El sendero de la traición

Casado, que siempre estuvo duro de pelar, al caer Cataluña comprendió que la guerra estaba perdida para ellos y decidió regalar un gesto a la historia.

Teniente Coronel BONEL

El coronel Segismundo Casado había preparado el golpe a conciencia.

A finales de enero, el servicio de inteligencia del general Franco le había sondeado para averiguar si estaba dispuesto a entablar negociaciones y poner fin de una vez por todas a tanto derramamiento de sangre.

El hombre elegido por el cuartel general de Burgos para contactar con Casado fue Antonio de Luna, agente del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), quien le hizo saber las garantías que otorgaba Franco a los militares que depusieran las armas y no hubiesen cometido delitos comunes.

Días después, Casado leyó atentamente este desconocido documento recibido desde «Terminus», el cuartel general volante del Generalísimo, a través de su red de enlaces:

Tenéis la guerra totalmente perdida.

Es criminal toda prolongación de la resistencia.

La ESPAÑA NACIONAL exige la rendición.

La ESPAÑA NACIONAL mantiene cuantos ofrecimientos de perdón tiene hechos por medio de proclamas y la radio, y será generosa para cuantos, sin haber cometido crímenes, hayan sido arrastrados engañosamente a la lucha.

Para los que depongan voluntariamente las armas, sin ser culpables de la muerte de sus compañeros ni responsables de otros crímenes, aparte de la gracia de la vida, la benevolencia será tanto mayor cuanto más significados y eficientes sean los servicios que en estos últimos momentos presten a la Causa de España o haya sido menor su intervención y su malicia en la guerra.

Los que rindan las armas, evitando sacrificios estériles, y no sean reos de asesinatos y otros crímenes graves, podrán obtener salvoconducto que los pondrá fuera de nuestro territorio, gozando entretanto de plena seguridad personal.

Ni el mero servicio en el campo rojo, ni el haber militado simplemente y como afiliado en campos políticos extraños al Movimiento Nacional, son motivos de responsabilidad criminal.

De los delitos cometidos durante el dominio rojo sólo entienden los Tribunales de Justicia.

Las responsabilidades civiles se humanizan a favor de los familiares de los condenados.

La ESPAÑA NACIONAL ha establecido la redención de penas por el trabajo, con disfrute de jornal para ayuda a los familiares de los penados. Nadie será privado de libertad por actividades criminosas más que el tiempo necesario para su corrección y reeducación.

El nuevo régimen asegura el trabajo para todos los españoles sin desentenderse del dolor ajeno.

A los españoles que en el extranjero rectifiquen su vida se les dispensará protección y ayuda.

El retraso en la rendición y la criminal y estéril resistencia a nuestro avance, serán causa de graves responsabilidades que exigiremos en nombre de la sangre inútilmente derramada.

A Casado no le disgustó la propuesta de rendición, disfrazada de concesiones para los militares que depusieran las armas, a juzgar por su rotunda contestación al agente Julio Palacios, el 1 de febrero: «Enterado, conforme y cuanto antes mejor».

Sin embargo, como a menudo sucede en la historia, las promesas poco o nada tuvieron que ver con los hechos, como advertía Stanley G. Payne:

La contrarrevolución de 1939 no fue la de 1934 o la de 1936. Fue un régimen autoritario, con mano de hierro, no dispuesto ya a continuar las transigencias liberales de antaño. Llevó a cabo una depuración en masa de las filas revolucionarias, para tratar de aplastar a éstas para siempre. Y, así, los revolucionarios de todas las tendencias se enfrentaron, unos, con la cárcel o con sentencias muy duras de los tribunales, y otros, los más, para escapar a la suerte de los anteriores, se vieron obligados a elegir el camino del exilio.

Franco ya había dejado entrever que algo de todo aquello podía suceder, al promulgar, el 9 de febrero, la nueva Ley de Responsabilidades Políticas (publicada en el Boletín Oficial del Estado, de Burgos, el día 13) aplicable a todos sin excepción. En ella se establecían penas de reclusión, multas y confiscación de bienes para los culpables de delitos civiles, con efecto retroactivo desde el 1 de octubre de 1934 nada menos.

El objetivo de la ley era, en suma, «liquidar las culpas de este orden político contraídas por quienes contribuyeron con actos y omisiones graves a forjar la subversión roja, a mantenerla viva durante más de dos años y a entorpecer el triunfo del Movimiento Nacional».

El peso de la ley caería sobre los culpables de tres formas distintas: delitos contemplados en el Código Penal, responsabilidades derivadas de la ley anterior, y responsabilidades específicas, acompañadas de determinadas garantías, de los militares profesionales.

Todas esas medidas inquietaron, como era natural, a los miembros del Consejo de Defensa, que intentaron desde entonces concretar las garantías de Franco para que no hubiera persecuciones ni represalias.

Dos días después, el coronel José Ungría, jefe nacional del SIPM, recibía el siguiente informe de sus agentes en Madrid: «Casado de acuerdo con Besteiro pide se respete la vida de militares decentes».

El 16 de febrero se envió un informe a Burgos que contenía este otro mensaje de Casado: «Juego limpio. Respondo de que en mi sector no habrá ofensiva y si se intentara en otro, cosa inverosímil, la desbarataría dentro de los tres días, según está convenido, entre otros, con varios ministros».

Pero Casado iba aún más lejos: «Espero —añadía— la constitución de un gabinete Besteiro, en el cual ocuparía la cartera de Guerra. Si esto último no ocurriera, no importa, los barrería a todos. Como plazo máximo de entrada de las fuerzas nacionales en Madrid señalo el de quince días».

El principal artífice del golpe se había adentrado así en el proceloso sendero de la traición.

Durante su primera entrevista con Negrín, recién llegado éste a la zona Centro-Sur, el 12 de febrero, el coronel Casado negociaba ya en secreto la rendición ante Franco.

Pero que lo hiciera con absoluto sigilo no significaba que Negrín ignorase la conspiración en marcha para arrebatarle el poder.

De hecho, su propia declaración a la Diputación Permanente de las Cortes, reunida en París poco después de su huida de España, evidenciaba sus sospechas:

Yo me di cuenta pronto —aseguró Negrín— de lo que se tramaba por una serie de indicios. En primer lugar, el anhelo del señor Casado de que yo viviera en una casa que había preparado en el paseo de Ronda, porque decía era muy segura. En segundo lugar, se me intentó poner una guardia especial escogida por Casado. En tercer término, el señor Casado seguía mis pasos, no en el [Ejército del] Centro como era su misión, sino en cualquier otro Ejército donde me moviera. Sospeché que se me quería preparar una encerrona y, naturalmente, gracias a ello, pude escapar con todo el Gobierno de las manos de Casado.

En el informe remitido a Burgos se aseguraba también que el conspirador tenía el plan de rendición «completo en su mente y será desarrollado por todo su Estado Mayor, de tal modo que responde de su perfección, entregándose todo el armamento sin que se pierda ni un cartucho y verificándose la entrada de las fuerzas nacionales en forma de desfile triunfal».

Casado se interesaba también por la suerte de su Estado Mayor, para el que pedía benevolencia: «No será imposible impedir la huida de algunos destacados dirigentes y cabecillas rojos, aunque también asegura que serán muchos los que se quedarán en Madrid y que procederá a su detención».

Pero, en el fondo, las autoridades nacionales desconfiaban del jefe del Ejército del Centro. El agente Palacios aludía así a «las habilidades de Casado», que «seguía su política de dilaciones y tortuosidades» en momentos muy delicados, cuando se tenía en Madrid «plena conciencia de un inmediato golpe comunista».

A esas alturas, el teniente coronel Bonel ya había advertido las verdaderas intenciones de Casado, en una carta al coronel Ungría:

Casado —escribía Bonel el 21 de febrero—, que siempre estuvo duro de pelar, al caer Cataluña comprendió que la guerra estaba perdida para ellos y decidió regalar un gesto a la historia. Hay quien cree que sintió la voz del patriotismo, compañerismo… pero yo, que vengo estudiando su actitud, creo en lo primero.

En Burgos se decidió entonces que era más seguro reforzar la cadena de contactos eligiendo a un jefe militar de absoluta confianza.

Fue así como irrumpió en escena el teniente coronel José Centaño de la Paz, miembro del Cuerpo de Estado Mayor, a quien en el espionaje nacional se le conocía con el sobrenombre de «José Serrano Guerra».

Centaño, acompañado de Manuel Guitián, otro importante agente del SIPM, visitó a Casado el 20 de febrero. Luego, ambos enviaron a Burgos un detallado informe de su entrevista confidencial. Según Centaño, el jefe del Ejército del Centro fue extraordinariamente cordial con ellos, declarándose enemigo acérrimo de los soviéticos y de los comunistas; lo mismo que de Azaña, a quien ya había acusado de «cobarde» por permanecer en Francia. Casado presumió también de su talante liberal y de su ferviente republicanismo.

Los dos hombres de Franco le urgieron a que no retrasase tanto el golpe contra Negrín. «El Ejército —adujeron— no puede admitir demoras».

Pero Casado respondió que la precipitación podía convertir en un «horroroso derramamiento de sangre» lo que él preparaba: «el espectáculo más grandioso que puede registrar la historia», en sus propias palabras. Casado aludía de este modo a la futura entrada en Madrid de las tropas de Franco.

De todas formas, admitió que su plazo de «unos quince días» para proceder al golpe tal vez fuera demasiado largo: «Comprendo la prisa de ustedes —dijo—. A mí me sucede lo mismo: para mí un día es un mes».

Respecto a los dirigentes políticos, aseguró que era preferible dejarles marchar: «Cuantos más, mejor; así habrá el día de mañana menos sangre y menos rencores».

El 22 de febrero, Manuel Guitián visitó a Casado por segunda vez, acuciándole de nuevo para que fijase un plazo al golpe, a lo que éste respondió que a fin de mes «comenzará la liquidación del asunto».

Los agentes de Franco mostraban ya su optimismo sobre el desenlace: «Tenemos la impresión de que Casado PUEDE REALIZAR SU PLAN CON SUMO ÉXITO Y TODA SEGURIDAD [las mayúsculas son del original]».

Pero Franco, como buen gallego, era de por sí desconfiado. Por si acaso, el 25 de febrero comunicó categóricamente a su Estado Mayor que «la rendición debe ser sin condiciones», y que su ejército podía ocupar Madrid «por la fuerza, cuando y como se desee».

El Generalísimo tenía una fe granítica en la victoria, como evidenciaba el siguiente telegrama a su Estado Mayor:

Si jefe Madrid se entrega no combatiremos; si no lo hace lo tomaremos por la fuerza, que no nos preocupa. Si el jefe del Centro no puede hacerlo y sí facilitar el paso por un sector del frente, nos interesan sólo aquellos que dejen envuelto Ejército Madrid, o sea Marañosa-Sector Jarama y sectores combinados Guadalajara y Cifuentes.

Casado estaba entre la espada y la pared, sobre todo desde que el 9 de febrero, como acabamos de ver, Franco promulgase la nueva Ley de Responsabilidades Políticas.

Prueba de ello es que, el 2 de marzo, los agentes de inteligencia que negociaban el golpe enviaron al Caudillo el siguiente mensaje:

Casado ha recibido la contestación de S. E. el Generalísimo y las instrucciones. Parece que a los políticos les ha producido algo de miedo, y a Casado se le esfuma, por el momento al menos… Con esta Junta pretendían los políticos conseguir lo que ellos llaman «una capitulación honrosa», consistente ésta en obtener libre salida para los que quisieran marcharse.

Dos días después se recibió en Burgos esta otra comunicación:

Todo gira alrededor fuga dirigentes para no aparecer Casado como traidor.

Entretanto, el coronel Casado buscaba la celebración de una entrevista al más alto nivel entre Franco y probablemente Besteiro, para dar la imagen a España y al mundo entero de que la paz era resultado de la negociación de dos poderes antagónicos, pero claramente definidos.

Pese a todas sus incertidumbres, Casado siguió adelante: ¿Por qué?

Seguramente pensó que la derrota de Negrín y los comunistas, servida por él en bandeja, complacería tanto a Franco, que éste permitiría salir del país a todos los que lo deseasen.

Antonio Cordón, jefe comunista del Estado Mayor del Ejército del Este, daba fe de ese convencimiento. Tras visitar a Casado en febrero, éste le aseguró que «Franco cedería no sólo en lo referente a no tomar represalias, sino que se hallaba dispuesto a que sólo entraran en Madrid fuerzas españolas y a reconocer los grados de los jefes y oficiales republicanos».

El propio Hidalgo de Cisneros confirmó también a Burnett Bolloten, en junio de 1940, la misma convicción de Casado.

El coronel dijo así al jefe de la aviación republicana: «Puedo asegurarle que Franco nunca negociará con Negrín, pero tengo la certeza absoluta de que si varios jefes militares honorables tratan directamente con él, conseguiremos las siguientes condiciones: 1. Ni moros ni voluntarios [tropas italianas y alemanas] ni la legión extranjera entrarán en Madrid. 2. Todo el que desee abandonar España podrá hacerlo y Franco proporcionará los medios para ello. 3. Franco no tomará represalias contra los que permanezcan en España. 4. Los rangos de los oficiales profesionales serán reconocidos por el Ejército de Franco».

Pero la insistencia de Casado y la contumacia de Franco al final hicieron que la cuerda se rompiese.

A primera hora de la mañana del 26 de marzo, Casado envió un mensaje «urgentísimo» a Burgos:

Este Consejo, que ha puesto de su parte todo lo humanamente posible en beneficio de la paz, con la asistencia incondicional del pueblo reitera a ese Gobierno que la reacción que pueda producir la ofensiva constituye su preocupación fundamental y espera que, para evitar daños irreparables producidos por la sorpresa, permita la evacuación de las personas responsabilizadas. De otro modo es deber ineludible del Consejo oponer resistencia al avance de esas fuerzas.

Los nacionales respondieron con similar rotundidad:

Ante inminencia del movimiento de avance varios puntos de los frentes, en algunos de ellos imposible ya de aplazar, aconseja que fuerzas rojas en línea preparaciones de artillería o aviación saquen bandera blanca, aprovechando la breve pausa que se hará para enviar rehenes con igual bandera objetivo entregarse, utilizando en todo lo posible instrucciones dadas para entrega espontánea.

La «Ofensiva de la Victoria» franquista acababa de empezar. Mientras los nacionales avanzaban resueltos, amparados en su elevada moral y en su ventaja armamentística, los republicanos se replegaban escalonadamente en una serie de cuatro zonas defensivas, la última al sudeste, en torno a la base naval de Cartagena, el último reducto para una evacuación masiva.

Unidades enteras de soldados republicanos se rindieron así en masa, acogiéndose a las concesiones que Franco había prometido para quienes se mostrasen más dóciles con el nuevo régimen.

El 27 de marzo, miles de combatientes depusieron las armas en el frente de Madrid.

A última hora de la tarde, Casado y el resto de los miembros del Consejo de Defensa se trasladaron a Valencia.

Sólo permaneció en Madrid el audaz Besteiro, dando una soberbia lección de pundonor a todos sus camaradas.

Rafael Sánchez Guerra, ayudante de Casado que también se negó a abandonar la capital, y pagó luego por ello el altísimo precio de una condena a treinta años de cárcel, encontró a Besteiro en la cama, convaleciente.

—¿Se marcha usted también? —preguntó Besteiro al verle irrumpir en su cuarto.

—No, me quedo —contestó él—. Pero deseo saber si usted va a seguir aquí mismo o si piensa marchar a su casa.

—Prefiero esperar aquí a que me detengan —repuso el líder socialista—. Así ahorro un mal rato a la familia. ¿Piensa usted acompañarme? Se lo agradecería de veras. Voy a hacer lo que estoy seguro que haría su padre [José Sánchez Guerra, presidente del Gobierno con Alfonso XIII], de encontrarse en su caso. No puede uno abandonar a los que han depositado su fe en nosotros. Mi presencia aquí puede ahorrar mucha sangre; puede evitar que se cometan muchas injusticias. Yo seré un muro de contención de la avalancha que se avecina.

Poco después, uno de los falangistas que fue a detenerle, le preguntó:

—¿No ha aprendido usted el nuevo saludo de España?

Besteiro le contestó con sencillez:

—No, señor. Y lo peor es que, a mi edad, me costará mucho aprenderlo.

«El viaje [hasta Valencia] fue triste, casi humillante —evocaba el coronel Martínez Bande—. Las gentes hervían de entusiasmo, que a los que huían les parecía entusiasmo “fascista”, y este cambio de decoración, en poco tiempo, era tan brutalmente radical que resultaba muy difícil que el corazón lo soportara sin amenazar quebrarse. En los pueblos, banderas rojo y gualda, colgaduras inverosímiles, colchas, pedazos blancos de tela; y en las carreteras, jóvenes armados de mil formas, con emblemas de Falange, imponiendo su autoridad y su nueva disciplina. ¡Qué diferencia este final a aquel otro que soñó Casado entre marchas triunfales, ejemplo que sería único en la historia!».

La capital se rindió oficialmente a la una de la tarde del 28 de marzo.

Tan sólo veinticuatro horas después, Casado huyó de España a bordo del crucero británico Galatea, que zarpó del puerto de Gandía.

Antes, sin embargo, el destino quiso jugarle aún otra mala pasada, cuando, alrededor de las seis de la tarde, bajó del buque el cónsul británico en Valencia para advertirle que si Franco le reclamaba, tendría que entregarle. El militar mantuvo una disputa verbal con el diplomático, pero finalmente el barco inició su singladura.

Casado no fue el primer miembro del Consejo de Defensa que huyó de España. Su presidente, el general José Miaja, ya lo había hecho la madrugada del día 29, a bordo de un avión que le condujo hasta Orán, donde se encontraban ya a salvo, desde el 6 de marzo, algunos dirigentes comunistas como la Pasionaria.

Por el contrario, más de doce mil refugiados se apiñaban entonces en las inmediaciones del puerto de Alicante, sin pasaje de avión ni de barco, en espera de ser evacuados.

En total, cerca de cincuenta mil fugitivos pugnaban por embarcar en cualquiera de las naves que arribasen a los puertos de Valencia, Cartagena, Gandía o Almería. Encaramados a las barandillas, escrutaban ansiosamente el horizonte esperando columbrar la silueta de unos barcos que les pusiesen a salvo de la escabechina que se avecinaba.

Los buques de la Mid Atlantic Company, compañía de navegación republicana instalada en Londres, se cubrieron de gloria para la posteridad al denegar el embarque a los pobres desesperados, aduciendo que nadie les había pagado. Una vez más, el dinero prevaleció sobre la humanidad.

El 31 de marzo, los rostros de miles de refugiados aferrados a su última esperanza se tornaron eufóricos al ver aparecer un crucero francés en la bocana del puerto de Alicante. Pero de pronto el barco giró por completo a babor y las miradas desconcertadas reflejaron enseguida su decepción.

¿Qué había sucedido? Alguien había avisado al comandante del barco de que las aguas alicantinas estaban infestadas de minas.

Por si fuera poco, el Almirantazgo británico ordenó que ningún buque de su escuadra arribase a los puertos españoles para evacuar súbditos de la ya fenecida República.

El cónsul británico en Palma de Mallorca informó que «la evacuación sería considerada por el general Franco como un acto inamistoso».

Entretanto, el Winnipeg, barco de carga de gran tonelaje anclado en el puerto alicantino, se disponía a embarcar a unos seis mil republicanos. Pero todos aquellos fugitivos se quedaron finalmente en tierra, tras la llegada de las primeras unidades del ejército de Franco.

Meses después, Casado pudo comprobar cómo en las cárceles españolas se hacinaban más de doscientos cincuenta mil presos, la mayoría de ellos políticos. Y no sólo eso. Como en años sucesivos, los tribunales militares dictaron cincuenta mil penas de muerte, la mitad de las cuales se cumplieron a rajatabla.

Después de todo, su convicción personal de que Franco evitaría represalias no fue más que un espejismo.