Capítulo VII

 

LA VORÁGINE

 

Estábamos en 1968. Solo unos días antes de la primera visita que se nos permitió recibir después de abandonar la Isla de los Pinos nos dimos cuenta de que se estaban produciendo algunos cambios anormales. Empezaron a aparecer en el patio oficiales que no habíamos visto antes. Alguien dijo haber visto camiones descargando unos fardos. De repente, un grupo de soldados fuertemente armados entraron en el patio, en dirección a las galerías. Pero no parecía una inspección; por un lado, eran demasiados, por otro, guardaban demasiado el orden.

Era algo peor: un cambio de uniforme. Nos iban a dar los mismos uniformes que a los presos del plan de reeducación, iguales a los de los presos comunes. Muchas veces habíamos sido testigos de cómo los presos que habían aceptado el «plan», bien por debilidad física, bien por razones personales, eran humillados y denigrados constantemente. Los utilizaban contra sus propios compañeros. Les asignaban los papeles más ridículos, como si estuvieran en una obra de teatro en la que tuvieran que decir lo peor sobre sus antiguos amigos; pasaban los días cantando y riéndose del hambre y las palizas que soportábamos. Hacían gimnasia sueca, y hombres de cuarenta y cinco o cincuenta años, veteranos de guerra, saltaban como adolescentes y acababan sus ejercicios arrodillándose ante las autoridades, inclinando la cabeza y agitando pañuelos rojos. Pero solo dos o tres de cada cien obtenía una reducción de su condena. El único beneficio real para el resto era un poco más de comida y comodidad.

Por otro lado, se enfrentaban a un peligro mucho más sutil. Aceptar ese papel significaba dividir tu mente en dos, trastornándola. Al poco tiempo no te reconocías a ti mismo. El fantasma de la locura y el suicidio eran demasiado palpables.

Un grupo nos negamos a llevar el uniforme de los presos comunes. Nos llamábamos los «plantados», término que había sido tomado del habla de los campesinos cubanos; significa «los que se mantienen en sus trece». Todos éramos presos que no nos habíamos metido en el plan de reeducación, bien porque las autoridades nos consideraban sujetos sin esperanza, bien porque nos negamos. No teníamos los humildes lujos que acompañaban al plan. Pero con el tiempo nos granjeamos una situación especial, simbolizada por nuestros uniformes amarillos. Cada vez que los oficiales convencían a un preso político de que aceptase el uniforme azul normal, lo consideraban una victoria más para la revolución y otro golpe a la obstinación de los «plantados».

Para quienes estábamos en La Cabaña la gran polémica de la ropa interior empezó pacíficamente. Para quienes estábamos en La Cabaña la gran polémica de la ropa interior empezó pacíficamente. Nos hicieron pasar ante un guardián que nos preguntaba si aceptábamos el uniforme nuevo o no. Si contestábamos que sí, nos daban el uniforme azul y nos quitaban el amarillo. Su decíamos que no, nos limitábamos a dejar el uniforme amarillo y a entrar en otra galería en ropa interior. Perdimos todos nuestros objetos personales.

Pasamos meses sin ropa. El invierno se metía entre los barrotes de la reja de atrás y no había nada que pudiéramos utilizar para calentarnos o calentar el suelo en el que nos tumbábamos. Empecé a. practicar algo de yoga para controlar mis temblores, pero aún no podía dormir. Nos daban una tira de papel higiénico al día (unos cincuenta centímetros), aunque casi siempre teníamos que pedirla. Nos prohibieron las visitas, el correo (tanto enviarlo como recibirlo), la luz del sol, libros o cualquier material impreso, contacto con otras galerías, etc. Solo nos prestaban atención médica en casos de emergencia. No teníamos ropa, ni mobiliario, ni ningún tipo de objeto personal. Éramos trogloditas desnudos en una caverna del siglo XX.

Los meses pasaban, pero la mayor parte de los presos se negaron a darse por vencidos. Parte del grupo, yo entre ellos, fue llevado a Guanajay, una prisión que anteriormente había sido de mujeres.

Guanajay era la prisión más civilizada en la que habíamos estado. Contaba con una serie de edificios alrededor de un pequeño parque. Vivíamos en celdas de dos, no demasiado pequeñas, equipadas cada una con uh lavabo. Había duchas fuera de las celdas, aunque no nos permitían usarlas; tampoco nos dejaban salir de nuestras celdas, pero estaban limpias y no tenían chinches.

Un día los guardianes nos comunicaron la noticia de que los presos comunes nos iban a servir la comida y a limpiar el lugar. Dijimos que eso era inaceptable. Persistieron en su idea y nos declaramos en huelga de hambre y sed. Los guardianes vinieron y nos sacaron de las celdas a rastras, rompiendo cabezas, brazos y dedos en el proceso. Nos arrojaron al interior de calabozos, doloridos y completamente desnudos; esta vez ni siquiera teníamos nuestra ropa interior.

Se puede sobrevivir a una huelga de hambre durante las primeras semanas, y se hace menos penoso si puedes beber agua. Poco a poco te vas sintiendo más débil, hasta que aparecen otros síntomas de deterioro. Pero en una huelga de sed en pocas horas notas los estragos; la boca se hace una ampolla. Te sientes como si ardieras por dentro. El sistema nervioso está tan alterado que pierdes el sentido de percepción y el control de tu mente.

Pasamos siete días así. Al octavo, se resolvió el conflicto: se llevaron a los presos comunes. Ya era tarde; solo unas pocas horas antes, uno de los huelguistas, que tenía una lesión cerebral, empezó a tener un problema nervioso, una esquizofrenia fugaz. Nos devolvieron a nuestras celdas.

 

***

Durante estos enfrentamientos entre los presos y las autoridades penales, la atención médica no estuvo disponible. Solo podías recibirla si claudicabas de tu postura.

Si hay algo que es realmente insoportable es un dolor de muelas. Un día me levanté con una muela dolorida que martillaba mi mandíbula. No había posibilidad de acudir a un dentista, ni siquiera de tener la ayuda de otro preso. No nos daban aspirina. Horas más tarde la muela se rompió en trozos y el dolor llegó a un nivel increíble. Pasaron más de setenta y dos horas al cabo de las que el olor empezó a apaciguarse por sí solo.

Experimenté algo que había oído y que iba a tener gran importancia para nosotros en el futuro: no importa lo fuerte que sea el dolor, siempre llega a un límite tras el que ya no sientes nada. O te mueres, o el dolor deja de molestar. Esta es también la clave para encender la mentalidad del torturador. Atormenta a la víctima pero no la destruye; la excita, la provoca, hasta que se destruya a sí misma.

Un día nos llevaron de nuevo a La Cabaña; semanas más tarde trajeron, de diferentes prisiones, a muchos de nuestros camaradas que se habían negado a llevar el uniforme azul. Nos contaron la historia de su odisea desde que dejaron la Isla de los Pinos, y oímos hablar de otros presos repartidos por distintas penitenciarias en La Habana y en Pinar del Río.

En algunos lugares habían controlado a los presos con llaves de judo o los golpeaban hasta dejarlos sin sentido; luego les habían puesto el uniforme azul y los habían atado a una cuerda. Tan pronto como el preso recobraba el sentido y se desataba, se quitaba la ropa. Entonces todo empezaba de nuevo. En la lucha algunos sufrieron rotura de brazos, piernas, cabezas o lesiones de columna. Después los dejaban desnudos y sin comer durante largo tiempo. Les negaban el agua por lo que tenían que beber de las letrinas y vivían en unas condiciones tan pésimas que un animal las hubiera rehuido. Estaban desnudos, sin afeitar, hambrientos, magullados y expuestos a las mujeres soldado, lo que les provocaba aún mayor humillación.

Un capitán del Ministerio del Interior ordenó a los guardianes· que llevaran a un muchacho de dieciocho años, totalmente desnudo, a la galería de los peores crimen ales, esperando que le violaran. El joven gritó que defendería su honor con su vida. Los presos comunes le dijeron: «No, sabemos quién eres, eres un político. No te haremos nada. Te respetamos».

Otro joven fue golpeado durante varias semanas; después, sin avisarle, le llevaron desnudo, sucio y con barba de días a una habitación donde se encontró a sus padres y a su novia, traídos por los oficia les para chantajearle. Le dio un colapso nervioso.

Los presos que habían estado en Pinar del Río conocieron de primera mano la prisión de niños. Críos de once años, nueve o incluso más pequeños habían sido encarcelados por sus «delitos». Intentaban escapar, y los guardianes les perseguían por los tejados mientras ellos se defendían con piedras. Aquellos niños gritaban a los presos políticos que ellos, los niños, los iban a liberar: niños presos, harapientos, desdentados, que comían en latas viejas como perros, que luchaban contra los soldados y gritaban con sus voces de soprano: «¡Políticos, no temáis, os rescataremos!».

Después de devolvernos a La Cabaña nuestras condiciones mejoraron repentinamente. Nos olíamos que algo pasaba. El Ministro del Interior había sido sustituido. El nuevo había estado en La Cabaña hacía poco y había hablado con algunos presos.

Una tarde, poco después, los guardianes entraron con unos fardos. Nos iban a devolver los uniformes amarillos. Habíamos demostrado que el aparato del poder puede evitar que un hombre haga algo que quiere hacer, pero no puede obligarle a hacer algo que no quiere.

 

***

Para nosotros había empezado un nuevo período. Eso no quería decir que fueran a tratarnos con más o menos benevolencia, puesto que en Cuba la actitud de un oficial de prisiones es irrelevante. Es su concepto del individuo como condenado lo que importa. No le consideran una persona. Creen que el ser humano es infinitamente moldeable, que se les puede convertir en lo que ellos quieran. Le proporcionan cualquier cosa que estiman necesaria para provocar el comportamiento deseado.

Hasta ese momento el Gobierno, como vencedor, había derramado la agresividad que tenía acumulada sobre nosotros, los derrotados. Pero de ahora en adelante, el Gobierno se dedicaría con todas sus fuerzas a destruir nuestra integridad personal en una campaña de «despersonalización». Estábamos acostumbrados a un modo de vida que era como la pelota vasca, donde la pelota se dirige hacia el jugador tras chocar con una pared rígida. Era un choque de fuerzas opuestas. A partir de ahora los presos íbamos a sentir que nos arrojaban contra una pared de goma donde se perdía toda sensación de confrontación y de impacto, y lo único que podíamos hacer era caer mansamente al suelo. Las autoridades planeaban una serie de estímulos pequeños pero sistemáticos concebidos para hacer caer al preso en la sensación de impotencia y desprecio.

Cualquier medida que tomáramos se volvería contra nosotros. Ponían a los presos pruebas cada vez mayores de las que salían cada vez más deteriorados. Pero las autoridades explicaban al mundo su situación como resultado del propio comportamiento antisocial de los presos, que requería disciplina.

Solo alguien que haya vivido una experiencia similar puede comprender cómo sobrevivíamos sin un solo momento de respiro, cómo la gran mayoría de nuestros trastornos eran el resultado de un sistema nervioso que no podía aguantar más. Muchas veces vi a algún preso golpeando la reja con los puños, rogando a las autoridades que acabaran en él en vez de prolongar su agonía, mientras el guardián, impasible, le miraba como si fuera un mono en el zoo.

También llegué a comprender que la única liberación garantizada para un tormento interminable es la locura o la muerte. El preso vive en una lucha constante contra la locura o el suicidio, lucha de la que nunca sale como vencedor absoluto.

 

***

El año de las grandes huelgas de hambre fue 1969. Estábamos en La Cabaña. Habían mezclado la población reclusa trayendo presos de otras provincias. Físicamente, no estábamos tan apretados como en 1964 o 1967, ni el trato personal era tan malo. Pero todavía no era vida. Todo era terriblemente irregular.

La comida era buena un día, incomible al siguiente. Un día había suficiente, al día siguiente no. El agua era abundante en un momento dado, pero cuando era más necesaria no había. Se divulgaban todo tipo de rumores, unos sobre las posibilidades de libertad, otros sobre nuestras familias. La cuerda se estaba tensando tanto que acabó rompiéndose cuando un grupo de presos convocó una huelga de hambre.

Cuando empezó la huelga vivíamos en una tensión insoportable. Los que no tomaron parte en ella fueron trasladados a Guanajay. Quince días más tarde vinieron del Ministerio e hicieron un trato con los presos, prometiendo darles todo lo que pedían. Los presos de Guanajay fueron devueltos a La Cabaña.

Las cosas se hicieron más irregulares que nunca. La atención médica se hizo tan desordenada que muchos decidimos no aceptarla. Estábamos clasificados en cinco categorías con distintos privilegios y represalias. Cada uno se preguntaba a sí mismo si le consideraban más o menos peligroso que al de al lado, o si todo era una broma. La tensión crecía y, finalmente, en septiembre, tras una discusión con nuestras propias bases, nos declaramos en huelga. Seiscientos presos de un total de unos mil se decidieron a participar para exigir las condiciones mínimas de vida que incluían comida, atención médica, visitas y correo.

El Gobierno tuvo grandes problemas para tergiversar la historia. Dijeron a la gente, dentro y fuera del país, que estábamos en huelga por nuestra libertad. Difundieron la noticia de que algunos habíamos muerto y pusieron tan nerviosos a nuestros parientes que algunos intentaron suicidarse.

Estuvimos treinta y cinco días sin comer, respirando el hedor de nuestra propia carne podrida, con un altavoz machacándonos día y noche con canciones de las listas de éxitos, amenazas e informaciones falsas acerca de que la huelga nos podía convertir en sexualmente impotentes para toda la vida. Un funcionario del Ministerio del Interior vino solo para insultarnos. Finalmente no pudimos soportarlo más. Era absurdo conducir a los hombres a una situación de la que era imposible volver. Aun así, algunos quedaron afectados para siempre. Uno de los más valientes y brillantes de nosotros, un tipo cuyo nombre no puedo recordar, acabó con el cerebro dañado, medio borracho, medio idiota, con la boca torcida y el cuerpo paralizado. Nos rendimos profundamente humillados.

En un extremo de la galería, uno de los presos que había perdido el juicio gritaba y lloraba, incapaz de controlarse. En otro extremo, un joven golpeaba el lavabo como un gong grotesco vociferando:

«¡Coo... mii... daaa...!». Un muchacho de veinte años sufrió una catatonia y pasó más de tres días tan rígido que ni siquiera movía las pestañas. Ángel Cuadra, un preso anciano, estuvo a su lado como un padre, hablándole sosegadamente hasta que por fin recuperó el sentido.

Un día, todavía no habían pasado cuatro meses desde la última huelga, pasó un joven camarada. Hacía algún tiempo que no le veía y le hablé con dureza. Luego me di cuenta de que no se sentía bien.

«¿Qué te pasa?», le pregunté, «estás pálido y delgado, pareces un muerto».

«He pasado cuarenta días en huelga de hambre», respondió. Me quedé horrorizado. Me mordí la lengua avergonzado por haber sido duro con él. Intenté decir algo como «perdóname», pero era demasiado tarde; se dio media vuelta y se marchó. A las veinticuatro horas tuvo un ataque de esquizofrenia.

 

***

Más tarde dispersaron a los prisioneros. A unos los llevaron a prisiones provinciales; otro grupo fue enviado a Boniato. Yo estaba incluido en la lista de Guanajay.

Los presos del plan de reeducación vivían cerca, pero en este momento teníamos tan poco contacto que apenas nos preocupábamos por ellos. Desde 1967, cuando dejamos la Isla de los Pinos, no permitían que los presos nuevos se unieran a nosotros, los «plantados». Les enviaban directamente al plan de reeducación y si alguno quería alcanzar la condición de «plantado», tenía que ir a la huelga, declarar que no iba a obedecer las órdenes y vivir encerrado en una celda de castigo durante meses. Después de eso puede que le permitieran venir a vivir con nosotros.

Los presos del plan de reeducación eran una raza diferente de aquellos que procedíamos de la vieja guardia. Nosotros habíamos empezado en la lucha contra Batista y en los grandes alzamientos, conspiraciones y conflictos urbanos que tuvieron lugar entre 1959 y 1965. Éramos hombres que habíamos cambiado el curso de la historia y queríamos seguir cambiándolo.

Algunos de los presos nuevos venían de conspiraciones abortadas, pero la mayoría estaban aquí por intentar abandonar el país.

Otros eran funcionarios públicos que habían trabajado mucho para el Gobierno, pero habían llegado a tener diferencias irreconciliables con él. También había un grupo de jóvenes que habían demostrado su descontento de una forma u otra. A unos les encarcelaron por tomar parte en una conspiración, a otros porque no estaban conformes con su forma de comportarse o de vestirse.

El plan de reeducación dejó de ser un refugio para aquellos presos que no podían soportar la brutalidad de las condiciones de la prisión. Ahora servía de pozo donde almacenar nuevos descontentos. Se había convertido en un foco de conflictos entre presos y guardianes, en parte porque la sangre nueva siempre es la más caliente. Desgraciadamente, las autoridades habían aprendido upas cuantos trucos con el paso de los años.