Capítulo 12

Nace por ti,

la crecida del Nilo.

El agua de la vida.

Crece por ti,

lo que viene del agua,

las ricas tierras negras de Egipto.

El cielo arde por ti,

la tierra tiembla por ti,

tus pies son bañados por agua pura.

¡El Rey es Próspero!

¡El palacio florece!

¡El mes ha nacido!

La región está cubierta.

¡La cebada crece!


La sonora voz de Meryre hizo que el himno se extendiera por toda la estancia. Vestido con ropajes blancos, cumplía la función de sacerdote lector ante el Círculo Real en la Gran Sala del Consejo, junto a la sala de banquetes, en el corazón del palacio de Malkata. Yo estaba allí, obligado a escuchar sus tonterías. Mantuve el semblante serio mientras trataba de no recordar a Meryre con el culo al aire, perseguido como una ardilla por el resto de los niños de la Kap por las orillas pantanosas del Nilo.

Se suponía que era una ocasión sagrada. Akhenatón estaba sentado sobre una plataforma en forma de santuario con una columna de estuco a cada lado, pintadas de azul y verde y adornadas con hiedra de oro. Los capiteles eran hojas de acanto de color rojo sangre; sus basas estaban formadas por hojas de palma amarillas con bordes de plata. En la parte superior de la plataforma, una fila apretada de cobras, recubiertas de oro verdoso y pintura negra con furiosos ojos de brillantes rubíes, nos miraban con destellos amenazadores. El resto de la cámara estaba pintada de color azul cobalto, el color favorito del Magnífico, menos las columnas, esculpidas en forma de gruesos tallos de papiro, de deslumbrante color verde y amarillo.

El suelo de piedra de color azul claro era suave y pulido como el agua. A cada lado de la cámara, Estanques de Pureza rectangulares con bordes de azulejos rojos brillaban a la luz de las lámparas de aceite. En la superficie de estos estanques flotaban lotos azules y blancos cuyo olor dulzón se mezclaba con el de las esponjas empapadas en perfume, colocadas en recipientes en rincones y nichos oscuros. Las ventanas estaban abiertas y, al igual que las puertas, sus dinteles eran de maderas preciosas, lapislázuli y brillantes piedras. Fuera se extendían los jardines, el paraíso del palacio, frondoso y verde. Desde donde yo estaba, detrás de mi amo, podía escuchar los rebuznos y balidos de las manadas sagradas.

Akhenatón vestía ropajes formales de estado: calzones cortos de gasa plisada, adornados en la parte de atrás con una cola de chacal y en la delantera un rígido delantal de oro y esmalte de colores; una larga túnica del más puro lino caía desde sus hombros. Sus pies calzaban sandalias puntiagudas y sobre su cabeza llevaba una bella tela de oro, con rayas blancas y rojas. De su cuello colgaba un pectoral con las piedras más puras talladas con la Diosa Buitre, Nekhbet. Los anillos propios de su cargo decoraban sus dedos y llevaba en la mano un ankh dorado, el símbolo de la vida. Yo había estado mirando mientras le maquillaban y embellecían el rostro antes de la reunión del Círculo Real; los redondeles oscuros de kohl alrededor de sus ojos contrastaban con la pintura color carne sobre la cara y los labios recubiertos de carmín. Al otro lado del Círculo Real se sentaba Hotep, con sus blancas vestiduras y las brillantes cadenas de su cargo. El amigo íntimo del Magnífico y su primer ministro mantenía su rostro impasible, aunque cuando posó su mirada en mí, un brillo de cínica diversión destelló en sus ojos. La Gran Reina Tiye estaba sentada a la derecha de Akhenatón, Nefertiti a su izquierda con su vientre ya prominente, destacándose bajo la delgada y suelta túnica. Ay, Portador del Sello Divino, se encontraba junto a ella.

Todos estaban absortos en sus propios pensamientos mientras la voz de Meryre ascendía y descendía. Durante los noventa días que siguieron a la muerte de Tutmosis, los acontecimientos sucedieron con la rapidez de una golondrina surcando el cielo. El Divino, afligido por la muerte de su primogénito, se había hundido en un placentero estupor de droga. Al menos eso era lo que Ay me había dicho. La Gran Reina Tiye también había envejecido: tenía el rostro gris y los hombros ligeramente caídos, aunque su amado hijo no sólo había sido reconocido ya por el palacio, sino que había sido proclamado corregente, gobernante asociado, Amado por Amón, Horus en el Sur.

Mi amo, indudablemente, había cambiado. Los acontecimientos en el templo de Amón-Ra permanecieron ocultos. Los pocos detalles que pude recoger eran que él y Tutmosis habían estado orando en el santuario cuando Akhenatón comenzó a ridiculizar lo que él llamaba «la farsa vana de los sacerdotes». Tutmosis, enfadado ante tal blasfemia, se había enfrentado a él, para luego retirarse.

—Se fue mientras yo me reía —había dicho Akhenatón recostado en el pabellón del jardín, ataviado con sus vestiduras de duelo y ceniza en la cabeza y la frente—. Mahu, yo me estaba riendo de la pequeña estatua en su cubículo. Le dije que me la llevaría de allí. —Akhenatón miró entrecerrando los ojos al loto que tenía en la mano—. Entonces regresaron los cabezas afeitadas. Me informaron de que mi hermano había caído gravemente enfermo. Dejé de reírme. Pensé que se trataba de una conspiración para obligarme a salir, de modo que me negué a abandonar el lugar —sonrió—, hasta que tú llegaste. ¿Cómo te enteraste de todo? Mi madre es tan enigmática como siempre.

Le conté que Maya nos había advertido. Asintió con la cabeza, dejó el loto en mi mano, se levantó y salió. Nunca tuve la oportunidad de expresar mis propias sospechas. No había llegado todavía el momento adecuado. No tenía prueba alguna, pero había algo en aquellas dos cámaras del templo de Amón-Ra que agitaban mi memoria; algo no iba bien, había algo que no encajaba. Era como tratar de recordar un sueño, los detalles se me escapaban siempre. Oh, por supuesto, todos estuvieron muy agradecidos. Horemheb y Ramsés fueron ascendidos al Maryannou, miembros del principal cuerpo real conocidos como los «Valientes del Rey». Huy se convirtió en escriba principal en la Casa de los Embajadores; Pentju, en médico real con derecho a portar la piel de pantera y el Anillo de la Luz y también a llevar el Báculo de la Vida. Meryre fue confirmado como Principal Sacerdote de la Capilla y de la Casa Real y Sacerdote Lector del Real Círculo Imperial. Ay había logrado lo que siempre había deseado. Se le concedieron, entre otros, los títulos de Amigo Intimo del Faraón, Padre de Dios, Consejero Principal, Jefe de los Escribas, Guardián de los Sellos. Maya, por supuesto, tendría que esperar. ¿Y para Mahu? Ah, bien. Mahu no recibió más que cofres de piedras preciosas y un fuerte abrazo tanto de Akhenatón como de Nefertiti, recompensa suficiente, con el título de Guardián de las Llaves. En otras palabras, era el guardaespaldas personal de Akhenatón.

El cadáver del Príncipe de la Corona Tutmosis se había llevado a la Necrópolis para ser vestido y trasladado al mausoleo real de su padre, donde el Guardián de los Secretos de Anubis había lavado su joven cuerpo con natrón, lo había llenado de perfume y adornado con joyas exquisitas. La esperanza de Egipto había sido envuelto en el lino más puro y suavemente colocado en su lecho de sarcófagos de oro para su descanso. Egipto estuvo de luto, respetando los setenta días rituales mientras el Ka del joven príncipe viajaba hacia al Eterno Oeste. Cortesanos y funcionarios rasgaron sus vestiduras, cubrieron sus cabezas y rostros con cenizas, gimieron y se lamentaron en señal de duelo.

Finalmente, las honras fúnebres concluyeron. La vida en la ciudad y en el palacio junto al Nilo continuó, aunque la Gran Reina Tiye estuvo ocupada. Diez días después de que el Príncipe de la Corona Tutmosis fuera encerrado en su sarcófago, mi amo, con su anterior nombre de Amenhotep, fue declarado corregente en el Salón de la Gran Celebración de la Diadema Real de Karnak. Nefertiti le había dado instrucciones estrictas y adecuadas, de modo que se comportó a la perfección. Permitió que los sacerdotes lo rociaran con agua bendita, lo consagraran con los óleos sagrados y lo vistieran con las vestimentas reales que lo envolvieron como una maravillosa neblina. Esta vez no hubo risas mal disimuladas ni burlas por el cuerpo desgarbado de Akhenatón y su extraña manera de andar. El báculo, el flagelo y el ankh fueron puestos en sus manos. Sacerdotes con máscaras de halcones, carneros, perros y chacales lo rodearon para ungirlo, bendiciéndolo con incienso mientras descendía sobre su cabeza la gran doble corona, con su diadema del Uraeus. Shishnak en persona, con el ceño fruncido en el Círculo Real, tuvo que pronunciar las palabras en nombre de su dios, el gran Amón-Ra.

He establecido tu dignidad como el Rey del Norte

y como el Rey del Sur.

Oh, Hijo mío, Amo de las Dos Coronas,

ató el loto y el papiro para ti.

Luego Akhenatón se había trasladado en solemne procesión hacia la Gran Sala del Ascenso Real y el Abrazo Divino. Había roto los sellos sagrados de arcilla de la naos y adorado la estatua sagrada coronada con plumas de avestruz y ojos de esmalte que brillaban con ferocidad al mirar a aquel nuevo faraón de Egipto que —después me confesó en secreto— se habría sentido feliz de haberla hecho añicos de un mazazo.

Akhenatón era ya Señor de Egipto. El así lo percibía, lo sentía, y por ello había cambiado. Rebosaba confianza silenciosa, una serena majestad que dominaba todos sus movimientos y ademanes, su voz y sus palabras. Aunque miraba todo con ojos divertidos y una sonrisa cínica, permanecía prudente y discreto. Nefertiti actuaba de la misma forma. No había sido proclamada reina, todavía no, pero su hora había llegado. Era la Gran Esposa, la futura madre de los hijos del faraón, Señora de la Casa, Señora del Palacio. Y también había llegado la hora de Ay. El único obstáculo, un contrapeso para la influencia de su hijo, era la confirmación por parte del Magnífico de su amigo íntimo, Hotep, como primer ministro. Todos los asuntos debían ser decididos conjuntamente con él. La reina Tiye había instado a su hijo a que cooperara plenamente con este poderoso cortesano, así como con otros dignatarios, generales, sacerdotes y nobles, el Sheneiu o las Personas del Círculo Real, o el Quenbetiu o el Rincón Real. Todos estos hombres llevaban el título de Amigos Únicos del Rey, Señores de los Secretos de la Casa Real, Señores de Todas las Palabras Reales, Señores de los Secretos del Cielo. Portadores de abanicos y dignatarios que se regocijaban con sus gloriosos títulos, ellos representaban el verdadero poder de Egipto.

En medio de la Sala del Consejo estaban sentados los escribas de la Cámara Púrpura de la Casa de los Secretos, con los tableros para la escritura sobre sus regazos, listos para registrar las palabras de los amigos del faraón. Cada miembro del Círculo Real podía tener un asistente en la cámara. Yo estaba como asistente de Akhenatón y de Nefertiti. Me divirtió que Hotep hubiera escogido a Maya, que parecía desconcertado, moviendo sus pies a cada rato, pasando su peso de una pierna a la otra. Por fin, el aburrido canto de Meryre terminó. Akhenatón de inmediato tomó una medida para afirmar su autoridad.

—Deseo —dijo con rostro solemne— extraer piedra en Silsila para construir un templo a Re-Herakhty, a Atón. Como sabéis —continuó con entusiasmo su exposición— Re-Herakhty es una manifestación del Dios Sol: un hombre con cabeza de halcón coronado con el Disco Solar y rodeado por el Uraeus.

Shishnak tosió, un gesto de silencioso desprecio por aquellas palabras. Akhenatón lo ignoró.

—Mi Padre —continuó—, mi Padre —enfatizó las palabras— me ha revelado una nueva manifestación… ya no el símbolo de un hombre con cabeza de halcón, sino sólo el Disco Solar rodeado por el Uraeus con un ankh colgado que envía rayos de luz. He visto esto en un sueño. ¡En el extremo de cada rayo de luz, una mano me bendecía a mí y a los míos! Mi Padre así lo ha decidido. He compartido mi sueño con el superintendente de obras: la piedra será extraída y mi templo para el Disco Solar, el glorioso Atón, será construido en Karnak. ¡Éste es mi deseo, que se haga mi voluntad!

El rostro de Shishnak reveló una tremenda furia. El primer acto oficial de Akhenatón era reconocer a un dios diferente e insistir en que se construyera un templo para ese dios en los sagrados terrenos de Amón en Karnak.

—Mi señor Shishnak —se oyó la voz serena de Hotep en todo el recinto—, ya has escuchado las palabras del Único.

—He oído —respondió Shishnak con los dientes apretados—, y se hará la voluntad del Único. Quisiera hacer una pregunta. —Hotep asintió con la cabeza. Shishnak volvió su rostro hacia Akhenatón—. ¿Cuándo os hizo esta revelación vuestro Padre, el Divino, el Magnífico?

—¿Estamos aquí —replicó Akhenatón— para hablar del amor entre padre e hijo? Soy la voluntad de mi Padre. El que hace mi voluntad, hace la voluntad de mi Padre y lo complace.

Asunto terminado. Miré la parte posterior de la cabeza de Nefertiti; su cabello resplandeciente estaba recogido bajo un enjoyado tocado. A pesar de su embarazo, estaba sentada majestuosamente, con la espalda recta y los ojos mirando con firmeza, desafiando en silencio a las personas como Shishnak. Recordé mi propia audacia en el templo de Amón. No había sido yo recompensado públicamente, pero su sonrisa, sus gestos de afecto habían sido satisfacción suficiente. Miró a su alrededor mientras Hotep presentaba otros temas. Percibí su sonrisa picara cuando la reina Tiye se inclinó y le susurró algo a su hijo.

—Has infligido un grave insulto a Shishnak. Pronto llegara su desquite.

El Círculo Real fue pasando de un tema a otro. El envío de heraldos y mensajeros, las tropas de refuerzo más allá de la Tercera Catarata, el ataque de los bandidos del desierto contra los comerciantes, el envío de carros de guerra por la vía de Horus para proteger las minas de diamantes del Sinaí. Todos asuntos rutinarios. Mi mente se entretuvo con Sobeck, mi tía Isithia y otras cuestiones, sólo para volver a ser atraído por el cabello de Nefertiti. Mientras la conversación continuaba, escribí un poema:

¡Gloriosa como el Lucero Naciente del Alba,

Sopet, al principio del Año Nuevo!

¡Jubileo tras Jubileo!

Luz brillante, clara la piel.

¡Bella la mirada de sus ojos!

¡Dulce las palabras de sus labios!

¡Graciosamente pisa la tierra!

Mi corazón es capturado por sus movimientos.

Todos los hombres dicen que su abrazo es la bienaventuranza,

dulce miel sus besos.

Su amado debe estar primero entre los hombres.

Mi ensueño se desvaneció a causa de la irritante voz de Shishnak. Estaba hablando de Tushratta, el rey de Mitanni, y un escriba estaba distribuyendo tabletas de arcilla pulida y endurecida… cartas de la corte de Mitanni escritas con aquella grafía de pájaros de los acadios. Shishnak habló con rapidez de la importancia de la alianza con los mitanni de Egipto, de cómo los que vivían entre el Alto Tigris y el Eufrates eran un elemento esencial en esta alianza.

—La princesa Tadukhiya —Shishnak recorrió con la mirada el Círculo Real— de Narahin es una joven y hermosa mujer. Colegas consejeros, recordaréis que fue enviada a Egipto para casarse con el Príncipe de la Corona Tutmosis, que ya ha entrado al Glorioso Oeste. —Shishnak hizo un gesto en dirección a Akhenatón—. El pueblo de Mitanni todavía espera que nosotros respetemos los acuerdos de nuestro tratado. Su princesa debe casarse con el Hijo de Egipto, su faraón. —Shishnak había lanzado su rayo sobre el evidente amor entre Akhenatón y Nefertiti. El silencio se hizo palpable, pero el cambio en los hombros de Nefertiti y la manera en que la cabeza de Akhenatón se movió fueron manifestación elocuente de su cólera.

—Tengo una esposa. —La voz de Akhenatón era severa. Señaló a Nefertiti—. Tengo una esposa —repitió—. La heredera, de Bella Forma, Señora de la Gracia, Digna del Amor, Amada por Atón, Señora del Alto y el Bajo Egipto, Gran Esposa del Rey. —Su voz se elevó hasta convertirse casi en un grito de desafío—. Ella a quien Él Ama, Señora de las Dos Tierras, ¡qué viva por siempre jamás!

—Muy cierto. Muy cierto —replicó Hotep, haciendo una reverencia a Nefertiti—. Pero ahora, mi señor, vos sois gobernante corregente de las Dos Tierras. Tenemos aliados que complacer, tratados que cumplir, obligaciones que respetar…


Más tarde, en el palacio de Atón, tomé parte en los acalorados intercambios de palabras entre Akhenatón, Nefertiti y Ay sobre la propuesta de matrimonio hecha por Hotep y Shishnak. Oh, sí, habían aceptado el discurso de Akhenatón, no habían pronunciado insulto alguno. Habían señalado que el harén del Divino estaba lleno de princesas de todos los rincones del imperio y más allá. Así que, por el bien de Egipto, Akhenatón tendría que seguir el ejemplo de su padre. Finalmente, intervino la reina y, con voz cansada, dijo que su hijo debía reflexionar sobre el consejo ofrecido y dar su respuesta. La reunión del Círculo Real terminó. Akhenatón y Nefertiti ni siquiera esperaron a que Meryre terminara de farfullar las oraciones antes de ponerse de pie, hacer una rápida reverencia y abandonar la Sala del Consejo. Nefertiti había controlado su cólera provocada no tanto por la alianza matrimonial, sino más bien por la insolencia de Shishnak. En aquel momento, en las sombras de la sala de audiencias, dio rienda suelta a su cólera.

—Cogeré la cabeza de Shishnak —juró—, le arrancaré esos ojos venenosos y los conservaré en vinagre con sal. Coseré sus labios con bramante. —Con las manos apoyadas en su vientre abultado, me miró solemnemente y luego estalló en carcajadas—. Ah, bien —suspiró—, habrá que hacerlo.

Akhenatón asintió con la cabeza.

—Habrá que hacerlo —confirmó Ay—, y cuanto antes, mejor. Mi señor, ellos esperan que tú te niegues. Invocarán la voluntad de tu padre —miró a Akhenatón de frente—, me refiero al Magnífico.

—¿Dónde está ella ahora —preguntó Akhenatón—, esa princesa de Mitanni?

—En la ciudad de las blancas murallas —respondió Ay—, en una mansión a las afueras de Menfis.

—Que la traigan al sur —ordenó Akhenatón. Se inclinó hacia delante y acarició el abultado vientre de su esposa, besándola en el hombro, el cuello y el rostro.

—Cada alma tiene su canción —susurró—, y tú eres la mía. Sólo tú, Heredera de Egipto, Mujer del Sagrado Linaje y de la Sangre Sagrada, parirás a mi hijo. Sólo la descendencia de nuestros cuerpos y almas llevará las coronas de Egipto. Tú eres mi princesa y mi altar.

Ay me dio un golpecito en la mano y con un gesto de su cabeza me indicó que saliera. Nos levantamos, hicimos una reverencia y dejamos a Akhenatón y Nefertiti perdidos el uno en el otro.


La decisión había sido tomada. Ay y yo quedamos encargados de supervisar los detalles prácticos. La decisión de Akhenatón de casarse con la princesa de Mitanni fue dada a conocer aquel mismo día. Ay estaba distraído, más preocupado por realizar más cambios en el gran palacio. Nakhtimin, con sus ojos insulsos y su expresión reservada, fue ascendido a Portaestandarte de la Casa Real con mando directo sobre la Guardia Personal imperial. Otro pariente de la reina Tiye, Anen, fue nombrado alto cargo entre los sacerdotes de Amón. También recibieron lo suyo aquéllos en los que no se podía confiar. Ciertos generales fueron enviados al norte, al Delta, importantes escribas obtuvieron nuevos empleos en otras ciudades a lo largo del Nilo o se les destinó a ocuparse de supuestos asuntos urgentes en las provincias. Los principales ciudadanos de Tebas, por no mencionar a los Guardianes de los Secretos, eran recibidos y agasajados constantemente en el Palacio del Atón. Akhenatón y Nefertiti no parecían preocuparse por todos esos detalles. Estaban demasiado entretenidos en sus propias conversaciones, visitando la Casa de las Pinturas o supervisando la construcción de algún pequeño altar a Atón. El verdadero poder residía en Ay. Él se reunía con los notables, supervisaba la construcción de más edificios, uniendo el palacio de Akhenatón con mi vieja Casa de la Enseñanza, donde se habían educado los niños de la Kap. Se construyeron depósitos, almacenes y graneros para albergar la riqueza y el estatus recién descubiertos de Akhenatón: Per Hagu, la Casa de los Alimentos, Per Nuble, la Casa del Oro, Per Ehu, la Casa de los Bueyes, Per Asheu, la Casa de los Frutos y, sobre todo, Per Ahuu, la Casa de la Guerra, con sus armerías llenas de lanzas, escudos, espadas y dagas. Ay me hizo cargo de la Casa de la Guerra mientras él se ocupaba de la construcción de más barracones y de la selección de mercenarios para engrosar el séquito personal de Akhenatón.

Mi amo sólo se interesaba por estos nuevos edificios una vez que estaban terminados y listos para la decoración. Luego se involucraba de manera febril, insistiendo en que los salones estuvieran inundados de luz, que las columnas de madera tallada se pintaran con diferentes colores, las puertas se adornaran con oro y plata y los dinteles con deslumbrante lapislázuli y malaquita. Supervisaba personalmente las pinturas de las paredes y la disposición de los nuevos jardines. Salía cuando la tierra empezaba a ser removida y gritaba instrucciones a los trabajadores, dónde plantar, cómo sembrar la hierba, cómo disponer las semillas, cómo ubicar los arbustos y otras plantas para que pudieran aprovechar tanto el sol como la lluvia.

Los días se sucedían uno tras otro. Ay recibía informes de Tebas y del resto del palacio y los discutía conmigo antes de llevarlos a las reuniones con Akhenatón y Nefertiti. Una mañana, Snefru, convertido en capitán de mi guardia personal, interrumpió una reunión para hacer saber que teníamos un visitante. Apenas si reconocí al anciano que se apoyaba en el muro del patio con su pelo blanco como la nieve, la cara arrugada y los ojos acuosos.

—Amo Mahu. —Ciertamente reconocí la voz.

—¡Vaya, vaya! ¡Es Api! ¿Qué te trae por aquí?

—Tu tía Isithia ha muerto.

—¡Qué lamentable!

—Pensé que debía venir a informarte. Se cayó una noche… —La boca de Api se abrió y se cerró—. Se cayó. Estaba en la terraza superior —farfulló—, y escuchamos un grito. Debió de resbalar.

—Sí —convine—, debió de resbalar.

—Pero no había bebido mucho. Se debió de inclinar.

Recordé la terraza con sus sillones, sus mesas y su barandilla enrejada, a Isithia acariciando su copa de vino. Pude imaginar la sombra oscura de Sobeck deslizándose por la escalera exterior. Siempre supo moverse como un gato.

—La muerte cae como un halcón —murmuré.

Api me miraba fijamente.

—Es una lástima que no la hubieras visto antes…

—Es una pena que la hubiera conocido alguna vez —gruñí.

Api retrocedió. Cayó de rodillas, echándose hacia atrás, arrastrando los pies y sus sandalias sobre las losetas.

—No ha sido mi intención ofender…

—No me has ofendido. ¿Quién hereda la casa y los bienes de la vieja bruja?

—Los sacerdotes de Amón: la casa, los esclavos y otros bienes, la tierra. Todo va a la Casa de la Plata de Karnak.

—¿Y para ti? —pregunté.

—¡Nada! ¡Después de años de servicio, nada!

Caminé a su alrededor. Los sirvientes que cruzaban el patio nos miraban con curiosidad.

—Y yo tampoco tengo nada para darte.

—Amo, creí que tú podrías ayudarme. Pronto serás Jefe de Policía en Tebas.

—¿Qué? —Lo agarré por la túnica y lo hice poner de pie. Sólo era un saco de huesos—. ¿Qué has dicho? ¿Cómo lo sabes?

—Tu tía estaba hablando de eso justo antes de morir. Se reía. «Imagínate a Mahu», dijo, «el Mandril del Sur que se convierte en Jefe de Policía». ¡Amo, no tengo nada! —gimió otra vez. Recordaba a Api siempre detrás de la tía Isithia, como un perro.

—Nunca fui cruel contigo —se quejó.

—¿Ella mató a mi madre?

Api miró al suelo.

—¿Ella mató a mi madre? —insistí, aflojando la mano.

—En cierto modo, sí. Cuando tu padre estaba ausente, la sometía a una crueldad tras otra. Después de tu nacimiento —se apresuró a relatar—, a tu madre le sobrevino una fiebre.

—¡Las pociones de tía Isithia! —Miré al cielo. Podía haber aullado como un perro—. Gracias a esa bruja soy lo que soy. ¿Dónde está su cadáver?

—En la Necrópolis, en la Casa de la Muerte que pertenece al Gremio de los Halcones. Los sacerdotes de Amón lo enviaron ahí.

—Estoy seguro de que lo hicieron. Cogerán su dinero y pondrán su cadáver en el agujero más cercano. No va a ser enterrada con mis padres. En cuanto a ti…

Api cayó de rodillas con las manos extendidas. Cuando Snefru cruzó la entrada, garrote alzado, le hice señas para que se retirara. Fui a mis aposentos y traje cinco lingotes pequeños, un ounou de plata y tres piedras preciosas. Puse esto en las manos de Api.

—Adiós, Api. Eres un hombre afortunado.

Frunció el entrecejo.

—He pensado en matarte a ti también —susurré.

Su mandíbula cayó en un gesto de horror y temor.

—¿Qué he dicho? —Sonreí—. Ya lo he olvidado… y tú también, ¿no es cierto, Api?

Lo vi alejarse por el patio y envié un mensaje a Sobeck diciéndole que deseaba verlo de inmediato. En los días siguientes no recibí respuesta alguna y pronto fui absorbido por los arreglos para la llegada de la princesa Tadukhiya al palacio de Atón. Llegó el día previsto con un pequeño séquito de doncellas que se reían tontamente, carros llenos de tesoros y un grupo de esclavos hititas. Akhenatón la recibió en el patio. La princesa estaba sentada oculta bajo un dosel cubierto con un velo. Él intercambió cortesías con las personas importantes que habían acompañado a su nueva esposa y luego los despachó. Nefertiti, cubierta con tela de oro, deslumbrante con preciosos diamantes y otras piedras, permanecía de pie, inmóvil como una estatua bajo una sombrilla sostenida por Ay. Akhenatón inspeccionó los regalos y luego se volvió hacia los hititas, unos hombres de apariencia extraña con la parte delantera de sus cabezas totalmente afeitadas, rostros parecidos a loros y raros tatuajes azul oscuro y rojo sobre sus pechos y brazos. Quedó fascinado por ellos aunque su aspecto era penoso. Les ordenó que cantaran una canción de su propio país y, mientras lo hacían, se reunió con su esposa bajo la sombrilla, marcando el ritmo con el pie en el suelo y la cabeza ligeramente inclinada. La canción era una triste endecha similar a un cacareo de aves. Nefertiti dejó escapar una risita tonta. Akhenatón, sin embargo, actuó como si algo insignificante lo hubiera distraído. Una vez terminada la canción, les preguntó a qué se dedicaban en su país. Respondieron que eran músicos capturados en una incursión.

—¿De verdad erais músicos? —Chasqueó los dedos.

Me acerqué presuroso con otra sombrilla y él caminó alrededor de los esclavos, tocando su piel.

—¿Qué piensas, Mahu?

—Que si dependieran del canto para sobrevivir —respondí—, pronto se morirían de hambre.

Akhenatón esbozó una sonrisa. Continuó su inspección. Advertí que detrás del grupo había dos Medjay, exploradores que acompañaban la procesión para asegurarse de que dedos hábiles no se acercaran a los carros con los tesoros. Mientras Akhenatón tarareaba una canción entre dientes y observaba aquellos carros llenos de tesoros, recordé lo que Api me había dicho. ¿Iba yo a convertirme en Jefe de Policía de Tebas? ¿Cómo se había enterado mi tía? ¿Por qué mi amo no había hablado del tema conmigo?

—Ya sé lo que haremos. —Akhenatón se subió a un carro y se quedó de pie con su fina túnica ondeando sobre su cuerpo—. Mahu, quiero que estos hititas usen pelucas de mujeres y se vistan con atuendos femeninos. Los llamaré mi Orquesta del Sol. Yo mismo los educaré.

—¿Por qué el atuendo de mujeres?

—Sus días como guerreros han terminado. —Saltó del carro—. Serán un símbolo de la paz eterna que mi reinado traerá, cuando las espadas sean convertidas en rejas de arado y los carros de guerra en carruajes de recreo.

Me di cuenta de que la llegada de la princesa había interrumpido los pensamientos de mi amo, así que guardé silencio. Siempre me ponía nervioso hablar con él en público por temor a que el nombre «Akhenatón» pudiera escapar de mis labios. El príncipe me había hecho hacer un juramento solemne, con mi mano sobre el Disco Solar: su nombre sagrado permanecería oculto hasta que su Padre le diera una señal para darlo a conocer hasta los confines de la tierra y más allá.

El séquito se estaba impacientando. Akhenatón no había sido descortés. Era normal que hubiera aquel periodo de espera antes de que un príncipe conociera a su nueva esposa. Los pobres hititas parecían totalmente desconcertados, arrastrando sus pies y hablando unos con otros entre dientes en su lengua de extraño sonido. Akhenatón se alejó y permaneció junto a Nefertiti. Finalmente, se les ordenó a los sudorosos portadores del palanquín que dejaran su preciada carga. Lo hicieron suavemente, las cortinas fueron descorridas y apareció Tadukhiya. Era pequeña y oscura, con poco más de catorce veranos de edad y su pelo negro recogido bajo un tocado algo exótico. Iba vestida con una túnica de colores chillones, pero suntuosa. Caminó elegantemente hacia su prometido, que cogió sus manos y la besó en cada mejilla, mirándola con afecto. El contraste entre las dos mujeres era sorprendente. La princesa de Mitanni estaba perfectamente formada pero era un poco bajita, con ojos rasgados en un rostro de piel oscura, la boca fruncida en un mohín, orejas puntiagudas y las mejillas regordetas brillantes de aceite. Nefertiti se relajó visiblemente; aquella nueva esposa no sería rival alguna.

—Parece un mono —me susurró—. Así será como la llamaré.

Así pues, su nombre fue Khiya. No se trataba de un apelativo cruel. «Khiya» era un término cariñoso, no más ofensivo que el saludo que Akhenatón dedicó a Nefertiti, «Ta-Shepses, la Favorita».

Le dio la bienvenida al palacio, mirándola, cogiéndole las manos mientras ella le devolvía la mirada con timidez, levantando una mano hasta la boca para esconder una sonrisa, ademán que repitió cuando la condujeron para presentarla a Nefertiti. En aquel momento pensé que Khiya era estúpida. Estaba equivocado. Aprendió con rapidez y quería sobrevivir. Me di cuenta de que no necesitaba información adicional para las presentaciones sobre el séquito de mi amo. A Ay ya lo conocía de nombre y por su reputación, y lo mismo sucedía con los otros miembros de la Casa Real, incluido yo. Horemheb y Ramsés fueron elogiados como grandes guerreros y me di cuenta de que, a medida que iba recorriendo el grupo, alguien le había explicado con todo lujo de detalles la composición de la familia de su nuevo marido, así como el poder y la situación de cada uno de sus personajes importantes. A Khiya se le proporcionaron aposentos propios en los nuevos edificios que Ay había ordenado construir y pronto llegó a ser aceptada más como dama de honor principal de Nefertiti que como una esposa por derecho propio. Efectivamente, Khiya seguía a Nefertiti como un mono mascota, riéndose tontamente y parloteando sin parar sobre temas intrascendentes. Nefertiti estaba realmente contenta.

—Es bonita y un poco cabeza hueca —me confió Nefertiti mientras paseábamos por el jardín para disfrutar de la brisa que venía del río. Con frecuencia realizaba esos paseos, caminando despacio, sosteniéndose el vientre mientras hablaba de las actividades del día. El embarazo le había dado una plenitud, una satisfacción que aumentaba su belleza, una gracia tan atractiva como majestuosa. Yo no había olvidado aquel momento en el jardín, aquella bebida extraña e incluso los sueños todavía más extraños que siguieron. Nefertiti nunca hizo referencia alguna a ello, sino que me trataba como a un hermano, pidiendo mi consejo o preguntándome acerca de mi primera reunión con su marido. Khiya nunca nos acompañó en tales paseos.

—Ciertamente sabe hablar —confió Nefertiti—. Parlotea como un mono, Mahu. ¿Alguna vez te ha hecho alguna confidencia?

Sacudí la cabeza. Yo jamás decía lo que realmente sabía o sentía, por lo menos mientras no estuviera seguro. Me habría encantado haberle preguntado a Nefertiti sobre el extraño comentario de Api acerca de mi nombramiento como Jefe de Policía de Tebas. Aquel honor me intrigaba y me preocupaba. Ese cargo podría significar mi alejamiento de la Casa Real y, sobre todo, de su presencia.

—¿Crees que Khiya es estúpida, Mahu?

—Nadie es estúpido.

Nefertiti aplaudió y se rió.

—Así habla un guardaespaldas. —Entrecerró los ojos—. El Jefe de Policía.

—¿Jefe de Policía? —pregunté.

—Bueno, eso es lo que eres, ¿no, Mahu? Investigas para descubrir a aquellos que desean hacer daño a mi Amado. Nos proteges.

—También están Horemheb y Ramsés por no mencionar a tu tío Nakhtimin.

—No creas, Mahu, en el poder de un faraón ni confíes en los carros de guerra de Egipto. —Tembló y se frotó los brazos—. Hace muchos años, en Ahkmin, visité a uno de esos adivinos. Predijo mi muerte a manos de un gran amigo.

—Mi tía era una adivina. No creo en tales cosas.

—No crees en nada, ¿verdad, Mahu? —Se acercó a mí—. ¿Qué significa para ti Amón, o el poder de Atón? Dime.

—Me resulta difícil creer —respondí—, como cree mi amo, que los dioses recorren los cielos como los grupos de sacerdotes de Amón. Id a Tebas, Su Excelencia, observad a la multitud bulliciosa. ¿Creéis realmente que los dioses están interesados en ellos?

—Pero ¿y Atón? —insistió—. ¿El Único? ¿El Invisible y Uno?

—Le deseo lo mejor, Excelencia. Y, cuando se me presente, le devolveré la cortesía.

Nefertiti me pellizcó la mejilla, me agarró del brazo y caminamos por el sendero de grava entre las cercas enrejadas de las enredaderas.

—Estábamos hablando de Khiya, una cabeza hueca, una simple niña. Pero… —Nefertiti se detuvo—. A veces tú me observas, Mahu. ¿Porqué?

—Vos sabéis la razón —respondí en voz baja.

Otra vez la risa, esta vez un tanto cohibida.

—Khiya es diferente. Ella me observa como un mono, como si estuviera aprendiendo, como si quisiera imitar mis movimientos.

—Siente admiración por vos —respondí—. Está deseosa por complacer.

—Una estudiante voluntariosa de las artes del amor —respondió Nefertiti con malicia—, muy astuta, muy activa y deseosa de aprender. La he observado atentamente. Tuve que decirle que ponerse a cuatro patas no es la única posición para una princesa de Egipto. Es también muy ruidosa. Grita como un gato. Akhenatón está muy contento con ella.

El hecho es que Akhenatón trataba a Khiya con gran cariño, como si ella fuera un juguete nuevo. Con frecuencia se reunió con nosotros para las comidas y, cuando él decidía caminar en la frescura de la tarde, ella siempre era invitada. Nefertiti, por supuesto, la miraba como un ave de rapiña observa a su próxima presa.

—Ella nunca tendrá un hijo —me confió acaloradamente—. Ningún hijo suyo llevará la doble corona de Egipto.

Por supuesto, a medida que las semanas fueron pasando, Khiya se acostumbró a la rutina de la corte. Ay estaba en esa época con frecuencia ausente o encerrado en su propia cámara, estudiando mapas y también los informes de sus innumerables espías en Tebas. Pero no se distanció de mí; nos reuníamos todos los días durante al menos una hora. Ay había definido cuidadosamente mis actividades.

—Tú, Mahu —me decía sentado en un almohadón, con las manos extendidas—, debes vigilar y proteger el palacio de Atón. Yo me ocuparé de los asuntos extramuros.

Y luego trataba otros temas. Hablaba de los asuntos de Egipto, del despliegue de sus regimientos, de los rumores y chismes de los templos, de la calidad de la cosecha, de los intercambios en el mercado. Perseguía un objetivo: mantener todo en orden para conservar la armonía.

—Dejemos que un día siga a otro —comentó—. Dejemos que la gente no se dé cuenta —mostró una sonrisa maligna—, por lo menos por ahora, de que hay un nuevo poder en Egipto.

Estuve tentado de plantear el tema del cargo de Jefe de Policía de Tebas, pero decidí no hacerlo. El mismo Ay era el responsable de eso. La ciudad tenía dos jefes de policía, uno para el este y otro para el oeste. Dependían directamente de Rahimere, el alcalde. Cualquier cambio habría alterado la armonía y la paz que Ay tan afanosamente buscaba.

—Mantente cerca de Khiya —también me aconsejó—. Es nueva en el palacio.

—Pero algún un día, seguramente —reflexioné—, nuestro amo tendrá su propio harén, su Casa del Amor. No podremos vigilarlas a todas.

—Un día, algún día —replicó Ay irónicamente—. Eso no importa. Por el momento ésas son tus órdenes.

No necesitaba vigilar a Khiya. Ella me observaba a mí. Realmente nunca entendí aquella atracción. Se había enterado de su apodo y lo había aceptado con su habitual encanto cordial. Tal vez se debiera a mi propio sobrenombre, Mandril del Sur, o al hecho de que había visto que Akhenatón y Nefertiti confiaban en mí y pensaba que cualquier cosa que fuera buena para la Gran Esposa Real era buena para ella. En la mesa siempre me prestaba atención al dirigirme algún comentario o sólo para mirarme con aquellos ojos negros, estudiándome con curiosidad. A medida que Nefertiti fue quedando cada vez más confinada en sus aposentos, rodeada por los médicos dirigidos por Pentju y las parteras charlatanas, Khiya me buscaba a mí. Caminábamos de la mano como un hermano y una hermana por los jardines del palacio. A veces, cuando estábamos bien lejos de la vista del público, se sentaba a mis pies como un estudiante en la Casa de la Enseñanza, mirándome. En algunos aspectos era como Nefertiti, haciéndome una pregunta tras otra sobre su nuevo esposo y su vida anterior. De vez en cuando, podíamos oírlo ensayando con su orquesta y Khiya se reía.

—Es muy extraño —reflexionó— el modo en que se interesa por tantos asuntos menores. Me mostró su Casa de las Pinturas. El príncipe me explicó que el arte debe decir la verdad. ¿Pero cuál es la verdad, Mahu? ¿Por qué se siente atraído por Atón? En mi país tenemos muchos dioses… viven en los árboles y en las piedras.

Yo le respondía distraídamente, como un padre a su hija o un profesor a su alumna. En una ocasión apartó la mirada, luego me volvió a mirar. Por un instante vi una expresión aguda, ojos de mil años en el rostro de una simple muchacha. Ah, sí. Todos subestimamos a Khiya, y eso me incluye a mí mismo. Tuve la acostumbrada sensación de inquietud, pero nada alarmante, sólo una mirada, el tono de su voz, pero todo el tiempo interpretamos mal las señales. Si nos encontramos con un chacal merodeando por las estrechas calles de la Necrópolis, con un ibis cruzando el Nilo o con un simio sonriendo detrás de algunas hojas de palmera, reconocemos que debe ser la visita de un dios, una señal de cosas futuras. Ignoramos a Khiya y el precio que pagamos fue terrible. Ay confesó que ella había sido su verdadero error y si aquel hombre, astuto como una cobra, pudo ser engañado, ¿por qué no iba a serlo yo?

Asuntos más urgentes reclamaron nuestra atención. Nefertiti finalmente dio a luz. Pentju se retiró y las parteras se hicieron cargo, trayendo la silla de parto de plata y ébano, recipientes con plantas sedantes y cadáveres de ratones desollados, por si las cosas se complicaban. Los cabezas afeitadas de Amón-Ra enviaron a cinco sacerdotisas en representación de Isis y las demás diosas. Akhenatón las mandó de regreso, pero la superstición no era fácil de erradicar. Se hacían amuletos con espinas de pescado, se rezaban oraciones para protegerse de «Él», el Ladrón del Mundo Inferior, que merodeaba por las cunas de los bebés, siempre listo para absorberles la vida. Akhenatón le rezó a su extraño dios, solicitándole sus bendiciones. Al final, los dioses, o la suerte, hicieron que las cosas ocurrieran del modo previsto. Nefertiti dio a luz a dos hijas gemelas, unas niñas lozanas que lanzaron el grito adecuado y nacieron en un día propicio. Dos almas humanas más, destinadas a verse envueltas en el torbellino de sueños de Akhenatón.

Mi amo estaba contento y orgulloso. Se celebraron banquetes y otros festejos en los salones esplendorosos donde las pequeñas fueron elogiadas y agasajadas. Fueron colmadas de regalos, joyas y juguetes, túnicas y alimentos. Akhenatón estaba muy satisfecho consigo mismo y comparaba su masculinidad con la de otros faraones, aunque yo conocía muy bien su alma, o pensaba que la conocía. Me di cuenta de su decepción por no haber tenido un hijo varón. De pronto, mis días de festejos fueron bruscamente interrumpidos. Yo seguía pensando en los comentarios extraños de Api y me preguntaba por qué Sobeck no había respondido. Al final lo hizo. Un vendedor ambulante llegó a las cocinas y Snefru me trajo el mensaje: un amigo deseaba encontrarse conmigo y comprarme como presente una exquisita joya.