1. Un mundo a medias
El conde Brass, que se había tendido sobre la curva que formaba el interior de la esfera, gruñó y removió su cuerpo cubierto por la armadura. Miró por la nebulosa pared amarilla y vio que el paisaje cambiaba cuarenta veces en otros tantos segundos. La pirámide continuaba precediéndoles. A veces, se distinguía la silueta del barón Kalan. En otras, la superficie del vehículo adoptaba aquel color blanco cegador tan fabuloso.
—¡Me duelen los ojos! —se quejó el conde—. Tal velocidad de imágenes los cansa. Y también me duele la cabeza cuando intento pensar en lo que está pasando. ¡Si algún día se me ocurre contar esta aventura, nadie volverá a creer en mi palabra!
Hawkmoon le indicó que guardara silencio, pues las escenas se sucedían ahora con mucha mayor lentitud, hasta que por fin dejaron de cambiar. Flotaron en la oscuridad. Lo único que se veía delante era la pirámide blanca.
Surgió luz de algún sitio.
Hawkmoon reconoció el laboratorio del barón Kalan. Actuó rápida e instintivamente.
—Deprisa, conde Brass, hemos de abandonar la esfera.
Saltaron a través de la cortina y cayeron sobre las sucias losas del suelo. Por casualidad, fueron a parar detrás de varias máquinas, grandes y de formas demenciales, situadas en la parte posterior del laboratorio.
Hakwmoon vio que la esfera temblaba y desaparecía. Ahora, su única forma de escapar de aquella dimensión era la pirámide de Kalan. Hawkmoon reconoció olores y sonidos familiares. Recordó la primera vez que había estado en los laboratorios de Kalan, como prisionero del barón Meliadus, para que le implantaran la joya negra en el cráneo. Notó una extraña frialdad en sus huesos. Al parecer, nadie había reparado en su llegada, porque los criados de Kalan, cubiertos con sus máscaras de serpiente, dedicaban su atención a la pirámide, dispuestos a entregar la máscara a su amo en cuanto saliera. La pirámide se posó lentamente en el suelo y Kalan emergió. Aceptó la máscara sin decir palabra y se la puso. Sus movimientos eran rápidos. Dijo algo a sus sirvientes y éstos le siguieron cuando salió del laboratorio.
Hawkmoon y el conde Brass abandonaron su escondite con cautela. Los dos habían desenvainado sus espadas.
Una vez seguros de que el laboratorio estaba desierto, pensaron en el siguiente paso.
—Quizá deberíamos esperar a que Kalan vuelva para matarle en el acto —insinuó el conde Brass—, y luego utilizamos su máquina para huir.
—Ignoramos cómo funciona esa máquina —recordó Hawkmoon a su amigo—. No, creo que deberíamos averiguar más cosas sobre este mundo y los planes de Kalan antes de pensar en matarle. Sabemos que cuenta con otros aliados, más poderosos que él, que no dudarán en llevar a la práctica sus planes.
—Tenéis razón —dijo el conde Brass—, pero este lugar me pone nervioso. Nunca me ha gustado el subsuelo. Prefiero los espacios abiertos. Por eso nunca me quedo demasiado tiempo en una ciudad.
Hawkmoon se puso a examinar las máquinas del barón Kalan. La apariencia de muchas le resultó familiar, pero no consiguió adivinar sus funciones. Se preguntó si lo mejor sería destruir las máquinas ipso facto, pero después decidió que sería más prudente descubrir para qué servían. Podían producir un desastre si jugaban con las fuerzas que Kalan estaba experimentando.
—Provistos de la ropa y las máscaras adecuadas —dijo Hawkmoon, mientras se encaminaban hacia la puerta—, tendríamos mejores posibilidades de explorar este lugar sin ser descubiertos. Creo que tal objetivo debería ser prioritario.
El conde Brass se mostró de acuerdo.
Abrieron la puerta del laboratorio y se encontraron en un pasadizo de techo bajo. Olía a moho y la atmósfera estaba enrarecida. En otro tiempo, todo Londra había hedido igual. Ahora que pudo examinar con mayor detenimiento los murales y tallas de las paredes, Hawkmoon llegó a la conclusión de que no estaban en la verdadera Londra. La ausencia de detalles saltaba a la vista. Los cuadros se delineaban primero y se llenaban después de colores fuertes, carentes de los tonos sutiles tan queridos por los artistas de Granbretán. Y si los colores se empleaban en la antigua Londra para crear un efecto, estos colores se habían seleccionado con muy escaso criterio. Era como si alguien que sólo hubiera pasado media hora en Londra intentara recrearla.
Incluso el conde Brass, que sólo había visitado Granbretán en una ocasión, en calidad de diplomático, reparó en el contraste. Continuaron adelante, sin tropezarse con nadie, intentando determinar dónde había ido el barón Kalan. De pronto, doblaron una esquina del pasadizo y se toparon con dos soldados de la Orden de la Mantis (la antigua orden del rey Huon), armados con lanzas largas y espadas.
Al instante, el conde Brass y Hawkmoon se colocaron en posición de combate, esperando que los dos hombres les atacaran. Las máscaras de mantis cabecearon, pero los soldados se limitaron a contemplar estupefactos al conde Brass y su compañero.
Uno de los soldados habló con voz apagada por la máscara.
—¿Por qué vais sin máscara? —preguntó—. ¿Cómo es eso?
Su voz sonaba vaga y distante, como la del conde Brass cuando Hawkmoon se encontró por primera vez con él en la Kamarg.
—Sí, tienes razón —contestó Hawkmoon—. Vais a darnos vuestras máscaras.
—¡Pero ir sin máscara está prohibido en los pasadizos! —dijo el segundo soldado, horrorizado.
Se llevó la mano enguantada a su casco en forma de gran insecto, como para protegerlo. Los ojos de mantis parecieron mirar con sorna a Hawkmoon.
—Entonces, tendremos que luchar por ellas —gruñó el conde Brass—. Desenvainad las espadas.
Los dos hombres sacaron lentamente sus espadas, y con la misma lentitud adoptaron posturas defensivas.
Fue horrible matar a aquel par, porque apenas se esforzaron en defenderse. Cayeron derribados en menos de medio minuto. Hawkmoon y el conde Brass procedieron de inmediato a despojarles de las máscaras y de sus uniformes de seda y terciopelo verde.
Lo hicieron a tiempo. Hawkmoon se estaba preguntando qué hacer con los cadáveres cuando, de repente, se desvanecieron.
El conde Brass resopló.
—¿Más brujería?
—O la explicación de por qué se comportaban de forma tan extraña —respondió Hawkmoon—. Han desaparecido como Bowgentle, Oladahn y D'Averc. La Orden de la Mantis era la más feroz de Granbretán, y sus miembros eran arrogantes, altivos y de reacciones rápidas. O esos tipos no eran de Granbretán, sino marionetas al servicio del barón Kalan, o eran de Granbretán, pero estaban en alguna especie de trance.
Hawkmoon se ajustó en la cabeza la máscara robada.
—Nos comportaremos del mismo modo, por si acaso —dijo—. Nos concederá ventaja.
Siguieron avanzando por los pasadizos, con parsimonia, al igual que los soldados.
—Al menos —susurró el conde Brass—, no nos costará librarnos de los cadáveres, si los que matamos se desvanecen con tal celeridad.
Se detuvieron ante varias puertas y trataron de abrirlas, pero todas estaban cerradas. Se cruzaron con muchos enmascarados, pertenecientes a las principales órdenes (el Cerdo, el Buitre, el Dragón, el Lobo), pero no vieron a miembros de la Orden de la Serpiente. Estaban seguros de que miembros de esta orden les conducirían a Kalan. En algún momento, también sería útil cambiar las máscaras de mantis por máscaras de serpiente. Por fin, llegaron ante una puerta más grande que las otras, custodiada por dos hombres que portaban las mismas máscaras que ellos. Una puerta vigilada es una puerta importante, pensó Hawkmoon. Detrás podía ocultarse la respuesta a las preguntas que les intrigaban.
—Tenemos órdenes de relevaros —dijo, con la voz más vaga posible—. Podéis volver a vuestros puestos.
—¿Relevarnos? —se extrañó un guardia—. ¿Ya hemos terminado nuestro turno? Pensaba que sólo había pasado una hora. Claro que el tiempo… —Hizo una pausa—. Todo es tan extraño…
—Estáis relevados —dijo el conde Brass, adivinando el plan de Hawkmoon—. Eso es todo lo que sabemos.
Los dos guardias saludaron y se alejaron con paso indolente. Hawkmoon y el conde Brass ocuparon sus puestos.
En cuanto los guardias se fueron, Hawkmoon giró el picaporte, pero a puerta estaba cerrada con llave.
El conde Brass miró a su alrededor y se estremeció.
—Éste sí que parece un submundo, y no aquel en que me encontré —comentó.
—Creo que os habéis aproximado a la verdad —dijo Hawkmoon, mientras inspeccionaba la cerradura.
Era tosca, como casi todos los artilugios del lugar. Sacó el puñal, de pomo color esmeralda, que había robado a su víctima. Insertó la punta en la cerradura y la movió durante varios segundos. Luego, la giró con brusquedad. Se oyó un clic y la puerta se abrió.
Los dos compañeros entraron.
Y los dos dieron un respingo al mismo tiempo.