LA CONFESIÓN DE DON JUAN
La muerte de la desventurada doña Elvira había sido vengada. Don Juan Tenorio yacía con el pecho atravesado, en la Posada de las Reinas y moriría seguramente. “Enfisema pulmonar —había dicho el médico del lugar—. Algunas personas podrían salir con vida de esto, pero un caballero tan agotado como Don Juan... Es muy difícil, Ciutti. Si quieres que te diga la verdad no me gusta nada su corazón. Claro, eso se comprende. Después de tantos excesos “in venere’’... Un caso claro de astenia, señores. Yo, para más seguridad, llamaría al cura, Ciutti. Quizá se reanime todavía, aunque en la actual situación de la ciencia..., no sé. Tengo el honor de saludarles, caballeros.”
Y así fue como el padre Jacinto se sentó a los pies de Don Juan, en espera de que el paciente recobrase el conocimiento. Mientras, rezaba por su alma notoriamente pecadora. “Si yo consiguiera salvar a este endiablado pecador -—pensaba el buen padre—, parece que está bien deshecho... Quizá esto doblegue su soberbia y lleve sus pensamientos hacia la penitencia. Esto no le ocurre a cualquiera el tener en sus manos un famoso e irresponsable libertino. ¡Caramba! Un
caso tan extraordinario quizá no le haya tocado en suerte ni al mismo obispo de Burgos. La gente murmurará a mi paso: Mirad, ese es el padre Jacinto, el que salvó el alma de Don Juan.”
El padre Jacinto tembló y se santiguó —ya para recobrarse de aquella diabólica tentación de orgullo, ya porque se dio cuenta de que en él estaban clavados los ardientes y como burlones ojos del moribundo Don Juan.
—Querido hijo —dijo el respetable padre tan amablemente como pudo—, te estás muriendo. De aquí a poco te presentarás ante el Tribunal Divino abrumado con el peso de todos los pecados que has cometido en tu cochina vida. Por el amor de Nuestro Señor, te suplico que te libres de ellos mientras aún es tiempo. No está bien que te vayas al otro mundo vestido con la sucia túnica de tu desenfreno y manchado con las maldades de tus hechos terrenales.
—Sí —se oyo decir a Don Juan—. Me cambiaré todavía una vez más de ropa. Padre, siempre he tenido en cuenta el vestirme apropiadamente a las circunstancias.
—Temo —dijo el padre Jacinto— que no me hayas comprendido bien. Te pregunto si quieres confesar penitente tus pecados.
-—Confesarme... —repitió débilmente Don Juan—-. Echarme encima muchas culpas. ¡Ay, padre! No creería usted el efecto que eso hace en las mujeres.
—Juan —se entristeció el buen padre— deja ya esas cosas mundanas. Recuerda que vas a hablar con tu Creador.
—Ya sé —dijo Don Juan respetuosamente—. También sé que es de buen efecto el morir como cristiano. Siempre he tenido en cuenta lo que está bien... siempre que he podido, padre. Por mi honor que diré todo claramente. Primero, porque estoy demasiado flojo para largas discusiones y, segundo, siempre fue mi método ir a la meta por el camino más corto y sin rodeos de ninguna clase.
—Alabo tu opinión —dijo el padre Jacinto—. Ante todo, querido hijo, prepárate bien, haz tu examen de conciencia, y procura despertar en ti un profundo arrepentimiento por todas tus malas acciones. Yo esperaré mientras tanto.
Entonces Don Juan entornó los ojos y refrescó su conciencia, mientras el padre Jacinto rezaba en voz baja a Dios para que le ayudase y le iluminase.
—Estoy preparado, padre —dijo Don Juan al cabo de un momento y empezó su confesión.
El padre Jacinto inclinaba la cabeza satisfecho. Parecía una confesión sincera y completa. No faltaban las mentiras ni las maldiciones, los crímenes y juramentos en falso, el orgullo, engaño y traición. Verdaderamente, Don Juan era un gran pecador. Y de pronto, éste calló y cerró los ojos.
—Descansa, querido hijo —le animó el cura con paciencia— y luego continuarás.
—He terminado, padre —dijo Don Juan—. Si he olvidado algo, son seguramente pequeñeces que Dios me perdonará.
—¿Cómo dices? —gritó el padre Jacinto indignado—; ¿a eso llamas “pequeñeces”? ¿Y qué me dices de la fornicación que practicaste toda tu vida, qué de las mujeres a las que sedujiste, qué de esas pasiones poco limpias e indecorosas? Confiésalo francamente, muchacho. Ante Dios, ¡sinvergüenza!, no queda escondida ninguna de tus vergonzosas acciones. Más vale que te arrepientas de tu miseria y alivies tu alma pecadora.
En el rostro de Don Juan aparecieron signos de dolor e impaciencia.
—Ya le he dicho, padre —dijo con terquedad— que he terminado. Por mi honor, ya no tengo nada más que decirle.
En aquel momento la dueña de la Posada de las Reinas oyo un griterío que salía de la habitación del enfermo. “¡Alabado sea Dios! —dijo, y se santiguó— parece ser que el padre Jacinto está echando el diablo del cuerpo del desgraciado señor. Dios mío, cosas así no me agrada mucho que ocurran en mi posada.”
Los gritos duraron largo rato, tanto como tardan en cocerse unas habas. Por momentos se apagaban como en discusiones, y al instante se enardecían en gritos locos. De pronto salió del cuarto del herido el padre Jacinto, rojo como un pavo, e invocando a la Madre de Dios se fue a la iglesia. Después reinó el silencio en la posada; solamente el entristecido Ciutti se deslizó de nuevo en el cuarto de su señor, que estaba acostado con los ojos cerrados y se quejaba.
Por la tarde llegó a aquel lugar el padre Ildefonso, sacerdote jesuita, que en viaje de Madrid a Burgos y porque el día era excesivamente caluroso paró en la parroquia y visitó al padre Jacinto. Era un cura delgado, seco como una longaniza y con las cejas como un erizo.
Después de beber juntos leche agria, fijó el jesuita sus ojos en el padre Jacinto que inútilmente trataba de ocultar su preocupación. El silencio era tan profundo, que el zumbido de las moscas parecía un trueno.
—El caso es éste —contó por fin el desgraciado padre Jacinto—, Tenemos aquí a un gran pecador que yace en sus últimos momentos. Para que sepa usted, Don Ildefonso, se trata de ese tristemente célebre Don Juan Tenorio. Tenía aquí algunos amoríos, un duelo, y no sé que más... en resumen, yo fui a confesarle. Al principio todo iba como sobre ruedas. Se confesaba muy bien, hay que reconocerlo. Pero llegando al sexto mandamiento, no pude sacar de él ni una palabra. Y repetía una y otra vez que no tenía nada que decirme. Madre de Dios, ¡el sinvergüenza! Si tengo en cuenta que es el mayor libertino de los dos Castillas y que ni siquiera en Valencia o Cádiz hay quien le iguale... Se dice que en los últimos años sedujo a seiscientas noventa y siete muchachas; de ellas, ciento trece se retiraron a diferentes conventos, unas cincuenta perecieron a manos de sus padres o esposos, justamente enojados, y a casi un número igual de ellas la pena les partió el corazón. Y ahora imagínese usted si puede, Don Ildefonso, que un sinvergüenza así me asegura en su lecho de muerte y mirándome a los ojos, que en lo concerniente a fornicación, no tiene nada que confesar ¿Qué me dice usted a esto?
—Nada —respondió el padre jesuita—, ¿Y usted le negó la absolución?
—Desde luego —respondió el padre afligido—. Todo lo que le dije fue en vano. Traté de convencerle con palabras, que hubieran conmovido a las piedras... Pero para ese archigranuja no hay nada que valga. “He pecado de orgullo, padre —me decía—, he jurado en falso, todo lo que quiera... Pero de eso que me pregunta no tengo nada que confesar.” ¿Y sabe usted lo que se esconde detrás de todo ello? Yo creo, Don Ildefonso —dijo el padre Jacinto, y se santiguó rápidamente—, yo creo que estaba confabulado con el diablo. Por eso no puede confesarse sobre dicho punto. Era una sucia magia. Seducía a las mujeres con poder infernal —el padre Jacinto tembló—. Debería usted verle, padre. Yo diría que se le ve la maldad en los ojos...
Don Ildefonso, sacerdote jesuita, meditaba en silencio.
Si cree usted... —dijo por fin— iré a ver a ese hombre.
Don Juan estaba amodorrado cuando Don Ildefonso, despacito, entró en el cuarto e hizo salir con un gesto a Ciutti. Luego se sentó en una silla a la cabecera del enfermo, y contempló el rostro pálido del hombre agonizante.
Después de un buen rato, el enfermo gimió y abrió los ojos.
—Don Juan —dijo el jesuita sosegadamente—, parece ser que le fatiga a usted hablar.
Don Juan hizo un débil gesto de asentimiento.
—No importa —continuó el jesuita—. Su confesión, señor Don Juan, no ha sido clara en un punto. No voy a hacerle ninguna pregunta, pero quizá podría usted darme a entender su conformidad o desacuerdo con lo que le voy a decir... sobre usted.
Los ojos del herido se fijaron casi con angustia en el inmóvil rostro del cura.
—Don Juan —comenzó Don Ildefonso casi ligeramente—, había oído hablar de usted hace ya mucho tiempo. Medité sobre el porqué de lanzarse usted de una mujer a otra, de uno a otro amor. ¿Por qué nunca podía sosegarse, detenerse en esa plenitud de la tranquilidad a la que llamamos felicidad?
Don Juan mostró sus dientes en un gesto de dolor. —De amor a amor —continuó Don Ildefonso con tranquilidad—, como si quisiera usted, una y otra vez, convencer a alguien, seguramente a sí mismo, de que era digno de ser adorado por las mujeres, de que era un hombre como los que ellas aman. ¡Pobre Don Juan!
Los labios del herido se movieron... Parecía como si repitiera las últimas palabras.
—Y, mientras tanto —siguió el cura amistosamente— nunca ha sido usted hombre, Don Juan. Solamente su espíritu era espíritu de hombre, y ése se avergonzaba, señor, y trataba desesperadamente de ocultar que la naturaleza no le había dado aquello con lo que regala a todo ser viviente...
Del lecho salió un gemido infantil.
—Por eso, Don Juan, jugaba usted a hombre desde mozo, era usted atolondrado y valiente, aventurero, orgulloso y rumboso, para vencer esa humillante sensación de que había otros mejores y más hombres que usted. Pero todo era falsedad y por ello compraba usted, despilfarrador, prueba tras prueba. Ninguna podía bastarle, porque era solamente ficción estéril... Usted nunca sedujo a ninguna mujer, Don Juan. Usted nunca conoció el amor, sólo se esforzaba febrilmente por embrujar a cualquier mujer deseable y noble, haciendo gala de su espíritu, de su caballerosidad, de su pasión, creados por usted mismo. Todo esto lo sabía usted hacer perfectamente porque era puro teatro. Y cuando llegaba ese momento en el que la mujer se siente desfallecer..., para usted debía ser un infierno, Don Juan ¡un verdadero infierno!, porque en ese momento triunfaba su orgullo febril, al mismo tiempo que sufría la más terrible humillación. Y tenía usted que desligarse de los brazos que había conquistado exponiendo su vida, y huir, desgraciado Don Juan, huir del abrazo de la mujer vencida... Y todavía con alguna hermosa mentira en vuestros irresistibles labios. Debía ser un infierno, Don Juan.
El herido tenía el rostro hacia la pared y lloraba.
Don Ildefonso se levantó.
—Pobrecito —dijo—, le daba a usted vergüenza tener que reconocer esto hasta en la santa confesión.
Y bien, ¿lo ve usted? Ya hemos salido del apuro. Pero no puedo privar al padre Jacinto de su penitente.
Y envió por el cura. Cuando llegó el padre Jacinto, le dijo:
—Mire padre, ha confesado todos sus pecados. Su pesadumbre es, sin lugar a dudas, verdadera. Quizá podríamos darle la absolución.
Año 1932