Capítulo V

 

LA REPÚBLICA DE LOS PRESOS

 

En la prisión de la Isla de los Pinos había cuatro edificios circulares y dos cuadrados. Me asignaron a uno de primera categoría, un edificio redondo con un tejado cónico de cinc. Las aberturas en las ventanas enrejadas parecían agujeros en un queso podrido. En el interior, un centinela vigilaba desde una torre central que daba a cinco plantas con cien celdas cada una. El primer piso se elevaba más de tres metros sobre el nivel del suelo; el sexto, cerca del tejado, no tenía celdas, solo era un espacio abierto dividido por vigas de hierro.

Dado que había dos hombres por celda, fácilmente podía haber más de mil hombres por edificio. Se suponía que los edificios cuadrados eran todavía mayores. Por tanto, la cifra de ocho mil reclusos, contando los que vivían en el hospital y en otras zonas, es una estimación muy aproximada. Considerando que había muchos más presos en Cuba no es absurdo suponer que la población reclusa total sería, al menos, de treinta a treinta y cinco mil presos. Solamente el gobierno puede decir con exactitud cuántos presos ha habido en Cuba en un momento determinado; hay tantos lugares para encerrarlos y tantas clases de presos que los números que podamos imaginar siempre serán erróneos.

Alrededor de la prisión, y salpicadas por la isla, había granjas, zonas de pasto y canteras explotadas desde ella, además de talleres de todo tipo y una gran extensión de tierra que se utilizaba para jardines, campos de tiro y almacenes.

Había varias formas de llegar a la Isla de los Pinos. Para arribar por mar, se pasaba toda la noche en un trasbordador que se deslizaba con dificultad sobre estas aguas poco profundas. Por aire, la isla estaba a veinte minutos de La Habana. En ella había bases militares; la más importante se llamaba Siguanea. Estaba alejada de cualquier lugar y si allí sucediera algo, nadie lo sabría nunca.

¿Quiénes éramos nosotros, los presos? Unos cuantos, menos del diez por ciento, eran excombatientes de la época de Batista. Otros pocos estaban allí por haber sido ricos o haber tenido algo que ver con Batista o, quizá, por haber demostrado una actitud negativa hacia el proceso revolucionario. Pero la gran mayoría (yo diría que alrededor del ochenta y cinco por ciento) habíamos participado en la lucha contra Batista, bien directamente bien como simpatizantes. La violencia civil que se produjo entre 1952 y 1958 había envuelto prácticamente a toda Cuba. Había sido algo más que una lucha contra un gobierno avaro y corrupto; había sido un movimiento de reforma nacional y cada uno había proyectado sus ideales más altos en el proceso. Incluso muchos de los soldados que defendían el poder de Batista deseaban estar en el otro lado, ansiosos por una transformación radical que nos convirtiera en una sociedad eficiente y humana.

De todos los que se habían involucrado en la Revolución, los más valientes y comprometidos habían sido los campesinos. Los granjeros, que se habían empezado a ver envueltos en la lucha contra Batista, participaban ahora en numerosos alzamientos contra el nuevo gobierno, que les hacía la vida imposible con sus planes de expropiación de tierras y de granjas estatales. Estaban decididos a tomar parte en el rumbo que tomara el destino nacional, algo que siempre se les había dado hecho en el pasado.

La movilización de los campesinos contribuía a un nuevo desarrollo cultural. Las organizaciones castristas cantaban marchas militares y gritaban consignas, pero los campesinos se expresaban con canciones populares llamadas «corridos» cuyas letras recordaban las hazañas de héroes locales como Waldo Ramírez. Otra forma popular era la «décima», un poema breve, satírico, que se puede improvisar a medida que avanza la canción.

Los campesinos iban a la cárcel en grupos. Cada guerrilla dejaba docenas de camaradas ejecutados detrás y llegaba acompañada por colaboradores de toda su zona. Cada uno de estos grupos formaba su propia «guara» o hermandad, como una familia de guerreros.

Había jóvenes mestizos de las cordilleras del este que ames nunca habían estado en las tierras bajas; trovadores campesinos que viajaban por las montañas cantando en las fiestas aldeanas (llamados «changüís»). Había ancianos que nunca habían puesto los pies sobre pavimento de asfalto y niños que habían ganado su hombría entre el olor de la pólvora y la sorpresa repentina de la guerra de guerrillas.

También había mucha gente de ciudad. Un gran número de dirigentes sindicales que habían ganado sus batallas contra Batista pero las habían perdido ante la llegada de su sucesor, Castro, y sus seguidores. Representaban todas las industrias: refinerías de azúcar, panaderías, refinerías de petróleo, transporte urbano, plantas eléctricas, etc.

Además estaban los estudiantes. Algunos eran tan jóvenes que no podían haber hecho nada contra Batista, sino gritar consignas revolucionarias o emocionarse con las intrigas de la vida clandestina. Entraban a prisión en grupos. También había profesores y profesionales. Algunos presos seguían una educación universitaria en prisión. Todos los sectores de la sociedad estaban representados, desde el artista de circo al sacerdote, desde el violinista al ingeniero nuclear.

Estos hombres se encontraban ahora en edificios que albergaban a más de mil personas, en galerías abiertas, donde el punto más lejano estaba a unos cien metros. Vivían sin esposa ni madre, pero muchas veces llegaban con sus hijos, hermanos o primos (sus esposas y madres estarían en la prisión de mujeres). También estaban representadas todas las corrientes ideológicas: católicos, protestantes, judíos, practicantes de la santería (un tipo de vudú cubano), ateos, masones. Políticamente abarcaban desde los conservadores más extremistas a trotskistas y anarquistas. Sin embargo, no se agrupaban de acuerdo con el partido. Se sentaban y hablaban, resolviendo los problemas del mundo cien veces al día, siempre dispuestos a morir por sus opiniones. Pero envejecían sin tener la más mínima oportunidad de escribir la crónica de su pasión.

 

***

Esta era la república de los presos. Nos organizamos desde el principio, fundamentalmente por razón de supervivencia. Elegimos una serie de «comandantes» que nos representaran y cualquier contacto entre nosotros y los guardianes o viceversa tenía que llevarse a través de nuestro representante. El comandante, con algunos presos elegidos por él, organizaba la distribución de las comidas, medicinas y cualquier cosa que recibiéramos, supervisaba la limpieza de la prisión y prestaba atención a los problemas habituales. Por supuesto, los carceleros siempre intentaban ignorar a nuestros «representantes», pero si ellos no los reconocían, los presos no comían.

Dejábamos de trabajar, negándonos a realizar ninguna de las tareas que nos habían asignado.

El comandante se elegía por unos pocos meses. Su cargo le condenaba a tener a todos en contra. Cuando no estaba haciendo frente a los guardianes estaba dando explicaciones a los otros presos, que a veces les criticaban aunque le hubieran elegido ellos mismos.

Organizamos un dispensario gracias a los doctores y enfermeros que había en prisión, pero los pacientes se curaban por caridad o milagro más que por la ciencia. Solo cuando el caso era grave los llevaban al hospital y por un período limitado. Una vez tuvimos que operar con una cuchilla de afeitar a un hombre al que se habían negado a llevar al hospital. La operación salvó su vida. También teníamos psiquiatras. Su tarea era extremadamente difícil, porque trataban la locura de otros viviendo ellos mismos en el mismo entorno que la engendraba.

Sorprendentemente, había una activa vida cultural dentro de la prisión. Publicábamos un diario escrito a mano. Las noticias venían de un diminuto receptor de radio que, o bien entró clandestinamente, o bien fue hecho dentro de la prisión con material muy sencillo (no hay que olvidar que entre nosotros había ingenieros). También escribíamos a mano revistas, cuando conseguíamos papel; algunas, incluso, especializadas en religión o en deportes.

De vez en cuando representábamos nuestro propio teatro que iba desde espectáculos de variedades a obras cortas que trataban temas heroicos del pasado. Pusimos en escena una obra que era una especie de auto sacramental histórico, («La ejecución de los estudiantes en 1871») con trajes y armas hechas de cartón y pintadas con medicinas robadas.

En la prisión había pintores que hubieran podido organizar una impresionante exposición con los cuadros realizados a lápiz. Los campesinos a veces organizaban conciertos de música y recitales de poesía improvisada. Algunas noches presentaban lo que llamaban una «película» sujetando páginas de revista coloreadas delante de una bombilla robada.

Ya entrada la noche oíamos al violinista ensayando su última composición, o a algún otro preso tocando un punteado en una guitarra hecha por él mismo.

 

***

Pero la experiencia dominante en «La Isla», como nosotros la llamábamos, estaba marcada por los trabajos forzados y la brutalidad irracional. Desde el principio, los vigilantes habían sido entrenados para odiarnos. Les enseñaban que éramos asesinos, traidores, capitalistas explotadores, torturadores del pasado, agentes de la CIA y diez mil cosas más. Se les hacía creer que cualquier daño que nos infligieran era un acto de justicia social, una especie de venganza sagrada por mil pecados abstractos. Así, un guardián podía pegar a un chico de quince años hasta hacerle sangrar, acusándole de los horrores de la esclavitud que había tenido lugar en los siglos anteriores o de los crímenes y torturas cometidos bajo Batista.

Los cabos que nos vigilaban eran elegidos por su corrupción o perversidad. Había uno que después de golpear a los presos corría a masturbarse detrás de un arbusto. Otro fumaba marihuana.

La comida era muy mala y muy escasa. Nuestro sustento diario consistía en harina de maíz o macarrones hervidos con sal y una sopa que se suponía que tenía guisantes pero estaba más cerca del agua caliente. Los sábados y domingos solo nos daban sopa de verduras. Antes de amanecer tomábamos café y un trozo de pan. Cada pocos meses permitían que nuestras familias nos enviaran harina tostada, leche en polvo, chocolate y azúcar en pequeñas cantidades. Solía duramos un mes, tomando unas eres cucharadas de mezcla diarias. Alguna vez caía en nuestros platos un trozo de carne o, incluso, pescado o huevos.

La gente desfallecía de hambre y la tensión arterial nos bajaba peligrosamente. Recuerdo una ocasión en que trajeron una sopa muy ligera al campo donde estábamos trabajando. La norma era que un preso tenía que probar las comidas antes de servirlas al resto, y era mi turno. Estaba amarga y dije de mala gana a los otros: «No creo que esté buena». Pero otro preso me quitó la cucharada de sopa, la probó rápidamente y dijo: «Está bien, sírvela». Moví la cabeza con pesadumbre. Tenían hambre.

Las lámparas de la torre y del dispensario eran nuestras únicas fuentes de luz. Para los que trabajaban en el campo leer era casi imposible, ya que salían antes de amanecer y volvían después del anochecer. Sin embargo, los estudiantes se levantaban antes del alba para estudiar lo mejor que podían. La mayor parte de su trabajo tenía que ser oral.

El correo era un lujo inusitado. De vez en cuando nos daban una carta, quizá una de cada veinte que nos mandaban. A nosotros nos permitían enviar una cada dos meses a lo sumo.

En todas partes se ha publicado mucho sobre los trabajos forzados. Era un pretexto para tratarnos mal. Teníamos que trabajar en canteras y campos; a veces nos llevaban a las ciénagas para sacar troncos hundidos o raíces.

En mi grupo teníamos que trabajar como animales en una plantación de tomates. Tan hambrientos como estábamos, si queríamos comer tomates teníamos que robarlos y si nos pillaban nos castigaban brutalmente. Por otro lado, habían rociado los tomates con un insecticida que producía disentería. Una vez que recogíamos los tomates los dejaban pudrirse.

Teníamos que cortar la hierba con un machete, pero sin tocar un tallo de calabaza que corría entre la maleza. Una vez, cuando un preso golpeó el tallo, el guardián blandió la bayoneta hacia su cuello y casi le arranca una oreja.

Nos golpeaban a todos sistemáticamente, a unos más y a otros menos. A algunos les pegaban por ser débiles e incapaces para realizar su trabajo, pero los granjeros expertos también se llevaban su parte.

Una vez estábamos cavando zanjas y el preso que estaba a mi lado cayó unos pasos más atrás. El vigilante le hirió en la pierna con la punta de su bayoneta. La sangre corrió por el suelo empapando la tierra que yo cavaba. Otro preso ató rápidamente su pañuelo alrededor del muslo del hombre para que le sirviera de torniquete, pero perdió el uso de esa pierna para el resto de su vida. Meses más tarde cojeaba por allí con una muleta hecha de un tosco palo.

En el verano de 1965 me llevaron al hospital porque ya no podía trabajar más. Tenía un pulmón enfermo por una neumonía que me había dejado como secuela un enfisema. Estaba tan agotado que dormí durante varios días, incapaz de mantenerme despierto más de una hora por la tarde. Había otro preso en la habitación, un hombre de unos cuarenta y cinco años. Tenía la cara arrugada, prematuramente envejecida, con profundos surcos esculpidos por la fatiga. Le reenviaron al campo y unos días más tarde le encontraron muerto. Dijeron que fue un colapso. Murió de cansancio.

Otro preso fue operado de una úlcera. No sé por qué le abrieron de la forma que lo hicieron, desde lo alto del estómago hasta la parte baja del abdomen. Dos semanas más tarde le devolvieron al campo. Estábamos plantando batatas cuando vino el cabo. Sin avisar, le dio un puñetazo en el estómago. Se inclinó hacia adelante, con los ojos a punto de salírsele. Continuamos trabajando.

Los jóvenes, especialmente si eran atractivos, estaban en la peor situación. Había uno, de unos veintidós años por entonces, que un día estaba sentado en el suelo con el pecho descubierto, arrancando plantas de tomate recién nacidas. Vi al cabo que se quedaba de pie, a su lado, mirándole. Luego se acercó al muchacho y le pinchó en el brazo con la bayoneta.

También los negros eran objeto de un trato especialmente malo: «tú, negro», decía el vigilante, «¿cómo pudiste revelarte contra una revolución que está haciendo seres humanos de vosotros?». Siempre acababan con más golpes y pinchazos de bayoneta que los demás.

Un día tuve que quedarme en los edificios porque estaba enfermo. Sobre las diez de la mañana se abrió la reja y un cuerpo inconsciente fue arrojado sobre la arena. Parecía un cadáver, cubierto de pies a cabeza de barro oscuro por lo que ni siquiera se podía decir si tenía ojos o boca. Los médicos bajaron y nos dimos cuenta de que el hombre inconsciente estaba cubierto de excrementos. Le habían llevado junto a otros a «trabajar» en una acequia de aguas residuales. Les habían obligado a sumergir se en el lodo, por donde les cubría, hasta que perdieron el sentido. Luego los trajeron a nuestro edificio y les tiraron en el suelo como un fardo. Muchos de los componentes de aquel grupo contrajeron diversas infecciones que les durarían el resto de sus vidas.

Un cabo tuvo la brillante idea de que los presos cortasen hierba con los dientes, y les obligaron a hacerlo.

Otro día, por la mañana temprano, en la Brigada Número 5, en la que yo trabajaba, atacaron con la bayoneta a uno de los presos. Estaba tumbado en el suelo como un animal herido, incapaz de moverse. Las palizas y pinchazos de bayoneta eran frecuentes.

Alguien silbó; tensamos los puños alrededor de nuestros machetes y azadas. Abandonamos las zanjas avanzando hacia el cabo. Gritó y los vigilantes nos rodearon con los rifles cargados. Nos detuvimos justo delante del cabo y nos ordenó ponernos en fila para devolvernos a los edificios. Nos pusimos en fila y subimos a los camiones.

Había una brigada de trabajo a la que llevaban todos los días a las canteras a picar piedra. La mayor parce de sus miembros habían sido guerrilleros, y el cabo que estaba a su cargo disfrutaba castigándoles. Era un hombre primitivo que apenas sabía hablar. Un día hubo una gran tormenta con muchos truenos y relámpagos mientras los hombres trabajaban. Un rayo cayó sobre el que cabo que se quedó inconsciente en el suelo. Los presos le cogieron en brazos, le dieron un masaje de corazón y le hicieron la respiración artificial hasta que recuperó el sentido. Poco después el cabo fue trasladado.

Una vez un camión que llevaba a los presos a los campos volcó. Hubo algunos heridos y muchas concusiones pero, afortunadamente, ninguna muerte.

Con el tiempo los presos se iban desesperando cada vez más. No era tanto el trabajo o las palizas como lo absurdo de la situación; muchos se volvían locos. Un preso se colgaba de las tuberías como una zarigüeya de una rama, balanceándose hacia delante y hacia atrás. A otro le gustaba quitar los maderos del tejado y caminar como un equilibrista por las vigas de hierro, de menos de veinte centímetros de ancho y a treinta metros de altura sobre el nivel del suelo.

A un joven inteligente y equilibrado le gustaba dar conferencias y escribir artículos. Un día se lo llevaron con extraños síntomas. No podía hablar, solo balbuceaba. Su boca babeaba sin control. No podía fijar la mirada ni coordinar sus movimientos. No estaba loco. Se había vuelto idiota.

En el tiempo que estuvimos allí, varios presos quedaron mutilados. Unos perdieron una pierna, otros un ojo o una oreja. Los presos empezaron a autolesionarse. Uno se dejó picar por abejas hasta que se le hinchó todo el cuerpo. Otro se inyectó petróleo en la pierna para perderla y no tener que trabajar. Un día, en el campo, oí a un hombre que decía que iba a «encontrar la forma de salir». Poco después oí su voz que susurraba eras unas rocas: «Corta, corta», decía, «no tengas miedo». «Pero uno es suficiente», contestaba otra voz. «No, los dos», insistía el primero. Segundos más tarde vi al preso atravesar el campo llevando en la mano, como un trofeo, dos dedos cortados: «¡cabo!, un accidente, se me escurrió el machete y me he cortado los dedos». El cabo le envió al hospital y otro preso le dio una bolsa de papel para sus dedos.

Aprovechando que había cientos de estudiantes celebramos un congreso para discutir sus puntos de vista políticos. Como había tantos líderes sindicales también celebramos un congreso de trabajadores para discutir los problemas de la nación desde una perspectiva laboral. Cuando alguien les preguntaba qué doctrina era la que más ayudaba a los trabajadores a conseguir sus objetivos, respondían: «La de José de la Luz y Caballero», filósofo cubano de ética cristiana del siglo XIX. Querían decir que era una idea clara y un deseo constante de que todos los obreros discutieran sus problemas.

Reinaba la violencia. Las inspecciones eran tan crueles como las de La Cabaña aunque, quizá, menos humillantes. Los guardianes se precipitaban a los edificios y los presos salían corriendo, deslizándose, en su prisa, por los pasamanos de piso en piso. En cierta ocasión a un recluso se le rompieron las dos piernas en el tumulto.

A menudo hablábamos en alto mientras trabajábamos, para que los vigilantes nos pudieran oír, recordando las batallas que habíamos librado y los camaradas revolucionarios que habían muerto. Al final, los soldados jóvenes se encontraban con que les caíamos bien y aceptaban nuestros ofrecimientos de compartir nuestra comida. Nos avisaban cuándo venía el cabo.

Nosotros, los presos, no estábamos derrotados moralmente y, en cierto modo, representábamos una amenaza para el régimen. Éramos el sector político más consciente de la población. Éramos tantos que prácticamente todas las familias de Cuba tenían algún tipo de relación con alguien que estaba en prisión. Entre nosotros estaban cabecillas revolucionarios disidentes de todas las facciones. Nuestro número crecía por millares y pronto el conjunto de presos políticos, más que un batallón o partido político, podría llegar a ser por su variedad intelectual y política la verdadera capital del país. Eso nos hacía muy peligrosos. Los malos tratos en los campos se hicieron más frecuentes. Las autoridades empezaron a matar presos sin ninguna provocación ni pretexto, como si de una táctica deliberada se tratase.

Una vez, cuando acababa de volver de los campos, me llamaron para una entrevista. Hada mucho que habían pasado las ocho de la tarde y estaba sucio y mortalmente cansado. Me dieron tiempo para bañarme, pero no para tomar lo que ellos socarronamente llamaban «cena». Me llevaron a una oficina en el edificio principal, donde otros presos esperaban sus entrevistas. Uno por uno nos fueron introduciendo en la oficina. Fui el último; era casi la una de la madrugada cuando me hicieron entrar.

Un oficial me dijo que me sentara enfrente de él. Me preguntó cuánto tiempo llevaba en prisión y en la isla; luego me preguntó si había tenido algún «problema» trabajando en los campos.

«¿Yo?, no, en absoluto», respondí.

«¿No ha habido, digamos; ningún "incidente"?», insistió.

Pensé un momento. Aparte de las palizas habituales no había nada fuera de lo corriente.

«No, no tengo ni idea de qué está hablando», repetí.

«Pero, ¿no has sido golpeado o herido en los campos?», me presionó irritado.

«¡Oh!, eso no importa», contesté.

El oficial estaba perdiendo los nervios: «O sea, que piensas que es normal, que el cabo no toma esas acciones como castigo sino para expresar sus tendencias sádicas. Así pues, esperas que te traten a patadas y te hieran con la bayoneta. ¿No es eso?»

«Por supuesto», respondí.

El oficial se inclinó hacia atrás en su silla, procurando controlarse. Respiró profundamente y lo intentó de nuevo, esta vez desde un ángulo distinto. ¿Había luchado contra Batista? Dije que no, no quería empezar una discusión.

«¿Y desde cuándo te opones a este gobierno?», continuó.

«Desde seis meses antes de que tomara el poder.» Luchaba por autocontrolarse: «¿Y por qué?»

«Porque sabía que no íbamos hacia un régimen que defendiera las libertades civiles.»

Luego intentó un acercamiento paternal: «¿No crees en la libertad de salir de la ignorancia, del derecho a practicar deportes, a disfrutar de las playas...»

«...y en la libertad de expresión, asociación, reunión y circulación», añadí completando su frase en el mismo tono.

«¡Eso es lo que todos queréis, y lo que no os vamos a dar!», gritó enfadado.

«Sí, eso es lo que me interesa», respondí con serenidad. Golpeó la mesa con el puño: «¡La entrevista ha terminado! ¡Lleváoslo!»

«Buenas noches», dije cortésmente, mientras el guardián me sacaba a rastras de la habitación.

Un día hubo dos inspecciones muy largas y exhaustivas. Nos sacaron de nuestros edificios y nos hicieron quedarnos fuera hasta el atardecer. Las inspecciones nunca habían durado tanto y, curiosamente, los guardianes parecían poco interesados personalmente en hostigarnos. Por una vez, nos trataban con indiferencia y, cuando volvimos a entrar, no vimos la absurda destrucción habitual de los inofensivos objetos personales. Esta vez de verdad buscaban algo.

La inspección había durado cerca de doce horas, pero no habían pasado tres días cuando nos sacaron para otra inspección. Esta fue incluso más minuciosa, llevada a cabo con ayuda de técnicos especialistas de la Seguridad del Estado. Llegamos a vari as conclusiones: algo iba a ocurrir en la esfera militar. Las bases militares de la Isla de los Pinos eran extremadamente importantes. Alguien apuntó que por el creciente descontento se habría intentado establecer contacto entre los militares y los presos.

Días más tarde empezaron a trasladarnos fuera de la isla.