5.

PROVINCIAS UNIDAS DE SUDAMÉRICA,

CAMPAMENTO MILITAR EN MENDOZA,

NOVIEMBRE DE l8l6.

Se ocultó en la oscuridad que rodeaba a la hoguera. Su corazón decía una cosa y su estómago, otra.

Cerca, un hombre tocaba la guitarra. Y cantaba una copla sobre un hombre que cantaba una copla. Otros hombres iban y venían, ocupados en quehaceres que Atima Silencio no podía distinguir. De tanto en tanto, sonaba una voz o una carcajada.

A un costado de la hoguera, sobre un brasero de hierro, se recocían restos de carne y grasa.

Atima Silencio debía decidir entre su hambre y su miedo. Y el hambre, claro, pudo más.

La primera reacción de los hombres, al verla aparecer, fue de absoluta indiferencia. Con tanta penumbra, creyeron que se trataba de una de las pocas mujeres que ayudaban a diario en los preparativos para la campaña. Las conocían a todas. Viudas, en su mayoría. Decididas, escandalosas y malhabladas como marineros de un barco carguero. Pero pronto, uno de ellos observó la novedad. Y con un grito llamó la atención de sus compañeros.

Todos giraron a mirarla. Algunos pensaron que todavía era una niña. Otros, en cambio, pensaron que ya había dejado de serlo.

Atima Silencio tenía puestos los ojos en el brasero donde chirriaban los restos de asado.

—¡Acercate!

Y ella avanzó un poco.

—Si querés comer, tenés que acercarte más.

—No tengas miedo…

—Vamos, acercate.

Los trozos de carne se apretaron en la hoja de un cuchillo pequeño y filoso.

—¡Tomá!

Atima Silencio comió con avidez. Si su madre hubiese estado allí, le habría dado un reto de esos que no terminaban nunca. Pero su madre no estaba para retarla, ni para protegerla.

Uno de los más jóvenes se acercó a ella.

—¿Cómo te llamás? ¿De dónde venís? De seguro sos una esclava prófuga. ¿Tenés miedo? —se acercó un poco más—. Sos bonita, ¿sabés? —tomó coraje en la risa de sus compañeros—. ¿Qué es lo que llevás colgado en el cuello? Dejame verlo…

Sin embargo, no alcanzó a tocar el espejo cuando algo lo detuvo en seco.

Dos jinetes se aproximaban.

Aquellos hombres debieron reconocer alguna señal porque, de inmediato, se levantaron. Acomodaron sus ropas y su aspecto.

Los recién llegados traían linternas de aceite, con las que recorrieron el grupo, rostro por rostro.

—¿Quién es esta niña? —el que preguntó tenía autoridad sobre todos ellos. Y sobre muchos otros.

¿En verdad la madre de Atima Silencio no estaba allí para protegerla…?

Las explicaciones que recibió el jinete fueron entrecortadas. Y no dijeron mucho.

—Llévenla con las mujeres. Ellas sabrán tratar a una niña asustada y hambrienta mucho mejor que nosotros. ¿No lo creen así, soldados?

—Sí, señor.

Así comenzaron para Atima Silencio los pocos días de sosiego y alegría que aquel lugar podía darle.

Tuvo alimento y hasta alguna compañía. Las mujeres le dieron trabajos y conversación. Pero nunca dejaron de advertirle que, muy pronto, el ejército partiría. Y cada quien seguiría su propio rumbo.

Atima Silencio conoció el nombre y el rango del jinete que la había ayudado. Solamente dos veces volvió a verlo, y siempre de lejos.

Hubo, sin embargo, una tercera oportunidad que Atima Silencio no dejó pasar.

—Buenas tardes, señor.

Fue duro el gesto del hombre que se vio obligado a levantar la mirada de sus papeles. No reconoció a la joven que estaba, días atrás, junto a la hoguera. Y jamás iba a reconocerla.

—¿Qué buscás aquí?

—Sé que usted necesita muchas cosas para su ejército. Y yo tengo…

—No es mi tarea recaudar las donaciones. Afuera te van a indicar adonde llevarlas.

Una tos seca interrumpió la malhumorada respuesta.

—Alce los brazos, señor —dijo Atima Silencio—. Alce los brazos y diga «Con Dios, con Dios se va la tos».

El hombre se sirvió agua de una jarra que había a su lado. Bebió un sorbo. Y no pudo evitar sonreír.

—Vamos a ver qué tenés para donarle al ejército.

El rostro de Atima Silencio era un carbón encendido.

—Este espejo, señor —entonces, Atima Silencio atropelló las palabras—, viene del Africa, señor. La madre de mi madre se lo dio a mi madre y mi madre me dijo que su madre…

—¡Despacio… que, con tantas madres, ya no comprendo lo que decís!

Después, como si no estuviera interesado en la historia, el hombre cambió de tema.

—¿Y para qué creés que podría servirnos un espejo?

Atima Silencio respondió enseguida:

—Para hacer señales de luces, señor. Yo las hice y con eso salvé la vida del hijo de mi amo que, por eso, me dio la libertad.

—Vaya.

Pero, una vez más, la conversación de la joven no logró captar la atención del hombre que, con apariencia distraída, miraba el espejo que sostenía en la mano.

—¿Sabés lo que es un salvoconducto? —preguntó de repente.

Atima Silencio negó con la cabeza.

—En medio de una guerra, es necesario que los mensajeros que se trasladan de un sitio a otro lleven consigo algo que los identifique… Una seña, algo que nos indique que se trata de un amigo. ¿Me entendés?

—Sí, señor. Lo entiendo.

—Mirá lo que vamos a hacer para darle a este espejo un buen destino.

El general José de San Martín tomó un estilete.

Y grabó su firma en la parte inferior del dorso del espejo. La madera de ébano quedó marcada para siempre.

—¡Ya está! —dijo—. Ahora es un salvoconducto. Y tendrá trabajo en esta guerra.

Atima Silencio estaba feliz.

—Gracias, señor.

—Te prometo que lo llevará uno de mis mejores mensajeros.

Pocos días después, las barracas se levantaron. Y los hombres partieron.

Cada quien tomó su rumbo, como habían advertido las mujeres.

Para Atima Silencio se habían terminado los días de sosiego y alegría que aquel lugar había podido darle.