El espía más buscado

Hombre sin pelos en la lengua, jabato cien por cien, que habiéndole cogido el movimiento en Madrid, con su valentía, honradez y dotes de mando hizo por nuestra causa mucho más que los que nos jugamos el bigote en los frentes…

Coronel CÉSAR ÁLVAREZ

A finales de 1938, en la cárcel madrileña de San Antón tuvo lugar uno de los episodios más desconocidos y rocambolescos de toda la Guerra Civil española que, de haber sucedido antes, podría haber inspirado al príncipe de las letras Alejandro Dumas su célebre El conde de Montecristo.

En una de las celdas del antiguo colegio de los escolapios convertido en prisión, un hombre hercúleo, como un inmenso armario, cuadrado y sólido, había resuelto fugarse tras recibir una circular del servicio de inteligencia de Franco (SIPM) que animaba a seguir luchando a los presos de la Quinta Columna como él.[5]

El documento, rubricado por el coronel José Ungría, del Estado Mayor de Franco, estaba fechado el 27 de septiembre de aquel mismo año, y aún hoy se conserva en los archivos del Estado con las huellas imperceptibles del emocionado manoseo de los detenidos.

Desde su puesto de mando y transmisor en Torre de Esteban Hambrán, un pueblo de Toledo cercano a la capital, Ungría dirigía con mano experta las intrincadas redes del espionaje nacional al que pertenecía, por méritos propios más que sobrados, nuestro protagonista.

Antes de revelar su nombre, añadamos sólo los encendidos elogios que sobre él dejó escritos uno de sus jefes, el coronel César Álvarez:

Hombre sin pelos en la lengua, jabato cien por cien, que habiéndole cogido el movimiento en Madrid, con su valentía, honradez y dotes de mando hizo por nuestra causa mucho más que los que nos jugamos el bigote en los frentes, y así lo reconoció nuestro Caudillo, del que fue escolta varios años; contar todas las hazañas de este capitán aquí acorralado en Madrid sería un relato novelesco e interminable.

En efecto, tal y como advertíamos al principio de este capítulo, Feliciano Martín Villoria —así se llamaba nuestro héroe anónimo, hasta que el historiador Ricardo de la Cierva descubrió su identidad hace ya más de cuarenta años— era un personaje a todas luces novelesco, pero tan real como la vida misma.

Nacido en Salamanca en 1905, se hallaba en plenitud de sus facultades físicas al estallar la guerra; además, su mente solía discurrir casi tan rápida como su presuroso corazón.

Ingresó en las fuerzas de Seguridad en Bilbao, poco antes de proclamarse la República. Dos años después, el entonces teniente coronel Agustín Muñoz Grandes, futuro jefe de la épica División Azul, le nombró instructor jefe de educación física de los primeros guardias de asalto.

Conocido inicialmente como «Grupo de Vanguardia del Cuerpo de Seguridad», el Cuerpo de Asalto ya había sido proyectado por el general Mola, en 1930. Poco después, el gobierno provisional de la República no hizo más que retomar la idea, y seleccionó a los ochenta policías más fuertes de España.

Feliciano Martín Villoria figuraba, naturalmente, entre aquellos distinguidos titanes del orden.

En 1934, ya ascendido a cabo mientras adiestraba a un grupo de guardias de asalto, fue agregado a una compañía que partió de inmediato hacia Asturias. Allí presenció Feliciano un episodio que reviviría a su manera, años después: un guardia de su escuadra, capturado por los revolucionarios, fue obligado por éstos a hacer de saltimbanqui con cuatro bombas amarradas a sus extremidades. La tenebrosa imagen dejó una huella indeleble en el instructor del infortunado muchacho, que muy pronto examinaremos.

El estallido de la contienda civil sorprendió a Feliciano en Madrid. Ante el caos inicial, decidió hacer la guerra por su cuenta.

El cabo de treinta y un años fue meteóricamente ascendido a teniente y puesto al mando del material móvil de Asalto en el depósito-cuartel de Villamagna, en estrecho contacto con el centro de Asalto de Pontejos y con el parque de la calle Doce de Octubre.

Por entonces, conoció al futuro magistrado Carlos Viada, dueño de una emisora de radio con la que pudo establecer contacto con las filas nacionales. De ese modo Villoria empezó a recibir órdenes y a transmitir informes al ejército de África que asediaba entonces Madrid. Por aquel entonces fue nombrado inspector de material móvil en los frentes de la sierra madrileña, con la gran libertad de movimientos que su nueva responsabilidad implicaba.

Instaló a su grupo de hombres en el palacio de Larios de la Castellana, contiguo al cuartel de Villamagna. En sus mismos jardines aparcó los blindados que pertenecían a su grupo móvil de Asalto.

Feliciano Martín Villoria era la versión made in Spain de otro gran héroe de la resistencia, el capitán inglés Edwin Christopher Lance, más conocido por el «Pimpinela Escarlata de la guerra española», detenido en octubre de 1937.

Lance había actuado, al parecer, desde finales de julio hasta el mismo instante de su captura. Durante casi tres meses, igual que hizo el «Pimpinela» de la Revolución francesa, el capitán Lance salvó, o al menos eso se dijo, a 99 personas en colaboración con quintacolumnistas como Villoria.

Pero si entre las brumas de leyenda aún hoy persisten dudas sobre Lance, no hay en cambio ninguna sobre el papel desempeñado por Villoria, quien, en la misma salida del Cuartel General de la Montaña, logró salvar la vida del capitán Antonio Herráiz Llorens, que acababa de ser herido gravemente durante la atroz defensa del acuartelamiento.

El corpulento y vigoroso Villoria fue su ángel de la guarda, y luego hizo desaparecer el depósito de armas custodiado en el domicilio del capitán con destino a la sublevación de julio.

El 1 de agosto de 1936, el «Pimpinela» Villoria atravesó por primera vez las líneas enemigas a bordo de su camioneta blindada Dodge. Poco después ocultó entre los pinares del Guadarrama al primer militar de su larga lista de evadidos.

Cuando los frentes de la sierra madrileña se hicieron más inseguros, Villoria trasladó su zona de actuación al apacible frente del Tajo, cerca de Talavera de la Reina. Desde allí, con ayuda de sus blindados de la Castellana, organizó verdaderas caravanas de fugitivos.

En una ocasión ayudó al general Fidel de la Cuerda a cruzar las líneas enemigas, junto con otros veintidós militares camuflados con el uniforme de guardias de asalto.

Muy pronto, Villoria fue conocido y admirado por los jefes del servicio de espionaje de Franco, asombrados por la sucesión de sus hazañas. No en vano, a bordo de su blindado fue capaz de atravesar las líneas republicanas hasta en más de cuarenta ocasiones, burlando una y otra vez a los cuerpos de guardia.

Uno de aquellos días entregó incluso un sobre a los nacionales, que contenía instrucciones precisas para anular las baterías de artillería defensoras de la capital. No se sabe cómo, pero Villoria se las apañó para que el mismísimo general republicano José Riquelme, capitán general de la primera región militar desde los primeros días del Alzamiento, le confiara en mano aquel valioso pliego.

En la primavera de 1937, a raíz del desastre italiano en Guadalajara, nuestro protagonista recibió la orden de poner el grupo de guardias con el que actuaba a las órdenes del teniente de Intendencia Antonio Rodríguez Aguado. Como en el ejército nacional el teniente Aguado ostentaba mayor graduación que él, los dos grupos fusionados se denominaron para el servicio de inteligencia de Franco «Organización Antonio», compuesta por siete secciones, dirigidas cinco de ellas por militares.

Pero aun así, Feliciano Martín Villoria siguió siendo el cerebro del nuevo grupo de guardias, que logró infiltrarse aún más en los aparatos de seguridad y administración republicanos.

Antes de ser descubierta y desmantelada, la Organización Antonio participó en la evacuación de Madrid a la zona nacional, por la línea del Tajo, muy cerca de Puebla de Montalbán, de noventa jefes y oficiales para incorporarse al ejército nacional; también logró poner a salvo a unos trescientos civiles. Villoria y sus hombres habían conseguido infiltrarse en el Estado Mayor del general José Miaja, así como en los servicios de Sanidad Militar y en la Escuela de Capacitación de Mandos de Barajas.

En otra ocasión, haciéndose pasar por republicanos, lograron que se declararan inútiles para el servicio militar nada menos que a veinte mil movilizados del ejército popular que gozaban de buenas condiciones físicas para el combate.

Con razón criticaba años después, el ya general Ungría, los despropósitos de la llamada Escuela de Barajas: «Fue la mejor difusora de cuanto no debía hacerse en materia de técnica militar, así como un foco de desmoralización de los aspirantes a oficiales del ejército enemigo».

Y eso gracias, en parte, a Villoria y sus guardias.

Aunque ellos no actuaban solos. El «comandante Tapia», nombre en clave que daba el servicio de espionaje de Franco al comandante de la Guardia Civil Antonio Parra, era también agente nacional y jefe de la brigada anarquista Spartacus.

Igual que Villoria, el «comandante Tapia» era venerado por todos los quintacolumnistas. Tenía emboscados a más de un millar de agentes en la brigada Spartacus y en la Guardia Civil, y escondidos en su propia casa a otros veinte, entre ellos a los padres del general Antonio Aranda, al mando del Cuerpo de Ejército de Galicia que participó en la batalla de Teruel.

El falso «comandante Tapia» era un poder oculto en el Madrid asediado: tenía comprometidos en su propia red a directores de prisiones, guardias de asalto y a gran parte de la policía. Colaboró estrechamente con la Organización Antonio, pero jamás llegó a integrarse en ella por razones de seguridad.

Entretanto, los hombres del teniente Rodríguez Aguado carecían de la preparación y paciencia de las que hacían gala los que mandaba Villoria, razón por la cual el Servicio de Investigación Militar (SIM) republicano empezó a sospechar.

Fue así como finalmente, en octubre de 1937, la Organización Antonio fue descubierta y casi todos sus miembros, con Villoria a la cabeza, detenidos. De nada sirvieron los intentos de sus miembros de refugiarse en la embajada de Turquía.

Comenzó entonces el rosario judicial de Feliciano Martín Villoria: el 6 de diciembre de 1937, el Juzgado de Guardia se inhibió en favor del Juzgado de Instrucción del Jurado de Urgencia; cinco días después, este organismo inició otro expediente y remitió las actuaciones al Jurado Especial para Espionaje número 9.

Al mismo tiempo, Villoria fue expedientado por el propio Cuerpo de Seguridad y Asalto, acusado «de haber vertido conceptos injuriosos para los miembros de la Ponencia examinadora de instancias de estas Fuerzas».

¿Qué dijo el «diplomático» quintacolumnista? Ni más ni menos que los miembros de la Comisión Examinadora, o sea, sus jefes, «eran la deshonra del Cuerpo y deberían estar fusilados».

El 10 de mayo de 1938, el fiscal le calificó como «elemento desafecto al Régimen».

El acusado siguió desafiando a sus mandos y, ni corto ni perezoso, solicitó el reingreso en el Cuerpo de Asalto. Como era de esperar, su petición fue denegada el 30 de enero de aquel año, cuando se decretó su baja a perpetuidad en el cuerpo, «con pérdida de todos los derechos, así como los pasivos que pudieran corresponderle».

Entretanto, nuestro protagonista estuvo encarcelado en Porlier, hasta su traslado, en septiembre de 1938, a la prisión de San Antón. En ésta, precisamente, le habíamos dejado al principio de este capítulo, mientras leía la circular del teniente coronel Ungría, en la que animaba a los quintacolumnistas a seguir luchando sin desmayo.

En San Antón continuó haciendo de las suyas.

Tuvo, desde luego, mucha más fortuna que los pobres infelices que salieron de allí los días 7, 22, 28, 29 y 30 de noviembre de 1936, cuyos cuerpos acabaron siendo arrojados luego en fosas comunes, en Paracuellos del Jarama. Se calcula que partieron en autobuses alrededor de mil presos entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre, de los cuales unos cuatrocientos fueron fusilados.

Dos años después, bajo la tutela del jefe de Milicias falangistas de Madrid, Rufino Vela Blasco, se creó en San Antón un Consejo Nacional clandestino y una organización de choque sumamente eficaz: la llamada «Legión G».

Rufino Vela fue precisamente quien transmitió a Villoria la orden de evadirse de San Antón.

La fuga permitiría a Villoria, segundo jefe de la «Legión G», actuar con mayor eficacia; pero antes de planear su huida, pidió permiso al mando nacional a través de su mermada red exterior.

Obtenida la autorización, única en la historia de las evasiones, el joven Villoria se dispuso a emular al intrépido Edmond Dantès, quien, en la imaginación del genial Alejandro Dumas, había logrado huir de la prisión fortaleza de If, oculto en el interior de uno de los sacos utilizados para sepultar en el mar a los presos difuntos. Sólo que nuestro protagonista en la vida real no empleó saco alguno, sino que logró salir por su propio pie de la cárcel de San Antón, tras intimidar a los guardianes con cuatro bombas de mano ceñidas a la cintura, como si fuese un precursor de los islamistas suicidas.

¿Cómo consiguió las granadas? El propio evadido se llevó el secreto a la tumba.

Acompañado por tres incondicionales suyos, entre ellos el guardia civil Evelio Martín Ortega, Villoria se plantó en la puerta principal del antiguo colegio de los padres escolapios con las cuatro bombas colgadas de su cintura.

Es preciso advertir que, desde la galería donde se hallaba su celda hasta la puerta que daba a la calle Farmacia, pues la entrada de la calle Hortaleza fue clausurada al convertirse el colegio en prisión, había un largo trecho que Villoria debió recorrer como si tal cosa ante la mirada atónita de los milicianos que custodiaban los corredores.

Las distancias en el interior de la cárcel eran enormes. Situado en la manzana existente entre las calles Hortaleza, Santa Brígida y Farmacia, el edificio de la prisión ocupaba una superficie de casi 6.000 metros cuadrados, sobre la que también se levantaban el antiguo convento de los escolapios y la iglesia.

Al llegar a la entrada, como decimos, Villoria sólo tuvo que mostrar su explosivo cinturón para que los aterrados guardianes no sólo le dejasen salir, sino que además le entregasen dos metralletas y una buena carga de munición.

El evadido vivió desde entonces en Madrid como un lobo acosado, durmiendo entre las ruinas de edificios céntricos, sin nada que llevarse a la boca.

Más de una vez estuvo a punto ser «cazado»; incluso a plena luz del día, en la glorieta de Bilbao, de donde pudo finalmente escapar tras fingirse muerto.

Pero Villoria era un hombre que se crecía ante la adversidad, como los grandes paladines de la historia. Poco a poco logró así recomponer su «Legión G», gracias a la cual los soldados del anarquista Cipriano Mera pudieron cruzar las líneas de ametralladoras nacionales, apostadas en el Jarama, para acudir en socorro del coronel Casado.

Sin héroes como Feliciano Martín Villoria, la guerra hubiese sido sin duda mucho más fácil para el doctor Negrín.