Dos recortes de «El Liberal», que pueden ser todo lo elocuentes que se quiera
Aquella misma noche me leí casi toda la colección. Comenzaba con unas líneas de la Redacción y seguía con la ejecución de Diego Corrientes:
«En la hidalga casa del abogado sevillano D. Joaquín de Palacios Cárdenas hemos hallado los cuadernos manuscritos de cierto R. C. de la B., anotando durante más de cuarenta años, casi día por día, sucesos memorables de la ilustre ciudad, que casi siempre se refieren a riadas, pestes y ejecuciones.
»De ellos tomamos la anotación siguiente:
“En 30 de marzo de 1781 fue arrastrado, ahorcado y descuartizado, cuyos cuartos se pusieron en los caminos y la cabeza, metida en una jaula, se puso en la venta de La Alcantarilla, el famoso bandido, ladrón de caballos padres y salteador de caminos Diego Corrientes, vecino de Utrera. Por los grandes delitos que cometía fue pregonado por tres veces, ofreciendo grandes premios al que lo entregase vivo o muerto. Habiéndose retirado a Portugal, fue extraído de dicho reino y conducido a la cárcel de esta ciudad el día 25 de dicho mes y año y el 26 y 27 se le tomaron las declaraciones; pero como la causa estaba sustanciada en rebeldía, el siguiente día 28 se le puso en capilla y se le quitó la vida dicho día 30; el cual murió ejemplarmente, de edad de veinticinco años, no cumplidos.
»Se advirtieron en este reo las circunstancias siguientes:
1.a Que un amigo suyo que lo acompañaba dio aviso para que lo prendieran, diciendo dónde estaba y acompañando a los que lo prendieron.
2.a Que fue preso en un huerto, en donde estaba descansando, sin armas y descuidado.
3.a Que entró en domingo en esta ciudad.
4.a Que fue afrentado.
5.a Que fue ajusticiado en viernes de marzo.
Nota: —No hizo muerte ninguna”.
»El atrevido paralelo del proceso de Diego Corrientes con la Pasión de Nuestro Señor, hubiera podido valer a R. G. de la B., un proceso de Inquisición.
»Pero nadie lo supo entonces, y ahora por vez primera se publica.
»Y la trágica cabeza, con la horrible mueca que descompuso la cara juvenil y enérgica, fue a parar a la venta de La Alcantarilla, a la vista del lugar donde D. Francisco de Bruna sufrió el ultraje de atar la bota del pie izquierdo del bandido».
Diego Corrientes tenía una aspiración muy particular: trataba de equilibrar la sociedad expropiando a los ricos y entregando sus riquezas a los pobres. Como los libertarios de Casas Viejas, quiso eludir la sangre. Lo consiguió por su habilidad para la coartada.
Más adelante vimos esta otra descripción de la prisión y muerte de un aristócrata. Este fue apresado con una cuadrilla de auténticos forajidos y criminales, llamada «Los Berracos»:
«Hallándose infestada la provincia de Sevilla con una cuadrilla de bandidos, nombrados los Berracos, procuraron las justicias de los pueblos perseguirles, a fin de ver cómo los podrían coger, para quitar estas langostas de los caminos, lo cual consiguieron, y puestos en la cárcel de esta ciudad, se les siguió la causa, y sustanciada se les intimó por los señores de la Real Audiencia, el lunes 12 de noviembre de 1798, la sentencia siguiente:
»A Pablo de Reina, natural de Estepa, arrastrado y ahorcado.
»Al señor don Francisco de Huertas y Eslava, natural de Écija, dado garrote, según la calidad de su persona.
»A. N. N. —aristócrata también, y de tal calidad que no se menciona su nombre—, que fuese puesto al pie del suplicio mientras se ejecutaban los dichos castigos, y después, en compañía de Juan Ruiz Vela (alias Cabeza torcida), desterrado por diez años a las bombas; en dicho día lunes, metieron en capilla a otros reos que se les había de quitar la vida, y el miércoles 14, a las diez de la mañana, sacaron de la cárcel de los señores a N. N. montado en un burro y lo pusieron al pie de la horca con cuatro soldados de guardia.
»A las once de la mañana sacaron a Pablo de Reina, metido en un serón tirado de un caballo (aunque los hermanos de la Hermandad de la Santa Caridad tuvieron la de llevarlo en sus manos) y acompañado de varios religiosos y personas de gran distinción llegó a la horca, en donde después de ser reconciliado y suplicado lo encomendasen a Dios y su Santísima Madre, y exhortado por religiosos de Nuestro Padre San Francisco, se le quitó la vida.
»A las doce sacaron al señor don Francisco de Huertas y Eslava, con una tunicela de paño negro, sujeta por la cintura con un cordón de seda, y en la cabeza puesto un gorro del mismo color, y en un dedo de la mano izquierda un cintillo; iba subido en una mula, toda enlutada, sin que se le viera más que manos, pies y orejas. Iba escoltado de religiosos carmelitas descalzos y otros varios eclesiásticos, que lo iban exhortando. De esta manera llegó al tablado que para este efecto estaba construido en la plaza, a la salida de la calle Chicarreros, a la izquierda, arrimado a los portales, el cual era de dos y media varas de alto, cinco de ancho y seis de largó. Estaba todo cubierto de paño negro hasta arrastrar una cuarta por el suelo. En el medio estaba el palo que tenía el tornillo, todo nuevo, y delante, de cara a la Audiencia, un sillón sin espaldar, también enlutado, así como el palo del tornillo. En la cara que miraba a las Casas Capitulares estaba puesta una escala ancha de ocho pasos, toda enlutada, por la cual había de subir el reo. Al lado opuesto, en la esquina del tablado del lado de los tundidores, estaba otra escala en blanco, de sólo siete pasos, más angosta que la otra, para el uso del verdugo y pregonero. En el suelo, arrimado a las esquinas del tablado, estaban cuatro grandes hacheros negros para, a su tiempo, ponerlos sobre el tablado.
»Luego que llegó el reo lo acompañaron a subir al tablado los religiosos carmelitas descalzos que lo habían acompañado en la capilla; lo sentaron en el sillón, y habiendo el reo levantado las manos, que llevaba atadas, manifestó al verdugo el cintillo que llevaba puesto, el cual se lo sacó el verdugo y se lo puso en su mano; después lo ató al reo de pies y manos al sillón, y en fervorosos actos de amor y dolor entregó su cuello al tornillo y su espíritu al Creador, siendo sentida esta muerte de todo el numeroso concurso que asistió a esta escena.
»Luego que expiró se colocaron los hacheros ya dichos, en los que pusieron hachas de cuatro pábilos, y en cuatro blandones pusieron velas de a dos libras y comenzaron a doblar las campanas del Sagrario, San Francisco y los Terceros.
»A la una y media vino con grande solemnidad un entierro del Sagrario con doce clérigos y la cruz parroquial, y subió al tablado el doctor D. Pedro de Vera y Delgado, canónigo penitenciario de la Santa Iglesia; D. Rafael Brunenque, presbítero, maestro de ceremonias, de ídem; D. Francisco Javier Cutón, exdecano del Colegio de Abogados, y un pasante de dicho señor; y habiendo el verdugo aflojado el tornillo, se retiró y los dichos señores lo desataron, y tendido sobre el tablado le pusieron un hábito de San Francisco, lo metieron en una caja que estaba prevenida desde por la mañana bajo del tablado, lo bajaron entre dos mozos y fue conducido a la capilla de San Antonio de los Portugueses del Compás del Convento de San Francisco, y puesto en medio de dicha capilla se le puso la cera que tuvo sobre el tablado.
»Aquella tarde expusieron los Padres Carmelitas que le asistieron en la capilla, haber encargado el difunto que en su muerte se le vistiese el hábito de su Religión Descalza; por lo que se le mudó de hábito, dejándole el de San Francisco metido en la caja, a un lado del cadáver».
Los familiares del ahorcado repartieron entre sus amistades ochocientas esquelas, con el siguiente texto:
«B. L. M. Don Gregorio Rosso, capitán de navío, de la Orden de Calatrava; D. Francisco Ignacio Rosso, capitán de fragata, de dicha Orden; D. Francisco Eslava y Conde, regidor perpetuo de la ciudad de Écija, ausentes, y sus amigos el doctor D. Juan Acisclo de Vera y Delgado, presbítero de la Orden de Carlos III, racionero de la Santa Metropolitana y Patriarcal Iglesia de esta ciudad, juez de la Santa Iglesia y vicario general de este Arzobispado; el doctor D. Pedro de Vera y Delgado, canónigo penitenciario de la misma Santa Iglesia, y el doctor D. Francisco Javier Outón, exdecano del Colegio de Abogados de esta ciudad, y les suplican se sirva asistir al funeral de D. Francisco de Huerta y Eslava, primo y sobrino de los nominados ausentes, que se hará en la iglesia de RR. PP. Terceros, a las once en puntó de la mañana del jueves 15 del corriente, a cuyo favor quedarán reconocidos. El entierro sale de la capilla de San Antonio, al compás de San Francisco».
Dicho testigo presencial no omite ciertas expresiones de respeto para la alcurnia del finado, en las que coinciden los jueces que le sentenciaron, los religiosos que le confesaron e incluso el mismo verdugo. El entierro fue suntuosísimo. Asistieron las comunidades de los niños Toribios de la ciudad, la cruz parroquial, cuarenta sacerdotes, el obispo, los caballeros de la ciudad, juez de Iglesia, canónigo penitenciario y abogados. Termina diciendo dicho testigo presencial:
«Fue grande el concurso que acudió a dicho entierro, habiéndose gastado sobre veinte mil reales vellón en el costo del tablado, tornillo, paño para enlutarlo, vestido del reo, costo del verdugo y pregonero, misas y entierro, y demás gastos».
Estos gastos, incluso el vestido y el sueldo del verdugo, los pagó la familia del reo.
Al día siguiente fuimos a ver la plazuela de Chicarreros y logramos emplazar mentalmente el tablado en la forma que lo describe el señor R. G. de la B. Cuando nos fuimos, pensábamos:
—Por lo general, el bandido de tipo proletario no mataba. Se limitaba a robar. Seguramente no se tenían por ladrones, sino por «expropiadores». Los que mataban eran estos, los aristócratas. Y robaban con conciencia del robo.