente asociado al cuerpo físico: personas de salud delicada por lo general, aunque a menudo con deseos y pasiones vehementes. Y en estas personas, es fácil que el Doble se disocie de su organismo durante un sueño profundo y, si es impulsado por algún deseo devorador, adopte forma animal y trate de satisfacer ese deseo.
Allí, a plena luz del día, vi a Maloney acercarse lentamente al fuego y echar leña. Estábamos pegados al calor, unos junto a otros, y escuchábamos la voz del doctor Silence que se mezclaba con los susurros y aleteos del viento a nuestro alrededor, y el romper de las olas pequeñas.
—Por ejemplo, para poner un caso concreto —continuó—: supongamos que un joven, con la constitución frágil a que me he referido, cobra un afecto irresistible hacia una joven, pero se da cuenta de que no es correspondido, y es lo bastante hombre como para reprimir su manifestación. En tal caso, si su Doble propende a proyectarse con facilidad, la misma represión de su amor durante el día vendría a añadirse a la intensidad de su deseo de liberarse durante el sueño profundo, del control de su voluntad, y su cuerpo fluido podría brotar bajo una forma monstruosa o animal, y hacerse efectivamente visible a los demás. Y si su devoción fuese de una fidelidad perruna, aunque ocultando debajo el fuego de una pasión feroz, podría muy bien asumir la forma de una criatura mitad perro y mitad lobo…
—¿De hombre-lobo, quiere decir? —exclamó Maloney, pálido hastas los labios mientras escuchaba.
John Silence alzó una mano para contenerle.
—Un hombre-lobo —dijo— es una realidad física de profunda significación, aunque puede haber sido exagerada absurdamente por la imaginación del campesino supersticioso de los tiempos oscuros; porque un hombre-lobo no es otra cosa que los instintos salvajes, y posiblemente sanguinarios, de un hombre apasionado recorriendo el mundo en su cuerpo fluido, su cuerpo pasional, su cuerpo del deseo. Como en el presente caso, puede no saber…
—¿No es necesariamente intencionado, entonces? —preguntó vivamente Maloney, con alivio.
—… Rara vez es intencionado. Es el conjunto de los deseos, liberados del control de la voluntad durante el sueño, que encuentran salida. En todas las razas salvajes se ha admitido y temido este fenómeno llamado «hombre-lobo», pero es raro hoy día. Y se va volviendo más raro cada vez, porque el mundo está cada día más domesticado y civilizado; las emociones se han hecho más refinadas, los deseos más tibios, y pocos hombres poseen el suficiente salvajismo interior como para generar impulsos de esa intensidad y, desde luego, para proyectarlos en forma animal.
—¡Dios mío! —exclamó el clérigo, conteniendo el aliento, y cada vez más excitado—, entonces creo que debo contarle… una confidencia que se me ha hecho… Sangree tiene mezcla de sangre salvaje… de ascendencia india…
—Ciñámonos a nuestra suposición de un hombre como el que he descrito —le interrumpió el doctor con serenidad—, e imaginemos que posee mezcla de sangre salvaje; y más aún: que no tiene conciencia en absoluto de su espantosa anomalía física y psíquica; y que de repente se descubre a sí mismo inmerso en un modo de vida primitivo junto al objeto de sus deseos; que el resultado de la tensión del hombre no domesticado que lleva en su sangre…
—El piel roja, por ejemplo —dijo Maloney.
—El piel roja, exactamente —reconoció el doctor—; que el resultado, digo, de esa tensión salvaje que hay en él, despierta y salta a la vida apasionada. ¿Qué pasará?
Miró con firmeza a Timothy Maloney, y el clérigo le miró con firmeza a él.
—Una vida salvaje como la que llevan ustedes aquí en esta isla, por ejemplo, podría fácilmente despertar sus instintos animales, sus instintos ocultos, con resultados sumamente inquietantes.
—¿Quiere decir que su Cuerpo Sutil, como lo ha llamado usted, podría salir automáticamente, durante un sueño profundo, en busca del objeto de su deseo? —dije yo, acudiendo en ayuda de Maloney, al que cada vez le era más difícil encontrar las palabras.
—Exacto; aunque el deseo del hombre seguirá estando totalmente exento de maldad… seguirá siendo puro y sano en todos los sentidos…
—¡Ah! —oí exclamar al clérigo.
—El deseo de unión del amante se volverá violento, se volverá salvaje, abriéndose paso de manera primitiva, indómita, quiero decir —prosiguió el doctor, esforzándose en hacerse entender por un cerebro limitado por una mentalidad y unos conocimientos convencionales—; porque recuerde que el deseo de poseer puede volverse fácilmente insistente; y materializado en esta forma animal del Cuerpo Sutil que actúa como su vehículo, puede salir y despedazar cuanto le impide alcanzar el corazón mismo del objeto amado y apoderarse de él. Au fond, como he dicho, no es más que una aspiración a la unión: el deseo espléndido y limpio de absorber totalmente en sí…
Calló un instante y miró a Maloney a los ojos.
—Bañarse en la misma sangre del corazón del ser deseado —añadió con gran énfasis.
El fuego chisporroteó y crepitó, provocándome un sobresalto. En cambio Maloney encontró alivio en un auténtico estremecimiento, y le vi volver la cabeza y mirar a su alrededor, desde el mar a los árboles. El viento había decaído en ese momento y las palabras del doctor resonaron claras en el silencio.
—Entonces, ¿podría llegar a matar? —tartamudeó el clérigo un momento después con voz apagada, y una risita forzada a manera de protesta de que le sonara tan completamente mortecina…
—En último extremo, podría matar —repitió el doctor Silence. Luego, tras otra pausa, durante la cual estuvo decidiendo cuánto sería prudente explicar a su oyente, prosiguió—: Y si el Doble no consigue volver a su cuerpo físico, ese cuerpo físico puede despertar a un estado de imbecilidad, de idiocia… o quizá no volver a despertar.
Maloney se incorporó en su asiento y recobró la palabra.
—¿Quiere decir que si se le impidiera regresar a ese ser animal fluido, o lo que sea, el hombre podría no volver a despertar? —preguntó con voz insegura.
—Podría morir —replicó el otro con aplomo. En el aire, a nuestro alrededor, se estremeció el temblor de una enérgica sensación.
—¿No sería ésa, entonces, la mejor manera de curar al loco… al bruto…? —tronó el clérigo, medio levantándose.
—Desde luego, sería una manera fácil e impune de matar —fue la réplica severa, dicha con la tranquilidad del que hace un comentario sobre el tiempo.
Maloney se desinfló visiblemente, y yo junté la leña encima del fuego hasta que conseguí hacer llama.
—La mayor parte de la vida del hombre… de sus fuerzas vitales, le vienen de ese Doble —continuó el doctor Silence, tras reflexionar un momento—; y una porción considerable de la materia misma de su cuerpo físico. De manera que el cuerpo físico dejado atrás queda mermado, no sólo de fuerzas, sino también de materia. Lo veríamos disminuido, encogido, agotado, igual que el cuerpo de un médium materializado en una sesión. Además, cualquier señal o lesión infligida a este Doble se encontrará exactamente reproducida en el cuerpo físico arrugado, sumido en su trance…
—¿Una lesión infligida al uno dice usted que se reproduciría también en el otro? —repitió Maloney; su excitación aumentaba otra vez.
—Sin duda —replicó el otro con serenidad—, porque sigue habiendo una conexión continua entre el cuerpo físico y el Doble: una conexión de materia; si bien se trata de una materia sumamente tenue, posiblemente de naturaleza etérea. La herida viaja, por así decir, del uno al otro; y si se rompiese esta conexión, sería la muerte.
—La muerte —repitió Maloney para sí—. ¡La muerte! —nos miró inquieto a la cara: evidentemente, se le empezaban a aclarar las ideas—. ¿Y esa solidez? —preguntó a continuación, tras una pausa general—; ¿ese desgarrar de tiendas y de carne, esos aullidos, y las marcas de pezuñas? ¿Quiere decir que el Doble…?
—¿Ha sacado suficiente materia del cuerpo mermado como para producir efectos físicos? ¡Por supuesto! —interrumpió el doctor—. Aunque explicar en este momento cuestiones como el paso de materia a materia sería tan complicado como explicar cómo el pensamiento de una madre puede romper realmente los huesos del hijo aún no nacido.
El doctor Silence señaló hacia el mar, y Maloney, que miraba con ojos extraviados a su alrededor, se volvió con un violento estremecimiento. Vi una canoa, con Sangree sentado a popa, apareciendo por el extremo más alejado. Iba sin sombrero y, por primera vez, su cara curtida me pareció —nos pareció a todos, creo— como si fuese de otro. Parecía un salvaje. A continuación se puso de pie en la canoa para lanzar con la caña, y su figura fue talmente la de un indio. Recordé la expresión que le había visto una vez o dos, especialmente con ocasión de aquella plegaria vespertina, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
En ese mismo instante se volvió y nos vio, y su rostro esbozó una sonrisa, de manera que enseñó sus dientes blancos al sol. Parecía estar en su elemento, y tenía un aspecto sumamente atractivo. Gritó algo sobre la pesca, y poco después desapareció de la vista, entrando en la ensenada.
Durante un rato, ninguno de nosotros dijo nada.
—¿Tiene cura? —aventuró Maloney por fin.
—No reprimiendo esa fuerza salvaje —replicó el doctor Silence—, sino encauzándola mejor, y facilitándole otras salidas. Ésa es la solución a todos los problemas de la fuerza acumulada; porque esa fuerza es la materia prima de la utilidad, y habría que potenciarla y cuidarla, no separándola del cuerpo con la muerte, sino elevándola a canales superiores. La mejor cura, y la más rápida de todas —prosiguió, hablando muy suavemente y con una mano en el brazo del clérigo—, es orientarla hacia su objeto, con tal que ese objeto no sea invariablemente hostil, y dejarla que encuentre el descanso donde…
Calló de repente, y los ojos de los dos hombres se encontraron en una sencilla mirada de comprensión.
—¿En Joan? —exclamó Maloney, en voz baja.
—¡En Joan! —replicó John Silence.
* * *
Nos acostamos todos temprano. El día había sido extraordinariamente cálido y después de ponerse el sol descendió una extraña quietud sobre la isla. No se oía nada, aparte de un silbido débil, espectral, inseparable de los pinos incluso en los días más tranquilos: era un rumor bajo, penetrante, como si el viento tuviese cabellera y la arrastrase sobre el mundo.
Con el súbito enfriamiento del aire, comenzó a formarse una niebla marina. Apareció a jirones aislados sobre el agua; luego, estos jirones se fueron agrupando, y un muro blanco avanzó hacia nosotros. No se movía ni un soplo de aire; los abetos se alzaban como siluetas planas de metal, el mar se volvió de aceite. Todo el lugar estaba inmovilizado como por algún enorme peso en el aire, y las llamas de nuestra hoguera —la más grande que habíamos hecho— se elevaban rectas como el campanario de una iglesia.
Mientras seguía yo al resto de nuestro grupo camino de las tiendas, después de apagar las brasas por seguridad, la avanzadilla de la niebla empezó a deslizarse despacio entre los árboles como unos brazos largos buscando a tientas el camino. Mezclado con el humo, se notaba el olor a musgo y a tierra y a corteza de árbol, y a esa fragancia peculiar del Báltico, mitad alga, mitad salobre, como el olor de un estuario durante la bajamar.
Es difícil decir por qué me pareció que esta profunda quietud ocultaba una intensa actividad; quizá cada estado de ánimo lleva entrañada la idea de su opuesto. El caso es que tenía conciencia del contraste de una energía furiosa, porque era como andar en medio del silencio profundo previo a una tormenta, y pisaba con suavidad, no fuera que al quebrar una ramita o mover una piedra pusiese en tumultuoso movimiento el escenario entero. En realidad, esto no era sino consecuencia de la excesiva tensión de nervios.
Ya no cabía pensar en desvestirse para acostarse, sino en desvestirse para tomar el baño. Alguna parte de mi sensibilidad se hallaba alerta y expectante. Permanecí sentado en mi tienda, esperando… Y al cabo de una media hora más o menos, mi espera se vio justificada; porque de repente tembló la lona: alguien tropezó con las cuerdas que la sujetaban a tierra. Entró John Silence.
El efecto de su entrada sigilosa fue singular y profética: fue exactamente como si la energía que había detrás de toda esta quietud avanzara hasta el borde de la acción. Sin duda, esto se debía meramente a mi propia mente acelerada y carecía de otra justificación; porque la presencia de John Silence siempre sugería la inminente posibilidad de una acción vigorosa; y de hecho, entró sin más preámbulo que un asentimiento de cabeza y un gesto significativo.
Se sentó en un rincón del suelo impermeable, y estiré hacia él la manta para que se cubriese las piernas. Cerró el faldón de la puerta y se acomodó; pero apenas lo había hecho cuando la tela se estremeció por segunda vez, y apareció tropezando Maloney.
—¿Velando a oscuras? —dijo con timidez, asomando la cabeza y colgando su farol en el gancho del palo horizontal—. He salido a fumar un poco. Supongo que…
Miró a su alrededor, captó la mirada del doctor Silence y calló. Volvió a meterse la pipa en el bolsillo y empezó a canturrear en voz baja… ese canturreo de una melodía indescriptible que tan bien conocía yo y que había llegado a detestar.
El doctor Silence se inclinó hacia adelante, abrió el farol y apagó la llama de un soplo.
—Hable bajo —dijo— y no encienda cerillas. Escuche los ruidos y movimientos alrededor del campamento, y esté preparado para seguirme en cuanto yo diga.
Había bastante luz como para distinguir las caras, y vi cómo Maloney nos miraba vivamente.
—¿Duerme el campamento? —preguntó el doctor a continuación, en un susurro.
—Sangree, sí —replicó el clérigo, en voz baja también—. Las mujeres, no sé; creo que están despiertas.
—Tanto mejor —y a continuación añadió—: Ojalá fuese la niebla algo tenue y dejara pasar la luna; más adelante puede que nos haga falta.
—Está levantando, creo —susurró Maloney—. Está ya por las copas de los árboles.
No puedo precisar qué es lo que hubo en este vulgar intercambio de comentarios, que me produjo un estremecimiento. Probablemente tuvo algo que ver con ello la rapidez con que se sometió Maloney al humor del doctor; porque su rápida obediencia me impresionó bastante. Pero, aun sin esa ligera prueba, estaba claro que cada uno reconocía la gravedad del momento, se daba cuenta de que era imposible dormir y que había que permanecer de guardia toda la noche.
—Infórmeme —repitió John Silence otra vez— del menor ruido, y no haga nada precipitadamente.
Se corrió hacia la entrada de la tienda y levantó el faldón, atándolo al palo para poder ver el exterior. Maloney dejó de tararear y se puso a echar el aire a través de los dientes con una especie de débil siseo, obsequiándonos con un popurrí de himnos de iglesia y modernas canciones populares.
Entonces tembló la tienda como si la hubiese tocado alguien.
—Es el viento, que está empezando —susurró el clérigo y abrió el faldón todo lo que daba de sí. Entró un soplo de viento frío y húmedo que nos produjo un estremecimiento, y con él nos llegó el ruido del mar: era la primera ola que se abría paso suavemente por las playas.
—Ha rolado al norte —añadió; y a continuación oímos un susurro largo que se alzó de toda la isla, al exhalar los árboles un suspiro de respuesta—. La niebla se moverá un poco, ahora. Ya distingo una abertura, sobre el mar.
—¡Chist! —dijo el doctor Silence, porque había elevado la voz; y volvimos a acomodarnos para otro largo rato de vigilancia y espera, interrumpido por algún que otro roce de la tienda con los hombros, al cambiar de postura, y el ruido creciente de las olas en la costa exterior de la isla. Y por encima de todo, sonaba el murmullo del viento como una gran arpa, al rozar los árboles, y el débil golpeteo de la tienda al caer gotas de las ramas con aguda resonancia.
Llevábamos sentados algo así como una hora, y a Maloney y a mí nos era cada vez más difícil mantenernos despiertos, cuando de repente se levantó el doctor Silence y se asomó. Un minuto después se había ido. Liberados de su presencia dominante, el clérigo acercó su cara a la mía.
—No me gusta esta espera de la caza —susurró—, pero Silence no quiere que guarde el sueño de los otros; dice que impediría que pase algo, si lo hago.
—Él sabe el qué —contesté lacónicamente.
—No cabe la menor duda —contestó en un susurro—: la historia esa del Doble, como él lo llama; o de la obsesión, como la Biblia lo califica. Pero se llame como se llame, es un mal asunto; así que he dejado el Winchester montado ahí fuera, y me he traído esto también —me puso una Biblia de bolsillo bajo la nariz. En una época de su vida había sido su compañera inseparable.
—Lo uno es inútil y lo otro peligroso —repliqué en voz baja, con unas ganas tremendas de echarme a reír, y dejándole que eligiera—. La seguridad está en seguir a nuestro jefe.
—No estoy pensando en mí mismo —me interrumpió bruscamente—; ¡pero si algo le sucede a Joan esta noche, dispararé primero, y rezaré después!
Maloney volvió a guardarse el libro en un bolsillo lateral y se asomó a la puerta.
»¡Qué demonios estará haciendo ahora, es lo que quisiera saber! —y añadió—: dando vueltas alrededor de la tienda de Sangree y haciendo aspavientos. Parece un espectro, desapareciendo en la niebla y volviendo a aparecer.
—Confía en él y espera —dije deprisa, porque el doctor venía ya de regreso—. Recuerda que es hombre de conocimientos y sabe lo que se hace. He estado con él en casos peores que éste.
Maloney se hizo a un lado cuando el doctor Silence oscureció la entrada y se agachó para pasar.
—Su sueño es muy profundo —susurró, sentándose junto a la puerta otra vez—. Está en estado cataléptico, y su Doble puede liberarse en cualquier momento. Pero he tomado medidas para mantenerlo encerrado en la tienda, y no podrá salir a menos que yo se lo permita. Estén atentos a cualquier movimiento —luego miró con severidad a Maloney—. Pero recuerde, señor Maloney: nada de violencias ni tiros; a no ser que quiera mancharse las manos con un homicidio. Cualquier cosa que se haga al Doble repercutirá en el cuerpo físico. Será mejor que quite los cartuchos ahora mismo.
Su voz sonó seria. Salió el clérigo, y le oí vaciar la recámara de su rifle. Al regresar, se sentó más cerca de la puerta que antes; y desde ese momento, hasta que dejamos la tienda, no apartó los ojos de la figura del doctor Silence, recostada contra el cielo y la tienda.
Y entretanto, el aire soplaba constante del mar y abría callejones y claros en la bruma, empujándola como si fuese un ser vivo.
Debió de ser bastante pasada la medianoche cuando me llamó la atención una especie de retumbar; aunque al principio era tan apagado que no pude situarlo, e imaginé que eran estampidos de grandes cañones en la lejanía, que nos traía el viento cada vez más fuerte. Entonces Maloney, cogiéndome del brazo e inclinándose hacia delante, me señaló la verdadera relación, y al segundo siguiente me di cuenta de que sonaba a sólo unos pasos.
—La tienda de Sangree —exclamó en un susurro alto y sobresaltado.
Asomé la cabeza por una esquina. Al principio, el efecto de la niebla era tan desconcertante que cada jirón blanquecino que el viento arrastraba parecía una tienda moviente; y transcurrieron unos segundos hasta que localicé la mancha blanca que permanecía firme. A continuación descubrí que los estampidos que oíamos los producían las sacudidas de la tienda, y los restallidos de sus lados, que se abombaban cuanto permitía la tensión de sus cuerdas. Alguna clase de ser se debatía frenéticamente en su interior, golpeando la lona tensa de un modo que me hacía pensar en una gran mariposa nocturna chocando contra las paredes y el techo de una habitación. La tienda se curvaba y vibraba.
—¡Por Júpiter, está intentando salir! —murmuró el clérigo, poniéndose de pie y dirigiéndose a donde estaba el rifle descargado. Me levanté de un salto, también, sin saber con qué objeto; pero deseoso de estar preparado para cualquier cosa. Pero John Silence estaba delante de nosotros y su figura se movió y nos bloqueó la entrada de la tienda. Y su voz, cuando empezó a hablar un minuto después, adoptó una calidad que instantáneamente redujo nuestro ánimo a un estado de tranquila obediencia.
—Primero, vaya a la tienda de las mujeres —dijo en voz baja, mirando atentamente a Maloney—; si me hace falta su ayuda, ya le llamaré.
No necesitó el clérigo que se lo dijeran dos veces. Pasó junto a mí y salió en un instante. Evidentemente, actuaba bajo una intensa excitación. Le observé alejarse en silencio por el suelo resbaladizo, dando un rodeo para evitar la agitada tienda, y desaparecer luego entre las formas flotantes de la niebla.
El doctor Silence se volvió hacia mí.
—¿Ha oído las pisadas esas hará como media hora? —me preguntó de manera significativa.
—No he oído nada.
—Eran sumamente suaves… el paso casi inaudible de un ser salvaje. Pero ahora sígame de cerca —añadió—; porque no debemos perder tiempo, si tengo que librar a ese infeliz de su anomalía y hacer que descanse su Doble licántropo. Y, o mucho me equivoco —me miró a través de la oscuridad, susurrando las palabras con la mayor nitidez—, o Joan y Sangree están hechos el uno para el otro. Y creo que ella lo sabe también… lo mismo que él.
Sentí un ligero vértigo al oírlo; pero al mismo tiempo, algo se aclaró en mi cerebro, y comprendí que Silence tenía razón. Sin embargo, todo era extraño, increíble, y muy alejado de la realidad cotidiana según la conoce el vulgo; y más de una vez se me representó la escena; las personas, las palabras, las tiendas y todo no eran sino alucinaciones creadas de algún modo por la intensa excitación de mi propia mente, y que la niebla se iba a disipar de pronto, y el mundo iba a volver de nuevo a la normalidad.
El aire frío del mar nos produjo escozor en las mejillas cuando salimos del ambiente cerrado de la tienda pequeña y concurrida. El siseo de los árboles, las olas rompiendo abajo en las rocas y las hebras y flecos de niebla flotando a nuestro alrededor parecían crear la ilusión momentánea de que la isla se había soltado y flotaba en el mar como una gigantesca almadía.
El doctor marchaba delante de mí, deprisa y en silencio; se dirigió derecho a la tienda del canadiense, cuyos lados aún se estremecían y abombaban mientras el ser de siniestra vida corría y se debatía irritado en su interior. Se paró a poca distancia de la puerta, y alzó la mano para detenerme. Estábamos, quizá, a media docena de pasos.
—Antes de que lo libere, va a ver por usted mismo —dijo— que la realidad del hombre-lobo es algo fuera de toda duda. La materia de que está formado es, desde luego, enormemente tenue; pero usted está dotado de cierta clarividencia, y aun cuando no es lo bastante denso para una visión normal, podrá distinguir algo.
Dijo algo más que no entendí. El hecho es que la atmósfera, que vibraba de manera especialmente fuerte en torno a su persona, me ofuscaba los sentidos. Por supuesto, era consecuencia de su intensa concentración mental y física, que impregnaba el campamento entero y a las personas que había en él, cosa que yo agradecía sinceramente, viendo estremecerse la tienda, y oyendo los golpes y restallidos de la tela. Porque también era protectora.
Detrás de la tienda de Sangree había un grupo de pinos; pero delante y a los lados, el terreno estaba relativamente despejado. Los faldones de la puerta estaban totalmente retirados y cualquier animal corriente habría salido sin la menor dificultad. El doctor Silence me indicó que me acercara a unos pasos, cuidando evidentemente de no traspasar cierto límite; luego se agachó, y me hizo seña de que hiciese lo mismo. Y mirando por encima del hombro, vi el interior iluminado débilmente por la luz espectral que reflejaba de la niebla, y una mancha borrosa sobre las ramas de bálsamo y las mantas que revelaba la presencia de Sangree; entretanto, sobre él, y alrededor de él, y encima y debajo de él, se agitaba una masa oscura de «algo» con cuatro patas, hocico puntiagudo y orejas afiladas claramente visibles sobre las paredes de la tienda, así como el destello ocasional de unos ojos llameantes y unos dientes blancos.
Contuve el aliento y me quedé totalmente quieto, interior y exteriormente, por miedo a que el animal se diese cuenta de mi presencia; pero la ansiedad que sentía se debía a algo mucho más hondo que el mero peligro personal, o que el hecho de encontrarme ante algo tan increíblemente activo y real. Tenía plena conciencia de la espantosa calamidad psíquica que suponía. Y el saber que Sangree estaba encerrado en el estrecho espacio de su tienda con esa especie de proyección monstruosa de sí mismo, sumido en un sueño cataléptico, ignorante de que ese ser le estaba usurpando su propia vida y energías, añadía un angustioso sesgo de horror a la escena. En ningún otro caso de John Silence —y había habido muchos, a menudo terribles—, un padecimiento psíquico me ha transmitido tan convincente impresión de la patética inestabilidad de la personalidad humana, de su naturaleza fluida, y de las alarmantes posibilidades de sus transformaciones.
—Vamos —susurró cuando ya llevábamos varios minutos observando los esfuerzos frenéticos por escapar del círculo de pensamiento y voluntad que le retenía prisionero—; alejémonos un poco, antes de soltarlo.
Retrocedimos una docena de yardas. Me parecía como una escena de una obra teatral imposible, o de una pesadilla espantosa y opresiva, de la que despertaría a continuación para encontrarme con las mantas todas alborotadas sobre el pecho.
Mediante algún procedimiento mental evidentemente, pero que yo no entendí debido a mi ofuscamiento y excitación, el doctor llevó a cabo lo que decía; y un minuto después le oí decir enérgicamente, en voz baja: «¡Ya está! ¡Ahora observe!».
En ese mismo instante, una súbita ráfaga procedente del mar barrió la niebla, abriendo un corredor hacia el cielo; y la luna, macilenta y preternatural como el efecto de las candilejas en un escenario, proyectó un resplandor momentáneo sobre la puerta de la tienda de Sangree, y vi que había salido algo de la oscuridad interior y se recortaba claramente definido en el umbral. Y en ese mismo momento, la tienda dejó de estremecerse y se quedó inmóvil.
Allí, en la entrada, había un animal, con el cuello y el hocico proyectado hacia adelante, asomando la cabeza a la oscuridad de la noche, con todo el cuerpo en suspenso, en esa actitud de suprema tensión que precede al salto a la libertad, al salto veloz del ataque. Parecía como del tamaño de un ternero, más flaco que un mastín, aunque con más corpulencia que un lobo; y puedo jurar que vi el pelo de su lomo notablemente erizado. A continuación alzó lentamente el labio superior, y vi la blancura de sus dientes.
Seguramente, ningún ser humano ha mirado nada jamás con tanta fijeza como yo en aquellos pocos minutos. Y cuanto más intensamente miraba, más clara parecía la sorprendente y monstruosa aparición. Porque, en última instancia, era Sangree… y no lo era. La cabeza y la cara eran de animal, y no obstante, era la cara de Sangree: era la cara de un lobo o un perro salvaje, y a la vez era su cara. Los ojos eran más agudos, más estrechos, más encendidos; sin embargo, eran sus ojos… sus ojos, que se habían animalizado; y los dientes eran más largos, más blancos, más afilados. Pero eran sus dientes; sus dientes, que se habían vuelto crueles. La expresión era encendida, terrible, exultante; sin embargo, era su expresión, llevada al límite del salvajismo: expresión que le había visto yo más de una vez, sólo que predominante ahora, totalmente libre de inhibiciones humanas, reflejo del ansia loca de un alma hambrienta y enojada. Era el alma de Sangree, del largamente reprimido y profundamente afectuoso Sangree, expresada en su simple e intenso deseo… un deseo totalmente puro y totalmente prodigioso.
Sin embargo, al mismo tiempo, me vino la sensación de que todo era ilusorio. De repente recordé los cambios extraordinarios que el rostro humano puede experimentar en la locura cíclica, cuando pasa de la melancolía a la euforia; y recordé el efecto del hachís, que confiere al semblante humano el aspecto del ave o el animal que más se asemeja a su carácter; y por un momento, atribuí esta mezcla de rostro de Sangree y de lobo a alguna clase de delirio similar de mis sentidos. ¡Estaba loco, alucinado, soñando! La excitación del día, esta luz vaga de las estrellas, y la niebla desconcertante se habían confabulado para engañarme. Algún embaucamiento de los sentidos me había sumido en esta falsedad. Todo era absurdo y fantástico, y pasaría.
Y entonces, atravesando este mar de confusión mental como tañidos de campana a través de la niebla, me llegó la voz de John Silence, y me devolvió la conciencia de que todo era real:
—¡Es Sangree… en su Doble!
Y cuando volví a mirar, más calmado, vi claramente que, en efecto, era la cara del canadiense, pero animalizada; si bien, mezclada con esa expresión brutal, había una mirada singularmente patética, como el alma que a veces vemos en los ojos anhelantes de un perro… la cara de un animal entreverada con vividas vetas de cara humana.
El doctor le llamó suavemente, en voz baja:
—¡Sangree! ¡Sangree, mi pobre criatura afligida! ¿No me conoces? ¿No te das cuenta de lo que estas haciendo con tu Cuerpo del Deseo?
Por primera vez desde su aparición, el animal se movió. Enderezó las orejas y desplazó el peso de su cuerpo a las patas traseras. Luego, alzando la cabeza y el hocico hacia el cielo, abrió las mandíbulas y dejó escapar un largo aullido lastimero.
Al oír elevarse al cielo ese aullido, se me cortó y estranguló la respiración en la garganta y sentí que el corazón me dejaba de latir. Porque, aunque el aullido era enteramente animal, al mismo tiempo era enteramente humano. Y más aún: era el grito que tantas veces había oído en los Estados del oeste de Norteamérica, donde los indios luchan todavía y cazan y se pelean… ¡Era el grito de un piel roja!
—¡La sangre india! —susurró John Silence, cuando me agarré a su brazo para apoyarme—; es el grito ancestral.
Y ese grito profundo, esa quebrantada voz humana, mezclada con el aullido salvaje de la bestia, me llegó derecho al corazón, donde llamó a la vida algo que ninguna música ni voz, apasionada o tierna, de hombre, de mujer o de niño, ha logrado despertar jamás siquiera un segundo, antes ni después. Su eco se propagó en la niebla, entre los árboles, y se perdió en el mar ahora invisible. Y una parte de mi ser —algo que era mucho más que el mero acto de escuchar— salió con él; y durante varios minutos perdí la conciencia de mi entorno, y me sentí totalmente absorbido en el dolor de un semejante.
Otra vez me devolvió a la realidad la voz de John Silence.
—¡Escuche! —dijo el voz alta—. ¡Escuche!
Su tono me galvanizó. Prestamos atención juntos.
Del otro extremo de la isla, resonando por encima de los árboles y los matorrales, nos llegó un grito parecido de respuesta. Agudo, aunque asombrosamente musical, estremeciendo el corazón con una dulzura singular que desafía toda descripción, lo oímos elevarse y decrecer en el aire de la noche.
—Ha sido al otro lado de la ensenada —exclamó el doctor Silence; pero esta vez en un tono que no rendía tributo a la cautela—. ¡Es Joan! ¡Le está contestando!
Otra vez se elevó y se apagó el grito prodigioso. Y en ese mismo instante, el animal bajó la cabeza y, con el hocico a ras del suelo, emprendió un cómodo medio galope, adentrándose en la bruma y perdiéndose de vista como un ser gaseoso y fantasmal.
El doctor corrió precipitadamente a la entrada de la tienda de Sangree; pegado a sus talones, me asomé yo también, y distinguí momentáneamente, tendido sobre las ramas, pero medio cubierto por la manta, el cuerpo arrugado y pequeño… la jaula de la que había escapado casi toda la vida, y no poca de la propia sustancia corpórea, a otra forma de vida y energía, el cuerpo de la pasión y el deseo.
Valiéndose de otro de esos rapidísimos e incalculables procesos, inaprehensibles para mí en esta etapa de mi aprendizaje, el doctor Silence volvió a cerrar el círculo alrededor de la tienda y el cuerpo.
—Ahora no puede volver hasta que yo se lo permita —dijo. Y a continuación echó a correr con todas sus fuerzas hacia el bosque, conmigo inmediatamente detrás. Yo tenía ya cierta experiencia sobre la capacidad de mi compañero para correr por un bosque espeso, y ahora tuve ocasión de comprobar su capacidad, también, para ver a oscuras. Porque, en cuanto salimos del claro donde estaban las tiendas, los árboles parecieron absorber todo vestigio de luz, y comprendí esa especial sensibilidad que se dice que desarrollan los ciegos… el sentido de los obstáculos.
Y mientras corríamos, oímos dos veces el aullido lúgubre, cada vez más cerca del grito de respuesta, en la punta de la isla adonde nos dirigíamos nosotros.
Y entonces, de repente, se aclararon los árboles, y salimos, acalorados y sin aliento, al extremo rocoso donde las lajas de granito se adentraban peladas en el mar. Fue como salir a la luz del día. Y allí, nítidamente recortada contra el mar y el cielo, estaba la figura de un ser humano. Era Joan.
Inmediatamente noté en su aspecto algo inusitado y singular; pero sólo cuando nos acercamos lo suficiente descubrí cuál era la causa. Porque mientras sus labios esbozaban una sonrisa que le iluminaba el rostro con una felicidad que nunca le había visto, sus ojos tenían una mirada persistente, perdida, como si fueran unos ojos inertes, de vidrio.
Hice ademán de avanzar, pero el doctor Silence me agarró inmediatamente, deteniéndome.
—No —exclamó—. ¡No la despierte!
—¿Qué quiere decir? —repliqué en voz alta, tratando de zafarme.
—Está dormida. Es sonambulismo. El shock podría causarle un daño irreparable.
Me volví y le miré a la cara con atención. Estaba absolutamente sereno. Empecé a comprender un poco más, al captar, supongo, algo de su poderoso pensamiento.
—¿Quiere decir que camina dormida?
Asintió.
—Ahora va al encuentro de él. Ha debido de estar atrayéndola desde el principio de manera irresistible.
—Pero ¿qué me dice de la tienda destrozada y la carne herida?
—Cuando no estaba lo bastante dormida para caer en el trance sonámbulo, él no la encontraba… Salía instintivamente con toda inocencia en busca de ella, con el resultado, naturalmente, de que ella despertaba y se asustaba terriblemente…
—Entonces, en el fondo de sus corazones ¿se amaban? —pregunté por fin.
John Silence esbozó su sonrisa increíble:
—Profundamente —contestó—; y con la sencillez con que pueden amarse unas almas primitivas. En cuanto se den cuenta de eso en estado vigil, cesarán estas excursiones nocturnas del Doble de él. Pero se curará, y descansará.
Apenas habían salido estas palabras de sus labios, oímos un susurro de ramas a nuestra izquierda; un instante después se abrió un espeso arbusto por donde estaba más oscuro, y surgió la figura veloz de un animal a todo galope. Apenas sonaron sus pisadas; pero en aquella quietud total oí su jadeo acelerado, y el ruido de las matas al rozarlas sus costados. Corrió derecho hacia Joan, y al aparecer él, la muchacha alzó la cabeza y se volvió a mirarle. Y en ese mismo instante, una canoa que había estado avanzando silenciosa, sin ser vista por la orilla interior de la ensenada, surgió de las sombras y se recortó sobre el agua con una silueta en el centro. Era Maloney.
Sólo más tarde me di cuenta de que no nos veía, dado que teníamos detrás el fondo oscuro de los árboles. La figura de Joan y el animal se distinguían con nitidez, pero no la del doctor Silence y la mía, que estábamos al otro lado. Maloney se puso de pie en la canoa, y extendió el brazo derecho. Vi brillarle algo en la mano.
—Apártate, Joan, o te daré a ti —gritó su voz, que vibró horriblemente a través de la profunda quietud; y en ese mismo instante se oyó el estampido de una pistola, con una explosión de llama y humo, y la figura del animal, con un salto tremendo en el aire, cayó en las sombras y desapareció como una forma de oscuridad y de niebla. Instantáneamente, también, Joan abrió los ojos, miró como ofuscada a su alrededor y, llevándose las manos al corazón, cayó con un grito agudo en mis brazos, dado que llegué a tiempo de cogerla.
Y en el otro lado de la ensenada sonó un grito de respuesta, débil, doliente, lastimero. Provenía de la tienda de Sangree.
—¡Estúpido! —gritó el doctor Silence—. ¡Le ha herido! —y antes de que pudiéramos dar un paso, ni comprender qué había pasado, Maloney se había vuelto a sentar en la canoa y había cruzado ya media ensenada.
Un insulto por el estilo me subió impetuoso a los labios, también —aunque no recuerdo las palabras exactas—, mientras maldecía al hombre por su desobediencia, y trataba de acomodar a la muchacha en el suelo. Pero el clérigo fue más práctico: la había cubierto con su chaqueta y le estaba rociando la cara.
—No es a Joan a la que he matado, de todos modos —le oí murmurar, cuando ella volvió a abrir los ojos y nos sonrió débilmente—. Juro que la bala ha dado en el blanco.
Joan le miró; aún estaba aturdida, desconcertada, y se imaginaba con el compañero de su trance. Todavía duraba en su cerebro y su espíritu la extraña lucidez del sonámbulo, aunque externamente parecía turbada y confusa.
—¿Adonde ha ido? Ha desaparecido de repente, gritando que estaba herido —preguntó, mirando a su padre como si no le reconociera—. Como le hayan hecho algo… me lo han hecho a mí también. Porque para mí es más que…
Sus palabras se volvieron borrosas mientras volvía lentamente a su estado normal, y calló del todo como si de pronto se diera cuenta de que la habían sorprendido contando secretos. Pero durante todo el trayecto de regreso, mientras la transportábamos con cuidado por entre los árboles, fue sonriendo y murmurando el nombre de Sangree, y preguntando si le habían hecho daño; hasta que finalmente comprendí que el alma salvaje del uno había llamado al alma salvaje del otro, y que en las profundidades secretas de sus seres, la llamada había sido oída y comprendida. John Silence tenía razón. En el fondo de su corazón, demasiado profundo al principio para reconocerlo, la muchacha le amaba, y le había amado desde el principio mismo. Una vez que su conciencia lúcida reconociera esa verdad, saltarían el uno al otro como dos llamas gemelas, y acabaría la anomalía de él: se cumpliría su intenso deseo, y quedaría curado.
El doctor Silence y yo permanecimos en la tienda de Sangree, velando el resto de la noche —de esa noche maravillosa y mágica que nos había mostrado tan singulares atisbos de un nuevo cielo y un nuevo infierno—; porque el canadiense se debatía en su lecho de ramas de bálsamo, con fiebre alta en la sangre; en ambas mejillas mostraba una extraña contusión oscura que le latía de dolor, aunque no tenía la piel dañada, ni se le veía rastro alguno de sangre.
—Maloney le ha dado, como ve —me susurró el doctor Silence cuando el clérigo se hubo retirado a su tienda después de acostar a Joan junto a su madre, la cual, a todo esto, no se había despertado ni una sola vez—. La bala le ha debido de atravesar la cara, porque tiene una mancha en las dos mejillas. Llevará esas marcas toda la vida… Se le reducirán, pero no le desaparecerán. Son las cicatrices más raras del mundo, las transferidas por repercusión del Doble herido. Permanecerán visibles hasta poco antes de morir; entonces, al abandonarle el cuerpo sutil, le desaparecerán definitivamente.
Sus palabras se mezclaban en mi mente confusa con los suspiros del inquieto durmiente y los silbidos del viento alrededor de la tienda. Nada parecía embotar tanto mi capacidad de comprensión como estas dos manchas de misteriosa significación en el rostro que tenía ante mí.
Era extraño, también, con qué rapidez y facilidad reasumió el campamento el sueño y el descanso, como si de repente hubiese caído el telón sobre la escena y la hubiera ocultado. Y nada contribuía tanto a intensificar la sensación de que acababa de presenciar una especie de drama visionario, como el dramático cambio de actitud de la muchacha.
Aunque en realidad no había sido tan repentino y revolucionario como parecía. Por debajo —en esas regiones oscuras de la conciencia donde las emociones maduran en secreto sin que el sujeto se entere, y deben, por tanto, su súbita revelación a un clímax psicológico repentino—, no cabe duda de que el amor de Joan al canadiense había ido aumentando de manera constante e irresistible durante todo el tiempo. Ahora había aflorado a la superficie, y ella lo había reconocido: eso era todo.
Y siempre me ha parecido que la presencia de John Silence, tan poderosa, tan serenamente eficaz, hizo el efecto, si puede decirse así, de un invernadero psíquico, acelerando de manera incalculable la unión de estos dos amantes «salvajes». En ese súbito despertar se había producido el clímax psicológico necesario para revelar la emoción apasionada acumulada debajo. La conciencia más profunda había dado el salto, trasladándose a la conciencia ordinaria de ella; y en ese shock, la colisión de las personalidades les había hecho estremecer hasta lo más hondo y había mostrado a Joan la verdad, más allá de toda posibilidad de duda.
—Ahora duerme tranquilo —dijo el doctor, interrumpiendo mis reflexiones—. Quédese un poco con él, mientras voy a la tienda de Maloney, a ayudarle a ordenar sus pensamientos —sonrió ante la idea de esta «ordenación»—. Nunca entenderá cómo una herida infligida al Doble puede transferirse al cuerpo físico; pero, en cambio, podré convencerle de que cuanto menos hable y «explique» mañana, más pronto volverán las fuerzas a recobrar su curso natural ahora, y volverá la paz y la tranquilidad.
Se fue calladamente; y al ausentarse su persona, Sangree, que dormía profundamente, se dio la vuelta y gimió de dolor, a causa de su cabeza rota.
Y fue en esa hora callada que precede al amanecer, cuando todas las islas estaban mudas, y el viento y el mar dormidos aún, y las estrellas eran visibles a través de las brumas cada vez menos consistentes, cuando apareció una figura sigilosa por la loma y se acercó a la puerta de la tienda en la que estaba yo adormilado junto al sufriente, antes de que me diese cuenta de su presencia. Se levantó cautelosamente, unas pulgadas, el faldón de la puerta, y apareció… Joan.
En ese mismo instante, se despertó Sangree y se incorporó en su lecho de ramas. La reconoció antes de que yo pudiese decir una palabra, y profirió un grito contenido. Fue una mezcla de dolor y alegría; y esta vez completamente humano. Y la muchacha no caminaba ya en sueños, sino que se daba perfecta cuenta de lo que hacía. Apenas pude impedir que saltase Sangree de sus mantas.
—¡Joan! ¡Joan! —gritó.
Y ella le contestó al instante:
—Estoy aquí… Ahora estaré contigo siempre —y entró en la tienda empujándome, y se arrojó sobre su pecho.
—Sabía que vendrías a mí, al final —le oí susurrar.
—Era demasiado para mí comprender, al principio —murmuró ella—. Y durante mucho tiempo, he tenido miedo…
—¡Pero ahora no! —exclamó él, elevando la voz—; ahora no tienes miedo de… de nada de cuanto hay en mí…
—No temo nada —exclamó ella—; ¡nada, nada!
La llevé afuera otra vez. Joan me miró fijamente a la cara, con los ojos brillantes y todo su ser transformado. En cierta manera intuitiva, que probablemente le duraba aún de su sonambulismo, sabía o adivinaba cuanto sabía yo.
—Mañana debes hablar con John Silence —dije con suavidad, conduciéndola a su propia tienda—. Él lo comprende todo.
La dejé en la puerta, y cuando volvía en silencio para ocupar otra vez mi puesto de centinela junto al canadiense, vi las primeras franjas de luz matinal en el borde del mar, detrás de las islas distantes.
Y como para subrayar la eterna proximidad que existe entre la comedia y la tragedia, dos pequeños detalles destacaron en la escena, y me impresionaron tan vividamente que todavía los recuerdo hoy. Porque de la tienda en la que acababa de dejar a Joan, temblorosa de su nueva felicidad, me llegaron claramente los ronquidos grotescos del Segundo Contramaestre, ajena a todas las cosas del cielo y del infierno; y de la tienda de Maloney —hacia donde miré, y vi el resplandor del farol—, me llegó, a través de los árboles, las monótonas subidas y bajadas de voz de un hombre que, sin duda alguna, estaba rezando a su Dios.