UNA VIEJA CANCIÓN DE BLUES
Luisa Fernández
La bengala iluminó un radio de espesa vegetación.
Los cuatro soldados miraron el cielo amurallado de ramas donde se había detenido la luz más brillante. Una cascada de partículas verdosas descubrió la altura de los árboles y los grandes helechos. La niebla adquirió movimiento, deslizándose como una anaconda de múltiples cabezas. Tras unos instantes, todo volvió a quedarse a oscuras.
—¿Habéis oído? —preguntó Sallinger—. Nada. Silencio absoluto.
—Eso no significa que no estén ahí —respondió Smith asomándose por encima del montante de arena—. Los presiento.
—No me refiero a los japos, estoy hablando de los bichos. Ni el puto zumbido de un mosquito.
Se puso los audífonos y encendió el equipo de comunicaciones. Una nube de parásitos acústicos penetró por sus oídos. Bajó el volumen e intentó sintonizar una frecuencia. Cualquier frecuencia.
Smith se dejó caer desganado en la zanja. Sacó un paquete de tabaco y encendió un cigarrillo. Arrugó el envoltorio con rabia y lo lanzó como si fuera una pelota de béisbol.
—Es el último —informó a los demás—. Si tardan mucho Bishop y McDermott tendremos que fumarnos la hierba de esta jodida selva. Por cierto, Akee, ¿qué fuma tu pueblo? —Interrogó con sorna al joven navajo que permanecía en pie—. Quiero decir en esas pipas que llamáis «de la Paz».
Akee, lejos de responder al aburrimiento de su compañero, subió por la pared de la improvisada trinchera y emprendió camino hacia un grupo de árboles que se intuían más adelante. Percibió un ruido entre las ramas, pero las risotadas de aquel gracioso lo habían sepultado.
—¡Cállese! —gruñó el sargento Clyton, dirigiendo a Smith una mirada penetrante—. El code talkers[9] parece que ha oído algo. Acompáñele.
Él agarró el subfusil y se levantó pesadamente con el cigarrillo colgando de los labios, perdiéndose tras la moribunda luz de su linterna.
—Sargento —llamó Sallinger—. He captado algo.
Le ofreció los audífonos. Clyton se apresuró a ponérselos y escuchó el mensaje.
—No está cifrado —dijo después de unos instantes—. Responda. Dígales que buscaremos sus coordenadas para reunirnos con ellos. Si no me equivoco están muy cerca, puede que hayan sido los que lanzaron la bengala.
El operario acató las órdenes.
—Aquí miembros del 99.º Batallón de Infantería. Adelante; vuelvan a repetirnos su posición.
Una voz, distinta a la anterior, llegó a través de los cascos. Se oía con tanta fuerza que Sallinger tuvo que separar el auricular de su oído.
«Repitan mensaje, repitan mensaje».
Ambos se mostraron confusos.
«Equipo médico de la 173.ª Brigada Aerotransportada, los hemos localizado. En breve llegarán varios helicópteros para su rescate. Mantengan la posición. Repito: mantengan la posición. Charlie les tiene rodeados. Cambio y corto».
—¿Quién demonios es Charlie? —cuestionó Sallinger.
—Le responderé a eso cuando usted me diga si somos el equipo médico de la 173.ª Brigada Aerotransportada.
*
Smith atravesó un claro. La luz del foco producía sesgaduras sobre un desnivel. Anduvo más de veinte minutos, pero no encontró ni rastro del navajo.
La linterna murió después de una tortuosa agonía. Maldijo en voz alta ante la total oscuridad que le cercaba. Sintió miles de ojos observándole. Miles de respiraciones; rumores que asibilaban en sus oídos y se esfumaban con rapidez.
El crujido de una rama le hizo girarse. Aferró el arma y quitó el seguro.
—¿Akee? ¿Bishop…? ¿McDermott?, ¿estáis ahí?
El bosque susurró una respuesta.
Fue algo parecido al áspero quebranto de un blues.
Una tenue claridad nació de las entrañas de la jungla, un latido rojizo que se dilataba entre la bruma llevando el compás de esas negras notas. Su ritmo era el de May, la Buscona, en un antro perdido del bajo Mississippi. Aquella voz aguardentosa le traspasó el alma. Ahora la melodía llegaba desde distintas direcciones, como si fuese la selva misma quien la estuviera modulando. Se tapó los oídos con las manos crispadas y cerró los ojos. Al abrirlos, May le saludó con una caída de párpados y un mimito en los labios.
«Malos tiempos… mala suerte», musitó acariciándole la entrepierna.
Smith se estremeció con una mueca pueril. Creyó que en algún impreciso momento se había quedado dormido y soñaba con la preciosa cantante del club Poison, y que en los sueños había que dejarse llevar, pero era un extraño sopor el suyo; tan narcótico como la misma May y su contoneo de caderas. Había una invitación en esos labios carnosos. Una, imposible de declinar. La belleza sureña le besó en la boca. En ese momento la guerra no existía. No existía nada. Su garganta emitió un gemido mientras crecía su deseo entre las manos de May.
«¿Sabía mamaíta que también se te ponía dura viendo cómo se bañaba?», preguntó con voz felina.
El soldado entornó los ojos y apretó la mandíbula. Aquello no tenía gracia. El cepo de May apresó con más fuerza sus genitales.
«¿Vas a negar que disfrutabas mirando por el ojo de la cerradura? ¿Y qué pasó después, cuando creciste, soldadito? ¿Qué pasó?».
Sus testículos eran puro hielo. Dos canicas de acero. Un frío que le taladraba hasta las tripas.
«Yo te lo diré: esas chicas no eran tu madre, ninguna lo era… ¿No te gustó follar con la dulce May?», su voz se había convertido en la de una niña. «¿Fue eso, Jack? ¿Mi coñito no era tan caliente como el de mamaíta?».
Smith se estremeció. Ella era una voz dentro de su cabeza y un dolor lacerante que roía sus intestinos. Sentía un intenso hormigueo en las manos. Sus dedos eran diez pequeños autómatas que palpaban el recto armazón del arma y el tambor de munición. Luego, buscaron desesperados el gatillo.
«Abre la boca…», ahora era su madre quien le hablaba. «El tubo está frío, pero lo calentarás con la lengua…».
Smith intentaba evitar a toda costa que el cañón del Thompson penetrara entre sus dientes. Un golpe seco le hizo desistir. Notó el sabor herrumbroso del metal lastimando su paladar, mezclado con el dulzor de la sangre. La humedad saturaba su frente empapándole los pensamientos. Se hincó de rodillas.
«… Acaricia el gatillo, despacio, sin prisa… como si fuese el vientre suave y liso de mami. Apriétalo, Jack; será sólo un instante y expiarás todos tus pecados… No sentirás nada, soldadito, nada porque ya estás muerto… Muerto… Muerto… Muerto… ¡¡Dispara!!».
Akee desvió el subfusil en el último segundo y una cascada atronadora se perdió en la negrura del cielo.
Cuando Smith abrió los ojos el navajo le zarandeaba por los hombros y el arma yacía a varios metros.
—¡Smith! ¡Smith!
Él tardó en reconocerlo. Se apartó con brusquedad como si las manos del nativo le quemaran. Su mirada nerviosa recorrió los alrededores mientras sus labios musitaban oraciones de niño recién confesado. La baba sanguinolenta le atragantaba.
Después de varios minutos se serenó.
—¿Has… encontrado… una salida? —preguntó a Akee con voz quebrada—. Esta oscuridad acabará conmigo.
—Todavía no. Es extraño, ya tendría que haber amanecido.
—¡No digas estupideces! Apenas llevamos un par de horas en esta puta jungla. Estaba anocheciendo cuando llegamos.
Sonó un cascabeleo. Akee prestó oídos y Smith recogió la ametralladora del suelo dirigiendo el cañón hacia las ramas. El sonido profuso acaparó toda su atención. Cuando se disipó, bajó la vista en busca de Akee, pero ya no estaba.
El navajo cayó sorpresivamente desde uno de los árboles donde se había encaramado.
—¡No vuelvas a hacer eso! —espetó agarrándole del cuello—. Sé que disfrutas acojonándome, apestoso piel roja. La próxima vez te pegaré un tiro.
Pero él no le escuchaba. Sus ojos se habían perdido por encima del hombro de Smith. Le empujó hacia un lado con ímpetu. Justo a tiempo para que la flecha de fuego que venía por detrás no le acertara en plena nuca. El venablo impactó en un tronco.
Un alarido vegetal sesgó el silencio y Akee se tapó los oídos mirando sobrecogido la herida incandescente de la corteza.
—¿Qué demonios…? —arguyó Smith levantándose furioso del suelo—. ¿Estás chiflado?
Él obvió sus palabras y estudió el asta. La luz que desprendía iluminó los alrededores, despertando un idioma infantil de carreras y risas. Trazó un círculo completo con su mirada.
—Espíritus… —murmuró.
Una vibración nació del suelo y se transmitió a través de las suelas de sus botas hasta el estómago, expandiéndose por todo su ser como un trueno encerrado en una esfera. Su cuerpo tembló hasta que dejó escapar por la garganta esa insólita energía, elevando el rostro al cielo con un largo y sostenido baladro. Imploró protección a los ancestros de su tribu y una miríada de rostros fluctuó frente a él a una velocidad brutal produciendo un dilatado murmullo de frecuencias residuales. Escuchó la voz cristalina de una niña hablando en su lengua.
«Te libero. Esta no es tu guerra. Debes irte sin ellos. Vete, vete ahora… Vete… ¡¡Lárgate!!».
La reacción de Smith al aullido del navajo no se hizo esperar. Le encañonó la sien.
—¡Cállate, jodido loco! —Las manos le temblaban Sus ojos eran un ir y venir a la espesura—. ¿Les has mandada una señal? ¿Estás con ellos? ¿Nos has vendido al enemigo?
Tuvo la callada por respuesta.
Smith bajó el arma y pateó el suelo fuera de sí. Dio vueltas nerviosamente alrededor del navajo al tiempo que se llevaba las manos a la cabeza con gesto de desespero.
—¡Enciende la puta linterna! —vociferó—. ¡Enciéndela! ¡Esta oscuridad está desquiciándome!
Akee miró la flecha. Alargó su mano para cogerla, pero la traspasó sin conseguirlo. Escrutó la profundidad de la jungla. Varias luces en hilera flotaban en la niebla. Señalaban un camino.
«Vete ahora… Vete ahora y no mires atrás… Vete ahora…».
Oyó los cánticos del chamán invocando a los espíritus guerreros.
Encendió el foco, que a duras penas logró iluminar una franja transversal.
—Y ahora, no quiero más gilipolleces —arguyó Smith escupiendo las palabras y mostrando los dientes—. No te separes de mí. Regresamos al campamento.
Akee miró de nuevo el sendero de luces y cómo iban desapareciendo a medida que abandonaban el lugar.
*
Bishop elevó la vista y dio varias vueltas sobre sí mismo con lentitud al tiempo que dirigía el haz de su linterna a la espesa enramada que abovedaba el cielo. El calor era sofocante, tanto, que hilar los pensamientos le resultaba insufrible. Tenía la cabeza embotada, como una resaca de mal whisky. Ignoraba el tiempo que llevaban de marcha, pero a él le parecía una eternidad.
—Deberíamos volver —dijo desalentado a McDermott—. Estamos caminando en círculo. Estoy seguro de haber pasado por aquí antes. Además, creo que no hay un solo ser humano en varias millas a la redonda. Es inútil.
—No. No estamos dando vueltas. Hay un pantano cerca. ¿No has oído croar a las ranas?
Su compañero negó con la cabeza. Se acercó a él y le dio dos sonoros coscorrones.
—Tu mollera sí que está llena de sapos… Es mejor que demos media vuelta, con suerte estaremos de regreso al amanecer.
A la linterna de dinamo que colgaba de su hombrera se le acabó la cuerda dejándolos a oscuras. Se apoyó en una de las anchas raíces aéreas de un mangle. Tiró de la lengüeta del cacharro, pero sin éxito.
—¡Joder! Se ha atascado.
Le dio unos golpes furiosos contra la palma de su mano.
—Voy a tener que desmontarla.
McDermott se apresuró a sacar el Zippo. Giró con el pulgar la rueda varias veces sin conseguir prenderlo.
—Estamos jodidos.
Se escucharon risas y chapoteos de agua. No era un sonido nítido, era amortiguado y disperso.
Distinguieron unas pequeñas luces que, a través de los troncos de los árboles, parecían parpadear. Algunas luminiscencias dejaban ver estilizadas siluetas.
—¿Qué coño es eso?
—Parecen chicas —dijo McDermott, agachándose para ocultarse entre unos helechos—. Están bañándose.
—Ssiiii —asibiló Bishop con los ojos entornados sin cuestionar a su amigo. Dejó la linterna a un lado.
Los chapoteos cada vez eran más fuertes y las luces más brillantes. Ahora podían ver bien las figuras ceñidas en sexis bañadores estampados. Algunas llevaban gorritos de goma con enormes flores.
Boogi Wbogie Bugle Boy comenzó a sonar desde algún lugar. El aire olía a fiesta, a sándwiches de pavo, a refrescos, a cerveza.
—Estamos en casa, muchacho… El Tío Sam nos ha traído de regreso —dijo entusiasmado McDermott al que ya se le movían los pies a ritmo de swing.
Bishop comenzó a descalzarse con rapidez.
—¿Dónde vas? —le preguntó su compañero riéndose—. Las espantarás.
—Nooo… —canturreó—. Míralas, esas sirenitas están muy, pero que muy calientes. Están cachondas perdidas. Nos están chistando para que vayamos. Seguro que son más cariñosas que aquellas jodidas amarillas y huelen mejor.
McDermott se apresuró a desvestirse asintiendo con cara de imbécil mientras olfateaba el aire como un perdiguero.
—Oui monsieur, infinitamente mejor; es perfume francés y seguro que también llevan las ingles depiladas. ¿Has visto que boquitas de piñón? Te apuesto cien pavos a que saben usarlas. —Hizo bailar su lengua con un gesto lascivo.
Las muchachas les llamaban por sus nombres de pila deseosas de que se reunieran con ellas.
Ambos se introdujeron en el pantano sin reserva alguna. El agua era un caldo espeso donde flotaban las algas. Una ciénaga sin fondo, cuya consistencia impedía avanzar con facilidad. Nadaron trabajosamente. Bishop llegó el primero. Cuando su cabeza emergió del agua, después de la última brazada a crol, una absoluta oscuridad le recibió. Ninguna luz, ningún sonido. Las Andrews Sisters habían enmudecido y el lugar volvía a ser un manglar de retorcidas raíces, nada acogedor. Buscó con la mirada a su compañero.
—¿McDermott?
A poca distancia oyó un batir de brazos. Avanzó angustiado hacia aquellas manos que se retorcían pidiendo auxilio, pero cuando llegó todo estaba en calma. Decidió sumergirse para localizar a su compañero. El fondo, hasta este ese momento turbio y cavernoso, se volvió transparente, como si una luz cenital surgida de las inmensas profundidades quisiera que Bishop viera lo que le tenía reservado.
Un rostro turbio flotaba en aquella densidad a la deriva. Estaba necrótico e hinchado. Inmóvil. La garganta de Bishop soltó el aire con un gesto bestial de pánico. Un remolino caótico de burbujas escapó veloz hasta la superficie.
Pataleó desesperado para ascender, pero una poderosa fuerza lo paralizó. Sujetaba su cabeza y le impedía parpadear. Vio entonces cómo un grupo de sombras se aproximaban a su amigo, eran borrosas, de piel azulada y cabelleras infinitas. Sus ojos rasgados carecían de pupila y los labios estaban burdamente cosidos. Rodearon el cadáver desnudo de McDermott con una omnipresencia aterradora mientras aquel despojo abría sus ojos y se clavaban implorantes en los de Bishop.
Este dio grandes bocanadas reclamando aire, pero lo que aspiró fue agua cenagosa. Buches de podrido plancton que anegaron sus pulmones.
Creyó morir. Sintió el tacto helado de la muerte, sus besos de amante fría y desdeñosa recorriéndole la piel, el sexo, sus sienes; y el mordisco que le arrancaba el alma a través del vientre dejándole vacío.
Flotó. No había dolor. Ni culpa. Ni pena.
«Despierta, soldadito. Todavía no».
Fue empujado a la superficie. Manoteó torpemente hasta la orilla. Al llegar, quiso levantarse. Su cuerpo se negaba a obedecer. Se arrastró hasta que el agua dejó de lamer sus pies. Y resolló exhausto, vomitando cieno.
Escrutó a su alrededor. Frente a él, en la otra orilla, docenas de farolillos de papel colgaban de los mangles y escuchó de nuevo risas y chapoteos. La canción Sing sing sing, resonó con efervescencia. Las chicas estaban allí, al otro lado, no se habían movido, y McDermott le llamaba aspaventando los brazos.
—¡Vamos, Bishop! ¿A qué esperas? ¡Estas chavalas están de muerte!
Cerró los ojos negando con desesperación. Sus labios murmuraron una y otra vez frases incoherentes. Tal vez fuese un rezo, tal vez una confesión a sus pecados; tal vez un ruego suplicando el sueño eterno. Las súplicas no fueron escuchadas, algo avanzaba hacia él desde el pantano.
Una por una, fueron emergiendo de las aguas. Una por una, hasta verse rodeado. No les veía el rostro. El largo cabello se lo cubría. Sus movimientos eran espasmódicos, retráctiles. Un sonido gutural, hueco, de carraca tartamuda, fue creciendo a su alrededor hasta aturdirlo. Eran cadencias ancestrales, voces vernáculas; los gritos desgarrados de los muertos que reclaman venganza.
—Perdón… Perdón… Perdón… —Lloriqueó Bishop retrocediendo sin poder levantarse del suelo. Su gesto era patético—. ¡Perdón por Dios… por Dios… por Dios!
Se arrastró hacia atrás horrorizado y se precipitó en un profundo agujero de raíces. Cayó en blando, los restos de McDermott amortiguaron su caída.
Frente a él los ojos ciegos de un espíritu lo miraron. Debajo de su azulada piel algo bullía con nervio. Se retorcía sinuosamente buscando un orificio por donde salir a la superficie. Los costurones de la boca cedieron a su empuje. Fueron abriéndose, desgarrando la piel hasta que una montonera de larvas se hizo paso a través de la sutura y su garganta musitó con la voz aguardentosa de May la Buscona: «Malos tiempos… Mala suerte…».
*
Sallinger y Clyton intercambiaron una mirada de ansiedad para luego escudriñar la oscuridad buscando al enemigo agazapado tras la hojarasca.
—Si no salimos pronto de aquí darán con nosotros —afirmó el sargento—. Sé que están ahí, vigilándonos. ¿No los oye?
El operario negó con la cabeza. Había apagado la radio después del último mensaje. Las baterías estaban en las últimas.
—Smith y el code talkers están tardando —prosiguió.
—También es raro que no hayan vuelto Bishop y McDermott. A lo mejor no fue buena idea mandarlos en busca de ayuda. Lo mismo los han hecho prisioneros.
—Todavía es pronto. —Recogió del suelo una de las linternas—. Voy a aliviarme. Creo que alguna de esas campesinas me ha contagiado algo. Llevo meando todo el día. Vuelva a conectar la radio a ver si hay suerte.
—Será mejor que no se aleje, y llévese el Tommy, señor.
—No será necesario. Voy aquí mismo. Además, ya tengo que llevar esta jodida linterna, ¿con qué mano voy a sujetármela?
Apenas a unos pasos la espesura lo devoraba todo. Las suelas de sus botas crepitaron como si hubiera aplastado un nido de crujientes cucarachas. Hizo un gesto de asco y sacudió las piernas. Buscó un tronco y se dispuso a orinar. Un poderoso chorro rompió el silencio hermético. Escuchó un sollozo. Apretó los esfínteres.
Era una mujer la que lloraba, no cabía duda. La luz parpadeó y todo quedó en tinieblas. El viejo corazón del sargento se encogió en su pecho. El lloro no era un lloro, era una jodida caterva de plañideras que lo gritaban con toda familiaridad. Tenían la misma voz chillona de su esposa Kitti.
Con manos temblorosas buscó el encendedor. Tras varias intentonas, una diminuta llama flameó en la gaseosa negrura. Algo se movía. Algo indefinido, sin forma; que quería abrirse camino bajo el barro.
El agujero del suelo exhaló un estertor. Un olor a detritos se propagó con una bocanada de niebla comprimida. De su interior surgieron manos que tantearon con torpeza el limo, pero las convulsiones interiores las succionaban una y otra vez con hirientes gritos de agonía.
El agujero eructó burbujas hirvientes y el pulso abisal se detuvo. Un rostro emergió de la temblona luz del mechero. Clyton dio unos pasos hacia atrás con ojos desorbitados.
—¡¡Dios mío!! ¡Sallingeeer…! ¡Sallingeeer…!
Sallinger intentó de nuevo ajustar el dial. Sólo conseguía sintonizar una lluvia cacofónica. Se quitó los audífonos. Juraría que hacía ya un buen rato que el sargento se había ido. El guiño de una luz captó su atención.
—¡Aquí, sargento! —Le hizo señales con su linterna.
Se alejaba cada vez más. Le gritó de nuevo corriendo tras él, pero a las pocas zancadas le perdió de vista.
A su espalda, la radio se encendió. La voz de Marlene Dietrich modulaba Lili Marleen. Se escuchaba con perfecta nitidez desde los cascos. Entornó los ojos, confuso. Notó un golpe brusco en la espalda. Se giró. A sus pies, una piedra todavía oscilaba. Risas de mujer, ahuecadas por la distancia, le estremecieron.
Dirigió el haz en todas direcciones. Lo detuvo en el tronco hueco de un árbol que emitía una pulsión amarillenta desde el interior.
—Sallinger, muchacho, no se quede ahí parado y écheme un cable. —Era la voz del sargento la que salía de dentro. Su mano emergió de la corteza—. ¡Sáqueme! ¡Aquí estamos muy apretados!
Escuchó voces amordazadas y suplicantes que le llamaban por su apodo; sin embargo, ninguna le era familiar.
—¿A qué espera? ¡Sáqueme, zoquete!
Y fue, al agarrar aquella mano, cuando sintió un tirón en la suya que le hundió medio cuerpo en el agujero. Aulló como un poseído. Se resistió a esa feroz pulsión apoyándose en los pies contra el tronco hasta verse liberado.
Las carcajadas del sargento anegaron sus oídos desde el extremo de su mano. Tenía agarrada la cabeza amputada de Clyton. Aquella boca se abrió para eructar una bocanada de sangre.
«¿Qué ha hecho, imbécil?».
El soldado la soltó entre gritos, reculando con rapidez. La cabeza rebotó con un sonido seco.
«¡Le espera un consejo de guerra, jodido mequetrefe!».
Sallinger gimoteó tapándose los ojos y se dejó caer de rodillas, aterrado.
«Deje de lloriquear y recupere mi cuerpo, ¡joder!».
Una contracción expulsó dos cadáveres desnudos del interior del árbol como si el agujero fuese el útero de una curtida paridora.
Eran los de Bishop y McDermott.
Pero el soldado ni tan siquiera los vio; ni escuchó las pisadas a su espalda ni percibió la claridad.
La linterna de Akee iluminó el bulto lloroso del operario. La luz bailó violentamente sobre la cabeza del sargento con una mueca de horror congelada en sus facciones. Más allá, en la base del árbol; los cuerpos de sus dos compañeros bañados en limo y verdín. Ambos tenían el pecho abierto. Un gran agujero del tamaño de un puño. Ninguno de ellos tenía genitales.
—¿Qué coño ha pasado aquí? —exclamó Smith presa del pánico.
Ante el silencio de Sallinger, le agarró con violencia por la pechera levantándole del suelo.
—¡Responde!
Un sollozo infantil salió de la garganta del soldado.
—¡Has sido tú, cabronazo! —gritó Smith con voz histriónica, de loco—. ¿Qué has hecho, hijo de puta?
Le golpeó con la culata del Thompson y la emprendió a patadas. Akee intervino para impedir que se cebara con el chico.
—¡Basta ya! ¡No ha sido él!
Smith miró al navajo con los dientes apretados. Le hervía la sangre. Un sudor pegajoso y caliente le recorrió el espinazo.
—¿Quién entonces? —Arrojó a Sallinger al suelo y descargó su furia sobre él con una patada. Este se replegó en posición fetal tapándose los oídos. Incapaz de moverse.
Abrió los brazos mirando desafiante a los árboles pidiendo una explicación a la propia jungla.
—¡¿Quién?!
La voz de la Dietrich se amplificó como una balada inmisericorde.
Smith la silenció descargando una ráfaga contra la radio. Luego, se volvió con fiereza y encañonó al navajo. Olía a carne quemada.
—¡¿Quién?! —Le escupió.
—No debisteis matarlas… —susurró Akee por toda respuesta.
Smith resollaba en su oído totalmente desquiciado.
—¡Eres un miserable cobarde! No tuviste valor, por eso no las violaste; pero te morías de ganas. Estabas tan empalmado que te dolían los huevos. Te hubiese encantado echarlas un polvo y apretar su cuello hasta ver cómo la vida se les escapaba. Todas merecían morir. ¿Lo entiendes? ¡Todas!
El navajo cerró los ojos con fuerza. Su índice se escurrió hasta el gatillo de su fusil. Pegó lentamente el cañón al estómago de Smith y apretó el percutor.
Un estúpido clic rompió el silencio. El cargador estaba vacío.
«Malos tiempos… Mala suerte», canturreó mimosa May al oído de Akee. «¿Por qué no te marchaste cuándo aún podías?». «Malos tiempos… Mala suerte…».
Después, paseó de nuevo su helada lengua por la oreja de Smith lamiéndole el sudor; su voz era una lluvia ácida a quemarropa.
«Mátalos, Jack. Saben lo tuyo con mamaíta. Saben lo que pasó con las otras chicas… Siempre lo han sabido… Lo saben… Lo saben… Saben que eres un pecador, un depravado, un… ¡¡Asesino!!».
Ella era un chillido inmisericorde; un percutor que golpeaba sus sienes con la misma puñetera machaca que los sermones de su padre desde el púlpito.
«Son ellos o tú, Jack. Ellos o tú, ellos o tú. ¡Ellos o tú! ¡Ellos o tú! ¡¡Disparaaaa!!».
Una brutal ráfaga hendió en dos la niebla y May la Buscona cantó a Jack una vieja canción de blues.
«Abre la boca…».