EL RECIPIENTE
Miguel Aguerralde
I
Atardecía. El tacto de la pistola le parecía cálido, no entendía por qué en las novelas siempre lo describían frío. Al contrario, era templado, casi sudoroso y grasiento. El sabor del metal sí que era desagradable. Pensó en la cantidad de gente que habría manoseado ese revólver de segunda mano antes de que se hiciera con él en la tienda de empeños y dedicó un momento a frotar el cañón con la camiseta antes de volver a metérselo en la boca. Disparó. Clic. Apretar el gatillo sería mucho más difícil cuando introdujera las balas en el tambor.
Esa noche se cumplían seis meses. Media docena de lunas llenas como aquella en la que el alcohol y un quitamiedos afilado habían segado la vida de su mujer, Claudia. Él no había vuelto a conducir y de la moto quedaban cenizas, ilusiones quebradas y planes rotos. No había encontrado en seis meses la manera de expiar una culpa que le corroía. Ya no quería vivir, no quería respirar más las briznas de aire que le correspondían a ella.
Así que esa noche lo haría. Tenía en la mesa una bandeja de plata, como en las películas, y sobre ella un puñado de balas, un vaso de cristal y una botella de tequila. Dejó junto a esta el revólver y en la penumbra creciente de su salón se recostó en el sofá con los ojos cerrados para volver a verla. Como si Claudia todavía siguiera allí, encendiendo velas y prendiendo esencias, los sentidos de Alejandro se llenaron de su voz, de su aroma, casi sintió una caricia limpiar la lágrima de su mejilla.
La luz mortecina arrancaba reflejos de los pósteres enmarcados de los conciertos de su banda, el de su última actuación en solitario había ardido en llamas junto con su motocicleta una semana después de que al salir de ella, entre risas y alcohol, Claudia perdiera la vida en aquella cuneta. Por su error, por su negligencia. El músico se levantó del sofá y cruzó el salón hasta el rincón donde ordenaba sus guitarras, tomó su favorita, la acústica de caja negra, la acomodó en sus brazos y preparó un acorde. Los dedos, súbitamente torpes, se atascaron al principio. Al apretó los párpados. De pronto las yemas volvieron a deslizarse sobre las cuerdas como estaban acostumbradas. Sólo necesitaban recuperar sensaciones. Después, una nota tras otra, fue fácil, sencillo, triste. Ain’t no sunshine when she’s gone, una canción, la siguiente, repasó la banda sonora de aquella historia de amor truncada por… ¡Ah!
Alejandro lanzó la guitarra contra los cojines y se llevó las manos a la cara, llorando, se la hubiera arrancado de haber podido. Las lágrimas parecían negarse a rodar por su mejilla, como si quisieran permanecer junto a él, adosadas a su ojos, acompañándole hasta el final, hasta que tomara el revólver, cargara las balas y…
La desesperación oprimía su pecho y le hacía exhalar bocanadas de aire, abrió los ojos y posó la mano sobre la culata de la pistola. Todavía le parecía sentir el perfume de Claudia tan vivo como siempre. Estaba en todas partes. Impregnaba el sofá, los cojines, casi podía imaginar su programa favorito en la tele apagada. Tomó una de las balas y la observó fijamente. El punto y final. Fue entonces cuando sus ojos encontraron la guitarra azul, tan olvidada como otras tantas de las cosas de Claudia, de los objetos que con sólo pensar en ellos podrían traerle recuerdos demasiado duros de soportar: su ropa, su cepillo del pelo, su taza. Junto al mueble de la televisión y las fotos, descansaba el instrumento que había sido de ella. Mástil corto y caja celeste, Claudia nunca había terminado de decidirse a aprender a tocarla, sólo se sabía algunas canciones, pero las habían cantado juntos tantas noches…
Al acarició las cuerdas con los ojos cerrados, como si hacerlo implicara rozar también los dedos de ella. No había vuelto a escuchar la voz de la guitarra azul de Claudia desde la última noche en que repasaran juntos aquellas baladas cardadas de significados.
Observó un segundo las balas y la pistola y después rasgó al aire las cuerdas desafinadas. Pensó que podía ser una buena despedida. Tomó la guitarra con el cuidado de quien maneja un antiguo pergamino y casi sintió la electricidad en sus yemas. La afinó con cautela hasta que hizo sonar un largo do abierto. No había olvidado su sonido cálido y vibrante. Eligió la canción sin esfuerzo, la balada que de algún modo les había unido, y se estremeció al ajustar la postura del acorde, imaginando que posaba sus dedos en los lugares exactos en los que lo había hecho ella. Inspiró con un temblor imperceptible y tocó, tocó notas de cristal a ojos cerrados, las mismas que tantas veces, sonidos convertidos en canción para enamorarla, para dormirla, para añorarla. Y cuando llegó el momento de que entrara la letra Alejandro siguió tocando en silencio. En su imaginación, tan real como si pudiera escucharla, era la voz de Claudia la que susurraba las palabras: «Porque todo el tiempo que pasé junto a ti, dejó tejido su hilo dentro de mí».
El músico abrió los ojos anegados en lágrimas. Golpeó las cuerdas y se puso de pie dejando la guitarra a un lado. Se acercó a la ventana, mordiéndose el nudillo para no gritar, porque no podía soportarlo. Corrió de vuelta al sofá, apartó la guitarra y cargó las balas, aunque más caían fuera que dentro del tambor del revólver, repicando como pequeñas campanas sobre la bandeja de plata. Un, dos, tres, seis, apretó el percutor y se metió el cañón en la boca. Abrió mucho los ojos, tanto que le escocieron. Miraba fijamente hacia la puerta del dormitorio, la imaginó desnuda, sonriendo para él, pidiéndole que la siguiera. La vio desaparecer, le oyó susurrar la canción. «Dispara», se dijo, «termínalo de una vez, acaba con esto». Sus pulgares mantenían la tensión sobre el gatillo, la pequeña pieza de metal que decidía la vida o la muerte de un hombre crujía poco a poco, cuánto tendría que apretar para…
La pistola acabó rebotada contra la puerta y Alejandro se desplomó gritando en el sofá, desgarrando su garganta en llanto, sacudiéndose en el dolor de su pérdida y de su cobardía. Se levantó con los ojos enrojecidos, arrancó su chaqueta del respaldo de una silla y salió al frío otoñal de la noche de noviembre.
II
El Dos Copas Bar había estado abarrotado, pero ahora empezaba a vaciarse. Al parecer era tarde de partido —algo que a Alejandro hacía tiempo había dejado de importarle— y los forofos, contentos o no, se marchaban a sus casas. Quien no se movía de la barra, lloviera o tronase, ganase o perdiese, era Román, antiguo compañero teclista en la banda de Al y ahora sólo jugador de mus ocasional y bebedor a tiempo completo. Ahí estaba, apurando una caña justo antes de empezar la siguiente, que ya estaba en camino, cuando el músico entró en el local. Alejandro no tardó en reconocer su chaqueta de pana y su incipiente calvicie. Se sentó a su lado y pidió también una cerveza.
—¿Cómo va eso, artista? —le saludó Román. Las gafas le bailaban torcidas sobre la nariz—. No tienes buena cara.
Román había sido uno de los fundadores de esa Razas de Noche que ahora hacía cinco años se había disuelto. Casi habían durado menos de lo que habían tardado en elegir un nombre. Ahora cada uno había tomado su camino y Román, demasiado pesado, miope y perezoso para emprender carrera en solitario, había escogido la barra fija del Dos Copas Bar, y de vez en cuando organizar algún bolo para animar el local.
—Va —contestó Al, aunque evidentemente no iba.
Román hizo el esfuerzo de mover su excesiva anatomía para girarse en la silla y mirar a su amigo. Algunos años mayor que él, en cierto modo intentaba hacerse cargo de la situación del chaval. Con la muerte de Claudia lo había perdido todo, y prácticamente él era la única persona con la que aún mantenía contacto. La barra de un bar une desgracias, había pensado Román algunas veces. Observó su gesto agotado y sus ojos enrojecidos. Tampoco su olor corporal decía nada bueno de su cuidado personal.
—Al, me preocupas. No estarás haciendo ninguna tontería.
El guitarrista no contestó.
—¿Se trata de drogas? —insistió Román. Alejandro eliminó de un trago la media cerveza que le quedaba en el vaso y pidió la siguiente-Ya veo que el alcohol no es el problema…
—Déjame, Román. No tengo un buen día.
El teclista sonrió.
—¿Qué sucede? ¿No salen las nuevas canciones? ¿Se escapan las letras, los acordes? Ya sabes lo que siempre digo: no existe el bloqueo, ¡es sólo un problema de letras y acordes!
—Sabes de sobra que no estoy componiendo.
—¿Entonces qué es?
—Para empezar no debería estar aquí.
Román frunció el entrecejo.
—¿A qué te refieres? No me asustes, chico.
—No puedo soportar más esto, Román.
—¿El qué?
Alejandro recibió la segunda cerveza con escepticismo. Tomó de un cuenco un par de frutos secos y jugueteó con ellos entre los dedos.
—Necesito verla, volver a sentirla. Pedirle perdón, decirle… Ah, no sé, sólo quiero que esta tortura termine.
Román asintió y se mordió el labio. No sabía qué contestar ni qué decir a eso. De fondo sonaba una canción machacona en el canal de vídeos musicales anclado en la tele del bar, pero ni Alejandro, absorto en su propio vacío, ni Román le prestaban oídos. El ex teclista se rascaba la frente, pensativo.
—¿Has probado a buscar ayuda? —Alejandro enarcó una ceja—. Sí, no me mires así, ayuda, ya sabes, un médium, uno de esos tipos parapsicológicos.
—Un parapsicólogo.
—Sí, eso —Román se ajustó las gafas—. Me refiero a que hay formas de contactar, de… de hablar con el más allá.
—Debes dejar la cerveza, amigo.
—Sólo era una propuesta. Y seguro que es mejor que lo que sea que te tiene así de hecho mierda.
Al por fin probó su cerveza. Su mirada seguía fija en el mosaico de color que formaban las botellas en el mostrador tras la barra. Su cara era una mueca de hastío.
—De acuerdo, entonces esperaré a la madrugada, en cada canal tendré un vidente al que consultar.
—No me refiero a esos, sino a uno de verdad.
—Ah, ¿pero existen unos de verdad?
—¡Claro, hombre! Te burlas de mí, pero te hablo en serio. Vi un documental, ¿sabes? Sí, yo. Decía que cuando alguien muere no desaparece completamente, sino que a menudo su alma queda latente en algún objeto que le perteneciera.
—Su alma.
Román esperaba la carcajada de Al, pero esta no se produjo. Para su sorpresa le escuchaba con atención, algo que no le había demostrado en toda la charla.
—Sí… Al parecer nuestro espíritu impregna los objetos que amamos y al morir escoge un lugar significativo donde quedarse. Es por eso que a veces sentimos cercanos a los seres que han fallecido, cuando llevamos colgantes, relojes o anillos que les pertenecieron.
—Relojes y anillos. Buscaré en el joyero de Claudia para ver si la encuentro.
Román resopló.
—No tiene por qué ser así —dijo—. El documental señalaba que cualquier objeto preciado puede ser un recipiente para las almas, igual un jarrón que una silla, yo que sé, ¿no hay nada que ella apreciara por encima de otras cosas?
—Hoy la escuché al tocar su guitarra.
Román le miró confuso. Ahora el que no sabía si creer al otro era él mismo.
—¿Qué?
—Oí su voz. Toqué una canción con la guitarra que le regalé hace años y la escuché cantarla.
—La imaginaste cantando.
—No, la oí. Fue tan real que tuve que parar.
El teclista pestañeó y abrió las palmas de las manos.
—Bien, ahí lo tienes, la guitarra puede ser un recipiente.
Al sonrió y terminó su cerveza. Guardó un puñado de frutos secos en el bolsillo de su chaqueta y se bajó del taburete.
—Gracias, amigo. Román, me has ayudado bastante —le dijo con media sonrisa. Le dio una palmada en el hombro y frotó su cabeza a medio pelar—. Yo me iría pensando pasarme al té de frutas. Cuídate.
III
Cervezas, sueño y demasiadas emociones. Alejandro regresó a casa zozobrando y se dejó caer en el sofá. Encendió la tele pero le quitó el sonido, de manera que la única luz en el salón eran los reflejos azulados que pululaban sobre su cara. Ni siquiera se fijó en lo que estaban poniendo, se deshizo de su jersey negro y tomó en los brazos la guitarra azul. La guitarra de Claudia. Rasgó las cuerdas al aire, bien. Cogió la púa entre sus dedos e inspiró. Empezó a tocar la misma canción de antes, pero esta vez no escuchó nada.
Dejó la guitarra a su lado, desanimado. Se sentía estúpido, ridículo, invocando a una muerta con semejante instrumento como tabla de ouija. Paseó por el salón, se frotó la piel de los brazos, erizada por el frío, se lavó la cara repetidas veces, intentando despertar de aquella obsesión enfermiza. La botella de tequila seguía abierta junto a la pistola, le dio el impulso de agarrar una de las dos y escogió el licor. Bebió, bebió como si fuera agua, y el líquido ardiente pareció surtir el efecto de calmarle. Respiró más tranquilo al cabo, regresó al sillón y recuperó la guitarra. Menuda estupidez haber creído en ese rollo espiritista. Esta vez acarició las cuerdas con más calma, mente en blanco, el alcohol y la música le trajeron recuerdos de un modo natural y agradable. Entonó la deliciosa melodía de aquella película del oeste, un forajido retirado recordaba a su esposa fallecida. La canción se llamaba Claudia’s Theme.
Los dedos se movieron por las notas mil veces practicadas y Alejandro cerró los ojos. Se dejó llevar por la música, inspirando cada sonido vibrante de las cuerdas de acero, cada imagen borrosa de Claudia a su lado. Fue entonces cuando empezó a sentir ese frío, la primera vez que lo hacía, la primera de muchas. Abrió los ojos y observó el delicado vaho azul que surgía del interior de la guitarra, un hilo de bruma que flotó por el salón, cimbreó, como mecido por una brisa invisible, y voló dulcemente hasta posarse entre los cojines formando una curiosa nube de humo parecida a algodón de azúcar.
Ante la incredulidad del músico la bruma adoptó lentamente forma humana. Unas largas piernas, un torso desnudo. Los filamentos de vaho se convirtieron en dedos, en cabellos, en nariz y labios, al poco en los ojos almendrados que Alejandro tan bien conocía.
—Claudia…
La aparición dejó caer los párpados e inspiró despacio, llenando su pecho desnudo. Después miró al guitarrista y le dedicó un susurro.
—Al…
El músico dejó la guitarra y se puso de pie casi de un salto. La habitación entera parecía girar a su alrededor. Se frotó los ojos esperando que al hacerlo la alucinación desapareciera pero cuando los volvió a enfocar Claudia seguía allí todavía, recostada en el sillón, mirándole sonriente con su pálida piel estremecida por el frío.
—¿No te alegras de verme?
—¿Eres real?
Ella entornó los párpados antes de contestar.
—¿Quieres comprobarlo?
Alejandro se acercó dubitativo y posó su mano temblorosa sobre la cadera de Claudia. El tacto era frío, sí, pero real. Esa piel estaba viva, existía, aunque no hubiera manera humana de que la razón lo entendiera. Los dedos de ella también estaban fríos y se enredaron en el pelo negro de Al, acariciaron su cuello y el chico cerró los ojos. Una lágrima pugnaba por escapar. Entonces Claudia tiró de él con una suave presión y sus labios le besaron, su lengua cálida lamió su lóbulo mientras la voz que añoraba le susurraba al oído.
—Ámame.
Al abrazó el cuerpo de Claudia, lo acarició, lo recorrió con manos ansiosas, besó cada rincón que creía perdido para siempre. La levantó con facilidad y cruzó con ella el mínimo pasillo hasta el dormitorio apagado. Desordenada y sucia, la habitación recibió su pasión como si todo aquello tuviera sentido.
IV
Alejandro amaneció sólo en su cama. Las almohadas estaban tiradas en el suelo y las sábanas revueltas, pero toda la habitación olía a ella. El músico se levantó corriendo y salió desnudo al salón. La botella a medio acabar, la pistola, las balas, las guitarras negra y azul echadas sobre el sofá como dos amantes. Se acercó a recoger la de Claudia y la miró con asombro. La posó sobre su soporte con reverencia. Todo había sido real.
Cuando volvió a caer la noche Alejandro apestaba a sudor y le crujían las tripas. Había pasado el día buceando en internet, rebuscando en cientos de páginas más o menos fiables y había acumulado un dosier de información recopilado de forma caótica en su cuaderno de apuntes. No había encontrado nada, por previsible que fuera, que le demostrara que lo que había vivido esa madrugada en su salón no podía ser cierto. Al contrario, cientos de leyendas y otros testimonios no siempre tan intangibles hablaban de la posibilidad de invocar a los fallecidos mediante objetos a los que tuvieran apego. Principalmente la tradición oriental dedicaba buena parte de su corpus a ello pero también otras culturas, desde el principio de los tiempos, utilizaron artes cercanas a la nigromancia para hacer regresar a sus seres queridos durante al menos un tiempo. Alejandro observó desde el sofá la guitarra de Claudia apoyada junto a la televisión, parecía mirarle. No, no podía ser cierto.
Se metió en la ducha y agradeció que el agua helada le golpeara la cara. Hasta que no empezó a tomar temperatura no movió un solo músculo del cuerpo. Después, limpió el vapor del espejo del baño y el cristal le devolvió su mirada cansada, sus ojeras, su barba desarreglada. Un sándwich frío de pan endurecido y pasta de jamón le sirvió de cena y apuró en ella el resto del tequila. En su cabeza resonaban las notas de la guitarra.
—¡Vuelve! —exclamó. Dejó la cena y se plantó en mitad del salón con la guitarra azul en brazos, afinó, rasgó, y las canciones volvieron a surgir.
«See the stone set in your eyes, wherever you will go»… Sintió un tacto frío acariciar su espalda, pero se negó a abrir los ojos… «Wish you were here»… Un dedo le cerró los labios, una voz dulce y suave siguió cantando por él «Is not the words I want to hear from you…».
Alejandro dejó de tocar y se fundió en un abrazo con su Claudia revivida. Tenía que ser real, tenía que serlo porque estaba allí, la sentía y le besaba como la noche anterior, como tantas veces, como ahora sabía que podría hacer por siempre.
El mundo había cambiado y ya no estaba pintado de negro como auguraban los Stones. Claudia acudió a su guitarra azul cada noche, todas las noches que Al deseaba invocarla. Una tarde de invierno el Dos Copas Bar bullía por la nueva noticia y sus paredes volvían a relucir con los carteles del evento que estaba a punto de comenzar. Junto a la barra, Alejandro encontró, cómo no, a Román rondando a su tercera rubia.
—Vaya, el artista —le dijo alzando su vaso— al final volviste a escribir.
Al se subió al taburete junto a su viejo amigo con una sonrisa pintada a partes iguales de orgullo y rubor.
—Sí, eso parece.
—¿Material nuevo, versiones?
El guitarrista frunció el ceño y asintió al tiempo que hacía al camarero la seña convenida.
—Bueno, un poco de todo.
Un minuto después Al tenía en los labios su propia cerveza. Román le miraba satisfecho.
—Bien, eso es sin duda reflejo de que encontraste algo sobre lo que escribir. ¿Cómo se llama, bandido?
Alejandro acarició el cristal frío de su vaso. Muy serio, tomó otro trago.
—Claudia.
El concierto fue todo un éxito. Alejandro interpretó a la guitarra las canciones que tanto había tocado para Claudia, las que le habían llevado hasta allí. Inspirado, el espectáculo resultó uno de los mejores de su carrera y, al terminar, no pocos clientes del bar se acercaron a saludarle.
Se llamaba Yolanda. Era menuda, morena, y tenía unos ojos enormes que no había apartado de él durante toda la noche.
—Me ha encantado tu música.
Alejandro recogía las guitarras cuando ella le abordó. Todavía jadeaba por la emoción y el esfuerzo. La miró y ella le contagió su sonrisa. Llevaba un ceñido top amarillo y el pelo recogido en una coleta, sus gafas de montura negra hacían brillar todavía más sus pupilas.
—¿De veras? Cuánto me alegro. La verdad es que llevaba mucho tiempo sin tocar.
—Demasiado —contestó ella. Al torció el gesto.
—¿A qué te refieres? ¿Tan mal lo he hecho?
Ella se echó a reír.
—No, disculpa. Quería decir que nos hubiera gustado que volvieras a tocar antes.
—¿Nos?
—Bueno, a mí me hubiera gustado. Echaba de menos oírte.
—¿Me conoces?
—Sí, te he seguido desde hace tiempo, desde Razas de Noche, por lo menos. Bueno a ti no, a tu música —soltó una risilla tímida y Al también sonrió—. Me gustaron mucho tus discos en solitario. Lástima que después lo dejaras.
Al guitarrista se le ensombreció el semblante.
—Bueno, sí. Pero parece que los malos tiempos han pasado.
Yolanda asintió. Al no había bebido tanto como para achacar al alcohol lo bonita que le parecía esa chica. Buscó a Román con la mirada, su amigo le esperaba en la barra. Ella se dio cuenta de que el músico buscaba la manera de dar la espantada.
—En fin —le dijo—. Quizá alguna tarde podamos tomar algo y charlar de aquellos discos.
Al sonrío, ya más relajado. Había algo en aquella muchacha que le hacía sentir bien, casi cómodo, como si le transmitiera ganas de abrazarla. Supuso que su nuevo estado de ánimo le hacía apreciar las cosas de un modo distinto. Una noche tan especial y encontrar a alguien admirador de su trabajo le había servido para completar el día.
—Claro, por qué no.
Yolanda hizo ademán de aproximarse, una duda hacía titubear su mirada.
—¿Puedo?
Alejandro se echó a reír, súbitamente nervioso. Contestó que por supuesto y le permitió despedirse con dos besos. Después se dirigió a la barra junto a Román y este le recibió con una caña y un abrazo.
—Muy bien, chaval, muy bien —le dijo; aunque conociéndole, Al no supo bien si se refería a la actuación de esa noche o a las curvas de Yolanda.
V
El guitarrista llegó a casa de madrugada, una rápida ducha le borró el humo del tabaco, el olor del alcohol y el baño de agasajos del Dos Copas Bar, después comió un trozo de pizza fría y se sentó en el sillón. Tenía prisa por acariciar la guitarra de Claudia. Las primeras notas de una ardiente balada rasgaron el aire como puntadas de hilo helado, hacía frío cuando Al empezó a susurrar las palabras: «Life is just a lonely highway»…
Ojos cerrados y dedos recorriendo el mástil, una mano suave detuvo su arpegio y a su boca la calló un beso. Minutos después las mismas yemas acariciaban despacio la espalda desnuda de Claudia. Fría, muerta, pero tan dulce y hermosa como si siguiera con vida.
—Todo salió a pedir de boca —le dijo más tarde, mientras jugaba con los rizos de su melena—. Hacía tanto que no me sentía así en el escenario. Y todo por ti, mi amor.
—¿Quién era ella?
Alejandro detuvo el movimiento, podía imaginar los ojos de Claudia impertérritos, firmes, aunque no los viera.
—¿Quién?
—La chica.
El silencio fue tan duro como hasta hace poco lo era su ausencia.
—Ah, una espectadora. No sé, una chica, conocía mis discos.
—No quiero que vuelvas a verla.
Claudia dejó escapar el aire muy lentamente. Alejandro se tumbó en la cama a su lado, callado. Tras un rato mirando la penumbra palpitante del techo, donde la trémula claridad azul de la calle jugueteaba entre las persianas venecianas, se quedó dormido. Por la mañana volvía a estar solo.
Según le dijo Román, el Dos Copas Bar no había llenado dos noches seguidas de concierto desde casi el comienzo de la maldita crisis, de modo que lo que estaba consiguiendo Al era ya de por sí memorable. Rentrée de estrella, le aplaudió su amigo. Una semana después de su primera actuación tras casi un año, volvía subir al modesto escenario del bar con alguna mínima variación en el repertorio respecto al show anterior, pero esencialmente la colección de canciones que habían cimentado su relación con Claudia. El público no dejó de acompañarle y corear las frases desde la primera nota.
Tras los dos bises y al calor de los aplausos, Alejandro no hubiera encontrado manera de sentirse más pleno y feliz. Era lo que deseaba, vivir a través de la música, recuperar esas sensaciones que el accidente de moto había borrado de un plumazo. Sentado en la barra a solas, con una cerveza, un bocadillo y una sonrisa, firmó autógrafos y recibió felicitaciones, pero sobre todo pensaba en llegar cuanto antes a casa para contárselo a Claudia cuando la guitarra azul volviera a obrar su milagro. Y se preguntó cuánto tardaría ese sueño en desvanecerse, cuánto le quedaba de disfrutar de la compañía espectral de Claudia antes de que la realidad volviera a imponerse.
Apuraba la cena y se preparaba para marcharse cuando sintió una mano acariciar la suya y se giró hacia ese lado. Le recibieron los ojos alegres de Yolanda y su sonrisa embelesada. Al le devolvió el gesto y le agradeció las felicitaciones.
—Veo que tu amigo te ha abandonado —le dijo ella, señalando el taburete de Román vacío.
—Bueno, sí, él…
—Tal vez hoy tengas un rato para charlar con una admiradora.
Alejandro carraspeó, quería llegar a casa pero bueno, no podía haber nada malo en ser amable.
—Está libre —sonrió.
Un puñado de horas después Alejandro volvía a su apartamento. Había algo en esa chica, Yolanda, en su sencillez, en su forma de hablarle, de mirarle. Habían charlado de todo, como si se conocieran de siempre. De música, de cine, de guitarras y cuerdas, de libros, de diferentes sonidos para conmover un corazón torturado. De eso sabían mucho los dos.
Al entrar en casa el silencio se le hizo extraño. Llevaba en la cabeza el eco de una canción de Eric Clapton, una de la que había estado hablando con Yolanda y en la que los dos coincidían en que pasaba por ser una de las más románticas jamás compuesta, y el silencio sepulcral del salón se le antojó trío como una losa. Sin encender la luz tomó la guitarra azul como tantas otras noches, moría por contarle a Claudia todo sobre el concierto, cómo el público vibraba con cada canción que en realidad él cantaba para ella. Esta vez el espectro no se hizo esperar, la bruma flotó desde las tripas de la guitarra hasta detenerse en mitad del salón y tomar la forma de una Claudia furiosa.
—¿No te dije que no volvieras a verla? —El grito de la mujer asustó de tal manera a Alejandro que la guitarra casi resbaló de sus manos, Claudia terminó de arrancársela con un manotazo, y el instrumento cayó rebotado contra los cojines del sofá—. ¡Te pedí que la olvidaras!
El músico intentó frenar la caída del objeto, pero el fantasma le sacudió con un empujón que dio con él contra la pared contraria, chocando contra su colección de guitarras. El salón se llenó con el restallido disonante de las cuerdas de acero. Desnuda y fuera de sí, Claudia se abalanzó sobre Alejandro, le agarró de la camiseta y con una fuerza que no era de este mundo volvió a zarandearle. El guitarrista se estrelló contra las sillas de madera que bordeaban la mesa del comedor. Una grieta de sangre empezó a manar de su frente, se incorporó y encontró los ojos dementes del espectro de la mujer.
—Yo sólo…
—¡No me mientas!
Aquella cara irreal ya no era hermosa ni era sensual, sus labios formaban una línea torcida y sólo una de sus mejillas conservaba la carne, la otra mostraba una dentadura ennegrecida y manchada de barro. Su cabello surgía del cráneo requemado como puñados de alambres encrespados, sus ojos habían perdido los párpados y le miraban enrojecidos.
—¡Sólo charlamos! —exclamó él cubriéndose la cabeza con las manos—. ¡Sólo es una amiga!
El alarido de Claudia, espectral o no, estremeció los cristales y se clavó en los oídos de Al como una aguja hipodérmica.
—¡Una amiga! —chilló histérica.
La aparición se giró sobre sus pasos y la emprendió a golpes con el mobiliario. Las estanterías de libros y películas de Al desparramaron su contenido en todas direcciones, un plato con velas perfumadas se estrelló contra la pared tiñéndola con una mezcla de colores y la televisión acabó volcada sobre la mesa de cristal. Alejandro trató de detener a la criatura pero apenas rozó su brazo esta se volvió y le cruzó un zarpazo que le desgarró el pecho.
—¡Claudia, espera! —rogó, pero el portazo de la habitación le demostró que ya era tarde. Cuando se desprendió del jersey tenía tres franjas sangrando sobre su abdomen.
Atravesó el salón sorteando las novelas y los marcos de fotos tirados por el suelo, y llamó a la puerta del dormitorio. Desde dentro llegaban los sollozos de una Claudia desolada. Abrió con cuidado, esperando que algún otro objeto volara hacia su cabeza, pero eso no sucedió. La mujer lloraba desnuda sobre la cama sin abrir. Sus formas volvían a ser las de la joven preciosa que había sido en vida, y cuando Al venció el miedo y se acercó, no había rastro de la deformidad decrépita que le atacase.
Se sentó con tiento en la cama y le acarició el cabello, el cuello cálido, la piel fresca del brazo, de la cintura.
—Lo lamento mucho —le dijo. No volverá a suceder.
Ella se giró despacio y con la mirada empañada por las lágrimas recibió sus disculpas con un beso. Y le atrajo hacia ella.
—Lo sé.
Por la mañana, Alejandro se despertó desnudo y estremecido por el sudor frío. Claudia ya no estaba, pero sí el testimonio de lo que había sucedido. La casa de Al parecía un campo de batalla. Mientras lo recogía, el guitarrista se prometió que sí, que no volvería a suceder… Tan sencillo como no volver a invocarla.
VI
En el momento en que Yolanda cruzó la puerta del Dos Copas Bar, quedaban veinte minutos para que comenzara la última actuación de las que Alejandro tenía concertadas por esa temporada. El guitarrista apuraba su tercera cerveza de la tarde, Román, a su lado, había perdido la cuenta. Al no quería estar en casa, así que había llegado temprano al local y se preguntaba si contarle o no a su colega en lo que había derivado su conversación sobre médiums y recipientes de unos meses atrás. Román no pensaba en nada, sólo buscaba carnaza entre las chicas que iban llegando al bar, al final no había sido mala idea pinchar a su antiguo compañero para que volviera al tajo. Al otro lado de la barra, el encargado del Dos Copas, al ver como se llenaba su establecimiento cada vez que tocaba el dichoso chaval, se preguntaba cuánto le podría pedir por alargar el contrato algunas fechas más.
—Está muy bien —dijo Román—. Muy, muy bien.
Al le miró sin saber a qué se refería.
—Tu amiguita, la chica nueva —continuó el teclista. Alejandro regresó a su vaso.
—No es mi amiguita.
Yolanda se abrió paso entre las mesas ocupadas y se sentó en una libre muy próxima al escenario. Se giró para colgar el bolso del respaldo de la silla y le saludó desde allí con un gesto de la mano.
—Ya veo.
La chica dejó la mesa y empezó a acercarse a la barra para pedir su bebida. Román le devolvió el saludo con una sonrisa. Al se retorció incómodo.
—Bueno, yo creo que debo ir a empezar a preparar el equipo —musitó, bajándose del taburete. Román le miró extrañado.
—¿Pero qué dices, hombre?
—¿Alejandro? ¿Al? —preguntó Yolanda llegando junto a ellos. El guitarrista se detuvo, visiblemente incómodo. No levantó la mirada—. Quería desearte suerte antes de…
—Ah, vale, gracias —contestó él. La joven se dio cuenta de que algo no iba bien.
—Bueno, pues ya luego hablamos.
Alejandro sólo asintió. Se marchó al escenario y empezó a afinar la guitarra. Debía comenzar en breve, quería comenzar en breve, y terminar cuanto antes para regresar a casa.
Con todo preparado y el local lleno, Alejandro saludó a los asistentes y les agradeció su presencia. Tenía claro el repertorio con el que quería acabar la temporada, así que colocó los dedos en el primer acorde y… se detuvo. Al levantar la mirada había encontrado los ojos de Yolanda, una y otra vez, Yolanda. Y su mirada dulce y hermosa se convertía en cada ocasión en la turbadora y espeluznante deformidad de la del espectro de Claudia.
No se encontraba tan animado como otras noches, sus pensamientos iban y volvían desde lugares oscuros, recuerdos terribles, miedos que ni él sabía explicar. Pidió al camarero un trago de tequila y empezó a tocar. Tras cada canción tomó un tiro de ese agua de fuego, le animaba a seguir y le ocultaba la sonrisa de Yolanda. Un vaso tras otro, cada vez cantaba mejor, más alto. El público llegó a ponerse en pie, a corear sus canciones, a acompañarlas con palmas. Llegado un momento ya no le dio miedo mirar a Yolanda, al contrario, se sintió feliz de verla entre la gente, de que alguien quisiera dedicarle esa sonrisa, de que hubiera acudido allí sólo por él y para él. ¿Qué podía haber de malo? Alguien real, alguien a quien no fuera necesario invocar con una guitarra embrujada. Un nuevo capítulo al otro lado de la página.
La última canción llegó de fuera del repertorio que tenía previsto, le pareció perfecta para terminar la temporada. Miró a Yolanda. La sala en pie le despidió con las notas del mejor Eric Clapton, «… you were wonderful tonight». Después, el guitarrista, como un muchacho nuevo y feliz, bajó del escenario y se fundió en un cálido beso con una joven emocionada.
Yolanda no reparó en el televisor roto ni en la pared pintada de cera de colores cuando cruzó el salón abrazada a Alejandro y sin separar sus labios de los de él. Tampoco en la herida con forma de arañazo animal que le cruzaba el torso cuando le quitó la camisa. Al no se acordó de nadie cuando besó los pechos de Yolanda y lamió su piel cálida, viva, ni mientras le hacía el amor lentamente en la misma cama en que llevaba dos meses acostándose con el fantasma de una mujer muerta.
VII
Otra luna llena se colaba por la ventana coloreando de un pálido celeste la piel clara y desnuda de Yolanda, pero a Alejandro eso no le recordó que fuera aniversario de nada. La joven le acariciaba despacio con el filo de las uñas, estremeciéndole al pasar por determinados lugares. Él no se dio cuenta de que por primera vez en mucho tiempo se sentía relajado. Ese estado duró poco. Muy poco.
—Toca para mí —susurró Yolanda.
—¿Qué?
—Quiero que toques algo para mí. Sólo para mí.
Alejandro sonrió.
—Claro —le dijo—. Lo haré, muchas veces. Pero ¿ahora?
Ella asintió con una sonrisa tierna, casi infantil, que al músico le robó el corazón.
—Bien —dijo él—, traeré la guitarra.
Al se levantó desnudo de la cama y se dirigió al salón, donde sacó su acústica negra del estuche.
—¿Has pensado qué canción te gustaría?
—La que tú quieras.
—Vaya, vamos a ver…
Tuvo que dejar lo que estaba haciendo cuando escuchó las cuerdas a su espalda. Se dio la vuelta sobresaltado, Yolanda había cogido la guitarra azul de Claudia e improvisaba con ella un arpegio descoordinado.
—Deja eso… —murmuró Al.
—Me gusta esta guitarra —contestó ella sin dejar de tocar. Alejandro advirtió cómo todo su cuerpo se ponía en tensión, sintió miedo, un miedo visceral.
—Ya, pero déjala, vamos, te tocaré una canción con esta.
Yolanda dejó de rasguear y levantó la cabeza para mirar la guitarra negra. Negó con la cabeza.
—No —dijo—. Quiero que me toques una canción, pero con esta guitarra.
El muchacho notó cómo un balón de saliva se atascaba en su garganta y no conseguía hacerlo bajar.
—No, esa está… estropeada. Siempre utilizo la negra. Vamos a la habitación.
Yolanda le miró y se echó a reír.
—¿Estropeada? ¿Qué dices?, pero si está afinada y todo. ¡Algo sé! Anda, bobo, toca una balada con esta. Suena genial y es preciosa.
Alejandro logró tragar pero empezó a ver el mundo a cámara lenta. No tenía ningún motivo para decir que no, ninguno que no le dejara como un estúpido loco de atar. Así que dejó la guitarra negra y se acercó despacio hacia Yolanda. Los metros entre los dos se le hicieron un inmenso desierto de silencio. Ella le dio la guitarra azul y le tomó la mano para arrastrarle hasta el dormitorio. Se sentó a los pies de la cama, desnuda, preciosa, expectante. Él no podía ocultar su mueca de terror, se acomodó junto a ella y posó los dedos en las cuerdas como si estuvieran al rojo vivo. Quizá lo estaban. Ella le apremió con la mirada.
—¿Alguna…? —preguntó.
—¡Toca ya! —respondió ella con una sonrisa irresistible.
El guitarrista cerró los ojos e inspiró, sentía el pánico palpitar en cada yema de sus dedos. Tenía ganas de llorar. Colocó las manos y comenzó a rasgar los acordes. Una cuerda, otra, los dedos temblaban con sólo rozarlas. Quizá no sucediera nada.
—If blood will flow when flesh and steel are one…
No terminó la frase, ni siquiera llegó a pensar en la siguiente, la bruma azul se materializó una vez más y se abalanzó sobre Yolanda. La joven chilló horrorizada, el espectro de Claudia quería morderla, quería arañarla, su piel era apenas un pergamino ajado, sus cuencas vacías volcaban sobre la chica su interior de polvo y tierra y una lengua morada exudaba una baba pringosa de olor putrefacto. Los dedos de Claudia clavaban sus uñas rotas en la carne de Yolanda, tan aterrada que no podía más que gritar. Cuando Alejandro intentó ayudarla el zarpazo de la criatura le derribó de la cama.
—¡Te pedí que la olvidaras! —gritaba lo que había sido Claudia como una letanía. Su voz era un cruce de distintas voces, el eco de un número incierto de espectros hablando por ella. Alejandro se levantó sangrando profusamente por una herida en la cabeza, la mitad de su cara era una máscara brillante de color escarlata.
—¡Claudia, espera!
La criatura zarandeaba el cuello de Yolanda como si fuera el de un muñeco. Al intentó sujetarla, consiguió que la soltara y la dejó caer al suelo como un peso muerto, se giró contra él con las fauces abiertas en un ángulo antinatural, con las uñas ensangrentadas buscando sus ojos.
—¡Mentiroso! —chilló. Era imposible reconocer en aquella deformidad ningún rasgo de quien había sido su esposa—. ¡Tú eres mío!
Los dedos de hueso despellejado se aferraron al cráneo del músico como si fueran a romperlo. Apretaron y el dolor se volvió insoportable, las garras cavaban su carne como garfios de hierro.
—¡Mío!
El espectro parecía más grande cada vez, había perdido toda forma humana. Su cuerpo era un cúmulo de pústulas, carcomido y purulento. Yolanda la separó de Al, parecía diminuta en comparación, y el músico salió rebotado hacia atrás. La joven hundió sus dedos en la masa enmohecida de las cuencas vacías de Claudia y tiró de su cráneo mugriento hacia atrás. Alejandro corrió a la cómoda, rebuscó en el tercer cajón y encontró la pistola y la caja de balas. Se esforzó porque sus manos dejaran de temblar y poder recargar el revólver sin que los proyectiles continuaran cayendo al suelo, y es que la criatura se había dado la vuelta y su dentadura mugrienta estaba a punto de destrozar el cuello de Yolanda. El guitarrista levantó el arma y disparó tantas veces contra la espalda de Claudia como balas cabían en el tambor de la pistola.
El olor de la pólvora enturbió la habitación entre hilos de humo blanco. El engendro se dio la vuelta despacio, su boca reseca parecía sonreír. Empezó a caminar hacia Al dejando anclado contra el armario el cadáver de Yolanda, desmigajado por tres balazos que habían atravesado el cuerpo del fantasma como si fuera bruma. Los agujeros en la piel de la chica chorreaban ríos de sangre como cañerías abiertas. El músico se arrodilló y buscó a tientas más balas, apenas pudo atrapar dos de las esparcidas por la moqueta, parecían querer escurrirse entre sus dedos. Recargó tan rápido como pudo y disparó contra Claudia, escuchó los proyectiles estrellarse contra la pared. El espectro seguía acercándose despacio, relamiéndose en su venganza, el guitarrista encontró más balas y también las perdió perforando el aire a través de aquella cosa inhumana. No le dio tiempo a volver a disparar, la criatura alargó las manos, le levantó en vilo sólo tirándole de los pelos y descoyuntó sus mandíbulas hediondas como si pretendiera engullirlo de un solo bocado. Los ojos de Al lloraban observando la mueca desconcertada de Yolanda, sus pupilas parecían fijas en algún lugar de la cama. Y fue entonces cuando vislumbró la guitarra celeste.
Alejandro estiró el brazo cuanto pudo y atrapó el mástil abandonado entre la ropa de cama. Lo levantó, en el último esfuerzo que le quedaba reventó el instrumento contra la pared una, dos y tres veces, lo golpeó hasta que la caja esmaltada quedó reducida a pedazos de madera y astillas. La criatura se estremeció entre alaridos como si al hacerlo prendiera en llamas su alma, se llevó las manos a la cabeza soltando a su presa, se retorció junto a la cama, se abrazó a los restos de la guitarra mientras su piel humeaba como papel sobre las brasas.
Alejandro salió corriendo de la habitación y regresó con lo que quedaba de una botella de tequila. Aún conservaba el arma. Esparció el licor sobre los restos de la guitarra, cargó el cadáver de Yolanda y desde el umbral disparó contra quien una vez había sido su esposa. La bala atravesó el cuerpo decrépito y prendió el charco de alcohol envolviendo en llamas espectro, guitarra y cama. Los gritos de Claudia quebraron la madrugada como un millar de cristales reventando en pedazos, se retorció en medio de un dolor insufrible hasta que sus restos se fundieron con los de la guitarra y juntos con el humo ennegrecido que se marchó por la ventana.
Las sirenas de policía parecían llegar de todas partes. En el portal, Alejandro abrazaba el cadáver de Yolanda, acariciaba su piel con el cañón del revólver. Dos balas en el tambor, aunque sólo una sería necesaria. Al se mecía y lloraba haciendo rodar el cilindro metálico sobre la carne perforada de la chica.
Había disparado una vez. Clic. Dos veces. Clic. Colocó el cañón bajo la mandíbula. Disparó. Clic. Disparó.