El Manué de Jorge Borrow es hoy limpiabotas. —Fantasía de la calle de la Sierpe
Dice Borrow en el tercer tomo (página 204) de La Biblia en España: «Los andaluces de clase alta son probablemente, en términos generales, los seres más necios y vanos de la especie humana, sin otros gustos que los goces sensuales; la ostentación en el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene igual en su bajeza, y su prodigalidad, en su avaricia. Un andaluz descubrí yo, sin embargo, a quien proclamo sin vacilar como el carácter más extraordinario que he conocido. Pero no era un retoño de una familia noble, ni portador de suaves vestidos, ni personaje lustroso y perfumado, ni uno de los románticos que vagaban por las calles de Sevilla adoptando actitudes lánguidas, con largas melenas negras que les llegaban hasta los hombros, sino uno de aquellos a quienes los orgullosos y duros de corazón llaman la hez del populacho. Un hombre miserable, sin casa, sin dinero, harapiento, destrozado. Aludo a “Manué”, a quien no sé por qué oficio nombrar: si vendedor de lotería, o auriga del carro de los muertos, o poeta en poesía gitana. Maravilla será que aún estés vivo, amigo “Manué”. Tú, de condición natural tan noble, honrado, de corazón puro, humilde, pero digno, ¿vagas aún por las calles de Safacoro (Sevilla, en caló) o por la margen del Len Baro (Guadalquivir)? O quizá descansas ya fuera de la Puerta de Jerez, en el camposanto adonde, en tiempo de epidemias, acostumbrabas llevar a tantos en tu carro. Muchas veces, en las reuniones de los sabios, he recordado tu sencilla sabiduría. ¡Y cuántas veces, al meditar en la muerte que se aproxima cada día, he deseado poder reunirme contigo otra vez y que tus manos ayuden a llevarme allá, a la soleada planicie!». Esto dice Borrow. «Manué» asoma a menudo en la vida sevillana. Tiene sobre el de 1830 una condición: la fantasía. Su sabiduría, qué Borrow recordaba entre los sabios, ha ido admitiendo el barroquismo de un tiempo confuso, y, en lugar de mover la cabeza con melancolía para decir una sentencia, gusta de trazar arabescos en el aire. Es limpiabotas. Estamos sentados en la terraza de un bar ante dos vasos de vino. Hablamos de cosas simples.
—¿Cómo es —le pregunto— que, siendo tan supersticiosos en Sevilla, a la calle principal la llaman calle de la Sierpe?
«Manué», en lugar de aclarar la duda, contesta con otra pregunta:
—¿No sabe usté de dónde viene el nombre?
Y lo explica:
—Una vez, cuando la ma llegaba hasta la Puerta Jeré… —esto hace pero que muchísimos años—, salieron dos marineros a dar un paseo en una barquilla…
Iban hablando y paseando cuando, cansados de remar, se acercaron a una roca que emergía del agua, y saltaron a ella. Amarraron la barca y se sentaron a liar un cigarro. Hablaban y fumaban. Uno de ellos dejaba el cigarro en la roca. Cuando el fuego fue avanzando hasta dar en ella sintieron una gran sacudida, y fueron lanzados al agua. Lucharon con las olas y de pronto se vieron atacados por una formidable serpiente, que era, en realidad, sobre lo que habían estado descansando. La sierpe los mató, y días después fue muerta por la compañía de Marina y sacada a tierra. La llevaron en procesión, a la Macarena, y en memoria de ese episodio le pusieron a la calle principal «calle de la Sierpe».
A «Manué» le parecía muy bien, porque, como el de Borrow, era creyente todavía. O quizá le quedaba, de limpiar las botas a los señoritos de la calle de la Sierpe, cierto servilismo supersticioso y la necesidad de mentir para divertir. El caso es que ponía una gran fe en su relato. «Manué», «hez de la ciudad», según las personas importantes, llevaba su fantasía como una máscara para disfrazar quizá la «sencilla sabiduría» del que en 1830 enterraba a los muertos del tifus.
Después del relato me dijo que no era de la ciudad, sino de la Sierra, y que había ido allá porque el campo «estaba muy malo».
—¿Lo pasa usted mejor aquí?
—¡Qué quiere usted! Trabajo es lo que hase farta, y que corra el dinero. Porque la vida, allí o aquí, en todas partes es iguá.
Le pregunté si estaba en alguna organización obrera, y habló mal de «los del puerto» y de los libertarios. Y repetía que la vida es igual en todas partes. Salvo en «Sanluca». Sanlúcar tenía para él un extraño atractivo. Mar azul, tranquilidad y sosiego. Este «Manué» tiene sólo veinticinco años, y parece un viejo. Vive al margen de la lucha de clases. Tiene algo decadente y aristocrático en sus maneras. Es el «Manué» de Borrow, tan elogiado por el misionero protestante, traducido con singular amor por el presidente del Consejo de Ministros, Sr. Azaña.