Capítulo primero

VIDA RALENTIZADA

El muerto estaba de pie en un pequeño claro iluminado por la Luna en mitad de la jungla, donde Farris le había encontrado.

Era un hombrecillo aceitunado vestido con una tela de algodón blanca. Un miembro típico de las tribus laosianas de aquella tierra de nadie, en plena Indochina. Estaba de pie sin sostenerse en sitio alguno, con los ojos abiertos, la mirada fija al frente sin parpadear y un pie ligeramente levantado del suelo y no respiraba.

—¡Pero no puede estar muerto! —exclamó Farris—. Los muertos no aparecen de pie en plena selva.

Piang, el guía, le interrumpió. Aquel engreído nativo de Annam había perdido toda su autosuficiencia desde el mismo instante en que se apartaron del sendero y aquel muerto inmóvil y en pie había completado su desmoralización.

Desde que los dos hombres habían penetrado dando traspiés en aquel bosquecillo de árboles de algodón y casi habían tropezado con el muerto, Piang no había dejado de barbotear palabras inconexas con aire asustado, sin dejar de señalar la figura, absolutamente inmóvil. Ahora, por fin, Farris le oyó decir con claridad:

—¡Ese hombre está hunati! ¡No le toque! ¡Tenemos que irnos de aquí, hemos penetrado en un rincón malo de la selva!

Farris no se movió. Llevaba demasiados años como buscador de árboles de teca para ser del todo escéptico a las supersticiones del sudeste asiático pero, por otra parte, sentía cierta responsabilidad para con el hombre.

—Si no está muerto, como dices, seguro que le sucede algo y necesita ayuda —sentenció.

—¡No, no! —insistió Piang—. ¡Está hunati! ¡Vámonos de aquí en seguida!

Pálido de terror, el guía echó un vistazo a la arboleda iluminada por la Luna. Se encontraban en una meseta baja donde la jungla era más monzónica que tropical. Los grandes árboles de algodón y los ficus estaban menos ahogados aquí por los matorrales y los zarcillos, y a través de mortecinos pasillos que se abrían entre las plantas podía divisarse, al fondo, unos gigantescos banianos que se alzaban como señores obscuros de aquel silencio plateado.

El silencio. El silencio era demasiado total para ser del todo normal. Hasta ellos llegaba el débil jolgorio de los pájaros y los monos procedente de la espesura, más allá de la arboleda y, por un instante, escucharon el rugido de un tigre traído por el eco desde las colinas laosianas. Sin embargo, la meseta en que se encontraban y la espesura que la circundaba permanecían en total silencio.

Farris se acercó al nativo, inmóvil y con la mirada fija, y le tocó suavemente la muñeca, delgada y de piel obscura. Durante unos instantes, le fue imposible localizarle el pulso. Por fin, notó un latido, una pulsación increíblemente lenta.

—Un latido cada dos minutos —murmuró Farris—. ¿Cómo diablos puede mantenerse con vida?

Observó con atención el pecho desnudo del hombre. Vio que se alzaba, pero con tal lentitud que el ojo apenas podía captar el movimiento. Permaneció expandido dos minutos y luego, con igual lentitud, empezó a bajar otra vez.

Farris se sacó del bolsillo una linterna e iluminó los ojos del individuo. Éste no reaccionó al estímulo, al menos al principio. Después, lentamente, sus párpados se contrajeron hasta cerrarse y, tras permanecer cerrados unos instantes, volvieron a abrirse a la misma velocidad casi inapreciable.

—Ha parpadeado… ¡pero con una lentitud cien veces mayor de lo normal! —exclamó—. El pulso, la respiración, los reflejos… todos le funcionan cien veces más lentamente de lo normal. Ese hombre ha sufrido una conmoción o bien está drogado.

Entonces advirtió algo que le produjo un ligero escalofrío.

El ojo del individuo parecía estar volviéndose hacia él con infinita lentitud y su pie levantado se había alzado un poco más. Como si estuviera caminando, pero aun ritmo cien veces más lento de lo normal.

Aquello era espantoso. Pero a continuación llegó hasta Farris algo todavía más espeluznante. Un ruido… el sonido de una ramita al quebrarse.

Piang exhaló el aire en un silbido de puro miedo y señaló hacia la arboleda. Farris miró hacia allí bajo la luz de la luna.

A unos cien metros había otro nativo. También permanecía inmóvil, pero tenía el cuerpo inclinado hacia delante con el ademán de un corredor repentinamente congelado. Y bajo sus pies, había crujido la ramita que habíamos oído.

—Adoran a los grandes, ¡por el Cambio! —dijo mi guía annamés con un ronco tono de pavor en la voz—. ¡No debemos entremeternos!

Lo mismo decidió Farris. Aparentemente, se había metido en algún extraño rito mágico de la jungla, y ya había tenido suficientes experiencias con los nativos asiáticos como para no desear intervenir en sus misteriosas religiones propias.

Él estaba en aquel rincón perdido, en la parte más oriental de Indochina, para dedicarse al comercio de madera de teca. Y ya tendría suficientes dificultades en aquella inexplorada tierra de nadie para, además, buscarse problemas con las tribus. Aquellos extraños hombres entre vivos y muertos, víctimas de una droga o de una enfermedad, no debían correr peligro si otros hombres de su tribu estaban cerca para vigilarles.

—Sigamos —asintió Farris lacónicamente.

Piang encabezó la marcha en el descenso desde la meseta cubierta por la selva. El guía cruzó la espesura como un ciervo asustado hasta que fueron a dar de nuevo al camino.

—Éste es… el camino al puesto avanzado del Gobierno —dijo, con gran alivio—. Debimos de perdemos en la hondonada de ahí atrás. No me había adentrado tanto en Laos más que un par de veces.

—Piang, ¿qué es hunati? ¿Y ese Cambio que has mencionado?

El guía se puso inmediatamente mucho más serio.

—Es un ritual de adoración. —Después, recuperando en parte su habitual charlatanería, añadió—: Esos hombres de las tribus son muy ignorantes. No han estado en la escuela de la misión, como yo.

—¿Adoración a qué? Los grandes, has dicho antes. ¿Quiénes son?

Piang se encogió de hombros e improvisó una mentira.

—No lo sé. En toda la gran selva, hay hombres que se pueden volver hunati, se dice. Yo no sé cómo.

Mientras avanzaba, Farris se puso a pensar. Había notado algo misterioso en aquellos hombres. Una especie de suspensión animada, pero no del todo. Más bien una increíble ralentización de la actividad.

¿Qué debía haberla causado? ¿Y cuál podía ser su propósito?

—Supongo que cualquier tigre o serpiente dará buena cuenta de un hombre en ese estado.

Piang hizo un enérgico gesto de negativa con la cabeza.

—No. El hombre que está hunati está a salvo… Al menos, de los animales. Ningún animal le tocará.

Farris quedó asombrado. ¿Se debería quizás a que su extrema inmovilidad hacía que los animales no se fijaran en él? Finalmente, supuso que era parte de las creencias de aquel culto a la naturaleza regido por el miedo. Aquel tipo de animismo era frecuente en esta parte del mundo y no era difícil comprender la razón, se dijo Farris con cierta aprensión. Aquí, en la selva tropical, la naturaleza no era la diosa sonriente de las tierras templadas. Era algo que no se amaba, sino que se temía.

¡Y bien que lo sabía! Había estado dos días en la jungla laosiana desde que dejara el curso del alto Mekong, cuando había calculado que en un día alcanzaría su objetivo: el puesto de investigación botánica del Gobierno francés.

Se quitó de encima unas hormigas aladas que intentaban picarle en su nuca bañada en sudor y lamentó no haberse detenido al caer el sol. Sin embargo, el mapa mostraba que estaban a pocos kilómetros del puesto y habían seguido, sin calcular que Piang perdería el camino y casi debería haber contado con ello, se dijo Farris, pues éste no era sino un sinuoso sendero que daba vueltas y revueltas en la pendiente de la meseta, cubierta de densa maleza.

Los ficus de treinta metros, los palos de Campeche para tintes y los árboles de algodón tamizaban la luz de la luna. El sendero se retorcía constantemente para evitar los impenetrables infiernos de bambú o para vadear pequeños arroyos, y la espesura de los zarcillos y lianas tenían una diabólica habilidad para engancharle a uno en la oscuridad.

Farris se preguntó si no habrían perdido el camino otra vez y se preguntó también, no por primera vez, por qué habría dejado Norteamérica para meterse en el asunto de la teca.

—Ahí está el puesto —dijo de repente Piang, con manifiesto alivio.

Frente a ellos, en la ladera cubierta por la jungla, había un saliente plano. Allí brillaba una luz, procedente de las ventanas de un bungalow de bambú irregularmente construido.

Farris se dio plena cuenta del cansancio que había acumulado cuando cubrió los últimos metros del camino. Se preguntó si encontraría allí una cama decente y qué tipo de persona sería el tal Berreau para haber escogido enterrarse en aquel puesto de investigación botánica perdido de la mano de Dios.

La casa de bambú estaba rodeada de gráciles palos de Campeche de gran talla, pero la luz de la luna ponía a la vista un jardín alrededor del edificio, circundado por un seto bajo de sapán.

De la galería a obscuras surgió una voz que sorprendió a Farris. Era una voz de muchacha que hablaba en francés.

—¡Por favor, André! ¡No vuelvas con eso! ¡Es una locura!

Una voz de hombre respondió con aspereza:

Lys, tais-toi! Je reviendrai

Farris carraspeó diplomáticamente y luego dijo, en dirección a la obscura galería:

—¿Monsieur Berreau?

Se hizo un silencio total. Después, la puerta de la casa se abrió y la luz procedente del interior bañó a Farris y al guía.

En el umbral, Farris vio a un hombre de unos treinta años, en ropa interior y con la cabeza descubierta, de enjuta y rígida figura.

La muchacha no era más que algo borroso bajo el súbito resplandor. Farris subió los escalones.

—Supongo que no tienen muchos visitantes. Me llamo Hugh Farris. Tengo una carta para usted del Bureau de Saigón.

Hubo una pausa. Después, el hombre dijo:

—Si quiere pasar, M’sieur Farris

En la salita iluminada por la luz, de paredes de bambú, Farris dirigió una rápida mirada a la pareja.

A sus expertos ojos, Berreau parecía un hombre que hubiera permanecido demasiado tiempo en los trópicos: sus rasgos finos y rubios estaban deslucidos por el clima corrosivo y sus ojos tenían un aire inquieto y febril.

—Lys, mi hermana —dijo, al tiempo que asía la carta de manos de Farris.

La sorpresa de éste aumentó. Hasta aquel momento, había supuesto que la muchacha era su esposa. ¿Por qué querría una muchacha tan joven enterrarse en aquella espesura?

No le sorprendió, en cambio, que ésta tuviera un aire desgraciado. Debía ser bastante bonita, pensó, de no ser por aquella mirada de nervioso desconsuelo.

—¿Quiere beber algo? —preguntó ella. Después, dirigiendo una mirada breve y nerviosa a su hermano, le dijo a éste—: Así, ¿ya no te irás, André?

Berreau volvió el rostro hacia el bosque iluminado por la luna, y una tensión ansiosa, de codicia, se formó en sus mejillas. A Farris le causó sobresalto, pero el francés se volvió rápidamente.

—No, Lys. Sírvenos algo, por favor y dile a Ahra que se cuide del guía.

Leyó la carta con rapidez mientras Farris se hundía con un suspiro en una silla de mimbre. Desde ella, alzó la mirada con ojos cansados.

—Así que viene a por teca, ¿no?

Farris asintió.

—Sólo para encontrar los árboles y sacarles unas tiras de corteza. Después tienen que pasar unos años antes de talarlos, ¿sabe?

—El Comisario dice que debo prestarle toda mi colaboración.

Explica la necesidad de abrir nuevas zonas de explotación de madera de teca.

Dobló lentamente la carta. Farris comprendió que, evidentemente, aquello no le gustaba al hombre, pero obedecería las órdenes.

—Haré cuanto pueda por ayudarle —prometió Berreau—. Supongo que querrá contratar a algunos nativos. Yo los conseguiré.

—Un extraño velo pareció nublarle los ojos al añadir—: Pero por aquí hay algunos bosques que no sirven para la explotación forestal.

Ya hablaremos de esto más adelante.

Farris, sintiéndose más exhausto por momentos tras la larga travesía, agradeció el vaso de ron con soda que Lys le tendía.

—Tenemos una pequeña habitación libre. Creo que estará cómodo allí —murmuró.

Farris le dio las gracias.

—Estoy tan cansado que podría dormir sobre un tronco. Tengo los músculos tan rígidos que yo mismo parezco un hunati.

El vaso de Berreau cayó al suelo con un súbito estrépito.