HUGHES, EL HOMBRE-LOBO

I

EN los confines de ese vasto bosque que antiguamente ocupaba gran parte del condado de Kent, vestigio de lo que hasta hoy se conoce como el Weald[19] de Kent, y donde extendía su casi impenetrable espesura a mitad de camino entre Ashford y Canterbury durante el largo reinado de nuestro segundo Enrique, una familia de ascendencia normanda llamada Hugues (o los Loberos, como les apodaron los habitantes sajones de la región) había construido furtivamente, al amparo de la antigua legislación de los bosques, una cabaña solitaria y miserable. Y en medio de estas fortalezas selváticas, siguiendo al parecer la ocupación de leñadores, los desdichados proscritos —pues tal cosa eran, evidentemente, por una u otra razón— llevaron una existencia apartada y precaria. Y ya fuera por la arraigada antipatía que aún subsistía hacia toda la nación usurpadora de la que eran originarios, o por una injusta actitud mantenida por sus supersticiosos vecinos anglosajones, el caso es que durante mucho tiempo fueron considerados como pertenecientes a la raza maldita de los hombres-lobo, y como tales, se les negó mezquinamente cualquier trabajo en los dominios de los franklins o propietarios de tierra, tan acreditada estaba la transmisión del original estigma de licantropía de padres a hijos a lo largo de generaciones. No es extraño, pues, que los Hugues, los Loberos, no contaran con un solo amigo entre las casas vecinas de siervos o libertos, teniendo como tenían tan poco envidiable reputación. Porque invariablemente se les atribuía incluso desgracias que sólo parecían deberse al azar. ¿Destruía el fuego una granja a medianoche; se derrumbaba un granero podrido, demasiado repleto por la abundante cosecha; abatía una tormenta los campos de trigo; destruía el añublo todo el cereal; o moría el ganado, diezmado por una epizootia; perecía un niño a causa de una enfermedad devastadora; o tenía una mujer un parto prematuro? Era a los Loberos Hugues a los que acusaban públicamente, miraban de reojo y señalaban entre despiadadas execraciones. En fin, se les atribuía casi tan ferae natura como a su legendario prototipo y eran tratados de acuerdo con eso.

Terribles eran, en verdad, las historias que de ellos se contaban alrededor del fuego, al anochecer, mientras se hilaba el lino o se desplumaba el ganso; y las que se contaban en día claro, mientras llevaban las vacas a pastar, y cuyos detalles discutían los domingos, entre la misa y las vísperas, los grupos de comadres que se congregaban en el atrio de Ashford, con muy oportuna mezcla de anatemas y santiguamientos. La brujería, el robo, el homicidio y el sacrilegio constituían los rasgos sobresalientes de las sangrientas y misteriosas proezas de las que se tenía a los Loberos Hugues como supuestos protagonistas: y unas veces se las adjudicaban al padre, otras a la madre, y ni siquiera la hermana se libraba de su parte de difamación. De buen grado le habrían atribuido una predisposición atroz al niño de pecho; ¡tan grande, tan universal era el horror en que tenían a esta raza de Caín! El cementerio de Ashford y la cruz de piedra de donde divergían los varios caminos que iban a Londres, a Canterbury y a Ashford, situada a mitad del trayecto entre las dos últimas ciudades, eran, según reconocía la tradición, escenarios nocturnos de las impías fechorías de los Loberos, que los frecuentaban a la luz de la luna, se decía, para saciarse en los muertos recién enterrados, o chuparle la sangre a cualquier vivo lo bastante imprudente como para arriesgarse a pasar por allí. Era cierto que, en algún invierno especialmente crudo, habían salido los lobos de sus guaridas y, entrando en el cementerio por una brecha de la tapia, acuciados por el hambre, habían llegado a desenterrar algún muerto; era cierto, también, que la Cruz del Lobo, como la llamaban los gañanes, se había manchado de sangre en una ocasión, cuando se cayó un vagabundo borracho y se partió la cabeza de manera fortuita en el borde del basamento. Pero estos accidentes, y muchos otros, fueron atribuidos a la culpable intervención de los Loberos, bajo la forma demoníaca de hombres lobos.

Por lo demás, esta pobre gente no se molestaba en defenderse de acusaciones tan monstruosas; bien enterados de la calumnia de que eran víctimas, pero igualmente conscientes de su impotencia para desmentirla, soportaban en silencio su imposición, y huían de todo contacto con aquellos a cuyos ojos se sabían repulsivos. Evitando los caminos reales, y sin atreverse a cruzar el pueblo de Ashford de día, se dedicaban a trabajos que podían hacer en casa o en lugares poco frecuentados. No asomaban por el mercado de Canterbury, jamás se contaban entre los peregrinos a la famosa tumba de Becket, ni asistían a ningún deporte, diversión, siega de heno o recolección: el sacerdote les había prohibido toda comunión con la iglesia… y los taberneros entrar en sus locales.

La humilde cabaña que habitaban estaba hecha de adobe, con una techumbre de paja en la que los vientos habían abierto enormes desgarrones, y una puerta podrida que exhibía anchas rendijas a través de las cuales entraban las ráfagas con entera libertad. Como esta morada miserable estaba apartada del resto de las casas, si por casualidad alguno de los siervos vecinos pasaba extraviado por allí hacia el anochecer, sus crédulos temores le hacían evitarla en cuanto veía que los vapores del pantano mezclaban sus hebras espectrales con el crepúsculo, y que avanzaba esa hora dudosa que explica el sentido diabólico del antiguo proverbio: «Entre el perro y el lobo, entre el halcón y el águila ratonera», hora en que los fuegos fatuos empezaban a surgir en torno a la morada de los Loberos, que cenaban patriarcalmente —cuando tenían qué cenar— y después se retiraban a dormir.

La miseria, la pobreza y las pútridas emanaciones del cáñamo mojado con el que confeccionaban su tosca y escasa indumentaria se combinaron, finalmente, para traer la enfermedad y la muerte al seno de esta familia desdichada que, en el último grado de su extremidad, no podía esperar compasión ni socorro. El padre fue el primero en sucumbir; y aún no se había enfriado su cadáver cuando exhaló la madre su último suspiro. Así pasó a rendir cuentas esta malhadada familia, sin el alivio y el consuelo del confesor y sin los medicamentos del físico. Hugues el Lobero, el hijo mayor, cavó la fosa, depositó en ella sus cuerpos vendados con tiras de cáñamo a modo de mortaja, y amontonó un caballón de tierra para señalar el lugar de su último reposo. Un patán que le vio casualmente cumplir este piadoso deber en la oscuridad del anochecer, se santiguó, y echó a correr todo lo deprisa que podían llevarle sus piernas, convencido de que había presenciado alguna ceremonia infernal. Cuando se conoció el verdadero motivo, las comadres del pueblo se felicitaron de esta doble muerte, que tuvieron por un tardío castigo del cielo, y hablaron de mandar repicar las campanas y decir misas en acción de gracias por tan venturoso suceso.

Era víspera del Día de Difuntos, y el viento aullaba por la ladera desolada y silbaba lastimero en las ramas peladas de los árboles, cuyas últimas hojas habían perdido hacía tiempo; no había sol: una niebla espesa y fría se extendía en el aire como el velo enlutado de la viuda cuyo día de amor ha huido prematuramente. Ni una estrella brillaba en el cielo callado y oscuro. En esa cabaña solitaria, por la que acababa de pasar la muerte, los huérfanos permanecían en vela al resplandor fluctuante que proyectaban los leños del hogar. Habían transcurrido varios días desde que sus labios besaran por última vez las manos frías de sus padres; lúgubres noches, desde la triste hora en que su adiós eterno les dejó desconsolados en el mundo.

¡Pobres almas solitarias! Los dos, además, en la flor de su juventud. ¡Cuán tristes, pero cuán serenos parecían en medio de su aflicción! Pero ¿qué terror súbito y misterioso es el que parece apoderarse de ellos? No es la primera vez, desde que se quedaron solos en el mundo, que se hallan a estas horas de la noche junto a su hogar desierto, en otro tiempo animado por los alegres cuentos de su madre. Muchísimas veces han llorado juntos su memoria, pero jamás habían sentido tan sobrecogedora su soledad. Y, pálidos como espectros, se miraron temblando, mientras el inquieto resplandor de las llamas jugaba en el semblante de los dos.

—¡Hermano! ¿has oído ese grito, repetido por el eco del bosque? Es como si el suelo retemblase bajo las pisadas de un fantasma gigantesco, cuyo aliento agitara la puerta de nuestra cabaña. Dicen que el aliento de los muertos es frío como el hielo. Una tiritona mortal se ha apoderado de mí.

—Hermana, a mí también me ha parecido oír como voces a lo lejos que murmuraban palabras extrañas. No tiembles así… ¿no ves que estoy a tu lado?

—¡Ay, hermano! Recemos a la Santísima Virgen para que no deje que los difuntos visiten nuestra casa.

—Quizá está con ellos nuestra madre: viene inconfesa, sin mortaja, a visitar a sus hijos desamparados. ¡A su progenie bienamada! Porque estamos en la víspera del día en que los difuntos abandonan la tumba. Así que abramos la puerta, que pueda entrar nuestra madre y ocupar el sitio que solía junto a la piedra del hogar.

—¡Ay, hermano, qué oscuro está todo ahí fuera! ¡Qué húmedas y frías las ráfagas de aire que entran! ¿Oyes los gemidos de los muertos alrededor de nuestra cabaña? ¡Cierra la puerta, por el amor del cielo!

—Ten valor, hermana: he echado al fuego ese ramo bendecido que cogí en flor el Domingo de Ramos, que como sabes, ahuyentará a los malos espíritus, y podrá entrar sola nuestra madre.

—Pero ¿qué aspecto tendrá, hermano? Dicen que los muertos son horribles de ver, que se les ha desprendido el cabello, que se les han vaciado los ojos y que, al andar, sus huesos tabletean de manera espantosa. ¿Será así nuestra madre?

—No; vendrá con el rostro que tanto nos gustaba contemplar; con la sonrisa afectuosa con que nos recibía al volver de nuestro trabajo fatigoso; con la voz con que nos llamaba en nuestra tierna juventud cuando, al retrasarnos, nos sorprendía la noche lejos de casa.

La pobre muchacha se ocupó durante un rato en disponer unos platos de frugal comida en la tabla inestable que les servía de mesa; y esta ofrenda piadosa de amor filial, como ella la diputó, pareció ejecutada por el último y más grande esfuerzo: tanto se le había debilitado el cuerpo.

—Que entre, entonces, nuestra madre queridísima —exclamó, dejándose caer exhausta en su asiento—. Le he preparado su cena para que no se enfade conmigo, y todo está dispuesto como a ella le gustaba. Pero ¿qué te aflige, hermano? Porque veo que ahora tiemblas como temblaba yo hace un momento.

—¿No ves, hermana, esas luces pálidas que se alzan a lo lejos, al otro lado del pantano? Son los difuntos, que vienen a sentarse ante la cena dispuesta para ellos. ¡Escucha los tañidos fúnebres de las campanas de Todos los Santos[20] que trae el viento mezclados con sus voces cavernosas! ¡Escucha, escucha!

—Hermano, este horror se me hace insoportable. Siento, verdaderamente, que va a ser mi última noche en este mundo. ¿No vendrá una palabra de esperanza que me reconforte, mezclada con esos rumores espantosos? ¡Oh, madre, madre!

—¡Calla, hermana, calla! ¿No ves ahora las luces espectrales que anuncian a los muertos iluminando el horizonte? ¡Ahí llegan! ¡Ahí llegan!

—¡Descansen eternamente sus cenizas! —exclamaron los deconsolados hermanos, cayendo de rodillas e inclinando la cabeza en la extremidad de la congoja y el terror; y tras pronunciar estas palabras, se cerró la puerta con violencia, como empujada por una mano vigorosa. Hugues se levantó de un salto, porque el crujido de la viga que soportaba la techumbre parecía anunciar el derrumbamiento de la endeble morada; se apagó el fuego de repente, y un gemido quejumbroso se mezcló con los silbidos del viento en las rendijas de la puerta. Al levantar a su hermana, Hugues descubrió que tampoco ella estaba ya entre los vivos.

II

Hugues, que se había convertido en cabeza de su familia, formada por dos hermanas más jóvenes que él, las vio bajar a la tumba en el corto espacio de dos semanas y, cuando hubo depositado a la última en la tierra de sus padres, pensó si no era preferible estar al lado de todos ellos y compartir su sueño imperturbable. No era con lágrimas y sollozos como se manifestaba una aflicción tan honda como la suya, sino con muda y hosca meditación sobre la tumba de su familia y su propia felicidad futura. Durante tres noches seguidas estuvo yendo, pálido y ojeroso, a arrodillarse y postrarse, alternativamente, en el suelo fúnebre. Y durante tres días no pasó alimento alguno por sus labios.

El invierno había interrumpido los trabajos en el bosque y Hugues había ido en vano a las fincas vecinas a pedir unos jornales en la trilla, el corte de leña o el arado. Nadie quiso emplearle por temor a atraer sobre sí la fatalidad ligada a cuantos llevaban el apodo de Lobero. En todas partes recibió brutales negativas; y no sólo acompañaron éstas de burlas y amenazas, sino que le soltaron los perros que le desgarraron las piernas. Incluso le negaron la limosna que se da a los mendigos de profesión; en suma, se encontró hundido en el abatimiento a causa de las heridas y las afrentas.

¿Iba a morir de inanición, entonces, o a dejarse empujar al suicidio por las torturas del hambre? Habría optado por esa salida, como último y único consuelo, de no haberle sostenido frente al mundo, en lucha con su destino tenebroso, un sentimiento de amor. Sí: este ser abyecto, forzado con desesperación —en contra de lo que le dictaba su lado bueno— a odiar a la especie humana en abstracto y a sentir un gozo salvaje en declararle la guerra, este paria que apenas confiaba ya en un cielo que parecía testigo insensible de sus sufrimientos, este hombre tan falto de esas relaciones sociales que nos compensan del trabajo y las penalidades de la vida, sin otro apoyo que el que le proporcionaba su propia conciencia, sin otro legado que la amarga existencia y muerte miserable de su familia desaparecida, consumido hasta los huesos por las privaciones y el sufrimiento, lleno de rabia y resentimiento, decidió sin embargo vivir: agarrarse a la vida. Porque, cosa extraña, ¡amaba! De no haber sido por ese rayo de luz con que el cielo iluminó su sendero de espinas, habría cambiado contento esta peregrinación solitaria y fatigosa por el sueño apacible de la tumba.

Hugues el Lobero habría podido ser el joven más apuesto de esa parte de Kent si las adversidades con las que había tenido que luchar de manera incesante, y las privaciones que había tenido que soportar, no le hubieran borrado el color de las mejillas y hundido los ojos en sus órbitas: sus cejas estaban constantemente contraídas y su mirada era torva y feroz. Sin embargo, pese a esa mezcla de angustia y temeridad que nublaba su semblante, una joven que no creía en sus atrocidades, admiraba la hermosura salvaje de su cabeza, hecha con el molde más noble de la naturaleza, coronada de profuso y ondulado cabello, y erguida sobre unos hombros cuyas robustas y armoniosas proporciones se adivinaban a través de los andrajos que los cubrían. Su ademán era firme y majestuoso, sus movimientos no carecían de una especie de gracia rústica, y el tono naturalmente suave de su voz se conjugaba admirablemente con la pureza con que hablaba su lengua ancestral, el franco-normando. En resumen, se diferenciaba a tal punto de la gente de la condición que le imputaban que uno se sentía inclinado a creer que en esa maliciosa persecución de que le hacían objeto no debieron de estar ausentes, al principio, los celos o los prejuicios. Sólo las mujeres se atrevían a compadecerse de su estado de abandono, y trataban de verle bajo una luz más favorable.

Branda, la sobrina de Willieblud, el carnicero de Ashford, junto con otras muchachas del pueblo, había mirado a Hugues con ojos nada desfavorables al pasar casualmente a caballo, un día, por un bosquecillo cercano al pueblo en el que él entró persiguiendo un jabalí, animal que, por la naturaleza de la región, era difícil de cazar sin ayuda. Las malvadas falsedades que las viejas arpías murmuraban de continuo en sus oídos no menoscababan en absoluto la ventajosa opinión que había concebido de este maltratado y apuesto hombre-lobo. A veces llegaba incluso a desviarse bastante de su camino a fin de cruzarse con él e intercambiar un cordial saludo: porque Hugues, al darse cuenta de la atención de que ahora se había vuelto objeto, había cobrado ánimos a su vez para observar con más interés a la preciosa Branda; y el resultado fue que la encontró tan graciosa y rolliza como no habían visto otra sus tímidos ojos en sus hasta ahora limitados vagabundeos fuera del bosque. Su gratitud aumentó proporcionalmente; y en el momento en que le sobrevinieron, una tras otra, las pérdidas de sus hermanas, se encontraba realmente en vísperas de confesarle a Branda, en la primera ocasión que se presentase, el amor que sentía por ella.

Era pleno invierno —Navidades—: hacía rato que se había apagado el lejano toque de queda, y todos los vecinos de Ashford se habían recogido en la seguridad de sus casas. Hugues, solo, inmóvil, callado, con la frente entre las manos, la mirada sombríamente fija en los tizones medio consumidos que brillaban en la chimenea, no oía el viento cortante del norte, cuyas ráfagas sacudían la techumbre destartalada y silbaban a través de las rajas de la puerta; no le inmutaban los gritos discordantes de las garzas peleando por una presa en el pantano, ni el lúgubre graznido de los cuervos posados en lo alto de su chimenea. Pensó en su familia fallecida, e imaginó que estaba cerca la hora de reunirse con ella: porque el intenso frío le helaba el tuétano de los huesos y un hambre feroz le roía y retorcía las entrañas. Sin embargo, a intervalos, el recuerdo de su amor incipiente por Branda apaciguaba su en otro momento insoportable angustia, y hacía que una débil sonrisa brillase en su rostro macilento.

—¡Virgen Santísima! ¡Haz que acaben pronto mis sufrimientos! —murmuró desesperado—. ¡Ojalá fuera hombre-lobo, como ellos me llaman! Entonces podría desquitarme del daño que me han hecho. Es verdad que no sería capaz de alimentarme de su carne; ni de derramar sangre suya; pero podría aterrar y atormentar a los que han labrado la muerte de mis padres y mis hermanas… ¡a los que han perseguido a nuestra familia hasta el exterminio! ¿Por qué no tendré el poder de cambiar mi naturaleza en la de lobo, si mis antepasados la poseyeron de verdad, como dicen? Al menos podría encontrar carroña que devorar[21], y no moriría de esta horrible manera. ¡Branda es el único ser en este mundo al que le importo; y ésa es la única convicción que me reconcilia con la vida!

Hugues dio rienda suelta a estas melancólicas reflexiones. Las avivadas ascuas emitieron ahora un resplandor débil y vacilante que luchó con desmayo con las sombras de alrededor, y Hugues sintió que se apoderaba de él el horror a la oscuridad; sacudido por un escalofrío un instante, turbado al siguiente por una aceleración del pulso de sus venas, se levantó a por más leña, y arrojó al fuego un montón de ramas, brezo y paja, que no tardó en levantar luminosas y crepitantes llamas. Se le había acabado la provisión de leña; y buscando con qué abastecer el fuego, al registrar debajo del horno rudimentario, descubrió, entre un sinfín de trastos de hacer pan guardados allí por su madre, mangos de herramienta, taburetes rotos y platos rajados, un cofre, toscamente forrado de piel curtida, que Hugues no había visto nunca. Y abalanzándose sobre él como si hubiese descubierto un tesoro, rompió la tapa, fuertemente asegurada con una cuerda.

El cofre, que evidentemente había permanecido mucho tiempo sin abrir, contenía un disfraz completo de hombre-lobo: una piel de oveja teñida, guantes en forma de garra, una cola, y una máscara con hocico alargado y provista de dos formidables filas de amarillos dientes de caballo.

Hugues retrocedió aterrado ante tal descubrimiento… Tan oportuno era que le parecía cosa de brujería. Luego, recobrándose de su sorpresa, sacó una a una las diversas partes de esta extraña indumentaria que sin duda había prestado algún servicio y que, debido al largo abandono, se hallaba algo estropeada. A continuación le pasaron por la cabeza las maravillosas historias que su abuelo le había contado mientras le mecía sobre sus rodillas, en su niñez: historias durante cuya narración su madre había llorado en silencio, y él había reído con gana. En su espíritu se entabló una especie de lucha de sentimientos y propósitos indefinibles. Prosiguió su mudo examen de esta herencia criminal y poco a poco su imaginación empezó a sentirse confusa ante vagos y extravagantes proyectos.

El hambre y la desesperación le acuciaban a la vez; no veía ya nada sino a través de un prisma sangriento: notaba sus mismos dientes deseosos de morder; sentía unas ansias indecibles de correr: se puso a aullar como si hubiese practicado toda su vida la licantropía, y empezó a vestirse con el disfraz y los atributos de su nueva vocación. De haber sido esta grotesca metamorfosis verdadera consecuencia de un encantamiento, no se habría operado en él un cambio más asombroso, ayudado, además, por una fiebre que dio lugar a un enajenamiento temporal de su cerebro extraviado.

No bien se encontró convertido en hombre-lobo en virtud de este atuendo, abandonó la cabaña como una exhalación, cruzó el bosque, y salió al campo, blanco de escarcha y barrido por el frío viento del norte, aullando horriblemente y atravesando prados, barbechos y charcas como una sombra. Pero, a esa hora, y en esa época del año, no había ni un caminante rezagado que pudiera cruzarse con Hugues, a quien el rigor del viento y la excitación de la carrera le habían exaltado al más alto grado de extravagancia y audacia. Ahora aullaba cada vez más, a medida que le aumentaba el hambre.

De repente, le llamó la atención el ruido pesado de un carruaje que se acercaba; al principio con indecisión, luego con estúpida fijeza, se debatió entre dos opciones que le aconsejaban al mismo tiempo huir y avanzar. El carro, o lo que fuese, seguía rodando hacia él; la noche no era demasiado oscura, sino que le permitía distinguir el campanario de la iglesia de Ashford a poca distancia y, al lado, un montón de piedras sin tallar, destinadas a la obra de alguna reparación o ampliación del sagrado edificio, a cuya sombra corrió a esconderse, y esperar así la llegada de su presa.

Resultó ser el carro cubierto de Willieblud, el carnicero de Ashford, que solía ir a vender carne a Canterbury dos veces por semana, y viajaba de noche para poder estar entre los primeros a la hora de abrir el mercado. Hugues estaba perfectamente enterado de esto, y la partida del carnicero le hizo caer en la cuenta de que su sobrina se quedaba sola en la casa, ya que hacía tiempo que nuestro robusto carnicero se había quedado viudo. Hugues vaciló un instante entre introducirse en su casa, dado que se le presentaba tan favorable ocasión, o atacar al tío y apoderarse de sus viandas. Esta vez prevaleció el hambre sobre el amor, y al advertirle el silbido monótono con que el conductor solía acuciar a su melancólico jamelgo, emitió un aullido lastimero y, saliendo de repente, agarró al caballo por el bocado.

—Willieblud, carnicero —dijo disimulando la voz y hablándole en la lingua franca de la época—; tengo hambre; arrójame dos libras de carne y me salvarás la vida.

—¡San Wifredo me asista! —exclamó el carnicero aterrado—; ¿eres tú, Hugues el Lobero, de los pantanos del Weald, hombre-lobo de nacimiento?

—Así es: yo soy —replicó Hugues, que tenía habilidad para aprovecharse de la crédula superstición de Willieblud—; prefiero carne de la que vendes a comerme la tuya, por gordo que estés. Arrójame lo que te pido, y no olvides traer preparado un trozo igual cada vez que salgas para el mercado de Canterbury. Si no lo haces así, te arrancaré los miembros uno a uno.

A fin de mostrar sus atributos de hombre-lobo ante la mirada del estupefacto carnicero, Hugues se había encaramado a los radios de la rueda, y había puesto una zarpa en el borde del carro, haciendo como si olfatease con el hocico. En cuanto vio esta zarpa monstruosa, Willieblud, que creía en los hombres-lobo con la misma sinceridad que en su santo patrón, profirió una ferviente invocación a este último, agarró la pieza más exquisita de carne, la tiró al suelo y, mientras Hugues saltaba abajo a cogerla, descargó un violento latigazo en el flanco de la bestia, y ésta salió al galope sin esperar a que le repitiesen la invitación.

Hugues se quedó tan satisfecho con una comida que le había costado menos procurársela que ninguna de cuantas recordaba, que se prometió al punto repetir el procedimiento, dado que su práctica le resultaba a la vez fácil y divertida. Porque aunque estaba colado por los encantos de la rubia Branda, no dejaba de encontrar un placer malicioso en aumentar el terror de su tío Willieblud. Y éste, durante mucho tiempo, no reveló a ser viviente alguno la historia de su terrible encuentro y extraño pacto, que variaba según las circunstancias, acatando sin rechistar su impuesto exigido cada vez que el hombre-lobo se presentaba ante él, sin escatimar el peso ni la calidad de la carne. Ya no esperaba siquiera a que se la pidiese: estaba dispuesto a lo que fuera con tal de evitar la visión de aquella figura demoníaca agarrada al costado de su carro, o propiciar tan inmediato contacto con aquella zarpa espantosa y deforme, extendida como si fuera a estrangularle; zarpa, además, que en otro tiempo había sido mano humana. Últimamente, el carnicero se había vuelto callado y meditabundo; acudía al mercado de mala gana, parecía entrarle miedo cuando se acercaba la hora de partir, y ya no se entretenía de noche, durante el regreso, silbando a su caballo o cantando trozos de cancioncillas, como solía hacer antes: ahora volvía siempre desasosegado y deprimido.

Branda, que no imaginaba cuál era la causa de esta nueva y permanente depresión que se había apoderado del espíritu de su tío, procedió, tras mil conjeturas, a importunarle y a suplicarle alternativamente, hasta que el desventurado carnicero, no pudiendo resistir más tanta insistencia, se descargó finalmente del peso que le agobiaba el corazón contándole su aventura con el hombre-lobo.

Branda escuchó la historia sin interrumpirle ni hacer ningún comentario; pero a su conclusión:

—Hughes es tan hombre-lobo como tú o como yo —exclamó, ofendida de que se abrigase tan injusta sospecha de alguien por quien desde hacía tiempo sentía algo más que interés—. O es un puro cuento, o una estratagema; me temo que has soñado esas brujerías, tío Willieblud; porque Hugues de Wealmarsh, o el Lobero, como le llaman los estúpidos, vale mucho más, creo, de lo que le supone su reputación.

—Muchacha, de nada sirve que me digas que no en este asunto —replicó Willieblud, insistiendo pertinazmente en la veracidad de su historia—; los Hugues, como sabe todo el mundo, han sido hombres-lobo de nacimiento; y dado que por misericordia del cielo están hoy todos muertos menos uno, Hugues hereda ahora la zarpa del lobo.

—Te digo, y afirmo públicamente, tío, que Hugues es una persona demasiado amable y decente para servir a Satanás y convertirse en bestia salvaje, y que no lo creeré hasta que lo vean mis ojos.

—Maldita sea, tú misma lo vas a comprobar sin tardanza, si quieres acompañarme. La verdad es que fue él, además, quien me confesó su nombre, porque yo no reconocí su voz. Y no se me va de la cabeza esa zarpa artera que me pone en el varal mientras sujeta al caballo. Muchacha, ése tiene alianza con el enemigo de Dios.

Hasta cierto punto, Branda había aceptado la superstición en abstracto como su tío, salvo en lo que tocaba a esta persona, que ella consideraba difamada, y en la que, como por una perversidad femenina, tan extrañamente había puesto su afecto. Y pesó menos su curiosidad de mujer en su resolución de acompañar al carnicero en su siguiente viaje, que el deseo de exculpar a su amado, convencida de que la extraña historia de su encuentro con su tío, y el expolio infligido a éste, eran efecto de alguna ilusión; y su único temor, al subir al tosco carruaje cargado de viandas sanguinolentas, era descubrirle culpable.

Era justo medianoche cuando salieron de Ashford, hora preferida tanto por los hombres-lobo como por los espectros de todo género. Hugues estuvo puntual en el lugar designado; sus aullidos, cuando se acercaban, aunque bastante horribles, tenían sin embargo algo de humanos, y desconcertaron no poco las dudas de Branda. Willieblud, empero, temblaba incluso más que ella, y buscó la ración del lobo; éste, en cuanto el carro se detuvo junto al montón de piedras, se levantó sobre sus patas traseras y extendió una de sus zarpas para recibir su pitanza.

—Tío, voy a desmayarme de miedo —exclamó Branda, agarrándose al carnicero y echándose a los ojos el pañuelo de la cabeza—; afloja las riendas y dale al animal o estamos perdidos.

—No vienes solo, bocazas —exclamó Hugues, temiendo un trampa—; como intentes alguna jugada, sabrás lo que es bueno.

—No nos hagas daño, amigo Hugues; sabes bien que no peso nunca la libra de carne que te doy; procuraré mantener mi palabra. Es Branda, mi sobrina, que esta noche viene conmigo a Canterbury, a comprar mercaderías.

—¿Branda contigo? ¡Por todos los diablos: es ella, más rolliza y sonrosada que nunca! Ven, preciosa, baja un momento que pueda hablar contigo.

—Te suplico, buen Hugues, que no asustes cruelmente a mi pobre muchacha, que casi muerta está ya de miedo. Deja que sigamos nuestro camino, porque tenemos que ir lejos y mañana temprano es día de mercado.

—Sigue entonces tú solo, tío Willieblud; es con tu sobrina con quien quiero hablar, con toda cortesía y honor, y como no accedas a ello con presteza, y de buen grado, os voy a despedazar a los dos.

En vano se deshizo Willieblud en súplicas y lamentaciones con la esperanza de ablandar al sanguinario hombre-lobo, como creía que era, porque éste rechazó toda suerte de ofertas para evitar su petición, y replicó finalmente con unas amenazas tan horribles que les heló el corazón a tío y sobrina. En cuanto a Branda, aunque especialmente interesada en la discusión, ni se movía ni abría la boca, tan grandes eran el terror y la sorpresa que la dominaban: tenía los ojos clavados en el lobo, el cual la miraba igualmente a través de su máscara, y no fue capaz de ofrecer resistencia cuando fue bajada a la fuerza del vehículo, y depositada por un poder invisible, según le pareció, junto al montón de piedras: se desmayó sin proferir un solo grito.

No menos pasmado se sintió el carnicero ante el giro que había tomado la aventura, y se desplomó, también, entre la carne como fulminado por un rayo: imaginó que el lobo le pasaba su cola tupida violentamente por los ojos; y al recobrar el uso de los sentidos, se encontró con que iba solo en el carro, el cual rodaba veloz, dando tumbos, hacia Canterbury. Al principio prestó atención, aunque en vano, por si el viento le traía gritos de su sobrina o aullidos del lobo. Pero no conseguía detener al caballo que, presa del pánico, corría como si estuviese embrujado o le aguijara los flancos la espuela de algún demonio.

Con todo, Willieblud llegó sano y salvo al final de su viaje, vendió su carne, y regresó a Ashford convencido de que tendría que mandar decir una misa De profundis por su sobrina, cuyo final no había cesado de llorar toda la noche. Pero cuán grande no fue su asombro al encontrarla en casa, algo pálida a causa del reciente susto y la falta de sueño, pero sin un rasguño. Y más asombrado aún se quedó al contarle ella que el lobo no le había hecho daño ninguno, contentándose con devolverla a casa, una vez recobrada de su desmayo, y portándose en todo respecto como un fiel pretendiente, más que como un sanguinario hombre-lobo. Willieblud no supo qué pensar de todo esto.

Esta galantería nocturna hacia su sobrina encendió aún más al fornido sajón contra el hombre-lobo, y aunque el miedo a las represalias le impedía atacar de manera clara y directa a Hugues, no por ello dejaba de rumiar la idea de llevar a cabo alguna segura y secreta venganza. Pero antes de poner en práctica este proyecto, se le ocurrió que era mejor contarle sus desventuras al viejo sacristán y enterrador de la parroquia de San Miguel, hombre respetable y de suprema sagacidad en esta suerte de cuestiones, dotado de erudición clerical y consultado como oráculo por todas las viejas arpías y muchachas desengañadas del término entero de Ashford y alrededores.

—No puedes matar a un hombre-lobo —fue la repetida respuesta del sabelotodo a las ansiosas preguntas del atormentado carnicero— porque tiene una piel a prueba de lanza y flecha, aunque es vulnerable al filo de un arma cortante de acero. Mi consejo es que le hagas una ligera herida en la carne o le cortes una zarpa, a fin de saber con seguridad si de verdad es Hugues o no. No correrás ningún peligro, salvo si le das un golpe del que no le mane sangre; porque tan pronto como le hagas un corte en la piel, huirá.

Resolviendo en secreto seguir el consejo del sacristán, Willieblud decidió averiguar esa misma noche con qué hombre-lobo se las había, y con tal propósito escondió su cuchilla, recién afilada para la ocasión, debajo de la carga del carro, dispuesto a hacer uso de ella como medio de probar que Hugues y el osado expoliador de su carne eran una y la misma persona, y recobrar así su tranquilidad. El lobo se presentó como de costumbre y preguntó preocupado por Branda, cosa que animó al carnicero a seguir más firmemente su plan.

—Mira, lobo —dijo Willieblud, inclinándose como para elegir una pieza de carne—, esta noche voy a darte doble ración, con que alarga la zarpa, toma el peaje y no olvides mi sincera limosna.

—En verdad que me acordaré, compadre —replicó nuestro hombre-lobo—; pero ¿cuándo vamos a celebrar nuestra boda Branda y yo?

Hugues, creyendo que nada tenía que temer del carnicero, de cuyas carnes se apropiaba con tanta presteza, y de cuya bella sobrina esperaba nada menos que tomar legítima posesión, cosas ambas que le gustaban muchísimo —además de ver en su unión con ella el medio más seguro de entrar en el seno de esa sociedad de la que tan injustamente había sido exiliado, con tal de ganarse la intercesión de los santos padres de la iglesia para que se suprimiese su interdicto—, puso la zarpa sobre el borde del carro; pero en vez de darle su ración de carne de vaca o de cordero, Willieblud levantó la cuchilla, y de un solo golpe le segó la zarpa, que cayó tan limpiamente para su propósito como si la hubiese tenido sobre el tajo. El carnicero echó adentro el arma y azotó al caballo; el hombre-lobo profirió un rugido de angustia y desapareció entre las sombras espesas del bosque, donde, con ayuda del viento, no tardaron en perderse sus aullidos.

Al día siguiente, a su regreso, el carnicero, bromeando y riendo, depositó un trapo sanguinolento sobre la mesa, entre las viandas con las que su sobrina le estaba preparando el almuerzo; y al abrirlo, reveló a su horrorizada mirada una mano humana recién cortada, envuelta en piel de lobo. Branda, al comprender lo ocurrido, profirió un grito, derramó un mar de lágrimas y, envolviéndose en un mantón, echó a correr, mientras su tío se divertía dando vueltas y tirones a la mano con feroz complacencia, exclamando al tiempo que secaba la sangre que aún manaba de ella:

—El sacristán tenía razón; por fin ha recibido el hombre-lobo lo que se merecía; y ahora que sé su naturaleza, no me da ningún miedo su brujería.

Aunque era muy entrado el día, Hugues seguía en su camastro, retorciéndose de dolor, con las sábanas empapadas de sangre, así como el suelo de su morada; su semblante, de una palidez espantosa, reflejaba un sufrimiento tanto físico como moral; las lágrimas le corrían bajo los párpados enrojecidos y estaba atento a cualquier ruido del exterior, con una inquietud creciente, dolorosamente reflejada en su rostro contraído. Oyó unos pasos que se acercaban deprisa, se abrió la puerta de golpe y una mujer se arrojó junto a su lecho; y, con una mezcla de sollozos e imprecaciones, buscó tiernamente el brazo mutilado, toscamente envuelto con jirones de cáñamo que no ocultaban ya el muñón, del que aún salía un hilillo rojo. Ante este doloroso espectáculo, la mujer arreció sus acusaciones contra el sanguinario carnicero, mezclando compasivamente sus lamentos con los de la víctima.

Estas efusiones de amor y de dolor, sin embargo, se vieron súbitamente interrumpidas: alguien llamó a la puerta. Branda corrió a la ventana para ver quién era el visitante que osaba irrumpir en la guarida de un hombre-lobo, y al reconocerlo, alzó sus ojos y manos al cielo, en prueba de su extrema desesperación, al tiempo que arreciaban las llamadas.

—Es mi tío —balbuceó—. ¡Ay de mí! ¿Cómo escaparé sin que me vea? ¡Aquí, aquí me quedaré, a tu lado, Hugues; así moriremos juntos! —y se acurrucó en un oscuro rincón detrás del camastro—. Si Willieblud levanta su cuchilla para matarte, antes tendrá que atravesar el cuerpo de su sobrina.

Branda se escondió a toda prisa entre un montón de cáñamo, susurrando a Hugues que tuviese ánimo. Él, empero, no encontraba fuerzas suficientes para incorporarse siquiera, mientras sus ojos buscaban en vano algún arma con qué defenderse.

—¡Muy buen día tengas, Lobero! —exclamó Willieblud entrando, con una servilleta atada con un nudo, que depositó sobre el cofre que había junto al sufriente—. Vengo a ofrecerte trabajo: atarme y apilarme unas gavillas de leña, porque sé que no eres lerdo con la podadera y las ramas. ¿Aceptas?

—Estoy enfermo —replicó Hugues, reprimiendo la ira que, pese al dolor, centelleaba en su mirada furiosa—. No me encuentro en condiciones de trabajar.

—¿De veras estás enfermo, compadre? ¿O es simplemente un ataque de pereza? Vamos a ver, ¿qué te duele? ¿Dónde te sientes mal? Dame la mano, que te tome el pulso.

Hugues enrojeció y por un instante dudó si debía resistir a una provocación cuyo objeto comprendía sobradamente; pero para evitar que descubriese a Branda, sacó de debajo del embozo su mano izquierda toda manchada de sangre seca.

—Esa mano no, Hugues, la otra, la derecha. ¡Venga, vamos! ¿Acaso has perdido la mano y tengo que buscártela yo?

Hugues, cuyo intenso rubor de furia se tornó al punto en tinte mortal, no replicó a esta burla, ni reveló con el más ligero gesto o movimiento que se dispusiera a satisfacer una demanda tan cruel en su concepción como en su objeto apenas disimulado. Willieblud se echó a reír, y rechinó los dientes con salvaje regocijo, deleitándose maliciosamente en las torturas que infligía al sufriente. Parecía dispuesto a emplear la violencia antes que ver frustrada su expectativa de conseguir la prueba definitiva que pretendía. Empezó a desatar la servilleta, dando rienda suelta entretanto a sus burlas implacables; sobre el cubrecama se veía una única mano, que Hugues, casi desmayado de dolor, no pensaba en retirar.

—¿Para qué me ofreces esa mano? —prosiguió su implacable perseguidor, que se imaginaba a punto de llegar a la prueba de culpabilidad que con tanto ardor deseaba—. ¿Para que te la corte? Vamos, vamos, maese Lobero, obedece: quiero ver tu mano derecha.

—¡Mírala, entonces! —exclamó una voz contenida que no pertenecía a ningún ser sobrenatural, aunque así lo parecía; y, para su absoluta confusión y espanto, Willieblud vio cómo una segunda mano, sana e indemne, se extendía hacia él como en muda acusación. Retrocedió, tartamudeó un grito suplicando misericordia, se arrodilló un instante y, levantándose luego, pálido de terror, huyó de la cabaña, convencido de que estaba poseída por un demonio inmundo. No se llevó consigo la mano cortada, que en adelante se convirtió en visión perpetuamente presente ante sus ojos; visión que no lograron conjurar ninguno de los poderosos exorcismos del sacristán, al que acudía invariablemente a pedir consejo y consuelo.

—¡Ah, esa mano! ¿A quién pertenece, entonces, esa condenada mano? —gemía sin parar—. ¿Será realmente del demonio o de algún hombre-lobo? Lo que sí es cierto es que Hugues es inocente. Porque ¿acaso no le he visto yo las dos? Pero ¿por qué tenía una manchada de sangre? En el fondo de todo esto hay hechicería.

A la mañana siguiente, lo primero que le sorprendió al llegar a su puesto del mercado fue ver la mano cortada, que él había dejado sobre el cofre de la cabaña del bosque el día anterior: estaba fuera de su funda de piel de lobo y yacía entre las viandas. Ya no se atrevió a tocar esta mano que ahora creía verdaderamente encantada; pero con la esperanza de librarse de ella para siempre, la arrojó a un pozo. Y no fue poca su desesperación cuando, al poco tiempo, la encontró de nuevo sobre el tajo. La enterró en su huerto, pero tampoco pudo verse libre de ella: volvió, lívida y repugnante, a infectar su tienda y a aumentar el remordimiento que avivaban incesantemente los reproches de su sobrina.

Finalmente, con la esperanza de escapar a toda persecución de esta mano fatal, se le ocurrió llevarla al cementerio de Canterbury y probar a ver si el exorcismo, y su enterramiento en suelo sagrado, impedían que volviera a la luz. Con que hizo esto también; pero he aquí que, a la mañana siguiente, la encontró clavada en su postigo. Abatido ante estos mudos aunque espantosos reproches que le arrebataban la paz, y ansioso por destruir todo rastro de una acción con la que el cielo parecía recriminarle, salió de Ashford una madrugada sin despedirse de su sobrina, y unos días más tarde le encontraron ahogado en el río Stour. Sacaron su cuerpo hinchado y descolorido, que descubrieron flotando entre la juncia, y sólo a trozos lograron arrancarle de sus dedos mortalmente agarrotados la mano fantasma que, en sus convulsiones suicidas, había conservado firmemente agarrada.

Un año después de este suceso, Hugues, aunque con una mano de menos, y consiguientemente hombre-lobo confirmado, se casó con Branda, heredera única de las propiedades y bienes del desventurado carnicero de Ashford.