Según parece, hay dones para cada uno. Dicen que cada persona tiene el suyo, aunque a veces no sea fácil reconocerlo.
Hay casos de personas que no quieren, no saben o no pueden advertir cuál es la gracia, la virtud que traen consigo. A veces, las descubren después de dar rodeos y hacer intentos de todas clases. Otras veces, en cambio, el don se hace evidente muy pronto.
Dorel fue el típico caso de alguien que no parecía demasiado bendecido por la vida. Huérfano desde muy pequeño, ni demasiado bello ni demasiado saludable, sin un centavo en los bolsillos. Y, para peor, criado hasta los diecisiete años entre las paredes de un anticuario.
Un joven solitario, que se asustaba hasta de las aves que se posaban, durante las primaveras, en las ventanas altas de la casona de María Petra.
Pero, dicen también, que el destino tiene sus caminos para el que se atreve a andarlos.
Y andando, Dorel llegó a la esquina, a la plaza, al puente, al puerto, al monasterio y al violín.
En pocos años, su inusitada virtud y su ardiente trabajo dieron frutos.