7.
PROVINCIA DE MENDOZA, AÑO 1821.
Después de la partida del ejército libertador hacia Chile, comenzaron para Atima Silencio años difíciles. Solo conseguía trabajos duros y temporarios, que le desgastaban la salud y no le dejaban a cambio mucho más que comida y un techo compartido.
Supo de la derrota en Cancha Rayada. Más tarde, se alegró con las victorias. Pero las victorias de la libertad aún le eran ajenas. Y en nada aliviaban su situación.
Su último trabajo había sido descarnando cueros en una curtiembre, durante la temporada, pero había acabado semanas atrás. Ahora, Atima Silencio deambulaba nuevamente por la ciudad, sin dinero ni refugio, bajo un cielo amenazante.
Era invierno. La vida empeoraba.
Anochecía. La vida empeoraba.
Ladraban perros ajenos. Y el propio estómago era una boca sollozante.
Las casas iluminadas por lámparas de aceite, donde era simple imaginar cacerolas llenas y mesas tendidas, estaban tan cerca y tan lejos. Pero tan lejos…
La vida empeoraba.
Atima Silencio golpeaba puertas. Pedía comida a cambio de trabajo. Las respuestas que recibía eran agrias y violentas.
«—¿Qué buscás a estas horas?»
[…]
«—¡Nada, nada! ¡No hay nada!»
[…]
«—¡Y que no te vea más por acá! ¿Entendiste?»
Tam…
Tam, tam.
Tam…
Tam, tam.
La esperanza llegó cuando el dueño de una casa importante salió hasta la verja. Y le habló con gentileza.
—¿Estás buscando ayuda?
—Sí, señor. Tengo hambre. Y puedo trabajar a cambio de comida.
El dueño de la casa entrecerró los ojos.
—Sos una esclava liberta, ¿no es verdad?
—Así es.
El rostro del hombre se transformó, aunque su modo siguió siendo amable y elegante.
—Entonces, vas a tener que arreglártelas con tu libertad. ¡Vos la quisiste! Ahora la tenés. Esta es la libertad. Llenate la panza con tu libertad, y abrígate con tu libertad.
Atima Silencio siguió caminando por la calle adoquinada. Una de sus lágrimas vivió un poco más porque se enganchó en un pellejo de su boca reseca y lastimada.
Se detuvo ante otra casa importante. Quizás allí necesitaran servidumbre. Muchas de sus ventanas estaban iluminadas. Y Atima Silencio se atrevió a tocar la campanilla. Lo hizo, y juntó sus manos para pedir suerte aquella vez.
La respuesta a su llamado avanzó en cuatro patas, desde el fondo del parque.
Dos perros oscuros saltaron sobre la verja, con una ferocidad que la obligó a retroceder. Enseguida, los perros de las cercanías se sumaron. Y en pocos instantes, la calle se llenó de ladridos roncos. Una silueta apareció en una ventana de la planta superior. Estuvo allí un momento. Y desapareció.
Atima Silencio llegaba al límite de su fuerza. Y las palabras que el amo de la hacienda le había dicho el día que le dio la libertad, volvían sin cesar a su memoria: «Escuchá bien esto, ¡vas a volver pronto! ¡Vas a volver suplicando! ¿Cómo te imaginás la libertad, desgraciada? Anda nomás…, que ya te voy a ver con la mano extendida».
El amo tenía razón. La libertad era atroz, era amarga.
«Por favor, Dios, quiero volver a la hacienda», pensó Atima Silencio.