El regreso de Negrín
La verdad es que cuando los ministros de la República se han decidido a retornar al territorio español, carecen de toda base legal y del prestigio necesario para solucionar el gran problema que se presenta ante ellos. Por la ausencia y, más aún, por la renuncia del presidente de la República, ésta se encuentra decapitada.
JULIÁN BESTEIRO, marzo de 1939
Mientras arengaba a los suyos para que resistieran, perdida incluso Barcelona, Juan Negrín seguía postrado de hinojos ante Stalin.
Al caer la tarde del 10 de febrero de 1939, el coronel Casado escuchó una voz azorada al otro lado del teléfono:
—Le habla Negrín desde Alicante. ¿Cómo está usted y cómo están las cosas por ahí?
Casado contestó ciñéndose al protocolo militar:
—Señor presidente, bienvenido y no hay novedad.
—¿Cree usted que podré llegar a Madrid sin dificultad? —indagó Negrín, con desazón.
—Aquí la tranquilidad es absoluta y le aseguro que puede llegar a Madrid sin ninguna dificultad.
—Entonces perfectamente. Llegaré a Madrid pasado mañana, día doce, antes del mediodía.
—Muy bien y a sus órdenes, señor presidente.
Celoso de su seguridad personal, Negrín se dio dos días de plazo para regresar a Madrid. Su escolta inspeccionó el trayecto y recabó informes de sus contactos antes de partir.
A las once de la mañana del día 12, volvió a telefonear a Casado para informarle de su llegada al edificio de la Presidencia, indicándole que se dirigiese hacia allí lo antes posible.
Poco después, el presidente relataba en persona al jefe del Ejército del Centro la odisea de Cataluña y la huida a Francia, recabando enseguida su opinión sobre la situación real en Madrid. Casado bosquejó un panorama sombrío y desolador:
—La pérdida de Cataluña ha reducido en más del cincuenta por ciento la producción de nuestra industria de guerra… La artillería es muy escasa y de mediana calidad. La cantidad de armas automáticas es tan reducida, que la potencia de fuego de un batallón del enemigo es equivalente a la de tres batallones nuestros. Los morteros brillan por su ausencia. Nuestras posibilidades en tanques, antitanques y artillería antiaérea son sumamente reducidas. Nuestras fuerzas aéreas se reducen a tres escuadrillas de Natachas, y dos de Katiuskas y veinticinco aparatos de caza…
Por si fuera poco, informó también al presidente de la hambruna que reinaba en la capital:
—Durante toda la guerra, el problema del abastecimiento de víveres ha sido grave. Ahora es gravísimo y sin esperanzas de alivio…
Negrín escuchaba, cariacontecido, las terribles novedades.
Era natural que, ante semejante perspectiva, la desmoralización y el cansancio hubiesen cundido ya en la mayoría de los habitantes, como constató Casado a continuación:
—La población de Madrid, que durante treinta meses ha derrochado valor, abnegación y espíritu de sacrificio, no se recata en decir en voz alta que está harta de la guerra y quiere la paz.
Su conclusión, tras semejante esbozo, era deprimente:
—La caída de Madrid será inevitable, con grandes pérdidas en vidas que serán estérilmente sacrificadas y con el probable riesgo de que, por temor a las represalias, por un fenómeno de miedo colectivo, el pueblo y las tropas conviertan Madrid en un montón de ruinas dada la enorme cantidad de materias explosivas que hay disponibles en la capital de la República.
Negrín pareció no inmutarse esta vez.
Aguardó a que Casado terminara de hablar, para extraer unos papeles de su cartera, los cuales estuvo hojeando durante unos segundos que al militar le parecieron eternos. Luego hizo como si reflexionase, antes de romper su silencio:
—Estoy de acuerdo con usted —admitió el presidente— en que la situación es verdaderamente grave; pero, por grave que sea, las circunstancias nos exigen continuar en la lucha como única solución, pues desde el mes de mayo de mil novecientos treinta y siete he tratado reiteradamente de entrar en negociaciones con el enemigo utilizando incluso mi amistad con significados nacionalistas [aludía, entre otros, a varios familiares de Ramón Serrano Súñer, principal mentor político y cuñado de Franco], pero fracasé en todas esas tentativas.
Negrín refirió, a continuación, su fallida petición al gobierno británico para que interviniese como mediador, pero confió en que el armamento acumulado por el gobierno en Francia pudiese llegar a tiempo a la zona Centro-Sur, lo cual Casado se mostró muy escéptico.
El coronel vaticinó también el reconocimiento de Inglaterra y Francia al gobierno de Franco, el cual se confirmaría sólo dos semanas después. Acto seguido, instó al presidente a que reuniese a todos los jefes del Ejército, de las Fuerzas Aéreas y de la Armada para que cada cual expusiera su opinión sobre las medidas oportunas.
—Así podrá salvar o medir —arguyó Casado— la gran responsabilidad histórica que pesa sobre usted en estos momentos tan trágicos.
Negrín prometió convocar aquel encuentro y despidió a su visitante con su insistente mensaje:
—Estoy de acuerdo con su criterio, pero yo no puedo renunciar a la consigna de resistir.
Cuatro días después, el 16 de febrero, Negrín se reunió con toda la cúpula militar en el aeródromo de Los Llanos, en Albacete.
Junto a Casado, jefe del Ejército del Centro, se hallaban los generales Miaja (jefe supremo del Ejército), Matallana (jefe del Grupo de Ejércitos), Menéndez (jefe del Ejército de Levante), Escobar (jefe del Ejército de Extremadura), Bernal (jefe de la base naval de Cartagena), los coroneles Moriones (jefe del Ejército de Andalucía) y Camacho (jefe de la zona aérea Centro-Sur), y el almirante Buiza (jefe de la Flota republicana).
La sesión comenzó a las doce del mediodía.
Negrín explicó a los congregados la misma postura que ya había expuesto a Casado días atrás, resumida en una sola palabra: «Resistir».
Terminada su alocución, se hizo un alto para almorzar; la sesión se reanudó a las tres de la tarde con la intervención del general Matallana.
Manuel Matallana Gómez se había mantenido fiel al gobierno republicano, pese a sus ideas conservadoras, desde el estallido de la guerra, sorprendido por el levantamiento militar mientras ocupaba destino en la plana mayor de la II Brigada de Infantería, de guarnición en Badajoz. Pero ahora, consideraba que era una auténtica locura seguir luchando, una vez caída Cataluña, pues «el pueblo y el ejército tienen moral de derrota, viven en un régimen de hambre y desean que la guerra termine rápidamente».
Casado, Menéndez, Escobar y Moriones, los cuatro jefes del ejército, se pronunciaron en parecidos términos.
Pero Negrín insistió una y otra vez: «Como el enemigo no quiere pactar, la única solución es resistir».
Al término de la reunión, el presidente se trasladó a su residencia de Posición Yuste, una finca cerca de Elda, mientras los altos mandos militares intercambiaban impresiones, convencidos de que Negrín obraba al dictado del Partido Comunista y de la URSS.
Esto —recordaba Casado— nos reafirmó en el acuerdo, tomado en firme con anterioridad, de eliminar el Gobierno del doctor Negrín, que carecía de legitimidad, y tratar de negociar la paz directamente con el enemigo.
Casado no iba descaminado, pues Negrín, como vimos en el capítulo anterior, había enviado a Stalin, el 11 de noviembre de 1938, una carta muy confidencial en la que se plegaba por completo a sus designios, hasta el extremo de estar dispuesto a inmolar a España como futuro satélite del comunismo soviético en Europa occidental; siempre, claro estaba, que lograse derrotar a Franco.
Sobre su relación con los comunistas, Negrín se mostraba diáfano con Stalin: «… no vacilo en decirle que son mis mejores y más leales colaboradores. Los más propicios a la abnegación y al renunciamiento en aras a la victoria».
Era evidente que Casado, Matallana y la mayoría de la cúpula militar de la República habían perdido toda esperanza de victoria tras derrumbarse el frente catalán.
Creo sinceramente —aseguraba Casado— que el doctor Negrín mantuvo la consigna de resistir por un miedo pavoroso a contrariar los deseos de la Unión Soviética.
Con la cadena de oro que ya le amarraba a Moscú, en frase del sagaz Madariaga, y la necesidad de buscar su principal apoyo político en el PCE, Negrín dependía por completo de Stalin.
El propio Casado estaba convencido de que, impulsado precisamente por aquel dictado, el presidente había urdido «un golpe de Estado comunista».
Su certidumbre no era infundada, a la luz de las confesiones de Negrín a Stalin, cuatro meses atrás.
La desaparición del pluripartidismo, durante una hipotética posguerra victoriosa, también figuraba en los planes de Negrín, como hemos visto.
El presidente del Gobierno había confeccionado ya por escrito su remodelación de la cúpula militar.
Así pues, pensó en el joven coronel Modesto, miembro destacado del Partido Comunista, para relevar a Casado al frente del Ejército del Centro, con el rango de general. Y el teniente coronel Líster, comunista también, sería ascendido a coronel.
Su «quiniela militar» se completaba con otros nombramientos de conspicuos comunistas: el general Cordón, al frente de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire; Líster, en la jefatura del Ejército de Levante; Valentín González, el Campesino, en el Ejército de Extremadura; Manuel Tagüeña, en las fuerzas de Andalucía, y los tenientes coroneles Vegas y Galán, ascendidos a comandante militar de Murcia y jefe de la base naval de Cartagena, respectivamente.
Sin embargo, consciente de las filtraciones y reticencias que los cambios suscitaban, Negrín decidió aguardar.
Entretanto, Casado, que había sido ascendido a general el 24 de febrero, como publicó al día siguiente la Gaceta de la República, aprovechó la indecisión presidencial para seguir adelante con su propia conjura: el 3 de marzo informó así al jefe del Estado Mayor y a los jefes de sección de la próxima constitución del Consejo Nacional de Defensa y la consiguiente caída del gobierno de Negrín.
Por la tarde, Negrín telefoneó a Casado, citándole con gran cordialidad en su residencia de Posición Yuste, a las once de la mañana del día 4.
El flamante general comprobó, poco después, que el jefe del Gobierno había invitado también a sus homólogos de armas Matallana y Miaja.
Pero Miaja, igual que Casado, no acudió a Posición Yuste, convencido de que había sido convocado a una encerrona, como al final sucedió. «Matallana —recordaría Casado, años después—, a pesar de mi consejo, decidió asistir y naturalmente fue secuestrado».
Aquella noche, a las diez, Casado telefoneó a Negrín para decirle que no estaba en condiciones de realizar el viaje por encontrarse enfermo.
El presidente le dijo que le enviaría un avión al aeropuerto de Barajas para trasladarle con mayor comodidad hasta Posición Yuste.
A las diez de la mañana del día 4, el jefe del aeropuerto confirmó a Casado que el avión le aguardaba junto a la pista. Pero el coronel indicó al piloto que regresase sin él.
Al cabo de dos horas, Negrín volvía a mostrarse receloso al otro lado del teléfono.
Casado alegó esta vez:
—La realidad es que no he acudido a su cita principalmente porque no considero prudente abandonar Madrid en vista de la situación.
Pero Negrín insistió:
—Mire, general, tengo necesidad de verle esta tarde antes de las seis y para ello envío mi avión, para que venga usted en compañía de los ministros que están en Madrid.
Casado asintió para no levantar más sospechas:
—Perfectamente, me pondré de acuerdo con ellos.
Pero el golpe era ya imparable.
Como decía el juicioso Stanley G. Payne:
No fue la menor de las ironías de la Guerra Civil que ésta terminara del mismo modo que empezó: con una rebelión de una considerable minoría del ejército republicano contra el mismo gobierno republicano, alegando que éste estaba dominado por los comunistas y a punto de entregar el poder a una dictadura comunista.
En suma, dos golpes de Estado separados por casi tres años. Algo, por otra parte, demasiado habitual en la convulsa historia de España desde el siglo XIX, en la que no faltaron caudillos ni pronunciamientos militares.
La tarde del 5 de marzo, los conspiradores se reunieron para constituir el Consejo Nacional de Defensa, el cual, en sustitución del gobierno de Negrín, iba a encargarse de negociar la paz, o más bien la rendición, con Franco.
El nuevo Consejo se componía así: presidente: José Miaja, sin representación política, aunque exmiembro del PCE; Defensa: Casado, republicano; Asuntos Exteriores: Julián Besteiro, sin representación política tampoco; Economía y Hacienda: José González Marín, de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT); Gobernación: Wenceslao Carrillo, del Partido Socialista; Justicia y Propaganda: Miguel San Andrés, de Izquierda Republicana; Educación y Sanidad: José del Río, de Unión Republicana; Comunicaciones y Obras Públicas: Eduardo Val, de la CNT, y Trabajo: Antonio Pérez, de la Unión General de Trabajadores (UGT).
La medianoche del día 5, mientras el pueblo madrileño permanecía atento a la radio en espera de conocer el último parte de guerra, consciente de los rumores de una inminente ofensiva de las tropas nacionales sobre la capital, el recién creado Consejo Nacional de Defensa dispuso la emisión de un durísimo manifiesto contra Negrín.
La trascendencia de este desconocido documento, en el que se incitaba a la rendición tras el cataclismo de Cataluña y la falta de legitimidad del gobierno, cuyos miembros huían despavoridos de España, nos lleva a reproducirlo en su integridad.
Así, miles de madrileños pudieron escuchar, aquella noche, estas mismas palabras que ponían en evidencia a quienes, por su rango, debían dar ejemplo de resistencia, en lugar de cobardía:
Trabajadores españoles; Pueblo antifascista:
Ha llegado el momento en que es necesario proclamar a los cuatro vientos la verdad escueta de la situación en que nos encontramos. Como españoles y como antifascistas, no podríamos continuar por más tiempo aceptando la imprevisión, la carencia de orientaciones, la falta de organización y la absurda inactividad del Gobierno Negrín. La misma trascendencia del momento que atravesamos y el carácter definitivo de aquellos que se aproximan hacen que no puedan continuar más el silencio y la incertidumbre, origen del más grande desconcierto de un puñado de hombres que todavía continúan aplicándose el nombre de gobierno, pero en el que nadie cree, en el que nadie confía.
Han pasado varias semanas desde que se liquidó con una deserción general la guerra de Cataluña. Todas las promesas que se hicieron al pueblo en los más solemnes momentos fueron olvidadas; todos los deberes desconocidos; todos los compromisos delictuosamente pisoteados.
Mientras el pueblo en armas sacrificaba en las batallas unos cuantos millares de sus mejores hijos, los hombres, que se habían constituido en cabezas visibles de la resistencia, abandonaban sus puestos y buscaban en la fuga vergonzante y vergonzosa el camino de salvar sus vidas a costa de su dignidad.
Esto no puede repetirse en el resto de la España antifascista. No puede tolerarse que en tanto se exija al pueblo una resistencia encarnizada, se hagan preparativos para una cómoda y lucrativa fuga.
No puede permitirse que, en tanto el pueblo lucha, combate y muere, unos cuantos privilegiados superen su vida en el extranjero.
Para borrar tanta vergüenza, para evitar que se produzca la deserción en los momentos verdaderamente graves, es por lo que se constituye el Consejo Nacional de Defensa, y hoy, con plena responsabilidad de la misión que nos imponemos, con absoluta seguridad de nuestro pasado, de nuestro presente y de nuestro futuro porvenir, en nombre del Consejo Nacional de Defensa que recoge del arroyo los poderes, donde los arrojara el Gobierno Negrín, nos dirigimos a todos los trabajadores, a todos los antifascistas, a todos los españoles, y poniéndonos al frente de los deberes que a todos nos incumben, les damos la garantía plena de que nadie podrá rehuir el cumplimiento de esos deberes y esquivar la responsabilidad.
Constitucionalmente, el Gobierno Negrín carecía de base jurídica en la cual apoyar su mandato; realmente carecía también de tranquilidad y de aplomo y de la decisión del sacrificio que es exigible a todos los que de una u otra manera pretenden ponerse al frente de un pueblo tan heroico y abnegado como es el pueblo español.
En estas condiciones, al doctor Negrín y sus ministros les faltó autoridad para mantenerse en el Poder. Nosotros vinimos para señalar el camino, para evitar el desastre y para marchar juntos con el resto de los españoles, por ese camino, con todas sus consecuencias.
Aseguramos que no desertaremos, ni toleraremos la deserción. Aseguramos que no saldrá de esta zona ninguno de los hombres que en España deben estar hasta que se autorice la salida de los que quieran salir.
Propugnamos la resistencia para no hundir nuestra causa en el ludibrio y en la vergüenza. Para esto pedíamos el concurso de todos, pero damos la seguridad que nadie, absolutamente nadie, escapará al cumplimiento de los deberes que le correspondan.
«O nos salvamos todos o nos hundimos todos».
Estas palabras, pronunciadas por el doctor Negrín, piensa convertirlas en realidad el Consejo Nacional de Defensa. Para ello recabamos vuestro auxilio y vuestra colaboración y nos mostraremos inexorables con los que hurten el pecho al cumplimiento del deber.
Terminada la lectura del manifiesto, Julián Besteiro se dirigió al país en representación del Consejo Nacional de Defensa, limitándose a describir la imagen trágica de la República en aquel momento:
La verdad es —dijo—, conciudadanos, que después de la batalla del Ebro, los ejércitos nacionalistas han ocupado totalmente Cataluña y el Gobierno Republicano ha andado errante durante largo tiempo en territorio francés. La verdad es que cuando los ministros de la República se han decidido a retornar al territorio español, carecen de toda base legal y del prestigio necesario para solucionar el gran problema que se presenta ante ellos. Por la ausencia y más aún por la renuncia del Presidente de la República, ésta se encuentra decapitada.
Besteiro concluyó arrogándose la autoridad, como miembro del único poder legítimo a su juicio:
Yo os pido, poniendo en esta petición todo el énfasis de la propia responsabilidad, que en estos momentos graves asistáis lo mismo que nosotros al Poder Legítimo de la República, que transitoriamente no es otro que el Poder Militar.
La participación de Besteiro en el golpe contra Negrín era fundamental para el éxito final. No en vano él era entonces el líder socialista más prestigioso de España, pese a sus malas relaciones, antes y durante la guerra, con los partidarios de Prieto y de Largo Caballero.
Marxista académico, estaba encuadrado en la facción más moderada del partido; ninguno de sus correligionarios discutía su liderazgo intelectual ni su perspicacia, demostradas ya desde el púlpito de catedrático de lógica en la Universidad de Madrid. Aunque es cierto que acabaría siendo marginado del partido por la tendencia bolchevizadora de 1933-1936, tras decantarse por los principios socialdemócratas del marxismo previo a Lenin.
Su papel en el PSOE, apartado casi por completo de las luchas internas, se había limitado a la jefatura de la Junta de Reconstrucción de Madrid, un cargo meramente simbólico.
Podía decirse, sin temor a equivocarse, que Besteiro era, por encima de todo, un hombre de paz.
El 12 de mayo de 1937, durante la coronación de Jorge VI, acto al que asistió en representación de Azaña, ya había transmitido a los británicos la disposición del presidente de la República a llegar a un acuerdo negociado.
Casi dos años después, cuando Casado le pidió ayuda para derribar a Negrín, hizo hincapié en que su respaldo se producía «por la paz y sólo para hacer la paz».
El destino quiso, sin embargo, que este hombre pacífico diese con sus huesos en la cárcel cuando Franco ocupó los restos de la zona republicana, a finales de marzo de 1939.
Condenado a cadena perpetua por no haberse rebelado activamente contra la política del Partido Socialista antes de 1939, murió al año siguiente entre los barrotes de una prisión, a punto de cumplir setenta años.
A Besteiro siempre le quedará la gloria de haber sido el único dirigente destacado de la izquierda que no huyó cobardemente de España.
Tras él, se dirigió al pueblo Casado y, por último, lo hizo el cenetista Cipriano Mera, comandante del IV Cuerpo de Ejército. Mera tampoco tenía pelos en la lengua.
Era valeroso, leal y disciplinado, pese a sus orígenes libertarios.
Su carácter vehemente se tradujo en un ataque a «la actitud alevosa y criminal» de Negrín. Aseguró que éste era «indigno de los combatientes y de los trabajadores», y que su política «no tiene más finalidad que la de hacer un alijo con los tesoros nacionales y huir, mientras el pueblo queda maniatado frente al enemigo».
De haber vivido en el siglo XIX, Mera habría sido sin duda un romántico empedernido. Su discurso radiofónico le acreditaba, desde luego, como tal:
Este militar que os habla de la emoción que le produce el recuerdo de su vida austera y dura de trabajador manual, piensa que sólo se puede servir disciplinadamente a quien sirve a su patria y que es indispensable enfrentarse con quien la roba, la vende o la traiciona… Por eso se une a estos hombres de buena voluntad y de historia inmaculada… que constituyen el Consejo Nacional de Defensa… A partir de este momento, conciudadanos, España tiene un gobierno y una misión: la paz. Pero la paz honrosa, basada en postulados de justicia y hermandad… Sin humillaciones, ni debilidades, pero con la conciencia de nuestros actos, queremos la paz para España, pero si por desgracia para todos nuestra paz se pierde en el vacío de la incomprensión, también os digo serenamente que somos soldados y como tales estamos en nuestro puesto hasta sucumbir defendiendo la independencia de España. ¡Trabajadores y combatientes! ¡Viva la España invicta, independiente y libre! Todos en pie de guerra por la vida y el honor del pueblo que nos dio la misión de defenderle. ¡Viva su Consejo Nacional de Defensa!
El principal aliado de Casado era Cipriano Mera, de cuyo IV Ejército, integrado por las Divisiones 12, 17 y 33, dependió en última instancia el éxito del golpe de Estado.
De temperamento idealista, ascético y luchador, dotado de un instinto especial para la guerra pese a su origen humilde de albañil y su nula preparación intelectual, Mera había sido elegido por el destino para convertirse en uno de esos caudillos populares de antaño.
Se daba la curiosa circunstancia de que su IV Cuerpo de Ejército, aun siendo en su mayoría libertario, se caracterizaba por el orden estricto y por una profunda jerarquía de mando, impuestas por la férrea disciplina de su comandante.
Pese a su procedencia tan distinta, el uno militar de profesión y el otro originario de la milicia, Casado y Mera se respetaban y existía entre ellos cierta amistad basada en mutuas fidelidades.
Uno de sus nexos de unión era, precisamente, su rechazo a la política de resistencia de Negrín.
Tanto Casado como Mera mostraron su escepticismo al presidente del Gobierno cuando éste les aseguró que el material de guerra depositado en Francia llegaría pronto a España, igual que los combatientes que habían cruzado la frontera.
El propio Mera relataba así su conversación con Negrín, a finales de febrero:
—Usted sabe muy bien, señor Negrín, que los combatientes que se encuentran en Francia no volverán, como tampoco volverán las armas que han quedado en poder de las autoridades francesas. Sabe igualmente que ningún gobierno nos ayudará, que no recibiremos armamento de parte alguna… Nuestra situación de inferioridad se ha agravado después de la pérdida de Cataluña… La moral de los hombres no ha dejado de resentirse… Verá usted que mi pesimismo es más que fundado.
—Créame —alegó Negrín—, he hecho todo lo posible para negociar con el enemigo, recurriendo incluso al gobierno británico para que actuase de mediador. Pero no ha servido de nada. No queda más remedio así que resistir a ultranza. Para ello contamos con miles de cañones, ametralladoras y morteros, con más de quinientos aviones y grandes cantidades de municiones de toda clase.
—Y todo ese enorme material, ¿dónde está, señor Negrín?
—Lo tengo en Francia.
—Sí, claro, en Francia. Pero nosotros estamos en España. ¿Cree usted sinceramente que podrá hacerlo llegar a Madrid?
—Creo que sí.
—Creo, me responde usted. Lo cual quiere decir que no está muy seguro.
La desconfianza condujo precisamente a Mera hasta el Consejo Nacional de Defensa.
Minutos después de su alocución radiofónica, el todavía presidente del Gobierno telefoneó a Casado.
—Mi general —dijo Negrín, tratando de contener su indignación—, acabo de escuchar el manifiesto que dirigen al país y considero que es una locura lo que hacen.
Casado le replicó:
—No soy más que coronel. No admito el ascenso a general que me ha dado, porque no es más legal que su gobierno.
Y añadió, pareciendo no inmutarse:
—Estoy tranquilo porque he cumplido con mi deber, como militar y como ciudadano. Todos los representantes políticos y sindicales que forman parte del Consejo Nacional de Defensa también están tranquilos y convencidos de que prestan a España un relevante servicio.
Una vez más, Negrín intentó disuadirle:
—Espero que usted reflexione, porque todavía podemos llegar a un arreglo.
—No comprendo lo que me quiere usted decir —repuso Casado—, pero yo considero que todo está ya arreglado.
El presidente hizo otro esfuerzo desesperado:
—Al menos envíeme un representante para hacer efectiva la entrega de poderes; o si quiere, le enviaré yo uno a Madrid con ese cometido…
El desprecio se apoderó de Casado:
—De eso no se preocupe: no se puede entregar lo que no se posee. Precisamente ya hemos recogido el poder que usted y su gobierno dejaron abandonado.
—¿Entonces no accede usted a mi petición?
—¡Claro que no!
¿Ofreció de verdad Negrín un traspaso oficial de poderes?
Zugazagoitia negaba tal ofrecimiento, pretextando que Casado «fantaseaba».
La historia comunista oficial optó, en cambio, por el mutismo más absoluto sobre esta delicada cuestión.
Pero hubo dos partidarios de Negrín, uno de ellos militante incluso del PCE, que corroboraron la versión de Casado.
El primero era Santiago Garcés, quien se hallaba con Negrín cuando éste telefoneó a Madrid para sugerir a Casado que Trifón Gómez, el conocido socialista de Besteiro, llevara a cabo la «transferencia legal» de poderes. El otro era el coronel Francisco Ciutat, jefe de operaciones del general Leopoldo Menéndez, comandante del Ejército de Levante.
Ciutat aseguraba que Cordón, siguiendo instrucciones del gobierno, pidió a Menéndez que hiciera «una gestión cerca de Casado para dar legalidad a lo hecho» y «recibiera los poderes del gobierno para asegurar la continuidad de la legalidad republicana».
Sin embargo, Ciutat añadía en su informe al Comité Central del PCE, fechado el 3 de mayo de 1939, que Casado «se negaba a ir a recibir ninguna autoridad de quien no la tenía porque no era Gobierno constitucionalmente legítimo».
¿Por qué llegó a ofrecer Negrín a Casado la entrega pacífica de poderes?
El lúcido Burnett Bolloten, corresponsal británico en la guerra de España, daba, a mi juicio, en el clavo:
El intento de Negrín de ingeniar una transferencia «legal» de poderes después del golpe fue una maniobra hábil, pues si hubiera tenido éxito, le habría ahorrado el estigma de ser derrocado y de haber abandonado España con una prisa humillante por salvar su vida. Pero Casado no estaba dispuesto a hacer ese favor a Negrín.
El presidente del Gobierno había perdido así la última y decisiva batalla de la guerra.
Lo único que ya le importaba, como al resto de su gobierno y sus aliados comunistas, era ponerse a salvo cuanto antes.