El truhán

¿Sabe alguien cómo piensa Negrín, qué ideas tiene, qué objetivos persigue? Lo único público de la vida de este hombre es su vida privada, y ésta, sin duda alguna, dista de ser ejemplar…

DIEGO ABAD DE SANTILLÁN

El coronel Casado admiraba su valor, pero al mismo tiempo advertía que era «un desequilibrado».

Poco antes de la caída de Cataluña, a primeros de enero de 1939, mientras muchos españoles morían de hambre en pueblos y ciudades, Casado almorzó con él en el domicilio del general José Miaja, en la finca El Mío Rinconcín.

Aludimos de nuevo, naturalmente, al doctor Juan Negrín, quien viajó de Barcelona a Madrid para la ocasión.

Era aún temprano para el almuerzo y Casado entretuvo al jefe del Gobierno hablándole del hambre pavorosa que sufría Madrid en aquellos últimos días de la guerra.

Casado no dramatizó. Simplemente expuso a Negrín, con pinceladas sombrías y angustiosas, la realidad tal cual era, alabando la actitud resignada del pueblo madrileño.

La hambruna se palpaba desde hacía meses. Casado había visto con sus propios ojos las caravanas nocturnas de mujeres por las carreteras, en dirección a San Fernando y Torrejón de Ardoz, en busca de patatas, lechugas, tomates o cualquier otro alimento que calmase la desesperación de sus familias.

Madres y esposas caminaban 20 o 30 kilómetros, y a menudo regresaban con las manos vacías.

—Es un espectáculo patético, señor presidente, muy difícil de olvidar y, lo que es peor, imposible de remediar —se quejó, con gran impotencia, el coronel.

A continuación, Casado informó a Negrín de la campaña de austeridad iniciada en Madrid, tanto en el ejército como entre la población civil, para suprimir los banquetes y reducir a un solo plato la ración diaria de alimento.

La verdad era que, con su sola presencia, Casado predicaba ya con el ejemplo: enjuto y menudo, con quevedos y fino bigotito a lo Chaplin, era la otra cara del corpulento y mofletudo Negrín.

De él, más que de nadie, podía decirse que «era pequeño pero matón». Desde su ingreso en la academia militar, con quince años, no hizo más que demostrar su vocación castrense, dotes de mando, inteligencia y sagacidad.

Su reconocido republicanismo le valió el nombramiento de comandante de la escolta del presidente Azaña, a quien salvó de ser capturado por los sublevados, que habían planeado confinarle como inapreciable rehén en Segovia si el Alzamiento fracasaba en Madrid.

Ascendido a coronel, tuvo que relevar a su compañero de armas Enrique Jurado, herido en la batalla de Brunete, al frente del XXVIII Cuerpo de Ejército.

Los comunistas le ofrecieron entonces ingresar en el partido, pero él lo rechazó. Desde entonces, los miembros del Buró Político le miraron con recelo y desconfianza.

Sin embargo, Casado era para muchos el hombre providencial que podía poner fin a la guerra. Primero, porque estaba al mando del todopoderoso Ejército del Centro, que comprendía los Cuerpos de Ejército I, II, III y IV. Los tres primeros estaban a las órdenes de los oficiales profesionales Luis Barceló, Emilio Bueno y Antonio Ortega, todos ellos miembros del PCE, y el cuarto, al mando del venerado jefe de las milicias anarquistas Cipriano Mera.

Y segundo, porque nadie más que Casado, al decir del socialista moderado y exdirector general de Seguridad, Gabriel Morón, parecía dispuesto a cargar con la responsabilidad de la rebelión, impulsado por su casi enfermizo antagonismo con el PCE.

Minutos después, Negrín y él se sentaban a la mesa con su anfitrión, Miaja. Pero al reparar en el insólito menú, el gesto estupefacto de Casado no pasó inadvertido a los otros dos comensales.

Él mismo relataba, años después, la asombrosa escena:

¡El menú era un cocido! Pero ¡qué cocido! En la sopa había todo lo bueno. En el cocido no faltaba nada. Todo exageradamente abundante. ¡Me dio asco! Al doctor Negrín le sirvieron un plato muy copioso. Lo comió rápido y salió del comedor. Entonces el general Miaja le dijo al camarero que sirviera otra vez al doctor Negrín otro plato igual. Ante mi extrañeza, el general Miaja me aclaró que el doctor Negrín, cuando comía algo que le gustaba mucho, lo vomitaba y comía otra vez.

Testigo presencial de semejante voracidad, impropia de quien estaba obligado a predicar con el ejemplo, Casado desahogaba una vez más su tremenda decepción, reafirmándose en el grave desequilibrio que, a su juicio, padecía Negrín:

Esperaba que, después de la exposición que yo acababa de hacerle del hambre, no sería capaz de volver a comer. Y hay que reconocer que un hombre que tiene esas reacciones no puede ser un hombre normal. Terminó su segundo cocido, y sin poderme contener hice el siguiente comentario: «Con todo lo que usted ha comido, señor presidente, se conformaría un madrileño para comer en una semana». Reaccionó con una de sus cínicas sonrisas.

A Negrín le encantaba también el champán. Cada vez que viajaba a Madrid, enviaba a su secretario al hospital base del hotel Palace para que pidiese al director médico unas cajas de espumoso sin que, por desgracia, existiese razón alguna por la que brindar.

Pero en aquella ocasión, el director del hospital, doctor Umbría, comandante de Sanidad del Cuerpo de Inválidos, alegó que carecía de existencias desde hacía tiempo. Como era la primera vez que le negaba el pedido, Umbría visitó luego a Casado para mostrarle su inquietud ante la posibilidad de que su negativa disgustase al presidente del Consejo.

En realidad, Umbría reservaba para los heridos unas cuantas botellas de la codiciada bebida. Casado, por si acaso, le firmó un oficio, con fecha retrasada, prohibiéndole entregar una sola botella más. Desde entonces, jamás volvió a hablarse del asunto.

Además del champán, Negrín bebía casi con la misma fluidez que el agua su whisky preferido, etiqueta negra.

De su desaforada pasión por la comida y la bebida daban fe varios de sus contemporáneos. Empezando por quien fue amigo suyo durante mucho tiempo y más tarde, tras la guerra, enconado enemigo. Aludimos, claro está, a Indalecio Prieto, quien recordaba esto de Negrín: «Comía y bebía lo que puedan comer y beber cuatro hombres juntos, pero, a fin de eludir testigos de tamaños excesos, cenaba dos o tres veces pero en distintos lugares».

A ninguno de sus camaradas podía sorprenderle entonces que un hombre tan voraz cenase primero en casa de su amigo Prieto, para sentarse luego a la mesa en el reservado de un restaurante, y volver a llenar el estómago por tercera vez en un plácido cabaret.

«Educado en Alemania —recordaba Prieto—, adquirió allí ciertas costumbres remedadas de la Roma neroniana, como evacuar el repleto estómago, enjuagarse la boca y continuar vaciando platos y botellas».

De su desmedida avidez dejaba también constancia el presidente de la República, Manuel Azaña: «Había allí gente de muy buen saque, pero a todos dejó atrás, y con mucho, el presidente del Gobierno. ¡Qué robusto apetito! Para empezar, se tomó dos platos de sopa, muy colmados. Nunca había visto yo cosa igual. Junto a Negrín, don Lope de Sosa es un inapetente».

Los anarquistas le despreciaban, entre ellos Diego Abad de Santillán, quien decía de él: «¿Sabe alguien cómo piensa Negrín, qué ideas tiene, qué objetivos persigue? Lo único público de la vida de este hombre es su vida privada, y ésta, sin duda alguna, dista de ser ejemplar… Una mesa suntuosa y súperabundante, vinos y licores sin tasa, y un harén tan abundante como su mesa… Necesita la ayuda de los inyectables para su vida misma de despilfarro y desenfreno».

Contaba incluso su amigo, el doctor Teófilo Hernando, que llevaba siempre los bolsillos repletos de medicamentos, pues era muy aprensivo y le obsesionaba la posibilidad de que le diera una angina de pecho.

También solía tener a mano grageas contra el mareo, aspirinas, digestónicos y, por supuesto, unos comprimidos especiales para provocarse el vómito, si después de haber comido opíparamente se le presentaba el agobio gástrico.

Era, desde luego, un exquisito gourmet que participaba frecuentemente en banquetes y comidas familiares. Incluso en algunos consejos de ministros se ausentaba para vomitar antes de volver a saciar el estómago.

En cierta ocasión, durante un congreso celebrado en Toledo, Negrín y el resto de los asistentes fueron obsequiados con un vino de honor, acompañado de generosas raciones de jamón serrano, ensaladilla, croquetas y canapés. Al indicarle uno de los comensales que no probaba nada, Negrín le replicó: «Es que yo con todo eso no tengo ni para empezar y les dejaría a ustedes sin nada». Hablaba en serio, pero aquel hombre creyó que bromeaba.

Las mujeres también le privaban. Caída ya Cataluña, en vísperas del golpe militar del coronel Casado, éste confesaba haber mandado espiar a Negrín durante los primeros días de febrero en Madrid.

Luego, el director general de Seguridad, Vicente Girauta, informó a Casado de que el presidente del Gobierno había estado solo, entre las diez y las diez y media de la noche, en el café Acuarium, y que al salir de él, en la calle del Clavel, entabló contacto con una prostituta, con la que se marchó a un apartamento en la calle de Augusto Figueroa. A las cuatro de la madrugada, Negrín abandonó solo el edificio y se dirigió como si tal cosa a la sede de la Presidencia.

Antes de redactar esta fea anécdota —manifestaba el propio Casado— me resistía a publicarla, pero me decidí porque no cabe duda que refleja una anormalidad o desequilibrio en un hombre supercivilizado, que se produce en esa forma en las dramáticas circunstancias que estaba viviendo.

El coronel relataba, a continuación, lo que sucedió durante su encuentro con Negrín:

Terminado el despacho con el director general de Seguridad, muy preocupado y sin pérdida de tiempo, fui a despachar con el doctor Negrín y, naturalmente, le conté todo lo que me había dicho el señor Girauta. Me escuchó sonriente y, por todo comentario, me dijo:

—Bueno, supongo, mi general, que usted no habrá creído todo eso.

—Claro que lo he creído, pues el director general de Seguridad no es capaz de inventar un cuento en un asunto de esa naturaleza. Ahora bien, como estamos en estado de guerra y yo soy responsable de su vida, a partir de hoy tiene usted una escolta para protegerle. Y le ruego que me disculpe, pues cumplo con mi deber.

Siguió hablando sin dar importancia a lo sucedido.

A Negrín le gustaba vivir bien, hasta el punto de convertir ese objetivo en la razón primordial de su existencia. Creía erróneamente que con dinero podía darse rienda suelta a todas las pasiones y alcanzar la felicidad terrenal.

Al poco de iniciarse el Alzamiento nacional, había logrado que el Banco de España transfiriese varias remesas de libras esterlinas al Banco de Francia.

Sólo en los seis primeros meses de la guerra, la suma se elevaba ya a casi 22 millones de libras esterlinas, que fueron a parar, curiosamente, a cuentas privadas a nombre de personas identificadas con la República.

Empezando, claro estaba, por el propio presidente del Gobierno, titular de una cuenta en el Eurobank con un saldo de 370 millones de francos, según constaba en libros y documentos del Banco de España.

El llamado «tesoro de guerra de Negrín» fue creciendo poco a poco mediante operaciones de compraventa de bienes pertenecientes al Estado español.

Negrín vendió así a una sociedad belga un cargamento de plata de 150.000 kilos, así como varias remesas del mismo metal a Estados Unidos por un precio total de 245 millones de pesetas de la época.

El anarquista Francisco Olaya tampoco dudaba del fabuloso tesoro que Negrín puso a buen recaudo en el extranjero:

Durante el primer período de la Guerra Civil —escribía—, Negrín, que regentó el Ministerio de Hacienda con desbordante fantasía e irresponsabilidad, aparte de los fondos entregados parsimoniosamente para la adquisición de pertrechos y aprovisionamientos, y utilizando este pretexto, procuró ir constituyendo un importante tesoro de guerra en diversos países, que fue poniendo a nombre de incondicionales y elementos poco recomendables… Entre el 20 de mayo y el 23 de diciembre de 1938, por mediación de Fernando de los Ríos se vendieron en los Estados Unidos cinco lotes de plata, que reportaron quince millones de dólares y, a partir de esa fecha, se procedió a la evacuación hacia Francia del resto del oro, joyas y valores, aunque con tanta irresponsabilidad que una parte considerable pudo ser recuperada por el Partido Comunista o por Franco.

Negrín hallaría en París su dulce exilio.

Ya en plena contienda, le encantaba escaparse a la capital francesa para entregarse a los placeres de la vida, mientras millones de españoles padecían en España los horrores de la guerra.

En París, precisamente, residiría a cuerpo de rey a mediados de marzo de 1939, en un lujoso piso situado en el número 24 de la avenue Charles Floquet, en el Champ de Mars, por el que pagaba una renta mensual de 3.200 francos. Advirtamos tan sólo que el jornal de un obrero especializado en París era entonces de 48 francos mensuales, y de 27 francos el de una mujer.

Al término de la guerra, el propio Luis Araquistáin, dirigente socialista de izquierda y antiguo embajador de España en Francia, incriminaba a Negrín y a los suyos en un verdadero expolio, al denunciar:

A mí me consta que ha habido enormes irregularidades administrativas en la gestión de algunos agentes del Gobierno en el extranjero. Me consta también que altas personalidades del Gobierno republicano tienen depositadas a su nombre sumas cuantiosas y de difícil justificación en la banca inglesa y norteamericana. Pero, cerradas todas las puertas de la fiscalización, la opinión no sabrá nunca nada de eso; ni tampoco qué ha sido del tesoro español, de las quinientas y pico toneladas de oro que fueron depositadas fuera del territorio nacional, ni en qué se han invertido, ni lo que queda, ni a nombre de quién o a quiénes se hizo el depósito.

Araquistáin hablaba, en efecto, de algo que conocía demasiado bien, pues él mismo compartía con uno de sus correligionarios, Alberto Otero, un saldo de 851 millones de francos repartidos por la flor y nata bancaria europea: el Chase Bank, Crédit Lyonnais, Banque de L’Europe, Banque Comerciale, Eurobank y Dreyfus.

La verdad es que Negrín no ocultó a su entonces amigo Indalecio Prieto sus intenciones de reunir un fabuloso tesoro de guerra fuera de España; aunque, eso sí, trató siempre de que su interlocutor creyese que la evasión de bienes y dinero obedecía tan sólo a su espíritu abnegado y generoso con los millares de republicanos exiliados:

El ministro de Hacienda [Méndez Aspe] —reconocía Negrín a Prieto—, de acuerdo conmigo, y conforme a un plan minuciosamente estudiado y preparado desde hacía mucho tiempo, trató de asegurar en países, o por procedimientos en que nuestro derecho sobre los recursos del Estado republicano no pudieran ser puestos en peligroso litigio, todos los medios utilizables para remediar, en lo posible, el infortunio de nuestros compatriotas en la emigración… Gracias a nuestra previsión y diligencia han podido salvarse elementos tales que en su cuantía no lo hubieran soñado quienes hace dos años aseguraban que la guerra estaba a punto de terminar por agotamiento de nuestros recursos y daban el insensato consejo, cuando aún la guerra podía y debía ganarse, de situar fondos en el extranjero, por estimar seguro un desenlace contrario sin reflexionar que el sigilo de tales movimientos… es muy difícil guardarlo y que el conocimiento de tal medida hubiera tenido resultados catastróficos… Así, con cautela y rapidez, sin precipitaciones ni atolondramientos, se ha podido salvar lo que se ha salvado.

¿Y qué era exactamente lo que Negrín había «salvado» con tanto celo?

Ni más ni menos que bienes y dinero ajeno, requisados por orden de las autoridades gubernativas en iglesias, bancos y domicilios particulares. Valiosísimas joyas familiares, obras de arte, metales preciosos y valores monetarios.

Los días 3, 10 y 16 de octubre de 1936, el gobierno ya había obligado por decreto a la banca privada a entregar al Banco de España y sus sucursales la cantidad de 5.026.613,32 pesetas en oro amonedado o en pasta, además de varias remesas de libras esterlinas y otras monedas extranjeras.

Por si acaso, Negrín se encargó de amenazar con penas por delito de contrabando, considerándoles «enemigos del régimen a todos los efectos», a quienes se negasen a pasar por el aro.

El 6 de noviembre, mientras Franco y su ejército se aproximaban a Madrid, el entonces director general del Tesoro, Francisco Méndez Aspe, ordenó vaciar cerca de cuatro mil cajas de seguridad del Banco de España y más de dos mil depósitos de alhajas.

Aquella misma noche se personó Méndez Aspe en el Banco de España, acompañado del capitán de carabineros Masegosa, colaborador leal del entonces ministro Negrín como agregado a la Secretaría del Ministerio de Hacienda.

Secundados por medio centenar de metalúrgicos y cerrajeros, Méndez Aspe, Masegosa y sus secuaces violentaron 3.959 cajas exactamente, extrayendo de ellas grandes cantidades de oro, valores, monedas y divisas.

A continuación, saquearon en total 2.236 depósitos de alhajas por un valor declarado de 15.832.472,10 pesetas.

Ante sus ojos desfilaron tesoros de incalculable valor, procedentes de la catedral de Toledo y del monasterio de El Escorial, incluido el guardajoyas de la infanta Eulalia de Borbón, heredado de su madre la reina Isabel II, y compuesto de collares de perlas y brillantes, aderezos, pulseras, y hasta de una colección de encajes y abanicos de seda.

Los asaltantes se llevaron también dos depósitos de radio de la facultad de medicina valorados en 400.000 pesetas cada uno, y otros dos depósitos de lingotes de oro de la Sociedad de Metales Preciosos, valorados en otras 713.356,32 pesetas.

Conviene recalcar que todos aquellos bienes no eran suyos, ni siquiera del Estado, sino que pertenecían a personas individuales con nombres y apellidos, como el marqués de Zahara, cuya caja número 106 fue violentada para extraer de ella gran cantidad de joyas, entre ellas una corona procedente del imperio zarista.

También abrieron la caja número 1.348, que contenía las alhajas de la duquesa de Santa Elena, así como la del vizconde de Eza, que guardaba un collar de 180 brillantes tasado en 1.114.776 pesetas.

Las cajas de alquiler y depósitos de la banca privada fueron igualmente forzadas sin consentimiento de sus titulares, y todo su contenido fue trasladado a Valencia.

El comunista José María Rancaño recordaba aquel expolio, cometido esta vez por los carabineros a las órdenes del Gobierno:

Entre esas alhajas estaban las alianzas de boda de centenares de gentes modestas, leales, además, a la República, y los recuerdos familiares de cientos de familias [extraídos] de los Montes de Piedad, donde estaban empeñados. Primero salió la disposición —decreto o lo que fuera— ordenando la entrega de las alhajas en los bancos. Después se bloquearon las cajas de alquiler y los depósitos de los bancos, así como las existencias de los Montes de Piedad… Y en los primeros días de noviembre se procedió a abrir con soplete las cajas de alquiler.

La codicia del Gobierno no tenía límites. Los días 6 y 18 de agosto de 1937, publicó sendos decretos para obligar a los ciudadanos a depositar en los bancos las joyas y gemas que aún conservasen en su poder.

El expolio prosiguió en abril del año siguiente, cuando el comandante de carabineros Ciriaco López, acompañado de policías y soldados armados, violentó 4.887 cajas de alquiler, 1.314 depósitos y 30 paquetes, tras exhibir la orden del ministro de Hacienda.

Sólo del Monte de Piedad sustrajeron 21 depósitos abiertos que contenían alfileres, pendientes, sortijas, pulseras, cadenas y relojes empeñados por los necesitados ciudadanos de Madrid, con un valor real de 60 millones de pesetas.

El tesoro de guerra de Negrín se nutrió también de las requisas y saqueos domiciliarios practicados por milicianos, chequistas o policías.

El gobierno se había cuidado de elegir muy bien a sus cómplices, tras destituir previamente a los consejeros de todos los bancos privados.

Gracias al decreto de 30 de octubre de 1936, obreros militantes de UGT suplantaron a los verdaderos profesionales en el nuevo comité directivo de las entidades. Junto a los comités de empresa, los sindicalistas se convirtieron en la suprema autoridad que facilitaba desde el interior del banco todos los excesos cometidos contra el patrimonio de los clientes.

Fue habitual así retirar de las cuentas privadas todos los fondos sin el permiso escrito del titular. Mediante ese procedimiento ilegal se extrajo de las cuentas corrientes la cantidad de 70.261.268 pesetas. En el propio Banco de España se obtuvieron de la misma forma otros 6.917.068 pesetas.

El expolio afectó incluso al Museo Arqueológico, donde un día se presentó el director general de Bellas Artes, Wenceslao Roces, al mando de unos milicianos dispuestos a saquear las vitrinas.

Del tesoro numismático se vendió luego al gobierno mexicano toda la colección de monedas hispanovisigodas, mientras que una parte de las árabes fue a parar a la Hispanic Society.

En total, se incautaron de 2.798 monedas de oro: 60 griegas antiguas, 830 romanas, 297 bizantinas, 322 hispanovisigodas, 585 árabes, 94 españolas medievales y modernas, 543 extranjeras y 67 medallas.

Entre octubre de 1936 y marzo de 1937, el Gobierno francés evaluó en 3.900 millones de francos oro los envíos realizados por Negrín, controlados por la aduana. Eso sin contar las maletas llenas de oro, joyas y valores que los agentes del director general de Seguridad, Manuel Muñoz, y los del ministro de la Gobernación, Ángel Galarza, introdujeron en Francia de contrabando.

En marzo de 1938, Negrín había impulsado la creación de la Junta Nacional del Tesoro Artístico y la Caja General de Reparaciones, que desde el principio rivalizaron en la acumulación de bienes incautados a sus legítimos dueños. Ambas dependían directamente del Ministerio de Hacienda y establecieron su sede en Valencia, junto al gobierno republicano.

El 31 de diciembre de 1936, la Caja atesoraba ya unas riquezas prodigiosas: 54.809.100,37 pesetas en oro, plata, billetes, divisas y valores nacionales y extranjeros, según su propio balance.

Al año siguiente, la Caja disponía ya de sucursales en Barcelona, Santander, Gijón, Ciudad Real, Badajoz, Almería y Toledo. Desde todas ellas se enviaban los bienes incautados a Valencia, de forma que al cierre de aquel año la riqueza acumulada se elevaba ya a 845.726.887,95 pesetas.

¿Qué se hizo luego con toda aquella fortuna expoliada?

Desde noviembre de 1937, empezó a trasladarse a Barcelona; en concreto, al antiguo edificio del Banco Hispano Colonial y a otros almacenes del monasterio de Pedralbes, el paseo de Gracia… ¡y el viejo castillo de Figueres!