Una vieja teoría respecto al delito. —Filosofía mural en verso

Si la ley no existe mientras no ha sido consagrada por su uso y aplicación, lo mismo se podría decir del delito, invirtiendo los términos. El delito no existe mientras no es reconocido por los jueces y sancionado. En este caso de Casas Viejas, mientras no lo haya conocido y condenado la opinión. Por lo tanto, en Casas Viejas no sucedió nada hasta que nosotros lo hemos contado. Nada de particular tenía que los propietarios de Casas Viejas quisieran evitar ese delito. Al menos, esta era la teoría de ellos.

En los patios de las cárceles y de los presidios, los delincuentes de «sangre», de pura sangre propia y de sangre ajena, tienen una idea análoga del delito. El hecho criminoso no es todavía el delito. Lo es cuando, conocido por los periódicos, descubierto por los funcionarios del Estado, la opinión y los jueces, a la par o en discrepancia, según los casos, crean la atmósfera de la inmoralidad a su alrededor, en contraste con los sentimientos normales y morales de los demás. Entonces el criminal se siente criminal. Hasta entonces se considera un hombre como los demás, que ha cometido un hecho extraordinario.

En la Cárcel Modelo, de Madrid, pudimos comprobar el año 1927 esa observación. Nos habían dado una celda común que tenía las paredes llenas de grafitos. Por allí habían pasado, a lo largo de los años, los tipos más variados de delincuentes, dejando sus huellas en las paredes. Estaban casi todos los géneros literarios. Verso, prosa, diálogos dramáticos. Y al lado de la castiza y rotunda expresión española, una frase comedida en francés, y más arriba, una larga parrafada en inglés. Nos entretuvimos en copiarlas. Los versos estaban al lado de la puerta, y decían:

Has de estudiar la moral

en el Código penal,

y ten por lema profundo

que el mal no es mal

hasta que lo sabe el mundo.

Versos que acreditaban a un delincuente de la escuela retórica de Campoamor y que nos interesaban porque venían a corroborar aquella teoría de los asesinos profesionales de que lo malo no es el crimen, sino las dificultades de la ocultación, ya que el crimen comenzaba en cuanto era descubierto y divulgado. Luego supimos que los versos los había escrito un alto empleado de una gran Compañía, que fue allá por diversos delitos. Uno, de sangre.

«Las dificultades de la ocultación». Iba a existir el crimen en el momento en que lo descubriéramos. Había que evitar ese crimen. Los que se lo propusieron en Casas Viejas eran también de la escuela retórica de Campoamor, probablemente, y, desde luego, cofrades del filósofo y poeta mural que estuvo en la cárcel y que tenía a la cabecera de su cama un crucifijo de plata que le había llevado su mujer.