A fines de 1816, en América del Sur, un ejército se preparaba para cruzar las montañas.
Atima Silencio caminó por una ciudad convulsionada, que no tenía tiempo ni oídos para una pequeña esclava liberta.
Pidió trabajo y no se lo dieron. Nadie quería cargar con una esclava que ya había probado la libertad. Era un riesgo demasiado alto. Y era, también, un mal ejemplo para los esclavos propios.
Atima Silencio caminó día y noche, obteniendo apenas, y a veces, una limosna que le permitía alimentarse.
Tanto anduvo que, finalmente, el día y la noche fueron una misma cosa para ella.
Pero el hambre tiene sus habilidades. Y el olfato es una de ellas.
Atima Silencio sintió olor a carne asada. Y fue tras él…