Capítulo 7

En la helada oscuridad del desierto enterramos los rígidos cuerpos de los kushitas. Snefru me informó de que los cadáveres de los otros habían sido ocultados de la misma manera. Cavamos profundamente en la arena caliente. Después, el Velado nos reunió a todos.

—Lo que vosotros habéis hecho —dijo delicadamente, como si estuviera dirigiéndose a un grupo de amigos— ha sido ordenado y es el digno castigo que corresponde a los traidores. Nadie levanta su mano contra el Hijo del Divino. Ahora debéis regresar. —Miró a su alrededor, observándolos a través de la oscuridad como si estuviera memorizando los rostros de todo el grupo—. Volved a palacio, pero debéis hacerlo por separado. Si alguien pregunta, vosotros no sabéis nada de esto. Es más, durante el resto de vuestras vidas, vosotros jamás sabréis nada de esto.

Una vez que se hubieron retirado, caminando silenciosamente entre las sombras de la noche, el Velado cogió una rama del fuego y quemó su tienda. Luego, espada en mano, la emprendió contra el carro de guerra como un endemoniado, destruyendo sus ornamentos, haciendo añicos los adornos, astillando el soporte para la jabalina y rompiendo el carcaj. El magnífico Arco de Honor, su arma de caza favorita, fue también destrozado. Jabalinas y flechas fueron lanzadas a la arena. Despojado de su bastón, sus movimientos desgarbados se convertían en una amenaza con personalidad propia. No me invitó a imitarlo; actuó como un demente. Cuando terminó, se quedó inmóvil, con los brazos caídos, los ojos vidriosos y el pecho agitado por el esfuerzo. Cayó de rodillas y echó arena sobre su rostro. Luego, recogió su daga, se levantó tambaleándose y se lanzó hacia mí. Parecía que iba a tropezar. Me adelanté para ayudarlo, pero se movió con rapidez, alzó su brazo y el cuchillo me hirió en el brazo y en la muñeca izquierda. Me estremecí de dolor y me alejé, pero él continuó, arrancándome la túnica y haciéndola jirones. Hice ademán de resistir.

—Mahu, ¡piensa! Hemos sido atacados por los libios, los errantes del desierto.

Hizo vendas improvisadas para cubrir las heridas y luego se provocó heridas similares a sí mismo. A nuestro alrededor reinaban las tinieblas. En aquel lugar acechaban las fieras nocturnas con sus rugidos cada vez más próximos y el viento cortante enfriaba nuestro sudor, cubriéndonos con un polvo fino que hacía arder nuestros ojos. Me dolía todo el cuerpo. Las heridas del cuchillo afilado como una navaja me escocían como si me hubieran quemado con brasas encendidas. Una vez satisfecho, el Velado cogió otra rama del fuego y miró a su alrededor. Presentaba un raro aspecto, iluminado por las llamas danzantes, con su rostro alargado y su extraño cuerpo, pero sus ojos permanecían serenos. Cuando habló, su voz era suave como si estuviera hablando consigo mismo o rezando, no sé cuál de ambas cosas.

—Vamos, Mandril. Ya hemos terminado aquí.

Pusimos las bridas a los caballos. El Velado los acarició de modo tranquilizador. Las bestias podían oler la sangre y las formas oscuras de las alimañas de la noche aumentaban su nerviosismo. Subimos al carro de guerra y salimos de aquella hondonada llena de fantasmas, con los cascos al galope y las ruedas chirriando mientras huíamos, como aves de mal agüero bajo un cielo iluminado por las estrellas, para regresar a nuestra morada en el palacio de Malkata.

Snefru y los otros actuaban como si nada hubiera ocurrido. Naturalmente, la aparición del Velado sin sus guardias kushitas y nuestro estado y el del carro de guerra produjeron alboroto y alarma. Se enviaron mensajeros a palacio. Ayudé al Velado a llegar a sus aposentos, y también a desnudarse, lavarse y a ponerse ropas nuevas. Él hizo lo mismo por mí como si fuéramos dos niños desesperados por librarse de las consecuencias de nuestra travesura. Llegaron los médicos reales. Interrogaron a mi amo, buscaron escrupulosamente cualquier lesión que pudiera tener, y luego se ocuparon de mí. Ambos recitamos nuestros papeles y cantamos el mismo himno: habíamos ido al Desierto Oriental a cazar y habíamos caído en una emboscada de libios errantes del desierto. El Velado se mostró entristecido, igual que yo. Contó cómo su guardia kushita había luchado con valentía. A algunos los mataron, otros probablemente fueron capturados, y algunos, insinuó el Velado, incluso podrían haber desertado.

Por supuesto, nadie podía refutar nuestra versión. La Gran Reina Tiye, acompañada por el Príncipe de la Corona Tutmosis, llegaron de inmediato. Esta vez la reina venía con todo su hermoso esplendor, con suntuosas vestimentas, sandalias de oro con franjas de plata y un tocado adornado con joyas. El Príncipe de la Corona Tutmosis parecía más preocupado que su madre. Estaba pálido y algo más delgado que la última vez. Me ignoró y se ocupó sólo de su madre y su hermano. Al final de la reunión, la reina Tiye quiso verme a solas en la sala de audiencias. Tutmosis había sido enviado a vigilar la puerta. La reina interpretó su papel, con los ojos llenos de ansiedad, un poco nerviosa, solícita y dando gracias de que hubiéramos podido escapar, aunque pude darme cuenta por el brillo divertido de sus ojos que ella sabía lo que había ocurrido realmente.

—Estoy preocupada —alzó su voz con los ojos burlones—. Estoy preocupada por la seguridad de mi hijo.

—Excelencia —respondí mientras me arrodillaba ante ella—, ya me he ocupado de eso. He armado a algunos de los sirvientes rinocerontes. Muchos de ellos han hecho el servicio militar. Creo que vuestro hijo, mi señor, piensa que esa seguridad es suficiente.

Decíamos una cosa con nuestras bocas y otra con nuestros ojos. Tutmosis, sin embargo, no fue tan fácil de aplacar. Atravesó el salón dando zancadas, tosiendo entre sus manos. Cuando se detuvo ante mí, vi el trozo de lino que escondía furtivamente en la ancha manga, sostenido por una muñequera que se movía con cierta holgura.

—Madre, ¡hay que traer guardias del palacio!

—Sí y no —respondió Tiye—. Mi hijo está conmocionado. Pienso que es mejor que se sienta seguro, al menos por el momento.

Se fueron al poco tiempo. El Velado me llamó a sus aposentos. Estaba sentado sobre la cama con las piernas cruzadas y la vista dirigida a la ventana, mirando la puesta del sol.

—Toda la vida viene de él, Mahu. Él, que vive en todas las cosas y las sostiene a todas. Es Aquel que cuenta nuestros días y administra justicia. Soy su amado. —Me miró por encima de su hombro y se pasó un dedo por su larga nariz, con su labio inferior sobresaliendo—. Toda vida es sagrada, Mahu, sea un ave en una bandada o un pez en el río.

—¿Y los kushitas a los que hemos matado? —pregunté.

—Murieron porque sus vidas ya no eran sagradas. —Volvió a mirar por la ventana—. ¿Qué ocurrirá con nosotros, Mahu? Somos como niños perseguidos por sombras. Podemos volvernos, escondernos y pelear, pero la persecución siempre continúa. Mi padre enviará a otros soldados o un regalo, algún vino contaminado o comida envenenada. ¿Qué ocurrirá, Mahu?

Me arrodillé. Era la primera vez que el Velado me hacía realmente una pregunta. El tono de su voz revelaba que esta vez esperaba una respuesta. No sé qué me hizo responder de aquella forma, pero las palabras salieron de manera tumultuosa antes de que pudiera reflexionar sobre ellas.

Él te ha ordenado a ti, su hijo, que aparezcas

rico y magnífico.

Él se ha unido a tu belleza.

Él te entregará sus planes cotidianos.

Tú eres su hijo mayor que llegó a existir a través de él.

¡Gloria a ti, que eres magnífico en tus destrezas!

¡Has venido desde el horizonte del cielo!

Eres hermoso y joven como Atón.

Y continué apresuradamente:

—Os convertiréis en el Señor de las Dos Tierras, Poseedor de la Diadema, el que habla con la voz de la verdad, cuyo talón descansará sobre el cuello del Pueblo de los Nueve Arcos.

El Velado levantó sus manos. Miraba fijamente al sol poniente. Saltó luego de la cama y vino hacia mí. Mantuve la cabeza inclinada, observando aquellos extraños pies, con sus dedos alargados y tobillos huesudos. Se detuvo, me cogió la mano y me hizo ponerme de pie con su rostro sonriente, los ojos brillantes, llenos de vida. Puso sus manos sobre mis hombros y me miró como si me estuviera viendo por primera vez. Luego me abrazó. Pude sentir los huesos de su pecho de paloma, la fuerza de aquellos largos brazos. Pude oler el perfume de su piel.

—Bendito seas, Mahu —susurró—, último y primero entre los hombres. Ni la carne ni la sangre te han revelado esto, sino mi Padre, que vive más allá del horizonte lejano y cuyos dedos han tocado tu corazón para que hables con la voz de la verdad. Bendito seas, Mahu, hijo de Seostris, amigo del faraón.

Me soltó y dio un paso atrás. Se acercó a una mesita, retiró la tela que cubría una jarra y llenó dos copas de vino, sirviéndome la mía como si yo fuera un sacerdote en un templo.

—¿Sabes qué has dicho? ¿Reconoces la verdad de mi respuesta?

Lo cierto era que no lo sabía. Al pensar en ello, me doy cuenta de que lo que me impulsó a decir aquello fue Tutmosis, pálido y de rostro flaco, con aquel paño manchado de sangre que había ocultado en su manga, y aquel enigmático joven desgarbado que podía cantar una canción a una mariposa y también matar como una pantera del sur. Bebimos el vino y el Velado, llevándome hacia él, susurró lo que yo debía hacer. A partir de aquella noche me convertí en el responsable de su bienestar y seguridad. Snefru, todavía nervioso después del asesinato en el desierto, fue designado capitán de su guardia.

A la mañana siguiente llegó un carro, obsequio de la reina Tiye. No se trataba de comida ni bebida, tampoco de valiosas vestimentas, sino de las mejores armas y armaduras de las armerías imperiales. Le encomendé dos tareas a Snefru: entrenar a sus hombres y reclutar a otros en los que se pudiera confiar, y que trajera más sirvientes del pueblo de los rinocerontes. El Velado intervino en esto. Entregó a cada uno de sus nuevos guardias un amuleto, un escarabajo con la imagen de Atón, el Sol en su Gloria, saliendo de entre los Dos Picos del Este. Los hizo arrodillar en el polvo del patio, para luego detenerse en cada uno, preguntando sus nombres con delicadeza, poniendo la insignia del cargo en sus manos y acariciando sus cabezas. Yo no fui tan amable, pero les dirigí unas palabras de las que Weni y el coronel Perra se habrían sentido orgullosos: su lealtad era para mí y para su Príncipe. Todos ellos eran los garantes de la fidelidad del grupo. La traición de uno era la traición de todos y el bienestar de su Príncipe era la gloria de todos. Después distribuí las armas, los faldellines de cuero, los escudos y las lanzas, organicé la lista de actividades, entrevisté a los nuevos reclutas, aceptando a algunos, rechazando a otros.

Los muros y las puertas de acceso al Pabellón del Silencio estuvieron a partir de ese momento fuertemente protegidos. Nadie entraba ni salía sin que yo lo supiera; incluso los sirvientes que iban al mercado eran vigilados cuidadosamente. La residencia del Velado tenía la apariencia de estar descuidada y desorganizada. El Príncipe, nuestro amo, pareció refugiarse en sus aposentos después de los horribles incidentes del Desierto Oriental. La verdad era muy diferente. La seguridad estaba perfectamente al día, la protección del príncipe era nuestra preocupación constante. Se controlaba rigurosamente la comida y el vino. Una joven criada que no pudo explicar por qué había abandonado el mercado en Tebas para visitar el templo de Isis desapareció silenciosamente. Al mismo tiempo, el príncipe abrió sus tesoros. A los kushitas hasta entonces les había pagado la Casa de la Plata. Pero a partir de aquel momento cada uno de sus guardaespaldas era recompensado generosamente por aquél a quien servían. Por supuesto, el Padre de Dios, Hotep, llegó caminando a la residencia de mi amo y atravesó las puertas, acompañado por un grupo de sacerdotes y oficiales de la Banda Sagrada. Rápidamente reconocí las caras de Horemheb y Ramsés, oscurecidas por el sol, vestidos con sus armaduras de gala. Se movían con toda la fanfarronería y la arrogancia de los de su clase. Recibí a Hotep a la entrada del jardín del príncipe.

—Mi señor quiere pediros algo —susurré, haciendo una reverencia—. Solicita que quienes forman este cortejo —escuché murmullos de enojo entre algunos de los oficiales—, quienes forman este cortejo —repetí— permanezcan en este patio —hice un gesto señalando a mi alrededor—, donde hay sombra y donde enseguida se les ofrecerá comida y vino, o quizá debajo de los árboles más allá de los portones de entrada.

Hotep me sostuvo la mirada, estudiándome cuidadosamente con unos ojos brillantes y sardónicos.

—De modo que no deseas que mis acompañantes se muevan libremente por aquí.

—Excelencia —hice otra reverencia—, vos y los vuestros sois bienvenidos en este lugar. Sin embargo, debéis recordar que el príncipe ha perdido a toda su guardia… en aquel infame ataque en las Tierras Rojas orientales… —extendí las manos—. Mi amo no es un guerrero ni un soldado… —Mi voz salió entrecortada como si yo, también, estuviera nervioso. Hotep se volvió, abanicándose el rostro, y miró a su alrededor, observando a los guardias en cada entrada con sus lanzas preparadas y a los arqueros en sus puestos. Sonrió perezosamente y me palmeó el pecho.

—Horemheb tiene razón. Eres un mandril inteligente. —Se volvió a sus acompañantes—. Podéis permanecer aquí. Soy portador de mensajes del Divino.

Y se dirigió al jardín rozándome al pasar. Allí, en el pabellón, mi amo lo estaba esperando. Su escolta, algo incómoda, se dispersó. Algunos se dirigieron hacia las puertas de entrada y otros buscaron la sombra de los árboles. Horemheb y Ramsés, con sus collares de oro brillando al sol, permanecieron en su lugar, los dos solos, dándose golpecitos en las piernas con sus bastones de mando.

—¡Amigos míos! —Intercambié besos de paz con ellos.

Ramsés me pellizcó maliciosamente el brazo.

—Has trepado alto, Mandril —susurró antes de soltarme para que pudiera darle la mano a Horemheb. El cuerpo del gran soldado se había ensanchado y sus hombros y brazos se habían vuelto más musculosos. Me dio un fuerte apretón de manos mirándome con aquellos ojos oscuros en su rostro duro y granítico. Tanto él como Ramsés llevaban sus cabezas totalmente afeitadas. Horemheb tenía una cicatriz en la parte superior del pómulo derecho. Notó mi mirada y se la acarició.

—Una flecha libia. —Su boca sonrió, pero sus ojos no—. Mi hermano Ramsés y yo estuvimos en el Desierto Oriental persiguiendo a los miserables que atacaron a tu señor.

—Encontramos algunas jabalinas y flechas, y huesos blanqueándose al sol. —Horemheb entrecerró los ojos mirando al cielo—. Como ocurrirá con los míos si no vamos a la sombra y tomamos un poco de vino.

Los hice pasar a la casa, hacia las mesas que había hecho preparar en un espacio bajo una ventana que daba al jardín. Les serví vino blanco dulce y un plato de nueces glaseadas, bañadas con miel sobre tiras de pan seco. Comieron, haciendo chasquear ruidosamente los labios. Se enjuagaron los dedos en el cuenco de agua y se los secaron con un paño mientras miraban a su alrededor. Horemheb advirtió la presencia de los guardias en las sombras y sonrió.

—¿Son buenos, Mahu? —preguntó, moviendo la cabeza—. ¿Tan hábiles como los kushitas?

—Son leales y matarán. —Sonreí y brindé por él con mi copa.

Ramsés se rió y puso su mano sobre los labios.

—Soldados sin narices —se burló—, y escaso adiestramiento militar. ¿Los has entrenado tú, Mahu?

—Decidme —respondí, ignorando su pregunta—, ¿por qué luchan más los hombres? ¿Por dinero? ¿Saqueo? ¿Mujeres?

—Por la gloria —dijo bruscamente Horemheb—. La gloria de Tomery, el reino de Egipto.

—¿Y qué me dices de la propia gloria —volví a preguntar—, así como la de aquél a quien sirven?

La sonrisa se desvaneció de la cara de Horemheb.

—El Divino podría enviar un regimiento a este lugar —susurró— y terminar de inmediato con estos soldados de juguete.

—¿Atacar a su propio hijo? —repliqué—. ¿El amado de la reina Tiye? Amigos míos, os diré algo: hay momentos en la vida en los que uno elige. La vida, la fama y la fortuna dependen de esas elecciones.

—¿Qué estás diciendo? —refunfuñó Ramsés con su rostro afeado por la ira que lo dominaba.

—Somos los niños de la Kap —respondí—. No te estoy amenazando, ni estoy describiendo la forma como deben ser las cosas, sino tal como son. Le di un buen consejo a Sobeck y lo ignoró. Hice lo que pude por él. ¿No esperáis que haga lo mismo por vosotros?

Horemheb se limpió la boca con el dorso de la mano y se puso de pie. Ramsés lo siguió. Estaba a punto de alejarse cuando se volvió y me sonrió.

—Tengo dos nuevos enanos —dijo—. Nunca olvidé aquella noche, Mahu —su sonrisa se hizo más grande—, ni los horrores de la ciénaga de los cocodrilos. Tienes razón. Uno nunca sabe cuándo puede ser eliminado.

Él y Ramsés se dirigieron perezosamente a la puerta. Acababan de marcharse cuando apareció Hotep. Me hizo un gesto para que no me levantara y se sentó frente a mí.

—Bien, bien, bien. —En su rostro arrugado se dibujó una sonrisa, con los ojos atentos, como un halcón en su percha—. Ha habido unos cuantos cambios en este lugar, Mahu.

—Es importante que el príncipe se sienta seguro.

—Está bajo el cuidado del Divino. Todos descansamos a la sombra de sus manos.

—Por supuesto —respondí—. De todas maneras, la prudencia y la sabiduría son dones de los dioses.

Hotep tomó la copa de Horemheb y bebió unos sorbos.

—Dime otra vez qué ocurrió en las Tierras Rojas.

Lo hice. Hotep permaneció sentado, asintiendo con la cabeza.

—¿Y qué ocurrió con Imri?

Le di una descripción de nuestro calamitoso viaje por el río.

—Un desafortunado accidente —concluí.

—¿Y todos los guardias al mando de Imri fueron asesinados en las Tierras Rojas?

—Eso parece.

—¿Y fueron allí de cacería?

—Fuimos a cazar —respondí, sosteniendo su mirada—. Gacelas y avestruces, cualquier cosa que se cruzara en nuestro camino.

—¿Pero no llevasteis los sabuesos saluki?

Escondí mi inquietud. Aquél era un error que habíamos pasado por alto.

Hotep dejó su copa.

—¿Por qué no los llevasteis? Son tan veloces como cualquier venado.

—Mi amo conoce mi aversión por esos perros —respondí tranquilamente—. Mi tía Isithia tenía uno llamado Seth. Mató a mi mono mascota… nunca lo olvidé.

—Ah sí, Isithia. —Hotep se rascó el cuello—. Tengo entendido que no la visitas.

—Ella nunca está lejos de mi corazón.

Hotep esbozó un breve sonrisa.

—Ella dijo que vuestros destinos estaban entrelazados.

Una escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Los destinos de quién, Excelencia?

Hotep bebió unos sorbos de su copa para ocultar su propia inquietud.

—¿Por qué fui enviado a la Kap? —pregunté repentinamente—. Mi padre era un soldado valiente, pero Tebas está llena de hijos de soldados valientes.

—Tu tía me lo pidió cuando la valentía de tu padre fue conocida por el Divino, pero eso forma parte del pasado, Mahu. —Hotep sonrió—. Los males de un día son suficientes y debemos mirar hacia el futuro. ¿Qué ocurrirá con tu Príncipe cuando su hermano acceda al trono?

—Que el faraón viva un millón años —respondí.

—Por supuesto —convino Hotep—, y que disfrute de mil jubileos. Pero no has contestado a mi pregunta. Tú has hablado de elecciones.

—¿Cuándo he hablado de elecciones?

Otra vez apareció la sonrisa torcida.

—¿No lo sabes, Mahu? Hasta la brisa puede llevar las palabras. Debes elegir. —Hotep extendió las manos—. ¿Qué camino vas a seguir? ¿A quién servirás realmente? En fin. —Sacudió algunas migas de su túnica y se levantó—. No quiero tu respuesta ahora, pero un día… —Sacó un abanico de la manga para refrescar su rostro—. Tú sabes dónde estoy. —Se giró para alejarse, pero volvió a mirarme—. Tu señor, ¿habla contigo?

—Tal como mi tía hablaba con su perro saluki.

Hotep me golpeó la cara con el abanico.

—¿Qué piensas de tu señor, Mahu?

—No pienso en él en absoluto, Excelencia. Medito muy a menudo, sobre cómo son las cosas y quizá cómo deberían ser. Recuerdo las palabras del poeta. Seguramente conocéis este verso: «Es más fácil odiar que amar. Es mejor amar que odiar». Pero, a veces, uno tiene que odiar para proteger lo que uno ama.

—¿Un acertijo? —Hotep retrocedió.

—La solución es fácil, Excelencia. Puedo tomar un ejemplo de la agricultura. Dicen que vos sois hijo de un agricultor, ¿no?

—¿Y bien?

—Según esté la viña plantada —respondí—, así crecerá.

—¿Estás hablando de ti mismo? —preguntó.

—No, Excelencia, estoy hablando de todos nosotros.


Me han preguntado dónde empezó todo realmente, cuándo me di cuenta de la verdadera causa. Me han pedido que hable con la voz de la verdad. Me resulta difícil. Es como un incendio en una casa. Uno huele el humo, uno ve indicios, pero no está seguro de dónde está el fuego. Eso es lo que ocurre con el que ahora llaman el Maldito, Akhenatón, el Grotesco, el Feo, el Velado, el Amado de Atón, el Señor de las Diademas.

Supongo que todo comenzó aquella noche, después de que Hotep se hubo marchado. Vinieron a buscarme cuando la oscuridad era más profunda, se deslizaron hacia mis aposentos, me amordazaron, me ataron de pies y manos y me envolvieron en una áspera manta. Luché y golpeé, pero me llevaron sin esfuerzo, moviéndose como sombras a lo largo del pasillo, escaleras abajo, para luego cruzar el patio. Una brisa fría atravesó la manta y enfrió mi sudor. Se abrió una puerta. Sentí olor a madera, a flores, a hierba aplastada; nuevas voces hablaron con rapidez, ásperas e ininteligibles. Estaban dando órdenes.

Fui arrojado dentro de un carro que comenzó a moverse; cada sacudida de sus ruedas se sentía como un golpe. Ahí los olores eran diferentes. Luego, los sonidos de la noche, el chillido de dolor de un animal, el graznido de un ave. La brisa se hizo más fría; escuché el ruido del agua. Me estaban subiendo a bordo de una barcaza. Mi terror aumentó. Las imágenes del enano danga arrastrado hacia los cocodrilos y de Imri luchando por su vida iban y venían. ¿Quiénes eran mis secuestradores? ¿El Velado había cambiado de idea? ¿Hotep había tomado las riendas? ¿O acaso el Magnífico, cansado de las intervenciones de su esposa, había enviado a sus asesinos?

Escuché el ruido de la barcaza al arrastrarse sobre el fango arenoso y traté de relajarme, tomando conciencia de las cuerdas que ataban mis muñecas y de la mordaza que apretaba mi boca. Luego, otro viaje en carro, con el mismo traqueteo de antes. Me deslicé hacia la parte de atrás. El carro debía de estar subiendo un desnivel, probablemente en el Desierto Occidental. El frío se hacía más intenso. Los ruidos de los depredadores de la noche resonaban de forma siniestra: un rugido que retorcía el corazón, el grito de caza a todo pulmón de los leones, seguido por aullidos, gruñidos y ladridos de los que seguían a esta feroz manada de cazadores.

Por fin el carro se detuvo; me levantaron para sacarme. Retiraron las mantas y la mordaza y cortaron las cuerdas que ataban mis tobillos. Pude ver las hogueras y el cielo iluminado por las estrellas y sentir el ligero viento helado. Oscuras figuras se movían a mi alrededor. Luego me cubrieron la cabeza con un paño, encerrándome otra vez en la oscuridad. Mi respiración resonó durante una eternidad. Me obligaron a arrodillarme. Los guijarros afilados me cortaron las rodillas. Recibí un golpe punzante en la espalda.

—Bien, bien, Mahu, Mandril del Sur. Te hemos traído aquí, al desierto donde yacen los huesos de tantos hombres. Dime, Mahu, ¿qué ocurrió la noche en la que tu amo salió de caza?

—Ya lo he dicho —farfullé—. Fuimos atacados por los errantes del desierto, por habitantes de las arenas, ¡no sé! Se deslizaron abriéndose paso en las tinieblas. Tratamos de reunimos alrededor del carro de guerra. A algunos los mataron, otros fueron rechazados.

Otra vez el punzante golpe en la espalda.

—¡Mentiras! —gritó la voz—. ¿Y qué más, Mahu? ¿La muerte de Imri, un cazador experimentado, un hombre que conocía el Nilo y sus peligros?

—¡Un accidente! —repliqué también gritando.

—Demasiados accidentes —murmuró la voz—. ¿Qué es lo que te dice tu amo, Mahu? ¿Conspira contra el Divino?

—Cuida su jardín —repliqué— y visita su Casa de las Pinturas. —Por un fantasmal momento la imagen de aquella mujer hermosa junto a la puerta a la luz de la antorcha regresó para atormentarme—. Hay personas que lo visitan —farfullé. Sentí un corte en el tobillo, un cuchillo me cortaba la piel. El corte fue tan súbito y el cuchillo tan afilado, que la sangre salió a borbotones antes de que un latigazo de dolor se extendiera por mi pierna.

—Apenas hemos empezado, Mahu. Hemos derramado sangre, la dejaremos gotear, luego te ataremos los pies y te dejaremos aquí.

El interrogatorio continuó: sobre el destino de los kushitas, sobre la muerte de Imri, sobre lo que hacía mi amo, sobre quién lo visitaba. Las preguntas se sucedían a tal velocidad que no pude darme cuenta de quién me estaba interrogando. Pero no me importaba. Me temblaba el cuerpo. Mis piernas se estremecieron con un sudor frío. Por momentos caía dormido y tenía sueños o venían recuerdos del pasado. Weni tendido en aquel estanque, flotando boca abajo. Sobre su espalda, mi mono mascota, Bes. En los árboles, más allá, Sobeck y su amante enredados en un abrazo apasionado, los brazos y piernas de ella alrededor de él, con su pelo largo suelto, sin prestar atención a los cazadores que corrían hacia ellos. El Velado sentado sobre almohadones con sus ojos almendrados mirándome atentamente. La reina Tiye abofeteándome la cara, Isithia arrastrándome de la mano. Me arrojaron agua fría, me dieron otro golpe en la espalda y el interrogatorio continuó. Al final, me desplomé hacia un lado.

—¡Es suficiente! —gritó una voz.

Sacaron de mi cabeza la manta maloliente y cortaron las ligaduras de mis manos. Fui medio arrastrado hasta llegar a una crepitante hoguera. Me obligaron a beber de un odre de vino y me pusieron pan y un trozo tierno y delicioso de cordero en la mano. Comí y bebí.

—¡Mahu! ¿Mahu?

Levanté la cabeza. El Velado estaba sentado al otro lado del fuego, con la vestimenta rayada de los habitantes de la arena, con la capucha echada hacia atrás. A su lado estaba su madre, la reina Tiye, vestida de la misma manera, con el pelo cayéndole a cada lado de la cara sin pintar. Junto a ellos había un hombre que se mantenía en las sombras, haciendo imposible distinguir su cara, aunque pude ver una nariz afilada, ojos brillantes y bigote y barba tupidos. Miré a mi alrededor. Un círculo de hombres nos protegía con sus armas desnudas destellando a la luz del fuego: escudos, lanzas y espadas. Otros estaban armados con arcos cuyas flechas estaban ya listas para ser disparadas. Más allá había otra línea de hombres con antorchas con las que ahuyentaban a las fieras del desierto. Gemí y tomé un sorbo de vino.

—Tengo frío. —Me agarré el tobillo. La sangre había dejado de fluir, dejando una cicatriz abierta y dolorosa—. ¿Por qué todo esto? —protesté—. ¿Qué juego es éste?

—De vida o muerte —replicó la reina Tiye, elevando sus manos—. Hoy recibiste la visita del Padre de Dios, Hotep, emisario del Divino. Estuvo sentado contigo en la sala de audiencias, ¿no? —Asentí con la cabeza—. Insistió para que reflexionaras sobre las elecciones, sobre senderos a seguir.

Asentí con la cabeza. El Velado permanecía sentado mirándome. A la luz del fuego su cara parecía más hermosa que grotesca, con los ojos delicados y acuosos y los gruesos labios separados en una sonrisa.

—¿No confiáis en mí? —Pregunté—. ¿Es a esto a lo que hemos llegado?

—Teníamos que asegurarnos, Mahu.

—¿No he demostrado ya mi lealtad? ¿Qué otras pruebas se necesitan?

—No se trata del pasado —interrumpió Tiye—, sino del presente y del futuro.

Habló a sus acompañantes en una lengua que no comprendí. Éstos se retiraron. La reina Tiye me hizo un gesto para que me acercara. Se apartaron del fuego de modo que nos sentamos cara a cara. Tiye me instó a que comiera y bebiera, alcanzándome ella misma el odre de vino.

—Puedes dormir mañana, Mahu. Esta noche debes escuchar. Ya te he contado todo sobre el nacimiento de mi hijo, del dolor, de la manera en que fue secuestrado, retenido por los sacerdotes e insultado.

El Velado gruñó como si las palabras de su madre irritaran su memoria e hicieran hervir el odio que albergaba en su interior.

—Ignorado e insultado —continuó Tiye—. Lo que los sacerdotes también conocían, Mahu, eran los sueños que tuve mientras llevaba a mi hijo en mi vientre, mientras bailaba en mi útero. Sueños de grandeza, Mahu, de un faraón que se alzaría muy alto en el horizonte lejano. ¡Por supuesto yo estaba encantada! Hable de esto con mi esposo, el Divino, que compartió esta información con los sacerdotes. Ellos hicieron sus propios horóscopos y el faraón se preocupó. Los sacerdotes no compartieron mi alegría, sino que murmuraron del Maldito, un gobernante que impondría su justicia sobre los otros dioses de Egipto.

Medio ebrio, le devolví la mirada. Nunca me importaron los sueños ni los horóscopos. Mi tía Isithia me había curado de todo aquello.

—Tú no nos crees, ¿verdad, Mahu? —preguntó el Velado.

Recordé las palabras que le había dicho a Hotep.

—Creo en los efectos del amor y el odio. De un niño que queda solo y es maltratado.

El Velado se rió silenciosamente.

—¿Ésa es la razón de que me hayáis arrastrado al desierto?

—Mira a tu alrededor —indicó Tiye—. ¿Quiénes son estos hombres, Mahu?

—Asesinos despiadados —respondí—. Me duele todo el cuerpo. —Otra vez la suave risa—. Errantes del desierto, habitantes de las arenas —bostecé, frotándome los brazos.

—No, Mahu —sonrió la reina Tiye—. Son de mi pueblo.

Contuve la respiración. En la Kap había escuchado las historias y los rumores de cómo el Magnífico había sido cautivado por esta joven mujer de Akhmin. Cómo había roto con la costumbre impuesta desde tiempos inmemoriales de que el faraón siempre se casaba con una princesa extranjera. Tiye fue la excepción. Oh, cómo nos habíamos reído tontamente tapándonos la boca con las manos de su supuesta pericia y destreza en la cama. En aquel momento la risa me pareció amarga e indigna.

—Mi familia es de Akhmin, y pronto conocerás a otros de mi tribu.

El rostro de la Bella regresó.

—Pero por ahora —continuó Tiye— somos los sheshnu, los apiru, unas tribus que atravesaron el Sinaí desde Canaán hace muchos años, atraídos por la riqueza de Egipto, la tierra negra del Nilo, sus fértiles cultivos y el favor del faraón. Nos hemos integrado en Egipto. Bien —se encogió rápidamente de hombros—, por lo menos algunos de nosotros lo hemos hecho. Otros se alejan de las ciudades, cuidando de sus rebaños, sirviendo a su dios. Mi familia ha seguido otros caminos. Oh sí, Mahu, soy una sacerdotisa de Min. He danzado en su templo, ante su estatua, pero eso es sólo la apariencia, como hierba y arbustos llevados por el río. Las costumbres de Egipto son como una prenda de vestir que puedo ponerme o quitarme cuando lo deseo.

Yo continuaba sentado, impasible, sin pensar en mis molestias y dolores, ni en la herida del tobillo, ni en el viento frío o los ruidos escalofriantes de la noche.

—La palabra egipcia que significa «humanidad» es remeth —continuó Tiye—, que es la misma que significa «egipcio». Al principio, Mahu —se inclinó hacia delante—, egipcios, libios y kushitas eran un solo pueblo que servía al mismo dios omnipotente e invisible. Los egipcios lo llaman Atón, para mi pueblo es Elohim o Adonai, el Señor. Son nombres diferentes para el mismo ser. Vive igual que el aire que respiramos. Está en nosotros, obra a través de nosotros, es el sostén de toda vida y a la vez existe separadamente, amándolo todo, creándolo todo. Así era al principio. Desde entonces, la humanidad ha seguido su propio camino fabricando dioses para sí misma, haciéndolos a su propia imagen, cortando al dios único como si fuera una fruta. Un Dios de la Guerra, Montu; un Dios del Río, Hapi; un Dios de la Tierra, Geb; el Dios del Sol, Ra. —Hizo un gesto con la mano—. Mahu, ha llegado el momento de dejar de lado las tonterías infantiles.

—Mahu no es sacerdote —intervino el Velado—. No le preocupan demasiado los dioses, ¿no es así? —Lo miré sin pestañear—. Tú crees que yo venero a Atón —continuó—, y es cierto. Pero el glorioso Disco Solar es solamente el símbolo, la manifestación de mi Padre. Mi sueño, Mahu, es ser Akhenatón, el Esplendor de Atón. No es sólo un sueño, es mi destino.

—Otro dios entre muchos —argumenté como respuesta—. Incluso el Divino rinde homenaje a Atón.

—Ah, sí. —El Velado levantó una mano, como un maestro en una sala de estudio—. Veneramos a Atón y rendimos homenaje al resto de los dioses porque así es como tienen que ser las cosas, por lo menos durante un tiempo. —Inclinó la cabeza—. Sé lo que estás pensando, Mahu. —Su voz salió amortiguada, con la boca escondida detrás de los pliegues de la capa—. El templo de Amón-Ra tiene miles de sacerdotes. Sus Casas de la Plata están llenas de piedras preciosas, oro, plata, amatistas y jaspe. Los sacerdotes tienen campos y propiedades desde el Delta hasta más allá de la tercera catarata. Los templos tienen sus propios soldados, escuadrones de carros de guerra, escribas, un reino dentro de un reino, Mahu. Los sacerdotes determinan los rituales y los calendarios del año. Dominan cada aspecto de la vida. Esto es verdad cuando se habla de los templos de Karnak y de Luxor. ¿Y qué decir de los demás… los de Anubis, de Isis y de Ptah en Menfis, la ciudad de las murallas blancas? —Hizo un gesto con la mano—. ¿Puedes imaginar, Mahu, lo que ocurriría si estos templos se unieran contra el poder del faraón? Piensa en la riqueza que esconden. Legiones de sacerdotes podrían alimentar al pueblo de sus graneros y almacenes y ofrecer sobornos. Piensa en la cantidad de personas a quienes pueden comprar. Deben ser detenidos. —Miró al cielo—. La noche toca a su fin —murmuró—. Se te ha ofrecido una mirada al futuro, Mahu, y ese futuro llegará. —Cogió su bastón y se levantó tambaleándose mientras ayudaba a su madre—. Ésa es la razón de que te hayamos traído al desierto, Mahu. Para estar seguros de ti, para que te unas a nosotros y así puedas participar en el sacrificio.

Me dejaron solo durante un tiempo. Había gente que iba y venía en la oscuridad. Trajeron más comida. Me quedé dormido, echado hacia delante. Me despertaron con una brusca sacudida. El cielo ya estaba más claro aunque el viento todavía era frío. Sobre un pequeño montículo no muy lejos, alcancé a ver un altar, armado toscamente con piedras amontonadas, rodeado, en aquel momento, por quienes me habían llevado hasta allí. La reina Tiye y el Velado estaban ya ante el altar, con sus rostros hacia el sol naciente. Mis guardianes me hicieron gestos para que me reuniera con ellos. Me abrieron paso entre el círculo de hombres y subí al montículo. Fue una experiencia extraña. Era diferente de cualquier santuario o atrio de templo que yo alguna vez hubiera visitado. No había columnas coloreadas ni frescos, sólo una colina de arena y guijarros al borde del desierto. El ara era una losa de piedra apoyada en unas rocas. En cada extremo ardían recipientes de incienso. En el medio había pan, vino y una aceitera, junto a un niño recién sacrificado, con su garganta cortada y la sangre ya coagulada alrededor de la herida abierta.

Uno de los shemsou empujó el cadáver al centro del altar. La reina Tiye echó incienso sobre él. El Velado tomó la aceitera y lo esparció generosamente, cubriendo toda la superficie. Acercaron una tea encendida. La reina Tiye la sostuvo. Ella y su hijo, con los ojos fijos en el horizonte lejano, esperaron a que el brillo rosado se volviera rojo encendido. La llama de la tea bailaba en el viento. Por primera vez en mi vida sentí que estaba en presencia no de algo sagrado, sino de algo misterioso, extraño. Aquellas dos personas de pie, inmóviles en medio de aquel cerco de hombres en silencio. El Disco Solar apareció con un rojo resplandor en el horizonte. Su luz se extendía sobre el desierto. Tiye bajó la llama y la ofrenda fue consumida en una gran hoguera, mientras el humo se elevaba hacia el cielo. El aire se enriqueció con el olor del incienso, el aceite y la carne ardiendo. Tan pronto como la ofrenda quedó envuelta por las llamas, Tiye comenzó a cantar un alegre himno de alabanza. Su hijo la acompañó y el estribillo fue repetido por todos los hombres. Una canción poderosa, que parecía seguir al humo y a las llamas mientras se elevaban hacia el cielo.

El sol ascendía con rapidez, haciendo que el aire frío se entibiara. La brisa, la respiración de Amón que soplaba desde el norte, desapareció en la luz y el calor del día. Sobre el altar improvisado el fuego empezó a extinguirse. El recipiente de incienso y lo que quedaba del aceite fueron volcados sobre él. Permanecimos allí hasta que no quedó otra cosa que restos carbonizados, ennegrecidos, y la magia y el misterio murieron con él. Estábamos en el borde del desierto, bajo el sol que se fortalecía, listos para enfrentarnos al aplastante calor del día. Me sentía exhausto. Tiye estaba en aquel momento dando órdenes. El altar fue desmontado, las piedras se lanzaron lejos, las hogueras se apagaron y, escoltados por nuestro séquito, cubiertos con capas y encapuchados, nos dirigimos a las fértiles tierras de pasto y de vuelta al otro lado del Nilo.

Una vez en casa, ni la reina ni mi señor mencionaron nada de nuestro viaje. Entramos en los terrenos del palacio por una puerta lateral. Nuestro séquito y los carros desaparecieron, dejando que la reina, el Velado y yo atravesáramos solos los jardines desiertos. Pasamos por los puestos de guardia. La soberana, provista del sello imperial, no fue detenida ni revisada, sino que se le rindió homenaje en todo momento. Cuando pasamos junto al recinto de la residencia, el lugar donde yo había sido criado, me detuve asombrado: las puertas había sido sacadas de sus goznes y las paredes habían sido abiertas para dejar entrar a los carros de los constructores. Montones de madera se levantaban junto a las piedras de mampostería y las herramientas de los albañiles. Éstos, con ojos somnolientos todavía, ya estaban reuniéndose. No había estado por allí desde hacía algún tiempo. Había escuchado vagos rumores de renovación y reconstrucción.

—¿Estás sorprendido, Mahu? —El Velado se quitó su túnica rayada, colocándola sobre el brazo. Estaba allí, como un perro de caza olfateando la brisa—. Todo cambia, Mahu. Esto va a ser una nueva residencia para mí y mi prometida.

—¿Os vais a casar, señor?

—La novia ya ha sido elegida. Mi prima Nefertiti.

—¡La Bella! —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera morderme la lengua.

—Sí, así es. —El Velado me miró fijamente con la cabeza inclinada—. Eso es lo que su nombre significa: la Bella ha Llegado. ¿Cómo lo sabías?

—Pude verla una vez.

—Imposible. —Agitó la cabeza—. Pero no olvidemos que Mahu es el mandril que se esconde entre los árboles. Mi prima Nefertiti es la hija del hermano de mi madre. —Agarró mi mano—. Pronto la conocerás.

El ruido que venía desde más allá de las paredes crecía: los gritos de los albañiles, el chirriar de la madera, el ruido de sogas y poleas. Tiye nos miraba de manera extraña.

—No sabes nada de ella, ¿verdad, Mahu? —preguntó ella, acercándose y echando hacia atrás su capucha. Advertí otra vez que no llevaba ningún adorno, ni una piedra preciosa en sus dedos, en las orejas o en el cuello. Igual que su hijo, como si tuvieran que entrar a la presencia de su dios purificados, llevando la ropa más simple—. El Divino quería un matrimonio con una princesa mitanni —Tiye sonrió irónicamente—. Pero lo convencí para que no lo hiciera.

Ella estaba a punto de continuar cuando escuché el ruido de pies veloces y Snefru, sin aliento y ojos desorbitados, apareció corriendo por el sendero. Cayó de rodillas tratando de recuperar el aire y tocó el suelo con la frente.

—¿Qué ocurre? —preguntó el Velado con brusquedad.

—¡Mi señor!

—Levántate, hombre.

Snefru volvió a ponerse de pie, secándose el sudor de su cara desfigurada.

—Una compañía de arqueros —pudo decir—. La Fortaleza de Khonsu ya ha acampado —hizo gestos con las manos— no muy lejos de nuestro pabellón.

—¿Soldados? —murmuró el Velado volviéndose hacia su madre—. ¡El Divino ha enviado soldados!

—Su oficial —jadeó Snefru— afirma que están aquí para protegeros contra cualquier nuevo accidente o percance.

El rostro del Velado reveló su furia. Tiye lo agarró del brazo.

—Déjalo. Déjalo por el momento —murmuró—. Seamos como los árboles —sonrió—. Sí, seamos como árboles e inclinémonos ante el viento.

Mi amo despidió a Snefru. Me llevó a mí y a su madre a un claro bañado por el sol.

—¿Quién dice la gente que soy yo, Mahu?

—Sois el príncipe Amenhotep —contesté tartamudeando.

Levantó su mano para abofetearme, pero la dejó caer.

—¿Pero qué es lo que dicen los hombres que soy, Mahu? ¿Qué dicen riéndose con disimulo y tapándose con las manos?

—¿El Grotesco? ¿El Feo? ¿El Velado?

Mi amo asintió con la cabeza.

—Has hablado con la voz de la verdad y yo haré lo mismo. Te diré cuál es mi verdadero nombre. Te lo revelaré a ti como he hecho con aquellos que están cerca de mí. —Miró a través de los árboles, al sol—. Yo soy «Aquel-Que-Es-Agradable-a-Atón», mi verdadero Padre, que conoce mi nombre. En el momento señalado lo revelaré a otros, pero ahora lo hago contigo, Mahu. Soy aquel que agrada a Atón. Mi nombre es Akhenatón.