INCOLORO
Javier Pellicer
Ha de advertirse a los tímidos y vacilantes, que el que no esté con nosotros, está contra nosotros, y que como enemigo será tratado.
General Emilio Mola,
planificador de la sublevación militar de 1936.
Hoy se van; muchos, millares, se quedan teniendo como sudario la tierra de España, el recuerdo saturado de honda emoción de todos los españoles. Hasta pronto hermanos.
Discurso de La Pasionaria, 1 de noviembre de 1938
En algún lugar de España, hace no tantos años…
Suelto mi puño y vuelvo a darle en el rostro. Su pómulo se abre como un melocotón golpeado contra una vara. Gime al tiempo que ladea la cabeza. Escupe un esputo de sangre acompañado de un par de dientes. Me mira con ojos de súplica. Se ha equivocado de hombre. A Santiago Navalón, capitán de la Guardia Civil, no hay quien le tome el pelo.
—Ahora mismo me vas a decir dónde coño están tus compañeros, o te prometo que te vas a arrepentir.
—Señor, no sé de qué me habla…
Le doy otra vez. Me da hasta asco golpearlo. La sangre de estos rojos de mierda me pone enfermo. Voy a tener que quemar el guante. Espero que al menos no salpique mi uniforme. Mientras tanto, le doy una patada en la costilla. Se escucha el crujido, luego el aullido del animal. Sí, eso es lo que es. Un animal, una mierda.
El pueblo entero está mirando. Tal como he ordenado. Quiero que lo vean, que comprendan lo que le ocurre a los que colaboran con esos desgraciados. Algunos de mis hombres abogan por ser más suaves, por ganarnos a estos mendrugos mediante las buenas maneras. ¡Bobadas! El Generalísimo no me envió aquí para dar caricias, sino para repartir las hostias que esta gentuza se merece.
—Mira, Miguelito, no me toques los cojones. —Lo cojo de la barbilla y le obligo a fijar sus ojos en los míos—. Te hemos pillado subiendo al monte con dos gallinas, a punto de anochecer. ¿Te crees que somos imbéciles? ¿Me crees un imbécil?
—No, mi capitán. Yo… yo…
Desenfundo la pistola y coloco el cañón sobre la frente. Presiono, para que sienta el metal, para que sepa que no voy a dudar en apretar el gatillo. Fantástico. El idiota se ha meado.
—Me vas a llevar donde se esconden esos maquis hijos de puta, o te juro que te vuelo la cabeza ahora mismo. Y detrás de ti irán tu mujer y tus dos hijas.
Arranca a llorar.
—¡Está bien, señor! ¡Lo haré! ¡Pero no le haga nada a mi familia!
Sonrío. Ya veremos si me da por cumplir mi parte del trato. Su hija mayor es bastante apetitosa.
Elijo al Severiano y a Manolo para que me acompañen al punto de encuentro. Siempre va bien no ir solo, por si los fachas. Tres tienen más oportunidades de escapar si las cosas se tuercen.
No es que espere problemas, la verdad. Miguel es un hombre serio, leal desde hace meses. Lo respeto dentro de lo que cabe. Es duro para ellos, lo entiendo. De hecho, se arriesgan más que nosotros. Viven entre los lobos. Lobos con fusiles y la mano larga para dispararlos.
Sin embargo, no me importaría sacrificarlos a todos si con ello pudiera cargarme a esos cabrones fachas. Excepto esos pocos que se arriesgan, el resto son unos cobardes. No sólo ellos, sino todos los que bajan la cabeza por todo el país. ¡Idiotas! Estamos intentando luchar por su jodida libertad y aun así les cuesta apoyarnos. Se quedan en sus casas, calientes al amor de unos leños ardiendo, mientras nosotros nos congelamos el culo aquí arriba. ¡Si mostraran el valor de rebelarse todos! Somos más que ellos, muchos más, pero más blandos. Tuvieron la oportunidad, pudieron alzarse cuando la invasión del Valle de Arán. Sin embargo, casi nadie levantó el puño.
A quién quiero engañar. Se pueden ir todos a la mierda, sí. Aunque cayeran todos, estarían bien empleadas dichas muertes si con ello sacáramos del poder a estos usurpadores que se llaman a sí mismos nacionales, pero no Benita. Ella merece vivir. Nos habríamos casado de haber acabado bien la guerra. Ahora es la amante de uno de esos fachas, que la toma a la fuerza cada noche mientras yo estoy aquí, prisionero en la montaña. Dice ser capitán de la Guardia Civil, pero en realidad es una hiena bastarda. Se llama Santiago Navalón, y juro que lo mataré.
Organizamos la batida con rapidez. Elijo a cincuenta hombres, todos buenos tiradores, y acostumbrados a recorrer aquellos parajes abruptos. Siempre he odiado los montes, excepto cuando iba de caza. Bueno, supongo que esto también es una cacería. En muchos aspectos más satisfactoria que la otra.
—¿Por dónde? —le pregunto a Miguel.
Señala al norte, un senderillo entre los pinos por el que apenas podemos pasar en parejas. No me gusta, podría tratarse de una emboscada.
—Que vaya él delante —ordeno—. Si es una trampa, que se lleve el primer balazo.
Media hora después, nos detenemos para tomarnos un respiro. La ladera del monte es enrevesada y bastante empinada. Me miro las botas y me cago en todos los muertos al comprobar el sinfín de arañazos. Y lo mismo con la chaqueta, que ya tenía dos rotos.
—Me voy a zurcir esto con la piel de esos desgraciados —reniego.
El sol se pone definitivamente y seguimos adelante. De momento, ni un alma. Miguel asegura que el punto de encuentro está un poco más adelante. Le doy un par de bofetadas. Aquello no era lo que yo esperaba.
—¿De qué coño de punto de encuentro hablas? ¡Tienes que llevarme hasta su guarida!
—Capitán, yo no sé dónde se esconden. Quedo aquí con ellos para llevarles suministros. —Rectifica al advertir su no intencionada confesión—. Quiero decir… que sólo lo he hecho una vez… Esto trastoca mis planes. Habrá que buscar otro modo de acercarse a ellos.
Los que se quedan en la cueva nos despiden con la típica mirada apática que últimamente veo en sus ojos. Están desmoralizados, y no les culpo. Sólo hay que ver cómo vivimos: hacinados en un recoveco de la montaña, malviviendo de los conejos que de vez en cuando logramos cazar, de los pájaros que se enredan en nuestras trampas, los peces que pescamos en el río, y de la generosidad de los del pueblo, que cada vez escasea más. Los vigilan a todas horas.
A veces nos atrevemos a bajar a los huertos para robar unas zanahorias o unas coles que llevarnos a la boca. También hemos emboscado a los cazadores para robarles sus piezas o hacernos con sus escopetas, y no hemos tenido reparos en agenciarnos alguna de las cabras de los pastores, cuando salen a pasturar. Quizá pueda parecer de ladrones, pero cuando el hambre aprieta… Eso sí, nos aseguramos de meterles un par de hostias para que los fascistas no los tengan por enlaces nuestros. Y ya de paso, para calentarnos las manos.
Apartamos el ramaje que cubre la entrada de la guarida. Es poco más grande que una madriguera de conejos. Treinta personas convivimos allí. Aunque la verdad es que hemos llegado a estar más apretados. En nuestros primeros tiempos alcanzamos los cuarenta guerrilleros, pero en dos inviernos se nos fueron un cuarto de los nuestros. Las fiebres son muy malas, sobre todo cuando no se dispone de ninguna medicina, pero, al menos hoy, comeremos caliente.
Hemos llegado al lugar señalado para los encuentros. Es una fuente natural encastrado en un pequeño claro, parapetado de árboles. Perfecto para una emboscada… nuestra.
He aleccionado bien a Miguel. Sabe que le estamos apuntando. Si se va de la lengua o les avisa de algún modo, le abriremos la cabeza. He apostado a mis hombres en la parte sur del claro, por donde hemos venido. Están bien ocultos, no los verán.
Como sombras, aparecen tres guerrilleros a la caída de la noche. Debían estar escondidos para ver si su enlace llegaba sólo. Por eso nos hemos separado un poco antes. Andrajosos, como merecen. Sus ropas están casi tan sucias como sus caras. Unos cerdos, eso es lo que son; animales salvajes que viven en agujeros inmundos. Ratas bolcheviques. No sin cierta ansiedad producto de la hambruna, recogen las dos gallinas que les ofrece Miguel.
—Gracias a Dios —dice uno—, no puedes imaginarte cómo rugen nuestros estómagos.
—Miguel, ¿estás bien? Pareces pálido —le pregunta otro.
Me preparo para hacer sonar el silbato. El tercer rebelde mira alrededor. Algo advierte. Tal vez un arbusto que no debería moverse, quizás una rama que se quiebra.
—¡Es una trampa!
Silbo.
Mis hombres saltan tras los maquis. No disparan, por supuesto, pues los queremos vivos. Dos de ellos se escabullen rápidamente, como jabalíes. Un grupo de los míos los persiguen. No podemos permitir que alerten al resto de rateros.
Pero el tercero es alcanzado por el cabo Solbes, que lo tumba gracias a su corpulencia. Lo rodeamos antes de que pueda sacar su arma y dispararnos o matarse él mismo.
—Ya te tengo, comunista…
Nos la han colado. Ese traidor de Miguel nos ha vendido. ¿Qué le han hecho? ¿Le han ofrecido dinero? No, ese cabrón de Navalón no es de los que va ofreciendo, sino de los que quitan. Seguro que lo han amenazado con fusilarlo, tal vez también a su familia. Pero no me importa. Un chivato es un chivato. No tiene perdón, y yo no se lo daré.
—Procura que muera hoy, Miguel, porque si no es así juro que te destriparé como a un gorrino —le digo, con la mandíbula apretada, enseñándole los dientes.
—Compréndelo, Ramiro, amenazaron con matar a mi mujer y mis hijas —suplicó.
—Quizá lo haga yo. Me las llevaré a la guarida, a los hombres les vendrá bien desfogarse.
Recibo el primer puñetazo.
—¡A callar! —ordena el capitán—. ¡Aquí nadie abre la boca sin que yo lo diga!
Y entonces le hace un gesto a sus subalternos. Bien, aquí empieza la paliza. Eso lo hará todo más realista.
Le damos una somanta de palos para ver si se le suelta la lengua, pero el muy cabrón es de los duros. Resiste, y entre golpe y golpe escupe a mis hombres. Me da que este no va a suplicarme. Tiene los huevos bien puestos, pero no más que yo.
—Ya basta de gilipolleces.
—Puedes torturarme todo lo que quieras, fascista de mierda, pero no pienso traicionar a los míos.
—Sois una panda de cencerros —le digo, mientras le pego con una rama que acabo de recoger del suelo—. A ver si os entra en la mollera: la guerra acabó. Y, por si no te has enterado, perdisteis.
—No mientras quede uno de nosotros en pie.
—Ya me encargaré yo de arreglar eso. ¿Me vas a decir lo que quiero?
Se mantiene callado. Bien, no importa. Me da la oportunidad de hacer algo que tenía bastantes ganas. Saco la pistola, le apunto a la cabeza… y en el último momento dirijo mi brazo hacia ese imbécil de Miguel. El disparo resuena por encima de las copas de los pinos y se pierde en la noche.
—El siguiente no serás tú, si es lo que estás pensando. —Le agarro del pelo y le obligo a fijar su vista en mí; quiero que se acojone—. Me cargaré todo el pueblo, uno por uno, hasta que confieses el paradero de tu panda de miserables amigos.
—Maldito hijo de puta…
Le pego con la culata del arma, abriéndole una brecha en la frente. Mano dura, eso es lo que piden estos indeseables.
—¿Por dónde?
Tiembla y duda antes de señalar una dirección.
Pobre gilipollas. No sabes la que te viene encima. Ha valido la pena dejarme golpear, ya lo creo que sí. Y la amenaza… ¡Bah! A estas alturas no me importa que fusilen a todo el pueblo, mientras dejen en paz a Benita y a ella no la matará, es su amante y si algo sé con seguridad es que estos bastardos no ceden sus «propiedades» así como así.
Quién lo iba a decir. Al final me ha venido bien que ella esté con un faccioso. Ahora se creen que me he rajado, que les voy a conducir a nuestra guarida. Sí, muy bien, os quiero confiados. Cuando paséis por la zona que controla la patrulla de vigilancia, os vais a llevar la sorpresa de vuestras vidas.
Caminar por la noche es bastante jodido. Hemos tenido que cubrir los fanales que llevamos con nosotros para que no nos vean venir. Me preocupa la tardanza de mis hombres, los que han salido en persecución de esos dos. No creo que hayan sido atacados. Está claro que los guerrilleros no esperaban nuestra jugada, así que no creo que puedan organizar un contraataque. Sea como sea, ya deberían haber vuelto.
Qué frío. Maldito bosque montañoso. El ulular del viento se cuela entre las agujas de los ramales y me hace tiritar. Ahora mismo podría estar en la finca, calentándome los pies delante del hogar de leña. Cómo odio a estos rojos. ¡Que se olviden ya de su estúpida rebeldía! No quedan más que cuatro gatos, desperdigados por ahí. ¿Realmente creen que van a cambiar algo? En todo caso, ¿qué quieren cambiar? España va por el camino que le corresponde. Tiene un gobernante duro, como debe ser, alguien que al fin ha echado a todos esos gusanos marxistas, fariseos de las palabras, de las libertades mal entendidas y las filosofías baratas; a esos que pretendían dar voz a los ignorantes, apartar a la Santa Iglesia, y quitarnos los privilegios que tan duramente nos habíamos ganado. Les enseñamos bien cómo se hacen las cosas. ¡Sólo vale una doctrina! ¡La de Dios y España! La vara llevará a este país donde merece estar, en lo más grande. ¡Ya nos darán las gracias entonces, cuando seamos la élite!
Se me pone la piel de gallina, y no es sólo por la gelidez del ambiente. Hay algo más. Una sensación que me revuelve las tripas, que me hace sudar a pesar de la baja temperatura. No sé cómo explicarlo.
—Capitán Navalón, tal vez sería buena idea si lo dejáramos para mañana —dice el alférez Prieto.
—¿De qué coño estás hablando?
—Verá… en el pueblo dicen… dicen que estas montañas están embrujadas.
La madre que lo parió. Ahora me viene este con cuentos de brujas.
—Alférez, como vuelva a escucharle una tontería de esas, le fusilo aquí mismo.
—Sí, señor… —responde, tras tragar saliva ante mi amenaza.
Es como si el bosque no fuera el mismo. El viento resuena de manera distinta, las ramas no se mecen con el mismo ritmo. Siento unas manos intangibles recorriéndome la espina dorsal. Me giro, esperando no sé muy bien qué, pero entonces entiendo que se trata de mi propio miedo. Se ha desatado, absurdo pero a la vez inevitable, como una serie de gusanos pululando por debajo de mi piel.
Conozco las leyendas del pueblo, las he escuchado desde niño. La Montaña de las Penas, la hemos llamado vulgarmente. Se dicen muchas cosas, relatos contados al fuego de la leña para asustar a los niños y evitar así que se alejen de la aldea, pero llevo viviendo en el monte casi tres años y jamás me he topado con un alma en pena. Jamás he sentido lo que hoy.
Acabamos de dejar atrás otro repecho. Los hombres están intranquilos. Miran a todos lados con gesto nervioso, y los fusiles les tiemblan en las manos. El vaho que escapa de nuestras bocas dibuja formas estremecedoras: zarcillos que parecen dedos, óvalos que me recuerdan a rostros angustiados… Hasta el maldito maqui está temblando de miedo. Esto es nuevo para él también, lo cual me escama. Este perro debería estar acostumbrado a recorrer la ladera boscosa por la noche.
¿Qué demonios ocurre aquí? Alguien lanza un grito de alerta. En posición todo el mundo. Hay algo en el suelo, desperdigado por el sendero de cabras. No, no algo, alguien, muchos… Muertos, una docena de cadáveres: mis seis hombres y otros tantos maquis, entre ellos los que escapaban.
Al principio pienso que los han abatido en una emboscada. Han vendido cara su piel, pero los míos no han logrado sobrevivir. Quizás incluso haya más de esos cabrones escondidos entre los árboles, esperándonos.
Pero a poco que examinamos la escena las dudas se convierten en certezas que, sin embargo, no me llevan a ningún lado. Pero lo aterrador es que ninguno de los cuerpos tiene una sola herida de bala. Y sus rostros… La Virgen María… Están desencajados, petrificados en una mueca tan horrenda que no puede ser descrita con palabras. ¡Cuánta angustia y desesperación! Sus bocas permanecen abiertas de par en par, como si hubieran muerto gritando —aunque nosotros no hemos escuchado nada—; los ojos abiertos como los de un búho y las facciones estiradas hasta lo indecible. Todos por igual. Rojos y nacionales.
Escucho a varios de mis hombres vomitando entre los árboles. Incluso yo tengo que hacer esfuerzos para mantener en el estómago la comida. Tengo que centrarme en algo que sea real. Aferró al guerrillero por el cuello de la camisa.
—¿Qué han hecho tus hombres, maldito hijo de puta? —me pregunta, tratando de parecer enfadado, aunque no logra esconder su miedo.
No lo entiende. Está tan asustado que no quiere ver lo evidente. Y, Dios me libre, yo tampoco.
—No sé nada de esto… Están todos muertos, los tuyos y los míos.
—¡Ya basta de cuentos para niños!
Cada hombre enfrenta al miedo, o al menos a sus primeros coletazos, de un modo. El capitán Navalón es de los que utilizan la ira, un fenomenal escudo. Al menos al principio.
Me propina un nuevo puñetazo. Creo que me ha partido la nariz, aunque el dolor casi es una menudencia ante el repentino escalofrío que me azota acto seguido.
Desorbito los ojos al contemplar lo que está ocurriendo… El bosque… el bosque está cambiando.
«Santa Madre de Dios». Esto no es posible. Estoy soñando, una maldita pesadilla, sí, de eso se trata, pero es tan real, tan horrible, tan viscoso.
El olor a putrefacción me azota el vientre, una hedionda atmósfera que ha volatilizado el aroma a pino fresco que hasta el momento se podía respirar. Ahora el aire es melaza, una gelatina pútrida que se me mete en las fosas nasales, me satura los pulmones, agobia mi organismo; aceite que se adhiere a mi piel como lapas transparentes. Abanico a mi alrededor con las manos, en un intento estúpido de apartar aquella sensación insoportable, pero la existencia se ha convertido en un momento entre lapsos infinitos, un universo anclado entre resuellos horripilantes.
Miro al suelo y me encuentro que la tierra es ahora una costra, repleta de heridas tumorales de las que brotan pus y sangre; un quiste monumental, en el que de pronto brotan sanguijuelas tan grandes como gatos, cuyas bocas dentadas me sonríen con malicia. Los arbustos se agitan, sus hojas y ramitas se me revelan como lenguas bífidas de las que surgen chorros de un humor verde como el veneno. Y los árboles… tienen rostros. No tallados en su corteza —que ahora parece la piel escamosa y húmeda de un reptil—, sino encarnizados, como si tras aquella armadura exterior existiera carne tumorosa, hinchada y malograda por algún mal antiguo y terrible. Sus muecas son horribles: sufrimiento, angustia, cautiverio, deseo, soledad… Emociones aumentadas hasta la locura, manipuladas hasta la obscenidad, pero lo peor está por llegar…
Alguien nos observa. Están ahí, ahora los puedo ver. Al principio parecen hombres. Visten con ropas que me son familiares. Reconozco a algunos: el Pancho, Manolo, Pedrico, el Severiano… Son mis compañeros. Están todos: los dos que me acompañaban, la patrulla de vigilancia, los que se suponía debían estar en la guarida.
Pero no aparecen solos, con ellos aprecio a los guardias civiles. ¿Cómo es posible? Están en el suelo, han muerto. Bajo la vista y los veo. Siguen ahí, sus cuerpos inertes y con esas caras horripilantes.
Lo comprendo cuando vuelvo a contemplarlos y advierto esa palidez en sus rostros. Su piel es tan clara que de pronto advierto sus músculos, y los huesos, y más allá, el bosque ahora corrupto. Son transparentes, son tenues como niebla. Dios nos guarde, son fantasmas.
Dibujan una mueca de auténtico horror, estirando aquellas pieles vaporosas hasta convertirlas en espasmos de abulia. La línea trillada de su boca les confiere la apariencia de espantapájaros esperpénticos.
Se lanzan hacia nosotros. Mis hombres no aciertan ni a reaccionar. Se han convertido en muñecos de madera, en palos clavados en el suelo, incapaces de moverse. Los espíritus llegan hasta ellos, famélicos se diría. Alargan sus manos, las hunden en los pechos, y arrancan lo que han decidido conseguir. Observo atónito cómo extraen las almas, que al instante se convierten en más fantasmas, mientras el cuerpo, ajeno ya de vida, se desploma con la expresión aterrada mar cada a fuego en la cara.
No sé de dónde saco la entereza para levantar mi pistola y disparar a uno de ellos. La bala no encuentra carne que herir y se pierde en la distancia. Se fijan en mí y en el maqui. Somos los siguientes.
Echo a correr. De pronto ya no me importa la guerra, los fascistas o cualquier otra cosa. La mente, el cuerpo y el alma me piden que huya, que deje atrás aquel horror sin nombre. Los muertos se han alzado y ahora reclaman nuestras vidas.
A mi lado corre ese capitán que hasta hace poco era mi enemigo. Ya nada de eso tiene cabida en mi cabeza. El horror nos persigue a ambos por igual. No, no somos compañeros de penas. Si lo cogen no me pararé a ayudarle. Pero ambos huimos en la misma dirección. A los dos nos asalta la misma desesperación, el mismo miedo. Ese que detiene el circular de la sangre, que estruja el corazón hasta ahogar sus latidos.
Mis zancadas se suceden en aquella gangrena que una vez fue suelo cubierto de hierba. Ya no hay rocas ni caminos, sino hinchazones tumefactas y venas palpitantes. Es como si todo el monte fuera ahora un organismo enfermo, una masa cada vez más informe. Cada paso resuena con retumbar húmedo, que salpica mis zapatos de pus.
¡Dios! ¡No puedo resistirlo! ¡Alrededor de mí sólo hay sonidos anormales! ¡Sus aullidos me persiguen! ¡Muerte, muerte, muerte!
Mi locura por escapar ha llegado a cotas tan aberrantes, que ni siquiera lo veo. Pero ahí está. Apenas unos minutos antes una bala le había destrozado el cerebro. Y ahora nos espera, con la expresión tan deformada como el resto de espíritus. Levanta los brazos, nos reclama con las manos. No logro evitarlo.
—Ahora entenderéis la gran verdad —nos susurra Miguel.
Adentra sus manos brumosas en nuestros pechos, los dos al mismo tiempo. Siento que el aire se me va, mis pulmones se vacían. ¡Qué mirada tan cargada de vacío nos entrega! No hay nada en esos ojos, una apatía absoluta, la no existencia de sentimientos, emociones, memorias… ¡No quiero eso, no deseo que me despojen de mi humanidad! ¡Quiero odiar, amar, disfrutar, recordar…!
Sin embargo ya está en mí. Percibo cómo hurga en mi interior hasta que sus dedos se convierten en flechas arponeando algo que yacía en mí, algo muy preciado.
Y me lo arrebata, con un tirón. Trato de resistirme a abandonar mi hogar carnal, pero la voluntad, debilitada por el terror, no basta. Me deslizo fuera, notando el tránsito con un dolor tan vivo que esculpe mi cara para siempre.
El proceso ha terminado. Y ahora todo está claro. Ya no siento, ni siquiera lo echo de menos. Entiendo que era algo molesto, que no aportaba nada.
Todo alrededor ha vuelto a la normalidad. El bosque parece de nuevo sano y verde.
Observo a Santiago. En realidad, ya no tiene sentido llamarlo así. Ha dejado de ser quien era. No es un fascista, ni un capitán de la guardia civil. Yo tampoco soy ya Ramiro, ni un maqui, ni un rojo republicano. Todo eso ha quedado atrás. Ahora comprendo a qué se refería el que en vida fue Miguel: todos somos iguales.
Comenzamos a descender por la montaña, en dirección al pueblo. Vamos a enseñárselo a todo el mundo. Vamos a enseñarles que no hay colores más allá de la muerte.